martes, 25 de febrero de 2014

          

Alabama Monroe: La tragedia sin paliativos: there’s no second chance.
                                                 
      
Título original: The Broken Circle Breakdown (Alabama Monroe)
Año: 2012
Duración: 112 min.
País:  Bélgica
Director: Felix Van Groeningen
Guión: Carl Joos, Felix Van Groeningen
Música: Bjorn Eriksson
Reparto: Veerle BaetensJohan HeldenberghNell CattrysseGeert Van RampelbergNils De CasterRobbie CleirenBert HuysentruytJan BijvoetBlanka Heirman


Escogida como película candidata al Óscar a la mejor película extranjera, la película belga, hablada en flamenco, Alabama Monroe (como ha sido titulada aquí con innegable don poético, aunque desvele crípticamente el final), reúne valores suficientes como para llegar a convertirse en una película de éxito, popular, pero no lleva camino de ello, acaso por el exceso de singularidad y por algunas equivocaciones de guión que la lastran innecesariamente. Desde la óptica del espectador catalán la película es toda una lección respecto del lugar que ocupa la reivindicación secesionista en la vida de los personajes: ninguno. Viven su flandesismo, digámoslo así, sin atisbo alguno de crispación nacionalista, y diríase que, por su pertenencia a culturas urbanas bien definidas, son todo lo contrario del viejo nacionalismo casposo que alimenta un discurso lamentable y ridículamente épico.
El protagonista es un músico de estilo country que lleva su admiración hacia los Estados Unidos al extremo de mitificar la cuna de la música que ama sobre todas las cosas y que le lleva a casi convertirse en un americano en Flandes tanto por la indumentaria como por el frecuente uso del inglés; la protagonista es la dueña de una casa de tatuajes y tendencia espiritual cristiana y orientalizante que, enamorada a primera vista de su peculiar “cowboy”, se convertirá en la cantante del grupo, en su esposa y en la desesperada madre de su hija, porque, y aquí entra el tenebroso aletazo de la tragedia, a la hija le detectan un cáncer a los seis años, enfermedad de la que morirá, sin que funcionen con ella los últimos tratamientos con células madre, lo que generará una espiral de reproches, incomprensiones, malentendidos y choques morales e  ideológicos en la pareja que les conducirá a la separación y al fallido intento de conseguir la imposible segunda oportunidad del título de esta crítica.
 Alabama Monroe es una película que suma tres historias: una apasionada historia de amor; la descripción de un progreso profesional y un drama familiar literalmente insuperable, narradas de forma alterna y sin  continuidad cronológica, lo que le permite al espectador ir reconstruyéndola para acompañar el desarrollo de la trama hasta el desolado clímax final. Es un alivio para el espectador que la narración se le presente así, porque se logra una compensación entre la pasión de los días felices y la desesperación de los días aciagos que le evitan deslizarse por una pendiente de congoja y dolor aún mayor de por la que acaba cayendo al final. Se trata de una tragedia en toda regla, al estilo antiguo, de las que difícilmente dejan enjuto el lagrimal del espectador, por curtido que se crea, porque el proceso de la enfermedad de la hija es devastador, propiciado en buena parte por el prodigio de actuación de la hija, la inconmensurable actriz Nell Cattrysse, por cuya exclusiva actuación ya merecería ser vista la película, del mismo modo que ocurría con la película sueca Déjame entrar y la magnética actriz Lina Leandersson.
La pareja protagonista, con un dominio del registro dramático que funciona a la perfección, consiguen  llevar al espectador a una dolorosísima vivencia del drama que se representa ante sus ojos con una veracidad solo emborronada por la deriva de la denuncia ideológica de la prohibición de la experimentación con células madres, en una suerte de mitin sonrojante doblemente repetido: ante su mujer, frente a la prohibición anunciada por Bush en la televisión –el protagonista solo ve canales de TV. norteamericanos en su particular inmersión en la cultura del bluegrass– y, una vez roto su matrimonio, ante la audiencia de uno de sus conciertos, una escena perfectamente prescindible, por su radical ingenuidad, que es la propia, sin embargo, del personaje, un corazón sencillo, lo que eleva su dolor a un nivel de sufrimiento instintivo que nos atenaza porque lo vemos acorralado por una niebla fría y espesa que ninguna racionalización puede penetrar.
La banda sonora de la película, con canciones originales de  Björn Eriksson e interpretadas por la pareja protagonista con el respaldo del grupo que actúa en la película, son canciones creadas ad hoc para la cinta, pero ello no convierte a Alabama Monroe en una película musical, por supuesto, aunque la importancia de la música es trascendental en no pocos momentos de la película, sobre todo en los entierros. La pasión del protagonista por Bill Monroe, el creador del estilo country bluegrass, al que sitúa por encima de Elvis Presley, sirve de motivo dinámico para el inicio de la relación amorosa, pero, desde que el músico norteamericano es mencionado, el bluegrass se va apoderando de la vida de la pareja hasta convertirse alguna canción, como If I needed you, en la razón de ser de la escena, por más que el mitin posterior arruine el clímax que su interpetación había conseguido.

A pesar de sus escasísimos momentos de decaimiento, relacionados con la pobremente expresada posición ideológica y espiritual de ambos personajes, cada uno con sus flaquezas, Alabama Monroe es un drama sólido, duro, impactante, porque la tragedia de la desaparición de una hija pequeña tiene difícil parangón. Podríamos decir  incluso que se trata de un melodrama, si se quiere, atendiendo a la importantísima presencia de la música, que atrapará a los espectadores que se dejen empapar por este derroche de vida, pero, en ese caso, tendríamos que acordarnos de su más eximio cultivador: Douglas Sirk, salvando las distancias, claro está. Pero todo, en el cine, es un continuo salvar las distancias… para llegar desde la luz de las imágenes hasta la emoción del espectador, como en esta película sucede.

viernes, 21 de febrero de 2014

Breaking Bad: Una película de 46 horas y 30 minutos o la atracción magnética de una obra de arte aristotélica.

Título origina: Breaking Bad (TV Serie)
Año: 2008-2014
Duración: 46h 30m
País: Estados Unidos
Guión:  Vince Gilligan, George Mastras, Peter Gould, Sam Catlin, Moira Walley-Beckett, Thomas Schnauz, John Shiban, Gennifer Hutchison, J. Roberts
Música: Dave Porter
Fotografía: Michael Slovis, Reynaldo Villalobos, Nelson Cragg, Peter Reniers


                                                                                                                                                         





      Hoy no hablaré de un estreno cinematográfico al uso, sino de la culminación de una aventura cinematográfica que, paradójicamente, ha abandonado el formato de las proyecciones en las salas de cine para exhibirse en las salas de estar de quienes han hallado en brillantes propuestas como la que presento una alternativa a las grandes producciones cinematográficas clásicas, contra las que luchan, con ventaja, con una calidad indiscutible, como es el caso de Mad Men, Dos metros bajo tierra, Carnivale; Los Soprano o la que las supera a todas: Breaking Bad, una originalísima obra de Vince Gilligan, cuya última temporada se puso hace un mes a la venta, para auténtica desesperación de quienes ya habíamos agotado la anterior dos meses antes. La espera ha valido el tormento, sin duda.
                 Vista en su totalidad la película, lo primero que hemos de defender es su carácter de “película”, aun a pesar de su extraordinaria duración, no de “serie”; una película, si caso, por entregas, al viejo estilo de la entrañable literatura folletinesca que ha dado obras tan perdurables como Los misterios de París o El conde de Montecristo, entregas que mantenían en vilo al público lector con sus “continuará” rituales. A título de ejemplo sobre la duración de las películas, quiero recordar/rescatar una película como Los Misterios de Lisboa, llevada al cine por Raúl Ruiz, con una duración de 4 horas y 26 minutos que se nos pasaron como un soplo a los rendidos admiradores que nos reunimos para deleitarnos en la matinal del desaparecido Alexandra donde la vimos, aunque aún esperamos que alguna televisión nos permita contemplar el milagro de las seis horas y media del rodaje como serie original para la televisión, pues así fue concebida.
                Frente a la concepción tradicional de las series, con un estilo episódico y de múltiples tramas con leve, escasa o nula conexión con la trama principal, que pueden verse sin la tensión que añade el continuará permanente que jalona las entregas de Breaking Bad, este peliculón merece ser comprado y visto todo seguido, temporada tras temporada, quizás a razón de dos o tres episodios por noche, porque la excepcional unidad dramática de la serie así lo exige. Parece como si sus creadores se hubieran inspirado en la preceptiva aristotélica y hubieran puesto todo su empeño en respetar las tres unidades básicas: de acción, de tiempo y de lugar. Una trama sin derivaciones que la compliquen  y vuelvan confusa o prolija; un espacio, el desierto de To'hajiilee, en un peculiar Albuquerque –el impagable albuquiqui del inglés de la versión original, la única audible, porque el doblaje, una práctica de origen fascista en Italia, adoptada por el franquismo para desgracia nuestra, destroza las películas extranjeras–, cercano a la ciudad fronteriza de El Paso, un espacio hostil y cómplice que adquiere, a lo largo de la película un protagonismo portentoso, y, finalmente,  la duración de un año que sustituye a las clásicas veinticuatro horas establecidas por el estagirita como unidad de tiempo, hacen de Breaking Bad una tragedia que produce en el espectador la catarsis de la vieja tragedia griega en un crescendo que, desde que se inicia la acción, no decae hasta el final, auténticamente apoteósico.
                    Breaking Bad, todo el mundo lo sabe, aunque no se haya visto la serie, porque se ha vuelto una serie “de culto” que dicen los cursicinéfilos, es la historia de un personaje Walter White, profesor de química en una High School, a quien detectan un cáncer avanzado sin que disponga de recursos para hacer frente al tratamiento. Angustiado por la situación en que quedaría su familia si él muriera, con un hijo discapacitado y una hija en camino, decide iniciarse en el mundo del tráfico de drogas, para lo cual recluta a un escudero, Jesse Pinkman, antiguo alumno suyo que ha abandonado los estudios y se ha convertido en un camello, a través del cual se introducirá poco a poco en ese tenebroso mundo de la fabricación y distribución de la droga hasta acabar convirtiéndose en un auténtico pero singular capo bajo el alias de Heisenberg, un referente científico desconocido para la totalidad de los personajes que aparecen en la serie.
                 He de confesar que una sinopsis argumental en modo alguno hace nunca justicia a una obra maestra, algo ya demostrado con las de D. Quijote, Hamlet o el Ulises de Joyce, por ejemplo. Es, como no puede ser de otra manera, el desarrollo hora a hora de la trama lo que mediante una magnífica puesta en escena, una interpretación como pocas, dado el elevado número de actores que intervienen en la serie, sin que nadie nunca desentone ni en el más humilde de los papeles, y una potentísima reflexión sobre la condición humana lo que convierte a Breaking Bad en una joya del séptimo arte. Juan Goytisolo suele decir que un clásico es aquel que admite relecturas. Eso mismo le pasa a autores como Hitchcock, por ejemplo, en cuyas películas siempre se descubre algo nuevo cuando las volvemos a ver, y lo mismo le pasará a Breaking Bad, lo que la convierte en una rareza en el mundo actual de las series, equiparándose, por ello, con los grandes clásicos del género, siempre revisables: Yo, Claudio, de Herbet Wise; El detective cantante, de aquel efímero genio precursor que fue Dennis Potter, aunque dirigida por Jon Amiel, y Twin Peaks, de David Lyinch, por ejemplo.

                      Hay, en esta película, un minucioso análisis de la personalidad de los protagonistas centrales, sobre todo de la compleja relación que se establece entre el profesor y el alumno, al tiempo que se presenta como  un modelo de vigor narrativo y de lucidez descriptiva que pone al descubierto rincones muy ocultos de la naturaleza humana. 
                       La descripción de las relaciones familiares son un plato fuerte de la serie, porque el jefe policial que le sigue los pasos al misterioso Heisenberg es precisamente su cuñado, lo que da pie a situaciones que rozan, en ocasiones la hilaridad. Se trata, ya lo he dicho, de una verdadera tragedia, pero en la medida en que lo exige la raíz aristotélica de la película, se da en ella un proceso de mímesis perfecto, esto es, todo lo representado en la trama pasa el más exigente control de calidad de lo verosímil, de lo realista, lo que otorga a la serie, de paso, un considerable valor documental, además de que nos permite encontrar en ella todo tipo de pasiones radicalmente humanas: desde el amor hasta el odio pasando por la insinceridad, el engaño, la pasión, la compasión, el desprecio, la lealtad, la traición, el despecho, la ingenuidad, la soberbia, el egoísmo, el altruismo, el ridículo, la vergüenza, el deseo…, de ahí que no sea extraño que en un mismo episodio experimentemos reacciones que pueden ir de uno a otro de esos extremos enumerados. Hay también, porque es el arranque de la acción que se va a desarrollar, una crítica social demoledora por lo que hace a la ausencia de un sistema estatal de salud que no convierta una enfermedad en el obligado ingreso en la pobreza. Todos estos elementos se han materializado en una realización hipnótica, mágica, capaz de atarnos a la butaca viendo hora tras hora este “drama americano” de alcance global, si bien con distintas manifestaciones según las diferentes culturas, aunque el contacto con la versión sudamericana de los negocios de la droga le confiere a esta serie una notable cercanía al público de lengua española, lengua muy presente en la narración, por cierto. El espectador, después de un comienzo que puede repeler a los más sensibles, va entrando en la trama hasta quedar atrapado de tal manera que no desea otra cosa que seguir las peripecias del aprendiz de capo que sigue un auténtico curso universitario de introducción al mal, aunque lo haga “a mayor gloria de la familia”.            Creo que Breaking Bad, desde el lado técnico de la realización, nos ha aportado una unidad estilística de filmación que hace casi indistinguible quién sea el director de cada capítulo –algunos de ellos, por cierto, dirigidos por el protagonista, Bryan Cranston, camaleónico y versátil hasta la excelencia–, y hasta creo que pueda hablarse de una iluminación “a lo Breaking Bad” que ya ha creado secuelas, como la de Ridley Scott en El consejero, un sincero y rendido homenaje a esta serie, uno de cuyos principales personajes, el cuñado de Walter, agente de la DEA, aparece en la película como un guiño de Scott  a los seguidores de la serie, acaso como pidiendo perdón por haberse atrevido a meterse en un mundo cuya plasmación fílmica Breaking Bad ha marcado de forma indeleble, inolvidable. 

lunes, 17 de febrero de 2014



Blue Jasmine: “Confiaba ciegamente en mi marido…”


Título original: Blue Jasmine
Año: 2013
Duración: 98 min.
País: Estados Unidos
Director: Woody Allen
Guión: Woody Alle
Música: Varios
Fotografía: Javier Aguirresarobe






            No sé si el azar escribe la Historia, pero esta vez sí que ha escrito el arranque de esta crítica, porque ayer sábado me despedí del día en los Icària oyéndole jurar por activa y por pasiva a una magnificent Cate Blanchet -montada en el tranvía que lleva al deseo de toda actriz: el Óscar-  el titulo de esta crítica, al que podría añadir parte de la retahíla de disculpas que desgrana a lo larga de la escasa pero intensa hora y media de proyección: “¿Cómo iba yo a saber?” “ Yo me limitaba a firmar lo que él me ponía delante”. “¿Cómo podía sospechar yo que hubiera algo ilegal en sus negocios?” “Ni se me pasó por la cabeza que todo fuera un estafa”; y esta mañana de domingo me despierto con la prensa del día en cuya portada una elegante y sonriente infanta Cristina –nada que ver con aquel bodrio de Vicky, Cristina, Barcelona, seguramente la peor película de Allen, junto con la disparatada y descalabrada historia del director de cine invidente: Un final made in Hollywood- repite monótonamente la retahíla de la protagonista de Blue Jasmine, una obra meritoria de Allen, pero hecha de retales de su filmografía, como suele ser habitual, salvo error genial, en el director neoyorquino.
La actualidad de los entresijos mafiosos de la economía especulativa sólo tangencial, aunque poderosamente, afectan a esta verdadera  historia de lucha de caracteres sociales que transparenta su verdadero fondo de dura lucha de clases, representada en el propio seno de la familia, una suerte de Hombre rico, hombre pobre, en versión femenina con separación, “Tú a Nueva York y yo a San Francisco”, de por medio. Y no deja de ser significativo, desde el punto de vista de los escoliastas de Allen, que la versión corrupta e hipócrita del ser humano sea la hermana neoyorquina, una consumada maestra de la impostura, y que la versión espontánea y entrañablemente humana, flaquezas incluidas, sea la sanfranciscana, una interpretación de la amazing Sally Hawkins, quien, con todo merecimiento, tiene poderosas razones interpretativas para conseguir el Óscar a la mejor actriz de reparto. De hecho, el protagonismo que va adquiriendo a medida que transcurre la historia nos hace echarla de menos cuando la historia se centra en el drama de la hermana banal, mediocre y pija,  y cada vez que aparecen juntas le va robando cámara a la Blanchet, alguna que otra vez excedida en su recreación de la Blanche de Williams. Dos hermanas que casi no lo son, ambas adoptadas, muestran dos caras del ser humano absolutamente antagónicas, y sobre esa oposición entre la impostura y la espontaneidad construye Woody Allen su película.
El trasunto argumental de Un tranvía llamado Deseo que es Blue Jasmine, no desmerece en modo alguno el guión, sino que lo enriquece con unas resonancias clásicas que permiten al espectador establecer analogías y practicar de continuo el entretenido juego de las semejanzas y diferencias. No olvidemos, por si alguien no lo recuerda, lo que El tranvía llamado Deseo debe de haber significado en la formación de Allen como escritor y director. Seguro que sus seguidores no han olvidado una recreación de Blanche que el propio Allen realizó, en forma de parodia, en aquella película clásica El dormilón, que tanto nos hizo reír a una generación, orgasmatrón incluido…

La película tiene un ritmo ágil al narrar de forma alterna el desolado presente de la protagonista y su esplendoroso pasado, que incluye también, como contrapunto grotesco, el de su hermana-cenicienta que va a visitarla a Nueva York recién casada con su polaco –y también aparece éste en camiseta blanca de tirantes en una escena, como exige el guión…-; una historia que progresa hacia la cuidada descripción de los dos personajes femeninos de una manera compleja y emocionante, porque hay un combate de rechazos, emulaciones, desprecios, compasión, miserias, fingimientos, mentiras y, sobre todo, alienaciones que casi logra convencernos de que estamos ante una verdadera tragedia. En todo caso, se trataría de “la tragedia de una mujer ridícula”, parafraseando el título de aquella olvidable película de Bertolucci. Es impagable el proceso de adaptación a su nueva realidad de la contrafigura de la señora de Madoff, en cuyo caso se inspira directamente la película, reacción del hijo de ambos incluida, aunque en la realidad uno de los hijos de Madoff se suicidó, y las escenas de la recepción del dentista nos retrotraen al Allen ácido y burlón de tantísimas películas; del mismo modo que la aparición de su nuevo príncipe azul está rodado en clave de fotonovela, la actual telenovela, cuando la protagonista recupera, fugazmente, la ilusión de volver “a su sitio”, del que un encuentro inesperado, un auténtico “encontronazo” la exilia al Hades de la insignificancia social y la pobreza, esto es, a la locura como único horizonte; un episodio que se desdobla en la versión “cutre” del aventurero extramatrimonial que induce a creer a Ginger que por fin la “clase” que ella merece, según el proceso de idealización absurda del que le imbuye su hermana, ha entrado en su vida. Ginger recupera a su mecánico, fantástica interpretación también, por cierto, la de Bobby Cannavale, con una escena de mucho mérito en el súper donde trabaja su prometida; pero Jasmine, marchita y enajenada, derruida, en un cul-de-sac de consulta secesionista, acaba como homeless enajenada sin interlocutor posible para sus alucinaciones, porque, en el fondo, es la descripción de una alucinación, que deviene realidad, lo que se nos canta en la película: Blue moon, You saw me standing alone. Without a dream in my heart. Without a love of my own.

jueves, 6 de febrero de 2014


Le week-end: Miserias y grandezas de las parejas duraderas. (Elogio del cine de reestreno.)

Juan Pérez
Título original: Le Week-End
Año: 2013
Duración: 93 min.
País: Reino Unido
Director: Roger Michell
Guión: Hanif Kureishi
Música: Jeremy Sams
Fotografía: Nathalie Durand





                  El actual sistema de exhibición de las películas, que hace que éstas apenas tengan tiempo de sobrevivir en las salas, a excepción de aquellas que se venden como un éxito de público antes incluso de ser proyectadas, un paradójico best-seen que se espera como un best-seller, provoca que algunas películas, sobre todo europeas, y no digamos ya nacionales o autonómicas, tengan una vida tan efímera que ni siquiera su exhibición permite el adecuado boca a boca que contribuya a la mencionada supervivencia y al extenso conocimiento de las mismas. En Barcelona gozamos de la inmensa suerte de tener dos salas que nos permiten recuperar esas películas que salen de la primera línea de los estrenos que se dan codazos y se alojan, con sus serenas e interesantes propuestas, ya en los Meliès, ya en el Maldà, (¡larga vida a ambas!) donde los aficionados que no podemos seguir el ritmo frenético que impone el consumo tenemos esa segunda oportunidad que nos permite ver en una sala lo que, de otro modo, ya solo podríamos conocer en la pantalla de la televisión, con la irremediable pérdida correspondiente.

Ése es el caso de Le Week-end, una película inglesa que viene avalada por el autor del guión, Hanif Kureishi, quien lo fuera también de aquella joya inolvidable que es Mi hermosa lavandería, en su momento, a mediados de los 80, una propuesta tan fresca como lo fuera en los años 50 y 60 el famoso free cinema de Tony Richardson o Reisz. El guión de la película se basa en la novela de corte autobiográfico del propio Kureishi, titulada Intimidad, crónica de su propia separación a partir de sentirse rechazado “física y emocionalmente”, lo que constituye, en efecto, el conflicto fundamental de la película que comentamos, si bien, en esta recreación fílmica se ha optado por una versión sadomasoquista de cuya presencia en la novela no puedo dar razón. A medio camino entre la ejemplar y terapéutica Secretos de un matrimonio (en sueco Escenas de la vida conyugal, que esto de las traducciones de los títulos es para comentario aparte) y cualquiera de las incontables películas de Allen sobre las crisis de pareja, más el atractivo de un escenario como París perfectamente escogido y fotografiado, sin énfasis turístico alguno, como ocurría en Antes del atardecer, Le week-end explota lo que puede acabar convirtiéndose en un relativamente reciente filón: las crisis de pareja entradas en años. Nada que ver, por supuesto con una obra maestra como Amor, de Haneke, que se sitúa en otra dimensión diferente. Le Week-end está más cerca, aunque con un tono más amargo (bitter), de Late Bloomers, aquí traducida como Tres veces 20 años, con una espléndida interpretación de Isabella Rossellini y William Hurt, a quienes la pareja de Le week-end, soberbia, en la línea de la mejor tradición británica, nada tiene que envidiar, porque componen, como se suele decir de los actores teatrales, dos personajes llenos de matices y verdad, por más que ésta sea, durante la mayor parte de la cinta, escalofriante: la humillación constante, la devoción inexplicable, la complicidad recuperada, la transgresión reencarnada y los despojos de sueños no cumplidos se reúnen en este fin de semana lleno de lances novelescos, y algunos de ellos acaso bobamente británicos, para pasmo, a veces, compasión otras y desinterés alguna que otra vez, por parte del espectador, de una pareja protagonista a la que solo le vale, desde la escasez económica de sus comienzos, recién recuperada, reinventarse como proyecto de vida en común, algo que no queda claro en la película que puedan conseguir. La música-muleta de Jeremy Sams, como un larguísima pieza de jazz sin altibajos, acaso lejanamente inspirada en el minimalismo de Erik Satie, confiere a las andanzas de la senil pareja una suerte de joie de vivre que contrasta con la miseria sexual y emocional de su relación, expresada con una crudeza hiriente, también netamente británica. El hecho de que se trate de una pareja de profesores hastiados de su profesión (“Hay que leer menos y vivir más” dice uno de los slogans del particular y anacrónico mayo del 68 que viven los protagonistas, escrito por el divulgador de Wittgenstein en la suite de un hotel de lujo) y el modo como recalcan de dónde proceden, Birmingham, como si fuera el culo del mundo, justo lo opuesto al cosmopolitismo parisino, casi dotan a los personajes de una dimensión universal que los hace fácilmente extrapolables a otras latitudes. Con todo, hay algo inimitablemente británico en ese humor sarcástico, despiadado, con que ambos personajes se despellejan continuamente sin que las heridas profundas que de ese trato cotidiano se derivan logren llevarlos a una separación definitiva: a su edad, ambos saben que solos son y valen menos y se hallarán más indefensos, y posiblemente más tristes. Aunque al espectador le llega parte de su vida mediante el relato de otros personajes o la relación telefónica con el hijo, no será sino hasta la confesión final de sus flaquezas, reconvertidas en salvavidas, que el espectador podrá entrar en el núcleo duro del conflicto que los enfrenta y los une al tiempo. Si el espectador recuerda el gran éxito del director de la película, Roger Michell, aquella bobalicona comedieta romántica titulada Notting Hill, que tanto éxito popular tuvo, podrá ahora ver algo así como el envés patético, más que trágico, de aquélla. Los años no pasan en balde. Y preservar el amor y la pasión más allá de los 60 cae del lado de la imaginación a prueba de bombas. Will you still need me when I’m sixty four?, cantaban los Beatles. Amor de Haneke es una respuesta; Le week-end, otra, muy diferente.