sábado, 23 de agosto de 2014

Mil veces buenas noches: entre el egoísmo de la adicción a la adrenalina y el miedo a las aburridas responsabilidades familiares.



Título original:Tusen ganger god natt (A Thousand Times Goodnight) (1,000 Times Good Night)
Año: 2013
Duración: 117 min.
País:  Noruega
Director: Erik Poppe
Guión: Erik Poppe, Harald Rosenløw-Eeg
Música:Armand Amar
Fotografía: John Christian Rosenlund

                                               

                                 


El reciente asesinato del fotógrafo estadounidense James Foley a manos de los verdugos terroristas del autodenominado Estado Islámico, una ejecución filmada en vídeo, no fotografiada,  con la finalidad de presionar a las potencias extranjeras que les combaten para que les dejen las manos libres en Oriente Medio, le ha proporcionado una actualidad insospechada y dramática a la película Mil veces buenas noches, recién estrenada en nuestro país. Se trata de una película que juega fuerte la baza de una Juliette Binoche extraordinaria y que gana de calle la apuesta, porque puede decirse que el desarrollo de la historia la tiene como referencia constante, como si el resto de personajes fueran comparsas que solo sirvan para ilustrar la terrible dicotomía a la que se enfrenta la protagonista, una fotógrafa de prensa especialista en conflictos violentos que se ve atrapada por la adicción  al riesgo, a las frecuentes descargas de adrenalina que experimenta casi a diario, siempre expuesta al sufrimiento de cualquier daño llamémosle colateral, y la dificultad de hacer frente a una vida familiar que se ve continuamente alterada por sus constantes ausencias y por el miedo que por su integridad física padecen sus familiares, su marido y sus dos hijas. Sobre las dificultades para compaginar estas dos existencias, una que bordea los límites extremos del propio peligro de muerte y la otra, sometida a las rutinas nada peligrosas de la vida familiar, trata esta película. Es bastante evidente que la representación que se lleva a cabo de una y otra formas de vida peca en parte de maniqueísmo, porque si por un lado, el de su profesión, los riesgos estimulantes son evidentes, incluido el peligro máximo de morir en el desempeño de la profesión –algo que no es ninguna exageración, como el caso Foley ha puesto de manifiesto estos días, y muchos otros antes que él, como José Couso, por ejemplo–; por otro, el de la vida familiar, el aburrimiento que preside las pequeñas responsabilidades del día a día de la maternidad y la paternidad, representada por unas escenas en las que la protagonista se siente absolutamente desplazada, como si no perteneciese a ese mundo al que sí pertenecen su marido y sus hijas, le resulta insoportable a la fotógrafa. Que ésta confiese que ella “no saber ser como todo el mundo”, que “no ha nacido” ni para la diplomacia social ni para la representación que esconda sus verdaderos sentimientos, son confesiones que nos sitúan ante el retrato de una inadaptada social, con todo lo que eso comporta de incomprensión ajena, algo que deviene un drama cuando afecta a la vida conyugal y a la relación con sus hijas. Sencillamente no puede dejar de dedicarse a su profesión, aunque haya tomado, después de haber sido herida por una bomba humana a la que, previamente, había fotografiado en el ritual de su sacrificio; dedicarse a ella es la única manera que tiene para, como ella misma confiesa en  la película, sentir una cierta “calma interior” ante los conflictos que la atormentan, ante los males del mundo, ante su propia responsabilidad respecto a ellos y, sobre todo, por la intensa necesidad que siente de ayudar a las víctimas, sabiendo que la crudeza de las imágenes que ella capta contribuye poderosamente a sacudir las conciencias del primer mundo para que promuevan acciones que, al menos, palíen algo los desastres que provocan los conflictos armados.
Hay un grave problema de incomunicación y de preferencias vitales que la protagonista sabe que la marcan como un miembro extraño en el seno de la célula familiar, algo que se ejemplifica a la perfección cuando ella y su hija mayor –una adolescente de unos 15 años, edad tan conflictiva, que elabora una monografía para la escuela sobre el trabajo de su madre- hacen un viaje a África, supuestamente a un campamento de refugiados donde no correrán peligro. Sucede, sin embargo lo contrario, momento en el que la madre se manifiesta con toda sinceridad al escoger el riesgo, en aras de las fotografías que puede conseguir cuando unos guerrilleros invaden el campamento matando indiscriminadamente a sus moradores, antes que la protección de su hija, a quien deja en manos del cooperante internacional que las ha llevado hasta allí. Ese conflicto dramáticamente vivido, y filmado, por la hija, lo que alerta al marido del peligro a que sometió a la hija de ambos, se resuelve de una manera estremecedora cuando madre e hija se entrevistan en el coche familiar. Mientras la madre no puede esconder el dolor traumático que le supone la separación/divorcio y el alejamiento de sus hijas, la adolescente coge de repente la cámara de la madre y le dispara una ráfaga de fotos mientras la madre es incapaz de esconder su fragilidad y las lágrimas que le provocan semejante pérdida; la ráfaga se presenta, de una manera que estremece al espectador, como una suerte de fusilamiento con las propias armas de la madre, una venganza con la que la hija quiere descargar toda la rabia acumulada por la postergación de que ha sido objeto por parte de la madre, si bien, aunque la película no tenga un final feliz, sí que la hija acabará comprendiendo la “pasión” profesional de la madre, su “destino” vital.
Mil veces buenas noches  me ha traído inmediatamente  a la memoria otra película nórdica –danesa, concretamente, En un mundo mejor, dirigida por Susann Bier, y ganadora del Oscar a la mejor película de habla no inglesa en 2010. La película de Erik Poppe, sin embargo, tiene un contenido más intimista que la película danesa. Aquella ofrecía un abanico temático más amplio, en el cual sobresalía el de la responsabilidad de los adultos en la educación de los hijos, las debilidades del sistema educativo o los conflictos del padre ausente en la educación de los niños. Hay, no obstante, abundantes concomitancias entre una y otra, porque ambas nos hablan más de la responsabilidad del primer mundo que de la descomposición del tercero; de las angustias existenciales de los habitantes del primero que de las indestructibles esperanzas, a pesar de sus muchos pesares, de los el tercero.

Podemos decir, sin caer en la exageración, que películas con estas dos suponen una suerte de corriente ética en la industria cinematográfica que nos recuerdan que el cine no es únicamente entretenimiento, sino una puerta abierta al conocimiento y a la responsabilidad consiguiente.

viernes, 15 de agosto de 2014

Elogio del cine de verano.

                      


          Todo lo cambia el tiempo, hasta la memoria, por eso, antes de que nadie sepa qué fueron y por si acaso hay alguien que tenga influencia para que no desaparezcan los pocos que aún sobreviven, quiero, pendiente de una nueva crítica de un estreno, que pronto volveré a ofrecer, rendir un modesto y pequeño homenaje a una institución estival que a buen seguro ha marcado muchas noches de verano de todos los que tienen la suerte de tener uno cerca o bien a los que lo han ten ido: el cine de verano.
          En la zona de San Pedro del Pinatar y Santiago de la Ribera, a la que tan ligada está mi infancia, convivieron hasta cinco cines de verano con programa doble que se llenaban completamente, a pesar de la dureza de sus sillas metálicas, para combatir la cual nos presentábamos los asistentes armados con nuestros dos buenos cojines por barba para acomodarnos hasta bien entrada la madrugada. Aquellas viejas noches de estío, con la cena en las bolsas, con el tomate abierto en dos y rociado con sal, con los embutidos, los huevos duros pelados con fervor y también rociados de sal y, de postre, con las inevitables pipas de girasol que escupíamos al suelo con total libertad, como todo el mundo, bajo las nubes densas de los cigarrillos de los mayores. Aquellas noches cinematográficas estaban decididamente fuera del calendario, constituían un tiempo de excepción, la posibilidad de alargar el día hasta más allá de la una de la madrugada, una transgresión, para nuestra parva edad, que valorábamos como una diplomatura en el curso inicial de la experiencia de la vida.
           Desde las famosas 7 aventuras de Kit Carson hasta los episodios del Llanero solitario,  Lone Ranger, con su famoso Aion, Silver –que traducíamos los niños del original Hi-Yo, Silver, away, el grito con que espoleaba su blanquísima cabalgadura como un Cid o un Santiago Matamoros cualquiera, y que después imitábamos en nuestros juegos– que contemplábamos arrobados, hasta las películas de Tarzán, con un Johnny Weissmuller espléndido de físico y de primitivismo, tan metido en su papel que incluso durante sus últimos días en el hospital donde murió, aún trataba, en vano, de imitar el grito de su personaje, irreproducible por garganta humana alguna, pues se confeccionó mezclando diferentes grabaciones; pasando por las clásicas, una de romanos o una de guerra o una de gánsters,  las noches de verano en el cine, cena incluida, con el aroma embriagador de los jazmines que rodeaban el recinto del cine, siempre permanecerán en la memoria del niño y del adulto que incluso quiso llevar a sus hijos al misma cine al lado del que quise fotografiarme antes de que lo demoliesen para construir apartamentos sin historias donde yo viví tantas y tantas lleno de emoción; quería compartir con ellos una experiencia que, desgraciadamente, va desapareciendo de nuestras costumbres o urbanizándose, como ocurre con el cine en las tumbonas del CCCB o de las noches de cine en el castillo de Montjuïc, muy alejadas de la institución veraniega a la que yo quiero rendir homenaje, porque también en aquellas noches cuajadas de estrellas consolidé mi amor al cine, al ojo cosmológico al que no he podido dejar de mirar desde entonces, esperando siempre que me devuelva la magia de unas historias que me han hecho soñar y reflexionar, y que tan poderosamente han contribuido a mi formación.
         He viajado por el sur, y salvo en San José (Almería), donde ofrecían Thor al día siguiente de nuestra marcha, ¡lástima!, en ningún otro sitio he hallado que sobreviviera la vieja institución. El ordenador nos ha traído la sesión individualizada y ha acabado con aquella comunión popular de los espectadores abstraídos en la inmensa pantalla, mucho mayor que las de la salas cubiertas, y con un sonido altísimo, acaso para imponerse al de las ferias cercanas; esos veraneantes que, incapaces de soportar el calor diurno, se refugiaban en el cine de verano, fresquitos, para alargar las  noches con la visión de los últimos éxitos que probablemente no vieron de estreno y que ahora los ven encantados por la mitad de precio y por duplicado, porque el cine de verano es hijo del cine de barrio de doble sesión que, lamentablemente, se ha extinguido hace ya muchos años y en el que, los que no podíamos asistir a los de estreno, por el precio, teníamos que soportar que algunas películas nos las cortasen para ajustarlas a la hora y media impepinable de cada uno de los tres pasos que ofrecían.

 No sé si esto que escribo es ya el epitafio del cine de verano o un grito desesperado para que una institución tan entrañable no desaparezca de nuestros pueblos de mar y de montaña, para que se conserve parte de nuestra memoria cinematográfica, para que, al fin y al cabo, esa específica memoria cosmológica nuestra no sea eso exactamente: un recuerdo a punto de desvanecerse en la negra noche de los tiempos.