jueves, 26 de noviembre de 2015

Richard Fleisher redescubierto: “Sábado trágico” e “Impulso criminal”: Entre el cine negro y la reflexión sobre el mal: dos películas de auténtica serie A +.







Sábado trágico: Película de atraco a un banco en una pequeña localidad: el microcosmos y el azar criminal.

Título original: Violent Saturday
Año: 1955
Duración: 87 min.
País: Estados Unidos
Director: Richard Fleischer
Guión: Sydney Boehm (Novela: William L. Heath)
Música: Hugo Friedhofer
Fotografía: Charles G. Clarke
Reparto: Victor Mature, Richard Egan, Stephen McNally, Lee Marvin, Ernest Borgnine, Virginia Leith, Tommy Noonan, Margaret Hayes, J. Carrol Naish, Sylvia Sidney, Billy Chapin, Dorothy Patrick

         Del mismo modo que pude ver el tercer secreto de Michael Crichton en YouTube, me complace anunciar a los aficionados al cine que por el mismo canal pueden disfrutar de dos películas que merecen mucho, pero que mucho, la alegría de ser vistas. Se trata de dos géneros muy distintos y de dos realizaciones también muy distintas, porque las temáticas de una y otra nada tienen que ver, en principio. Hurgando un poco en ambas bien pudieran hallarse puntos de contacto entre una y otra, pero lo esencial es que se trata de dos películas logradas, cada una en su género, uno más convencional que el otro, por supuesto, aunque ninguna de ellas se ha rodado “fuera” de la tradición respectiva, sino teniéndola muy presente, sobre todo en el caso de Impulso criminal, que trata un tema, el de la posible impunidad del mal, que ya fue tratado por Hitchcock de manera magistral en La soga, un virtuosismo técnico al tiempo que un denso desarrollo ético.
         Sábado trágico tiene un inicio de antología con la llegada del autobús a una pequeña localidad del oeste americano cuya pacífica vida aparentemente idílica alberga diversas miserias que Fleisher expondrá con elocuente claridad y economía de medios en la primer aparte de la película, diferentes dramas que, aun ajenas por completo al atraco que se gesta en un hotel de la ciudad, a escasa distancia del banco que será asaltado, acabarán entrecruzándose con este, de lo que se deriva un desenlace que no deja ningún cabo suelto de los planteados al inicio, siguiendo el modelo poético de diseminación-recolección. La entrada del autobús que se detiene a escasos metros del banco, en un plano que integrará a un enigmático pasajero que, dada la composición, no puede ser nadie más que el futuro atracador del mismo, por sus andares, sus miradas, su sonrisa condescendiente y por la relativa extrañeza de su persona respecto de la pequeña y pacífica localidad donde acaba de bajarse del autobús, porque acto seguido, al registrarse en el hotel, sabemos que ha frecuentado el pueblo como representante de comercio, coartada bajo la que amparará la presencia de sus dos compinches, dos compañeros novatos a los que ha de instruir en el oficio. Estos llegan en tren, en el que se desarrolla una escena que parece anecdótica, con unos amish que luego acabarán teniendo una  importancia trascendental para el desenlace de la historia.
         Con una exquisita precisión, Fleisher  mantiene las líneas paralelas de su relato: de un lado, las pequeñas historias de los sitios pequeños a las que él otorga su exacta y dolorosa dimensión: el director de la agencia bancaria, enamorado en secreto de una atractiva enfermera del hospital, a la que espía por las noches mientras esta se desnuda con las cortinas corridas; el matrimonio roto, incapaz de enfrentarse al deterioro de su relación; el hijo que no soporta que su padre haya tenido que quedarse en la retaguardia, atendiendo la explotación de cobre que dirige, mientras los padres de sus amigos  poco menos que han vuelto como héroes de la guerra; la bibliotecaria a quien el banco está dispuesto a ejecutar un embargo de sus bienes por una deuda impagada… La vida misma, como se advierte. Todos esos hilos, sin embargo, se tejen admirablemente en un crescendo lleno de diálogos eficaces y de secuencias brillantes, como la del baile en la cafetería.
         De estas películas llama mucho la atención encontrarse a actores y actrices que triunfaron años después en papeles absolutamente secundarios,  como Lee Marvin, en un papel de asesino sin escrúpulos que le va como anillo o al dedo o Ernest Borgnine, casi irreconocible bajo su disfraz de amish; esas presencias parece, sin embargo, que tengan la virtud de conseguir que otros, más famosos entonces, pero deplorables actores en términos generales, como Victor Mature, saquen adelante sus papeles con notable dignidad. Por otro lado y como es habitual en películas que, aun siendo buenísimas, no da la impresión de que aspiren a perdurar, sino solo a entretener, aparece una galería de actores que saben aprovechar su protagonismo para demostrar que la cantera usamericana de excelentes actores es inagotable. Todos los personajes que conforman el microcosmos de la pequeña ciudad y cuyas vidas sigue la historia, brillan a gran altura interpretativa, y muy especialmente Richard Egan y Virginia Leith.
         Estoy convencido de que para aquellos espectadores que no la conozcan, Sábado trágico –el título original Violent Saturday no es tan desgarrado como el título español– constituirá una estupenda sorpresa, porque es una película con una estructura clásica que contiene diversas tramas que podrían haber dado lugar, por ellas mismas, a películas propias, y que se resuelven en el propio desenlace de la acción criminal del robo del banco y la posterior huida, pero ahí me aconseja detenerme la prudencia de quien no quiere arruinar un conseguidísimo final.

                                                       


Un viaje al fondo de la mente humana: Impulso criminal o la elucidación del mal en la estela de La soga o anticipando una joya: Funny games y una triste secuela: Asesinato 1,2,3

Título original: Compulsion
Año: 1959
Duración: 103 min.
País: Estados Unidos
Director: Richard Fleischer
Guión: Richard Murphy (Novela: Meyer Levin)
Música: Lionel Newman
Fotografía: William C. Mellor (B&W)
Reparto: Orson Welles, Diane Varsi, Dean Stockwell, Bradford Dillman, E.G. Marshall, Martin Milner, Richard Anderson, Robert F. Simon, Edward Binns, Robert Burton, Wilton Graff, Louise Lorimer, Gavin MacLeod
           
            Es inevitable traer a colación la película de Hitchcock, La soga, porque Impulso criminal lleva a la pantalla la misma trama, aunque con notables diferencias que, al margen del virtuosismo técnico de la obra de Hitchcock, las convierte en dos apuestas estéticas y temáticas diferentes, sobre todo porque, en la de Fisher se mezcla un alegato contra la pena de muerte que concede una dimensión más completa a la historia. De hecho, la aparición del personaje del abogado defensor de los dos jóvenes “nietzscheanos”, situados más allá del bien y del mal, como representantes del superhombre frente a la masa, permite dividir nítidamente la película en dos tramos: el primero, en el que se trama y ejecuta ese asesinato que ha de servir para probar su superioridad frente a los alienados ciudadanos obedientes de la ley, y el segundo, en que, atrapados por esa ley de la que se quieren burlar, gracias a una prueba en apariencia poco determinante, unas gafas halladas en la escena del crimen que no pertenecen a la víctima, las familias ricas a las que pertenecen contratan al abogado que, interpretado por Orson Welles, en una de sus mejores actuaciones, consigue, declarándose culpable en ambos casos, evitar la pena de muerte, no sin antes haber batallado duramente con el fiscal que “sedujo” a los asesinos para ganarse su confianza y forzarlos a cometer el error que los incriminaba.
La maldad gratuita, que ha hallado quizá en Funny  Games, de Haneke, su más angustiosa propuesta cinematográfica, le viene enseguida al espectador a la memoria cuando ha de vérselas con los dos jóvenes ociosos que han cifrado en su designio de transgredir todas las normas el disfrute intelectual de la vida. Michael Pitt, uno de los intérpretes sádicos de Funny Games seguramente hizo méritos para aparecer en esta tras interpretar una versión demasiado comercial de Impulso criminal, titulada Asesinato 1,2,3, dirigida por Barbet Schroeder, junto a Ryan Gosling. La pareja protagonista de Impulso criminal, Dean Stockwell y Bradford Dillman, no gozaban, en su momento, sin embargo, de la reputación artística de quienes acabo de nombrar, pero a ambos les fue concedido, conjuntamente, el premio al mejor actor en el festival de Cannes de 1959, lo que permite entender el altísimo nivel de su trabajo. Si a ello se le añade la composición que hace Welles de su personaje, un abogado poco presentable que, sin embargo, es capaz de robarle al fiscal su deseada presa: una condena a muerte, advertimos, entonces, que no estamos ante una película que pudiera considerarse “secuela” de La soga, sino ante una obra de envergadura que sabe captar el interés del espectador a lo largo de todo el desarrollo de la historia. Fleisher nunca renuncia a planos que añadan un “plus” de autoría singular a la película, como, por ejemplo, la escena en la que el principal responsable del asesinato, el ideólogo del mismo y el fiscal se reúnen a solas en una habitación y se ven frente a frente pero reflejados cada uno de ellos en cada uno de los cristales de las gafas, captadas en primer plano. Pequeños detalles que apartan Impulso criminal de una obra meramente al servicio de la trama, y capaz, por tanto, de ofrecernos una visión particular de la misma. Cualquiera que sea amante de las películas “de juicios” un subgénero que ha dado obras maestras al cine, como Testigo de cargo o Doce hombres sin piedad, entre otras, disfrutará lo suyo con la interpretación imantadora de Orson Welles, dueño de una gama de registros vocales y de gestos que solo hallan paralelismo en su interpretación de Quinlan en Sed de mal. Prepárense, así pues, los espectadores a contemplar dos obras mayores de Richard Fleisher, un director que, al menos para mí, sigue subiendo puestos en el escalafón de los mejores.

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