martes, 26 de enero de 2016

Jean Renoir: Un clásico, “El río” y una rareza olvidada: “Aguas pantanosas”.

      

El tiempo, la vida: El río. El pantano, la injusticia y la reparación, Aguas pantanosas.
El espectacular primer color de Jean Renoir y su primera película en Usamérica.




Título original: Swamp Water
Año: 1941
Duración: 92 min.
País: Estados Unidos
Director: Jean Renoir
Guión: Dudley Nichols
Música: David Buttolph
Fotografía: J. Peverell Marley (B&W)
Reparto:  Dana Andrews, Walter Brennan, Anne Baxter, Walter Huston, Virginia Gilmore, John Carradine, Ward Bond, Eugene Pallette


Título original: The River
Año: 1951
Duración: 99 min.
País: Francia
Director: Jean Renoir
Guión: Rumer Godden & Jean Renoir (Novela: Rumer Godden)
Música: M.A. Partha Sarathy
Fotografía: Claude Renoir
Reparto: Patricia Walters, Adrienne Corri, Nora Swinburne, Esmond Knight, Arthur Shields, Thomas E. Breen, Radha Shri Ram, Suprova Mukerjee, Richard Foster

            No hace mucho visioné dos obras de Renoir en clave de farsa, Elena y los hombres y La carroza de oro, con dos actrices tan espectaculares como Ingmar Berman y  Anna Magnani, una línea de la obra de Renoir que ya había dado una obra tan curiosa y amena como Boudou salvado de las aguas y que contrasta  sobradamente con las dos películas que en fantástico programa doble del director francés acabo de ver con gran interés, en un caso y con completa admiración en el segundo, porque Aguas pantanosas es una película auténticamente fordiana que acaso haya podido pasar desapercibida, pero que reúne atractivos muy notables para los amantes del cine, y porque El río es una indiscutible obra de arte cinematográfico muy en la línea del intimismo reflexivo sobre la familia y el paso del tiempo que se da en la obra de David Lean, por poner un ejemplo que haya criticado en estas páginas recientemente.
Aguas pantanosas es una exploración cinematográfica del espacio pantanoso del estado de Georgia, concretamente del pantano Kefenokee, donde Tom Keefer (Walter Brennan) lleva escondido cinco años tras haber huido de lo que iba a ser una ejecución nmediata por un crimen que él no había cometido. El protagonista, un Dana Andrews que, en relación con el personaje de la narración un joven de 16 años, se nos presenta bastante más crecido, pierde en el inmenso pantano a su perro y decide, contrariando la prohibición de su padre, ir a rescatarlo. En un ambiente masculino en el que demostrar el valor frente a la adversidad confiere el estatus de miembro del clan, el joven Ben Ragan se aventura en ese laberinto pantanoso donde acabará siendo descubierto por el padre de la joven cenicienta, empleada por caridad en la tienda de comestibles del lugar, de quien se acabará enamorando tras ser desairado por una novia coqueta que, por despecho, lo traiciona ante el resto del pueblo descubriéndolo como protector del asesino que, además, le ayuda a cazar las pieles que vende. Una vez que el pueblo le da la espalda y él descubre la actividad delictiva de los verdaderos asesinos, quienes intentan elminarlos, a Tom y a él en el pantano, la historia se precipita en dos direcciones bien definidas: la reconciliación entre Ben y su padre, por un lado; y, por otro, en el de la demostración de la inocencia de Tom, quien, gracias a ella, puede volver al pueblo, abrazar a su hija y reintegrarse a su vida cotidiana. La película es simple, pero llena de una belleza natural para la que Renoir tenía un ojo genético, podríamos decir. Las secuencias en el pantano son de una belleza espectacular. Así mismo, la secuencia del baile, donde se gesta el enfrentamiento entre Ben y su antigua novia, y su decantamiento hacia la hija de Tom tienen, junto con las escenas corales, ese aire fordiano en el que la naturalidad, la comicidad y el desarrollo dramático se dan la mano con una espontaneidad que deja maravillado al espectador. A título de inventario ha de consignarse que para Dana Andrews fue su primer papel protagonista, y para Anne Baxter, de 18 años, el tercero. La pareja funciona a la perfección y consigue momentos muy emotivos. Por el lado del enfrentamiento entre Ben y su padre la cosa flojea lo suyo, porque lo que en la historia original es un enfrentamiento entre un padre y un hijo de 16 años, resulta poco menos que ridículo cuando el hijo ya podrá tener su propia familia, por ejemplo. Con todo, la relación está muy bien resuelta cuando el padre “afloja” la tensión autoritaria y se aviene a reconocer el mucho cariño que le tiene al hijo.

De El río supongo que se habrá dicho todo lo habido y por haber, no solo desde el punto de vista técnico del uso del color, que es una auténtica maravilla, sino también de la delicadeza con que, narrando una aparente anécdota intrascendente, la irrupción de un joven casadero, herido de guerra (lleva una pierna artificial), en el seno de una familia con negocios en India, perfectamente aclimatada a la realidad hindú, se nos ofrece una reflexión existencial que trasciende la anécdota hacia una visión sombría de los destinos vitales de buena parte de los protagonistas, porque la historia incluye, además, la pérdida dramática de uno de los seis hijos de la familia. El aparente tono menor en que Renoir va trazando el dibujo de los personajes y sus conflictos, ayudado por una voz en off que recuerda la de Matar a un ruiseñor, porque también la protagonista narradora rememora el paso de la adolescencia a la madurez, permite ir descubriendo, a la par que esos conflictos, la realidad de un continente a través de sus costumbres, fiestas y su relación con uno de sus muchos ríos sagrados, alrededor del cual se articula la existencia de quienes viven cerca de él, en él y gracias a él. La hija de los vecinos, mestiza, y su conflicto de identidad, un papel desempañado con absoluta convicción por Radha Shri Ram, es uno de los pilares de la película, gracias a una suerte de atracción contenida que lucha por no competir con las ansias amorosas de sus dos vecinas y amigas, sobre todo de la hermana mayor, por quien el exmilitar siente una inclinación sujeta a una gran indecisión. La vecina mestiza interpretará una variación, creada por la narradora, de las metamorfosis de Krishna y sus amantes, una pequeña narración intercalada en la que se representa un baile en honor del dios que debería formar parte de todas las antologías del cine musical, aun no siendo El Río una película de ese género, pero es de tal belleza el número ejecutado por la protagonista, Radha Shri Ram, que, en el transcurso de la película, al menos a este crítico, se le ha aparecido como un momento mágico. Cabe decir que la actriz estudió danza clásica hindú, de ahí la perfección de ese número. Por otro lado, Rhada Shri Ram fue una estudiosa de la Teosofía y acabó presidiendo la asociación que, en su momento, fundara la legendaria Madame Blavatsky, nada menos. La alternancia entre el discurrir de los ciclos vitales de la población hindú y la evolución de la situación creada en las dos familias por la llegada del primo del padre de la mestiza, permite percibir con extraordinaria fidelidad un ritmo vital muy propio de aquella civilización. Destacaría, en todo caso, la correspondencia entre la floración primaveral de los árboles y la guerra de pigmentos entre los habitantes indios que preside dicha celebración. Las imágenes de la agitación floral que nos muestra la cámara de Renoir constituyen un poema fílmico de primer orden, del mismo modo que la higuera sagrada donde el único hijo del matrimonio acabará entregando su vida, con sus ramas descendentes creando un espacio protegido, a ambos lados de un muro que separa la finca de la calle, se nos aparece como una presencia inquietante desde el primer momento. He de reconocer que no soy adicto a las películas con trasfondo colonial, como es el caso, y que siempre me chirría el confort occidental en contraste con la pobreza extrema del entorno, pero en esta ocasión, y salvo algunas “resignaciones” en extremo conservadoras, como concebir como el óptimo destino de la mujer la maternidad, según le dice la madre a la joven ensoñadora y atormentada, pues se acusa de haber sido la causante de la muerte de su hermano pequeño, Renoir ha sabido centrar la reflexión profunda de la película en la percepción de la realidad y en cómo esa realidad nos determina y, al tiempo, nos permite ser quienes somos. El río hondo de la vida es el río por el que navegamos a lo largo de 99 minutos para la contemplación de los cuales hemos de despojarnos de nuestro sistema occidental de medidas, porque, al menos en India, son otros los ritmos que dominan la vida. No hay, en absoluto, tiempos “muertos”, sino otra manera de percibir la fluidez de ese río en el que a buen seguro no nos bañaremos dos veces sin que haya dejado de ser el que es, y nosotros con él.

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