martes, 18 de octubre de 2016

Una comedia marxista de Rouben Mamoulian: “El alegre bandolero”.



Un bandolero mejicano de antología: el melómano y pronorteamericano Braganza, en la disparatada El alegre bandolero, de Rouben Mamoulian, una comedia notabilísima, sobre todo a nivel filológico.


Título original: The Gay Desperado
Año: 1936
Duración: 86 min.
País: Estados Unidos
Director: Rouben Mamoulian
Guión: Wallace Smith (Argumento: Leo Birinski)
Música:
Alfred Newman
Fotografía
Lucien N. Andriot (B&W)
Reparto
Nino Martini, Ida Lupino, Leo Carrillo, Harold Huber, James Blakeley, Stanley Fields, Mischa Auer, Adrian Rosley, Paul Hurst, Frank Puglia.

De verdad que nunca se me ocurriría hacer una crítica de una película, sea positiva o desfavorablemente, si no considerase que hay razones de peso para hacerlo, y más si se trata de una auténtica rareza que, sin embargo, puede verse en YouTube con total facilidad, lo cual me anima aún más a hacerla, puesto que los amables lectores de este Ojo Cosmológico podrán acceder a ella si mis razones o preferencias le parecen suficientes para hacerlo. De entre esas razones de peso que me animan a hacer esta crítica está, sobre todas, la del fenomenal divertimento que es la película en su conjunto y aun en el detalle de no pocas escenas que deberían pasar a las antologías de las secuencias humorísticas. Vaya por delante, para que se me entienda bien, que la historia es un disparate morrocotudo y que en esa suerte de surrealismo de partida está buena parte de la gracia total de la película. Que el director sea Rouben Mamoulian, autor de El signo del zorro, de El hombre y el monstruo, una versión de El Dr. Jeckyll y Mr. Hyde solo comparable al Testamento del Dr. Cordelier, de Jean Renoir, una visión hipersingular de la obra de Stevenson, y de Las calles de la ciudad, uno de las películas fundadoras del género negro, es suficiente garantía para saber que, aun siendo una película que se avanza a la invención de la “astracanada” teatral de La venganza de don Mendo, de Muñoz Seca, se ajusta a ella de forma incomparable. El comienzo es fabuloso: una impecable escena de cine de gánsters con la mitad de la banda en un coche y un rival al que apuntan cinco pistolas con la petición de que “desembuche” si no quiere ser liquidado, lo que ocurre en pocos segundos. La cámara va alejándose de esas cenas de cine negro y sale de la pantalla para recorrer el cine mejicano donde una pandilla de bandoleros está viendo arrobada esas técnicas delictivas de las que el jefe dice que han de tomar buena nota. Desatada en el cine una pelea al más puro estilo de los westerns, la irrupción de un cantante de ópera en escena, cantando una canción típica mejicana, logra apaciguar los ánimos de los contendientes. El jefe de la banda, enamorado de la voz de Chivo, el cantante, lo rapta y lo lleva a una emisora de radio, donde le obliga a cantar “para todo el mundo”. A partir de ese momento lo adopta y lo hace miembro de su banda. Camino de su guarida raptan a una pareja de americanos que atraviesan el desierto con su coche camino de un fin de semana pasional. Él resulta ser el hijo de un millonario y la banda decide seguir el consejo de una banda de gánster americanos con quienes van a entrevistarse para dedicarse al negocio de los secuestros. A partir de ahí, el cantante se enamora de la acompañante del joven; los norteamericanos se percatan de que tienen al hijo del millonario y quieren quedarse con él, para lo que se desplazan a la guarida de los mejicanos, con quienes acabarán enfrentándose por la posesión del joven para conseguir el rescate. Como el cantante deja escapar a los jóvenes, que luego acaban siendo recapturados, es condenado a ser fusilado, aunque se salva gracias a una canción. Poco a poco los múltiples enfrentamientos se van resolviendo y, al final, el cantante y la acompañante se confiesan estar enamorados el uno de la otra, después de una escena de cine mudo slapstick graciosísima. Supongo que este torpe resumen le habrá hecho levantar la ceja a más de uno, pero a poco que entren en la película y comiencen a advertir el tono marxista, yo creo que deliberado, de la cinta, verán cómo no pueden dejar el visionado hasta que acabe, y cada vez con mayor satisfacción, no solo por la encantadora mezcla de inglés y castellano constante a lo largo de la obra, sino por unas interpretaciones con una comicidad desbordante, del mismo modo que los números musicales del cantante de ópera Nino Martini son la mar de efectivos, dada la calidad musical del mismo. Ida Lupino hace lo que puede en medio de esa suerte de screwball comedy y da la réplica con una soltura digna de su calidad interpretativa, por más que parezca escapársele constantemente la risa por el disparate que está rodando. Leo Carrillo, por su parte, hace un tontorrón jefe de la banda, Pablo Braganza, desternillante, cuyos diálogos con su segundo alcanzan niveles de comedia “a lo Wilder”, de puro descerebrados. En su conjunto, así pues, este The gay desperado, en titulación original, rodado en un blanco y negro con el que el director se permite algunos juegos casi expresionistas, como el de las sombras en la pared donde va a ser ejecutado el cantante, depara al espectador un rato tan agradable que agradecerá mi recomendación. La sabia combinación entre exteriores, el desierto, e interiores, el cine, la guarida de los bandidos,  le confiere a la película una variedad en la puesta en escena que garantiza una excelente amenidad en el desarrollo del trama; pero, sin duda, gran parte del humor de la película se deriva de la mezcla de idiomas y de la más que particular idiosincrasia casi antidelictiva de la banda, a juzgar por la personalidad buenista, melómana y mitómana de Braganza, el jefe de la misma. De mí sé decir, al menos, que me divertí de lo lindo, y que Mamoulian tuvo mucho que ver con ese tono de comedia disparatada, marxista, que logró imprimir a una historia tan ridícula. Una joyita que merece un visionado atento.



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