viernes, 30 de diciembre de 2016

“Belinda”, de Jean Negulesco, o la esencia de la vida filmada.




Entre El milagro de Ann Sullivan, La Hija de Ryan y La ruta del tabaco: Belinda, de Jean Negulesco, o la prodigiosa naturalidad de la tragedia y la esperanza en un medio hostil.


Título original: Johnny Belinda
Año: 1948
Duración: 103 min.
País: Estados Unidos
Director: Jean Negulesco
Guión: Allen Vincent, Irmgard von Cube (Teatro: Elmer Harris)
Música: Max Steiner
Fotografía: Ted McCord (B&W)
Reparto: Jane Wyman, Lew Ayres, Charles Bickford, Agnes Moorehead, Stephen McNally, Jan Sterling, Rosalind Ivan, Dan Seymour, Mabel Paige, Ida Moore.


Belinda es una película de Jean Negulesco, un director de exquisita sensibilidad, que le valió a Jane Wyman un Oscar y el más corto discurso de agradecimiento que jamás se haya oído en esas ceremonias: I won this award by keeping my mouth shut and I think I'll do it again. Pero supongo que lo pronunciaría con la prodigiosa expresividad ocular y gestual con que conquista al espectador en su papel de sordomuda que recibe el “don” de la palabra a través del médico que se instala en el remoto pueblo de pescadores de Nueva Esocia, en Canadá (aunque la película se rodó, by the way…en California) donde la protagonista vive tratando de explotar un miserable rancho a cuya tierra apenas puede arráncarsele una cosecha que permita cierto desahogo a quienes han de dedicarse a menesteres como moler la harina de los demás y hacer pan.  La pobreza general es uno de los rasgos distintivos de la localidad, y las consiguientes dificultades para salir adelante. La película transcurre casi bucólicamente, en unos paisajes a medio camino entre el campo y el mar, y el doctor, cuya asistenta no consigue que se fije en ella, se vuelca en la enseñanza de la lengua de signos a la sordomuda, quien, a través de esas lecciones, y dada su inteligencia natural, no tarda en lograr comunicarse con fluidez. Es huérfana de madre y su padre la tiene empleada en el rancho en duros trabajos que contribuyan al mantenimiento de los tres, el padre, su hija y la hermana del padre, una  Agnes Moorehead magnífica en su papel de persona huraña que, cuando llega el conflicto dramático, se reconvierte en la más dulce de las criaturas. Los clientes del padre de la sordomuda llegan en alegre comitiva a recoger sus sacos de harina e improvisan un pequeño baile. Como “la tonta”, que es como todos llaman, padre y tía incluidos, a la sordomuda, se ha arreglado y ya no parece la cenicienta que siempre les ha parecido a todos que era, despierta, de repente la lascivia del novio de la asistenta del doctor, quien, cuando advierte que el padre y la tía están en el pueblo, no duda en ir a la granja y violar a la protagonista. Por una exploración que decide el doctor que le hagan en la ciudad, descubre este que Belinda está embarazada, aunque no dice nada, excepto a su tía. El padre, no tarda en enterarse y su primera reacción es revolverse contra el doctor a quien culpa del abuso. Sin que ni Belinda ni el doctor digan quién ha sido, la reacción del doctor es conseguir que el padre acepte lo que para Belinda va a significar tener un hijo, al que, a pesar de haber sido engendrado en una violación, no rechaza, porque Belinda, no obstante su adversa condición, es un ser en estrecha comunicación con la vida, alegre y lleno de esperanza. La película, que lego no pocas cosas a La hija de Ryan  y a El milagro de Ann Sullivan y que hereda otras tantas de La ruta del tabaco, es una película valiente e inusual para la época, porque la aceptación con aparente normalidad de una violación cuyo fruto no es rechazado, sino que colma de alegría el hogar donde nace y que, en un giro de guion espectacular, una vez casado ya el violador con la asistenta del doctor, cuando este ha tenido que dejar el pueblo porque ha perdido toda la clientela al haber sido declarado culpable de la violación, dado el tiempo que solía pasar con la protagonista, el padre siente, de repente, la “llamada” de la paternidad y lo organiza todo para arrebatarle su hijo a la sordomuda. Antes de ello, el padre, a través de la reacción de su hija ante el violador, descubre quién es y se propone revelarlo ante el resto de la comunidad. El violador se revuelve contra el padre y en una lucha al borde del acantilado que marca  prácticamente uno de los límites de la granja, acaba empujándolo al vacío, despeñándolo y matándolo. Quede claro que cuando el doctor se marcha Belinda ya le ha declarado su amor, que él acepta, así como a la criatura. El intento de arrebatarle el hijo a Belinda acaba en tragedia, con la poéticamente justa  muerte del violador, lo que implica la celebración de un juicio en el que Belinda es acusada de asesinato. Y ahí dejo la sinopsis porque tampoco es cuestión de extralimitarse con aquellos espectadores a los que el resumen que hasta aquí llega les despierta la necesidad de ver esta película. Hablo de necesidad, porque el lirismo, el realismo y la dureza social de la película, con ese personaje fuerte del padre que lucha por salir adelante sin pedir ayuda ninguna, fiándose únicamente de lo que pueda hacer con su fuerza de trabajo, la de su hermana e incluso la de su hija, y a quien, en un momento dado, ni siquiera fían ya en el colmado donde más funciona la economía de trueque que la dineraria, adquieren una dimensión casi épica en esta película, por otro lado tan intimista. La escena en la que el padre se percata de que su hija, mediante el aprendido lenguaje de signos, acaba de decirle “padre”, tiene una emoción que ninguna música necesita subrayar, del mismo modo que el padre tampoco necesita corresponder más allá de con una caricia liviana. Lew Ayres, que encarna simbólicamente el empuje del progreso, cumple a la perfección con su papel, pero Jane Wyman, a quien Douglas Sirk sacó un partido máximo en Solo el cielo lo sabe, donde coincide, por cierto, con Agnes Moorehead, consigue en esta película una interpretación tan espléndida que continuamente, si la acción se deriva hacia el doctor, el hermano o el violador, estamos deseando que reaparezca para verla evolucionar en pantalla con una propiedad y una verdad que consigue que el espectador se emocione lo indecible con los vaivenes de una historia tan dramática como llena de vida y esperanza. La realización de Jean Negulesco, que aprovecha el plano panorámico para marcar la determinación del medio natural en los comportamiento de los personajes, compone una crónica de la mezquindad social de las comunidades pequeñas y un historia íntima, la del lento pero firme enamoramiento del profesor y la alumna, con un pulso narrativo que no decae en ningún momento. Recordemos que Negulesco es autor de una obra poco vista, me parece, Un grito en el pantano, en el que la presencia de la naturaleza, los pantanos de Florida, acaban teniendo incluso categoría de personaje en la trama, como en Muerte en los pantanos, de Nicholas Ray, otra joya poco frecuentada. El equipo del que se rodeó Negulesco, con un director de fotografía que venía de hacer El tesoro de Sierra Madre, de Huston, y más tarde haría Flamingo Road, de Michael Curtiz y Al este del Edén, de Elia Kazan, y un músico como Max Steiner es ya una prueba evidente de que Belinda no iba a ser una película más, sino lo que es, una película emocionante que el espectador vive con una intensidad tan extraordinaria como solo Jane Wyman ha sido capaz de transmitirle. No se la pierdan, aquellos que, como yo, puedan haber pasado tanto tiempo sin caer bajo su hechizo. Quede para la anécdota que cuando se hizo una versión teatral de la historia, quien interpreta al violador, Stephen McNally, tan propio y maravilloso en su odioso papel, se ganó el premio de hacer el papel de doctor, para demostrar que era capaz de representar justo lo contrario de lo que representó en la película.






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