sábado, 11 de marzo de 2017

A ocho años de ser centenaria, la jovencísima “Tartufo” de F.W.Murnau.





Un cuento moral de rigurosa perfección dramática y tenebrista, la reescritura fílmica del Tartufo de Molière a cargo de Murnau.
  
Título original: Herr Tartüffaka
Año: 1925
Duración: 64 min.
País:  Alemania Alemania
Director: F.W. Murnau
Guion: Carl Mayer (Obra: Molière)
Música:  Guiseppe Becce
Fotografía: Karl Freund (B&W)
Reparto: Emil Jannings, Werner Krauss, Lil Dagover, Hermann Picha, Rosa Valetti, André Mattoni, Lucie Höflich.


Vaya por delante que quien decida sentarse a ver este Tartufo de Murnau se va a llevar no quizás un sorpresón, porque no representa respecto de lo mejor de su obra, Metrópolis, por ejemplo, o El último, una innovación sustancial, pero sí una más que agradable sorpresa, no solo por el tono marcadamente expresionista de la película, sino por las excelentísimas interpretaciones de unos actores que, más allá de cierto histrionismo que “exigía” el cine mudo, eran capaces de llenar la pantalla con unos primeros planos llenos de inteligencia, plasticidad y comunicación. No sé si será por mi tendencia al insomnio que me maltrata y por el civismo que me anima, en ausencia de unos auriculares ópticos -¡pasta gansa!, pero la TV no admite otros…-, a no molestar a mis vecinos, pero cada vez selecciono más películas mudas en Tallers 79 para esas largas noches en las que de ninguna de las maneras Morfeo me tira los tejos. Que Karl Freund (El Golem, Metrópolis, Cayo Largo, etc.) sea el director de fotografía ya nos indica mucho, a quienes apreciamos su dominio del claroscuro y de unas iluminaciones que convierten la pantalla en una revelación luminosa o penumbrosa del alma humana. Para la ocasión, Murnau ha adaptado la obra de Molière mediante un artificio narrativo de enmarcar la obra, presentada como una película por un proyeccionista ambulante que ofrece sus servicios a domicilio, en una historia que reproduce, en el presente, los tejemanejes de una cuidadora y envenenadora sin escrúpulos para quedarse con la herencia del viejo al que cuida, en lucha con el nieto, que se ha convertido en “actor”, razón por la que el viejo lo quiere desheredar. Presentado en la casa como proyeccionista, el nieto proyecta la historia de Tartufo, siguiendo el original de Molière, adaptado por el guionista más famoso del expresionismo y autor del guion de Berlín, sinfonía de una gran ciudad , Carl Mayer, de modo y manera que la trama para desvelar la hipocresía del clérigo ambicioso, trepador y hedonista. El proceso de abducción ejercido por Tartufo sobre Orgon, su adinerado seguidor tras cuya fortuna va el falso hombre religioso, puede servir en nuestros días como metáfora de la alienación sectaria en diversos órdenes de la vida: religioso, político, deportivo, filosófico, etc. Emil Jannings, un espléndido actor que destacó en otras películas tan importantes dentro del cine alemán y del cine sin fronteras como El ángel azul, de Sternberg, que descubrió a Marlen Dietrich, El último, del propio Murnau o el Fausto, también de Murnau, realiza una interpretación soberbia que, a pesar de cierta sobreactuación que pretende acentuar la comicidad del personaje a través de su ridiculez moral, se ciñe escrupulosamente a lo prescrito por el clásico francés. En algunas escenas, incluso, he creído advertir un autoguiño fílmico del autor a otro de sus films más famosos, Nosferatu, cuando Tartufo va paseando bien por la casa bien por el jardín con el libro de devoción pegado a las narices, de modo que ni siquiera podría leer en él por la nula distancia entre los ojos y las páginas. Orgon, el infeliz que cree en los designios de una vida piadosa y moralizadora siguiendo el ejemplo y la influencia de Tartufo, quien se ha apoderado de su voluntad y pretende extenderla a toda la casa, hasta chocar con la esposa insatisfecha a quien  ninguna gracia le hace que ese beaturrón falsario consiga tener sobre su marido el ascendiente que ella no tiene. La farsa y las estratagemas de la mujer para desvelar al marido la verdadera identidad de Tartufo progresan casi como si de una película de terror se tratase hasta que, finalmente, prevalece la virtud de la mujer y consigue desenmascarar al villano. Todo ello con un juego de sutilezas, aprovechando la excelente puesta en escena de la escalera principal por la que se accede a dos planos superiores, donde las habitaciones de los anfitriones y del servicio, que permite ese planteamiento de película casi de terror, porque el uso de los candelabros en la noche y la contemplación a través del ojo de la cerradura crea un ambiente de misterio, de tensión dramática que no permite intuir, más allá, claro está, del conocimiento de la obra de Molière, cuál será el desenlace y si el director se va a tomar, con el guionista, alguna libertad mayor en la adaptación, al margen del marco al que se vuelve nada más acabar la película para desenmascarar a la Tartufa que domina a su abuelo. El arranque de la película, por mal que esté que aluda a él en la despedida, con un plano casi a nivel del suelo del pasillo, con las botas gastadas del viejo hacia las que camina, en ese contrapicado temeroso, la criada del abuelo, es literalmente espectacular, pero todo ese marco está sembrado de planos primerísimos de ambos viejos, porque la cuidadora allá se va en edad, tan expresivos como amenazadores. Codiciadas han sido siempre las fortunas de quienes fenecen, y es lo usual torcer la voluntad de los testamentarios con toda suerte de chantajes e influencias de todo tipo. Como señalo en el título, el cuidado en la puesta en escena, el uso de la iluminación, los propios actores, etc. hacen de este Tartufo de Murnau dos obras clásicas, una de la literatura y la otra del cinematógrafo.

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