viernes, 17 de marzo de 2017

La construcción del glamour: “Fatalidad”, de Josef von Sternberg




El cine al servicio de los actores o la rendición de la luz a la magia de las divas: Marlene Dietrich, en Fatalidad, de Sternberg o la caricia de la cámara.

Título original: Dishonored
Año: 1931
Duración: 90 min.
País:  Estados Unidos
Director: Josef von Sternberg
Guion: Josef von Sternberg, Daniel Nathan Rubin
Música: Karl Hajos, Herman Hand
Fotografía: Lee Garmes (B&W)
Reparto: Marlene Dietrich, Victor McLaglen, Gustav von Seyffertitz, Warner Oland, Lew Cody, Barry Norton.


Josef von Sternberg tiene como hito culminante de su currículo cinematográfico la creación de una película, El ángel azul, que pasó a la historia del cine por producirse en ella el debut de una actriz que durante muchos años ha encarnado el más exquisito glamour de las grandes divas de la pantalla, junto a Greta Garbo, por más que ambas hayan sido, además, magnificas actrices. Ahí está, en el caso de la Dietrich, su excelente actuación en Testigo de cargo, de Wilder, y, por supuesto, su recital interpretativo en esta Fatalidad de la que hoy hablamos. No hace mucho, comentaba en este Ojo cómo una película se rodaba al servicio de Greta Garbo, La tierra de todos, de Fred Niblo, y hoy me toca repetir lo mismo, con la diferencia de que en este caso la dirección de Sternberg, un director expresionista desde el primer hasta el último plano, adquiere cotas de brillantez que en la de Niblo eran, sin embargo, excepcionales, aunque las había. Fatalidad es una película de “ayer”, na película de un tiempo afortunadamente ido, el del tablero político centroeuropeo siempre a punto de entrar en guerras devastadoras o, como, en este caso, con una en marcha entre el imperio austrohúngaro y el imperio ruso. El arranque de la película es magnífico, con una Marlene Dietrich ejerciendo de prostituta por las entenebrecidas y lluviosas calles de Viena y dejándose acompañar por un hombre mayor al que conduce a su humilde habitación no sin ciertas reservas. Dado que la situación no deriva hacia el intercambio sexual, la protagonista denuncia al hombre, que habla más de política que de sexo, a un agente que procede a detenerlo. Deshecho el equívoco, el caballero, alto mando del ejército, se impone la tarea de reclutar a la protagonista para ejercer labores de espionaje, dado el coraje que da a entender que posee, al mismo tiempo que nada que perder, porque su hombre murió en el frente. Entra, pues, la mujer en un universo de hombres en el que ha de hacer valer sus indiscutibles encantos -se trata, además, de la Dietrich de formas rotundas de El ángel azul, no de la hiperestilizada que vendría después- para conseguir las informaciones de rigor sobre el ejército enemigo que puedan ayudar al propio. ¿Cuál es el principal enemigo de una espía? El amor, sin duda. Y por ahí vendrá su caída y su condena. Ahora bien, que el espía galante que se resiste a sus encantos sea Victor Mclaglen, cuya actuación cae más del lado de la autoparodia que de la ironía elegante, le hace perder a la película algo de la verosimilitud que sabe mantener en el resto de las circunstancias de la misma. La profesionalidad de la Dietrich la lleva, con todo, a representar su subyugación por esa rara mezcla de capitán y patán con exquisita delicadeza. Y a decir verdad, hay momentos en los que ambos llegan a cierta tolerable compenetración que enriquece las secuencias.  En esta película se da la circunstancia de que, por exigencia del guion, la Dietrich ha de hacer una “transformación” en una aldeana rusa que desempeña labores de limpieza en el cuartel general ruso y nos hallamos ante unas secuencias magistrales, más propias del cine cómico de la primera época del cine que del sonoro, porque ella se hace pasar por muda, en una deliciosa interpretación que hasta llega a hacer dudar al espectador de si será ella misma u otra actriz. Un cambio que recuerda esa faceta suya transformista, como en Sed de mal, de Welles, donde aparece como una gitana que dice la buenaventura o la ya citada transformación en Testigo de cargo. Lo importante, a medida que avanza la película, es que la escasa entidad de la historia queda perdonada por la sabiduría de Sternberg a la hora de lograr una puesta en escena en la que su pupila, de la que también fue amante, brilla con un fulgor de actriz consumada a la que le crees cualquier tópico que salga por su boca como si fuera la verdad revelada. El uso del claroscuro y el de una ambientación tan lograda permiten seguir la película con complacencia e interés, aunque dentro de la convención propia no tanto del género de espías, cuanto de la película al servicio del lucimiento de una actriz. Sí, Fatalidad es el claro ejemplo de películas que atraían a los espectadores con el conjuro del nombre propio de quien la protagonizaba, y quizás de ahí, acaso, que su antagonista, Mclaglen, no tuviera una entidad que pudiera hacerle la más mínima sombra. Un cine, “de estrellas” que nunca ha dejado de existir y que ha sabido atraer a muchos públicos a las salas, algo que no sé si está comenzando a desaparecer ya. En cualquier caso, a los amantes de las películas clásicas le gustará el sabor antiguo de este drama de espionaje cuyo final me ahorro, por cortesía.

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