viernes, 17 de marzo de 2017

La épica del campesinado: “El molino del Po”, de Alberto Lattuada




Entre el amor y la revolución agraria contra el latifundismo: El molino del Po o el nacimiento del sindicalismo rural.
 Título original:  Il mulino del Po
Año: 1949
Duración: 96 min.
País: Italia
Director: Alberto Lattuada
Guion: Federico Fellini, Alberto Lattuada, Mario Bonfantini, Carlo Musso, Luigi Comencini, Sergio Romano, Tullio Pinelli (Novela: Riccardo Bacchelli)
Música:  Ildebrando Pizzetti
Fotografía: Aldo Tonti (B&W)
Reparto: Jacques Sernas, Carla del Poggio, Leda Gloria, Isabella Riva, Giulio Cali, Anna Carena, Nino Pavese, Dina Sassoli.


El molino del Po es una obra cinematográfica que bien puede pasar a la historia del cine como la que suma más guionistas, hasta siete, si bien la película atrae al cinéfilo por la calidad de algunos de ellos, como es el caso de Federico Fellini y el de Luigi Comencini. Lo extraordinario, a mi parecer, es que hayan sido capaces de ponerse de acuerdo para tener un material con el que iniciar el rodaje, y lo sorprendente es que tantas manos no se perciban en las carencias de un guion que cumple los requisitos mínimos de claridad y progresión dramática que convierten un texto escrito en una película llena de imágenes sugerentes y atractivas. Este es el caso de El molino del Po, una historia rural, y fluvial, sobre el nacimiento de las agrupaciones campesinas en defensa de los trabajadores y cómo fueran estas imponiendo sus normas de actuación frente a los patronos con una rigidez que nada tiene que envidiar a las leyes férreas del capitalismo que combaten. Estamos ante una película que, tras la aventura fascista y la pérdida de la guerra, pretende volver los ojos hacia la situación lastimosa de las clases populares, en este caso en el campo. La acción, sin embargo, se centra en el molino que regenta una familia y cuya hija se enamora de un campesino que ve con mejores ojos la revolución tecnológica que quiere implantar el propietario en sus tierras, que la defensa de los métodos tradicionales de los campesinos, a cuya clase él pertenece. Se cruzan, pues, varios motivos narrativos que confluirán todos en la huelga general de brazos caídos -lo que implica que ni siquiera alimenten al ganado, lo que se plasma en unas imágenes impactantes del ganado mugiendo, desesperado, por no recibir alimento y por no ser ordeñado- para tratar de impedir que el terrateniente expulse de sus tierras alquiladas a quienes no pueden hacer frente al devengo de lo estipulado, por más que esos campesinos lleven generación tras generación luchando con la tierra para arrancarle sus frutos. Se trata, como se advierte, de una lucha épica en la que los propietarios no dudan en recurrir al ejército para sustituir a los braceros que se niegan a segar los campos, lo que hacen ante la mirada atenta de estos y, después, cuando las mujeres y sus hijos deciden bajar al campo para formar una línea que impida el avance cosechador de los soldados; en ese momento de grave tensión, el oficial al mando decide ordenar a la segunda fila de soldados que se apresten para disparar contra las mujeres, y a punto de está de hacerlo hasta que, con intenso juego de planos/contraplano en un crescendo total de nerviosismo ante la tragedia inminente, muy al estilo del cine soviético revolucionario, el oficial decide no disparar y manda formar a todos sus hombres para dejar libre el campo a quienes lo ocupaban pacíficamente para impedir el atropello de sus derechos. La historia se centra también en el hijo mayor del molino, quien se encarga de “vengar” a su hermana cuando, por un malentendido, inducido por un rival amoroso, el hermano cree que el pretendiente se ha burlado de ella y la deshonrado. Que la historia culmine en tragedia, aunque se cebe en lo que se podría considerar, desde el punto de vista narrativo, el protagonista de la misma, obedece, a mi parecer, al intento de denunciar el absurdo de los métodos de unos y otros, dejando apenas espacio para una consideración objetiva de los problemas y unas soluciones justas. El paisaje de la ribera del Po, así como el molino que funciona con la corriente del mismo, otorgan a la película, en matizado blanco y negro, una belleza extraordinaria y un cercano ascendiente oriental, del cine de los maestros japoneses. La trágica aventura de los enamorados permite no solo ver el desarrollo de las luchas sindicales, sino, básicamente, las relaciones humanas en una comunidad reducida y con códigos de comportamiento muy severos. De hecho, los molineros y los campesinos, a pesar de la relación de necesidad y dependencia que tienen unos de otros, se manifiestan frente a la revuelta campesina como pequeños propietarios a los que no afectan esas reivindicaciones, sino su particular lucha contra los impuestos de las autoridades, que intentan burlar permanentemente, aun a costa de tener, como se da el caso en una inspección, quemarlo por completo para evitar una denuncia y, acaso, la cárcel. Francamente, podríamos decir que películas como esta de Lattuada están en la base de otras que, mucho más tarde, como Novecento o Prima della revoluzione, ambas de Bertolucci, confirman la solidez de lo que podríamos llamar el cine político italiano. La interpretación es ajustadísima y convincente, por más que no abunden en el reparto nombres estelares de la magnífica escuela italiana de actores, lo cual contribuye, a mi parecer, a darle mayor solidez al relato, no tanto desde el punto de vista del documental cuanto del desde la verdadera acción dramática que con tanta maestría nos logran comunicar. 

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