viernes, 3 de marzo de 2017

Película de tesis: Señoras y señores, este mundo es un infierno siniestro… “Prisión”, de Ingmar Bergman



La ficción al servicio de un drama desolador: metacine y dolor en la Prisión de Ingmar Bergman.
  
Título original:  Fängelse
Año: 1949
Duración: 76 min.
País: Suecia
Director: Ingmar Bergman
Guion: Ingmar Bergman
Música: Erland von Koch
Fotografía: Göran Strindberg (B&W)
Reparto: Doris Svedlund, Birger Malmsten, Eva Henning, Stig Olin, Hasse Ekman, Irma Christenson, Anders Henrikson, Marianne Löfgren, Bibi Lindqvist, Curt Masreliez.


A este paso, es posible que llegue a ver si no la obra completa de Bergman, sí, para mi felicidad, la mayor parte de sus películas. Y lo cierto es que entre sus obras mayores y estas películas previas a la gran época suya que comienza a partir de El séptimo sello, en 1956, no hay una diferencia abismal, porque en esa tenaz labor de aprendizaje de un arte difícil de dominar con el grado de excelencia que Bergman consiguió, el director sueco nos ha dejado obras estremecedoras como la presente, Prisión, que tiene el aliciente del uso metacinematográfico, y un guion lleno de giros que nos llevan hacia el centro más tenebroso del irresistible dolor humano, y todo ello a partir de una suerte de juego del “Y si…” que inicia un desarrollo crudamente realista que, como no puede ser de otro modo, no nos hurta la dolorosa tragedia del desenlace. La película tiene un prólogo en el que un antiguo profesor de matemáticas de un director de cine se presenta en el set donde este dirige una película para presentarle una idea que ha tenido para una película. Que el profesor acabe de salir de un sanatorio mental se dice incidentalmente y con un “pero ya estoy bien” aparentemente innecesario, porque al director no le alarma en absoluto la revelación. La idea que le propone es la de que se haga una película a partir de un planteamiento novedoso: el hecho de que el mundo es el único y verdadero infierno, y que, por consiguiente, vivimos bajo el dominio de Satán, una vez que Dios ha muerto o ha sido vencido. La película arrancaría con una declaración solemne de Satanás afirmando que todo seguirá igual, que quienes lanzaron la bomba atómica serán juzgados por haber cometido un crimen contra la humanidad y que serán prohibidas, para evitar a la Humanidad escoger “el camino más fácil para autodestruirse”.  El hermano del director, que atraviesa una mala época con su mujer, recuerda la entrevista que le hizo a una prostituta por si pudiera ser un material susceptible de ser usado por su hermano, el director. A partir de ahí, aparecen unos espectaculares títulos de crédito dichos de viva voz sobre un travelín por una calle mojada y en penumbra en la que la cámara se encuentra con una mujer a la que comienza a seguir. Enseguida advertimos que se trata de la prostituta a la que entrevistó el hermano y conoceremos la explotación de que es objeto por dos singulares, mezquinos y repulsivos personajes, dos hermanos que viven a su costa, el hombre que domina a la joven, a la que sedujo y él mismo que es dominado por su hermana, algo así como la encarnación, por el aspecto, de una jefa de campo de concentración nazi. La mujer llega arrastrándose al piso donde vive con ellos y da a luz un bebé que le será arrebatado para no entorpecer la explotación que ambos hermanos ejercen sobre ella. La historia, posteriormente, se divide en tres líneas que transcurren al unísono y van cruzándose: la película que rueda el director, un mero ejercicio de retórica del director, trasunto evidente del propio Bergman; la historia del matrimonio del hermano y la explotación de la joven de diecisiete años que queda embarazada. Aunque no estamos muy lejos del final de la Segunda Guerra Mundial, el mal que corroe a los personajes es estrictamente íntimo, existencial, no social: el alcoholizado hermano fracasado del director cree resolver sus problemas “suicidando” a su mujer y luego haciendo lo propio, pero ella lo agrede con una botella y consigue escapar. Creyendo haberla asesinado, se inculpa ante la policía quien, en su casa, no encuentra el cadáver de ella y lo dejan, lógicamente, en libertad. La policía detiene a la joven y al pederasta, aunque este logra sacarla de prisión. Se encuentran con el hermano del director, quien les pide un pitillo y, finalmente, ambos jóvenes, la prostituta y el hermano huyen del pederasta y se instalan para iniciar una convivencia en una casa donde el joven había vivido de niño. A partir del hallazgo de un viejo proyector de cine en el desván, tiene lugar uno de los dos momentos mágicos de esta película, el de la proyección de un corto de cine mudo al estilo del género slapstick impecablemente rodado y actuado, una perfecta imitación, con cámara acelerada incluida, de aquellos tiempos primeros del arte cinematográfico. Una vez que los hermanos que la explotan descubren que ha sido hallado el cadáver del bebé del que ellos se deshicieron, intentan convencer a la novia de que podrían hacer un intercambio: el chulo les dirá dónde pueden encontrar al hermano y ellos pueden convencerla a ella para que regrese donde la puedan proteger, porque, si hablara, la policía caería sobre ellos dos. El segundo momento mágico de la película es el sueño de la joven prostituta, en un bosque de personas por el que atraviesa hasta reencontrarse, al otro lado de un ventanal que impide la comunicación con su madre, por un lado, y después con una representación crudelísima del asesinato del bebé que dio a luz. Se trata, como se advierte, del reverso tenebroso de la pieza cómica del cine mudo y nos adentra en un final impactante y trágico que solo con la reconciliación del hermano con su ex se atenúa algo. Todo parece, en definitiva, como un contrasentido: la juventud explotada, sacrificada, se convierte, finalmente, en el signo de los tiempos del reinado de Satán, quien, en su mensaje inicial ya advertía que el suicidio era marca de su ascendencia y de su poder. La realización de Bergman consigue una variedad de momentos, ya sean líricos, como en el fugacísimo episodio de la convivencia del hermano y la joven prostituta, ya dramáticos, como, en el callejón mojado y en penumbra tras los títulos orales de crédito el arrastrarse de la joven escaleras arriba para llegar al piso donde le van a arrebatar al fruto de sus entrañas que, más tarde, en una secuencia espectral, volverá a aparecer en forma de asesinato traducido metafóricamente; como en ese momento de cine dentro del cine que es el rodaje en una barca con el fondo de la proyección de un lago. Los recursos habituales de Bergman, los primeros planos, el uso del claroscuro, los interiores en los que los personajes adquieren una dimensión que parece empequeñecer el decorado, algo que veremos muchos años después en los films de Kaurismäki, por ejemplo. Y siempre, el privilegio concedido a la conversación, al diálogo, lleno de leves gestos que le dotan de una realidad aplastante, aunque se hable, como en la comida del descanso del rodaje, de una propuesta como la del viejo profesor, tan aparentemente abstracta En fin, que Bergman es siempre Bergman y no parece que tenga títulos menores, a juzgar por lo que de él voy criticando, películas desconocidas por mí y supongo que por otros muchos. Para acabar, mientras que el hermano compone un clásico personaje existencialista, la joven prostituta. interpretada por Doris Svedlund, nos ofrece un repertorio interpretativo excepcional y consigue, cada vez que aparece en escena, algo que ocurre con mucha frecuencia, por suerte, levantar la película a cotas estéticas de primerísimo orden. Sigue chocándome, con todo, la facilidad con que Bergman ha renunciado a trabajar más con actrices, como en este caso Svedlund, tan eficaces y brillantes.

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