sábado, 11 de marzo de 2017

Una película “de cámara”: “El rojo y el negro”, de Claude Autant-Lara




Entre el teatro y el cine, una adaptación recoleta de El rojo y el negro, de Stendhal , o los recursos de un grande de la interpretación: Gérard Philipe.

Título original: Le rouge et le noir
Año: 1954
Duración: 113 min.
País: Francia
Director: Claude Autant-Lara
Guion: Claude Autant-Lara, Jean Aurenche, Pierre Bost (Novela: Stendhal)
Música: René Cloërec
Fotografía: Michel Kelber
Reparto:  Gérard Philipe, Danielle Darrieux, Antonella Lualdi, Jean Mercure, Jean Martinelli, Antoine Balpêtré, Anna-Maria Sandri, André Brunot, Mirko Ellis, Suzanne Nivette, Pierre Jourdan, Jacques Varennes, Georges Wilson.


El título de la crítica juega con la ambigüedad, pero, apenas se ha visto la primera media hora de las cuatro en que se narra la historia del trepa  Julien Sorel, sabemos que el formato reducido de la adaptación, centrado en la presencia ubicua del protagonista a lo largo de las dos horas, básicamente en los interiores de las dos casas donde aspira a mejorar de suerte y de fortuna, va a convertirse en algo así como esas piezas de cámara musicales en las que el reducido número de los instrumentos permite apreciar mucho mejor la riqueza del timbre de los mismos y los sonidos que los virtuosos logran extraer de ellos. Autant-Lara, cineasta comprometido políticamente con la derecha francesa más rancia, la del Frente Nacional, lleva a cabo una realización novedosa, con magníficos decorados de esencia teatral por los que los personajes se mueven más con el aire de estar representando una ópera, dado el romanticismo exaltado de los encarnados por Philipe y sus dos muy distintas amantes, la esposa y la hija, una de mediana edad y la otra muy joven, cuyas armas son distintas pero idéntico el afán de su pasión encendida: caer rendidas ante el seductor, perfectamente encarnado en un actor cuyos registros, siempre en esos planos próximos que tanto mal pueden hacer a los actores, le permiten no solo dotar de extrema verosimilitud la acción de la novela, sino, sobre todo, captar la aquiescencia de los espectadores. Hay algo, también, de extraño vodevil en el juego constante de entradas y salidas de las habitaciones de las “victimas” del trepa, una impresión reforzada, ya digo, por la teatralidad indiscutible de la puesta en escena, que recuerda aquella maravillosa que ideó Rhomer para La inglesa y el duque, juntando los decorados digitalizados con la acción real de los actores, en un efecto estético a medio camino entre los viejos recortables y lo más novedoso de la digitalización, como en Zelig o Forrest Gump. Al centrar la acción en la doble aventura galante, la película se mantiene gracias a la interpretación de los actores que componen una especie de comedia de enredo que atenúa no poco la verdadera dimensión trágica de la consecuencia de esos amores interesados. Philipe encarna a la perfección el espíritu de superación del “inferior” que ha de valerse de su condición de futuro clérigo para ir ganando influencia en los ambientes que, por razón de cuna, le están vedados. La película acentúa, pues, esa campaña napoleónica -el héroe de Sorel- de la conquista de las altas esferas, y lo hace a través no solo de la acción principal, sino también del refuerzo de la voz en off que nos muestra la subjetividad de Sorel, quizás, a veces, demasiado enfáticamente, pero siempre oportunamente. Las elipsis narrativas incluyen planos del libro en el que se destacan los epígrafes con frases de autores dilectos de Stendhal relativas a los diferentes lances de la comprometida vida del personaje, quien duda entre si esa influencia social a la que aspira la ha de conseguir a través del rojo o del negro, del mundo o de la Iglesia, una duda a la que su intrepidez acabará dando solución, no sin ser traicionado por quien, guiada por la religión lo denuncia para su escarnio y muerte final. Como retrato de una época, la Francia de 1830, esta se refleja perfectamente en los dos ambientes, el del hogar de un alcalde de una pequeña población y el aristócrata liberal de la ciudad, siendo Sorel en ambos un desclasado que va buscando su “lugar en el mundo” con las dotes galantes con que naturaleza lo dotó. La presencia de Sorel en el banquillo y las maneras como despliega sus encantos en él, para admiración de las mujeres que asisten a las sesiones, dan a entender que, aunque por la vía criminal, ha alcanzado, finalmente, su momento de gloria. Entre las muchas cosas buenas que tiene esta larga película, y sin embargo muy bien dosificada, destacaría todo lo relativo a la puesta en escena y al vestuario, y al hincapié que en ambas casas hacen en los protocolos que han de seguir quienes son introducidos en el mundo poderoso que, cada casa a su manera, ambas representan. Una película hermosa e intensa con un aprovechamiento excelente tanto de la puesta en escena, como de las fantásticas actuaciones del casting. 

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