jueves, 13 de abril de 2017

Invitación al mal: “Semilla de odio”, de Brahm, y De Toth




La maldad se revuelve entre cuatro paredes o Ann Baxter se come al reparto: Semilla de Odio, una obra poco conocida, pero interesante, de John Brahm y André de Toth, entre otros.

Título original: Guest in the House
Año: 1944
Duración: 121 min.
País: Estados Unidos
Director: John Brahm,  André De Toth
Guion: Ketti Frings (Obra: Dale Eunson, Hagar Wilde)
Música: Werner Janssen
Fotografía: Lee Garmes (B&W)
Reparto: Anne Baxter,  Ralph Bellamy,  Aline MacMahon,  Ruth Warrick,  Scott McKay, Marie McDonald,  Jerome Cowan,  Margaret Hamilton,  Percy Kilbride,  Connie Laird.

Al parecer, no solo intervinieron las manos de los dos directores reseñados en el título, sino también las de John Cromwell y Lewis Milestone, aunque ignoro en qué menesteres y con qué alcance. En cualquier caso, la película tenía una dirección inicial de 121 minutos, como se indica en la ficha, pero la versión que me llega en DVD apenas llega a la hora. Hay por el camino, pues, una jibarización cuya paternidad no está clara. Lo que sí he leído, el Trivia de IMDB es una maravilla al respecto, es que la película se reestrenó con otro título, Satan in skirts (Satán con faldas), acaso buscando un mayor efectismo que pudiera atraer al público, frente al anodino con que originalmente se estrenó: Guest in the house (Invitada en la casa). Semilla de odio tenía todas las condiciones para haberse convertido en un clásico del cine psicológico, a medio camino entre el relato de terror y el de serie negra, sobre todo por el uso del blanco y negro, pero se quedó en una película interesante en la que algunas debilidades del guion no ensombrecen, sin embargo, un desarrollo dramático bastante afortunado, que tiene su culminación en la noche de tormenta en que la protagonista, una medida Ann Baxter, se queda sola en casa y, entre el ulular del viento, las ráfaga de lluvia y las puertas y ventanas que se baten, lejos de atemorizarse por el estallido de fuerza natural, se dedica a celebrar su triunfo; haber expulsado a las dos mujeres que le hacían sombra en su objetivo de conseguir la atención plena del pintor comercial que vive en la casa, hermano de su prometido, a quien intenta seducir por todos los medios, aun estando como invitada en casa en su condición de prometida del hermano del pintor, un doctor del que se deshace para que se vaya a estudiar para poder acabar su carrera y mantenerla con un nivel de bienestar como el de la casa donde se ha metido y donde es acogida con gran amabilidad por todos los residentes, aunque, nada más llegar, cuando se le acerca la hija del pintor e intenta darle un beso en la cara, en la escalera, un “¡no me toques!” seco e histérico de la joven enferma resuena como un nublado que electriza al espectador -acabamos de conocer a la joven-, quien se frota las manos con lo terrible por venir. Lo cierto es que este papel de Baxter, que ya venía de haber rodado con Welles El cuarto mandamiento, muy probablemente la impulsó para que le concedieran el que le supuso el reconocimiento total en Eva al desnudo. Aquí, como allí, la doblez, la hipocresía y la capacidad de subyugación actúan como poderosa herramienta para torcer voluntades e imponer sus manías y sus caprichos. No es extraño que la secuencia de la tormenta tenga tanto de aquelarre de la naturaleza, de conjura demoniaca de las fuerzas de la naturaleza para celebrar un poder telúrico que le permite erigir su reino de maldad en una casa sobre la que quiere forjar su dominio sobre quienes la rodean. Aunque la invitada llega como una enferma que ha de recuperarse de una dolencia de orden físico, enseguida se advierte que su problema es mental, sobre todo a partir de la fobia desmedida que le tiene a los pájaros, en una anticipación del clásico de Hitchcock más que curiosa. Cuando la hija del pintor va a la habitación de la invitada para enseñarle el pájaro que cría,  dentro de su jaula, el grito horrorizado de la invitada despierta a toda la familia y es, en ese momento, en el que el pintor comienza a desarrollar un papel protector que en ningún caso puede ser confundido con una predisposición amorosa, aunque ella, Evelyn, hará lo imposible por torcer aquella para rendirlo a sus pies y, en persecución de ese objetivo, logrará que la modelo que comparte el veraneo con ellos, al servicio del pintor, se vaya y que así mismo logré, mediante una cuña fatal, dividir al matrimonio, momento en el que la mujer, impotente ante los sinuosos recursos “satánicos” de la invitada, decide dejar el campo libre y se marcha con su hija. Llegados a ese extremo, y cuando la victoria parece que vaya a coronar la empresa malvada de Evelyn, el pintor, un Ralph Bellamy muy puesto en su papel de hombre confortador, recapacita y se va en busca de su esposa y de su hija, una Ruth Warrick bellísima -quien debutó, por cierto, nada menos que en Ciudadano Kane, de Welles- que borda escenas de intimidad familiar con su marido, incluso algunas con insinuaciones sexuales muy graciosas. Ha de considerarse que cuando llega la invitada, ambos esposos Proctor disfrutan poco menos que de una suerte de luna de miel en las vacaciones en casa de la tía Aunt, Aline MacMahon, la rica tía de los Proctor, y dueña de la casa, que tiene un importante papel en el súbito desenlace de la película, lo que nos da a entender que, por ahí debió de aparecer la tijera para “podar” esos 21 minutos que no han llegado a las recientes  ediciones en vídeo, y de los que ignoro si ya desaparecieron en el reestreno con el título cambiado. En cualquier caso, y aunque no haya llegado a obra maestra, la película se ve con interés, y no solo arqueológico, aunque tenga algo de sitcom, por la reiteración del escenario, lo que le da un aire eminentemente teatral a la narración. Y, por supuesto, la noche de la tormenta sí que puede incluirse en una buena antología de escenas clásicas de todos los tiempos. El desenlace, muy apresurado, aunque justificado, deja un poco frío al espectador, pero ya se entiende que los productores, guionistas y realizadores estuvieran deseando desembarazarse cuanto antes de semejante incordio en el seno familiar idílico en que aparece un buen día, traída por el hermano y sobrino, doctor, que piensa más, parece, en encargarse médicamente de ella que en amarla con la pasión con que no hay duda de que la ama, aunque esté ciego a su verdadera personalidad y no dude en creerla cuando poco menos que acusa al resto de la familia de querer volverla loca.


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