martes, 11 de julio de 2017

Una intriga gótica del director de “Gilda”: “El misterio de Fiske Manor”, de Charles Vidor




Un original planteamiento visual para la historia trágica de una lealtad: El misterio de Fiske Manor o la bondad no recompensada.

Título original:  Ladies in Retirement
Año: 1941
Duración: 91 min.
País: Estados Unidos
Director: Charles Vidor
Guion: Reginald Denham, Garrett Fort (Obra: Reginald Denham, Edward Percy)
Música: Ernst Toch
Fotografía: George Barnes (B&W)
Reparto: Ida Lupino,  Louis Hayward,  Evelyn Keyes,  Elsa Lanchester,  Edith Barrett, Isobel Elsom,  Emma Dunn,  Clyde Cook,  Queenie Leonard.


La acumulación de información conduce ciertamente a las lagunas del olvido, amplias, espaciosas y amenazadoras. En la miniresearch postfilm descubro que Charles Vidor fue el director de Gilda, entre otras, lo que, en términos de calidad, acaba dándome la razón sobre mi elección casi a ciegas de El misterio de Fiske Manor, cuyos títulos de crédito bien hubiera podido firmarlos Saul Bass, aunque me ha sido imposible identificar al autor de los mismos, puesto que ni siquiera aparece donde debería, en los títulos de crédito, pero los interesados en ese sutil y lacónico arte, pueden verlos aquí. El paisaje brumoso, las aguas pantanosas, las lápidas y la mansión victoriana  que aparece en medio de ese enclave más propenso a los fantasmas que a los seres de carne y hueso nos ilustran con suficiente propiedad acerca de la película de género que vamos a ver, aunque Vidor tiene la delicadeza de plantear la narración de la historia en un tono costumbrista que parece desviar nuestra atención hacia la comedia, en vez de hacia la intriga y el crimen inevitable. La historia es tan sencilla, como  magistral la realización de Vidor y archiconvincentes las interpretaciones de un reparto de mujeres en el que los hombres tienen un cometido muy circunstancial. La administradora y dama de compañía de una rica propietaria rural recibe una carta en la que la conminan a recoger a sus dos hermanastras inmediatamente, so pena de que sean abandonadas en plena calle con sus enseres. Ida Lupino, angustiada, logra arrancar de su empleadora el permiso para albergar a sus hermanastras unos días y, finalmente, con ellas se presenta en la casa, para extrañeza, primero, y desesperación, después, de la propietaria que las ha invitado porque está contenta con la eficacia y seriedad de su empleada. Con anterioridad a la llegada de las tres mujeres, un hombre que se presenta como el sobrino de su empleada, logra que le deje unas libras para pagar un compromiso inaplazable, aprovechándose de su palmito y del buen efecto que produce en la no del todo vieja propietaria. Y tras la llegada de las “hermanitas” comienzan los problemas de convivencia, porque ambas están trastornadas mentalmente, si bien no con tanta severidad que haga imposible una cierta vida cotidiana, si bien la llenan, claro está, de una libertad en el decir y en el hacer que rompen todas las convenciones sociales habidas y por haber, lo que acaba enfureciendo a la propietaria. Dos secundarias de lujo, Elsa Lanchester, la mujer de Charles Laughton -¡e inolvidable enfermera en Testigo de Cargo, de Wilder- y Edith Barret consiguen con sus soberbias interpretaciones hacernos creer que la racionalidad que las rodea no deja de ser, en realidad, una enfermedad, y que son ellas, libérrimas y vitalistas, las únicas cuerdas en aquel espacio lleno de lúgubres resonancias, felizmente captadas por la cámara de Vidor. La orden que recibe la empleada de llevarse a su familia a cualquier otro sitio se convierte en el disparadero de la decisión de  una hermana tan responsable como angustiada que se niega a desamparar a esos dos gorriones que no nacieron para luchar por la vida, sino para ser comprendidos y cuidados con el mimo que se debe a las almas inocentes, cándidas y desvalidas. Y entonces sobreviene lo inevitable y se inicia una nueva película sobre la que poco o nada saldrá de estos dedos tecleantes, salvo los elogios de rigor para la habilidad con que Vidor ha sabido, more hitchcockiano, construir esa segunda vida de la historia que parecía haber llegado a su fin cuando sucede lo inevitable, tan bellamente filmado, por cierto. Si fuera una película muy popular, no me importaría chafársela a los pocos que no la hubieran visto, pero como la mayoría estarán como yo, ante una primicia, es de justicia que haga mutis por el aparte al que me lleva, paradójicamente, el punto final. ¡Que disfruten de ella!

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