viernes, 9 de marzo de 2018

La narración cinematográfica en estado puro: "Las dos huérfanas", de D.W. Griffith



Al margen de solapar interesadamente la Revolución Francesa y la Bolchevique, Las dos huérfanas es, sobre todo, un ejercicio de estilo narrativo soberbio, tan actual que pocas películas en cartelera, ahora, podrían competir con ella, si hay alguna que pueda siquiera intentarlo.


Título original: Orphans of the Storm
Año: 1921
Duración: 150 min.
País: Estados Unidos
Dirección: D.W. Griffith
Guion: D.W. Griffith (Novela: Adolphe d'Ennery, Eugène Cormon)
Música: (Versión restaurada: William Frederick Peters, Louis F. Gottschalk, Brian Benison) (Película muda)
Fotografía: Paul H. Allen, G. W. Bitzer, Hendrik Sartov (B&W)
Reparto: Lillian Gish,  Dorothy Gish,  Joseph Schildkraut,  Frank Losee,  Katherine Emmet, Morgan Wallace,  Lucille La Verne,  Sheldon Lewis,  Monte Blue,  Leslie King.

Como sé que casi nadie se va a tomar la molestia de entrar aquí para ver Las dos huérfanas, me tomo la libertad de empezar por el final, porque tiene una dimensión espectacular de la que han bebido cientos de cineastas y muy especialmente  maestros del western como John Ford, por ejemplo. Una vez que Danton -a quien elige Griffith como el “liberal” con el que identificarse frente al bolchevique Robespierre, para quien reserva toda clase de aborrecimientos, manifestados en la soberbia actuación de quien lo interpreta con una dosis de maquiavelismo y cobardía a partes iguales- consigue que se suspenda la ejecución en la guillotina de una de las dos huérfanas por haber amparado en su casa a un aristócrata de quien está enamorada, se inicia una travesía a galope tendido hacia el lugar de la ejecución que, como en una refinada obra del malévolo Hitchcock, habrá de salvar varios obstáculos para poder llegar al pie del fatídico ingenio de Monsieur Guillotine, donde ruedan las cabezas de la aristocracia y de sus colaboradores; el montaje paralelo de la ejecución y de la cabalgata liberadora se van sucediendo en un crescendo emocionante que, imagino, haría prorrumpir en sonoros aplausos y otras manifestaciones de aprobación a los espectadores. ¡Menudo mal trago!, el que habían pasado, pendients de si Danton llegaba o no a tiempo de impedir que sobre el grácil cuello de Lillian Gish cayera la afilada hoja justiciera. Los planos del grupo de jinetes tienen una energía tan poderosa que parece que vayan a salirse de la pantalla, como amenazaba con hacer aquel tren famoso de los inicios del cine. ¡Lo que hubiera dado por asistir a su estreno y contemplar la reacción del público!  La película, basada en la obra teatral de Adolphe Philippe d'Ennery, quien llegó a escribir con Verne una versión teatral de Miguel Strogoff, por ejemplo, se acoge a la estructura del folletín para construir una pieza narrativa en el que los destinos de las dos huérfanas separadas seguirán caminos muy dispares, llenos de aventuras que los espectadores vivirán con la esperanza acongojada del momento en que ambas jóvenes puedan volver a encontrarse. Mientras que de una de ellas se enamora un noble que la mantiene y quiere casarse con ella contra la voluntad de sus padres, la otra, que es hija abandonada de la madre del joven noble enamorado, es secuestrada por unos facinerosos que la obligan a mendigar para sacar un jornal del que nunca se beneficia. El retrato de la maldad sin mezcla posible de bien alguno de la familia que secuestra a la huérfana ciega solo tiene su rayo de luz en la figura del hijo impedido que trata de defenderla frente a su madre y su hermano mayor. El estallido de la Revolución Francesa, representado por Griffith en escenas inmortales del pueblo parisino sumido en una suerte de exaltación indesmayable de la libertad conseguida al precio de la sangre de quienes han combatido contra las fuerzas de la realeza y han tomado la Bastilla y la cárcel de mujeres, liberando a una de las huérfanas, que había sido condenada, se funde con la historia de las protagonistas admirablemente, de modo que tiene el espectador toda la impresión de estar ante un Episodio Nacional al etilo de los de de Galdós, en los que hobres y mujeres del pueblo viven muy de cerca, con un indudable protagonismos, hechos históricos trascendentales.  La habilidad de Griffith para mover las masas está fuera de toda duda, y había sido acreditada en sus obras mayores, Intolerancia y El nacimiento de una nación. Aquí, mezclando hábilmente historia y anécdota individual, el triste destino de ambas jóvenes, que se consideran hermanas aunque no lo sean de nacimiento, y de ahí que las interpreten las hermanas Gish, con una capacidad absoluta para trasladar a los espectadores las diferentes fases de sus ajetreadas existencias. Llama la atención, por ejemplo, una de las escenas en las que toda la atención del guion se centra en si la hermana que ve será capa de identificar la voz con que la ciega canta una canción en su cometido limosnero. Y sí, en un delicioso momento emocionante, muy emocionante, Lilian le hace ver a la madre de la joven secuestrada que es su hermana quien canta, ¡en una película muda! Ese es el milagro de la cinta: nosotros también somos capaces de oír esa tonada que le va a permitir acercarse a ella tras muchos meses sin saber nada de su existencia. Que la película se conforme como una carrera de obstáculos que se van sucediendo sin interrupción para evitar el reencuentro de las hermanas concede a la cinta una capacidad de suspense muy notable, y perfectamente explotada por Griffith, quien parece recrearse con delectación en esa técnica soberbia del folletín que alarga la acción dramática con el “continuará” de rigor. La visión de la Revolución Francesa, inspirada en la Revolución Usamericana, como se indica oportunamente en la película, al mostrar a Thomas Jefferson como embajador de los Estados Unidos de américa, acentúa el componente inevitable de lucha de clases que tuvo, y que Griffith no rehúye mostrar, porque, como dice por boca del noble que pretende a la hermana que no es ciega, Lillian Gish, este se confiesa -una vez que ha triunfado la Revolución- “aristócrata, sí; pero no enemigo del pueblo”. Desde ese inicial momento de entusiasmo revolucionario, de desquite de la opresión feudal tiránica, que Griffith celebra a través del hermoso pasacalles que va recorriendo la ciudad como una “danza de la vida” frente a la represión; el autor no tarda en mostrar el mundo de bajas pasiones canallas que ha despertado ese poder entre quienes, sin ningún plan concreto ni a corto ni a medio ni a largo plazo, lo usan como un ajuste de cuentas, antes que como una oportunidad para construir algo que entusiasme al pueblo. Ambas realidades que se siguen casi sin solución de continuidad, hallan en Griffith un intérprete que pretende rehuir el partidismo inevitable que se ve obligado a tomar contra una actuación represiva que va más allá de lo que la Justicia puede permitir y aconsejar. Con todo, ya digo, el retrato de Griffith se acerca bastante a la ecuanimidad, aunque cargue las tintas contra los juicios sumarísimos y la ambición de poder omnímodo por parte de Robespierre, por supuesto La verdad es que he de confesar que esta película muda y elocuente al mismo tiempo ha tenido la sanísima virtud de atraparme desde los compases iniciales y no soltarme hasta llegar a ese final de Séptimo de caballería o de lanceros bengalíes que deja impactado a cualquiera. Sí, es un tópico, lo sé; pero Las dos huérfanas sería  hoy la película más moderna de la cartelera…

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