domingo, 24 de marzo de 2019

«La mujer casada» y «Adiós al lenguaje», de Jean-Luc Godard o del clasicismo a la deconstrucción del signo: de 1964 a 2014.


Programa doble de un pilar indiscutible del arte cinematográfico: Godard o la seducción de la imagen: El adulterio cuarteado; el lenguaje desbaratado… La realidad como aspiración sagrada del esclarecedor de enigmas.

Título original : Une femme mariée: Suite de fragments d'un film tourné en 1964
Año: 1964
Duración: 95 min.
País: Francia
Dirección : Jean-Luc Godard
Guion : Jean-Luc Godard
Música: Ludwig van Beethoven
Fotografía: Raoul Coutard (B&W)
Reparto: Macha Méril,  Bernard Noel,  Philippe Leroy,  Roger Leenhardt,  Christophe Bourseille.






Título original : Adieu au langage
Año : 2014
Duración: 70 min.
País: Suiza
Dirección: Jean-Luc Godard
Guion : Jean-Luc Godard
Fotografía : Fabrice Aragno
Reparto : Héloise Godet,  Zoe Bruneau,  Kamel Abdelli,  Richard Chevalier,  Jessica Erickson, Alexandre Païta,  Dimitri Basil.

Godard es sinónimo de transgresión, de aventura, de investigación, de disparate, de celebración de la imagen, de búsqueda de sentido, de confesión, de confidencia, de ideologización extrema, de documental de la aventura humana, individual y social, desde su primer corto, Una mujer coqueta, colgado en 2017 en YouTube para satisfacción unánime de los aficionados. Godard es un cineasta torrencial, con una obra tan extensa que en ella puede uno encontrar prácticamente de todo: desde la ciencia-ficción de Alphaville hasta el cine política de La china, pasando por clásicos como Banda aparte o sus numerosos documentales, que quizás superen en número a de sus películas. Godard es, así pues, un universo cinematográfico completo y abarcarlo todo se me revela poco menos que imposible, salvo una inmersión arriesgada. Prefiero acceder poco a poco a su inmensa obra para contemplarla sin presión de ningún tipo, en un estado de buena predisposición que no me depare las inevitables frustraciones, sobre todo por el tiempo perdido. Hace dos días vi La mujer casada y ayer Adiós al lenguaje. Solo frente al televisor, en un acto de militancia cinéfila que me deparó una inmensa satisfacción, la primera, y una perplejidad absoluta, la segunda. La mujer casada alterando mi percepción inicial de la cronología de la técnica usada en ella, el primer y primerísimo plano, porque creí que Persona de Bergman era anterior a la película de Godard, se convierto, por tanto, en un claro precedente de la película de Bergman, lo cual le añade un plus de interés fílmico muy notable. La película arranca con la pantalla en blanco y la aparición de una mano femenina que serpentea hacia el centro de la pantalla. Luego aparece otra, masculina, que interactúa con ella, mientras dos amantes se cruzan frases típicas de los amantes. La mujer está casada y mantiene ambas relaciones con total naturalidad, si bien, para reunirse con el amante sigue toda una estrategia de “distracción” propia de un thriller, cogiendo taxis que para de repente para atravesar la medianera de un bulevar y coger otro en dirección contraria o concertar la cita en un cine para después, dejar el hombre caer la llave de la habitación a los pies de ella, quien se la devuelve tras haber identificado el número de habitación. Los diálogos reflejan el indeciso mundo interior de la mujer y, andando el metraje, descubrimos que está embarazada, aunque le confiesa al ginecólogo, con quien mantiene un curioso diálogo sobre el amor y el placer, que no sabe cuál de los dos es el padre. La película nos permite ver la actividad cotidiana de la mujer y la utiliza Godard como vehículo que pone de relieve buena parte del mundo femenino, sobre todo porque la mujer se relaciona con el mundo de la moda y le da pie, al director, utilizando su técnica cartelista, esto es, intercalar fotogramas de anuncios publicitarios, carteles con textos que adquieren, en primerísimo plano, seleccionadas las silabas, significados diferentes, etc. En un breve descanso en una cafetería, por ejemplo, la protagonista, antes de su entrevista con el ginecólogo, asiste, de mesa a mesa, al diálogo de dos jovencitas sobre el hecho de acostarse por primera vez con un hombre, una que ya lo ha hecho y la otra que está en el proceso de atreverse. Desde diferentes ángulos se nos ofrece el diálogo de las jóvenes y las reacciones de quien “espía” la conversación entre apicarada y enternecida. La historia es muy sencilla y Godard tiene la habilidad de saber trascenderla para ofrecernos un visión del amor desde diferentes perspectivas: la de primerísimos planos, desbordantes de geometría carnal, de los amantes, se complementa con la de las dos jovencitas, y ambas con la versión de las noches de amor que le cuenta la asistenta a la mujer adúltera mientras hace la faena: una narración erótica y divertida, con una naturalidad que contrata severamente con la técnica de primeros planos que usa el autor para la contarnos la historia central, aquella que se resuelve en una conversación trascendente en la que el amante, actor, que se va a provincias a representar a Racine, ha de convencer a su amante de que él no representa con ella el amor que le tiene. Un diálogo extraordinario con una calidad testimonial que se acerca a la de las otras dos revelaciones, la de las jóvenes y la de la asistenta. A mí me ha parecido, en comparación con buena parte de su cine, una historia de corte clásico, y la técnica de los primeros planos y aun de los primerísimos, la manera más adecuada para contarla. La película está llena de encuadres y de hallazgos visuales que bastarían para convertir a cualquier otro director en una celebridad, pero en Godard eso forma parte de una respiración fílmica, llamémosla así, que define su sello personal. Recuerdo ahora la larga secuencia de imágenes de sujetadores y bragas en los anuncios de la época, que acaba con la actriz caminando junto a una valla inmensa con uno de los sujetadores, en un contraste magnífico, lleno de sugerencias metonímicas. Algo parecido vimos, no hace mucho, en La, La, Land, por ejemplo, cuando el protagonista camina por una calle en uno de cuyos muros hay un grafiti realista inmenso que anuncia un bar, si no recuerdo mal.  La “manera” de Godard, que rompe la linealidad del discurso con los textos insertados casi al modo de los cartelones que guiaban la trama en el cine mudo, crea una suerte de campo semántico amplísimo que se adelanta al predominio de la semiología como disciplina universitaria y popular. Recordemos que los escritos de Barthes sobre la moda son de 1967. Es decir, que no solo estamos ante una obra “legible” y clásica de Godard, sino ante un avanzado de los caminos de la reflexión sociológica en Europa.
Cincuenta años después, Godard ofrece a los espectadores con Adiós al lenguaje una cinta absolutamente inclasificable: espectáculo visual, reflexión filosófica, enjuiciamientos políticos, meditatio mortis, ontología de andar por casa y una defensa del perro, supongo, como homenaje a los cínicos, aunque también hay una experimentación cromática y técnica, partes de la cinta están rodadas en 3D, aunque yo la he visto en 2D, y una admiración sin límites por la naturaleza, ya desde un punto de vista ecológico, ya incluso desde un punto de vista romántico, a juzgar por las reflexiones sobre el amor, unidas a esas visiones del espacio natural como verdadero depositario de la emoción. El diálogo físico entre los dos miembros desnudos de una pareja se suma a esa celebración de “lo natural” como respuesta a una realidad condicionada por amenazas de todo tipo, desde las mafiosas hasta las capitalistas… ¿Suena a “empanada mental”? Puede, pero la visión de ella es un prodigio visual que no deja indiferente al espectador, quien se deja llevar por la cámara, muy a menudo fija, como en un intento de captar el instante como único momento significativo de la realidad. Hay, en algunos momentos, aunque desfigurado por el cromatismo casi salvaje e irreal de lo natural, una aproximación a El nuevo mundo de Malik, pero sin el preciosismo místico de este. Si algo se le quedará al espectador de Adiós al lenguaje es el desorden, la ausencia de lógica, incluso de razonamiento tal y como lo conocemos. Hay muchos personajes que  incluso parecen querer decirnos algo importante para nosotros, pero son mensajes que se pierden en el acto, en su propia inmediatez, y ni construyen personajes ni construyen narración. Y da igual dónde estén, cuál sea el imposible contexto de esa ausencia de comunicación, y mucho menos importa cuál sea el escenario, una plaza, un puesto de libras, una verja, un ferry, un río o una casa. Si en Una mujer casada la música tiene una función diversa, desde subrayar ciertos estados de ánimo a complementar la historia con alguna canción alusiva, en Adiós al lenguaje parece subrayar un misterio siempre a punto de revelarse, sobre todo cuando “acompaña” las hermosas secuencias del perro en lena naturaleza. Quizás fuera buena recordar el epígrafe que , a toda pantalla, abre la película como guía de lectura: Todos los que no tienen imaginación confían en la realidad. ¡Utilísima!

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