domingo, 4 de agosto de 2019

«The Walker» y «El reverendo», programa doble de Paul Schrader, dos fracasos de taquilla, dos éxitos del salón de estar.



Un thriller político no estrenado en España que explora el elitista reducto blanco de la política y los lobbies en Washington y el viaje al infierno de la desesperación y la expiación de un hombre de dios…

Título original: The Walker
Año: 2007
Duración: 107 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Paul Schrader
Guion: Paul Schrader
Música: Anne Dudley
Fotografía: Chris Seager
Reparto: Woody Harrelson,  Kristin Scott Thomas,  Lauren Bacall,  Moritz Bleibtreu,  Lily Tomlin, Willem Dafoe,  Ned Beatty.
  
Título original: First Reformed.
Año: 2017
Duración: 108 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Paul Schrader
Guion: Paul Schrader
Música: Brian "Lustmord" Williams
Fotografía: Alexander Dynan
Reparto: Ethan Hawke,  Amanda Seyfried,  Cedric the Entertainer,  Michael Gaston, Victoria Hill,  Philip Ettinger,  Bill Hoag,  Michael Metta,  Frank Rodriguez, Mahaleia Gray,  Elanna White,  Satchel Eden Bell,  Joseph Anthony Jerez, Jake Alden-Falconer,  Otis Edward Cotton,  Delano Montgomery. 

The Walker  tiene un inicio magistral: un elegantísimo gay maduro, perteneciente a un linaje de prohombres usamericanos de las finanzas y la política, Page III, juega a la canasta, en un reservado de lujo, con tres damas de la alta sociedad política de Washington. Una secuencia en la que se entroniza el evil gossip como un forma de aliciente vital para personas que, unas más que otras, andan ya recorriendo el tramo descendente de unas vidas en las que escasean las emociones fuertes. La llegada del galán otoñal a casa y la exhibición del orden perfecto de su nutrido armario precede al momento supremo en que, con mimo no exento de cierto desdén, una ambigüedad que se convertirá en leit motiv durante toda la película, el protagonista se despoja de la peluca y la deposita en la fraustina como otros dejan la dentadura postiza en un vaso en la mesita de noche… A partir de aquí  se inicia un baile de malos entendidos que nos llevan a conocer la vida de un hombre a medias derrotado por el peso de sus antecesores, sobre todo su padre, y cuyo brillo social está en relación directa con la perfecta máscara del dandy sureño que ha creado y que le franquea las puertas de las mejores casas de Washington. No tardamos mucho, porque acompaña a su amiga íntima  con el coche a que esta haga una visita a un conocido de ambos, en meternos en la trama que, por solidaridad, acabará protagonizando: ella sale de la casa y deja tras de sí un cadáver de cuya existencia no puede dar parte a la policía no porque tenga algo que ver, sino porque su presencia en esa casa y las explicaciones que habría de dar repercutirían muy desfavorablemente en su matrimonio con un influyente político, cuya carrera se vería “contaminada” por la relación que tuviera su mujer con él, no muy difícil de imaginar con un poco de malevolencia, es decir, el estado de ánimo que predomina en las relaciones sociales en la capital del política usamericana. Carter, el protagonista, así pues, decide llamar a la policía e informar del hallazgo del cadáver, lo que lo convierte, por ello mismo, en e principal sospechoso del asesinato. Para cerrar el círculo de la soga que se ciñe a su cuello, el fiscal general va detrás de un “éxito” social que lo promocione, y ve en la figura de Carter un modo de “golpear” el árbol podrido de la política capitalina para astillar ese mundo de hipocresía. Ante tan seria amenaza para su propia seguridad personal, el protagonista, que no tarda en ser expulsado del trabajo, se alía con su amante masculino, un fotógrafo artista que aspira, por la influencia de su amante, Carter, a conseguir exhibir su obra con todos los honores, y junto comienzan a tirar del hilo de la trama del asesinado, un bróker en cuyas inversiones fallidas han participado la mayoría de esos políticos que reniegan de él en la hora de su muerte y que incluso, de algún modo, la celebran. Ingresados en la estructura de thriller, saliendo de la crónica social crítica de la hipocresía política, la película avanza con paso seguro y los giros de trama esperados para conseguir mantener el interés de los espectadores en cuanto ocurre en la pantalla. Por demás está decir que el protagonismo de Woody Harrelson influye mucho en el mantenimiento de ese interés narrativo: se trata de una sus mejores actuaciones y sabe encarnar con delicadeza a un perdedor en una saga familiar de cuyo pasado esplendor ha sabido retener el buen nombre para no ser descabalgado de una posición social hace tiempo perdida De hecho, el título, The Walker, «el acompañante», ya nos da a entender lo ínfimo de su función social en una ciudad donde la alta política tiene su asiento: entretiene a las damas cuyos maridos destrozan el mundo y no les prestan la más mínima atención. En diferente grado, además, las cuatro damas, Kristin Scott Thomas,  Lauren Bacall,  Mary Beth Hurt  y Lily Tomlin, redondean un reparto perfectamente representativo del tipo de vida sofisticada y desengañada que se nos describe en la película. El clasicismo de los planos y el lujo de la puesta en escena contribuyen a ese aire decadente de película en la línea de Medianoche en el jardín del bien y del mal, de Eastwood, donde  Kevin Spacey  hace un papel en la línea del de Harrelson, salvando todas las diferencias, por supuesto. Se trata, en todo caso, de una película elegante y con una sutil crítica social que va desmontando el glamour político de una ciudad en parte corrupta. Ojo al dato:  es archicurioso que en la película, por los círculos sociales y políticos en los que se mueve la trama, apenas aparezcan negros, siendo Washington una ciudad en la que los negros son algo así como el 70% de la población. A mi entender eso acentúa el mensaje del autor, quien pone el énfasis en que la decadencia que muestra afecta a ese residuo blanco de poder ancestral en el país, una minoría cuyo mundo va desintegrándose frente a la presión de una realidad que va transformándolo todo. Estamos, pues, como no podía ser de otro modo, ante un claro ejemplo de cine político, algo consustancial a Paul Schrader.
Confieso que la lectura de la sinopsis de El reverendo estuvo a punto de hacerme perder la visión de la película, porque  ha de haber de por medio un guion magnífico para que el tema «clerical» me atraiga. Con todo, sabiendo que Schrader es reputado guionista, me lancé al visionado con total confianza y no tardé ni un cuarto de hora en darme cuenta de que iba a ver una película que se acercaba, por su entidad, a una de las grandes películas de nuestro autor, Aflicción, con un Nick Nolte y un James Coburn insuperables. El cura encargado de una parroquia sin apenas feligreses recibe la visita de uno de ellos, una mujer cuyo marido presenta un comportamiento extraño y ella desea que el cura se entreviste con él para ver si puede ayudarlo. La entrevista es la de un ecologista desesperado, que acaba de salir de la cárcel, y que es consciente de que la sociedad está acabando con el planeta, del que no va a dejar ni rastro, tras haber alterado todos los equilibrios ecológicos que permiten su supervivencia. Enseguida sabremos que el «reverendo» es un excapellán militar que ha decidido dejar el ejército después de que su hijo haya sido sacrificado en una de las guerras libradas por las diferentes Administraciones usamericanas. Su existencia, desde aquel momento se reduce a expiar tan terrible pérdida y se reduce a una existencia sometida al designio de llevar un diario de lo que se anuncia como su adiós al mundo, un diario que escribe cada noche, acompañado de una botella de alcohol, en el más austero de los espacios. La lucha dialéctica con el feligrés que tiene atemorizada a su esposa, porque ella no acaba de ver claro cuáles son las intenciones últimas del marido y teme que se convierta en un terrorista en nombre de su causa, se acaba cuando este lo cita en un bosque al que llega el sacerdote para encontrárselo tirado en el suelo nevado con la cabeza destrozada por un disparo de su propio fusil. El suicidio de ese joven idealista opera en el cura una suerte de transformación que lo lleva a interesarse por la causa del joven y, en cierto modo, a sustituirlo. Ello se advierte cuando el jefe de la Iglesia a la que pertenece le encarga, en el viejo edificio de la congregación que él custodia y enseña a los turistas, una celebración a la que asistirá uno de los principales contaminadores ambientales del estado, momento en el que…, sí, en el que yo detengo esta sinopsis porque el último tercio de la película es de una intensidad mesmerizante y conviene no saber absolutamente nada más de lo que yo ya he revelado, para saborear por completo una progresión hacia el clímax que nos ofrece los mejores momentos de la proyección. Hasta ese momento, Schrader había planificado una película llena de sombras, silencios, remordimientos, sobreentendidos, malentendidos y derrotas varias; pero solo en el tramo final todo ese planteamiento de caminos dispersos acaba adquiriendo sentido, incluido el místico y el humano, fundidos en un vuelo simbólico excepcional y bellísimo, porque pasamos de la expiación al éxtasis con la mayor naturalidad del mundo, y con unas imágenes que quedan para siempre en la memoria. Fue seguramente mi limitación presupuestaria y mi escaso tiempo los que me impidieron ver esta joya en el cine en el momento de su estreno, pero por suerte he podido rescatarla, para regalarme, además, con la que, a mi juicio, es la mejor interpretación que le he visto a Ethan Hawke, ajustadísimo a su papel dramático y contenido como él solo ante una realidad que lo desborda, que nos desborda.

No hay comentarios:

Publicar un comentario