viernes, 10 de julio de 2020

«Dos amores», de John Cromwell o el poder del matriarcado.


Un estudio de la maternidad superprotectora y castradora: Dos amores o la deconstrucción del mito de la abnegación materna.

Título original: The Silver Cord
Año: 1933
Duración: 74 min.
País:  Estados Unidos
Dirección: John Cromwell
Guion: Jane Murfin (Obra: Sidney Howard)
Música: Max Steiner
Fotografía: Charles Rosher (B&W)
Reparto: Irene Dunne, Joel McCrea, Laura Hope Crews, Eric Linden, Gustav von Seyffertitz, Frances Dee, Perry Ivins, Reinhold Pasch, Paul Irving.

John Cromwell es un director que va ganado enteros en la clasificación inconsciente que el espectador suele hacer de sus directores favoritos. Me temo que nunca va a estar a la altura de quienes dominan el olimpo de las superestrellas, pero su producción tiene, en líneas generales, una solidez que me recuerda a otros directores como mis admirados Frankenheimer, Lumet o Fleisher, directores sobresalientes cuyas grandes películas valen por muchísimas que disfrutan de los olorosos laureles del éxito universal. Ver una película de Cromwell, por lo tanto, es ya un acierto, sin ulterior discusión. Nunca defrauda, siempre propone historias que acaban, por lejanas que nos parezcan, dando en el clavo de un tema eterno, que no pasa de moda, que está en el corazón de las pasiones humanas.
Dos amores trata el tema de la madre dominante que se interpone en el noviazgo de su hijo menor y que pretende, consumado el matrimonio de su predilecto hijo mayor, deshacerlo para no perder a ninguno de los dos. Dicho así, suena como a algo casi decimonónico, pero, conversando con mi madre sobre la familia e interesándome por el noviazgo eterno de mi tía S***, descubrí que se debió a que mis abuelos, sus padres, se oponían a ese matrimonio. La hija respetó el deseo de los padres prácticamente hasta que murieron ambos. Después se casó, a muy avanzada edad. O sea, nada más alejado de la realidad que considerar los tejemanejes de una madre protectora y dominante como algo «del pasado».
La película comienza con la presentación de la protagonista, encarnada por una Irene Dunn magnífica en ese tipo de papeles, atareada sobre un microscopio en una tarea científica de primera magnitud. Quien entra, su futuro marido, es un arquitecto que ha recibido una invitación para trabajar en un estudio de arquitectura en Nueva York. A la mujer le duele dejar su ocupación, pero cree poder arreglarlo si le conceden una beca para investigar en una universidad cercana al destino de su marido. Con ese prólogo, ambos deciden pasar primero por casa de la madre de él, viuda, para conocerla y, después, seguir camino de Nueva York.
Y ahí es donde empiezan los problemas, porque en la casa está también la novia del hijo pequeño, y la madre se enfrenta a la perspectiva de «perderlos» a ambos. Pretextando una enfermedad de corazón que no padece, se inicia, pues, una lucha singular para evitar el futuro terrible de la soledad. Ni que decir tengo que la madre trata a sus hijos como si aún tuvieron diez o doce años y se gasta unas maneras afectuosas con ellos que incluso, en un momento dado, cuando, obligados por la madre a dormir en habitaciones separadas el matrimonio, ella se presenta en el cuarto de él y ve a la madre dándole las buena noches a su hijo, besándolo en la boca, incluso la protagonista se escandaliza…
Es evidente que cualquiera puede imaginarse el derrotero que ha de seguir una película con este planteamiento, pero, por cortesía con los lectores -y especialmente con Salus, que me reprochaba hace poco que me extendiera mucho sobre los argumentos…-, suspendo aquí esa funesta tendencia y dejo a la curiosidad de los lectores un desarrollo que ya me anticipo a declarar que no sigue los pasos que cabría imaginar en «buena lógica».
A título chismoso, sí que dejo, para el anecdotario, que McCrea y Frances Dee intimaron en el rodaje de esta película y se casaron poco después, en uno de esos raros matrimonios hollywoodienses que duró 57 años…
Lo importante de la película es la buena definición de la «mujer moderna», en ese sentido la Dunne tiene una intervención antológica, y un espléndido retrato de las madres/arpías dispuestas a todo para seducir y controlar a sus vástagos. Me ha llamado mucho la atención la definición del protagonista: «La madre de un hombre es su madre», una suerte de tautología que bien puede decirse que por encima de la madre no hay nadie, que la madre es sagrada, como he vivido yo mismo a través de la actitud de mi padre respecto de la suya, mi abuela, o como, vulgarmente, se tatuaban tantos:  el “amor de madre”.
En fin, espero haber sembrado la semilla de la curiosidad para que los lectores se acerquen a una interpretación genial de la madre castradora a cargo de Laura Hope Crews, en el papel de su vida, ciertamente; el mismo, por cierto, que interpretó, durante 212 representaciones, en el teatro, con gran éxito.
Si será excelente la dirección de Cromwell que consigue en todo momento la mágica experiencia narrativa de la transparencia: en modo alguno tiene el espectador la sensación de estar ante una película, dada la perfecta naturalidad con la que se desarrollan los acontecimientos. Pocos directores tienen ese don, desde luego.

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