miércoles, 11 de marzo de 2026

«39 escalones» y «Alarma en el expreso», de Alfred Hithcock, cine, cine, más cine, por favor.

 

Título original: The 39 Steps (The Thirty-Nine Steps)

Año: 1935

Duración: 86 min.

País: Reino Unido

Dirección: Alfred Hitchcock

Guion: Charles Bennett, Ian Hay. Novela: John Buchan

Reparto: Robert Donat; Madeleine Carroll; Lucie Mannheim; Godfrey Tearle; Peggy Ashcroft; John Laurie; Helen Haye; Wylie Watson.

Música: Jack Beaver

Fotografía: Bernard Knowles (B&W)

 

 

 




Título original: The Lady Vanishes

Año: 1938

Duración: 97 min.

País:  Reino Unido

Dirección: Alfred Hitchcock

Guion: Sidney Gilliat, Frank Launder. Novela: Ethel Lina White

Reparto: Margaret Lockwood; Michael Redgrave: Dame May Whitty; Paul Lukas; Basil Radford; Naunton Wayne; Cecil Parker.

Música: Louis Levy

Fotografía: Jack E. Cox (B&W).

 

          Dos comedias de intrigas  milimétricas y tan efectivas y divertidas como las del famoso «toque» de Lubitsch.

 

Aprovechando la lectura del magnífico libro de Sergi Grau Alfred Hitchcock. El cine es sueño, me han entrado unas ganas terribles de revisar algunas de sus obras de su etapa inglesa, después de haberme interesado por su ópera prima, en la que ya había ciertos destellos que en estas dos obras de arte se confirman plenamente.

          Ambas fueron grandes éxitos, y Alarma en el expreso también en Usamérica, y esa fue la razón por la que David O. Selznick contrató a Hitchcock para rodar nada menos que Rebeca. Sirvan estos datos para proponer su visionado a un público joven que ha desertado del blanco y negro en buen número y del cine mudo en casi su totalidad, ignorando que las obras maestras del cine ya se ruedan de esta forma, tan querida a muchos directores, y entre ellos Sir Alfred, porque la querencia por las imágenes como elementos sintetizadores de la trama o reveladoras de claves hallan en Hitchcock uno de sus principales defensores,

          39 escalones, como en otras tantas películas de su autor, tiene como protagonista a un hombre común que, por azares de la vida, se ve envuelto en una trama de espionaje en  cuyo desarrollo literalmente se juega la vida. El arranque en una función de Music Hall, un espectáculo muy popular que se extendió hasta mediados del siglo XX y cuya decadencia filmó extraordinariamente Tony Richardson en El animador, empareja a un ciudadano canadiense ―un factor de extrañeza para compararlo con la trama «nacional»― con una espía perseguida que fue quien se vio obligada a disparar su pistola para poder salir del local en medo del tumulto desatado por los disparos. La muerte en su casa de la espía, y la única pista fiable: un mapa en el que se destaca una pequeña localidad, amén de una enigmática referencia: 39 escalones, va a colocar al personaje en la diana de la policía y de los espías que van tras él. La escena de la salida disfrazado de lechero, quien ha entrado para hacer el reparto, es toda ella un tremendo gag cómico que toca de lleno en la visión crítica que tiene el autor de la familia y de las relaciones amorosas. Absolutamente escéptico, el lechero no cree ni una palabra sobre la mujer muerta en casa del extraño que lo aborda, y mucho menos la teoría de una conspiración con agentes extranjeros. Finalmente, le confiesa la verdad: es un amante que huye del marido y su hermano, que lo esperan fuera para ajustarle las cuentas. La reacción del lechero mientras se quita la chaqueta, «¡Bueno, haberlo dicho antes, hombre Hoy por ti, mañana por mí...!», y se la pasa para que salga con la cesta de las botellas y se vaya en su coche, con la promesa de dejárselo en la primera esquina. Ese tono tan bien marcado no nos va a abandonar en toda la película, y su éxito responde a la interpretación de Robert Donat y Madeleine Carroll, cuya química nutre el resto de la película a partir de que ambos son esposados por los secuaces del espía que está a punto de sacar del país un secreto de Estado. Camino de su muerte, ella aún cree que sus secuestradores son miembros de la policía, algo de lo que no descreerá hasta oír subrepticiamente a los sicarios justo cuando estaba a punto de entregarse a ellos, tras haberse zafado de las esposas mientras el protagonista seguía durmiendo.

          Hitchcock fue un director que escogía con mucho cuidado a los intérpretes de sus películas y raramente se equivocó. Todos sabemos que Cary Grant es algo así como su actor fetiche, pero cuantos han rodado con él han logrado encarnar a ese héroe a pesar de sí mismo y contra circunstancias muy adversas de las que solo con el ingenio y cierto savoir faire logran salir. Recordemos, además, que fue James Stewart el protagonista de la que se considera su obra maestra absoluta: Vértigo.

          Hithcock siempre ha construido escenas corales en las que el protagonista ha tenido diversas funciones. En esta película el canadiense es confundido con un político a quien se espera para dar un mitin, al tiempo que la sala se va llenando de policías que, orientados por la coprotagonista, buscan detenerlo. El desarrollo de estas secuencias constituyen auténtica marca de la casa y se cierra con el detenido recibiendo los vítores de los asistentes, encantados con su discurso radical.

          Las escenas del tren que lo lleva a Escocia forman parte de otra especialidad del director, manifestadas en Alarma en el expreso, pero también, de otro modo, en Extraños en un tren, y en otras como Marnie, Cortina rasgada, El hombre que sabía demasiado, etc. Con suma habilidad, el protagonista logra escapar de la persecución, y hay efectos muy curiosos cuando han de atravesar el vagón donde viajan unos perros que ladran y amenazan con insólita fiereza. Por otro lado, no es infrecuente que el protagonista acabe metiéndose, sabiéndolo o sin saberlo, en la guarida de los «malos», aunque los recursos del canadiense son en todo momento espectaculares. El gran contraste entre el ciudadano conocido y respetado en su localidad y la advertencia de la espía antes de morir: «desconfíe de cualquier hombre al que le falte la falangeta del dedo meñique» se dan cita al hallarse el protagonista ante él, lo que llevará a que la policía local no crea ni una palabra del relato «fantástico» que involucra al respetado ciudadano local.

 Las secuencias más famosas de la película son justamente las del refugio de los esposados (y no ante el altar o la autoridad civil) en un pequeño hotel  en medio del nublado paisaje escocés, regentado por una pareja que colaborará, ingenuamente, con el misterio de los recién casados. A partir de ella se desencadena un desenlace que nos llevará de nuevo a otro espectáculo de Music Hall, pero eso ya han de ser los espectadores los que lo disfruten sin la enojosa guía de este crítico. Repárese en que a película dura 86 minutos, lo cual significa que en ningún momento hay escenas «de relleno» ni digresiones que se aparten del estricto seguimiento de la trama. El primer sitio donde el protagonista se hospeda le sirve al director para mostrar, en muy pocas secuencias, toda una historia de malos tratos matrimoniales que funciona como un breve corto, dado todo lo que implica y no puede ser desarrollado, porque se trata de una escena funcional al servicio de la trama.

Cualquiera disfrutará con esta película, pero me dirijo a los más jóvenes para que recuperen ese «otro cine» al que acaso se acercan mucho menos de lo que su calidad exige.

Para Alarma en el expreso no voy a repetir lo que ya critiqué en su día y que me sigue pareciendo válido, por eso remito a los futuros espectadores a la crítica que escribí en su momento:    

https://elojocosmologicodejuanpoz.blogspot.com/2017/12/un-hitchcock-descomedido-comediante.html  

En todo caso, quisiera reforzar la idea del mecanismo de relojería que constituye el desarrollo de la trama, y recordar a los espectadores que no pierdan de vista la prodigiosa fabricación de dos personajes que, por sí mismos, deberían de haber sido protagonistas de una trama. Me refiero a los dos aficionados al críquet que viajan de vuelta a Londres para asistir a una final muy deseada. Ambos actúan en pareja e incluso, porque el tren ha de hacer noche inesperada en una pequeña localidad, duermen en pareja en la única habitación disponible del único hotel de la estación. Otros pasajeros, cuando lleguen los momentos de tensión, se comportarán de forma muy diferente de como podría esperarse de ellos, y ahí el ojo sociológico de Sir Alfred se muestra tan lúcido como siempre. Las actuaciones de Michael Redgrave y de Margaret Lockwood son realmente de las que te atrapan desde el comienzo, porque la negada desaparición de la acompañante de la protagonista amenaza con volver realmente loca a la protagonista, hasta que ve la prueba de que no ha inventado su existencia, algo de lo que el resto de la tripulación del tren pretende convencerla y que mantiene en la duda a su acompañante, un apuesto y divertido Michael Redgrave, en papel de musico que recoge el folclore centroeurpeo en riesgo de extinción. Ella, por su parte, va a Londres para casarse con su prometido, que la espera en la estación. El predesenlace es divertidísimo, y el desenlace, de cajón. ¡Un disfrute permanente!                               

lunes, 2 de marzo de 2026

«Los domingos», de Alauda Ruiz de Azúa, la provocación de la fe.

Un retrato de la vocación religiosa y de cierta  intolerancia social progresista. 

 

Título original: Los domingos

Año: 2025

Duración: 110 min.

País: España

Dirección: Alauda Ruiz de Azúa

Guion: Alauda Ruiz de Azúa

Reparto: Blanca Soroa; Patricia López Arnaiz; Miguel Garcés; Juan Minujín; Nagore Aranburu; Mabel Rivera; Lier Alava; Itziar Aizpuru; Noe Chiroque; Bego Arístegui.

Música: David Cerrejón

Fotografía: Bet Rourich.

 

          Como creyente adolescente, excreyente y actual agnóstico impregnado de una saludable tolerancia hacia las formas espirituales de la vida privada de cada cual —en el marco, siempre, de una sociedad democrática en la que las creencias religiosas forman parte estricta del ámbito privado, no institucional—  el visionado de Los domingos, aun a pesar de su esquematismo y su relativo corto vuelo, si se compara con obras como la magnífica Historia de una monja de Fred Zinnemann o Los ángeles del pecado, de Robert Bresson, me ha parecido una película «valiente» y comprometida con una realidad actualmente residual en España, donde se cierran conventos como desaparece la industria o las centrales nucleares, y en la que las monjas sudamericanas o africanas han venido a impulsar lo que queda de lo que fue una auténtica «industria nacional» desde la Edad Media. Dada la historia de la Iglesia como institución en nuestro país, cuesta mucho no albergar los recelos que exhibe la tía de la protagonista ante lo que le parece un «secuestro» en toda regla. Pensemos que Electra de Galdós, en la que se produce una situación paralela, mutatis mutandis, a la de esta película, provoca una ola de anticlericalismo que debió de influir lo suyo en la conciencia anticlerical popular que siempre ha existido en nuestro país, a pesar de la dominación eclesiástica que hemos sufrido.

No parece importarle lo más mínimo a la tía de la protagonista que la decisión de su sobrina sea una decisión «libre», aunque la protagonista frise la mayoría de edad, y por ello desplegará una batería de estrategias, a cual más insensata, para lograr el objetivo de que su sobrina no sea «abducida» por «el mal», que, en esta película, adquiere el terrorífico rostro sonriente de la superiora del convento o el protector y paternalista del joven sacerdote que viene a representar la modernidad vital de una opción vital como el sacerdocio o la vida conventual.

          No puedo dar un paso crítico más sin destacar como se merece la extraordinaria actuación de la protagonista de la película, Blanca Soroa, quien tiene un rostro cinematográfico absolutamente idóneo para representar lo que significa la interiorización de una fe religiosa capaz de llenar de sentimientos y hermosura la vida de una persona, de «transfigurarla», propiamente. Se trata de una joven huérfana de madre que ha ido elaborando dentro de ella el nido hermoso del acogimiento al huésped divino que se ha apoderado de su alma y la ha bendecido con la alegría de la fe, con el don de las lágrimas y con la serenidad humilde de quien se considera sierva y espera que el amor a Jesucristo la alce sobre la tierra para desposarse espiritualmente con él. La película no aborda el tema del misticismo, que tantas páginas gloriosas ha dado a nuestra literatura en lengua castellana, y, en consecuencia, no hay aquí ni rastro de levitaciones, vuelos místicos y ardoroso menosprecio del cuerpo para poder llegar, sublimada, a Dios.

          Lo que nos plantea la historia es la irrupción de lo que en cualquier familia no especialmente religiosa se vería como un desafío, un reto a la mentalidad que se aferra a la vida material y a los proyectos de vida que tienen que ver con el estudio, el trabajo, el matrimonio, el éxito individual, la felicidad no dependiente de creencias espirituales, etc. En 2026, ¿qué hay más «rebelde» que apartarse de los caminos trillados de la satisfacción hedonista para dedicar la vida a un dios, a una religión? Si con absoluto respeto podemos hablar de la España de los templos vacíos, porque los feligreses han disminuido tremendamente, en comparación con muy viejos tiempos, ¿cómo no va a ser un desafío, un reto, declarar paladinamente la vocación monjil como proyecto de vida, «misiones» incluidas, porque la palabra despierta en la joven postulante el brillo de la heroicidad y quién sabe si la extraña sed del martirio?

 La película nace, pues, de una hipótesis de trabajo: ¿y si...?, y la explora con tino, enfrentando dos posiciones de forma muy marcada: la tolerancia y comprensión del padre, a quien no le molesta la «salida» de la hija de casa,  y la intolerancia agresiva de su hermana, la tía de la protagonista y madre imposible de ella, porque su activismo intransigente, aquejado de una terrible intolerancia hacia las creencias ajenas, pretende asumir un papel casi materno, algo que choca con una visión realista de su papel en la hipótesis y los límites de su actuación. De ahí el merecido «rezaré por ti», que es al tiempo caridad y venganza, tras saber que la tía mintió deliberadamente sobre las inexistentes relaciones sexuales de la sobrina con un compañero de coro, para provocar que la rechazaran en el convento, relaciones que todos en la familia dan por supuestas.

          La historia de las rencillas entre hermanos es un capitulo aparte, y se encuadran, tras la ausencia de la madre de ambos en ese terreno que forma parte del terreno novelístico desde siempre, pero que se intensificó en el xix: las herencias. Nadie como Galdos supo reflejarlo en una novela inmortal La desheredada, de obligada lectura. Se entiende la rabia que consume a la hermana, preterida por la predilección de la madre por su hermano, y que exija el documento notarial que firma, pero me da la impresión de que todo ese embrollo hereditario hubiera requerido algo más de espacio en la película, por lo que de muy común tiene, socialmente.

          Ya dije, desde el principio, que las dos referencias, la de Bresson y la de Zinnemann, empequeñecen algo Los domingos, acaso porque aquí vemos la llamada de la vocación en una adolescente y en las otras se trata de mujeres adultas. En cualquier caso, lo difícil, resuelto a la perfección en la película, era lograr una expresión real de ese sentirse escogida por el Dios cristiano para dedicarle una vida de adoración y servicio, pero ese es el reto que la joven actriz ha sabido superar con creces. La máxima humildad con la celestial soberbia de saberse «elegida» y superior a las flaquezas humanas que aquejan a los pobres mortales. Quien se humilla absolutamente ante Dios, experimenta una superioridad espiritual descomunal ante quienes son incapaces de ni siquiera entender el proceso amoroso que vive la protagonista. Acaso por ello la película adquiere un tono discreto en su desarrollo, una realización muy apegada a la cotidianeidad, si bien todo fluye con la naturalidad propia de la juventud que comienza a sentir los escarceos de la pasión erótica y el sentimiento amoroso, además del compañerismo. No hay nada «especial» que justifique la vocación, ninguna señal «divina» que induzca a la joven al compromiso. Sabemos que ha conversado largamente con la priora de la orden y con el consejero espiritual —esa figura que también tuvimos en nuestra familia, y a quien recuerdo, cuando era niño, como una suerte de consultor que ayudaba en los momentos de las decisiones difíciles o trascendentales—, pero la protagonista solo habla del placer de estar en la mejor de las compañías y, sobre todo, donde más cerca puede estar del Dios al que ama «sobre todas las cosas».

          ¿Se trata de una alienación? ¿Se somete voluntariamente a una abducción en la que consiente? ¿Es una ignorante que desconoce la historia general y la historia de las religiones en particular? ¿Es una adolescente empeñada en nadar contra corriente para singularizarse? Cualesquiera hipótesis son perfectamente admisibles, pero, al menos en la película, al margen de la ambigua posición de la directora, solo parecen caber dos posiciones: la tolerancia interesada del padre hacia un camino escogido individualmente, aun estando la joven en proceso de formación, y la oposición desesperada de la tía, que contempla el ingreso en el convento como una castración psicológica y física de una joven que no merece tal destino. Si la película, con su hipótesis de partida, pretendía llegar a un final polémico, que despertara una seria reflexión sobre el caso, algo así como un «¿qué haría Vd. en el lugar del padre de ella?», lo han conseguido plenamente.

          Se la pondrá en relación con Camino, de Javier Fesser, pero esta era una película de denuncia de las técnicas de sumisión practicada por una sociedad parasecreta católica, consentida por el papado y que hizo de España, donde nació,  su tierra de promisión. Y la verdad es que recordando ahora aquellas charlas televisivas del fundador del Opus Dei, Escrivá de Balaguer, nada me viene más a la mente que el carácter populista y demagógico de las nuevas fuerzas políticas de pseudoizquierda, la verdad, ¡los esotéricos círculos de Podemos entre ellas!

domingo, 1 de marzo de 2026

«Los tigres», de Alberto Rodríguez o las elipsis.

Una historia atractiva lastrada por un exceso de silencios narrativos.

 

Título original: Los Tigres

Año: 2025

Duración: 109 min.

País: España

Dirección: Alberto Rodríguez

Guion: Rafael Cobos, Alberto Rodríguez

Reparto: Antonio de la Torre; Bárbara Lennie; Joaquín Núñez; Silvia Acosta; Skone; César Vicente; Ricardo Rocca; Úrsula Díaz Manzano; Carlos Bernardino.

Música: Julio de la Rosa

Fotografía: Pau Esteve Birba.

 

          Lo primero que choca en la película es una realidad tan contundente como inexplicable y que, por supuesto, el guion no aclara en ningún momento: que un buzo experimentado, un maestro del oficio, que ha trabajado en el extranjero y que tiene, por lo tanto, un sólido crédito profesional, esté poco menos que en la ruina y que ni siquiera pueda pasar la pensión de alimentos para los hijos a la que, supuestamente, le habrá condenado una sentencia de divorcio. Empezamos a ver la película, pues, y nos chocamos con una opacidad sobre el personaje que nada tiene que envidiarle a la del (des)gobierno del actual presidente plurinacional. Bueno, se dice el espectador, comenzar in medias res es una técnica narrativa como cualquier otra, pero nuestro buzo padece un desasosiego mayúsculo que bien puede estar relacionado, creo yo, con la mala condición física que puede llevarlo incluso a tener que dejar la profesión, dado el serio peligro de sumergirse y no poder volver a subir; pero ese desasosiego tiene que ver, además, con algo de su pasado, y no da la impresión de que el fracaso matrimonial ―¡del que no se nos cuenta lo más mínimo!― o la rivalidad con la hermana, con quien convive —aunque tampoco se recree mucho la historia en las formas de esa convivencia y en los roces inevitables de la fraternidad—, sean la única explicación de ese estado que lo arrastra por la película como un ser al borde del doble colapso, el físico y el moral.

          La película tiene un excelente arranque, y el uso de la camioneta pickup, al estilo de la tan vista en las películas, la Ford F-150, y las vistas panorámicas por donde circula para llegar a la barcaza donde trabajan ambos hermanos, nos sitúa enseguida en ese tipo de cintas, muy habituales en el cine usamericano,  en las que el espectador penetra en una profesión poco conocida y va a entrar en contacto con una realidad de la que va a conocer los pormenores, los códigos internos, la esencia y, sobre todo, como es el caso en esta, los peligros. A su manera, podríamos comparar la profesión de buzo con la de trabajador en una plataforma petrolífera en alta mar o con la de los clásicos mineros o los artificieros de la policía: en las tres existe un muy serio riesgo de perder la vida, y eso es lo que va a convertirse en el motivo dinámico de la narración, sobre todo cuando el examen médico aconseja «retirarse», antes de exponerse a lo peor e irremediable. Esa enfermedad «obliga» a la hermana a posponer su «huida» en un trabajo en el norte, en un centro oceanográfico, para asegurarse de que su hermano, con quien mantiene una nítida rivalidad desde que, de pequeños, el padre, también buceador, retó a ambos a coger el reloj del fondo del mar, cerca de la costa, y el hermano venció, no de muy buenas maneras; mientras el hermano, decía, no se atreva a lo que no puede, ni debe.

          Las imágenes del desempeño profesional, reparando los cascos de grandes naves de transporte, son lo mejor de la película, porque la pequeñez de los buzos junto a las auténticas ciudades flotantes que son esos inmensos barcos de transporte consigue un efecto espacial muy parecido, ya es casualidad, al de los astronautas que salen de la nave para reparar algo del exterior y nos permite contemplar el planeta azul con una sensación de vértigo y temor que se reproduce en las inmersiones del protagonista. Hay algo de danza acuática a cámara lenta en esos paseos por el vientre inmenso del animal mecánico donde, puro azar u onírica tentación, el protagonista descubre lo que parece un alijo de drogas y la posibilidad de pellizcarlo o robarlo todo para, como se dice coloquialmente, «salir de pobre» y poderse «retirar».

          Desde ese momento, la película se convierte en lo más parecido a un thriller, porque se supone que si hay algo peligroso en esta vida, ello es robarle a un ladrón experimentado y peligroso. La operación saqueo, en consecuencia, se convierte en el motivo dinámico alrededor del cual gira la vida de los personajes, quienes se percatan de que hacerse con la droga es infinitamente más fácil, a pesar de los riesgos que corren bajo el agua, dadas las pésimas condiciones del protagonista, que mercadear con ella, porque, dada su ignorancia de esos circuitos, están expuestos a lo peor, a las bandas organizadas que no van a permitir la «competencia desleal», por así decir. En ese momento es cuando se dan cuenta de que tan o más peligrosa que la vida submarina es la vida terrenal.

          Insisto, la factura técnica de la película es exquisita, las interpretaciones, muy buenas, incluso la de Bárbara Lennie que está maravillosamente contenida. Con todo, y a pesar de que Antonio de la Torre es un auténtico monstruo de la interpretación, quien les birla el protagonismo a ambos es Joaquín Nuñez, que compone un patrón de la embarcación especializada en obras de buceo tan real como la vida misma, en su doble faz de colega coñón y patrón desalmado, dominador de dos registros tan antagónicos como en su trabajo, complementarios. La replica que les da a los protagonistas, ya digo, sube muchos enteros la película.

          A pesar del elemento de intriga que aparece en la historia, y de las apariciones recurrentes de la madre de sus hijos, con quien mantiene una tensión que hace daño emocional,  película discurre un poco sin auténtica chicha narrativa que llevarse a la boca, porque la tormenta que parece gestarse a partir de la relación de los hermanos nunca acaba de estallar, lo que produce un anticlímax que desinfla mucho a los espectadores. Me parece una oportunidad perdida para redondear una película que hubiera podido estar a la altura de Isla Mínima, pero se necesitaba más historia bien guionizada. Bueno, a ver si esta me anima a tropezarme con Grupo 7, porque quiero disfrutar del trabajo de Joaquín Núñez, a quien, al parecer, le dieron el Goya al actor revelación por ella. A quienes, como le pasaba a Cervantes, leemos hasta los papeles que encontramos por la calle, es decir, vemos las películas, de rebote, por terceros o por algún queo..., ninguna película —aunque hay excepciones clamorosas, y todos tenemos nuestra lista...— nos deja completamente insatisfechos.