martes, 7 de abril de 2026

«La gracia», de Paolo Sorrentino, o la insoportable gravedad del ser.

 

Un retrato político y humano, demasiado humano, gaudeamus igitur!

 

Título original: La Grazia

Año: 2025

Duración: 133 min.

País: Italia

Dirección: Paolo Sorrentino

Guion: Paolo Sorrentino

Reparto: Toni Servillo; Anna Ferzetti; Orlando Cinque; Massimo Venturiello; Milvia Marigliano; Giuseppe Gaiani; Giovanna Guida; Linda Messerklinger; Vassco Mirandola; Alessia Giuliani; Roberto Zibetti; Rufin Doh; Simone Colombari; Alexandra Gottschlich; Lucio Zagaria; Francesco Martino.

Fotografía: Daria D'Antonio.

 

          Sorrentino se adentró ya en el fértil terreno de la conciencia de un político democratacristiano en su película Il Divo, dedicada a una personalidad tan inquietante y fundamental en la política italiana del siglo XX como Giulio Andreotti, e incluso se atrevió a meterse en la piel de un precedente de Trump, Silvio Berlusconi. En ambos casos, al que ahora se suma la figura del presidente de la República de La Grazia, interpretados por el mismo actor: Toni Servillo, a quien todos los cinéfilos han admirado en el papel de Jep Gambardella de La gran belleza, una de las cimas de la carrera cinematográfica del director napolitano.

          El cine político italiano tiene una sólida tradición, de la que, a mi juicio, carecemos aquí en España. Prueba de ella es la aparente «facilidad» con que aceptamos la existencia de ese Presidente de la República cuyos últimos meses en el cargo son el motivo de esta película. El retrato de un eminente jurista, un hombre «académico», un juez, cuya condición de tal, según su hija, secretaria ―y «perra guardiana» de su salud―, «no se pierde nunca», se va a ser sometida a prueba por tres decisiones que pueden «marcar» su mandato: dos indultos comprometidos y la aceptación de la muy controvertida socialmente ley de eutanasia. La minuciosa descripción de la vida presidencial en el Quirinale acaso pudiera dar la impresión de que el director nos iba a sumergir en le siempre un punto diabólica política italiana, pero, a diferencia de Il Divo, en la presente Sorrentino ha optado por darnos eso que llaman los prensistas del corazón «el lado humano del personaje», aunque siempre está presente, como un soterrado motivo recurrente, la decisión de firmar o no la ley de eutanasia.  

          En el retrato de De Santis, incluida su amistad con el primer Papa negro (con coleta rastafari, por cierto), domina sobre todo, en esos momentos del atardecer en que sube a lo más alto del palacio para fumar a escondidas de su hija y con la masculina complicidad de su ayudante, ante un espectacular atardecer romano, el recuerdo punzante de su esposa muerta, a quien amaba sobre todas las cosas. De ella apenas sabemos nada, excepto el doloroso recuerdo que tiene De Santis de que su esposa lo engañó una vez, y él no desea otra cosa en esta vida que saber con quién lo hizo, una fijación con la que asedia a Coco, una galerista amiga del matrimonio,  que viene a significar en el Quirinale lo mismo que el vestido rojo de la segunda mujer del padre en Hannah y sus hermanas, de Woody Allen, a juzgar por sus modales libérrimos y ausencia de pamplinas que se gasta con el viejo amigo, circunstancialmente Presidente de la República. Que el propio De Santis sea un amante del rap, una extravagancia que se suma a la del Papa conductor de motocicletas, pretende aliviar por el lado cómico la responsabilidad de un Presidente que se debate entre firmar o no una ley que parece atentar contra el dominante sentimiento católico de la sociedad italiana. Con todo, a lo largo de sus relaciones con unos y otros, protocolarias o deseadas, como la espera en la sala común de la cárcel para hablar con la persona a quien habría de concederle el indulto, que es sobrina, además, de un conocido político que aspira a sucederle en el cargo, tienen numerosas escenas de profunda comicidad que equilibran la balanza del retrato entre la duda moral y las «exigencias» del cargo, como la espectacular escena en la comida fraternal de los vigilantes alpinos a cuya celebración se suma y en la que acaba teniendo un protagonismo insólito. De todos esos registros de su personalidad y del ejercicio de su cargo queda en la conciencia del espectador la necesidad de que un cargo representativo tan alto tenga ciertos nexos que lo «aten» a una sociedad de la que es símbolo.

          Como el retrato de Sorrentino es el de un hombre no solo en las postrimerías de su mandato, sino también en las de la propia vida, ¡qué congruente es con él la constante melancolía que atraviesa la película como un basso continuo!, incluso después de dejar la alta magistratura y reincorporarse, con profundo dolor al piso que compartió con su mujer, de quien aún guarda su fondo de armario intacto, que él recorre con la emoción de sentir viva, lúcida y carnal a quien daba sentido a esos diseños. Es en ese momento, alejado del Poder, y en contacto con los vestidos que su mujer animó cuando se da cuenta de que, acaso, de todas las vidas posibles que se le abren a alguien cuando ha de tomar decisiones que condicionaran su vida, él duda de si escogió la mejor. Ser una autoridad académica, y política en su vejez no parece que pueda compensar la vitalidad perdida, el exceso de gravedad añadida a su destino jurídico, a su labor judicial o a su cargo político como un peso del que no ha sabido librarse. Durante toda la película he pensado que su título hubiera debido ser La insoportable gravedad del ser, porque, además del recuerdo de su esposa muerta y del agravio de la infidelidad sufrida cuarenta años antes, De Santis es un hombre que no ha sabido vivir, o al menos como a él, en sus postrimerías, le da por pensar que hubiera querido vivir, y  lo cifra en algo que es muy gráfico, aunque a otros pueda parecerles banal: en medio de la explosión cromática de los trajes de su querida mujer, mientras mantiene una conversación confidencial con la directora de una revista de moda, lamenta no haber sido un hombre capaz de vestirse con una chaqueta rojo pompeyano y unos pantalones de lino blanco ―que es recuerdo explicito de uno de los modelos que luce Jep Gambardella en La gran belleza―, en vez del gris marengo perpetuo con el que asocia su vida monocroma. Es en ese momento cuando finalmente conocemos algo de su mujer y lo mucho que compartía con Coco, la amiga entrañable de ambos.

          Aunque no es el objetivo de la película recrearse en la maquinaria estatal de la Presidencia de la República, con todos los actos a que el elegido está obligado, Sorrentino ha dibujado con varias pinceladas maestras las servidumbres del cargo, y la presencia de la hija, aun a pesar de su cargo de Secretaria, humaniza el espacio, pero sin llegar, como es lógico, a convertir el Quirinale en un «hogar». La fría distancia entre ambos, juristas los dos, es otro síntoma inequívoco que define la vida «grave» que escogió De Santis y que supo soportar hasta que la muerte de su mujer lo dejó solo frente al exceso de sentido y de responsabilidad, más que a la ausencia de él. El fin de su mandato es, en cierto modo, un momento de transición vital, y de ahí la tensión que subyace en toda la película y su implicación en las historias humanas sobre las que ha de emitir, acaso, su última sentencia pública.

          El don de Sorrentino para la puesta en escena no necesita ser encomiado, porque la selección de exteriores e interiores consigue lo que en su cine es habitual: la presencia constante de la belleza, sin necesidad de buscar ángulos inéditos para la cámara o planos que funcionen autónomamente en la película, desgajados del guion, a modo de estampitas esteticistas que buscan la complicidad de los exquisitos. A lo mejor por eso es por lo que dice Sorrentino que está deseando acabar los rodajes para irse a casa a ver los partidos de fútbol, que le apasionan...

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