martes, 1 de septiembre de 2026

«Antidisturbios», de Rodrigo Sorogoyen, o el homenaje a la «tensión narrativa».

Un retrato nada amable del cuerpo policial en su faceta más compleja: la de ejecutores de la violencia legal.

 

Título original: Antidisturbios

Año: 2020

Duración: 300 min. (6 episodios)

País:  España

Dirección

Rodrigo Sorogoyen (Creador), Isabel Peña (Creadora), Rodrigo Sorogoyen, Borja Soler

Guion: Isabel Peña, Rodrigo Sorogoyen, Eduardo Villanueva

Reparto: Victoria Luengo; Raúl Arévalo; Hovik Keuchkerian; Álex García; Roberto Álamo; Raúl Prieto;

Patrick Criado; Tomás del Estal; David Lorente; Mónica López; Javier Lago; Alfonso Bassave; Paco Revilla; Nacho Fresneda; Nico Romero; Iria del Río; Marta Poveda; Carlos Blanco; /Chema Tena; Mona Martínez; Malcolm Sitté; Thimbo Samb; David Luque; Benjamin Lockie: Julien Paschal; Amada Santos; Pilar Serrano; Yan Tual; Blanca Apilánez; Marta de Toro; María Romanillos.

Música: Olivier Arson

Fotografía: Álex de Pablo, Diego Cabezas.

 

          Debíamos ser, mi Conjunta y yo, de los pocos aficionados al cine y a las series televisivas que aún no habíamos visto esta famosa serie de Rodrigo Sorogoyen, acaso porque la posterior a esta, Los años nuevos, nos tiró para atrás a las famosas primeras de cambio. Pues nada, como anticipo a su última película, El ser querido, hemos visto la serie, cuya protagonista es la misma que la de la película, Victoria Luengo. He de reconocer que el prólogo de la serie con la tensión entre padre e hija a propósito de si el padre ha hecho trampas o no en la partida familiar de Trivial, una disputa en la que se aprecian viejas heridas no cicatrizadas, la frontera entre sanidad y locura no acaban de estar muy claras. Después veremos que también hay otras fronteras a las que les sucede lo mismo, pero eso tiene que ver con el desarrollo de la acción, en la que la protagonista acapara la atención de los espectadores, dado que es a través de ella que seguimos el hilo de lo que se nos narra: un caso de corrupción político-judicial-policial que se descubre a partir del fallecimiento de un inmigrante en una acción de desalojo de una vivienda, dictada por el juez; acción para la que solo se cuenta con los componentes del furgón policial, a quienes se le obliga a ejecutar el desahucio, a pesar de estar en clara inferioridad numérica, con el peligro correspondiente de que la tensión se dispare y acabe ocurriendo algo fatal, que es lo que sucede.

          La técnica de rodaje, con la cama a escasos centímetros de los personajes, genera una incomodidad en el espectador que, más que aumentar la tensión narrativa, incrementa el desasosiego con que asiste a unas imágenes violentas que lindan con un naturalismo agresivo que no deja escapatoria al espectador, involucrándolo en la acción y sin, propiamente, dejarle distancia para que escoja de parte de quién se pone.

          En cuanto ocurre la desgracia, entra en escena la brigada de asuntos internos, y ahí es donde emerge el papel destacadísimo de la inspectora que conduce los interrogatorios a los seis policías a quienes se acusa de «homicidio involuntario», razón por la cual abren un procedimiento disciplinario que se salda con la expulsión de quien no resistió los ataques de los miembros de la plataforma antidesahucios, y multas de empleo y sueldo para los restantes miembros del furgón que actúo en el desalojo.

          La serie se articula en torno a las biografías de los personajes que intervienen en el desahucio, más la inspectora de asuntos internos, su jefe y algunos otros que trabajan, en la sombra, para desarticular la red de corrupción que se extiende desde la policía hasta los jueces, pasando por los políticos, una red dedicada a vaciar edificios para convertirlos en lucrativos apartamentos turísticos, un auténtico mal de nuestro tiempo. Esas dos tramas cruzadas ocuparán el espacio narrativo de la serie, pero ni de lejos es lo más importante de esta, porque, más allá de ciertas técnicas de investigación y la presencia ominosa de un personaje que recuerda incluso físicamente al excomisario Villarejo, es la vida de los miembros de la patrulla antidisturbios lo que la serie sigue muy de cerca, y desde esa perspectiva las cosas cambian de color, porque el retrato de los policías de a pie que hacen el trabajo sucio de las autoridades y los jueces es, literalmente, inmisericorde: entre la psicopatía, las drogadicciones, el machismo, la violencia incontenible, los fracasos familiares y un lamentable etcétera, nada parece quedar a salvo en ese grupo de defensores del orden establecido a los que se los somete a situaciones no solo «embarazosas», sino, a veces, «casi suicidas».

          Ignoro qué opinión tendrán en el cuerpo policial sobre esta serie, pero, al margen de rodar con un verismo escalofriante las distintas situaciones de represión policial que han de acometer, no creo que el retrato lamentable que se hace de cada uno de ellos individualmente haya agradado mucho a quienes se juegan la integridad física día sí y al otro también. Desde Barcelona, donde estuvimos en un tris de ser superados por la histeria violenta nacionalista, que agredió descomunalmente a las fuerzas del orden, a quienes, literalmente, se les prohibió «defenderse» con los medios a su disposición , y aun se persiguió judicialmente a algunos de sus miembros por cumplir con su obligación —recordemos que el contexto era el de un golpe de estado para separar por la fuerza una autonomía del resto de España—, conocemos perfectamente los «destrozos físicos» de muchos miembros de esas fuerzas de seguridad. Algo parecido a lo que sucede ahora mismo en Ceuta, donde, tras haber declarado el asalto a la frontera como una invasión hostil, el desgobierno socialista, íntimo amigo del sátrapa marroquí, ha declinado hacer uso de la fuerza para rechazar sin contemplaciones esa invasión y devolver al otro lado de la frontera a todos los invasores, sin distinción ninguna. ¡No quiero ni imaginar el papelón que les tocaría a los antidisturbios en esa repatriación que se estima de todo punto de vista absolutamente necesaria, para hacer respetar las fronteras del Reino de España!

          Dije al principio que la «tensión» era uno de los principales valores de la serie, porque, en el fondo, toda la trama está construida en torno a ella; una tensión que no solo afecta a los ejes básicos de la trama de corrupción, sino, fundamentalmente, a la que se desata en el interior de la patrulla, entre unos y otros, quienes, al margen de la lealtad suprema a los compañeros de armas, no esconden ciertas rivalidades, animadversiones y suspicacias entre ellos. No es que funcionen como una mafia —aunque ese es un insulto que a menudo suele dirigírseles: «mafia policial»—, sino que los guionistas han escogido psicologías extremas para salpimentar unas relaciones profesionales sujetas a un estrés más que considerable, y con el que poca gente puede lidiar sin salir dañada y necesitada de reparación psicológica.

          Los valores de la serie son evidentes, como serie de «acción» que es, y en su realismo extremo tienen los seguidores de este tipo de películas o series un gran atractivo. Las torcidas psicologías de los patrulleros son el complemento ideal, y ahí ha de valorarse el esfuerzo de guion por tratar de construir personajes complejos, algo difícil cuando casi todos ellos se nos aparecen planos, muy planos, cada cual con su manía  su obsesión o sus dificultades. ¿Cómo se compensan esas carencias? Gracias a las magistrales interpretaciones de todos ellos, la inspectora de asuntos internos incluida. Ha de reconocerse que todos están muy metidos en su papel y que la animación de esas teratologías andantes consigue interesarnos en ellas y desear seguir viendo una trama que flojea lo suyo hacia el final, pero ya se sabe que la realidad tiene un lado oscuro e incontrolable que vivimos en forma de asalto impune a la oficina donde trabaja en el caso de corrupción la inspectora, quien se verá obligada a lo que los espectadores ya saben, porque tengo la impresión de que se trata de una serie muy vista. De hecho, fue la más vista de Movistar (productora) y el nivel de fidelidad de la audiencia alcanzó el 90%.. Sorogoyen ya se adentró en la corrupción política con El reino, una película en la que la calculada ambigüedad lastraba en exceso la historia, pero nos enfrentaba a una realidad que aquí se trata con mayor precisión y con un insobornable realismo que afecta a casi todas las escenas sociales de la película, particularmente fiel en la reproducción de la visita a España de una peligrosa hinchada futbolística, de la que tenemos desgraciados recuerdos aquí en España, y en medio mundo.

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