lunes, 16 de febrero de 2026

«La cena», de Manuel Gómez Pereira o el humor rancio.

 

Un guion disparatado para una farsa sin gracia ni mordiente, y llena de estereotipos.

 

Título original: La cena

Año: 2025

Duración: 106 min.

País:  España

Dirección: Manuel Gómez Pereira

Guion: Joaquín Oristrell, Yolanda García Serrano, Manuel Gómez Pereira. Obra: José Luis Alonso de Santos

Reparto: Mario Casas; Alberto San Juan; Asier Etxeandia; Nora Hernández; Elvira Mínguez; Óscar Lasarte; Martín Páez; Toni Agustí; Ferran Gadea; Eleazar Ortiz; Xavi Francés; Carlos Serrano; Carmen Balagué; Eva Ugarte; Gloria March; Antonio Resines; Sergio Caballero; Laura Botta; Eva Serrano; Isabel Latorre; David Díaz; Sofía Kofoed; Abdel Senouci.

Música: Anne-Sophie Versnaeyen

Fotografía: Aitor Mantxola.

 

          El Todovalismo como ideología dominante ha impuesto la moda de reírse de todo para, con la ausencia de raseros,  no poder, a la postre, reírnos de nada. Lamento mucho que una impecable actuación de Alberto San Juan quede totalmente deslucida por una obra que no la acompaña ni la potencia ni se pone a su servicio; antes al contrario, hay demasiados fallos de guion, de puesta en escena, de interpretación y, fundamentalmente, de sentido de la oportunidad y del ritmo, propios de la auténtica comedia, para considerar un resultado tan flojo, rancio y algo casposo como una gran comedia. Digamos que la película se ha contagiado de la puesta en escena acartonada y que todo transcurre como en un quiero y no puedo que se extiende, lamentablemente, desde la puesta en escena propia de los dramáticos de La 1, tipo La promesa o Salón de té La Moderna, pero con menos medios, hasta una interpretación carente de gracia alguna por algo tan sencillo como no haber entendido lo que es una comedia coral ni la necesidad imperiosa de un dibujo individual de los personajes que solo se cumple en el caso del personaje de Alberto San Juan, aunque tampoco él está exento de algo tan propio de las malas películas históricas: que incluyen un conocimiento definitivo del porvenir, de lo no sucedido, para justificar las decisiones de los personajes.

          La ausencia de retratos verosímiles, creíbles y con vida propia de los personajes redunda en la facilidad con que estos caen en los estereotipos y, por consiguiente, en los chistes fáciles, las salidas manidas y unas actuaciones que no emergen de un personaje con personalidad, sino de una careta tópica que se reduce a lo demasiado previsible. La acción transcurre un poco sin orden ni concierto ni planificación, porque las microtramas que hay no redundan en modo alguno en la intuición de que la idea original bastaba por sí misma para mantener la atención y el interés de los espectadores, simplemente porque, en el año dedicado por el gobierno de coalición, que abarca desde la extrema izquierda hasta la extrema derecha, a execrar la memoria de Franco, este iba a aparecer en una cena que, contra toda lógica, obliga a desmontar un hospital de campaña con quirófanos, ad maiorem ducis gloriam..., una imposición tan atrabiliaria que rompe, de partida, la verosimilitud mínima que exige cualquier ficción, y que sirve para escenificar un final de astracanada que está en justa consonancia con el resto del desarrollo de la trama, llena de tópicos ―¡ni el meado en la sopa nos perdonan, a los amantes de Lubitsch, Wilder, Berlanga, Ferreri, Allen, Chaplin o el mismísimo Buñuel...!― y falta de historia, porque la sucesión de escenas que se hilan con el pretexto de la cena para el Caudillo, no se atienen a un hilo narrativo que las justifique, por lo que, en el fondo, casi ninguna de ellas tiene suficiente sustantividad para, al menos, decir que se intentó pero que no se pudo.

          Franco ha aparecido en el cine y recuerdo dos películas de muy buena factura y mucho interés: Dragón Rapide, de Jaime Camino, con una actuación portentosa de Juan Diego, y la imaginativa Espérame en el cielo, de Antonio Mercero, por ejemplo. El Franco mofletón  y melifluo antes de tiempo de esta de la que hablamos no llega ni a la parodia, y la escena de la muerte del camarero accidentado en el banquete demuestra que el guion naufraga en la indefinición, como ocurre con la rápida eliminación de quien podría haber aportado tanto a la «función», Antonio Resines. Se ve que para el falangista de gatillo fácil, encarnación del fascismo duro, frente a la ingenuidad del franquismo casi naíf del personaje de Casas, que no sabe ni cómo enfocar un personaje anodino, a fuerza de no tener vida propia, sino de marioneta, los guionistas se han inspirado en el modelo creado por Bertolucci en Novecento, interpretado por Donald Sutherland, sin reparar en que de ninguna de las maneras casaba la irracionalidad asesina con una comedia de enredo: ese desnivel entre el realismo sórdido de la arbitrariedad del Poder y la situación más o menos amable de la idea del banquete obra muy en contra de la película. Pensemos en To be or not to be, de Lubitsch y en aquel personaje al que llaman «Campo de concentración Ehrhardt», interpretado por Sig Ruman, a quien Wilder rescata en Traidor en el infierno,  y entenderemos de qué estamos hablando.

          Así pues, ya se advierte que todo funciona en la historia un poco «a brochazos», de lo que sale un guion deslavazado con elipsis que, en vez de potenciar la trama, la entorpecen, porque lo de menos parece que sea la cena y los jugosos contratiempos que se hubieran podido producir en ese proceso. Lo importante es meter con calzador tres o cuatro frasecitas que buscan la complicidad del espectador actual, olvidando por completo la verdadera historia de lo que, acaso por pura inverosimilitud, no acaba de cuajar como historia creíble ni, por supuesto, factible. Y ahí está la pareja de la cantante de la orquesta y el padre de su futuro hijo «quedando» en Hendaya, como si no hubiera un mañana. ¡Con lo sencillo que hubiera sido que la película girara en torno a la huida de los cocineros y el maitre, teniendo la cena casi como un McGuffin de la trama! En fin, ya se advierte que a mí me hubiera gustado ver otra película, porque la que he visto no me parece, la verdad, que tenga la categoría que algunos quieren darle ni provoque las risas que yo no he tenido, a pesar de mi sana afición a la comedia. Hacer comparaciones será de mala educación, pero nuestra tradición de comedias es de tal envergadura que tratar de poner La cena a la altura de obras como Atraco a las 3, de José María Forqué,  El cochecito, de Marco Ferreri, Plácido, de Berlanga o, más recientemente, La familia perfecta, de Arantxa Echevarría o Competencia desleal, de Duprat y Cohn, pero rodada en España, no me parece de recibo. Me quedo, por lo tanto, con el buen recuerdo de una competentísima actuación de Alberto San Juan, pero el resto no creo que perdure en la memoria de los buenos aficionados, al cine en general y a la comedia en particular. El propio autor, Gómez Pereira tiene en su haber, algo lejano, obras de mucho mayor fuste que la presente: Boca a boca, Todos los hombres sois iguales y ¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?

No hay comentarios:

Publicar un comentario