Un guion
disparatado para una farsa sin gracia ni mordiente, y llena de estereotipos.
Título original: La cena
Año: 2025
Duración: 106 min.
País: España
Dirección: Manuel Gómez
Pereira
Guion: Joaquín Oristrell,
Yolanda García Serrano, Manuel Gómez Pereira. Obra: José Luis Alonso de Santos
Reparto: Mario Casas; Alberto
San Juan; Asier Etxeandia; Nora Hernández; Elvira Mínguez; Óscar Lasarte; Martín
Páez; Toni Agustí; Ferran Gadea; Eleazar Ortiz; Xavi Francés; Carlos Serrano; Carmen
Balagué; Eva Ugarte; Gloria March; Antonio Resines; Sergio Caballero; Laura
Botta; Eva Serrano; Isabel Latorre; David Díaz; Sofía Kofoed; Abdel Senouci.
Música: Anne-Sophie
Versnaeyen
Fotografía: Aitor Mantxola.
El
Todovalismo como ideología dominante ha impuesto la moda de reírse de
todo para, con la ausencia de raseros, no poder, a la postre, reírnos de nada.
Lamento mucho que una impecable actuación de Alberto San Juan quede totalmente deslucida
por una obra que no la acompaña ni la potencia ni se pone a su servicio; antes
al contrario, hay demasiados fallos de guion, de puesta en escena, de
interpretación y, fundamentalmente, de sentido de la oportunidad y del ritmo,
propios de la auténtica comedia, para considerar un resultado tan flojo, rancio
y algo casposo como una gran comedia. Digamos que la película se ha contagiado
de la puesta en escena acartonada y que todo transcurre como en un quiero y no
puedo que se extiende, lamentablemente, desde la puesta en escena propia de los
dramáticos de La 1, tipo La promesa o Salón de té La Moderna,
pero con menos medios, hasta una interpretación carente de gracia alguna por
algo tan sencillo como no haber entendido lo que es una comedia coral ni la
necesidad imperiosa de un dibujo individual de los personajes que solo se
cumple en el caso del personaje de Alberto San Juan, aunque tampoco él está
exento de algo tan propio de las malas películas históricas: que incluyen un
conocimiento definitivo del porvenir, de lo no sucedido, para justificar las
decisiones de los personajes.
La
ausencia de retratos verosímiles, creíbles y con vida propia de los personajes redunda
en la facilidad con que estos caen en los estereotipos y, por consiguiente, en
los chistes fáciles, las salidas manidas y unas actuaciones que no emergen de
un personaje con personalidad, sino de una careta tópica que se reduce a lo
demasiado previsible. La acción transcurre un poco sin orden ni concierto ni planificación,
porque las microtramas que hay no redundan en modo alguno en la intuición de
que la idea original bastaba por sí misma para mantener la atención y el
interés de los espectadores, simplemente porque, en el año dedicado por el
gobierno de coalición, que abarca desde la extrema izquierda hasta la extrema
derecha, a execrar la memoria de Franco, este iba a aparecer en una cena que,
contra toda lógica, obliga a desmontar un hospital de campaña con quirófanos, ad
maiorem ducis gloriam..., una imposición tan atrabiliaria que rompe, de
partida, la verosimilitud mínima que exige cualquier ficción, y que sirve para
escenificar un final de astracanada que está en justa consonancia con el resto
del desarrollo de la trama, llena de tópicos ―¡ni el meado en la sopa nos
perdonan, a los amantes de Lubitsch, Wilder, Berlanga, Ferreri, Allen, Chaplin
o el mismísimo Buñuel...!― y falta de historia, porque la sucesión de escenas
que se hilan con el pretexto de la cena para el Caudillo, no se atienen a un
hilo narrativo que las justifique, por lo que, en el fondo, casi ninguna de
ellas tiene suficiente sustantividad para, al menos, decir que se intentó pero
que no se pudo.
Franco
ha aparecido en el cine y recuerdo dos películas de muy buena factura y mucho
interés: Dragón Rapide, de Jaime Camino, con una actuación portentosa de
Juan Diego, y la imaginativa Espérame en el cielo, de Antonio Mercero, por
ejemplo. El Franco mofletón y melifluo
antes de tiempo de esta de la que hablamos no llega ni a la parodia, y la
escena de la muerte del camarero accidentado en el banquete demuestra que el
guion naufraga en la indefinición, como ocurre con la rápida eliminación de
quien podría haber aportado tanto a la «función», Antonio Resines. Se ve que
para el falangista de gatillo fácil, encarnación del fascismo duro, frente a la
ingenuidad del franquismo casi naíf del personaje de Casas, que no sabe ni cómo
enfocar un personaje anodino, a fuerza de no tener vida propia, sino de
marioneta, los guionistas se han inspirado en el modelo creado por Bertolucci
en Novecento, interpretado por Donald Sutherland, sin reparar en que de
ninguna de las maneras casaba la irracionalidad asesina con una comedia de
enredo: ese desnivel entre el realismo sórdido de la arbitrariedad del Poder y
la situación más o menos amable de la idea del banquete obra muy en contra de
la película. Pensemos en To be or not to be, de Lubitsch y en aquel
personaje al que llaman «Campo de concentración Ehrhardt», interpretado por Sig
Ruman, a quien Wilder rescata en Traidor en el infierno, y entenderemos de qué estamos hablando.
Así
pues, ya se advierte que todo funciona en la historia un poco «a brochazos», de
lo que sale un guion deslavazado con elipsis que, en vez de potenciar la trama,
la entorpecen, porque lo de menos parece que sea la cena y los jugosos
contratiempos que se hubieran podido producir en ese proceso. Lo importante es
meter con calzador tres o cuatro frasecitas que buscan la complicidad del
espectador actual, olvidando por completo la verdadera historia de lo que,
acaso por pura inverosimilitud, no acaba de cuajar como historia creíble ni,
por supuesto, factible. Y ahí está la pareja de la cantante de la orquesta y el
padre de su futuro hijo «quedando» en Hendaya, como si no hubiera un mañana.
¡Con lo sencillo que hubiera sido que la película girara en torno a la huida de
los cocineros y el maitre, teniendo la cena casi como un McGuffin de
la trama! En fin, ya se advierte que a mí me hubiera gustado ver otra película,
porque la que he visto no me parece, la verdad, que tenga la categoría que algunos
quieren darle ni provoque las risas que yo no he tenido, a pesar de mi sana
afición a la comedia. Hacer comparaciones será de mala educación, pero nuestra
tradición de comedias es de tal envergadura que tratar de poner La cena
a la altura de obras como Atraco a las 3, de José María Forqué, El cochecito, de Marco Ferreri, Plácido,
de Berlanga o, más recientemente, La familia perfecta, de Arantxa
Echevarría o Competencia desleal, de Duprat y Cohn, pero rodada en
España, no me parece de recibo. Me quedo, por lo tanto, con el buen recuerdo de
una competentísima actuación de Alberto San Juan, pero el resto no creo que
perdure en la memoria de los buenos aficionados, al cine en general y a la
comedia en particular. El propio autor, Gómez Pereira tiene en su haber, algo
lejano, obras de mucho mayor fuste que la presente: Boca a boca, Todos
los hombres sois iguales y ¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir
sexo?

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