De la épica de los campos petrolíferos al esquinado triángulo sentimental...
Título original: Boom Town
Año: 1940
Duración: 116 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Jack Conway
Guion: John Lee Mahin
Reparto: Clark Gable; Spencer Tracy; Claudette Colbert ; Hedy
Lamarr; Frank Morgan; Lionel Atwill; Chill Wills; Marion Martin; Joe Yule; Horace
Murphy; Roy Gordon; Richard Lane; Casey Johnson; Baby Quintanilla; George
Lessey; Sara Haden; Frank Orth; Frank McGlynn Sr.; Curt Bois.
Música: Franz Waxman
Fotografía: Harold Rosson
(B&W).
Vaya
por delante que la traducción «fruto dorado» no me parece el mejor equivalente
de Boom Town, que alude al florecimiento de una ciudad que descubre una
fuente de ingresos inesperada. Ya sé que «la gallina de los huevos de oro» o «el tesoro
inesperado» tampoco cumplen, pero por ahí iría la cosa, sin duda.
No
sé si se empleó en la publicidad de la película que el padre de Gable era
perforador de pozos petrolíferos, y que incluso el mismo actor trabajo un
tiempo con él en esos menesteres, pero no creo que la productora lo necesitara,
porque la presencia de cuatro estrellas rutilantes en aquel momento como Tracy,
Gable, Colbert y Lamarr, capaces por si mismos de atraer públicos muy
numerosos. Empezamos a ver la película por el reclamo de los actores, pero
enseguida nos atrapó la trama de los dos aventureros de la extracción petrolífera
en una suerte de «fiebre del petróleo» que es trasunto perfecto de la «fiebre
del oro» que nos ha dado películas inolvidables, tanto mudas, como la famosa de
Chaplin, La quimera del oro, como muy recientes como Los hermanos
Sister, de Audiard. La ambientación de una ciudad totalmente embarrada, en
la que hay pasarelas de pago para ir de un lado a otro de las calles, crea una
atmósfera muy especial, porque allí se dan cita soñadores y estafadores de todo
tipo para perseguir el sueño de encontrar el oro liquido y negro con el que
hacer fortuna. Eso es lo que les ocurre a los «juanes» de nuestra película,
John Sand, shorty para Gable y John McMasters, Big John para
Tracy. La compenetración entre ambos actores funciona a la perfección, y de
ello se vale la película en su primera mitad, cuando luchan denodadamente para
perforar en terrenos donde sí o sí tenía que fluir el petróleo hasta la
superficie. La presencia de Frank Morgan, quien ganó una perdurable fama tras
aparecer en El mago de Oz, de Victor Fleming, como actor de reparto que
interpreta el papel de suministrador de material para la excavación, con el que
la pareja protagonista tiene sus más y sus menos, sube mucho el nivel de la película.
¡Y no digamos cuando aparece la inmortal «vampiresa» Hedy Lamarr!, más reputada
como científica que como actriz, aunque en esta última faceta impresionó a
medio mundo con un desnudo integral y una fidedigna representación del orgasmo
femenino en la película Éxtasis, de
Gustav Machatý.
Toda
la primera parte de las excavaciones y el incendio que se produce en uno de los
pozos que abren a continuación del primero que da fruto ―y de ahí, acaso, lo de
Fruto dorado del título en español...― es, realmente, casi un documento
impresionante de una actividad extractora que a mí particularmente me recordó
la película Gigante, de George Stevens. Y sí, también en esta hay una
rivalidad amorosa. John Sand mantiene una relación epistolar con una joven de
quien está enamorado, y a quien invita a reunirse con él cuando ya se ha hecho
con una fortuna. Como es una persona enamorada del trabajo y fiel cumplidora de
sus responsabilidades, no acompaña a Big John a la ciudad cuando este decide
hacer un ato en el camino y divertirse un poco, después de haber trabajado tanto
y tan duramente. ¿Qué podría ocurrir que solo se le ocurriera a un guionista
con ganas de complicarles la vida a los tres protagonistas? Eso exactamente,
que quien se encuentra en las calle de la ciudad con Betsy ―el nombre que John
Sand le puso enseguida al pozo del que lograron extraer petróleo― es Big
John, quien pretende escandalizar a la recién conocida y, realmente, no
sabe cómo hacerlo, porque ella le sigue con total naturalidad en todos los
envites de él. Al final ocurre lo que tenía que acabar pasando, porque Betsy es
una mujer que va huyendo de su destino y se lanza a los brazos de un extraño por
quien no siente lo que, sin embargo, no tarda en sentir por el «encantador» Big
John que la ha introducido en el salvaje mundo de la fiebre del petróleo.
Cuando John Sand se presenta ante ellos, porque hay una incidencia en los
pozos, descubre que ambos se acaban de casar.
Desde
ese momento, la película da un giro total y ambos amigos se juegan las
propiedades a cara o cruz. Pierde Big John, quien tendrá que empezar de
nuevo hasta conseguir rehacer su fortuna en el mismo campo del petróleo. Luego
será John Sand quien se arruine y haya de volver a hacer lo mismo. En esas
alternativas de quiebras y fortunas, la relación entre los dos hombres se hace
imposible, pero, al menos, ambos la mantienen con Luther, el suministrador de equipos
para prospecciones. La película deriva entonces hacia un melodrama en el que la
supervivencia del matrimonio de Big John con Betsy se convertirá en un
imperativo moral para el fiel enamorado que no soporta, sin embargo, ver cómo
se desmorona el matrimonio, ya con un hijo. El poder que ha conseguido McMasters,
que se ha trasladado a Nueva York, y ahí es donde entra en juego la amenaza de
Heddy Lamarr, como «espía» de Big John para saber qué se cuece en las
altas esferas de los negocios. Esta parte «sentimental», con la defensa de
algunos valores extraordinariamente machistas ―no olvidamos que estamos en
1940, por supuesto― lastra bastante la película, porque, aunque todo se realice
con el buen hacer de unos actores inspiradísimos, ciertas actitudes chirrían lo
suyo. Son modelos que se corresponden con los valores sociales de la época,
desde luego, pero ello no quita que nos sonrojen. Más valor tiene, sin embargo,
la acusación que se le hace a McMaster de intentar crear un monopolio, lo que
lo lleva ante un juez y a un juicio en el que, como ahora ocurre con las
grandes tecnológicas, se ha de dirimir si atenta o no contra la tradicional ley
antimonopolios que es capital en el sistema usamericano. Y entonces es cuando
aparece el viejo amigo para tratar de evitarle diez años de cárcel. Y aquí lo
dejo, qué caramba. El final nos devuelve al principio, como cumpliendo un ciclo
vital. Pero más de la mitad de la película es una auténtica fiesta del cine, y
el inicio de la amistad entre ambos «juanes» es un secuencia maravillosa.








