Cuando la
enfermedad incurable no es pretexto, sino texto denso y emotivo: una miniatura
sentimental en el límite.
Título original: Tre ciotole
Año: 2025
Duración: 120 min.
País: Italia
Dirección: Isabel Coixet
Guion: Enrico Audenino,
Isabel Coixet. Novela: Michela Murgia
Reparto: Alba Rohrwacher; Elio
Germano; Silvia D'Amico; Francesco Carril; Galatéa Bellugi; Sarita Choudhury; Sofia
D'Elia; Giorgio Colangeli; Marco Gregorio Pulieri.
Fotografía: Guido Michelotti.
Música: Alfonso de Vilallonga,
barón de Maldà.
Basado
en un libro de relatos de la escritora sarda Michela Murgia, su última obra
escrita y publicada, pues la enfermedad incurable de la protagonista es
trasunto de la propia de la autora, Isabel Coixet ha tomado de unos y otros
relatos aquello que le ha convenido para forjar una historia que tiene una
unidad narrativa inexistente en el libro de donde toma los motivos que a ella
le han seducido. El carácter autobiográfico de la obra de Murgia aporta al relato
de Coixet una profunda sensación de vida que se palpa en cuanto empezamos a
conocer a la protagonista. Lo que llama poderosamente la atención es que el
retrato de la profesora de Educación Física (no se nos molesten todos aquellos
a los que siempre hemos conocido como profesores de Gimnasia...), una mujer que
viste de modo muy peculiar, que lleva el pelo siempre en un eterno desorden,
que es tímida hasta la extenuación y más allá, parece calcar, hasta cierto
punto, la propia personalidad de Isabel Coixet, quien ha diseñado el personaje
como una suerte de alter ego, algo que se capta enseguida, siempre y cuando se
conozca algo de lo que la directora ha confesado acerca de sí misma y de su
manera de entender la vida y de conducirse en ella. Esa identificación acentúa
el grado de verdad del relato, porque no se trata ya de un personaje de
ficción, sino de la suma de dos mujeres muy distintas la una de la otra, Murgia
y Coixet, aunque coincidan en algunos aspectos sociales, como el feminismo
combativo, entre otros.
La
historia es bien simple: un matrimonio del que nada sabemos tiene una escena de
cama en la que afloran ciertos reproches del marido, cocinero, quien no acaba
de entender que su mujer, profesora de Educación Física, no soporte estar en un acto social del que
quiere salir huyendo por pura incompatibilidad con la falsa sociabilidad de
esos actos en los que la hipocresía actúa como una máscara que permite conocer
y ser conocido superficialmente, sin mayores daños ni provecho. Estamos en
presencia de un ser al que le gusta vivir en el margen y que no busca
relacionarse más allá de la pareja primordial en la que sí se siente segura. La
crisis desatada por la discusión acaba llevando al hombre a separarse de quien
es incapaz de compartir con él una mínima sociabilidad que tiene que ver, además,
en parte, con su propia vida profesional. Y ahí comienza otra historia: la de
una mujer abandonada que somatiza la separación en forma de náuseas y vómitos
que, poco a poco, van minándole la salud. La relación con su hermana y la
relación profesional con el profesor de filosofía ―y es curiosa y machadiana,
vía Juan de Mairena, esta asociación sentimental entre la filosofía y la
Educación Física― serán los dos ejes sobre los que pivote su vida, amén de la
muy curiosa relación, en efigie, con un cantante surcoreano de K-Pop que se convierte
en algo así como su compañero de piso, al que habla y con quien cruza un diálogo
imposible. Cuando, finalmente, se decide a ir a ser revisada médicamente, es
cuando descubre que tiene un carcinoma con metástasis para el que solo hay una
medicación que puede limitar la extensión de la metástasis y reducir el volumen
del tumor. De más está decir lo que supone en su vida el antes y el después de
un diagnóstico semejante.
La
película no peca ni de patetismo ni de sentimentalismo, excepto en una ocasión en
la que se fuerza el guion para incluir la muerte de una paloma a pies de unos
alumnos salvajes del liceo para permitirle a la protagonista aprovechar la
ocasión y tratar de redimir a dos alumnas suyas de la necesidad de maltratarse
físicamente, mediante los cortes en los brazos, en un prescindible
enterramiento de la paloma con oración a favor de la vida incluida, Excesivo,
se mire como se mire; pero el resto se ajusta muchísimo a lo que he calificado
de miniatura intensa de una vida enfrentada a su propia desaparición. Es
difícil despedirse de la vida pero más aún lo es hacerlo de los demás, de a
quienes se ha querido y de a quienes se quiere. Vivir una vida con total
intensidad, a pesar de no ignorar la fecha de su acabamiento, tiene siempre
algo de lección moral, pero, por fortuna, no se percibe ese tono doctrinal en
absoluto de los manuaes de bien morir que han existido desde siempre en la cultura occidental. Sí que sorprende la súbita decisión de la protagonista de aprender
coreano, producto, sin duda, de su intimidad metafórica con el cantante que promociona los
vuelos a su país y con cuya representación fotográfica en cartón mantiene la
protagonista una relación que evita la dimensión más hiriente de la soledad.
A
pesar de que la película nos cuenta la historia desde el punto de vista de la
protagonista, hay un desarrollo paralelo de la separación vista desde el lado
de él y su constante preocupación por ella, a quien echa de menos y de quien
aún sigue enamorado. El restaurante es buena parte de su vida, un local en el Trastévere
romano, donde sucede la mayor parte de la película, gracias a que la protagonista
pedalea por él continuamente, uno de sus «vicios» y un refugio frente a la vida
social, que rehúye por una timidez patológica, como le confiesa a su enamorado
silencioso en el Liceo, que no consigue nunca arrastrarla a las fiestas de los
colegas, esas pizzatas de las que se autoexcluye porque, como se irá viendo a
lo largo de la historia, ella es más de una relación de pareja que la colme por
completo y la libere, además de esas reuniones en las que se siente totalmente
excluida, porque sabe que ella no tiene ninguna «gracia social», sino que se
trata de una persona que habita en los márgenes del protagonismo social, una psicología de la que la diretora se siente muy próxima.
A
esa doble narración paralela se incorpora la imposible relación de él con una
de sus trabajadoras en el restaurante, porque se trata de una joven lesbiana, quien no tarda en dejar el empleo en favor de otro más relacionado con sus
inclinaciones y estudios. La joven, interpretada con admirable naturalidad por
la actriz Galatéa Bellugi, quien ya dio muestras de su excelente saber hacer en
A fuego lento, de Tran Anh Hung, se acabará convirtiendo en un nexo caprichosamente
circunstancial entre ambos miembros de la pareja. Porque en tan reducido
espacio como ese Trastévere que funciona propiamente como un pueblo pequeño en
el interior de la gran ciudad, la red de relaciones humanas se teje de manera
caprichosa pero inapelable. Esa red será la que guarde memoria de ella cuando
ya no esté, más una sorpresa final que pone un broche de oro a una historia que
comienza con la danza de los estorninos, lo que nos permite hablar de la
excelente banda sonora de Alfonso de
Vilallonga, barón de Maldà.
La película retoma la línea más personal de Coixet, la de Mi vida sin mí o La vida secreta de las palabras, y confirma su innata capacidad para el retrato psicológico de las personas normales y corrientes en cuya vida la trascendencia aparece, a menudo, ligada a la fatalidad. La interpretación del quinteto protagonista, Alba Rohrwacher, Elio Germano, Silvia D'Amico y Francesco Carril, consigue dotar a la película de eso tan difícil de conseguir a veces: la impresión de verdadera vida, no la impostura de una interpretación que se esfuerza en aparentarla y fracasa, y ello se debe en gran medida, creo, a la experta dirección de actores que siempre ha demostrado Isabel Coixet, y ahí está Juliette Binoche, a quien desairaron en los Goya, cuando Coixet presentó la magnífica Nadie quiere la noche, que no me dejará mentir.

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