miércoles, 3 de junio de 2026

«Luces de rebeldía», de Michael Anderson, o la liberación de Irlanda.

 

Entre Ford y Reed, una magnífica película sobre la independencia de Irlanda.

 

Título original: Shake Hands with the Devil

Año: 1959

Duración: 111 min.

País: Irlanda

Dirección: Michael Anderson

Guion: Marian Spitzer, Ivan Goff, Ben Roberts. Novela: Rearden Conner

Reparto: James Cagney; Don Murray; Dana Wynter; Glynis Johns; Michael Redgrave; Sybil Thorndike;

Cyril Cusack; Marianne Benet; John Breslin; Harry Brogan; Richard Harris; John Le Mesurier; Harry H. Corbett; Robert Brown; John Cairney; William Hartnell-

Música: William Alwyn

Fotografía: Erwin Hillier (B&W).

 

          Cualquiera que se haya interesado por la historia de Irlanda sabrá que es lo mismo que meterse en un laberinto de violencia, lealtades y aspiraciones entretejidas con todas las pasiones políticas y humanas imaginables. Esta película nos sitúa, históricamente, en la época que precede al acuerdo que firmó el héroe nacional Michael Collins con los ingleses para reconocer la República de Irlanda, independiente de Reino Unido, pero dentro del Imperio británico, con el reconocimiento de Irlanda del Norte como un territorio plenamente británico.

          La historia comienza ya con las tensiones propias de aquella situación en la que las emboscadas, los golpes de mano y la guerra de guerrillas son parte del paisaje cotidiano de Dublín y de cualquier ciudad o pueblo irlandés. La historia sigue a un usamericano que ha participado en la Primera Guerra Mundial y que ahora, para cumplir el deseo de la madre, estudia medicina en Dublín. La clase en la que el profesor, James Cagney, se burla de sus distracciones durante las explicaciones que da, nos presenta a los personajes como los ejes del relato, porque no tardará en complicarse la vida del joven al vivir, junto a un amigo, un atentado de un luchador por la independencia contra una patrulla británica. En el intento de ayudar al combatiente, el amigo del protagonista es herido y llevado a un piso donde habitan colaboradores de la resistencia. Allí aparece el profesor del protagonista, dispuesto a salvarle la vida al joven, algo que se revela imposible.

          Desde ese momento, sabemos ya que el profesor de medicina es un importante guerrillero por la libertad y, como sabremos mucho más tarde, protagonizó el acto heroico de salvar la vida a su padre en medo de un furioso intercambio de disparos. Después de haber participado en la carnicería que fue la IGM., el protagonista descree de que la violencia consiga nada bueno, pero como desde el primer momento de la acción, con el encubrimiento de una militante en el cementerio, frente a los Blacks&Tans, los paramilitares que atacaron a los revolucionarios irlandeses hasta que se firmó el acuerdo de la independencia, momento en que se disolvieron, el usamericano va percibiendo la dura realidad de los ataques indiscriminados de esa policía paramilitar cuya crueldad fue notoria en aquella época. Como el joven usamericano perdió sus libros durante el salvamento de su amigo, no tarda en convertirse en sospechoso de ayudar a los revolucionarios.

          Tras una entrevista con el General que ordena desde la clandestinidad los movimientos de las tropas, un papel perfectamente interpretado por Micharl Redgrave, el joven es invitado a unirse a las tropas revolucionarias, pero él prefiere volver a Usamérica.

Que sus deseos y la realidad no coinciden no tardará en comprobarlo, cuando, escondido en un faro, no tarde en involucrarse y ser capturado por los Blacks&Tans y sometido a terribles torturas de las que su profesor en la universidad, pasado ya a la clandestinidad, tras ser identificado como activista revolucionario, decide rescatarle con una calculada incursión en los cuarteles de policía.

          La película mezcla la dimensión política, sobre todo por el enfrentamiento entre el general y el médico, tras la firma del acuerdo para el reconocimiento de la independencia de Irlanda del sur, con la que el médico no está en absoluto de acuerdo, por lo que proseguirá la lucha revolucionaria hasta conseguir el objetivo inicial: la independencia de toda Irlanda, no solo la del sur, y las acciones bélicas, de ahí que la película tenga un ritmo extraordinario y secuencias muy conseguidas como la de la vieja noble que lleva en su maletero a un líder de la oposición que ha huido. Esas secuencias son extraordinarias, y acaban con la detención y encarcelamiento de la vieja, quien inmediatamente se declara en huelga de hambre, hasta el fatal desenlace. Ello conduce al audaz plan de secuestrar a la hija de una poderosa familia angloirlandesa que ostenta el poder social en la isla. Y de nuevo la acción bélica en su más puro dinamismo se encarga e absorber el interés de los espectadores.

          Para algunos crítico, la parte del enamoramiento entre la prisionera, que no será liberada hasta que no hagan lo propio con la vieja noble que han condenado a pena de cárcel, es la más floja de la película, pero a mí no me lo parece porque esa llama amorosa surge espontáneamente entre ambos jóvenes.

          No me adentro en los terrenos del desenlace, por supuesto, pero sí quiero dejar noticia del magnífico plantel de actores y actrices que contribuyen a convertir esta película en una joya que acaso lleve demasiado tiempo olvidada. El dúo usamericana que la interpreta, James Cagney y Don Murray (inolvidable actor de Bus Stop, de Joshua Logan) llama la atención por su aclimatación al acento irlandés, lo cual me ha llevado a investigar y enterarme de que ambos son hijos de padres irlandeses, lo cual ha facilitado seriamente su adaptación a la realidad irlandesa. Junto a ellos. Hemos de destacar a otros dos actores descomunales: Cyril Cusak y un joven Richard Harris, aún  a la espera de aquellos papeles estelares en El ingenuo salvaje, de Lindsay Anderson y en Un hombre llamada Caballo, de Elliot Silverstein. He leído en IMDB que estaba dispuesto a rechazar el papel, por ser muy breve, pero cuando se enteró de que el protagonista sería James Cagney, se sumó al proyecto para poder convivir profesionalmente esas semanas con un actor de tantísima categoría.

          Finalmente, pero con un papel destacadísimo, hemos de reconocer la labor artística de Erwin Hillier, un cinematografista nacido en Alemania, y cuyo dominio del blanco y negro y la iluminación consigue, en no pocos momentos, una película cercana al expresionismo y al mejor cine negro. De hecho, Hillier trabajó con Powell y Pressburger, cuya sensibilidad para la puesta en escena y la calidad de la fotografía están fuera de dudas.         

          En resumen, una película que se sigue de punta a cabo con total interés. Una obra notabilísima de un director, Michael Anderson, famoso por obras de gran producción, como La vuelta al mundo en 80 días, pero que aquí adopta un discurso intimista y política de mucha entidad.

domingo, 24 de mayo de 2026

«Dersu Uzala», de Akira Kurosawa, o la emoción, la amistad, la naturaleza...

 



El auténtico Dersu Uzala

«¡Capitán, capitán...!» o la catarsis genuina ante la más pura amistad.

 

Título original: Dersu Uzala

Año: 1975

Duración: 141 min.

País: Unión Soviética (URSS)

Dirección: Akira Kurosawa

Guion: Akira Kurosawa, Yuri Nagibin. Libro: Vladimir Arsenev

Reparto: Maksim Munzuk; Yuriy Solomin; Svetlana Danilchenko; Vladimir Kremena; Dmitriy Korshikow; Suymenkul Chokmorov

Música: Isaac Schwartz

Fotografía: Asakazu Nakai, Youri Gantoman, Fyodor Dobronravov.

 

          ¡Me lo debía!  Cuando vi Dersu Uzala en el cine, tuve la mala suerte de hacerlo en el cine Arcadia, en la calle Tuset. Se trataba de un cine larguísimo, no menos de 30 metros, y con una pantalla no precisamente grande, pues, al fin y al cabo, se trataba de un cine de los llamados de «Arte y ensayo», una hermosa clasificación para salas en las que se podían ver las películas «no aptas» para el gran publico en las grandes salas de exhibición. Allí que me planté con mi Conjunta para ver la última película, entonces, de Kurosawa, uno de nuestros directores favoritos, en la última fila, y ya no recuerdo si fue porque no quedaban otras o por nuestra costumbre de sentarnos lo suficientemente lejos de la pantalla para tener una visión completa. En el recuerdo tengo haber visto Cabaret, de Bob Fosse, en la segunda fila, en una pantalla panorámica y me requetejuré que no volvía al cine si no tenía entrada en la última fila.

Todos los aficionados conocen esta película, y la estima en que se tiene se corresponde con su calidad, pero hasta hace unos días no había sentido la necesidad de volverla a ver en otras condiciones distintas de la vez inicial. Si en aquella primera ocasión me costó hasta identificar lo que pasaba en la pantalla, dado los numerosísimos planos panorámicos de un espacio natural tan impactante como la taiga rusa, en sus dos muy diferentes momentos: el invierno y el verano, el hielo y el verdor, esta vez estaba dispuesto a no dejar pasar por alto ni un solo plano. Contra la boutade de  David Lynch, quien anatematizó los teléfonos móviles y otros soportes tecnológicos para ver el cine, yo he querido verla en mi móvil, cuya capacidad de resolución es extraordinariamente alta. Y no he apartado ni los ojos ni la emoción, ¡ni un momento!, del desarrollo de una de as grandes historias de amistad que se hayan rodado jamás.

          El título de la crítica quiere oponer el grito de reconocimiento de Dersu Uzala, cuando vuelve a encontrarse en el verano con el amigo con quien vivió tantas experiencias que a punto estuvieron de convertirse en dramas, al grito postizo de El club de los poetas muertos, de Peter Weir, porque hay un abismo entre ellos, y  los jóvenes a quienes engañó la tramposa película de Weir deberían comprobar, tras ver esta joya de Kurosawa, la diferencia sustancial que hay entre ambos gritos. Este de Dersu se te mete en las entretelas del corazón, te agita la respiración y te provoca un acceso de llanto irreprimible. Toca en lo más profundo de los sentimientos, porque el personaje de Kurosawa es la encarnación de la vida primigenia ligada a la naturaleza y ajena a la obra de la civilización. Respira pureza por todos los poros, tanta como ingenuidad, bondad y amor al espacio donde vive y a los seres que lo habitan, entre los que algunos hombres son más peligrosos que las fieras temibles, como el tigre al que cree haber matado en un momento de la historia. Es bien sabido, además, que se trata de una historia real, pues la película está basada en las memorias publicadas en 1923 bajo el título Dersú Uzalá, un cazador de la etnia hezhen que lo acompañó durante su exploración de la región siberiana de Sijoté-Alín

          El contraste entre los soldados y Dersu, y cómo las burlas hacia el hombre primitivo se vuelve admiración cuando este domina admirablemente el conocimiento del medio en que están y cómo ha sido capaz no solo de salvar la vida del capitán en una de las secuencias más espectaculares de la película, sino también la propia, cuando queda expuesto a la poderosa corriente del río que lo lleva hacia unas cataratas donde perecerá, otra de las secuencias espectaculares de una película llena de ellas, y casi todas relacionadas con las manifestaciones extremas de la naturaleza. Películas en la que esta tiene un carácter protagonista hay muchas, por supuesto, y baste recordar Aguirre o la cólera de Dios, de Herzog, La misión de Scorsese, Apocalypto, de Gibson o, bien recientemente, Godland, de Hlynur Palmason, pero en esta película de Kurosawa disponemos, como impagable regalo, de la creación de un personaje, el caador Dersu Uzala, que nos roba el corazón desde que irrumpe en escena. A mí, particularmente, me ha recordado el libro de Jaime Vándor, Los ricos de espíritu, primos hermanos de los «pobres de espíritu». quienes, según los Evangelios, serán los únicos que verán a Dios —acaso porque lo llevan dentro—, entre los que se cuenta, por ejemplo, el príncipe Lev Nikoláyevich Myshkin, protagonista de El idiota, de Dostoievski. Se trata de esos personajes que como el de El hombre que no quería ser santo, de Edward Dmytryk. Viven casi ajenos a sí mismos y volcados hacia el exterior desde la más humilde de las actitudes imaginables y con una preocupación por el prójimo  que no tienen por ellos mismos.

          La relación entre los dos protagonistas de la película, el capitán y Dersu está marcada por la evolución de este último, quien, tras reencontrarse en el verano siguiente al de su primer encuentro, comienza a recibir señales inequívocas de que sus sentidos ya no le «obedecen» como él estaba acostumbrado, y el primero y fundamental el de la vista: la escena de la caza del ciervo es vivida por Dersu como una tragedia: ¿qué va a ser de un cazador que pierde la vista y es incapaz de acertar al disparar a sus presas? El ofrecimiento del capitán: «mi casa es tu casa», es la salvación para el viejo cazador, quien se agarra a ella con un agradecimiento que vuelve a tocarnos muy adentro. Otra cosa muy distinta es lo que sucede cuando al intrépido cazador de la taiga lo encierran entre loa muros de una casa y se ve pasando las horas sin actividad ninguna, salvo mirar el fuego de la estufa y recontar sus historias al «pequeño capitán», al hijo de su amigo. Ahí advertimos el profundo contraste entre la vida salvaje y aventurera (no quiere dinero de su amigo cuando este se va, porque dice que cazará martas, que, para él, «son dinero». Si bien es cierto, como le cuenta en verano a su amigo, que su ingenuidad lo llevó a dejarse embaucar por un aprovechado que, a cambio de vodka, le robó el dinero ganado con la piel de sus martas.

          Son tantas las secuencias en las que nos sentimos formar parte de la naturaleza que no me extraña que en su día se hablara de esta película como de un canto ecológico de amor a nuestro planeta. Se trata de una película rusa, y no e extrañaría nada que Kurosawa hubiera tenido muy presente una película de Mikhail Kalatozov,  La carta que nunca fue enviada, rodada en los mismos escenarios que Dersu Uzala quince años antes, en 1960. Se trata de una película poco conocida del gran público, pero tan espectacular como esta de Kurosawa y como otra suya, más conocida: Soy Cuba, una apología de la revolución cubana con unas imágenes verdaderamente impactantes, un prodigio de técnica y de sensibilidad.

 

viernes, 22 de mayo de 2026

«1976», de Manuela Martelli o el cine político a contrapelo.

 


La represión del pinochetismo en Chile desde los ojos de la clase alta.

 

Título original: 1976

Año: 2022

Duración: 94 min.

País: Chile

Dirección: Manuela Martelli

Guion: Manuela Martelli, Alejandra Moffat

Reparto: Aline Küppenheim; Nicolás Sepúlveda; Hugo Medina; Alejandro Goic; Antonia Zegers; Carmen Gloria Martínez; Marcial Tagle; Amalia Kassai; Gabriel Urzúa; Mauricio Pesutic; Ernesto Meléndez; Graciela Tenenbaum; Mora Recalde; Elvis Fuentes; Francisco Ossa; Germán de Silva.

Música: Mariá Portugal

Fotografía: Soledad Rodríguez.

 

          Como no se puede estar en todos los frentes, la actualidad, las obras maestras, los clásicos de la época muda, el llamado cine étnico, las rarezas, etc., ¡qué bien viene poder disponer de plataformas cinematográficas donde te aparecen, de repente, películas que ni siquiera te imaginabas que existiesen, porque el cine no es mi monomanía, sino una más de las plurales historias de mi pasión por las artes, aunque es cierto que le dedico muchísimo más tiempo a esta que a otras.

          1976 es una cifra, pero para quienes vivieron como un mazazo de la Historia el golpe de Estado en Chile, y la muerte de Salvador Allende, de Víctor Jara y de tanta gente de demasiada buena fe, es un resumen sociológico, la cifra de un estado totalitario, policiaco, que controla las vidas y haciendas de la población y distingue a las personas entre «subversivos» y «gente de orden». ¿Qué sucede cuando, por la ayuda que una mujer de la burguesía dominante presta en una parroquia, una persona del segundo grupo se convierte en protectora de otra del primero? 1976 es la respuesta.

          La acción transcurre durante las vacaciones de invierno, en la casa de la playa de un matrimonio acomodado, él es cirujano, ella gobierna su casa y hace obras de caridad, amén de ayudar a su hija con los nietos; una casa en obras que se han de acabar antes de que lleguen los invitados, y, de hecho, la película comienza con la señora probando mezclas de colores en una droguería para llevarse los botes con los que pintar algunas paredes del salón, cuyo diseño incluye una atrevida piscina interior donde nadan peces de acuario. Mientras compra las pinturas, se oye un disparo en la calle y el mozo se apresura, después de que la mujer se haya acercado a la puerta para ver de qué se trata, en bajar la persiana metálica, porque, y eso lo intuimos, acaban de «cazar» a un subversivo, dado que está vigente un toque de queda, lo cual va a complicar, ciertamente, la deriva de la benefactora acción de la protagonista, quien se encarga de cuidar a un hombre joven, un subversivo, herido de bala en una pierna.

          Por encargo del cura, la mujer se irá convirtiendo, poco a poco, en el enlace entre el herido y sus compañeros de lucha para ser transportado de la casa del cura a un lugar seguro, porque al cura le preocupa que pueda ser descubierto, lo que implicaría, acaso, a su provecta edad, ser trasladado a otra parroquia o expulsado del sacerdocio. Es entonces cuando, de una manera muy sutil, la mujer comienza a vislumbrar el peligro al que se expone y al que expone a toda su familia, que lo ignora absolutamente todo de sus andanzas medianeras.

          Lo esencial de la película es el modo como la mujer, con una actuación memorable, llena de delicadeza y naturalidad, se va involucrando en la suerte de un subversivo de quien lo ignora todo, y viceversa, porque ella recibe el nombre en clave de Cleopatra, lo que da pie a algún brote de humor de los que hay en la película, pero sometidos a un control extraordinario, dado que es el aire de historia policiaca el que predomina en la historia. La señora burguesa que ayuda a un subversivo es, en 1976, una transgresión casi equivalente a la de ignorar el precepto constitucional de presentar Presupuestos en una democracia, de ahí que la entrada en los procedimientos de la clandestinidad de la protagonista vayan acompañados de la sospecha de estar siendo vigilada, algo que se explicita cuando encuentra el coche abierto y revueltos los papeles de la guantera. A partir de ahí, no le entra el miedo el cuerpo, sino que se le triplica, porque desde su primer contacto con otros miembros de la subversión, vive sin vivir en ella, y muy preocupada de que su marido u otros miembros de la familia lleguen a darse cuenta de sus «andanzas». Al margen de la aventura «política», la ya abuela protagonista, que sigue siendo una mujer de magnifica presencia, con una distinción propia de la persona de buen gusto, intercambia miradas con uno de los albañiles que acaban la obra llenas de un deseo que no progresa, aunque bien podrían considerarse de prevención por si supiera algo de sus movimientos, pero en la medida en que el hermoso joven subversivo aparece ante ella como un perfeto Adonis, a quien ella lava y asea sin que derive en ningún momento hacia la sensualidad, me inclino a pensar que hay una suerte de canto de cisne de una sexualidad que va camino de la extinción, a juzgar por la relación que tiene con su marido. El repertorio de miradas de la protagonista es un mundo que los espectadores han de contemplar y valorar en su justa medida, porque pocas veces, solo con ellas, se ha dicho tanto en pantalla. La interpretación de Aline Küppenheim, a quien veo por primera vez en pantalla, me ha recordado a aquellas esposas burguesas de las películas de Antonioni, de Rossellini, de Fellini, recluidas en un espacio reducido en el que se ahogan. La aventura de la protagonista va mucho más allá de la caridad y del deseo, y solo es consciente de ello cuando se siente cercada, vigilada y amenazada por las mismas fuerzas que garantizan su elevada posición social. A este respecto, es muy ilustrativa la conversación que tienen en el barco en el que pasean.

          Está claro que el reparto en su conjunto brilla a un nivel extraordinario, y no quiero pasar por alto la parda en un bar muy modesto en el que tiene un diálogo muy tenso con un parroquiano, interpretado por Germán de Silva, cuya profesión es la de buzo. La atmósfera lograda en esa secuencia es ultrapropia de la película de terror en la que está a punto de incurrir la película. Ahí, por ejemplo, es donde descubro que el «completo» que le pide al camarero es lo que nosotros llamamos un frankfurt, por ejemplo. Y esto me viene de perlas para elogiar la puesta en escena en todos los momentos de la historia, porque son muchos ambientes distintos los que aparecen, y cada uno de ellos tiene una dimensión específica que redondea la producción, y todos ellos plasmados con una fotografía de pimerísima calidad.

martes, 19 de mayo de 2026

«Michael» de Antoine Fuqua, una excelente biografía que pide una segunda parte.

Electrizante biografía de los comienzos y la ascensión meteórica de Michael Jackson: la vida compleja, y marcada por una infancia inexistente, de una megaestrella de la canción popular.

 

Título original: Michael

Año;  2026

Duración: 127 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Antoine Fuqua

Guion: John Logan. Biografía sobre: Michael Jackson

Reparto: Jaafar Jackson; Colman Domingo; Nia Long; Juliano Krue Valdi; Miles Teller; Mike Myers; Laura Harrier; Jayden Harville; Jaylen Lyndon Hunter; Judah Edwards; Joseph David-Jones; Nathaniel Logan McIntyre; Jamal Henderson; Rhyan Hill; Jessica Sula; Tre' Horton; Amaya Mendoza; Liv Symone; Larenz Tate; John Rabe; KeiLyn Durrel Jones; Sophia Villegas; Kendrick Sampson; Michael Andrew Baker; Zach Kenney; Kale Hills; Christine Fekete; Lincoln Bodin; Misha Suvorov; Angela Gibbs; Albie Selznick; Michael Berry; Mark Bloom; Tiago Martinez.

Música: Música original: Lior Rosner

Fotografía: Dion Beebe.

 

          Aunque la familia Jackson está detrás de la producción de esta, quiero entenderlo así, primera parte de la biografía de Michael Jackson, no han tenido ningún reparo a la hora de aceptar la terrible visión que se ofrece en ella del padre del protagonista, un auténtico tirano clásico que no dudaba en recurrir a la violencia para inculcar en sus hijos la mayor de las exigencias si querían dedicarse al mundo del arte, porque, a su juicio, no había escalas intermedias entre ser un fracasado o ser un triunfador, y para ser esto último se había de sacrificar todo en aras de la perfección artística. Solo así puede entenderse la mayor parte de lo que vino después, cuando Michael Jackson inicia una carrera en solitario y acaba convirtiéndose en una megaestrella que eclipsa al grupo del que hasta ese momento había formado parte, The Jackson Five, alrededor del cual orbitaba toda la vida de la familia.

          He ido con cierta reticencia, porque el cantante negro que quería ser blanco no ha sido nunca un artista que me haya causado admiración, a pesar, eso que quede claro, de reconocerle una calidad artística que está muy por encima de sus devaneos absurdos con los caprichos y excentricidades propias de los famosos, de las celebridades. Y, sin embargo, he salido encantado del visionado de esta película que ilustra algunas zonas oscuras de la vida del cantante y compositor y que se centra en su camino hacia el estrellato, porque, ya desde niño, dejó boquiabiertos a cuantos entendían algo de la música que el niño de entonces llevaba dentro y que supo convertir, años más tarde, en éxitos universales, y, como muestra de todo ello, que bien vale por toda su carrera, se narra en la película la creación del álbum Thriller, con el vídeo que tantísimo impacto produjo cuando se lanzó la canción. Recordemos que, desde entones, ese Lp, que decíamos en mi juventud, se ha convertido en el más vendido de la historia, alrededor de setenta millones de copias, lo que nos da una idea de la dimensión universal de este cantante y bailarín que asombró al mundo entero, viniendo desde el soul y el funky, sus raíces musicales.

          La película ha pretendido alejarse de los biopics tradicionales, que suelen considerarse hagiografías, más que biografías, pero, aun así, no dejamos de ver el lado tierno y dulce de un ser delicado que, ha carecido de infancia propiamente dicha y que se refugia en un peterpanismo que no superará nunca y que lo lleva a tener una relación muy estrecha con sus mascotas, sus verdaderos «amigos», y con niños a los que, habitualmente, visitaba en hospitales y que, en esa segunda parte, lo visitaban a él en su casa, con quienes dormía «castamente», decían.  Recordemos que, desde que triunfa en el grupo musical con sus hermanos, Michael Jackson se considera un niño que no es como los otros niños, y cuando triunfan, no tiene amigos,  porque los otros solo quieren fotografiarse junto a él, junto a la estrella. Ese apartamiento del mundo propio de un niño que casi no asiste a la escuela, que no tiene amigos y que triunfa de un modo tan apabullante, por fuerza han de crear una psicología muy especial, máxime en quien no tiene a nadie, al margen de su familia, de la que le cuesta dios y ayuda  independizarse, algo a lo que aún, al final de esta primera parte de su biografía, no hemos llegado.

          La realización del progreso material de la familia, que vive en una barriada obrera con muy precarias condiciones, no tarda en producirse cuando una productora, la Motown, lanza al estrellato a The Jackson Five, si bien la carrera en solitario de Michael vendrá de la mano de Epic Records y de la producción musical de Quincy Jones, otro genio de la música. Esos primeros compases de la película, con una ambientación perfecta, ya dan a entender el pulso que ha de mantener la realización, muy apegada al espíritu de superación inculcado a latigazos por el padre. El cambio de fortuna para Michael es, en realidad, parte primordial del proceso de separación de su padre, que fue tan duro como en la película se retrata, y que dio lugar a que se planteara separar sus caminos comerciales, aunque, por lealtad familiar, participó en alguna gira del grupo del que, como compositor y cantante, ya no se sentía parte. El giro de su carrera, a través del baile y de nuevos ritmos y melodías acabaría distanciándolo definitivamente de sus raíces y, sobre todo, de su padre. A su madre, sin embargo, con quien compartía la afición a ver viejas películas de Hollywood, musicales, de terror, dramas  y, sobre todo, de dibujos animados, una afición que nunca le abandonó, siguió unido siempre, porque era el refugio contra los maltratos del padre, aunque en ningún momento la madre parece predispuesta a tomar la decisión de abandonar a su marido.

          No guardaba memoria del grave accidente que padeció el cantante, durante e rodaje de un auncio de Pepsicola, acaso porque  se trata de una estrella cuya vida personal nunca me atrajo, y cuyas excentricidades me lo han hecho, si acaso, poco grato; pero, visto objetivamente, se ha de reconocer que le fue la vida en ello y que hubo de dejarle importantes secuelas con las que habría de lidiar durante no poco tiempo. No de ahí, sino de la adicción a la cirugía estética, es de donde procedió su adicción a los analgésicos, pero supongo que eso formará parte de la continuación de la historia que implícitamente se anuncia en la película, bastante más peliaguda, desde el punto de vista moral, más que profesional, y cuyo abordaje espero que sea tan poco complaciente como el de esta primera parte.

          La película exige una audición de la música propia de los potentes sonidos del cine, una música que se apodera del espectador y que lo invita a moverse siguiendo los ritmos que le ofrecen continuamente en actuaciones absolutamente excepcionales, sobre todo del protagonista, que es sobrino del propio Michael Jackson, hijo de su hermano Jermaine. Tanto el protagonista Jaafar Jackson, como quien lo interpreta de niño, Juliano Valdi, «dan el papel» de una forma fabulosa, y en muchos planos interpretados por Jaafar tenemos la sensación de estar ante el mismísimo Michael. Aunque algo sobreactuado, la interpretación del cruel padre, Colman Domingo, cumple perfectamente para dar a entender el terror que debió sufrir el niño Michael en manos de ese adicto al éxito y al dinero. Al salir del cine se me ocurrió pensar que el padre de las hermanas Williams, las famosas tenistas, no debió de ser muy diferente de este Joseph Jackson terrible.

          Guste mucho o poco el personaje, merece la pena asomarse a los fundamentos familiares de una personalidad forjada en la soledad, el terror y la convicción de ser un genio. Por suerte, las últimas tres películas sobre ídolos del pop han sido excelentes: Rocket Man, sobre Elton John, Bohemian Rhapsody, sobre Queen y Freddie Mercury, y ahora este Michael, sobre un auténtico icono de la música de siglo XX. A la hora de documentarme sobre quien sufrió el síndrome de Peter Pan, me ha costado reconocer que Michael Jackson formara parte, en la banda más joven, de mi propia generación, pues nació en 1958. Imagino que el hecho de cultivar siempre ese aspecto juvenil debió de llevarlo a imaginar que podía ganar su lucha contra la vejez, aunque la sobredosis le resolvió todos los fundados temores. Aguardo con interés esa segunda y conflictiva parte. Recordemos que Jackson también aparece en los archivos del caso Epstein y fueron noticias las acusaciones de abuso sexual de niños, hechos que tendrán cabida en esa continuación, imagino. La primera parte, acentuando el lado angelical y peterpánico del cantante, nos prepara para encuadrar los hechos de esas acusaciones en el adecuado contexto. Veremos.

viernes, 15 de mayo de 2026

«El hijo», de Florian Zeller, o el mazazo emocional.

 

El trastorno mental en toda su crudeza: anatomía del dolor totalitario.

 

Título original: The Son

Año: 2022

Duración: 123 min.

País: Reino Unido

Dirección: Florian Zeller

Guion: Florian Zeller, Christopher Hampton. Obra: Florian Zeller

Reparto: Hugh Jackman; Zen McGrath; Vanessa Kirby; Laura Dern; Anthony Hopkins; William Hope; Akie Kotabe; Danielle Lewis; Nancy Baldwin; Reza Diako; Julia Westcott-Hutton; Rene Costa; Kenny-Lee Mbanefo; Patrice Bevans: Hugh Quarshie; Joakim Skarli; Isaura Barbé-Brown.

Música; Hans Zimmer

Fotografía: Ben Smithard.

 

          Ayer vimos, sobrecogidos en el sofá, nuestra segunda película en Prime Vídeo: El hijo, pero, como ocurre en otras plataformas, no tienen la delicadeza de ponernos los títulos de crédito y nos hemos levantado esta mañana ponderando las muchas virtudes de la película y el realismo doloroso, muy doloroso, de una situación que, conocida de cerca, reabre heridas y sufrimientos de tenebrosa profundidad, y preguntándonos quién sería el director o la directora de una obra tan sensible, tan directa, tan contundente, tan terrible... He tenido que irme a la página de Wikipedia de Hugh Jackman, el padre protagonista, para clicar después en el título dela película y descubrir que se trata del segundo largometraje de Florian Zeller, después de El padre, aclamada por el público y la crítica de forma unánime. Quizás algún día nos sorprenda con la tercera de la trilogía basada en sus obras de teatro, La madre, interpretada en la escena por Isabelle Huppert.

          La película cuenta con un reparto de campanillas para una obra  que solo por lo tremendo de su argumento y el impacto emocional que provoca en la audiencia acaso no haya tenido la repercusión que tuvo El padre, pero que igualmente la merece. Cuesta trabajo ver a «Lobezno» en un papel de esta naturaleza, pero secundado por Laura Dern, en el papel de la madre de ese hijo conflictivo, de la sensible y medida Vanessa Kirby, el propio hijo,  Zen McGrath, que borda su difícil papel de víctima de una incompatibilidad con la vida que lo devora y lo aplasta, sumiéndolo en un incomprensible dolor que lo destroza, o el «todoterreno» Anthony Hopkins, como el padre del padre con serios conflictos no resueltos que, a la postre, acaban interfiriendo en el modo como el protagonista afronta el trastorno de su hijo, para él inexplicable, porque la razón y, sobre todo, el deseo de vivir que nos anima, son incapaces de lidiar desde la lógica y el razonamiento contra un trastorno que solo puede abordarse desde la medicación y la terapia, y de ahí la repetición del modelo paterno a la hora de lidiar con semejante adversidad en su vida; con ese plantel actuando en la pantalla, digo, es imposible que no nos llegue a lo más profundo un conflicto auténticamente desgarrador, tratado en esta historia con el más fiel de los realismos. Casi me atrevería a decir que estamos ante una película hiperrealista, como esas pinturas que calcan de tal modo la realidad en todos sus detalles que nos hacen dudar, como los trampantojos, de nuestra propia percepción.

          Hay un planteamiento teatral, eso es obvio, y un dominio de los interiores que condice con la condición dramática original del texto, pero la actividad laboral del padre, la visita al abuelo de la criatura y ciertos recuerdos de tiempos mejores de la pareja primordial del conflicto permiten salir de ese espacio asfixiante que es el interior cuando de un trastorno mental profundo hablamos. La obra arranca con la presencia, en casa del padre, de su exmujer, que viene a comunicarle que el hijo de ambos, que llevan tiempo divorciados, ha dejado de ir a la escuela y que necesitaría que él, en calidad de padre, interviniera, porque ella sola no sabe cómo afrontar semejante problema, y menos aún sin descuidar la dedicación laboral. La presencia de la nueva mujer del protagonista, que se acerca a la puerta de la casa, donde su marido habla con su ex, a la que no invita a pasar al piso, nos da a entender que el divorcio no debió producirse en muy buenos términos, aunque no haya ningún signo de tensión o violencia en la entrevista de ambos, más allá de la extrañeza del exmarido de que el hijo de ambos lleve más de una semana faltando a clase sin que intervengan la madre o la escuela para reconducir la situación. Añadamos, porque juega cierto papel en la trama, que el padre tiene un nuevo hijo de su segundo matrimonio.

          Finalmente, todo parece resolverse con una decisión arriesgada para el padre: llevárselo a vivir con él y cambiarlo de escuela. Los proyectos, sobre el papel, no tienen fallos, pero la dedicación política del padre, al margen de la dedicación laboral, lo va a mantener alejado de la vida diaria del hogar, en el que su nueva mujer ha de lidiar con el adolescente que su marido el ha metido en casa de la noche a la mañana, es decir, un intruso que se ve obligada a aceptar en pro de la estabilidad de su matrimonio, aunque sus recelos son enormes, y están justificados.

          El descubrimiento accidental de un cuchillo bajo el colchón del joven y el descubrimiento de que lo usa para hacerse cortes en el brazo, porque es la única manera de lidiar con el dolor infinito que le produce al joven la ausencia de sentido que tiene su vida y su incompatibilidad con ella es el preludio de un nuevo descubrimiento que acaba de redondear el trastorno: también ha dejado de asistir a la escuela y, como hacia en casa de su madre, dedica los días a caminar hora tras hora hasta que llega la de volver a casa. El enfrentamiento con el padre llega a adquirir tintes violentos, porque este es incapaz de procesar los síntomas evidentes del trastorno mental que padece el joven y que, cuando se ve acorralado y sin apoyos, lo lleva a un intento de suicidio que es descubierto a tiempo. Y aquí la historia se centra en cómo los dos esposos ya divorciados han de afrontar, de común acuerdo, qué han de hacer con la criatura, si mantenerla en el hospital psiquiátrico bajo tratamiento, hasta que remitan los síntomas, para poder salir en condiciones de llevar una vida lo más «normal» posible o llevárselo con ellos y tratar de superar la situación mediante el amor incondicional al ser engendrado, desatendiendo los avisos de peligro que el psiquiatra intenta que vean con claridad, más allá del chantaje emocional que sufren a manos del joven, quien llora y suplica que lo saquen de una «cárcel» en la que lo maltratan y en la que está con «locos» que no son como él y con quienes él nada tiene que ver. Esa escena es de un realismo acongojador, porque cae sobre los padres una presión que humanamente los destroza y les pone entre la espada y la pared de la culpa más angustiosa. El psiquiatra les recuerda, no obstante, frente a la reclamación del hijo de que no pueden retenerlo legalmente, que sí que pueden, mediante una orden judicial que los releva de la patria potestad, un procedimiento habitual en este tipo de establecimientos psiquiátricos.

          No quisiera ir más allá en esta sinopsis argumental, porque me adentraría en la descripción de hechos que determinan el desenlace de la película, y conviene que los espectadores se «expongan» al sufrimiento que lleva implícito el visionado de esta película para captar fielmente el alcance de ciertos trastornos mentales que afectan a nuestros jóvenes, a nuestros adolescentes, en realidad, y que tan difíciles de combatir son. No sé si puede hablarse de una «epidemia», pero sí de que se trata de una realidad que nadie de cuantos pasamos de los setenta años conocimos en nuestra adolescencia, aunque quien más quien menos hubiera conocido algún caso muy aislado de trastorno e incluso de suicidio, como yo mismo viví a los quince años, pero uno y no más. Y no porque no hubiera situaciones difíciles que nos afectaran, pero el hecho de vivir en una sociedad tradicional y autoritaria en su organización política nos obligaba a adquirir una «dureza» psicológica de la que dependía, en última instancia, nuestra propia supervivencia moral.

          Estoy convencido de que esta es una película con la que cuantos padres hayan pasado por una experiencia similar van a reconocerse paso a paso, del mismo modo que les ocurrirá a los adolescentes que la vean, razón por la que no soy partidario de que lo hagan, porque en el tipo de trastorno que retrata la película hay una fuerte tendencia imitadora que bien podría llevar a los jóvenes espectadores, por pura identificación, a una mímesis absoluta de tales comportamientos nocivos, autodestructivos.

          El capítulo de los porqués queda muy difuso, y la insolvente explicación del trauma que el divorcio de los padres causó en el hijo no se sostiene como prueba de cargo. Y más factible es la explicación que pone el lado de la carga en la posible desatención hacia el hijo por parte de ambos progenitores, volcados en sus trabajos respectivos. Hay algo en estos trastornos que va más allá de las circunstancias, y que acaso tenga algún componente genético. Que hay seres para quienes la vida es más una carga que un gozoso campo de exploración es innegable. Los trastornos mentales nos han acompañado como especie desde los orígenes. Y no siempre han tenido mala fama, porque su condición ajena a la normalidad de los demás se ha revestido de cierta aura divina o sagrada. Antes de ser aclarada, recordemos que la epilepsia se consideraba una intervención divina en el cuerpo de quienes la padecían, era, pues, un signo de haber sido escogido, «señalado», por los dioses, como le sucedió a Julio César, por ejemplo.

«El caso de Lucy Harbin», de William Castle, «Ad Maiorem Joan Crawford Gloriam»...

 

En la estela de Psicosis, una notable película de terror psicológico con guion del autor de la novela que adaptó Hitchcock:  Robert Bloch.

 

Título original: Strait-Jacket

Año: 1964

Duración: 89 min.

País:  Estados Unidos

Dirección: William Castle

Guion: Robert Bloch

Reparto: Joan Crawford; Diane Baker; Leif Erickson; Howard St. John; John Anthony Hayes; Rochelle Hudson; George Kennedy: Edith Atwater; Mitchell Cox.

Música: Van Alexander

Fotografía: Arthur E. Arling (B&W).

 

          La historia del cine está llena de películas a las que cierto anonimato popular no les sienta nada mal, porque, una vez descubiertas, al cabo del tiempo, nos percatamos del valor intrínseco que tienen, desligadas del contexto en que nacieron. Se trata, por lo general, de esos directores a los que hemos etiquetado como «artesanos», pero que, en algunos casos, bien merecen la consideración de creadores, de «autores», si nos atenemos a la magnificencia de algunos de sus trabajos. De William Castle ya critiqué en este Ojo su película Undertow, un claro ejemplo de cine negro, de 1949, que pasó seguramente desapercibido por el aluvión de obras clásicas de ese género que había en aquellos años. Vista hoy, se aprecian sus virtudes y la capacidad del realizador para dejar una impronta personal en el género. Algo parecido ocurre con la titulada, en origen, Strait-Jacket, es decir, Camisa de fuerza, pero que me encuentro titulada como El caso de Lucy Harbin, un título muy de la época, ciertamente, y que tiene una larga tradición en el cine. El guion de la película fue escrito por Robert Bloch, el autor de la novela Psicosis, que Hitchcock llevó al cine con un éxito que sorprendió a tirios y troyanos, y que tuvo no pocas imitaciones. En este caso, dado que el autor de la historia, de aquella y de esta,  es el mismo, bien podemos hablar de que la película puede competir en pie de igualdad con la de Hitchcock, aunque está claro, desde el principio, el abismo que hay en la realización de una y otra.

          William Castle aprovechó no solo la posibilidad de competir con una historia del mismo creador de Psicosis, sino el hecho de poder contar en el reparto con una megaestrella como Joan Crawford, que venía de haber alcanzado un éxito arrollador con su tétrico papel en ¿Qué fue de Baby Jane?, de Robert Aldrich, quien sacó adelante el proyecto no sin tener que lidiar con tres manos izquierdas con las dos divas que trabajaron en la película y que competían como las hienas por un despojo: Bette Davis y la propia Joan Crawford (Hay, por cierto, una serie televisiva magnifica sobre el rodaje de aquella película: Feud (Bette and Joan), de Ryan Murphy) . Supongo que no debió hacerle mucha gracia a la Crawford insistir en un papel tremebundo, terrorífico, que amenazaba con encasillarla al final de su larguísima carrera artística, pero la sed de celebridad pudo más en ella que haber de recurrir al tremendismo de su actuación para ajustarse al papel de una asesina que decapita al marido y a su amante en presencia de su hija pequeña. Al margen de su presencia, bien puede considerarse que la película cae de lleno dentro de las pertenecientes a la Serie B, y nos llama la atención, curiosamente, la presencia de quien, años después, sería un peso pesado en no pocas grandes producciones internacionales: George Kennedy, quien antes de la presente había aparecido en un papel muy agradecido en Los valientes andan solos, de David Miller.

          La historia  tiene un inicio con narración en off,  y en él vemos cómo una mujer que parece llevar una vida libertina, a juzgar por el modo como se nos la presenta, vuelve a su casa, deseosa de encontrarse con su marido. Desde una ventana observa que él está durmiendo con otra mujer y, ni corta ni perezosa, coge un hacha que estaba clavada en un poyo, entra en la casa y a través de la sombra en la pared vemos cómo decapita al marido y a la amante, ante la mirada aterrada de su hija pequeña, que se ha levantado y contempla la brutal ejecución.

          Una elipsis de veinte años nos lleva al presente en el que la mujer, tras estar encerrada en un manicomio todos esos años, es dada de alta y va a vivir con su hija y su hermano, quien se hizo cargo, junto con su mujer, de la hija, ahora una hermosa joven, novia de un rico propietario de la zona y con inclinaciones artísticas que plasma en una obra escultórica. A pesar de todo lo sucedido, la hija no parece temer el reencuentro, sino desearlo, aunque la madre llega con todos los recelos del mundo respecto de la acogida que pueda tener por parte de su hija. Todo se resuelve, finalmente, en un abrazo en el que ambas se funden no tanto para recuperar el tiempo perdido, sino para reconocerse, respectivamente, como madre e hija, un vínculo capaz de superar lo sucedido y la distancia durante tantos años.

          La presencia de la madre, una mujer prematuramente envejecida y vestida de muy discreta manera, incita a la hija a querer cambiarla y aproximarla, en el vestuario, el peinado y el maquillaje, a la madre que ella tiene en el recuerdo. Y por aquí entramos en un proceso que, sin la deriva erótica del  de Vértigo, guarda una profunda similitud con la obra maestra de Hitchcock. Y chocante es, además, un detalle literalmente «excéntrico» que no podía pasar desapercibido al público usamericano de entonces: la presencia de un Fiat 500, el equivalente a nuestro famoso SEAT 600, usado por la hija para desplazarse y en el que lleva, orgullosa, a su madre para «transformarla». La madre, al verse con una apariencia que la rejuvenece esos veinte años transcurridos se asusta, pero la hija se muestra exultante, porque le insiste en querer recuperarla lo más ajustada a la imagen que tiene de ella desde que los asesinatos las separaron.

          Con esa nueva apariencia, la hija decide, finalmente, presentarla a su novio, y aún tardará algo más en acceder a presentársela a los padres de él, porque hay un abismo social entre los jóvenes y, por supuesto, entre las familias, y esta será una línea narrativa sumamente importante en el desarrollo de la historia. La presentación resulta poco menos que traumática, porque la madre, al ver la apostura del novio de su hija, se convierte en la mujer seductora que fue e invita al joven a beber y a bailar, lo que hace con un descaro absoluto delante de su hija, y ello hasta el punto de insinuarse abiertamente al joven, quien, prudentemente, vuelve al sofá desde donde su hija contempla la escena espantada, como preguntándose si esa transformación en la que tanto había insistido no había acabado creando un monstruo similar al que acabó con la vida de su padre y de la amante de este.

          Con antelación, porque al ser una película de terror psicológico los detalles son importantes, y en la acción se les da un papel relevante, la madre es expuesta, primero en el estudio de la hija, al contacto con instrumentos cortantes que traen a la memoria de ambas, madre e hija, el recuerdo del pasado. La presencia constante de esas «armas blancas» tendrán su continuación en el descubrimiento del hacha con la que el mozo del rancho corta madera y decapita a un gallo que será cocinado en la casa. El aura terrorífica que envuelve esa decapitación, absolutamente icónica, y un recordatorio de su vida anterior, perturba a la madre de tal manera que, desde entonces, tenemos todos los fatal sensación de que los elementos de la realidad, accidentalmente, se han conjurado para atormentarla y quién sabe si incitarla a reiniciar la carrera homicida que la llevó a la cárcel y a la camisa de fuerza del título original.

          La realización, en el riguroso blanco y negro que la película exige, va a poner el énfasis en los primeros planos de la incomodidad de la madre, y en la lucha interna que ella soporta, aunque no está claro qué o quién puede ser el destinatario de esa rabia acumulado en los años de prisión legal; pero de que vamos a contemplar alguna ejecución no nos libra nadie...

A ello contribuye la complicación de la historia cuando se presenta en la casa el psiquiatra que la ha atendido para ver cómo sigue su recuperación. La excusa es un viaje de vacaciones para pescar, pero, en el fondo, acude tras una llamada de auxilio del hermano porque advierte un cierto deterioro en su hermana, a quien trata con solícito cariño. El psiquiatra llega a la convicción de que necesita volver al centro de reclusión para que no se convierta en un peligro para sí misma y para los demás. Y, ¡zas!,  se produce el asesinato del doctor, aunque no por decapitación, como esperábamos. Sorprendentemente, la hija, que no quiere volver a perder a su madre, se convierte en su encubridora y, además de liberarse del cadáver, esconde el coche del doctor en un cobertizo. De ahí lo saca el mozo de la casa para reconocerlo como suyo, porque está convencido de que ni el doctor ni nadie va a reclamar su propiedad. El desafío del mozo a las dos mujeres, y especialmente a la hija, que fue quien escondió el coche, nos va preparando, con la música adecuada para estas escenas, para la siguiente muerte accidental...

          Está claro, para todo el mundo, que, desde que la madre cambió el vestuario, el peinado y el maquillaje, amén de engalanarse con joyas guardadas por la hija, la historia se complica, pero lo que no imaginábamos, cuando, hacia el último tercio de la película se produce la entrevista entre la madre y los padres el novio, era que la diferencia social entre los jóvenes imposibilitaba totalmente que ambos contrayeran matrimonio, y así se lo dicen los padres del figurado «novio», quienes se oponen tajantemente a que su hijo se case con la hija de alguien... Esa escena «entre padres» es una de las más logradas de la película, porque vemos en ella el contraste entre la realidad idealizada de los jóvenes y los intereses que gobiernan las decisiones de unos padres que marcan esa distancia social entre ellos como argumento definitivo para impedir tal matrimonio.

          A partir de esta revelación última, entro en el benéfico reino del silencio y dejo a los futuros espectadores de esta película solos ante el peligro...

          Estoy convencido de que convendrán conmigo en que mantenerla clasificada como producto de serie B es injusto totalmente. Cuanto más se extienda su visionado, más papeletas tendrá para que sea aceptada como una obra «mayor», por su realización, por la fantástica actuación de la Crawford y por su espectacular final.

jueves, 14 de mayo de 2026

«Polvo serán», de Carlos Marques-Marcet, ¡espectacular!

 

Músicas y coreografías de excepción para una compleja historia de amour fou hasta la eutanasia.

 

Título original: Polvo serán.

Año: 2024

Duración: 106 min.

País:  España

Dirección: Carlos Marques-Marcet

Guion:  Carlos Marques-Marcet, Clara Roquet, Coral Cruz

Reparto: Ángela Molina; Alfredo Castro; Mònica Almirall; Patrícia Bargalló; Alván Prado:Manuela Biedermann; Emma Corbacho; Oriol Genís; Valeria Scheilen; Lissy Pernthaler; Mont Plans.

Música: Maria Arnal

Fotografía: Gabriel Sandru.

 

          Desde el propio título, Polvo serán, que comienza el remate de uno de los sonetos célebres de la poesía española: «polvo serán, más polvo enamorado», ya sentí una atracción inmediata por ver qué había detrás de cita tan encumbrada. Que la película se anunciara como un «musical», aunque estrictamente no lo sea, sino una variante afortunada de la mezcla entre el género musical y el melodrama de altos quilates, fue ya el resorte definitivo para situarme ante la pantalla y «devorar» una historia que me ha emocionado, admirado y deleitado a partes iguales. Está tan cuidada la puesta en escena, a lo que da pie el que los protagonistas sean una actriz, Claudia, y un director de teatro, Flavio, que no hay detalle que no contribuya a la coherencia estética de la película, incluidas las ilustraciones que sirven de intertítulo para anunciar las partes de la película. El propio comienzo de la película, que se abre con la majestuosa voz de la Callas, quien  interpreta un aria de Sansón y Dalila, de Saint-Saëns, momento que interrumpe la actriz enferma, entrando en escena violentamente, con desgarradores gritos que anuncian el mal mortal que la posee.

          A partir de ese momento terrible, sabremos que Claudia está desahuciada por un tumor maligno y que ella y su enamorado marido, Flavio, han decidido poner juntos fin a sus vidas mediante la eutanasia, en Suiza. Con ellos vive una hija, aunque Claudia tiene otros dos hijos que son hermanastros de quien ha decidido dejar la orquesta en la que trabajaba para cuidar de su madre durante lo que le quede de vida. El conflicto tarda en desatarse, porque la decisión de la pareja no trasciende hasta que ambos deciden casarse y reunir a toda la familia para comunicarles su decisión. La acción intercala en momentos muy precisos de la historia escenografías y canciones alusivas a la historia en las que tiene un papel destacadísima la compañía de danza La Veronal, que consigue momentos auténticamente mágicos, dado que son inspiradísimos los números coreográficos que aparecen a lo largo de toda la película, y la unión temática con la narración es estrechísima y fecunda. Ya que estoy en ello, no quiero pasar por alto que algunos números se han inspirado directísimamente en las coreografías del gran genio del cine musical norteamericano, Busby Berkeley —¡y pensar que hubo un tiempo en que una televisión pública dedicó un ciclo a este asombroso coreógrafo...!—, lo cual, lejos de disminuirle el mérito, lo acrecienta, porque esas coreografías están ejecutadas con una precisión, técnica y belleza difíciles de igualar, porque el nivel de los bailarines roza la perfección. La inspiradísima música de Maria Arnal, que juega mucho con el pop electrónico permite unas coreografías que tanto encajan con canciones de corte tradicional, como la de la escena del jardín, cantada además por la hija protagonista, Mònica Almirall, con mucho gusto, una composición en la que se mezclan, como un collage, versos barrocos del propio Quevedo: Aquí de los antaños que ha vivido / La fortuna tus tiempos ha mordido

          Aunque el asunto de la eutanasia, que cae como una bomba lanzada por la hija menor en la celebración de la boda tardía de la pareja protagonista, es el eje alrededor del cual gira la narración, hay ciertas subtramas paralelas que adquieren un relieve al que contribuye el buen hacer del guion y la asombrosa naturalidad con que el director nos hace entrar en ellas. Me refiero a la relación de una madre con sus tres hijos, todos ellos diferentes, y cada uno de ellos con una relación distinta. Ella, la típica «diva», de quien nunca se sabe cuándo actúa y cuándo se muestra natural, es capaz de provocar verdaderas explosiones de ira en la hermana mayor y, de rebote, agudos enfrentamientos entre las hermanastras. Si a eso añadimos la extraña relación que tiene el padrastro con el hijo homosexual, que se resuelve en una de las más hermosas escenas de la película, cuando, a los compases de Con mi corazón te espero, bolero cantado por Lucha Gatica, el padrastro le pide al hijo que bailen y él se niega, aunque lo hace con la pareja de él, hasta que el hijo recapacita y acepta lo que se supone que es una reconciliación con su padrastro, aprovechando ese plus de emoción que destila la letra del bolero, un auténtico «momentazo» de esos por los que se pirra Almodovar y que aquí se ve superado por una sencilla razón: porque hay en juego emociones genuinas, no impostadas, como ocurre con tantísima frecuencia en las películas del manchego. Y, a mayor abundamiento, cuando ya están en suiza y Claudia y su hija «juegan a las canciones», los espectadores asistimos al milagro de que Claudia oiga de labios de su padre real la copla El hijo de mis quereles, ¿se puede pedir más...?

          Ya advierto que se me deriva la crítica a la parte musical de la película, y ello se debe al extraordinario nivel de todos los números, entre los que no puedo olvidar el que, con motivo de la reunión familiar para la boda, escenifica la «diva» en un improvisado teatro familiar, con un sentido del humor negro bien entendido que se agradece enormemente. Canta ella, pero la coreografía berkeleyana es impecable: ¡una gozada!

          Pudiera pensarse que, dada la circunstancia teatral de la pareja, la reflexión sobre la eutanasia pudiera pecar de impostura, de pose, de algo que derivara hacia lo «políticamente correcto», pero no hay tal. Las escenas finales, de la estancia en Suiza, incorporan impresionantes paisajes alpinos que se rodaron, al parecer, en el Alto Adigio, un majestuoso contraste entre la pujanza material de la vida  y el deseo de dejarla, por enfermedad en un caso y por amor incondicional en el otro. Descuiden, los hipercríticos, no hay una romantización de la eutanasia, sino la escenificación de una decisión compartida y llevada a cabo con una seriedad no exenta ni de dudas ni de temores, ni siquiera hasta el último momento. Y este es, precisamente, el momento en que he de destacar las interpretaciones fuera de todo adjetivo encomiástico, porque se trata de la excelencia, sin más, de dos monstruos de la pantalla como Ángela Molina y Alfredo Castro. La primera, sobradamente conocida; el segundo, un actor chileno con apariciones estelares en Rojo, de Benjamin Naishat y en El Club y No, ambas de Pablo Larraín. Y no quiero olvidarme de una película de la que ignoro por qué no le hice la crítica en su momento, algo a lo que enseguida pondré remedio, porque es francamente interesante: Los colonos, de Felipe Gálvez. Tanto Molina como Castro van bastante más allá de lo que entendemos por una actuación destacada o sobresaliente o magnífica: constituye una lección de interpretación de la que los aspirantes a actores y actrices aprenderán muchísimo. Por supuesto que el resto del reparto está a esa altura, especialmente la hija que convive con ellas, con sobrado papel para considerarla coprotagonista junto a la pareja central.

          Como crítico lo que me pregunto es cómo es posible que una película tan redonda, densa y seria como Polvo serán no opaque contundentemente los amaneramientos del crecidito niño mimado de los media, Pedro Almodóvar. Ya quisieran sus últimas películas haber encerrado en ellas ni un diez por ciento de toda la verdad, emoción, humor y desgarro, además de la puesta en escena, que el espectador sin prejuicios puede ver en este drama musical titulado Polvo serán. Quedan invitados a comprobarlo.