miércoles, 17 de junio de 2026

«El equívoco», de Alan Bridges, o el poderoso clasismo británico.

 



La doble herida del orgullo maltrecho y la esperanza infundada.

 

Título original: The Hireling

Año: 1973

Duración: 108 min.

País: Reino Unido

Dirección: Alan Bridges

Guion: Wolf Mankowitz. Novela: L.P. Hartley

Reparto: Robet Shaw; Sarah Miles; Peter Egan; Elizabeth Sellars; Caroline Mortimer; Ian Hogg.

Música: Marc Wilkinson

Fotografía: Michael Reed.

 

          De L.P. Hartley llevó Joseph Losey al cine su novela The Go-Between, titulada en las pantallas El mensajero. Dos años más tarde, Alan Bridges adaptó The Hireling, con el título reflejado ut supra. En ambas hay amores imposibles y un soterrado conflicto de clases que separa abruptamente a los imposibles amantes.

          La película gustará sobremanera a los amantes de las series inglesas de corte clásico, en las que se insiste en esas diferencias de clase que más recuerdan al sistema de castas indio que a cualquier realidad más o menos civilizada de la Europa del siglo XX.

          Una mujer, que ha sufrido un internamiento por una crisis nerviosa tras el fallecimiento de su esposo en la Primera Guerra Mundial, es recogida por un taxi para llevarla a su casa. La mujer contempla con ojos casi embelesados la vida exterior de la que ha estado ausente, y ahora se enfrenta a ella con una fragilidad evidente. De hecho, la buena sintonía que establece con el chófer, de impecable uniforme con gorra —que genera el primer equivoco, al menos en mí, cuando advierto que ambos, uniforme y gorra, recuerdan mucho a los uniformes nazis...—, y se trata, además de un excombatiente, va a ir convirtiendo a este en algo así como un apoyo constante para reencontrarse con su nueva vida y desarrollarla plenamente, algo, con todo, que la protagonista hará paulatinamente. El chófer es el propietario de una empresa de taxis que comparte con un socio, y, poco a poco, el socio se va percatando de que, puesto casi exclusivamente al servicio de la protagonista, una encantadora Sarah Miles, de cuyas dulcísimas maneras se va enamorando el chófer, un fornido y apuesto Robert Shaw, quien, más allá de sus obligaciones, ira forjando en su alma la quimera de ser estricta y absolutamente necesario para quien lo contrata, porque con él lo consulta prácticamente todo.

          Lo cierto es que al espectador no le pasa por alto que la devoción del hombre por la mujer no es ni alimentada ni correspondida por esta, quien agradece la preocupación por ella par parte de su chófer, pero no parece darse cuenta de lo que esa abnegación significa, porque el chófer aspira a que ella se dé cuenta del trato y acabé honrándole con un amor que, en aquella Inglaterra, ¡y aun en esta de nuestros días!, se consideraría un disparate sin igual. De todo ello, tanto el espectador como el protagonista, el chófer, nos percatamos cuando la mujer cede al galanteo de un capitán, excombatiente, y de su misma clase, para irritación tremenda de quien se había hecho unas ilusiones sin fundamento ninguno. Hasta ese momento, la acción bien podría describirse como la conquista del puesto de mando en la existencia de la enferma, quien solo gracias a la diligencia del nuevo «amigo» es capaz de ir sorteando el difícil proceso de readaptación a una vida social de la que se había apartado y a la que no parece verle mucho sentido. Gracias a la ayuda de quien la empuja a reasumir sus funciones sociales, la mujer va atreviéndose a realizar actos sociales que le hubiera parecido imposible hacer, de haberse visto sola. La confianza que deposita en el chófer tiene, a veces, un sesgo confidencial que bien pudiera entenderse en el sentido en que el chofer desea entenderlo, porque, a medida que pasa el tiempo y él se va convirtiendo en «el amo de la casa», dando órdenes y adoptando disposiciones que suavizan extraordinariamente el contacto de la viuda con la realidad, ella parece expresar mediante sus quiescencias a las decisiones de él, sus sonrisas y sus miradas de agradecimiento que hay entre ellos algo más que una complicidad social por la que le está infinitamente agradecida, pero sin que ello signifique ningún paso hacia una consolidación de su relación en términos que ella jamás se ha imaginado o siquiera planteado como una posibilidad, pues hubiera sentido un horror que es, finalmente, el que sí siente quien se da cuenta del equívoco y no puede hacer nada por deshacerlo para presentar una candidatura imposible a la mano de la viuda.

          La película, de naturaleza intimista, progresa muy lentamente a través de pequeños detalles, de conversaciones en el interior del vehículo, que se convierte en el espacio privado de ambos, donde se pueden mostrar con casi absoluta libertad. No diría que recuerda aquella película famosa que desdeñé ver en su día: Paseando a Miss Daisy, de Bruce Beresford, porque aquella es algo así como el reverso de la presente, y mucho menos Green Book, de Peter Farrelly, que sí vi, con enorme placer, porque en esta la diferencia de clases es sustituida por la diferencia de razas y las diferencias culturales. Comparten la presencia casi constante del espacio interior del vehículo como puesta en escena, pero el retrato el chófer como un empecinado arribista que quiere trepar en la escala social a través de sus servicios a la relativamente joven viuda acercaría más la película a Un lugar en la cumbre, de Jack Clayton, mutatis mutandis, por supuesto.

          El duelo interpretativo entre Sarah Miles y Robert Shaw se complementa con una puesta en escena que recoge fielmente la vida en una comunidad rural pequeña, atenta a costumbres, fiestas e instituciones , como el club de boxeo para el que trabaja el chófer como entrenador cuyos pupilos competirán por un trofeo con el nombre del marido de la viuda y que esta ha de entregar al ganador de una competición a la que la invita a asistir, a pesar de la reticencia de ella.

          La austeridad, el paisaje invernal, la diferencia de interiores entre el lujo de la viuda y a menesterosidad de chófer nos permiten entender ese larvado conflicto de clases que parece que se acerquen, hasta que a incorrección de las aspiraciones de uno chocan con los apetitos de la otra, quien se conduce en sociedad, en todo momento, con la propiedad de quien pertenece a una clase superior, por más que confraternice con el «servicio».

          La película se inscribe en la tradición de esas películas inglesas que narran historias muy comunes, sin alharacas  ni falsos dramatismos, con la británica contención que ha hecho famosas muchas de sus tramas psicológicas, en el cine y en la televisión. Su director, Alan Bridges, ha tenido más éxito en la TV que en las pantallas, pero está clara la herencia que ha recibido de grandes directores como David Lean, por ejemplo.

martes, 16 de junio de 2026

«El caso de Laura Stern», de Akim Isker, un acuciante drama universal.

 

Con ecos del «caso Dreyfuss», y de ahí la canción Je t’accuse, que ilustra la serie, un drama contundente sobre la violencia contra la mujer y las causas justas que llevan a la injusticia «en defensa ajena».

 

Título original: L'affaire Laura Stern

Año: 2026

País:  Francia

Dirección: Akim Isker

Guion: Marie Kremer, Frédéric Krivine

Reparto: Valérie Bonneton; Pauline Parigot; Rym Foglia; Catherine Amé; Pascal Rénéric; Samir Guesmi; Hélène Lambert: Yannick Renier; Eva Huault; Talia Joly: Darren Muselet; Souad Alla; Marjorie Lapp;

Côme Creyx Collet; Maëlle Foucaut; Melissa Olexa; Leila Guérémy; Léontine d'Oncieu; Marie-Sophie Ferdane; Margaux Langlest; Yves Leberquier; Joël Villy; Charlie Nelson; Reyhan Hessami; Sarah Lepicard; Gaspard Caens; Daniel Zagury; Nadir Legrand; Redouane Aadnane; Kamel Isker; Françoise Robin; Azize ; Kabouche; Lucienne Delille; Claire Cahen; Karol Olejnik; Julien Wolff Manesse; Arthur Rosas; Hubert Girard; Nathalie Tuleff; Raphaël Brottier; Mathieu Brassier.

Música: Éric Neveux

Fotografía: Julien Bullat.

 

          Una serie de cuatro episodios, muy centrada en el tema que trata. y con unas excelentes interpretaciones al servicio de una narración que permite pocos respiros y que retrata con habilidad los principales personajes de la trama.

Laura Sern es una farmacéutica que ha creado una asociación en defensa de las mujeres maltratadas. Su farmacia es el centro de reunión y de acción, porque, siguiendo los modelos sociales progresistas, crea una red de asistencia y apoyo que genera un fuerte sentido de pertenencia entre sus miembros. Está casada y tiene dos hijos, y la serie muestra también el progresivo alejamiento de sus responsabilidades, libremente contraídas, para con su esposo y sus hijos.

          El terrible arranque de la serie, el caso de una mujer que sufre el acoso de un marido al que la Justicia ha dictado una orden de alejamiento, ya nos pone sobre aviso de la durísima realidad que vamos a ver en la serie. Como ha de ir a recoger a su hijo a la escuela, las mujeres que están compartiendo con ella el drama de la amenaza que supone la presencia del agresor en la calle, frente a la farmacia, deciden acompañarla en grupo a la escuela, actuando como una coraza que aísle a la protagonista de su agresor. Este, sin embargo, forcejea hasta que logra apartarla de las otras mujeres y le pide/exige una reconciliación que ella no está dispuesta a conceder. Acto seguido, el hombre saca una pistola y la asesina ante los ojos incrédulos y desesperados de sus acompañantes.

De ese mazazo cuesta recuperarse, porque son, no lo olvidemos, los primeros compases de la serie. Y todo ha transcurrido dentro de lo que podríamos denominar como un intento de cinema verité e incluso de neoneorrealismo. A ello contribuye el hecho de que la serie no cuenta con actrices y actores de primerísimo nivel, que hubieran distraído a los espectadores sobre sus actuaciones, lo que permite ver los hechos y a sus protagonistas con un plus de verosimilitud que concede a la serie un rigor magnifico y permite generar una atmósfera hiperconvincente.

          Al primer asesinato, le sucederán las llegadas de dos nuevos casos desesperados con los que la farmacéutica tendrá que lidiar, implicándose cada vez más en el sufrimiento de las mujeres y en la exploración de las vías para evitárselo. Un tercer caso, el de una de las empleadas de la farmacia, se suma a los que vertebran el eje dramático de la historia. La serie no ahorra ningún detalle escabroso de las relaciones de maltrato que sufren las mujeres que acuden a la farmacéutica, cuya capacidad de acogimiento parece infinita, si bien es así por el progresivo distanciamiento de su propio hogar, dado que no parece tener más vida que la de su asociación y el alivio de la situación de las mujeres maltratadas que acuden a ella. Todo ello va desarrollando en el ánimo de la mujer, sobre todo porque desde el primer capítulo se advierte que la policía no manifiesta gran interés en personarse para reducir a quien está quebrantando una orden de alejamiento, un intenso afán justiciero y vengativo que pretende poner un remedio «radical» a tan dolorosas situaciones como las de esas mujeres maltratadas, de diferente clase social y económica: una, profesora universitaria, la otra, limpiadora en la farmacia; una, francesa tradicional, la otra, de origen inmigrante.

          Tras el primer asesinato, un policía interroga a la farmacéutica sobre el desarrollo de los acontecimientos relativos al primer asesinato, pero esta, emocionada, se bloquea y no puede ni hablar. Más tarde, por error, en medio de la tensión que supone el accidente provocado en el que muere el segundo maltratador, un narcotraficante, marca el número del inspector y ha de improvisar que ya está en condiciones de declarar. A partir de su encuentro, Laura y el policía establecen una relación de cordialidad y afecto que lleva a la protagonista, quien se cree incomprendida en su propia casa, a pesar de que su marido asume toda l responsabilidad de la casa y del cuidado de los niños, de cuyo día a día se distancia ella totalmente, a tener una aventura con el policía, encuentros furtivos en un hotel que suponen, para ella, el contrapeso necesario para sobrellevar la tensión que va en aumento en su asociación, y con mayor razón tras cometer los dos asesinatos que liberan a las dos  mujeres que estaban, ellas mismas, en riesgo de perder su propia vida.

          El peso moral de la culpa por la transgresión es lo que la lleva, tras romper con su amante, a declararse culpable ante la policía de ambos asesinatos. No así, de un tercero, en el que intervino directamente, pero sin que esa intervención fuera determinante en la muerte del agresor, dado que esta fue accidental. A partir de aquí comienza, propiamente, lo que podríamos considerar «El caso Stern», que se nos presenta como una  cause célèbre, porque, tras rechazar al primer abogado, pagado por el esposo, quien solo le da como opción declararse loca para atenuar la sentencia, se hace cargo de su defensa una abogada feminista, combativa y famosa, debido a sus apariciones en la televisión, lo que convierte el juicio en un caso «mediático», y, por aquí, llegamos enseguida a la vertiente «política» del asunto. No hay duda de que en el guion se les ha ido algo la mano con el personaje del fiscal y su línea inculpatoria, del mismo modo que la defensa de la abogada mediática es brillante sin otra apelación que a los datos de feminicidios y maltratos sufridos por las mujeres en Francia, para sorpresa del jurado y de los presentes. Todo ello lo verán los espectadores y sacarán sus propias conclusiones al respecto. A mí me interesa destacar lo mismo que avancé en el título: la defensa de lo que podría entenderse como «homicidio en defensa ajena», algo que, me hago cargo, parece una triquiñuela retórica para disfrazar y servir de atenuante al homicidio puro y duro. De todo ello se habla en ese juicio que, reservado al último capítulo no convierte la serie en una serie «de juicios», un género cinematográfico de larga tradición, porque el seguimiento circunstanciado de los tres casos permite un conocimiento de los malos tratos que bien podríamos calificar de exhaustivo, lo cual es evidente que predispone a los espectadores a favor de la homicida, pero, más allá del caso, es importante destacar la terrible soledad de la mujer frente a los malos tratos de algunos hombres y la dificultad con que ellas suelen abordar relaciones tan devastadoras con sus parejas. Y no hablo a humo de pajas. Soy hijo de maltratador y conozco las reacciones inverosímiles de mi madre frente al cafre de su marido. Por eso, las leyes de carácter ideológico no son, ni de lejos, un arma para acabar con esa lacra. A ese respeto, la insensibilidad policial, la falta de recursos, la ausencia de vigilancia, de protección a las víctimas y otras carencias del sistema, que impiden poner una distancia efectiva y real con el maltrato, permiten que esos comportamientos salvajes sigan dándose con casi absoluta impunidad.

          Se trata, como se advierte, de una serie polémica, porque, a pesar de las buenas intenciones de la ideologización de esa lacra, los resultados nos indican que la sociedad no hace lo que debiera para frenarla. Concienciar a las mujeres para que no entren en una relación tóxica o para que salgan de ella, si ya han entrado, no puede caer bajo su exclusiva responsabilidad; y asociaciones como la de la protagonista son parches bien intencionados que no evitan el mal, y que, como en la serie se denuncia, puede llevar a una acción justiciera completamente al margen de la ley.

          La controversia está servida.

          Lo que no podemos dejar de enaltecer es el soberbio papel no solo de la protagonista, Valérie Bonneton, sino de un elenco que está a su altura en todo momento, especialmente de Pauline Parigot, cuyo caso matrimonial de malos tratos se analiza con todo lujo de detalles para comprender cabalmente los distintos modos que adoptan tales agresiones, entre las que de carácter psicológico destacan con una virulencia equivalente a la muy llamativa de las secuelas físicas derivadas de las agresiones físicas.

miércoles, 10 de junio de 2026

«Persépolis» y «La tarta del presidente», los dos lados totalitarios de un conflicto bélico atroz.

 

Título original: Persépolis

Año: 2007

Duración: 95 min.

País:  Francia

Dirección: Marjane Satrapi, Vincent Paronnaud

Guion: Marjane Satrapi, Vincent Paronnaud. Cómic: Marjane Satrapi

Reparto: Voces de: Chiara Mastroianni; Catherine Deneuve; Danielle Darrieux: Simon Abkarian: Gabrielle Lopes Benites.

Música: Olivier Bernet

Fotografía: Animación.


 








Título original: Mamlaket Al-Qasabaka

Año: 2025

Duración: 105 min.

País: Irak

Dirección: Hasan Hadi

Guion: Hasan Hadi

Reparto: Baneen Ahmad Nayyef; Sajad Mohamad Qasem; Waheed Thabet Khreibat; Rahim AlHaj; Muthanna Malaghi; Ahmad Qasem Saywan; Maytham Mreidi; Thaer Salem; Ali Khalaf; Fatima Abouharoon; Mahmoud Mazen Lazen; Aqeel Wadi; Mohammed Rheimeh.

Fotografía: Tudor Vladimir Panduru.

 

         Dos notables óperas primas: cine político y autobiográfico de animación y el color del neorrealismo del siglo xxi.


            Se ha dado la triste circunstancia de la muerte de la autora de la novela gráfica Persépolis, llevada por ella misma al cine de animación con idéntico título para que viera una película sobre la que siempre había oído hablar muy bien pero que, por razones ignotas, del orden de los caprichos de Azar, aún no había visto. He de añadir que una muerte tan inesperada, tras el fallecimiento del hombre con quien había compartido unos treinta años de vida, ha añadido un plus de interés para ver la película. Se trata de la historia de su vida y, en ese sentido, la obra se ha de considerar como lo que es, una autobiografía, en la que hay no pocos aspectos que nos chocan, como, sobre todo, la caída en la indigencia, de la que sale regresando, gracias a la financiación de sus padres, al Irán natal donde va a sufrir un violento choque moral y político, tras haber vivido las libertades absolutas de una democracia occidental en Viena. El contraste permanente entre dichas libertades y la terrible represión, sobre todo contra las mujeres, propias del régimen teocrático de los ayatolás, articulará la película, pero no podemos perder de vita el rico mundo de inspiración liberal que conforma su familia en Irán, una familia que la apoya para que ella se forme en el extranjero y que la acoge de vuelta, aunque tiemble cuando ella decide convertirse en «activista» contra el Régimen. Como cine de animación se ha de considerar si el estilismo de la novela gráfica se refleja o no adecuadamente en la pantalla, y me parece que sí, porque estamos ante un tipo de dibujo muy personal que saca un rendimiento espectacular de sus posibilidades. La puesta en escena, que juega con el claroscuro constantemente, así como con planos que nos ofrecen perspectivas insólitas, consigue meternos de lleno en la narración y «vivirlo» todo con notable intensidad. El cine iraní, magnífico y con excelentes realizadores que han filmado obras maestras, tiene su correlato en esta animación que acentúa las sombras terribles del Régimen teocrático que se impone tras las revueltas contra el Sah, cuando todos los manifestantes que luchaban para derrocarlo no se podían n imaginar el régimen satánico que se les echaba encima y contra el que acabará tomando partido la concienciada protagonista de Persépolis. Muy poco después de hacerse con el poder, los ayatolas inician una guerra contra el Irak de Sadam Hussein, porque el ayatolá Jomeini quiso potenciar a la minoría chií de Irak para lograr la implantación de una República islámica, mientras que Hussein se apoyaba en la mayoría suní para contrarrestar esa influencia, por lo que, en cierto modo, hubo, también, una guerra religiosa larvada en Irak, promovida por Irán. El conflicto duró ocho años y arrojó un balance de muertos que superaba el medio millón de personas. La acción de la ópera prima de Hasan Hadi transcurre en 1987, cuando se festeja el quincuagésimo aniversario del dictador Sadam Hussein. Y este breve apunte histórico nos sirve de transición para hablar de la película de Hadi, que ha recibido muy buenas críticas, aunque la película, en términos generales muy notable, tiene algunos fallos en el guion que rebajan algo el acabado final de la obra.

          La tarta del presidente es una película de corte neorrealista que transcurre en un estado sumido en una guerra con Irán y que nos ofrece una estructura social realmente deprimente, nada que ver con la sociedad iraní que, hasta la llegada del antidemócrata islamista Jomeini, ofrecía una estructuración social muy occidentalizada, por más que el poder autocrático de la dinastía Palevi ejerciera un férreo control de la sociedad para evitar cualquier tipo de oposición. Las libertades de sus habitantes eran claramente mayores que las de la sociedad árabe de Irak. Recordemos que los iraníes son musulmanes, pero no árabes.

          El pretexto argumental de la película de Hadi puede parecer excesivamente nimio: en una escuela, por sorteo, a la protagonista, Lamia, le toca elaborar una tarta en homenaje al presidente, mientras que a su amigo Saeed le toca llevar algunas frutas. Lamia vive con su abuela en una choza situada en las marismas de Mesopotamia, un ecosistema en la confluencia e los ríos Tigris y Éufrates, de poderosas resonancias bíblicas para las religiones del Libro, pues por esa latitud se ubica en la Biblia el Paraíso terrenal. No es precisamente un paraíso donde vive Lamia con su abuela, porque son, literalmente, pobres de solemnidad, pero la belleza de esos parajes y la necesidad de desplazarse en ese medio con unas barcazas que la protagonista usa para incluso para ir a la escuela es espectacular. En ese espacio se consiguen secuencias tan hermosas que quieren servir de contraste, a pesar de la humildad de las moradas en chozas de cañas sobre los humedales, con la degradación absoluta de la capital, Bagdad, que se nos muestra como una suerte de laberinto adverso en el que la pequeña Lamia vivirá una aventura, propiamente una odisea, para conseguir los ingredientes del pastel, algo difícil por la carencia de alimentos que sufre el país, inmerso en la guerra con Irán. Y alguna escena hay en que vemos un ataque aéreo de la fuerza aérea de Irán. La abuela, Bibi, va a la capital, con diferente intención que su nieta. Antes, para reafirmar la mezcla de costumbrismo y drama, nieta y abuela son llevadas a Bagdad en el coche de un repartidor de Correos, al que acompaña un amigo cuya historia, dramática, pone la risa en los acompañantes y en los espectadores, como una excelente muestra del mejor humor negro, que tiene carácter universal. Cuando llegan a Bagdad, Bibi lleva a Lamia a un restaurante donde la abuela quiere «colocar» a la niña, «la mas inteligente de su clase», en la que desde fuera intuimos que se trata de una «venta» acuciada por su mala salud y el presentimiento de que no anda lejos de su muerte. La niña, inteligente como es, y eso se trasluce en su penetrante mirada, se huele el percal del trato y sale huyendo del local, para desesperación de su Bibi, quien inicia una búsqueda de la nieta que la llevará a la policía, donde exige, con la autoridad que le da su extrema vejez —su rostro es una hermosa sinfonía de las arrugas que el Tiempo ha  esculpido en su faz— , que la busquen y la encuentren. Ha ido allí acompañada por el funcionario de Correos, quien promete a la abuela que buscará a su nieta hasta encontrarla para devolvérsela.

          Desde ese momento, la niña, en compañía de su amigo Saeed, inicia el periplo de acontecimientos relacionados con la compra de la harina, el azúcar, los huevos y la levadura para poder cocinar el pastel que le ha encargado el profesor. El retrato social que nos brinda el director es el de una sociedad sin cohesión alguna, llena de desaprensivos, de miseria y de una policía corrupta que está más pendiente de la celebración del cumpleaños del dictador, como todo el país. La picaresca, su amigo Saeed es hijo de un cojo para quien trabaja hurtando dinero a quienes se recrean en la feria, no tarda en manifestarse también a través de la pobre niña, a quienes dos sinvergüenzas estafan el dinero honrado que han sacado de la venta del reló del padre de Lamia para poder comprar los ingredientes. La película progresa en una espiral de sucesos entre los que no falta una de un tinte tan oscuro y pervertido que nos mete el espanto en el cuerpo solo de imaginar que llegue a producirse como, a buen seguro, debía de ocurrir en la realidad no cinematografiada.

          Dada la deprimente realidad retratada, sorprende que tanto Laia como Saeed no despierten críticamente a una mínima reflexión sobre la estructura de poder medieval que se sustenta en la autocracia todopoderosa del presidente cuyo aniversario todos festejan, alumnos incluidos, a los gritos de «¡Con nuestra sangre y con nuestra alma, nos sacrificaremos por ti, Sadam!». Cuesta creer que tantas adversidades como las sufridas en la capital, donde Lamia vive momentos trascendentales no dejen estos poso ninguno en su despierta mente infantil, algo que no le ocurre a la protagonista de Persépolis, quien distingue nítidamente entre las libertades y la represión teocrática de los ayatolás, pero son edades diferentes y, también, sociedades muy distintas.

          A título de curiosidad, porque me llamó mucho la atención la escena en la película, la niña entra en una mezquita en la que, siendo niña, comparte el espacio con hombres, algo prohibidísimo en el Islam. Se trata, al parecer, de una variante del islam, propia de las marismas donde vive Lamia, llamada «mandaeos».

lunes, 8 de junio de 2026

«La luz», de Fernando Franco, sobre la pederastia eclesiástica.

La devastación de las víctimas y el desmoronamiento del agresor: dos dramas desiguales, y una solo depravacion original: la pederastia.

 

Título original: La luz

Año: 2026

Duración: 118 min.

País: España

Dirección: Fernando Franco

Guion: Fernando Franco

Reparto: Alberto San Juan; Pedro Casablanc; Miguel Rellán; María Galiana; Luis Callejo; Ramón Barea; Pablo Gómez-Pando; Nacho Sánchez: Santiago Mayorga; Antonio Zafra; Itziar Aizpuru; Iñigo de la Iglesia; Carolina Montoya.

Música: Maite Arroitajauregi

Fotografía: Santiago Racaj.

 

          No es casual que la penúltima película de Fernando Franco, autor de La herida, un drama sobre el trastorno que te deja hundido en la butaca, se titule Subsuelo y la última La luz. Hay en las circunstancias de las dos últimas una suerte de continuidad que nos lleva de la depravación inconfesable entre dos hermanos gemelos a la búsqueda desesperada de una redención por los abusos sexuales cometidos contra tres niños durante el tiempo en que el sacerdote fue profesor en un colegio.

          Se estrena La luz coincidiendo con la visita del papa León xiv a España, viaje en el que, solo tras los preceptivos estira y afloja, se entrevistará con alguna asociación de víctimas de abusos sexuales por parte de miembros de la Iglesia católica, sin duda para afirmar la solidaridad con esas víctimas, prometerles reparación, condenar los hechos y correr el famoso «tupido velo» con que tan a menudo se resuelven estos casos. Vaya por delante que La luz no tiene nada que ver con El club, la excelentísima película de Pablo Larraín que retrata la vida enclaustrada y alejada del mundo de los ofensores, castigados por las autoridades eclesiásticas. La película de Franco discurre por otros cauces, pero no menos interesantes, porque nos acercamos a una historia individual, la de Manuel —y recordemos que en la terminología cristiana Emmanuel («Dios con nosotros») es, también, el nombre de Cristo— y la peripecia que sigue su petición de ser dispensado de sus votos para recuperar su vida civil. A esa historia intimista ajusta milimétricamente Franco la puesta en escena, muy conseguida, dada la austeridad de las vidas de los sacerdotes encargados de una parroquia.

          La narración de la película sigue, hasta cierto punto, la herencia kafkiana del acusado que ignora su condición de acusado y quiere indagar de qué se le acusa, aunque, en este caso, lo que no ignora es cuál es el delito cometido, porque fue trasladado a una diócesis lejana como castigo, y aunque, como no tarda en confesar ante sus superiores, lleva diez años tratándose farmacológica y psicológicamente para no reincidir en la pederastia que ha marcado su vida. Así que sabemos que ha sido denunciado, de lo cual se entera cuando el director del colegio donde trabajó se lo revela, sin poder añadir más información, y requiriéndole que abandone las instalaciones el colegio como el apestado por el que se le tiene, todo el afán de Manuel será entrevistarse con los tres jóvenes, de quienes abusó cuando eran niños, para mostrarles su sincero arrepentimiento y pedirles el perdón que alivie su torturada conciencia. Como vemos, el hecho de que la película se centre en el abusador, quien sufre un proceso profundo de arrepentimiento y ansía la exculpación, aunque la sufra como un martirio, porque está dispuesto a ir a la cárcel y penar o que haga falta, escoge un protagonismo, el del sacerdote, que, sin eclipsar el drama de las víctimas, no acaba de integrarlas en la narración con la dimensión que a mi juicio merecen. Ese es el gran peligro de la película, valiente, decidida, abierta, desafiante; pero muy cerca de confundir cuál es el verdadero drama, el de las víctimas, ante el del victimario que ansía liberarse de la pesada losa de un pasado criminal, porque es terrible el destino de al menos dos de las víctimas, porque otra ha logrado, parece, superar aquel episodio traumático de la niñez. La secuencia en la consulta del dentista, una de las víctimas, sí que manifiesta de un modo extraordinario lo que supone la vigencia de un trauma del pasado, así que lee en la ficha médica el nombre del abusador. Tanto Pablo Gómez-Pando como Nacho Sánchez —inolvidable protagonista de Mantícora y con un destacadísimo papel en Subsuelo— brillan en sus secuencias respectivas y nos ofrecen momentos muy intensos psicológicamente. Frente a ellos, el perdón deseado de su abusador, Manuel, parece una transacción comercial, una suerte de ajuste de cuentas para descansar en paz, algo que, a medida que avanza la historia se convierte en su único afán.

          Si esas dos interpretaciones de las víctimas pone la carne de gallina, el equívoco, acaso deseado, de la película, la expiación del agresor, llevada a sus últimas consecuencias, denuncia pública de sus crímenes incluida, ante sus feligreses, y posteriormente difundidas por la prensa, como siguiendo el modelo crístico de la pasión, nos sitúa ante lo que puede ser considerado un acto inusual: la asunción pública de su nefando pecado y el inicio de una lucha social por la transparencia en la Iglesia que le enajenará el favor de sus superiores jerárquicos y lo acercará a la equivoca empatía que se busca despertar en los espectadores hacia él. No digo que sus esfuerzos por atajar la corrupción no la merezca, ciertamente, como le dice su madre: «No entendimos (ella y la hermana de Manuel) lo que hiciste, pero entendemos lo que haces ahora».

          No voy a desvelar algunos datos propios e la trama que explican el giro de los acontecimientos, y mucho menos el desenlace, que se reviste con los ropajes de la hipocresía más tradicional y rancia, pero sí quiero dejar constancia de que estamos en presencia de una película intimista en la que una realidad devastadora se enfoca desde muchas perspectivas que una veces entran en conflicto y otras constituyen callejones sin salida que no nos dejan ninguna salida. Las interpretaciones brillan a gran altura y, sobre todo, el papel de Alberto San Juan, acaso uno de los mejores de una carrera llena de ellos, y solo hay que recordar el de La cena, de Manuel Gómez Pereira, único que se salva del naufragio general de la película. En este cura atormentado que quiere iniciar una nueva vida y se encuentra, como en una delirante pesadilla, con un pasado que vuelve para pasarle las cuentas de sus atrocidades, ha hallado San Juan todos los matices de una interpretación que no descuida, en ningún momento, los matices de una personalidad compleja, que cuida con mimo su acicalamiento, que mira con dejes de viejas tentaciones a los niños en la calle o que cuida con mimo la relación con un joven con quien quiere iniciar una nueva vida, todo ello sin desatender sus labores parroquiales con la complicidad de quien atiende a sus feligreses y ha sabido granjearse su confianza e incluso su admiración. Todo ello sabe expresarlo San Juan a la perfección, muy dueño de todos los registros que nos permiten transitar por el vía crucis en que se convertirá su vida, una vez que la denuncia en sede judicial parece haberlo exigido para que sea cabeza de turco que relaje la presión social sobre la Institución. Lo que es impagable es el modo como se contempla desde dentro el tratamiento de una realidad hiriente que se tiende a minusvalorar, cuando no a negar. Se trata de un repertorio de comportamientos que son sobradamente conocidos, aunque el conocimiento popular no atenúa el clamor social contra tan aberrantes prácticas.

          ¡Ojalá León xiv, desvestido de su pompa, y vestido de calle, para no llamar la atención, se atreviera a ir al cine, sacar una entrada y ver la película! Las víctimas lo merecen.


miércoles, 3 de junio de 2026

«Luces de rebeldía», de Michael Anderson, o la liberación de Irlanda.

 

Entre Ford y Reed, una magnífica película sobre la independencia de Irlanda.

 

Título original: Shake Hands with the Devil

Año: 1959

Duración: 111 min.

País: Irlanda

Dirección: Michael Anderson

Guion: Marian Spitzer, Ivan Goff, Ben Roberts. Novela: Rearden Conner

Reparto: James Cagney; Don Murray; Dana Wynter; Glynis Johns; Michael Redgrave; Sybil Thorndike;

Cyril Cusack; Marianne Benet; John Breslin; Harry Brogan; Richard Harris; John Le Mesurier; Harry H. Corbett; Robert Brown; John Cairney; William Hartnell-

Música: William Alwyn

Fotografía: Erwin Hillier (B&W).

 

          Cualquiera que se haya interesado por la historia de Irlanda sabrá que es lo mismo que meterse en un laberinto de violencia, lealtades y aspiraciones entretejidas con todas las pasiones políticas y humanas imaginables. Esta película nos sitúa, históricamente, en la época que precede al acuerdo que firmó el héroe nacional Michael Collins con los ingleses para reconocer la República de Irlanda, independiente de Reino Unido, pero dentro del Imperio británico, con el reconocimiento de Irlanda del Norte como un territorio plenamente británico.

          La historia comienza ya con las tensiones propias de aquella situación en la que las emboscadas, los golpes de mano y la guerra de guerrillas son parte del paisaje cotidiano de Dublín y de cualquier ciudad o pueblo irlandés. La historia sigue a un usamericano que ha participado en la Primera Guerra Mundial y que ahora, para cumplir el deseo de la madre, estudia medicina en Dublín. La clase en la que el profesor, James Cagney, se burla de sus distracciones durante las explicaciones que da, nos presenta a los personajes como los ejes del relato, porque no tardará en complicarse la vida del joven al vivir, junto a un amigo, un atentado de un luchador por la independencia contra una patrulla británica. En el intento de ayudar al combatiente, el amigo del protagonista es herido y llevado a un piso donde habitan colaboradores de la resistencia. Allí aparece el profesor del protagonista, dispuesto a salvarle la vida al joven, algo que se revela imposible.

          Desde ese momento, sabemos ya que el profesor de medicina es un importante guerrillero por la libertad y, como sabremos mucho más tarde, protagonizó el acto heroico de salvar la vida a su padre en medo de un furioso intercambio de disparos. Después de haber participado en la carnicería que fue la IGM., el protagonista descree de que la violencia consiga nada bueno, pero como desde el primer momento de la acción, con el encubrimiento de una militante en el cementerio, frente a los Blacks&Tans, los paramilitares que atacaron a los revolucionarios irlandeses hasta que se firmó el acuerdo de la independencia, momento en que se disolvieron, el usamericano va percibiendo la dura realidad de los ataques indiscriminados de esa policía paramilitar cuya crueldad fue notoria en aquella época. Como el joven usamericano perdió sus libros durante el salvamento de su amigo, no tarda en convertirse en sospechoso de ayudar a los revolucionarios.

          Tras una entrevista con el General que ordena desde la clandestinidad los movimientos de las tropas, un papel perfectamente interpretado por Micharl Redgrave, el joven es invitado a unirse a las tropas revolucionarias, pero él prefiere volver a Usamérica.

Que sus deseos y la realidad no coinciden no tardará en comprobarlo, cuando, escondido en un faro, no tarde en involucrarse y ser capturado por los Blacks&Tans y sometido a terribles torturas de las que su profesor en la universidad, pasado ya a la clandestinidad, tras ser identificado como activista revolucionario, decide rescatarle con una calculada incursión en los cuarteles de policía.

          La película mezcla la dimensión política, sobre todo por el enfrentamiento entre el general y el médico, tras la firma del acuerdo para el reconocimiento de la independencia de Irlanda del sur, con la que el médico no está en absoluto de acuerdo, por lo que proseguirá la lucha revolucionaria hasta conseguir el objetivo inicial: la independencia de toda Irlanda, no solo la del sur, y las acciones bélicas, de ahí que la película tenga un ritmo extraordinario y secuencias muy conseguidas como la de la vieja noble que lleva en su maletero a un líder de la oposición que ha huido. Esas secuencias son extraordinarias, y acaban con la detención y encarcelamiento de la vieja, quien inmediatamente se declara en huelga de hambre, hasta el fatal desenlace. Ello conduce al audaz plan de secuestrar a la hija de una poderosa familia angloirlandesa que ostenta el poder social en la isla. Y de nuevo la acción bélica en su más puro dinamismo se encarga e absorber el interés de los espectadores.

          Para algunos crítico, la parte del enamoramiento entre la prisionera, que no será liberada hasta que no hagan lo propio con la vieja noble que han condenado a pena de cárcel, es la más floja de la película, pero a mí no me lo parece porque esa llama amorosa surge espontáneamente entre ambos jóvenes.

          No me adentro en los terrenos del desenlace, por supuesto, pero sí quiero dejar noticia del magnífico plantel de actores y actrices que contribuyen a convertir esta película en una joya que acaso lleve demasiado tiempo olvidada. El dúo usamericana que la interpreta, James Cagney y Don Murray (inolvidable actor de Bus Stop, de Joshua Logan) llama la atención por su aclimatación al acento irlandés, lo cual me ha llevado a investigar y enterarme de que ambos son hijos de padres irlandeses, lo cual ha facilitado seriamente su adaptación a la realidad irlandesa. Junto a ellos. Hemos de destacar a otros dos actores descomunales: Cyril Cusak y un joven Richard Harris, aún  a la espera de aquellos papeles estelares en El ingenuo salvaje, de Lindsay Anderson y en Un hombre llamada Caballo, de Elliot Silverstein. He leído en IMDB que estaba dispuesto a rechazar el papel, por ser muy breve, pero cuando se enteró de que el protagonista sería James Cagney, se sumó al proyecto para poder convivir profesionalmente esas semanas con un actor de tantísima categoría.

          Finalmente, pero con un papel destacadísimo, hemos de reconocer la labor artística de Erwin Hillier, un cinematografista nacido en Alemania, y cuyo dominio del blanco y negro y la iluminación consigue, en no pocos momentos, una película cercana al expresionismo y al mejor cine negro. De hecho, Hillier trabajó con Powell y Pressburger, cuya sensibilidad para la puesta en escena y la calidad de la fotografía están fuera de dudas.         

          En resumen, una película que se sigue de punta a cabo con total interés. Una obra notabilísima de un director, Michael Anderson, famoso por obras de gran producción, como La vuelta al mundo en 80 días, pero que aquí adopta un discurso intimista y política de mucha entidad.

domingo, 24 de mayo de 2026

«Dersu Uzala», de Akira Kurosawa, o la emoción, la amistad, la naturaleza...

 



El auténtico Dersu Uzala

«¡Capitán, capitán...!» o la catarsis genuina ante la más pura amistad.

 

Título original: Dersu Uzala

Año: 1975

Duración: 141 min.

País: Unión Soviética (URSS)

Dirección: Akira Kurosawa

Guion: Akira Kurosawa, Yuri Nagibin. Libro: Vladimir Arsenev

Reparto: Maksim Munzuk; Yuriy Solomin; Svetlana Danilchenko; Vladimir Kremena; Dmitriy Korshikow; Suymenkul Chokmorov

Música: Isaac Schwartz

Fotografía: Asakazu Nakai, Youri Gantoman, Fyodor Dobronravov.

 

          ¡Me lo debía!  Cuando vi Dersu Uzala en el cine, tuve la mala suerte de hacerlo en el cine Arcadia, en la calle Tuset. Se trataba de un cine larguísimo, no menos de 30 metros, y con una pantalla no precisamente grande, pues, al fin y al cabo, se trataba de un cine de los llamados de «Arte y ensayo», una hermosa clasificación para salas en las que se podían ver las películas «no aptas» para el gran publico en las grandes salas de exhibición. Allí que me planté con mi Conjunta para ver la última película, entonces, de Kurosawa, uno de nuestros directores favoritos, en la última fila, y ya no recuerdo si fue porque no quedaban otras o por nuestra costumbre de sentarnos lo suficientemente lejos de la pantalla para tener una visión completa. En el recuerdo tengo haber visto Cabaret, de Bob Fosse, en la segunda fila, en una pantalla panorámica y me requetejuré que no volvía al cine si no tenía entrada en la última fila.

Todos los aficionados conocen esta película, y la estima en que se tiene se corresponde con su calidad, pero hasta hace unos días no había sentido la necesidad de volverla a ver en otras condiciones distintas de la vez inicial. Si en aquella primera ocasión me costó hasta identificar lo que pasaba en la pantalla, dado los numerosísimos planos panorámicos de un espacio natural tan impactante como la taiga rusa, en sus dos muy diferentes momentos: el invierno y el verano, el hielo y el verdor, esta vez estaba dispuesto a no dejar pasar por alto ni un solo plano. Contra la boutade de  David Lynch, quien anatematizó los teléfonos móviles y otros soportes tecnológicos para ver el cine, yo he querido verla en mi móvil, cuya capacidad de resolución es extraordinariamente alta. Y no he apartado ni los ojos ni la emoción, ¡ni un momento!, del desarrollo de una de as grandes historias de amistad que se hayan rodado jamás.

          El título de la crítica quiere oponer el grito de reconocimiento de Dersu Uzala, cuando vuelve a encontrarse en el verano con el amigo con quien vivió tantas experiencias que a punto estuvieron de convertirse en dramas, al grito postizo de El club de los poetas muertos, de Peter Weir, porque hay un abismo entre ellos, y  los jóvenes a quienes engañó la tramposa película de Weir deberían comprobar, tras ver esta joya de Kurosawa, la diferencia sustancial que hay entre ambos gritos. Este de Dersu se te mete en las entretelas del corazón, te agita la respiración y te provoca un acceso de llanto irreprimible. Toca en lo más profundo de los sentimientos, porque el personaje de Kurosawa es la encarnación de la vida primigenia ligada a la naturaleza y ajena a la obra de la civilización. Respira pureza por todos los poros, tanta como ingenuidad, bondad y amor al espacio donde vive y a los seres que lo habitan, entre los que algunos hombres son más peligrosos que las fieras temibles, como el tigre al que cree haber matado en un momento de la historia. Es bien sabido, además, que se trata de una historia real, pues la película está basada en las memorias publicadas en 1923 bajo el título Dersú Uzalá, un cazador de la etnia hezhen que lo acompañó durante su exploración de la región siberiana de Sijoté-Alín

          El contraste entre los soldados y Dersu, y cómo las burlas hacia el hombre primitivo se vuelve admiración cuando este domina admirablemente el conocimiento del medio en que están y cómo ha sido capaz no solo de salvar la vida del capitán en una de las secuencias más espectaculares de la película, sino también la propia, cuando queda expuesto a la poderosa corriente del río que lo lleva hacia unas cataratas donde perecerá, otra de las secuencias espectaculares de una película llena de ellas, y casi todas relacionadas con las manifestaciones extremas de la naturaleza. Películas en la que esta tiene un carácter protagonista hay muchas, por supuesto, y baste recordar Aguirre o la cólera de Dios, de Herzog, La misión de Scorsese, Apocalypto, de Gibson o, bien recientemente, Godland, de Hlynur Palmason, pero en esta película de Kurosawa disponemos, como impagable regalo, de la creación de un personaje, el caador Dersu Uzala, que nos roba el corazón desde que irrumpe en escena. A mí, particularmente, me ha recordado el libro de Jaime Vándor, Los ricos de espíritu, primos hermanos de los «pobres de espíritu». quienes, según los Evangelios, serán los únicos que verán a Dios —acaso porque lo llevan dentro—, entre los que se cuenta, por ejemplo, el príncipe Lev Nikoláyevich Myshkin, protagonista de El idiota, de Dostoievski. Se trata de esos personajes que como el de El hombre que no quería ser santo, de Edward Dmytryk. Viven casi ajenos a sí mismos y volcados hacia el exterior desde la más humilde de las actitudes imaginables y con una preocupación por el prójimo  que no tienen por ellos mismos.

          La relación entre los dos protagonistas de la película, el capitán y Dersu está marcada por la evolución de este último, quien, tras reencontrarse en el verano siguiente al de su primer encuentro, comienza a recibir señales inequívocas de que sus sentidos ya no le «obedecen» como él estaba acostumbrado, y el primero y fundamental el de la vista: la escena de la caza del ciervo es vivida por Dersu como una tragedia: ¿qué va a ser de un cazador que pierde la vista y es incapaz de acertar al disparar a sus presas? El ofrecimiento del capitán: «mi casa es tu casa», es la salvación para el viejo cazador, quien se agarra a ella con un agradecimiento que vuelve a tocarnos muy adentro. Otra cosa muy distinta es lo que sucede cuando al intrépido cazador de la taiga lo encierran entre loa muros de una casa y se ve pasando las horas sin actividad ninguna, salvo mirar el fuego de la estufa y recontar sus historias al «pequeño capitán», al hijo de su amigo. Ahí advertimos el profundo contraste entre la vida salvaje y aventurera (no quiere dinero de su amigo cuando este se va, porque dice que cazará martas, que, para él, «son dinero». Si bien es cierto, como le cuenta en verano a su amigo, que su ingenuidad lo llevó a dejarse embaucar por un aprovechado que, a cambio de vodka, le robó el dinero ganado con la piel de sus martas.

          Son tantas las secuencias en las que nos sentimos formar parte de la naturaleza que no me extraña que en su día se hablara de esta película como de un canto ecológico de amor a nuestro planeta. Se trata de una película rusa, y no e extrañaría nada que Kurosawa hubiera tenido muy presente una película de Mikhail Kalatozov,  La carta que nunca fue enviada, rodada en los mismos escenarios que Dersu Uzala quince años antes, en 1960. Se trata de una película poco conocida del gran público, pero tan espectacular como esta de Kurosawa y como otra suya, más conocida: Soy Cuba, una apología de la revolución cubana con unas imágenes verdaderamente impactantes, un prodigio de técnica y de sensibilidad.

 

viernes, 22 de mayo de 2026

«1976», de Manuela Martelli o el cine político a contrapelo.

 


La represión del pinochetismo en Chile desde los ojos de la clase alta.

 

Título original: 1976

Año: 2022

Duración: 94 min.

País: Chile

Dirección: Manuela Martelli

Guion: Manuela Martelli, Alejandra Moffat

Reparto: Aline Küppenheim; Nicolás Sepúlveda; Hugo Medina; Alejandro Goic; Antonia Zegers; Carmen Gloria Martínez; Marcial Tagle; Amalia Kassai; Gabriel Urzúa; Mauricio Pesutic; Ernesto Meléndez; Graciela Tenenbaum; Mora Recalde; Elvis Fuentes; Francisco Ossa; Germán de Silva.

Música: Mariá Portugal

Fotografía: Soledad Rodríguez.

 

          Como no se puede estar en todos los frentes, la actualidad, las obras maestras, los clásicos de la época muda, el llamado cine étnico, las rarezas, etc., ¡qué bien viene poder disponer de plataformas cinematográficas donde te aparecen, de repente, películas que ni siquiera te imaginabas que existiesen, porque el cine no es mi monomanía, sino una más de las plurales historias de mi pasión por las artes, aunque es cierto que le dedico muchísimo más tiempo a esta que a otras.

          1976 es una cifra, pero para quienes vivieron como un mazazo de la Historia el golpe de Estado en Chile, y la muerte de Salvador Allende, de Víctor Jara y de tanta gente de demasiada buena fe, es un resumen sociológico, la cifra de un estado totalitario, policiaco, que controla las vidas y haciendas de la población y distingue a las personas entre «subversivos» y «gente de orden». ¿Qué sucede cuando, por la ayuda que una mujer de la burguesía dominante presta en una parroquia, una persona del segundo grupo se convierte en protectora de otra del primero? 1976 es la respuesta.

          La acción transcurre durante las vacaciones de invierno, en la casa de la playa de un matrimonio acomodado, él es cirujano, ella gobierna su casa y hace obras de caridad, amén de ayudar a su hija con los nietos; una casa en obras que se han de acabar antes de que lleguen los invitados, y, de hecho, la película comienza con la señora probando mezclas de colores en una droguería para llevarse los botes con los que pintar algunas paredes del salón, cuyo diseño incluye una atrevida piscina interior donde nadan peces de acuario. Mientras compra las pinturas, se oye un disparo en la calle y el mozo se apresura, después de que la mujer se haya acercado a la puerta para ver de qué se trata, en bajar la persiana metálica, porque, y eso lo intuimos, acaban de «cazar» a un subversivo, dado que está vigente un toque de queda, lo cual va a complicar, ciertamente, la deriva de la benefactora acción de la protagonista, quien se encarga de cuidar a un hombre joven, un subversivo, herido de bala en una pierna.

          Por encargo del cura, la mujer se irá convirtiendo, poco a poco, en el enlace entre el herido y sus compañeros de lucha para ser transportado de la casa del cura a un lugar seguro, porque al cura le preocupa que pueda ser descubierto, lo que implicaría, acaso, a su provecta edad, ser trasladado a otra parroquia o expulsado del sacerdocio. Es entonces cuando, de una manera muy sutil, la mujer comienza a vislumbrar el peligro al que se expone y al que expone a toda su familia, que lo ignora absolutamente todo de sus andanzas medianeras.

          Lo esencial de la película es el modo como la mujer, con una actuación memorable, llena de delicadeza y naturalidad, se va involucrando en la suerte de un subversivo de quien lo ignora todo, y viceversa, porque ella recibe el nombre en clave de Cleopatra, lo que da pie a algún brote de humor de los que hay en la película, pero sometidos a un control extraordinario, dado que es el aire de historia policiaca el que predomina en la historia. La señora burguesa que ayuda a un subversivo es, en 1976, una transgresión casi equivalente a la de ignorar el precepto constitucional de presentar Presupuestos en una democracia, de ahí que la entrada en los procedimientos de la clandestinidad de la protagonista vayan acompañados de la sospecha de estar siendo vigilada, algo que se explicita cuando encuentra el coche abierto y revueltos los papeles de la guantera. A partir de ahí, no le entra el miedo el cuerpo, sino que se le triplica, porque desde su primer contacto con otros miembros de la subversión, vive sin vivir en ella, y muy preocupada de que su marido u otros miembros de la familia lleguen a darse cuenta de sus «andanzas». Al margen de la aventura «política», la ya abuela protagonista, que sigue siendo una mujer de magnifica presencia, con una distinción propia de la persona de buen gusto, intercambia miradas con uno de los albañiles que acaban la obra llenas de un deseo que no progresa, aunque bien podrían considerarse de prevención por si supiera algo de sus movimientos, pero en la medida en que el hermoso joven subversivo aparece ante ella como un perfeto Adonis, a quien ella lava y asea sin que derive en ningún momento hacia la sensualidad, me inclino a pensar que hay una suerte de canto de cisne de una sexualidad que va camino de la extinción, a juzgar por la relación que tiene con su marido. El repertorio de miradas de la protagonista es un mundo que los espectadores han de contemplar y valorar en su justa medida, porque pocas veces, solo con ellas, se ha dicho tanto en pantalla. La interpretación de Aline Küppenheim, a quien veo por primera vez en pantalla, me ha recordado a aquellas esposas burguesas de las películas de Antonioni, de Rossellini, de Fellini, recluidas en un espacio reducido en el que se ahogan. La aventura de la protagonista va mucho más allá de la caridad y del deseo, y solo es consciente de ello cuando se siente cercada, vigilada y amenazada por las mismas fuerzas que garantizan su elevada posición social. A este respecto, es muy ilustrativa la conversación que tienen en el barco en el que pasean.

          Está claro que el reparto en su conjunto brilla a un nivel extraordinario, y no quiero pasar por alto la parda en un bar muy modesto en el que tiene un diálogo muy tenso con un parroquiano, interpretado por Germán de Silva, cuya profesión es la de buzo. La atmósfera lograda en esa secuencia es ultrapropia de la película de terror en la que está a punto de incurrir la película. Ahí, por ejemplo, es donde descubro que el «completo» que le pide al camarero es lo que nosotros llamamos un frankfurt, por ejemplo. Y esto me viene de perlas para elogiar la puesta en escena en todos los momentos de la historia, porque son muchos ambientes distintos los que aparecen, y cada uno de ellos tiene una dimensión específica que redondea la producción, y todos ellos plasmados con una fotografía de pimerísima calidad.