El peso de la gravedad en un exceso de patetismo con mínimos anclajes narrativos.
Título original: To Vlemma
tou Odyssea (Ulysses' Gaze)
Año: 1995
Duración: 176 min.
País: Grecia
Dirección: Theo Angelopoulos
Guion: Tonino Guerra, Theo
Angelopoulos, Petros Markaris
Reparto: Harvey Keitel; Maia
Morgenstern; Erland Josephson; Giorgos Konstas; Dora Volanki; Alekos Udinotis; Thanassis
Vengos; Thanos Grammenos; Mania Papadimitriou; Angel Ivanov; Ljuba Tadic; Yorgos
Michalakopoulos.
Música: Eleni Karaindrou
Fotografía: Giorgos
Arvanitis-
Quizás con
venga recordar desde cuándo conocemos al Séptimo Arte como tal. Así fue llamado
por Ricciotto Canudo en 1911, que luego llevo a la imprenta en 1914 bajo el
título Manifiesto de las Siete Artes. Hace más de un siglo pues, que el
cine se ha considerado una de las bellas artes, y pruebas contundentes hay de
ello para acallar a los teóricos más exigentes.
Conviene recordarlo porque el cine de Angelopoulos en general, y esta película
muy particularmente no tienen otro sentido que demostrar palmariamente la neta
vocación estética de un cine que,
contrariamente a lo que esa aspiración podría suponer, el amor al arte por el
arte, está enraizado poderosamente en la Historia y en el drama de la aventura
humana.
Que se titule La mirada de Ulises
en modo alguno es un capricho, sino un recordatorio de que la existencia humana
es siempre un viaje hacia nunca sabemos exactamente dónde, aunque siempre haya
una Ítaca allá a lo lejos hacia donde pone proa la nave que va, la nave que nos
lleva, e incluso la nave que somos. En
este caso, por supuesto, no hay más reino perdido que el de la mirada inocente,
primigenia, prístina, o como cualquiera quiera llamarla, pero siempre la
primera, la «mirada original», podríamos decir, porque, eso ya se intuye desde
el arranque de la película: el protagonista, un director de origen griego que
ha vivido en el exilio y vuelve a su lugar natal, persigue una mirada muy
concreta: la de los dos pioneros del cine griego, las primeras imágenes
grabadas, que se conservan, al parecer, en tres bobinas que nunca han podido
ser reveladas. La película se convertirá en el periplo que seguirá el director
para descubrir la localización exacta de esas tres cajas, un camino en el que
irá encontrándose con diferentes mujeres que, interpretadas por la misma
actriz, vienen a representar las «tentaciones» de Ulises y las diferentes
estrategias que siguen cada una para intentar retenerlo, todo ello a través de
un viaje que lo lleva desde Grecia a los Balcanes, un territorio atravesado por
la guerra y en el que vivirá no solo el descubrimiento de la realidad desde su
mirada excéntrica, sino el de sí mismo a través del recuerdo de su propia
familia, en una de las secuencias más inspiradas de la película, aunque toda
ella está atravesada por momentos tan sorprendentes como intensos y bellos,
como el desmontaje de una estatua de Lenin y su instalación en una barcaza para
llevarla por el Danubio rumbo a Alemania, como pieza de coleccionista, una
estatua a la que el director le arranca hermosísimos planos, no solo del desplazamiento
aéreo, sino, sobre todo, del viaje en la barcaza, contemplado en las orillas
por personas que se arrodillan a su paso e incluso se santiguan, como si vieran
pasar la imagen de un santo, o acaso del mismísimo diablo...
Nada de cuanto acontece en la pantalla se
nos presente desde el orden narrativo del naturalismo, sino desde una suerte de
distanciamiento metafórico y simbólico que, hasta cierto punto, deshumaniza a
los protagonistas, por más que se apele, en no pocas ocasión es, al vínculo
sentimental entre ellos, y de ahí ese hieratismo que propicia la gravitas
que domina el comportamiento de todos los personajes, conscientes del peso
existencial e histórico que los habita, lo cual conduce a una rigidez
interpretativa que puede distanciar a muchos espectadores, poco propensos al exceso
de ritualismo en tales desempeños actorales. Pongamos por caso el reencuentro
con la madre, absolutamente teatral, porque el protagonista sigue siendo adulto
y se incorpora como niño a las escenas familiares en una celebración navideña
en la que asistimos al regreso del padre y a tres celebraciones de diferentes
años en los que observamos la llegada de los regímenes totalitarios y cómo
afecta a las viejas familias burguesas judías. Son unas secuencias que parecen
inspiradas en el teatro de Bertolt Brecht, no solo por el uso de las canciones
y la puesta en escena, sino por ese resabio de didactismo histórico que late en la planificación de lo que acontece.
El viaje del director lo lleva desde
Gracia hasta Sarajevo, pasando por Albania, Macedonia, Bulgaria y Rumanía., siempre
siguiendo los pasos de los hermanos Manaki, Janaki y Milton, quienes fueron los
primeros testigos cinematográficos de un mundo anterior a la fragmentación
nacionalista de espacios habitados por personas de muchos orígenes y lenguas
diferentes. Instalados en Monastir, un lugar un lugar de encuentro de griegos,
eslavos, albaneses, valacos, turcos, judíos, etc., los hermanos Manakis dejaron
una copiosa producción de películas que recogieron los modos tradicionales de
vivir de esas zonas que me han traído a la memoria las páginas de Danubio, de
Claudio Magris, otro lugar de encuentro de culturas que no necesariamente anduvieron
siempre a la greña, excepto por el choque contra los afanes imperialistas
otomanos, que tanta huella geopolítica dejaron.
La
fábula sobre las bobinas no reveladas, custodiadas por Ivo Levy en lo que queda
de la filmoteca de Sarajevo es, exactamente, esa «mirada» que se quiere
rescatar del olvido, una suerte de «primera mirada» que tanto salva como
condena, porque no hemos de olvidar cómo arranca la película: con la muerte de
quien tiene preparada la cámara para captar la travesía de un velero majestuoso
que zarpa hacia su destino. La película es, también, la mirada del cine sobre
el cine, e incluso sobre su herramienta: la cámara, que lleva a los Manki a
comprar una cámara inglesa y a que los protagonistas hablen largo y tendido
sobre los métodos de revelado, ¡tan emocionantes para ellos!, pero, por
contagio, también para nosotros.
Las
escenas de guerra rodadas en la niebla profunda, y que suponen la muerte de Ivo
y de su hija, para total desgarro del protagonista, son literalmente un
prodigio de puesta en escena y de narración auditiva de la que ocurre, dada
nuestra ceguera, bien podríamos decir que fuera de plano. Constituyen algo así como la culminación de un ritmo majestuoso que
nada tiene que ver con la vida corriente y moliente, sino con las vidas que viajan
al encuentro de la eternidad. El resto ha de paladearlo el espectador, y
regodearse en tanta belleza como le arranca Angelopoulos al periplo de un
viajero olvidado de sí.








