Título original: Infinite Storm
Año: 2022
Duración: 104 min.
País: Australia
Dirección: Malgorzata Szumowska
Guion: Joshua Rollins. Artículo: Ty Gagne
Reparto: Naomi Watts; Billy Howle; Sophie Okonedo; Denis O'Hare; Eliot Sumner; Parker Sawyers; Joshua Rollins; Alja Gacnik; Karin Putrih; Arya Petric.
Música: Lorne Balfe
Fotografía: Michal Englert.
Título original: Balandrau, vent salvatge
Año: 2026
Duración: 116 min.
País: España
Dirección: Fernando Trullols
Guion: Danielle Schleif. Novela: Jordi Cruz
Reparto: Álvaro Cervantes; Bruna
Cusí; Marc Martínez; Francesc Garrido; Eduardo Lloveras; Àgata Roca; Anna
Moliner; Pep Ambròs; Jan Buxaderas; Corentin Lobet; .Rai Borrell
Música: Arnau Bataller
Fotografía: Miquel Prohens.
La fatal
atracción del riesgo; la abnegación solidaria y la ley de la naturaleza. Dos
maneras de entender el rescate y de cómo descienden otros quienes subieron.
Separadas por cuatro años, vemos con muy poco intervalo de tiempo entre
ellas estas dos películas que conforman un clásico «programa doble», aunque no
como los de antaño, porque en los cines solían mezclar una de vaqueros y una de
romanos o una de terror y una comedia, para satisfacer todos los gustos,
imagino. Estas dos tienen un mismo tema aunque las circunstancias de las
historias que se nos narran son bien diferentes. La primera es obra de una
directora muy bregada; la segunda, la ópera prima de Fernando trullols, hasta
ahora estrecho colaborador de J.J Bayona y ayudante de dirección en Un
monstruo viene a verme. Es totalmente azaroso el hecho de que Bayona haya
rodado La sociedad de la nieve y Trullols se adentre en la montaña y sus
trampas de viento y nieve para rodar una historia basada en hechos reales, recogidos
en un libro de Jordi Cruz y reconstruidos ahora en la película de Trullols.
La historia es tan simple como los cientos y cientos de
accidentes que se producen cada año en las montañas del mundo, por muy
distintas causas. En esta historia el drama se produce por el súbito torb,
una ventisca de nieve que facilita dos elementos cruciales: la desorientación,
porque borra el terreno y la súbita sensación de fría que hace descender la
temperatura a niveles de ocho miles, aunque los escaladores estuvieron apenas a
2300 m de altitud. Desencadenado el torb, solo cabe acogerse a la
experiencia y a la fortuna de tomar las decisiones acertadas, lo cual no es lo
que les sucede a los montañeros, algunos de ellos expertos, que sucumben al
fenómeno climatológico. Una vez sabido por los equipos de rescate que hay
montañeros allá arriba, se organiza, no sin la reticencia de la autoridad ante
quien rinden cuentas los bomberos un rescate que va a convertirse, junto
con las terribles escenas de la pérdida
de los montañeros, en el eje de la película. Da la impresión de que la tensión
entre el jefe administrativo y el operativo de rescate vaya a convertirse en el
núcleo central de la película, pero la materia está bien distribuida para que
el único superviviente del grupo de amigos al que sigue la película —el más
reticente a hacer la escalada, además—, tengo un protagonismo con el que el
actor Álvaro Cervantes cumple satisfactoriamente. Apenas hay inmersión
psicológica en los personajes, de quienes solo sabemos que el protagonista se
declara, en ridícula escena, a quien subirá con él a la trampa mortal .
Hay un intento de crear una suerte de coreografía de la
solidaridad, con los voluntarios excursionistas que se ofrecen para hacer las
siempre ingratas labores de cata para descubrir cadáveres, y, frente a ellos,
la reclusión de los familiares en un vestuario para evitarles un asedio de la
prensa que en ningún momento sucede. La tensión de las familias, ajustándose a
lo real, peca de envaramiento y no siempre los estallidos nerviosos son
convincentes. De entre todos los personajes relacionados con el suceso destaca
el bombero jefe, Siscu, quien tiene a su mando a su propio hijo, lo que, no sin
cierto sonrojo, provoca la expresión de una rendida admiración por el «olfato»
rastreador del padre, a cuya insistencia debió el superviviente haberlo sido.
La entrega del rescatador va más allá de lo que, en puridad, puede exigírseles
a quienes arriesgan su propia vida para salvar las de los otros, aunque su
conocimiento de la montaña y de sus asechanzas les permite exhibir, junto a la
seguridad de la experiencia, el temor a lo desconocido, a lo imprevisible.
Las escenas del torb están rodadas con poderoso
realismo y no le cuesta al espectador ponerse en la piel de quienes son
sorprendidos por un fenómeno más allá de su propia capacidad de supervivencia.
Poco a poco, en un fatídico conteo, van cayendo unos y otros irremisiblemente
en la garra de ese torb que se presenta como el heraldo y verdugo de las
Parcas.
La tormenta infinita cuenta una historia muy
distinta, porque el suceso se reduce a dos personajes que se encuentran
accidentalmente donde uno de ellos jamás hubiera imaginado que alguien pudiera
estar en él y de la forma que estaba, prácticamente vestido de calle, sin protección
alguna. La montañera interpretada por Naomi Watts, de quien más tarde sabremos
que tiene una dolorosa historia familiar detrás, encuentra accidentalmente a un
hombre, sentado en una piedra y expuesto a la acción mortífera de una tormenta
en todo semejante al torb de la anterior y que amenaza con quitarles la
vida a ambos. Aunque el hombre se resiste a ser rescatado, como si se tratara
de una decisión consciente de exponerse a esa tormenta, acaba sometiéndose a la
insistencia de la rescatadora, muy curtida en ese tipo de situaciones. El
grueso de la película se centra en la más que laboriosa acción de rescate y en
el hecho de «cargar» con alguien a quien quieres salvar la vida a la que había
decidido poner fin.
Casi todas las películas de montaña tienen siempre algo de
angustioso y reverencial ante la Naturaleza con mayúscula, casi un ser con vida
propia frente al que mostramos un desvalimiento absoluto y un ingenio que ella,
la naturaleza, jamás podrá conocer. Es una lucha hermosa, aunque sea desigual,
y no siempre vence el ingenio, aunque sí suele hacerlo el tesón, como ese
«demos otra pasada, que tengo la intuición de que algo veremos» del bombero en
el helicóptero que sobrevuela los riscos, grietas y laderas del Balandrau.
Sí, hablamos, como es lógico, de personajes «de una pieza»,
como el de Watts, La tormenta infinita lo misma más, porque no solo se
trata de la destreza profesional, sino del trauma que se va dejando atisbar en
algunas secuencias cuya explicación nos será dada en el último tercio de la película,
cuando reparamos en que se trata no solo de una «llanera solitaria» de la alta
montaña, sino también de un alma herida que ha buscado la desaparición en la
peregrina forma de suicidio que significa morir congelado en una de esas
montañas propicias para tal acción. Gran parte de la acción se centra en el rescate
propiamente dicho, por supuesto, y esas sí que son escenas mucho mas logradas
que las de Balandrau, aunque también en esta, el rigor de la cellisca
deja claro al espectador la dureza y los riesgos de ser pillado, de repente,
por una tormenta de viento y nieve con temperaturas próximas a la congelación.
Porque, y eso es ley de vida que todo el mundo conoce, las montañas, y más aún
nevadas, son traicioneras y te reservan sorpresas mayúsculas. Pensemos en una montaña
discretita, como Montserrat, en la que alguien puede resbalar y caer por un
barranco del que ya no regresa con vida, fuera o no empujado, por supuesto, que
es está por ver, en el caso Andic, el propietario de Mango, como todos los
espectadores habrán adivinado; y trasladémonos después a cimas por encima de
los dos mil metros para entender bien la dimensión de las tragedias que se nos
ofrecen en ambas películas. El presupuesto influye mucho, está claro, porque
advertimos una gran diferencia entre una y otra película, a favor de La
tormenta infinita, pero el aire de película «generacional», con un grupo
que puede cumplir ese papel, y ahí las interpretaciones dejan algo que desear
en Balandrau, no puede competir con un drama individual en el que se
entra con una gran delicadeza para explicar las razones de la protagonista y su
compulsión salvadora que la empuja a rescatar al suicida al que encuentra por
casualidad y con absoluta incredulidad,
porque no concibe que se pueda subir tan alto tan desprovisto de protección térmica.
No sé si recomendarla para aficionados a la montaña,
porque, en el fondo, tiene más que ver con el cine de catástrofes que
propiamente con las aventuras de montaña como Las ocho montañas, de Felix
Van Groeningen y Charlotte Vandermeersch, o tantas otras de rescates al borde
del infarto y clásicos como La montaña, de Edward Dmytryk. En cualquier
caso, espero que los espectadores sepan intuir si estad dos películas se ajustan
o no a sus gustos «montañeros» o han de seguir viendo los magníficos
documentales que sueñen estar por encima de la medio ficción, aunque ambas
películas se ofrecen como casos auténticos, y, al menos en el caso de Balandrau, sí que
hay un documental que, al parecer, supera a la película.








