Un retrato político y humano, demasiado humano, gaudeamus igitur!
Título original: La Grazia
Año: 2025
Duración: 133 min.
País: Italia
Dirección: Paolo Sorrentino
Guion: Paolo Sorrentino
Reparto: Toni Servillo; Anna
Ferzetti; Orlando Cinque; Massimo Venturiello; Milvia Marigliano; Giuseppe
Gaiani; Giovanna Guida; Linda Messerklinger; Vassco Mirandola; Alessia Giuliani;
Roberto Zibetti; Rufin Doh; Simone Colombari; Alexandra Gottschlich; Lucio
Zagaria; Francesco Martino.
Fotografía: Daria D'Antonio.
Sorrentino se
adentró ya en el fértil terreno de la conciencia de un político
democratacristiano en su película Il Divo, dedicada a una personalidad
tan inquietante y fundamental en la política italiana del siglo XX como Giulio
Andreotti, e incluso se atrevió a meterse en la piel de un precedente de Trump,
Silvio Berlusconi. En ambos casos, al que ahora se suma la figura del
presidente de la República de La Grazia, interpretados por el mismo actor: Toni
Servillo, a quien todos los cinéfilos han admirado en el papel de Jep
Gambardella de La gran belleza, una de las cimas de la carrera
cinematográfica del director napolitano.
El cine
político italiano tiene una sólida tradición, de la que, a mi juicio, carecemos
aquí en España. Prueba de ella es la aparente «facilidad» con que aceptamos la
existencia de ese Presidente de la República cuyos últimos meses en el cargo
son el motivo de esta película. El retrato de un eminente jurista, un hombre
«académico», un juez, cuya condición de tal, según su hija, secretaria ―y
«perra guardiana» de su salud―, «no se pierde nunca», se va a ser sometida a
prueba por tres decisiones que pueden «marcar» su mandato: dos indultos
comprometidos y la aceptación de la muy controvertida socialmente ley de
eutanasia. La minuciosa descripción de la vida presidencial en el Quirinale
acaso pudiera dar la impresión de que el director nos iba a sumergir en le
siempre un punto diabólica política italiana, pero, a diferencia de Il Divo, en
la presente Sorrentino ha optado por darnos eso que llaman los prensistas del
corazón «el lado humano del personaje», aunque siempre está presente, como un
soterrado motivo recurrente, la decisión de firmar o no la ley de eutanasia.
En el retrato
de De Santis, incluida su amistad con el primer Papa negro (con coleta
rastafari, por cierto), domina sobre todo, en esos momentos del atardecer en
que sube a lo más alto del palacio para fumar a escondidas de su hija y con la
masculina complicidad de su ayudante, ante un espectacular atardecer romano, el
recuerdo punzante de su esposa muerta, a quien amaba sobre todas las cosas. De
ella apenas sabemos nada, excepto el doloroso recuerdo que tiene De Santis de
que su esposa lo engañó una vez, y él no desea otra cosa en esta vida que saber
con quién lo hizo, una fijación con la que asedia a Coco, una galerista amiga
del matrimonio, que viene a significar
en el Quirinale lo mismo que el vestido rojo de la segunda mujer del padre en Hannah
y sus hermanas, de Woody Allen, a juzgar por sus modales libérrimos y
ausencia de pamplinas que se gasta con el viejo amigo, circunstancialmente Presidente
de la República. Que el propio De Santis sea un amante del rap, una
extravagancia que se suma a la del Papa conductor de motocicletas, pretende
aliviar por el lado cómico la responsabilidad de un Presidente que se debate
entre firmar o no una ley que parece atentar contra el dominante sentimiento
católico de la sociedad italiana. Con todo, a lo largo de sus relaciones con
unos y otros, protocolarias o deseadas, como la espera en la sala común de la
cárcel para hablar con la persona a quien habría de concederle el indulto, que
es sobrina, además, de un conocido político que aspira a sucederle en el cargo,
tienen numerosas escenas de profunda comicidad que equilibran la balanza del
retrato entre la duda moral y las «exigencias» del cargo, como la espectacular
escena en la comida fraternal de los vigilantes alpinos a cuya celebración se
suma y en la que acaba teniendo un protagonismo insólito. De todos esos
registros de su personalidad y del ejercicio de su cargo queda en la conciencia
del espectador la necesidad de que un cargo representativo tan alto tenga ciertos
nexos que lo «aten» a una sociedad de la que es símbolo.
Como el
retrato de Sorrentino es el de un hombre no solo en las postrimerías de su
mandato, sino también en las de la propia vida, ¡qué congruente es con él la
constante melancolía que atraviesa la película como un basso continuo!,
incluso después de dejar la alta magistratura y reincorporarse, con profundo
dolor al piso que compartió con su mujer, de quien aún guarda su fondo de
armario intacto, que él recorre con la emoción de sentir viva, lúcida y carnal
a quien daba sentido a esos diseños. Es en ese momento, alejado del Poder, y en
contacto con los vestidos que su mujer animó cuando se da cuenta de que, acaso,
de todas las vidas posibles que se le abren a alguien cuando ha de tomar
decisiones que condicionaran su vida, él duda de si escogió la mejor. Ser una
autoridad académica, y política en su vejez no parece que pueda compensar la
vitalidad perdida, el exceso de gravedad añadida a su destino jurídico, a su
labor judicial o a su cargo político como un peso del que no ha sabido
librarse. Durante toda la película he pensado que su título hubiera debido ser La
insoportable gravedad del ser, porque, además del recuerdo de su esposa
muerta y del agravio de la infidelidad sufrida cuarenta años antes, De Santis
es un hombre que no ha sabido vivir, o al menos como a él, en sus postrimerías,
le da por pensar que hubiera querido vivir, y lo cifra en algo que es muy gráfico, aunque a
otros pueda parecerles banal: en medio de la explosión cromática de los trajes
de su querida mujer, mientras mantiene una conversación confidencial con la
directora de una revista de moda, lamenta no haber sido un hombre capaz de
vestirse con una chaqueta rojo pompeyano y unos pantalones de lino blanco ―que
es recuerdo explicito de uno de los modelos que luce Jep Gambardella en La
gran belleza―, en vez del gris marengo perpetuo con el que asocia su vida
monocroma. Es en ese momento cuando finalmente conocemos algo de su mujer y lo
mucho que compartía con Coco, la amiga entrañable de ambos.
Aunque no es
el objetivo de la película recrearse en la maquinaria estatal de la Presidencia
de la República, con todos los actos a que el elegido está obligado, Sorrentino
ha dibujado con varias pinceladas maestras las servidumbres del cargo, y la
presencia de la hija, aun a pesar de su cargo de Secretaria, humaniza el
espacio, pero sin llegar, como es lógico, a convertir el Quirinale en un «hogar».
La fría distancia entre ambos, juristas los dos, es otro síntoma inequívoco que
define la vida «grave» que escogió De Santis y que supo soportar hasta que la
muerte de su mujer lo dejó solo frente al exceso de sentido y de responsabilidad,
más que a la ausencia de él. El fin de su mandato es, en cierto modo, un momento
de transición vital, y de ahí la tensión que subyace en toda la película y su
implicación en las historias humanas sobre las que ha de emitir, acaso, su
última sentencia pública.
El don de Sorrentino
para la puesta en escena no necesita ser encomiado, porque la selección de
exteriores e interiores consigue lo que en su cine es habitual: la presencia
constante de la belleza, sin necesidad de buscar ángulos inéditos para la
cámara o planos que funcionen autónomamente en la película, desgajados del
guion, a modo de estampitas esteticistas que buscan la complicidad de los
exquisitos. A lo mejor por eso es por lo que dice Sorrentino que está deseando
acabar los rodajes para irse a casa a ver los partidos de fútbol, que le
apasionan...






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