Título original: Kaibutsuaka
Año: 2023
Duración: 126 min.
País: Japón
Dirección: Hirokazu Koreeda
Guion: Yuji Sakamoto
Reparto: Soya Kurokawa; Hiiragi
Hinata; Sakura Ando; Eita; Mitsuki Takahata; Akihiro Kakuta; Shido Nakamura; Yûko
Tanaka.
Música: Ryūichi Sakamoto
Fotografía: Ryûto Kondô.
Título original: An Unfinished Film
Año: 2024
Duración: 106 min.
País: Singapur
Dirección: Lou Ye
Guion: Lou Ye, Ma Yingli
Reparto: Huang Xuan; Eric Qin;
Qui Xi; Zhang Songwen; Liang Ming; Xiaourui Mao
Fotografía:Zeng Jian
La amarga
vivencia infantil de la diferencia sexual y la homosexualidad como tabú en una
reflexión metacinematográfica afectada por el Covid: La realidad en las dos
orillas del Mar de la China Oriental.
Hirokazu Koreeda es un autor muy
volcado en los dramas familiares, y esa pericia, adquirida en el rodaje de
tantos éxitos, porque por ellos se cuentan sus estrenos, le ha llevado a algo así
como a una excelente vuelta de tuerca para contar una historia que se nos
ofrece como un rompecabezas cuyo sentido último solo se desvela en el último
tramo de la película. Rodada al estilo de Rashōmon, de Akira Kurosawa, la
historia se nos contará desde diferentes puntos de vista, de tal manera que con
unas y otras versiones nos iremos, finalmente, acercando a la verdadera
realidad, que no es otra que la amarga vivencia infantil de una gran diferencia
que no se asume en su integra realidad: la amistad diferente de dos chiquillos,
uno de los cuales se convierte en víctima de acoso por pate del otro, quien,
desde un mutismo insufrible, para su madre y para la comunidad escolar, vivirá
su drama transformado en un acosador que, sin embargo, al ser reprimido por su
profesor, y tratado de forma violenta, se convertirá en víctima.
A partir del momento en que la madre
del protagonista adquiere el convencimiento de que su hijo ha sido maltratado
en la escuela, y pone una denuncia para que el profesor sea sancionado,
asistimos a una suerte de radiografía del sistema educativo japonés, con la consiguiente
alteración y posicionamiento del claustro de profesores y de la directora. Dada
perspectivas distintas, no acabamos de
entender muy bien el desarrollo de los acontecimientos, y solo con la suma de
todas las versiones sacamos en claro el porqué de todo y, sobre todo, las
razones de unos y otros personajes para manifestarse como se manifiestan. Acaso
haya algo de trampa en esa estructura, pero mantiene el interés de una forma
subyugante, porque nos hace contemplar los detalles como elementos decisivos
para lograr la intelección de lo sucedido.
El estudio de personajes es una de las
habilidades de Koreeda y ello no solo se ve en los niños protagonistas, sino,
sobre todo, en la figura de la madre, viuda, y del profesor, cuya vida se
descompone en un abrir y cerrar de ojos por la acusación de la madre y la inicial
actuación timorata de una directora que oculta, como se suele decir, su propio
cadáver en el armario, dada la tibieza de sus decisiones, pues quiere solventar
la denuncia con una «simple» disculpa, ¡y cómo son las disculpas en Japón!
¡Tremendo ceremonial de humillación individual y colectiva!
La narración de la vida cotidiana en
una pequeña comunidad, en la que la vida de cada cual es motivo de habladurías,
rumores y descaradas mentiras representa el lado nada amable de la coerción
social sobre los individuos, sobre todo si estos se apartan de la corriente
general y exhiben una independencia de criterio y de conducta que los aparta de
las del resto de sus vecinos. A su manera, la vida del chiquillo y la del
profesor acaban convirtiéndose en vidas especulares, y ambos han de sufrir un
terrible tormento: el niño, aceptar la poderosa inclinación que siente hacia
quien se considera el «tonto de la clase», en cuya marginación él se
singulariza de un modo cruel para tratar de vencer esa inclinación, y el
profesor superar una incomprensión hacia lo que él considera beneficioso para
el alumno: una dura y violenta corrección que trata de atajar la conversión de
una insociabilidad en una monstruosidad.
Como nada es lo que parece desde el comienzo
de la película, y la sospecha es la actitud que fundamenta el desarrollo de los
acontecimientos, aguardamos en pura tensión la ampliación de nuevas visiones
que nos permitan «tomar partido», por más que, en algunos momentos, se intuya
incluso un desenlace trágico, por parte de algunos de los protagonistas de esta
historia vivida con tanto desasosiego como infundada corrección política.
Sin las magníficas interpretaciones
que tiene sería difícil asistir a la
inmensa tensión que genera el desarrollo de la trama, porque Koreeda penetra en
cada psicología individual con tal destreza y economía de medios que bastan
algunas escenas para descubrirnos matices de sus personajes que en otros
directores ni siquiera logran emerger, de lo planos que les salen. Muy atento,
en la mejor tradición de un cine japonés (Kurosawa, Ozu, Mizoguchi...), a
gestos, miradas y silencios que valen un potosí informativo para el espectador,
quien, gracias a esos matices tan sensiblemente expuestos, capta la verdadera
dimensión de esos personajes. Y no me extiendo más, a pesar de las ganas,
porque no se trata de destripar un desarrollo dela trama del que acaso incluso
haya dicho ya demasiado. Pero es lo que tienen las obras excelentes, arrastran
el entusiasmo locuaz de quien las disfruta.
Una película inacabada es la última
obra (la de Koreeda es también su última película, por lo que hoy tocan «novedades»
orientales...) de un cineasta chino tan singular como Lou Ye, cuya película Suzhou
River me parece una de las películas más hermosas que he visto últimamente,
y con esa exaltación la crítique en su día en este Ojo. Ye es un
realizador incómodo para el Régimen, y prueba de ello es esta película que,
aparte de ser una película sobre una película, para la que se reúne a los
actores después de diez años de haber rodado las primeras secuencias, en un
intento de retomara sin tener muy claro qué puede rodarse después de aquello
que se rodó, lo cual no mete de lleno en un proyecto de muy difusos contornos
que se acerca más a la nostalgia y a la felicidad del reencuentro entre
director, actores y técnicos que propiamente a una historia definida. ¿Cuál es
el motivo dinámico que va a impulsar el relato? Pues nada mas y nada menos que
la aparición en la ciudad de Wuhan del virus del Covid, lo que va a obligar a
buena parte del equipo convocado para el rodaje en el interior de un hotel del
que, enseguida, las fuerzas del orden van a impedir salir a quienes en él se
hallan, de igual modo que acordonan su perímetro para impedir intentos de fuga
y fuerzan la incomunicación entre los hospedados en el hotel.
En esa situación dramática, porque
recordemos que la explosión contagiosa del virus se produce en las fechas en
las que se celebra el Año Nuevo chino, que implica millones de desplazamientos a
sus regiones de origen de todos los habitantes de las megalópolis chinas, los prematuramente
confinados se van a ver separados de sus seres queridos por la decisión de las
autoridades de limitar los movimientos de toda la población, algo que sorprendentemente
consiguen con una rapidez que nos maravilla a los occidentales, quienes incluso
nos rebelamos, si bien muy tímidamente, contra el confinamiento dictado por el
gobierno de forma claramente inconstitucional, aunque este reconocimiento se
hizo muy a posteriori.
Desde la estrechez de una habitación
de hotel, emerge con claridad el poder de un instrumento que se va a apoderar
de la película, o mejor dicho, va a sustituirla: el teléfono móvil, a través
del cual «vemos», con la técnica del falso documental, cuanto sucede en esos
primeros momentos de la detección de la pandemia; pero también servirá no solo
para contemplar el desarrollo de las relaciones interindividuales del
protagonista y otros personajes de la
historia, sino también para disfrutar de esa rueda de números circenses que nos
ofrecen los personajes para celebrar, cada uno a su manera, el Año Nuevo.
La película, así pues, tiene una
fuerte dosis experimental, pero, también, un acercamiento al inicio de la
pandemia de 2020 que, hasta la fecha, es lo más original que he visto en
pantalla, aunque tampoco han abundado las películas que se fijasen en ese
momento de reclusión para levantar un edificio fílmico con el interés y la habilidad
técnica con que lo hace Lou Ye.
Se trata, con todo, de una película que
desconcierta, aunque cuando se entra finalmente en la propuesta del director,
la magnitud de la tragedia de la pandemia se nos impone de un modo que nos
conmueve e impresiona, porque todos
tenemos recuerdos de aquellas siniestras visitas de las ambulancias a algunos
bloques cercanos de donde se llevaban bien a los fallecidos bien a los
agonizantes. Y todos recordamos las videoconferencias y las ciudades de calles
desiertas, sin un alma, por las que los que bajábamos a comprar alimentos, el
periódico, el gel protector, las mascarillas o el papel higiénico, paseábamos con
una libertad impensable, ajenos a los pocos vehículos, casi siempre sanitarios
que cruzaban las avenidas desiertas imponiendo la alarma de sus sirenas
agoreras. La relación sentimental entre los esposos apartados, justo en el
momento en que ella va a dar a luz a su primer hijo, y después, con la criatura
ya en casa, alcanzan cimas emotivas de gran interés, y ello, recordémoslo, a
través de la pantalla del móvil, lo que confiere a la película un valor testimonial
muy importante.



.jpeg)





