jueves, 6 de agosto de 2026

«La tormenta infinita», de Malgorzata Szumowska y «Balandrau, viento salvaje», de Fernando Trullols, el peligro de la alta montaña.

 

Título original: Infinite Storm

Año: 2022

Duración: 104 min.

País: Australia

Dirección: Malgorzata Szumowska

Guion: Joshua Rollins. Artículo: Ty Gagne

Reparto: Naomi Watts; Billy Howle; Sophie Okonedo; Denis O'Hare; Eliot Sumner; Parker Sawyers; Joshua Rollins; Alja Gacnik; Karin Putrih; Arya Petric.

Música: Lorne Balfe

Fotografía: Michal Englert.


 







Título original: Balandrau, vent salvatge

Año: 2026

Duración: 116 min.

País: España

Dirección: Fernando Trullols

Guion: Danielle Schleif. Novela: Jordi Cruz

Reparto: Álvaro Cervantes; Bruna Cusí; Marc Martínez; Francesc Garrido; Eduardo Lloveras; Àgata Roca; Anna Moliner; Pep Ambròs; Jan Buxaderas; Corentin Lobet; .Rai Borrell

Música: Arnau Bataller

Fotografía: Miquel Prohens.

 

La fatal atracción del riesgo; la abnegación solidaria y la ley de la naturaleza. Dos maneras de entender el rescate y de cómo descienden otros quienes subieron.

 

 

          

           Separadas por cuatro años, vemos con muy poco intervalo de tiempo entre ellas estas dos películas que conforman un clásico «programa doble», aunque no como los de antaño, porque en los cines solían mezclar una de vaqueros y una de romanos o una de terror y una comedia, para satisfacer todos los gustos, imagino. Estas dos tienen un mismo tema aunque las circunstancias de las historias que se nos narran son bien diferentes. La primera es obra de una directora muy bregada; la segunda, la ópera prima de Fernando trullols, hasta ahora estrecho colaborador de J.J Bayona y ayudante de dirección en Un monstruo viene a verme. Es totalmente azaroso el hecho de que Bayona haya rodado La sociedad de la nieve y Trullols se adentre en la montaña y sus trampas de viento y nieve para rodar una historia basada en hechos reales, recogidos en un libro de Jordi Cruz y reconstruidos ahora en la película de Trullols.

          La historia es tan simple como los cientos y cientos de accidentes que se producen cada año en las montañas del mundo, por muy distintas causas. En esta historia el drama se produce por el súbito torb, una ventisca de nieve que facilita dos elementos cruciales: la desorientación, porque borra el terreno y la súbita sensación de fría que hace descender la temperatura a niveles de ocho miles, aunque los escaladores estuvieron apenas a 2300 m de altitud. Desencadenado el torb, solo cabe acogerse a la experiencia y a la fortuna de tomar las decisiones acertadas, lo cual no es lo que les sucede a los montañeros, algunos de ellos expertos, que sucumben al fenómeno climatológico. Una vez sabido por los equipos de rescate que hay montañeros allá arriba, se organiza, no sin la reticencia de la autoridad ante quien rinden cuentas los bomberos un rescate que va a convertirse, junto con  las terribles escenas de la pérdida de los montañeros, en el eje de la película. Da la impresión de que la tensión entre el jefe administrativo y el operativo de rescate vaya a convertirse en el núcleo central de la película, pero la materia está bien distribuida para que el único superviviente del grupo de amigos al que sigue la película —el más reticente a hacer la escalada, además—, tengo un protagonismo con el que el actor Álvaro Cervantes cumple satisfactoriamente. Apenas hay inmersión psicológica en los personajes, de quienes solo sabemos que el protagonista se declara, en ridícula escena, a quien subirá con él a la trampa mortal .

          Hay un intento de crear una suerte de coreografía de la solidaridad, con los voluntarios excursionistas que se ofrecen para hacer las siempre ingratas labores de cata para descubrir cadáveres, y, frente a ellos, la reclusión de los familiares en un vestuario para evitarles un asedio de la prensa que en ningún momento sucede. La tensión de las familias, ajustándose a lo real, peca de envaramiento y no siempre los estallidos nerviosos son convincentes. De entre todos los personajes relacionados con el suceso destaca el bombero jefe, Siscu, quien tiene a su mando a su propio hijo, lo que, no sin cierto sonrojo, provoca la expresión de una rendida admiración por el «olfato» rastreador del padre, a cuya insistencia debió el superviviente haberlo sido. La entrega del rescatador va más allá de lo que, en puridad, puede exigírseles a quienes arriesgan su propia vida para salvar las de los otros, aunque su conocimiento de la montaña y de sus asechanzas les permite exhibir, junto a la seguridad de la experiencia, el temor a lo desconocido, a lo imprevisible.

          Las escenas del torb están rodadas con poderoso realismo y no le cuesta al espectador ponerse en la piel de quienes son sorprendidos por un fenómeno más allá de su propia capacidad de supervivencia. Poco a poco, en un fatídico conteo, van cayendo unos y otros irremisiblemente en la garra de ese torb que se presenta como el heraldo y verdugo de las Parcas.

          La tormenta infinita cuenta una historia muy distinta, porque el suceso se reduce a dos personajes que se encuentran accidentalmente donde uno de ellos jamás hubiera imaginado que alguien pudiera estar en él y de la forma que estaba, prácticamente vestido de calle, sin protección alguna. La montañera interpretada por Naomi Watts, de quien más tarde sabremos que tiene una dolorosa historia familiar detrás, encuentra accidentalmente a un hombre, sentado en una piedra y expuesto a la acción mortífera de una tormenta en todo semejante al torb de la anterior y que amenaza con quitarles la vida a ambos. Aunque el hombre se resiste a ser rescatado, como si se tratara de una decisión consciente de exponerse a esa tormenta, acaba sometiéndose a la insistencia de la rescatadora, muy curtida en ese tipo de situaciones. El grueso de la película se centra en la más que laboriosa acción de rescate y en el hecho de «cargar» con alguien a quien quieres salvar la vida a la que había decidido poner fin.

          Casi todas las películas de montaña tienen siempre algo de angustioso y reverencial ante la Naturaleza con mayúscula, casi un ser con vida propia frente al que mostramos un desvalimiento absoluto y un ingenio que ella, la naturaleza, jamás podrá conocer. Es una lucha hermosa, aunque sea desigual, y no siempre vence el ingenio, aunque sí suele hacerlo el tesón, como ese «demos otra pasada, que tengo la intuición de que algo veremos» del bombero en el helicóptero que sobrevuela los riscos, grietas y laderas del Balandrau.

          Sí, hablamos, como es lógico, de personajes «de una pieza», como el de Watts, La tormenta infinita lo misma más, porque no solo se trata de la destreza profesional, sino del trauma que se va dejando atisbar en algunas secuencias cuya explicación nos será dada en el último tercio de la película, cuando reparamos en que se trata no solo de una «llanera solitaria» de la alta montaña, sino también de un alma herida que ha buscado la desaparición en la peregrina forma de suicidio que significa morir congelado en una de esas montañas propicias para tal acción. Gran parte de la acción se centra en el rescate propiamente dicho, por supuesto, y esas sí que son escenas mucho mas logradas que las de Balandrau, aunque también en esta, el rigor de la cellisca deja claro al espectador la dureza y los riesgos de ser pillado, de repente, por una tormenta de viento y nieve con temperaturas próximas a la congelación. Porque, y eso es ley de vida que todo el mundo conoce, las montañas, y más aún nevadas, son traicioneras y te reservan sorpresas mayúsculas. Pensemos en una montaña discretita, como Montserrat, en la que alguien puede resbalar y caer por un barranco del que ya no regresa con vida, fuera o no empujado, por supuesto, que es está por ver, en el caso Andic, el propietario de Mango, como todos los espectadores habrán adivinado; y trasladémonos después a cimas por encima de los dos mil metros para entender bien la dimensión de las tragedias que se nos ofrecen en ambas películas. El presupuesto influye mucho, está claro, porque advertimos una gran diferencia entre una y otra película, a favor de La tormenta infinita, pero el aire de película «generacional», con un grupo que puede cumplir ese papel, y ahí las interpretaciones dejan algo que desear en Balandrau, no puede competir con un drama individual en el que se entra con una gran delicadeza para explicar las razones de la protagonista y su compulsión salvadora que la empuja a rescatar al suicida al que encuentra por casualidad  y con absoluta incredulidad, porque no concibe que se pueda subir tan alto tan desprovisto de protección térmica.

          No sé si recomendarla para aficionados a la montaña, porque, en el fondo, tiene más que ver con el cine de catástrofes que propiamente con las aventuras de montaña como Las ocho montañas, de Felix Van Groeningen y Charlotte Vandermeersch, o tantas otras de rescates al borde del infarto y clásicos como La montaña, de Edward Dmytryk. En cualquier caso, espero que los espectadores sepan intuir si estad dos películas se ajustan o no a sus gustos «montañeros» o han de seguir viendo los magníficos documentales que sueñen estar por encima de la medio ficción, aunque ambas películas se ofrecen como casos auténticos, y, al  menos en el caso de Balandrau, sí que hay un documental que, al parecer, supera a la película.

 

 

domingo, 26 de julio de 2026

«Enviado especial», de Alfred Hitchcock, la intriga acreditada al servicio de un fin político.

 

Una obra tildada de «menor» y que exige urgente recalificación...

 

Título original: Foreign Correspondent

Año: 1940

Duración: 115 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Alfred Hitchcock

Guion: Robert Benchley, Charles Bennett, Joan Harrison, James Hilton

Reparto: Joel McCrea; Laraine Day; Herbert Marshall; George Sanders; Albert Basserman; Robert Benchley; Edmund Gwenn; Eduardo Ciannelli; Martin Kosleck; Harry Davenport; Barbara Pepper; Charles Halton; Eddie Conrad; Charles Wagenheim; Ian Wolfe.

Música: Alfred Newman

Fotografía: Rudolph Maté (B&W).

 

          Mi Conjunta nunca dudaría a la hora de escoger a su director favorito, porque está enamorada de las películas de Alfred Hitchcock desde siempre, y cualquier ocasión le parece buena para ver de nuevo alguno de sus títulos, algo que solemos hacer a menudo, con la sorpresa magnífica de descubrir siempre algo que antes nos había pasado desapercibido, porque, como es bien sabido, el amigo Alfred no da puntada sin hilo. El único freno a su devoción son las películas mudas del maestro, que estoy seguro que disfrutaría como yo lo he hecho, pero...

          Tras el éxito de Rebeca, su primera película en la etapa usamericana, Hitchcock rodó Enviado especial a partir de las experiencias personales de un corresponsal usamericano  durante la Guerra Civil Española. Se trata de un guion que pasó por muchas manos antes de encontrar la versión definitiva, y el director nunca estuvo demasiado satisfecho de una obra que, sin embargo, tiene más virtudes que defectos y resulta, en conjunto, altamente atractiva para cualquier espectador, pero, sobre todo, para los amantes del cine de intriga del gran maestro del suspense. Sí, es cierto que hay extremos del guion que cuesta Dios y ayuda aceptarlos sin arquear la ceja y decir que mucho gatazo es el que nos quieren dar por la liebre de lo real que huye despavorida, pero incluso de esos momentos de debilidad argumental sabe Hitchcock arrancar destellos de imaginación visual que acaban arrastrando al espectador a la taquicardia de las persecuciones, las encrucijadas, la inminencia de la muerte y otras experiencias propias e inconfundibles en sus películas.

          Afortunadamente, y aunque la intriga se revista de política de altos vuelos ante el inminente estallido de lo que se convertiría, después, en la Segunda Guerra Mundial, el director inglés ha sabido abordar la trama desde un innegable sentido del humor que se manifiesta de mil maneras en la película, comenzando por la presentación del protagonista, quien calienta su silla en la redacción del diario donde lo emplean sin otra cosa que hacer que alambicados recortables. Cuando espera la notificación de despido, el dueño del diario se asegura de que no tiene ni idea de la situación que se está gestando en Europa, de modo que pueda convertirse en un reportero que siga el husmo de las noticias para enviar crónicas «auténticamente» periodísticas, esto es, las de un reportero que tira del hilo de los hechos con los que entre en relación y  que le parezcan relevante, y no las de un doctor en Historia que analice académicamente las implicaciones teóricas y prácticas de cuanto ocurre, a la luz de los profundos conocimientos históricos.

Se trata, pues, de un personaje ingenuo y arrojado, capaz de «perseguir» la noticia, en vez de esperar a encontrarse con los hechos consumados. Joel McCrea no tiene el aura de los dos principales actores de Hitchcock: James Stweart y Cary Grant, pero aguanta bien el tipo, secundado por una espléndida Larraine Day y, sobre todo, por un exquisito George Sanders, además de la presencia siempre estimulante del cojo más elegante del séptimo Arte, Herbert Marshall. El aire de guapo bobo del Medio Oeste usamericano va a convertirse, en el caso del corresponsal, un John Jons, que casi suena al Juanón palurdo de nuestro teatro clásico o de los tebeos de los 60, en un sofisticado  y casi  impronunciable Huntley Haverstock que, por puro azar, como es ley escrita en las películas de Hitchcock, va a verse envuelto en el corazón de una intriga que le pasa desapercibida a todo el mundo menos al reportero inglés de extraño nombre, Scott ffolliott, interpretado muy genuinamente por George Sanders, quien explica la letra minúscula de su apellido lleno de consonantes dobles porque así lo quisieron los descendientes de un antepasado ejecutado, imaginamos que en la Torre de Londres. De hecho, hay en ese enfrentamiento entre reporteros una inequívoca maldad propia de Hitchcock, porque el inglés usa al usamericano para tratar de seguir la pista de la complicidad del padre de la protagonista en una red de agentes internacionales al servicio de Alemania para que los esfuerzos pacifistas no impidan la guerra presta ya a ser declarada a través de los hechos: la invasión de Polonia, preludiada, como nadie ignora, por el infamante acuerdo internacional de devolución de los Sudetes a Alemania, lo que pronto se convirtió en una anexión de facto de toda Checoeslovaquia.

En ese contexto, ya propenso a las intrigas, se desarrolla la acción de espionaje de las fuerzas del mal que buscan conocer el secreto que guarda celosamente el presidente del partido por la paz y que podría impedir el estallido de esa guerra. A tal fin, el viejo político, que lleva en su taxi al corresponsal a un banquete en su honor, es secuestrado y llevado a Ámsterdam, adonde viaja el corresponsal para certificar, con no pocas concesiones a la verosimilitud por parte de los espectadores, que, en efecto, ha sido secuestrado, mientras que, al volver a Inglaterra coincidirá su presencia con la del asesinato del político, y la hermosa huida cinematográfica del autor bajo un mar de paraguas abiertos, una escena realmente antológica.

No menos ingeniosas son las escenas del hotel donde el protagonista, al que se le presentan dos «liquidadores» en su habitación,  ha de burlar la vigilancia y organizar una escena muy al estilo de la subasta en Con la muerte en los talones para poder escapar con la chica, quien descubre que se ha enamorado de el apuesto reportero, hacia quien sintió el flechazo apenas entraron en contacto, y esa veta romántica de la película, también muy propia del cine del maestro, servirá, con un malentendido de por medio, para preparar un final propiamente espectacular, dado que el avión en el que el espía alemán huye a Usamérica, un Clipper, será abatido por la artillería de un buque alemán, lo que provocará que se estrelle contra el océano y la película se convierta, de repente, en una atractivísima película de catástrofes, rodada con unos efectos especiales y una verosimilitud absolutamente increíbles para su época. La verdad es que esas secuencias forman parte de lo mejorcito de la historia de los efectos especiales. El verdadero final,  que tiene un punto de cine de legítima propaganda a favor de la intervención usamericana en el conflicto europeo, fue rehecho para darle ese tono de llamamiento urgente a la intervención. Aunque la copia que hemos visto en Filmin  no tiene la calidad de las obras remasterizadas, no es menos cierto que la fotografía de un maestro como Rudolph Maté —dotado director él mismo, y autor de Con las horas contadas, un clásico del cine negro—le proporciona una entidad que sitúa esta película mucho más arriba en la clasificación de las obras de sir Alfred de lo que muchos críticos establecen. Yo voto por ese ascenso, por supuesto...

sábado, 25 de julio de 2026

«Urchin», de Harris Dickinson, el nuevo cine social británico.

 

Los sintecho o los nuevos vecinos: la supervivencia en los márgenes...

 

Título original: Urchin

Año: 2025

Duración: 99 min.

País: Reino Unido

Dirección: Harris Dickinson

Guion: Harris Dickinson

Reparto: Frank Dillane; Megan Northam; Diane Axford; Murat Erkek; Moe Hashim; Amr Waked; Shonagh Marie; Karyna Khymchuk; Okezie Morro; Natasha Sparkes; Oriana White.

Música: Alan Myson

Fotografía: Josée Deshaies.

 

No hace mucho un responsable del Ayuntamiento dijo, a propósito de los sintecho de la zona del barrio de Sant Antoni, en Barcelona, que los numerosos marginados cuyas peleas y deposiciones públicas degradan el espacio urbano eran nuestros «nuevos vecinos» y que nuestro deber era preocuparnos por ellos. Dicho en plata: se lavaban las manos olímpicamente (que es como se suele hacer en BCN después de los JJOO) y renunciaban a buscar una salida a tan deplorable situación. Parece que han rectificado, porque están desmantelando buena parte de los espacios de «convivencia» creados por Colau, lo cual impedirá los «asentamientos».

Como vecinos de ese barrio, pues, hemos visto mi Conjunta y yo esta primera película de un joven actor que va adquiriendo cierto renombre: Harris Dickinson. Se trata de una película de profundo contenido social que aborda la vida de un personaje que vive en la calle desde una perspectiva a medio camino entre el cine neorrealista, pero sin la empatía con el patetismo de las aciagas vidas retratadas en él, y el cine documental, pero sin renunciar a la elaboración de un retrato psicológico del personaje cuya condición da título a la película, porque urchin designa en inglés al pilluelo que vive a su aire en la calle sin relación con adultos que sean responsables de él, los «gamines» colombianos serían el equivalente, aunque el protagonista, Mike, es mayor que el promedio de esos gamines, si bien todos hacen lo mismo: cometer pequeños delitos y evadirse de su dura realidad mediante la droga.

Parte del Ensanche barcelonés es, también, lugar de acampada de personajes como el de la película, de ahí que no nos haya sorprendido en absoluto la vida errática, desamparada y muy adversa de un joven que roza la patología mental, tan frecuente en los habitantes de la calle, muchos de ellos tan jóvenes como el protagonista, lo cual nos deja siempre el regusto amargo de que las autoridades no han hecho ni lo más mínimo para tratar de solventar un problema urbano cuya resolución no depara medallas honrosas que se puedan publicitar en los medios, pero sí acreditaría la humanidad básica de una actividad política que parece rehuir todos estos problemas «menores», por más que nunca lo sea el hecho muy doloroso de ver cómo algunas personas no pueden salir de un camino inexorable de autodestrucción.

El intérprete de Urchin, Frank Dillane —de sorprendente parecido con el joven Johnny Depp— lleva a cabo una representación de extraordinaria calidad, porque es capaz de expresar los muy complejos estados emocionales de un joven que no logra abrirse camino en la vida y ha de recurrir al hurto para sobrevivir. En un momento de la historia establece relación con un joven que lo separa de otro colega que, al parecer, le había robado la cartera. El joven que los separa lo invita a tomar un té, pero, en el camino hacia la cafetería, Mike agrede a su acompañante y le roba la cartera y el reloj, que vende inmediatamente para monetizarlo. Es detenido y condenado a varios meses de cárcel. Y aquí entran en acción los servicios rehabilitadores del Estado, que le buscan alojamiento y un trabajo como ayudante de cocina en un restaurante de medio pelo, en el que se sucederán los contratiempos debidos a su incapacidad para adaptarse a lo que entendemos como vida «normal», porque la soledad en que vive, en una residencia totalmente impersonal, y los sueños de grandeza que alberga: ¡nada menos que crear una empresa de limusinas!, pero, cuando interrogado por la joven con quien congenia hacia el último tramo de la película, cuando «desciende» de cocinero a basurero, si su aspiración vital es ser conductor de limusinas, él responde, todo digno, que no, que él será el propietario de la empresa y contratará chóferes. La amiga, con quien comparte un tramo de la película, aunque los separe el que él se quede en la calle, sin residencia, y no tenga dónde ir, porque ella vive en una caravana minúscula donde no está dispuesta a acogerlo; ella, decía, le revela a Mike que tiene la ambición social de ahorrar para convertir su caravana en una food truck, es decir, una gastroneta, como se suele decir desde no hace mucho, aunque aún no está aceptada por la RAE, y el desprecio con que él le dice si cree que eso es triunfar en la vida determina la separación de ambos.

Urchin es una película dolorosa, pero ni se enfatiza  ese dolor ni se buscan responsables externos de la terrible situación ni, tampoco, se nos dan muchas explicaciones de cómo la evolución del personaje lo ha conducido a su situación presente, donde la película lo descubre durmiendo en la calle. Una ferviente predicadora, posiblemente evangélica, lo despierta y, entonces, se inicia el periplo que lo llevará a la cárcel, al intento de rehabilitación, a la entrevista con el joven al que agredió y robó, y al final de la película cuya sorpresa no le chafo a los posibles espectadores.

He leído que algunos relacionan esta película con el cine de Ken Loach, pero el análisis más o menos profundo que hace Loach del declive de la clase trabajadora en Gran Bretaña tiene poco que ver con esta suerte de Midnight Cowboy de barriada que alimenta sueños de CEO mientras se despeña por la incomprensión radical de sí mismo y de su situación, sin que haya, en ningún momento, revelación alguna que pueda apartarlo de un camino que parece predeterminado por el más hijoputa de los azares imaginable.

Sí, es cierto que hay determinados elementos simbólicos en la película que intentan expresar visualmente posibilidades que se niegan y laberintos luminosos que esconden una condena, pero no es de extrañar que sean el último refugio de la alteración sensorial que provocan las drogas. Por otro lado, el de la dureza de la vida en la calle, es muy curiosa la sensación que tiene el espectador de ver en primer plano la vida de Mike, pero superpuesta sobre el fondo de una vida corriente y moliente de la que parece estar a una distancia sideral. Se trata, imagino, de una distorsión propia del ojo del espectador, quien, tan impactado por presencia tan lamentable, no tiene más visión que la muy impactante del personaje, quien se recorta sobre ese fondo de normalidad al que, por supuesto, no pertenece.

No voy a defender que pasarán un rato excelente viendo esta película, porque no es verdad, pero se trata de una película valiente que se arriesga a levantar el retrato de un ser marginal y de imposible rehabilitación, y que bordea la enfermedad mental, todo ello narrado sin caer en lo melodramático ni en la exhibición lastimera de la miseria ni en la frialdad del mero documental. Recordemos que se trata, además, de la ópera prima del autor.

jueves, 23 de julio de 2026

«No soy yo», de Leos Carax, el cine autobiográfico.

 

Una hipnótica indagación sobre el yo al que el autor se abraza, negándolo, travestido de Jean-Luc Godard.

Título original: C'est pas moi

Año: 2024

Duración: 40 min.

País: Francia

Dirección: Leos Carax

Guion: Leos Carax

Reparto: Leos Carax; Denis Lavant; Kateryna Yuspina; Nastya Golubeva Carax; Loreta Juodkaite; Bianca Maddaluno; Anna-Isabel Siefken; Petr Anevskii; Yekaterina Golubeva; Imagen de archivo: Juliette Binoche; Guillaume Depardieu; Michel Piccoli; Jean-François Balmer.

Fotografía: Caroline Champetier.

 

            Como con los clásicos, he visto dos veces este mediometraje de Leos Carax antes de sentarme a escribir estas líneas para expresar mi opinión, y reconozco que aún admite otro visionado, porque la construcción de la película se basa en la idea del collage, una técnica que perfeccionó en el Berlín de la República de Weimar la artista dadaísta Hannah Höch, cuyos fotomontajes abrieron una vía de crítica social que, vista la película de Carax, ha llegado en perfecto estado de salud hasta nuestros días. Ello implicaría una crítica plano por plano, porque es evidente el carácter simbólico de la mayoría de ellos, que exige del espectador una interpretación y, a posteriori, un asentimiento o un disentimiento que lo abrazarán a la película o lo expulsarán de ella.

          No soy yo es una obra autobiográfica, pero es, también una curiosa negación del yo de un autor que se sitúa voluntariamente en el desconocimiento de sí mismo y, hasta cierto punto, en la orilla del fracaso y la marginación social, como no pocos de sus personajes, sobre todo los interpretados por su actor fetiche Denis Lavant, quien tiene un papel destacadísimo en este ejercicio autobiográfico tan extraño, además de aparecer en metraje de algunas de sus obras como Los amantes del Puente Nuevo y Holy Motors, aunque también aparecen otros actores y otras películas.

De hecho, todos los espectadores, a la vista del título, pensarán enseguida en el agudo desmentido lingüístico del famoso cuadro de Magritte: Ceci n'est pas une pipe, en el que obviamente, solo aparece una pipa, perfectamente dibujada. ¿Por qué esta negación? El autor, cuya voz en off sirve de hilo conductor y reflexivo que subraya la catarata de imágenes con que traza el extraño retrato de ese yo desconocido, ha decidido travestirse de Jean-Luc Godard y realizar una película que solo al genio de la Nouvelle Vague podría habérsele ocurrido. Y a Carax no le importa la confusión. Es más, yo diría que la alienta, y que esta autobiografía la ha filmado desde su reencarnación en el autor franco-suizo. Todas las experimentaciones posibles con la imagen y sus infinitas distorsiones caben en este mediometraje para el que se ha de tener cierta  capacidad de «lectura» o, en su defecto, haber frecuentado el cine de Godard, especialmente sus películas dedicadas a la Historia del Cine: Histoire(s) du cinéma, de arduo visionado, todo hay que decirlo...

La cascada voz del autor es, bien escuchada, el verdadero «personaje» de esta historia autobiográfica en la que hay referencias a sus orígenes, relacionados con los campos de concentración, a su familia, a su presente, con la curiosa máscara del virado cromático que nos lo presenta como si fuera la visión nocturna de un visor infrarrojos, algo así como si fotografiara el envés de sí mismo, acaso el inconsciente, para asociarse con la perspicaz intuición de Rimbaud: Je est un autre, «Yo es otro», y, en este caso, Godard, claro; pero no solo él, porque la película rinde tributo a no pocos autores, entre los que se cuentan, paradójicamente, la galería de tuertos ilustres, desde Ford hasta Lang...

La película se caracteriza por el ritmo frenético que solo es interrumpido por la narración de un cuento macabro sobre el exterminio de «los malos» a cargo de los nazis y por las interpretaciones de dos canciones de David Bowie en dos secuencias verdaderamente propias de su cine vanguardista, imaginativo y cautivador. En esa avalancha de imágenes que nos llevan rodando por su propia historia y por la del propio cine desde sus orígenes no faltan los imprescindibles homenajes, como la escena de tórrido contenido erótico invisible que nos ofrece la visión de un huevo pasado por agua en una mesa y un café cuy azúcar la mano gentil de la doncella deja de remover, porque ese encuentro erótico ocurre fuera de plano, obviamente: hablamos de Una hora contigo, de Ernst Lubitsch, uno de los grandes genios del cine.

Después de su presentación en infrarrojos (por abreviar), Carax tiene un excelente golpe de humor chapliniano cuando aparece un personaje frente a una cámara instalada sobre su trípode en un paisaje nevado y nos dice que allá va él, a apoderarse de su futuro, pero, justo antes de llegar a la cámara, el personaje resbala y cae de culo, es decir, Carax no renuncia a ridiculizar sus afanes artísticos o intelectuales, porque sabe que el mundo está, coloquialmente, «bien jodido», y que, además, nos guste más o nos guste menos, está en movimiento incesante hacia el futuro que él imagina, en parte, de una manera apocalíptica: no sobreviviremos, pero acabaremos antes con el mundo que nos ha acogido como especie. Dentro de esa vertiente crítica ha de entenderse su crítica a los críticos de la excesiva inmigración que tenemos en Europa. Para Carax, todos somos, de una u otra manera «desplazados», pero no pasa de la crítica pueril y habitual de los buenos sentimientos, aderezada con el caso particular de la resistente ucraniana, interpretada por una actriz rusa,  Kateryna Yuspina, al estilo de las manifestantes del FEMEN.

Las reflexiones sobre la existencia, la personalidad, el tiempo y la modernidad son constantes a lo largo de esta suerte de híbrido entre el documental y la ficción que ha utilizado Carax para adentrarse en el terreno de la confesión. El resultado final, además de muy estimulante visualmente, forma parte de una corriente muy poblada ya: la autoficción, aunque aquí, si bien se juega al despiste, como esa secuencia en la que se identifica al padre, rechazando a otros personajes que se cruzan en primer plano, hay verdadera autobiografía y la ficción actúa como soporte de la narración, de ahí que recurra para «ilustrarla» a sus propias películas. Siguiendo esa técnica, sus películas —excepcionalmente brillantes, sobre todo las secuencias de Holy Motors— contribuyen fielmente a elevar el discurso de la voz en off. Son emotivas, sin duda, las apariciones de Juliette Binoche.

Para los espectadores inquietos, que salen de la sala en cuanto comienzan a aparecer los títulos de crédito, les ruego que permanezcan atentos a la pantalla, porque hay una coda sumamente atractiva.

lunes, 20 de julio de 2026

«El arquitecto», de Stéphane Demoustier, entre el Poder y el Arte.

 



La desconocida y apasionante historia del arquitecto danés del Arche de la Defénse de París: Johan Otto von Spreckelsen.

Título original: L'inconnu de la Grande Arche

Año: 2025

Duración: 105 min.

País:  Francia

Dirección: Stéphane Demoustier

Guion: Stéphane Demoustier. Novela: Laurence Cossé

Reparto: Claes Bang; Sidse Babett Knudsen; Xavier Dolan; Swann Arlaud; Michel Fau; Alessandro Bressanello; Micha Lescot; Olivia Hahn Reichstein; Pierre-François Grunenwald; Jean des Forêts; Ilaria Cabras; Cédric Appietto; Viilbjørk Malling Agger; François Raison; Olivier Marguerit; Patrick Sobelman; Axelle Bossard.

Música: Olivier Marguerit

Fotografía:David Chambille.

 

          Bien podría haber titulado esta crítica Un artista sin nombre en la «corte» de Miterrand, porque El arquitecto es la historia de un desconocido cuyo proyecto gana el proyecto faraónico de arquitectura convocado por Mitterrand para dejar memoria de sí y renovar la grandeur  monumental de Francia en los tiempos pacatos del pragmatismo a ultranza y la cortedad de miras. En cierto modo, se trata de una película que puede encuadrarse en la línea de la exitosa The Brutalist, de Brady Corbet, porque ambas plantean las relaciones del artista con el poder financiero que ha de permitir el desarrollo de determinadas concepciones arquitectónicas, no siempre fáciles de admitir por la sociedad o los propios poderes. El arquitecto narra la historia de cómo un profesional sin renombre y con una obra muy reducida: su propia casa, más cuatro iglesias, protestantes y católicas, es el autor de un proyecto que seduce al jurado, presidido por el propio Presidente de la república francesa, para construir un edificio monumental en el centro del barrio de La Défense, alineado con el eje monumental de la vía real o triunfal que comienza en la estatua ecuestre de Louis XIV, situada en el patio Napoléon del Palacio del Louvre y termina en el Arco de la Défense, pasando por la plaza de la Concordia, la avenida de los Campos Elíseos, la plaza Charles de Gaulle y el puente de Neuilly.

          El arco tomó la forma de un cubo vaciado en su centro, que mide 112 m de longitud, 106.9 m de anchura y 110.9 m de altura. A título anecdótico, para darnos cuenta de la monumentalidad de la obra, cabe decir que en el hueco interior cabe la Catedral de Notre Dame. No estamos hablando, pues, de una obra normal y corriente, sino de un auténtico desafío arquitectónico que exigía una dedicación profesional muy concienzuda para poder hacerla realidad, máxime cuando se trataba de operar en una obra con los alrededores ya construidos y en pleno actividad laboral, y de instalar unos cimientos en unos terrenos que habían de tener en cuenta las infraestructuras ferroviarias, de metro y autopistas. ¡Un verdadero rompecabezas que, por sí mismo, hubiera hecho de la construcción física del edificio una maravillosa película de suspense! Pensemos que los datos nos hablan de que se necesitaron 150.000 m³ de hormigón para los 220.000 m² de forjados y que las 300.000 toneladas que pesa el edificio reposan sobre doce puntos de apoyo, que son pilotes de hormigón, cada uno de los cuales soporta un peso del orden de cuatro veces el de la Torre Eiffel. Si esto no nos acerca a la Física de los grandes números no sé qué otras medidas podrían hacerlo.

          El cine ha tenido, desde siempre, una profunda inclinación por los fenómenos productivos, industriales o agrarios, pero preferentemente los primeros. El arquitecto, obviamente, se centra en el conflicto del creador con la realización técnica de la obra, primero y, después, en un enfrentamiento, ajeno a su persona, entre las diferentes ideologías que ocupan la Presidencia de la Republica y la Presidencia del Gobierno, esta última presidida por Jacques Chirac, quien no está dispuesto a garantizar los fondos necesarios para la realización de una obra que considera pura megalomanía cesarista. El artista premiado, así pues, se enfrenta no solo a los reparos técnicos, sino al condicionamiento político que acabarán desnaturalizando su proyecto, profundamente idealista y defensor de los grandes valores de la Humanidad, todo lo contrario de quienes, desde el ahorro del gasto público, quieren que el proyecto busque financiación privada para poder ser llevado a cabo.

Insisto, aunque está presente la lucha política, lo importante no es el combate de egos políticos, sino la peripecia vital de un arquitecto idealista que quiere ver plasmado su proyecto con arreglo a lo que él ha diseñado, que no calculado, y de esa falta de planificación técnica surgirá el verdadero choque entre el «diseño» y la realización práctica. Las bases del concurso le otorgan al arquitecto el poder de supervisión del desarrollo del proyecto, pero también la obligación de trabajar con empresas franceses y con un arquitecto asociado que se encargue de la materialización del proyecto, una fuente de conflictos que irá superando las previsiones que tenía el autor respecto de la construcción de su cubo, porque él siempre se refiere al edificio como «el cubo». La película, que se adentra en la psicología del autor fiel a su idea y resistente a introducir cambio alguno, explora también de qué manera ese cubo acaba convirtiéndose en una obsesión que lo aleja del principio de realidad que representa su mujer y compañera de trabajo, de quien se aleja hasta el punto de provocar su regreso a Dinamarca. Defender a capa y espada su obra sin atender a ninguna razón acaba transformando su carácter e incluso su personalidad, descubriendo facetas de sí mismo que, cuando vivía feliz con su trabajo de profesor en la universidad, ni siquiera imaginaba que pudiera tener.

La película presta enorme atención a la relación del personaje, Johan Otto von Spreckelsen, con la esfera política francesa al más alto nivel, el del Presidente de la República, y dada su ausencia total de recursos diplomáticos o simplemente mundanos, porque el hombre es de una naturalidad aplastante y una sencillez acorde con la concepción de su arco vaciado, estamos tentados de verlo como al famoso yankee en la corte del rey Arturo, o poco menos. De hecho, cuando revisa el contrato que ha de firmar para seguir adelante con el proyecto, cree que se han equivocado en los honorarios, porque le pagan 25 millones de francos, cuando él creía que no pasaría de dos y medio. Esa parte indómita del creador, alejado del consumo y de las relaciones públicas, lo convierten en lo que supuestamente es cuando nos lo introducen: un aficionado a la pesca a quien un funcionario de Presidencia, que ha de viajar hasta el lago donde estaba pescando, le informa desde la orilla de que han escogido su proyecto en el concurso al que se había presentado sin siquiera dejar referencia de su domicilio o teléfono. Hay, por lo tanto, cierta ingenuidad artística que nos lo asemeja al personaje de El manantial, de King Vidor, aquel trasunto de Frank Lloyd Wright. Curiosamente, el actor escogido, Claes Bang, que comparte protagonismo con quien interpreta a su mujer, Sidse Babett Knudsen, la inolvidable protagonista de Borgen, me ha traído a la memoria la magnética presencia cinematográfica de Sterling Hayden, aunque este danés es algo más tosco, pero, a su manera, consigue una serena expresividad que permite hacerse perfectamente a la idea del calvario que supusieron para él las dificultades que hubieron de vencer para poder construir lo que era su sueño y se convirtió en una pesadilla. El viaje a Italia, en coche, solo, para escoger el mármol de Carrara con que cubrir las parades del cubo está, como pasaba en The Brutalist, entre las imágenes más bellas de la película, del mismo modo que lo están los planos de la construcción, imponentes; una obra de una envergadura realmente faraónica. Al parecer, el director encontró metraje sobre la colocación de los cimientos que ha utilizado en la película. Un plano del arquitecto frente a la imponente mole de más de cien metros del edificio, tomado en modo panorámico, se queda en la memoria por lo que impresiona ver al artista enfrentado a su concepción, a lo que imaginó cuando lo dibujó en un papel. De hecho, algunas fotos, como la que ilustra esta crítica, nos da una perspectiva nítida de la solemnidad de lo que Spreckelsen consideraba un canto a los derechos humanos, a la paz y a la concordia. Si Goethe, o acaso Shelling, que no queda claro, dijo que «la arquitectura es música congelada», está fuera de toda duda que en este caso la música suena, porque el hueco del cubo permite el paso del viento que insufla su melodía natural a las altas paredes y la pasarela central que enmarca el místico vacío, cumpliendo, así, lo que sostenía Paul Valéry: «Hay edificios mudos; otros hablan; y otros, en fin, los más raros, cantan». Cada cual oirá una melodía distinta, pero lo que es seguro es que no puede dejar a nadie indiferente. 

Después de haber visto la película, tengo la impresión de que este monumento acabará revalorizándose de tal manera que atraerá un turismo cultural ávido de ver lo difícil que, en arquitectura, es pasar del edificio soñado al edificio materializado. Todo un viaje que en esta película se describe con notable sensibilidad. Como se trata de un autor poco conocido, me ahorro el reventarles el final a quienes me hagan caso y decidan escogerla para verla, porque merece absolutamente el gozo de sentarse y contemplar un proceso creativo tan peculiar.

 

 

domingo, 19 de julio de 2026

«Toda una vida» y «Los unos y los otros», de Claude Lelouch: maravillosas obras de arte cinematográficas.

Título original: Toute une vie

Año: 1974

Duración: 150 min.

País: Francia

Dirección: Claude Lelouch

Guion: Claude Lelouch, Pierre Uytterhoeven

Reparto: Marthe Keller; André Dussollier; Charles Denner; Carla Gravina; Charles Gérard; Gilbert Bécaud; Sam Letrone; Daniel Boulanger; André Falcon;.

Música: Francis Lai

Fotografía: Jean Collomb


 

 

 






Título original: Les uns et les autres

Año: 1981

Duración: 177 min.

País:  Francia

Dirección: Claude Lelouch

Guion: Claude Lelouch

Reparto: Geraldine Chaplin; Fanny Ardant; Sharon Stone; Valérie Quennessen; Robert Hossein; Nicole García; Daniel Olbrychski; Jorge Donn; Rita Poelvoorde; Macha Méril; Evelyne Bouix; Francis Huster; Raymond Pellegrin; Paul Préboist; Jean-Claude Brialy; Marthe Villalonga; James Caan; Richard Bohringer.

Música: Francis Lai, Michel Legrand

Fotografía: Jean Boffety.

 

Una rectificación  personal tras haberme apartado de seguir a Claude Lelouch después de su pastelón más famoso: Un hombre y una mujer.



          ¡Qué descubrimiento, el de estas dos películas de Claude Lelouch! Insisto: a mí Un hombre y una mujer me parece un pastelón de mucho cuidado. Me negué a verla en su día, porque me olí la tostada. La hemos visto  mi Conjunta y yo hace relativamente poco y confirmé que no anduve errado en mi prejuicio. Una música inspirada, aunque repetida ad nauseam, pero una historia, unas actuaciones y un suspense sentimental de muy escasa calidad. Y con un actor Trintignant, casi siempre magnífico como en Mi noche con Maud, de Rohmer, o en El conformista, de Bertolucci, entre otras muchas; pero... Sin embargo, la horrorosa presentación sinóptica de la película en Filmin, clasificándola como un «musical», me empujó a ver Los unos y los otros, un auténtico prodigio de producción y filmación, con cuatro historias que se cruzan a lo largo de la reciente historia europea en cuatro países distintos y teniendo, todas las historias, una relación directa con la música, la danza y el espectáculo. Días después, la noticia accidental de que Toda una vida había sido nominada al Oscar al mejor guion me picó la curiosidad y, tras haber quedado con tan buen sabor de boca, de la primera, añadimos esta otra a nuestro bagaje particular, con mayor gusto aún, porque, en efecto, esta segunda, que, sin embargo, es cronológicamente anterior a Los unos y los otros, me parece aún mejor que la más reciente, acaso, sin duda, porque hay un sentido homenaje irónico y apasionado al cinematógrafo que a cualquier aficionado le llega al alma cinéfila, por supuesto.

          Toda una vida comienza como una historia de cine mudo que repasa acontecimientos europeos desde el nacimiento del cine, porque la historia de algunos protagonistas nace del idilio entre un cinematografista y una mujer, de quienes nace un hijo que quedará huérfano cuando él perezca en la guerra de trincheras de la Primera Guerra Mundial, el militar que condecora al hijo y a la viuda se casa con una bailarina con la que tiene una hija, aunque acabe matándola por una relación adúltera con uno de sus oficiales, una historia narrada, a mi entender, como un homenaje a las películas de Von Stroheim, porque parece insoiurada en Esposas frívolas, por ejemplo. La historia avanza y, después del asesinato, se recoge otro, el de la ejecución revolucionaria de la familia Romanov. Después nos enteramos de que ha llegado el cine sonoro, lo que preludia el auge de los totalitarismo, la llegada de Hitler al poder y, finalmente, el encuentro de los dos hijos que hemos visto nacer, en su regreso de los campos de concentración, en su calidad de judíos. Cuando, tras mirarse en el tren que los lleva de vuelta a Francia, los dos protagonistas se acercan, se presentan e intiman lo suficiente, ambos muestran el más precioso tesoro que poseen; el retrato de la madre, ella y el retrato de su padre, él. Acabarán casándose, pero ella muere en el parto y el padre queda viuda y con una hija a su cargo, a la que mima escandalosamente, dándole todos los caprichos, tras haber hecho fortuna en el ramo de la construcción del calzado. Hasta mucho después no sabremos que esa dedicación nació de las penalidades del campo de concentración y del frio que pasó en los pies. Se juró que si salía con vida de esa condena a muerte, fabricaría los calados más confortables del mundo para que nunca nadie pasa penalidades por ir mal calzado.  En el momento de la liberación de París, la película cambia del blanco y negro al color, que ya no abandonaremos, salvo algunas escenas rodadas por un personaje que aparece y cuya vida se narra de forma paralela a la de la criatura mimada que se enamora de Gilbert Bécaud, por lo que consigue que su padre lo contrate para la fiesta de su decimosexto aniversario, una secuencia extraordinaria que recuerda mucho la escena de El padrino en la que aparece Al Martino interpretando al sosias de Frank Sinatra Johnny Fontane, una película rodada por Coppola dos años antes que esta. La relación entre la jovencita mimada y el cantante ocupa un buen tramo de la película y, dado que ella tiene 16 años cuando quiere seducirlo, el cantante evita las complicaciones que pudieran derivarse de su minoría de edad, por lo que la rechaza, aunque ella seguirá enamorada de él prácticamente toda su vida. De hecho, esa relación está estrechamente ligada con el hermoso final de la película, en el que Azar tiene un rol definitivo, pero eso es adelantarse demasiado.

          El personaje que emerge con una capacidad de seducción absoluta es el del raterillo al que la policía acaba atrapando y llevando a juicio para ser condenado a una reclusión en la cárcel de dos años. Está interpretado por un joven André Dussollier a quien hemos admirado en muchas películas (On connaît la chanson, de Resnais; Un corazón en invierno, de Sautet;  Vidocq, de Pitof;  No se lo digas a nadie, de Guillaume Canet  o Diplomacia, de Volker Schlöndorff), pero a quien nunca habíamos visto en un papel protagonista tan joven. El contrapunto «canalla» de la hija rica con mala conciencia social que quiere revolucionar el negocio que hereda del padre tiene una solidez solo comparable al irónico camino que va a seguir, porque, en la prisión, descubre el arte de la fotografía, cuando le toca sustituir al fotógrafo, lo que le permite abandonar el servicio de cocina, A partir de ese momento, y en compañía de un socio inclasificable, va a pasar de la fotografía al rodaje y del rodaje a la industria de la publicidad, para acabar rodando películas porno con temas nazis, por ejemplo, e intentar, después, el salto al cine como autor. Ese periplo está narrado con tal delicadeza, con tal mimo por el personaje, que sentimos el placer del director al sacar el retrato de la conversión de un cabeza de chorlito en un cinéfilo con aspiraciones de narrador que no hace otra cosa que informarse sobre la Historia del Cine y la técnica del mismo, además de leer Cahiers du Cinéma , lo que bien podría entenderse como un guiño crítico a los miembros de un  movimiento al que él no perteneció, aunque sea estrictamente contemporáneo de todos los grandes directores que formaron aquel movimiento, aunque cada uno con carrera muy distinta.

          La alternancia entre las historias de los dos jóvenes, el aspirante a director de cine y la joven heredera con sentimiento de culpa por la riqueza que hereda y que quiere devolver a sus trabajadores, lo que incluye una relación con un apuesto representante sindical, entre otras cosas, nos va a mostrar el vacío absoluto de la hija burguesa que no encuentra placer en nada y que va viviendo de un modo atolondrado hasta que descubre la escritura, momento en el que se inicia una frenética reflexión grafómana que la lleva no solo a interesarse por sus padres, sino a recordar todos los viajes y las conversaciones que ha tenido con su padre, un activista proisraelí que incluso la llevará a ella a asumir la herencia paterna y formar parte del ejército de Israel, y hablamos de cuando Moshe Dayan se convierte en una leyenda para su pueblo por haber derrotado a la coalición árabe que buscaba la desaparición de Israel y una nueva dispersión de los judíos por el mundo. En estos tramos narrativos, Lelouch recupera el ritmo frenético del comienzo, en el que las elipsis llevan la narración a tal ritmo que bien pudiérase contarnos en tres horas la historia de la humanidad...

          La perspectiva social crítica, unida a la reivindicación de quien, tras haber pasado por un campo de concentración, es capaz de crear un imperio comercial, sumado a la atractiva filmación en medio mundo de los viajes de padre e hija, que mantienen una indestructible relación de afecto, constituye un poderoso atractivo de la película, en la que las actuaciones destacadas del trío protagonista consolidan el interés excepcional de esta obra, construida con un amor a la Historia, a la narración y al cine que deja pequeños otros profundos homenajes al séptimo arte: Dussolier,  Marthe Keller  y, sobre todo, Charles Denner, que llena la pantalla con una poderosa presencia, confieren a la película una calidad de primerísimo orden. La película fue nominada al Oscar al mejor guion, pero lo perdió ante Tarde de perros, de Sidney Lumet, si bien había otra nominada que acaso lo merecía más que estas dos: Amarcord, de Fellini.

          Algo o mucho de Toda una vida hay en una película tan ambiciosa como Los unos y los otros, en la que la Historia tiene un papel decisivo, pues los hechos de la Segunda Guerra Mundial condicionan la vida de cuatro núcleos familiares, todos ellos relacionados con la música y la danza, en un planteamiento narrativo vertiginoso que va de una historia a otra casi sin solución de continuidad. Pudiera entenderse, por el propio título, que el autor hubiera querido narrar una diatriba furibunda contra el sinsentido del militarismo y las guerras, ¡y a fe que lo hace!, manteniendo una equidistancia que solo lo lleva a tomar partido por la paz, los buenos sentimientos y el poder omnímodo del arte; pero no hay tal equidistancia, sino una piedad infinita por quienes sufren las guerras y han de vivir con heridas que acaso no se cierren nunca. Sin ser lo que comúnmente llamamos «un musical», la película tiene en la música un núcleo alrededor del cual giran todas las vidas por las que se interesa la narración: Rusia, Alemania, Francia y Usamérica son los orígenes de las personas que, hasta cierto punto acaban confluyendo, parcialmente, en un espectáculo que recauda fondos para la Cruz Roja, un fina apoteósico que enlaza con el inicio de la película, cuando un tribunal soviético ha de elegir la bailarina que interprete el famoso Bolero de Ravel. La misma música que suena en ese final en el que el hijo de la bailarina que fue eliminada se erige como la gran estrella del ballet que no pudo ser su madre. Las historias que se cruzan, y que continúan, en algunos casos, los descendientes de los protagonistas iniciales nos ofrece un tejido existencial de vidas en las que tienen cabida casi todos los dramas, las alegrías, los fracasos, los éxitos y hasta un melodrama de tanta intensidad como el de la madre que abandonó a su bebé en la vía del tren cuando transportaban a toda la familia a un campo de concentración. Como superviviente, la madre no deja de regresar constantemente a ese punto donde se le partió el corazón dramáticamente para intentar encontrar algún testimonio que la lleve a dar con el paradero de la criatura abandonada. No cuento el final de esa historia porque tiene una carga emocional que arruinaría completamente su visionado, pero Lelouch ha conseguido un plus de emoción extraordinario, y lo más sorprendente es que está filmado en plano panorámico.

          La película en modo alguno es complaciente o acrítica, sino que logra levantar algunas biografías muy sólidas en muy pocas escenas, a lo que contribuye, por supuesto, el elenco que se luce constantemente, desde una maravillosa Geraldine Chaplin hasta James Caan, pasando por     Fanny Ardant, Sharon Stone,Valérie Quennessen, Robert Hossein, Nicole García, Daniel Olbrychski, entre otros muchos, y acabando en el extraordinario bailarín Jorge Donn, que ejecuta dos números fantásticos, si bien destaca el último que cierra la película, una coreografía de Maurice Béjart que bien puede ser considerada como una de las grandes obras de arte del siglo xx. Llama la atención el fastuoso despliegue de producción que exhibe la película, lo que le permite crear una puesta en escena casi perfecta para cada secuencia de las muchas que se suceden, con personajes distintos, a lo largo de la película. El ritmo frenético que pasa de unos personajes a otros puede despistar algo al espectador, pero en cuanto retoma el hilo, porque algunos personajes hacen doble papel, como padres y luego como hijos, nos situamos donde siempre estamos: en el centro de la emoción. La diversidad de personajes nos permite acercarnos a lo que supuso la Segunda Guerra Mundial, y hay historias que vivimos con una intensidad solo comparable a la de los grandes melodramas, como los de Douglas Sirk, por ejemplo. La banda sonora, capitaneada por Michele Legrand y Francis Lai, a pesar de su inmensa calidad, no me ha parecido a la altura de lo que se esperaba de ellos para una película tan ambiciosa y bien hecha. La excesiva repetición de Folies Bergère, por ejemplo, ser hace cansina, a pesar de adecuarse de maravilla a las secuencias en que se interpreta. En términos generales acompaña bien el desarrollo de la historia, y obras como Serenade for Sarah forman parte de lo mejor de la banda sonora, por supuesto, pero cantada por la madre y después por la hija, ambas interpretadas por Geraldine Chaplin, quien canta con mucho gusto, acaso sea excesivo.

          Repito, para mí ha sido una sorpresa encontrarme con dos obras tan sumamente interesantes de Claude Lelouch, a quien el éxito internacional de Un hombre y una mujer debió abrirle el paraíso de los productores para rodar historias tan complejas como estas dos. Estoy seguro que a ningún buen aficionado al cine le dejará indiferente.