Año: 1964
Duración: 89 min.
País: Italia
Dirección: Marco Ferreri
Guion: Rafael Azcona, Marco
Ferreri
Reparto: Ugo Tognazzi; Annie
Girardot; Ermelinda De Felice; Achille Majeroni; Filippo Pompa Marcelli;
Elvira Paolini; Ugo Rossi; Eva
Belami.
Música: Teo Usuelli
Fotografía: Aldo Tonti (B&W).
Título original: Rosalie
Año: 2023
Duración: 110 min.
País: Francia
Dirección: Stéphanie Di
Giusto
Guion : Stéphanie Di Giusto, Alexandra Echkenazi, Sandrine Le
Coustumer, Jacques Fieschi, Romain Compingt
Reparto: Nadia Tereszkiewicz; Benoît Magimel; Benjamin Biolay; Guillaume
Gouix; Gustave Kervern; Anna Biolay; Juliette Armanet; Aminthe Audiard; Eugène
Marcuse ; Serge Bozon ; Peri Bourgogne ; Lucas Englander; Aurélia
Petit.
Música: Hania Rani
Fotografía: Christos
Voudouris.
La malsana
curiosidad por lo extraño y el insoportable rechazo social de la deformación
corporal.
El más celebre
recuerdo de mujer barbuda es el de Magdalena Ventura, que posó para Ribera
(José de, alias El Españoleto) junto a su marido y amamantando a uno de sus
hijos, un cuadro que puede admirarse en el Museo del Prado. Del siglo xix, sin embargo, de principios y de
finales, son estas dos historias basadas en casos reales: Julia Pastrana
(1834-1860) y Clementine Delait (1865-1934). Baste decir, sin embargo, que en estas
traducciones cinematográficas los casos reales han servido exclusivamente de
inspiración para las historias que se narran, pues se apartan notablemente de
las vidas originales de los dos casos teratológicos, tan célebres como la
propia Magdalenas Ventura.
Desde siempre, la «mujer
barbuda» y otras deformaciones humanas han formado parte, en la memoria
colectiva, de su infamante exhibición en el circo y las ferias, y de esas
prácticas inhumanas queda memoria cinematográfica en algunas películas que son
parte de la Historia del Cine por derecho propio: Freaks («La parada de
los monstruos»), de Tod Browning; El callejón de las almas perdidas, de
Edmund Goulding; El hombre que ríe, de Paul Leni, y El hombre elefante, de David Lynch. Ninguna
de estas dos se inspiran en ellas, vaya por delante, aunque ambas tienen muy
interesantes valores fílmicos que las hacen muy dignas de ser vistas. Y no
habrá sido fácil, ni para Annie Girardot ni para Nadia Tereszkiewicz aceptar un
papel en el que, contra el feroz hirsutismo de sus cuerpos, han sido capaces de
exhibir una capacidad interpretativa notabilísima, porque las dos películas
coinciden en lo esencial, a cincuenta y nueve años de distancia: mostrar el
drama de dos mujeres que tan intensamente se sienten mujeres, atrapadas en un
cuerpo que violenta radicalmente el patrón tradicional de lo que una mujer es
en las sociedades en que les toca vivir. A pesar de los diferentes registros de
una y otra película, ambas historias tienen una vertiente íntima que, sea a
través de la sátira, sea través del
melodrama, acaba adquiriendo un protagonismo que nos atrapa, a los
espectadores, con poderosa intensidad. Tanto Girardot como Tereszkiewicz nos
obligan a entrar en sus respectivos conflictos existenciales y vivimos y
sufrimos desde dentro de ellas, desde su compleja situación, el evidente
desgarro que les produce ser ya «la extraña», ya el «fenómeno de feria».
La mujer mono,
que es el título original de la película escrita por Marco Ferreri y Rafael
Azcona ―y me alegra poder hacer la crítica de un guion suyo en este año en que se
celebra el centenario de su nacimiento―, se inscribe en un modelo de comedia
popular italiana que, en algunas ocasiones, iba mucho más allá de la comedia
tradicional para construir sátiras despiadadas desde un humor negrísimo que no dejaba títere con
cabeza. Buena parte de la historia transcurre, además, en Nápoles, y recoge una
atmósfera popular incomparable, y en la que advertimos ecos inequívocos de las
películas de Fellini, como la secuencia del pase de diapositivas en un
geriátrico religioso, momento en el que el protagonista, un buscador de
oportunidades para hacerse de oro, un Ugo Tognazzi inconmensurable, conoce a la
joven huérfana que trabaja en la cocina de la institución religiosa. Tarda un
decir amén en, recordando el contenido de las diapositivas: las fotos hechas
por un misionero en su labor apostólica en África, atar cabos y descubrir en la
joven hirsuta una posibilidad de negocio que aún tardará menos en llevar a la
realidad. La instalación de un árbol en el interior de un espacio en el que
malvive y en el que abrirá un espectáculo con «la mujer mono», persuade a la
tímida joven de que puede tener una vida autónoma, lejos de su reclusión
religiosa. El proceso de «educación» de la joven para que represente con
propiedad a la especie a la que no pertenece es impagable, y no está de más
recordar el giro de esa percepción de la realidad que filma Ferreri en una película
de su última época: Adiós al macho, en la que el espectáculo no cae del
lado de los simios, sino de los humanos. En esa parte de la película, Girardot
está espléndida, y se deja llevar por el desmadre picaresco que organiza su «protector»,
de quien se separa porque él solo la explota como un «prodigio de feria».
Recuperar su «negocio», casándose con ella ―y la boda, con la interpretación de
La novia, de Joaquín Prieto, por parte de ella, mientras atraviesan una
abarrotada calle napolitana es una secuencia extraordinaria― va a complicar la
trama con una dimensión sexoafectiva que, al margen de para unas escenas
hilarantes, posibilitará un crecimiento «artístico» de la pareja que los
llevará incluso a París. Pero no conviene que siga, porque nos aproximamos al
tercio final de la película que no tiene el más mínimo desperdicio, porque la
habilidad de Ferreri y Azcona para insertar un sólido melodrama en una sátira
despiadada no tiene parangón. Eso sí, sin las interpretaciones de la pareja
protagonista nada de cuanto he dicho hubiera tenido sentido, porque todo
hubiera sido un esperpento descabezado y chocarrero. Esta es una película de
Ferreri que veo ahora por primera vez, y me extraña no haberme encontrado antes
con ella, porque está a la altura de su trilogía española, acaso por la
colaboración con Azcona, no me cabe duda.
Los personajes
secundarios de la historia, las monjas, el empresario que los lleva a París, el
médico parisino, la dueña de la pensión, el director del museo donde exhibían
los cuerpos disecados de ella y de su hijo, más todos aquellos que contribuyen
en las escenas colectivas a conferirle a la obra ese cuerpo popular disparatado,
tan típico del cine italiano, lo bordan y elevan la película a la categoría de
obra muy singular. No me atrevo a decir maestra, pero acaso debiera.
Rosalie, la
segunda película de la directora francesa Stéphanie Di Giusto ―la primera, La
bailarina, tiene un argumento que promete: la sustitución de una bailarina
innovadora, Loïe Fuller, por otra que se convirtió en mito: Isadora Duncan― se
mueve desde el comienzo entre esas miniaturas preciosistas de época en las que
la ambientación y la puesta en escena tienen una importancia capital, así como
ciertos resortes psicológicos propios también de la época. Estamos a mediados
del siglo xix y, en el caso real
en que se inspira esta película, el personaje vivió hasta bien entrado el xx.
La protagonista es
vendida por su padre a un tabernero, quien necesita urgentemente el dinero para
devolver un préstamo al patrono de una colonia siderúrgica con una organización
sociolaboral al estilo de las colonias textiles típicas de la industria
catalana, como la Colònia Güell, cerca de Barcelona, donde él regenta una
taberna a la que ya no van los trabajadores porque el propio patrón le hace la
competencia. El encuentro de la joven con el tabernero, un rudo, pero casi
lisiado, Benoît Magimel, discurre con la timidez propia de una transacción que
no permite una expansión franca y campechana de los futuros cónyuges, porque se
trata de dos adultos que se desconocen y han de irse conociendo poco a poco. La
película propiamente dicha arranca cuando, en la noche de bodas, el comprador
descubre que, como dirá posteriormente, le han vendido una mercancía falsa: el
horror del hombre, que la protagonista asume e incluso disculpa, no es óbice
para que ella se «instale» en la casa, tome posesión de su nuevo hogar y aspire
a convertirlo en tal. Merced a la visita de dos amigos, que entran en
conocimiento de la mujer, y que mantendrán dos posiciones muy distintas
respecto de ella cuando se descubra el gran secreto, que se revelará porque
cruza una apuesta sustanciosa con ambos. El momento en que la mujer desciende
la escalera con su mejor traje, luciendo una barba florida, asistimos a un
desarrollo que se ajustará a la lógica comercial: vuelven los parroquianos a la
taberna porque en ella se exhibe una «rareza», «lo nunca visto», una mujer
barbuda que no tiene ni recato ni pudor alguno para exhibirse públicamente y
trabajar en la taberna de su marido, con e consiguiente beneficio para ambos,
porque no tarda en reunir el dinero que ha de devolver al prestamista.
Desde entonces, dos
son las vías narrativas que se siguen: la inquina contra ella que promueve uno
de los antiguos amigos del tabernero y el acercamiento emocional, y mucho más
tarde sexual, entre los dos protagonistas, todo ello tratado con una exquisita
delicadeza, porque hay, lo entendamos o no, una verdadera y hermosa historia de
amor entre ambos que puede rivalizar con cualquier otra. Y a fe que hay
momentos tensos, como la secuencia en que el promotor de la inquina popular contra
ella, porque la hacen responsable de un accidente que ha ocurrido en los
talleres, lidera una manifestación de hombres y mujeres que, armados de unas
tenazas pretenden emascular a quien tienen el convencimiento de que es un hombre
que finge ser mujer para engañarlos. La intervención de la ciencias acaba dictaminando
que es, en efecto, mujer, pero que por la formación congénita de sus ovarios, poliquísticos,
es propiamente estéril.
Como la ocasión del
negocio siempre está presente, y en eso las dos películas se asemejan mucho, un
fotógrafo consigue un contrato con ella para hacerle fotografías que, más
adelante, venderá en la taberna. Como algunas de ellas acabarán siendo «subidas
de tono», se convertirán en un impedimento para que los dos esposos puedan
adoptar una hija, lo cual desencadenará una reacción inesperada. Lo interesante
de la película no es solo el hecho mismo de llevar una existencia pública sin
sufrir el ostracismo y la animadversión social, sino el carácter indómito de la
joven, dispuesta a desafiar a cualquiera para mantener una dignidad que no
pierde a lo largo de su atribulada viva.
Imagino que llamará la
atención de la audiencia la secuencia en la que interpreta un número de baile convertida en un cisne al que
su padre abate con una escopeta. Es un sueño, en efecto, pero la realización es
espectacular. La cuidadísima fotografía de Christos Voudouris, quien trabajó
con Lanthimos en Alps, es una señal de identidad de esta película cuyos exteriores
y diseño de vestuario la convierten en una delicia estética.









