La devastación de las víctimas y el desmoronamiento del agresor: dos dramas desiguales, y una solo depravacion original: la pederastia.
Título original: La luz
Año: 2026
Duración: 118 min.
País: España
Dirección: Fernando Franco
Guion: Fernando Franco
Reparto: Alberto San Juan; Pedro
Casablanc; Miguel Rellán; María Galiana; Luis Callejo; Ramón Barea; Pablo
Gómez-Pando; Nacho Sánchez: Santiago Mayorga; Antonio Zafra; Itziar Aizpuru; Iñigo
de la Iglesia; Carolina Montoya.
Música: Maite Arroitajauregi
Fotografía: Santiago Racaj.
No es casual
que la penúltima película de Fernando Franco, autor de La herida, un
drama sobre el trastorno que te deja hundido en la butaca, se titule Subsuelo
y la última La luz. Hay en las circunstancias de las dos últimas una
suerte de continuidad que nos lleva de la depravación inconfesable entre dos
hermanos gemelos a la búsqueda desesperada de una redención por los abusos sexuales
cometidos contra tres niños durante el tiempo en que el sacerdote fue profesor
en un colegio.
Se estrena La
luz coincidiendo con la visita del papa León xiv a España, viaje en el que, solo tras los preceptivos estira
y afloja, se entrevistará con alguna asociación de víctimas de abusos sexuales
por parte de miembros de la Iglesia católica, sin duda para afirmar la solidaridad
con esas víctimas, prometerles reparación, condenar los hechos y correr el
famoso «tupido velo» con que tan a menudo se resuelven estos casos. Vaya por
delante que La luz no tiene nada que ver con El club, la
excelentísima película de Pablo Larraín que retrata la vida enclaustrada y
alejada del mundo de los ofensores, castigados por las autoridades
eclesiásticas. La película de Franco discurre por otros cauces, pero no menos
interesantes, porque nos acercamos a una historia individual, la de Manuel —y
recordemos que en la terminología cristiana Emmanuel («Dios con nosotros») es,
también, el nombre de Cristo— y la peripecia que sigue su petición de ser
dispensado de sus votos para recuperar su vida civil. A esa historia intimista
ajusta milimétricamente Franco la puesta en escena, muy conseguida, dada la
austeridad de las vidas de los sacerdotes encargados de una parroquia.
La narración
de la película sigue, hasta cierto punto, la herencia kafkiana del acusado que
ignora su condición de acusado y quiere indagar de qué se le acusa, aunque, en
este caso, lo que no ignora es cuál es el delito cometido, porque fue
trasladado a una diócesis lejana como castigo, y aunque, como no tarda en
confesar ante sus superiores, lleva diez años tratándose farmacológica y psicológicamente
para no reincidir en la pederastia que ha marcado su vida. Así que sabemos que
ha sido denunciado, de lo cual se entera cuando el director del colegio donde
trabajó se lo revela, sin poder añadir más información, y requiriéndole que
abandone las instalaciones el colegio como el apestado por el que se le tiene,
todo el afán de Maue será entrevistarse con los tres niños de los que abusó
para mostrarles su sincero arrepentimiento y pedirles el perdón que alivie su
torturada conciencia. Como vemos, el hecho de que la película se centre en el
abusador, quien sufre un proceso profundo de arrepentimiento y ansía la exculpación,
aunque la sufra como un martirio, porque está dispuesto a ir a la cárcel y
penar o que haga falta, escoge un protagonismo, el del sacerdote, que, sin eclipsar
el drama de las víctimas, no acaba de integrarlas en la narración con la
dimensión que a mi juicio merecen. Ese es el gran peligro de la película,
valiente, decidida, abierta, desafiante; pero muy cerca de confundir cuál es el
verdadero drama, el de las víctimas, ante el del victimario que ansía liberarse
de la pesada losa de un pasado criminal, porque es terrible el destino de al
menos dos de las víctimas, porque otra ha logrado, parece, superar aquel
episodio traumático de la niñez. La secuencia en la consulta del dentista, una
de las víctimas, sí que manifiesta de un modo extraordinario lo que supone la
vigencia de un trauma del pasado, así que lee en la ficha médica el nombre del
abusador. Tanto Pablo Gómez-Pando como Nacho Sánchez —inolvidable protagonista
de Mantícora y con un destacadísimo papel en Subsuelo— brillan en
sus secuencias respectivas y nos ofrecen momentos muy intensos
psicológicamente. Frente a ellos, el perdón deseado de su abusador, Manuel,
parece una transacción comercial, una suerte de ajuste de cuentas para
descansar en paz, algo que, a medida que avanza la historia se convierte en su
único afán.
Si esas dos
interpretaciones de las víctimas pone la carne de gallina, el equívoco, acaso
deseado, de la película, la expiación del agresor, llevada a sus últimas
consecuencias, denuncia pública de sus crímenes incluida, ante sus feligreses,
y posteriormente difundidas por la prensa, como siguiendo el modelo crístico de
la pasión, nos sitúa ante lo que puede ser considerado un acto inusual: la
asunción pública de su nefando pecado y el inicio de una lucha social por la
transparencia en la Iglesia que le enajenará el favor de sus superiores
jerárquicos y lo acercará a la equivoca empatía que se busca despertar en los
espectadores hacia él. No digo que sus esfuerzos por atajar la corrupción no la
merezca, ciertamente, como le dice su madre: «No entendimos (ella y la hermana
de Manuel) lo que hiciste, pero entendemos lo que haces ahora».
No voy a
desvelar algunos datos propios e la trama que explican el giro de los
acontecimientos, y mucho menos el desenlace, que se reviste con los ropajes de
la hipocresía más tradicional y rancia, pero sí quiero dejar constancia de que
estamos en presencia de una película intimista en la que una realidad
devastadora se enfoca desde muchas perspectivas que una veces entran en
conflicto y otras constituyen callejones sin salida que no nos dejan ninguna
salida. Las interpretaciones brillan a gran altura y, sobre todo, el papel de
Alberto San Juan, acaso uno de los mejores de una carrera llena de ellos, y
solo hay que recordar el de La cena, de Manuel Gómez Pereira, único que
se salva del naufragio general de la película. En este cura atormentado que
quiere iniciar una nueva vida y se encuentra, como en una delirante pesadilla,
con un pasado que vuelve para pasarle las cuentas de sus atrocidades, ha
hallado San Juan todos los matices de una interpretación que no descuida, en ningún
momento, los matices de una personalidad compleja, que cuida con mimo su
acicalamiento, que mira con dejes de viejas tentaciones a los niños en la calle
o que cuida con mimo la relación con un joven con quien quiere iniciar una
nueva vida, todo ello sin desatender sus labores parroquiales con la
complicidad de quien atiende a sus feligreses y ha sabido granjearse su
confianza e incluso su admiración. Todo ello sabe expresarlo San Juan a la
perfección, muy dueño de todos los registros que nos permiten transitar por el
vía crucis en que se convertirá su vida, una vez que la denuncia en sede judicial
parece haberlo exigido para que sea cabeza de turco que relaje la presión
social sobre la Institución. Lo que es impagable es el modo como se contempla
desde dentro el tratamiento de una realidad hiriente que se tiende a
minusvalorar, cuando no a negar. Se trata de un repertorio de comportamientos
que son sobradamente conocidos, aunque el conocimiento popular no atenúa el
clamor social contra tan aberrantes prácticas.
¡Ojalá León xiv, desvestido de su pompa, y vestido
de calle, para no llamar la atención, se atreviera a ir al cine, sacar una
entrada y ver la película! Las víctimas lo merecen.







