Un clásico
navideño para renovar la cartelera en esas fechas mágicas.
Título original: Miracle on 34th Street
Año: 1947
Duración: 96 min.
País: Estados Unidos
Dirección: George Seaton
Guion: George Seaton. Historia: Valentine Davies
Reparto: Maureen O'Hara; John Payne; Edmund Gwenn; Gene Lockhart; Natalie
Wood; Porter Hall; William Frawley; Jerome Cowan; Philip Tonge; Mae Marsh; Thelma
Ritter; Herbert Heyes.
Música: Cyril J. Mockridge
Fotografía: Lloyd Ahern,
Charles G. Clarke (B&W).
¡Bueno,
bueno, bueno, familias...! Nadie puede negarme que con esta crítica me adelante
incluso al bailongo alcalde lumínico navideño de España... Pero la ocasión la
pintaban de tal manera que no me ha quedado otra que agarrarme al crecido flequillo
para que no pase de largo y poder completar un acercamiento al cineasta George
Seaton, ilustre desconocido, como escribí en la critica a dos de sus películas más
conocidas, para la mayoría de los espectadores, apasionados o esporádicos.
Aunque
anden los milagros de por medio y el espíritu de este clásico deba mucho, pero
que mucho, al de las películas de Frank Capra, nada debe este Miracle on
34th Street, que es su verdadera título, no el burdo «De ilusión también se
vive» que lo adaptó en castellano, al Pocketful of Miracles («Un
gánster para un milagro»),del autor de ¡Qué bello es vivir!, un clásico
navideño que NUNCA falta a su cita con los espectadores de las cadenas de
televisión. Pues bien, me atrevo a sugerir que esta entrañable película sobre
Kris Kringle, el verdadero Santa Klaus que aparece un buen día en la ciudad de
Nueva York para sacar de un terrible aprieto a la organizadora del desfile de
carrozas de los grandes almacenes Macy, cuyo Papá Noel está borracho perdido e
incapacitado para participar en el desfile. Dado el parecido, por la barba y el
tipo, del tal Kris Kringle, este es contratado inmediatamente por la
organizadora para que todo discurra como se ha programado. La particular bondad
que exhala el sustituto, lleva a los almacenes a contratarlo para la campaña de
peticiones de regalos de los niños. Previamente, la hija de la organizadora,
una niña prodigio llamada Natalie Wood, que disfruta del desfile desde la casa
de un vecino, que es abogado y con quien «concierta» que la niña le pida a su
madre que lo invite a cenar el pavo tradicional del día de Nochebuena, aunque,
al final, acabe desvelando la estratagema y se evidencie el «malévolo» fin del
vecino: llegar a través de tan encantadora hija a la madre, que no es otra que
la esplendorosa Maureen O’Hara, en plenitud de facultades interpretativas. La
escarmentada vida de madre abandonada que ha inculcado en su hija un sólido
escepticismo hacia todo lo que no sea la realidad contante y sonante, de esas que
decimos de tomo y lomo, va a contrastar enseguida con lo que devendrá el
recurso narrativo esencial de la película, al margen de la historia de amor
entre vecinos: que Kris Kringle se empeñará en defender que él es el verdadero
Santa Klaus, a capa y espada, no solo contra el supuesto psicólogo del
departamento de Recursos Humanos de los almacenes, sino contra la mismísima ley
del Estado de Nueva York, ante cuyos tribunales es denunciado y, como medida
previa, internado en un sanatorio mental hasta que se celebre el juicio que
determine su futuro. Está claro que, sin ser una película judicial, el ingenio
derrochado en ese juicio es de tal magnitud que acaba convirtiéndose en el
tramo con más alicientes de la película, si bien es justo reconocer que el
desarrollo ha ido gestándose por acumulación en un poderoso crescendo
del que la escena del juicio es el momento culminante.
Con
anterioridad, la trama ha ido debilitando, o derritiendo, la resistencia de la
madre y la hija a creer en la existencia real y verdadera de un Santa Claus que
dice responder al nombre de Kris Kringle. Parte importante de ese proceso es el
descubrimiento que hace la niña en los almacenes cuando una madre llega con una
niña neerlandesa adoptada que no puede aún expresarse en inglés. Kringle la
sienta en sus piernas y habla con ella en perfecto neerlandés y luego canta con
ella una canción navideña relativa a San Nicolás, que es el Santa Claus de los
holandeses.
Los
personajes auxiliares, encargados de aportar la dimensión cómica a la película
son determinantes para el éxito de esta porque tanto Gene Lockhart, en el papel de juez, con quien
se enfrenta su familia por procesar nada menos que a Santa Claus, y Porter
Hall, en el papel de psicólogo de Macy’s están brillantísimos.
La
vertiente anticonsumista que encarna Kris Kringle se manifiesta en la decisión
que toma de recomendar ir a comprar ciertos regalos que no tienen en Macy’s en
la cadena rival, Gimbels. Son curiosas las reuniones del equipo directivo de
Macy’s para, frente a la denuncia del psicólogo, sacar partido comercial de una
estrategia jamás antes vista: que unos almacenes envíen a sus clientes a la
competencia, lo que, siendo tan sorprendente, acaba llevando al público a incrementar
su consumo en unos almacenes tan «generosos», con tan fiel «espíritu navideño»
que antepone el interés de los niños a su propia política de ventas.
Como
se advierte, el ritmo de la película es trepidante, porque desde que se inicia
el desfile de carrozas y continuamos después con la estrategia de seducción del
vecino de la organizadora, propiamente no tenemos un minuto de descanso. La
acción se sucede casi vertiginosamente e incluso el propio Kringle acabará
durmiendo en la casa del vecino, lo que permite que se estrechen los lazos
entre este y la niña, a quien poco a poco va «enseñando» a tener imaginación...
Y la secuencia de la imitación del gorila es magnífica. Ello me recuerda la
confesión de la mujer del impresionante cineasta argentino, Leopoldo Torre-Nilsson,
Beatriz Guido, quien aseguró que su padre prefirió llevarla a un colegio
religioso, siendo su padre, como era, totalmente agnóstico, para que la niña
cultivara la imaginación.
La
lucha entre el escepticismo y la fe es una constante a lo largo de la película
y no voy a revelar nada, pero sí que recomiendo fervorosamente que, sea estas
navidades próximas, sea en los próximos días, quienes tienen a bien leerme
algunas criticas vean esta excelente película, capaz de competir, por méritos
propios, con ¡Qué bella es la vida! Reto a cualquiera que la vea a confesar, si
es capaz, que no ha sentido ninguna emoción particular a verla. Edmund Gween es
un actor cuyo nombre solo les dirá algo a quienes lo han visto en películas tan
magníficas como Calabuch, de García Berlanga, Recursos de mujer,
de Michael Curtiz, El bígamo, de Ida Lupino o la estupendísima El caso
880, de Edmund Goulding, es decir, que estamos en presencia de un actor
cuya espontaneidad y portentosa capacidad de interpretación solo me parece
comparable al prodigio que, en el cine español y universal, representa Pepe
Isbert. En esta, literalmente, «arrasa», y desde que corrige a un escaparatista
la colocación de los renos de su trineo, sabemos que nos será imposible no
creer que es quien verdaderamente dice que es...
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