Título original: Sterne
Año: 1959
Duración: 92 min.
País: Alemania del Este
(RDA)
Dirección: Konrad Wolf
Guion: Angel Vagenshtain
Reparto: Sasha Krusharska;
Jürgen Frohriep; Erik S. Klein; Stefan Pejchev; Georgi Naumov; Ivan Kondov; Milka Tuykova.
Música: Simeon Pironkov
Fotografía: Werner Bergmann
Título original: Ich war neunzehn
Año: 1968
Duración: 115 min.
País: Alemania del Este
(RDA)
Dirección: Konrad Wolf
Guion: Wolfgang Kohlhaase,
Konrad Wolf
Reparto: Jaecki Schwarz;
Vasili Livanov; Aleksei Ejbozhenko; Galina Polskikh; Rolf Hoppe; Wolfgang
Greese; Dieter Mann; Jenny Gröllmann; Kalmursa Rachmanov; Johannes Wieke.
Fotografía: Werner Bergmann.
Título original: Der nackte Mann auf dem Sportplatz
Año: 1974
Duración: 101 min.
País: Alemania del Este
(RDA)
Dirección: Konrad Wolf
Guion: Wolfgang Kohlhaase, Gerhard Wolf
Reparto: Kurt Böwe; Ursula Karusseit; Andreas Schmid; Reimar J. Baur;
Wolfgang Heinz; Rolf Hoppe; Vera Oelschlegel; Erika Pelikowsky; Ursula Werner;
Ute Lubosch; Martin Trettau; Jaecki Schwarz; Gerhard Bienert; Christian-Ulrich
Baugatz; Klaus Gehrke.
Música: Karl-Ernst Sasse
Fotografía: Werner Bergmann.
Título original: Solo Sunny
Año: 1980
Duración: 102 min.
País: Alemania del Este (RDA)
Dirección: Konrad Wolf,
Wolfgang Kohlhaase
Guion: Wolfgang Kohlhaase,
Dieter Wolf
Reparto: Renate Krößner; Alexander Lang; Dieter Montag; Klaus Brasch; Heide
Kipp; Ursula Braun; Thomas Neumann; Fred Düren; Hansjürgen Hürrig; Harald
Warmbrunn; Uwe Zerbe; Lothar Warneke;
Ulrich Anschütz; Bernd Stegemann.
Música: Günther Fischer
Fotografía: Eberhard Geick.
La visión
crítica de un país artificial abocado a la degradación abonada por la
ideología: desde la entrada de los soviéticos en Berlín hasta el preludio
patético de la caída del muro, aún insospechada...
Primer encuentro con el cine de Konrad Wolf, rescatado por
Filmin para los aficionados al cine europeo y para todos aquellos que sientan
curiosidad por la filmografía de un país cuyas películas se han vito con
cuentagotas —¡quienes las hayan visto!— en España. Reconozco que no me ha dado
ninguna pereza enfrentarme a un cine que, sin conocimiento ninguno de él,
imaginaba apologético y ceñido a la ortodoxia de las directrices estéticas del
Partido comunista gobernante en la RDA. Mi sorpresa ha sido mayúscula, porque
desde la primera película que vi, Yo tenía 19 años, hasta la última, en
mi orden de visionado particular, Solo Sunny, he percibido una mirada
crítica despiadada hacia un régimen político que ha ahogado la libertad de los
ciudadanos hasta el punto de acabar con las vidas de quienes pretendían cruzar
el muro de la vergüenza para huir de semejante «paraíso». Curiosamente, la
política está ausente de las cuatro películas como tema alrededor del cual
debatan o se manifiesten los personajes. Wolf escoge la vía indirecta de
centrarse en las vidas cotidianas de sus personajes para ver de qué manera
incide la rígida, todopoderosa y ubicua política en sus vidas. De las cuatro
películas, tres protagonistas son artistas, en diferentes grados, desde el
suboficial aficionado a la pintura que sueña con pintar como Rembrandt, hasta
el escultor profesional y reconocido, pasando por la aspirante a cantante a la
que su talante independiente, arisco y contracorriente de los valores sociales
básicos mete en serios problemas y aboca incluso a una decisión fatal.
El cine de Konrad Wolf, al menos en las dos últimas
películas, tiene un valor documental impagable, porque del mismo modo que el
abundante cine soviético que critiqué en este Ojo nos permitía conocer la URSS por de dentro, y
a los rusos más allá de los clichés favorecidos por las autoridades, el cine de
Wolf constituye una inmersión en una sociedad la de la Alemania del Este cuyos
espacios degradados, su atraso productivo, las oscuras vidas de sus gentes,
etc. no dejan de ser una sorpresa mayúscula. Lo diré crudamente, acaso para que
algunos se sientan provocados...: Uno contempla la sociedad alemana retratada
por Wolf en Hombre desnudo en el campo, de 1974, y se da cuenta de que
la España del franquismo —hechas las salvedades políticas de rigor, por
supuesto—era un país mucho más adelantado y libre que ese paraíso comunista en
el que un artista se las ve y se las desea no solo para que se comprenda el
arte que realiza, sino para que se acepte como tal. El pretexto de la estatua
del hombre desnudo para presidir los terrenos de un club de fútbol ligado a él
por la memoria sentimental no deja de ser una excusa menor frente al trasfondo
de la vida de un supuesto escultor reconocido. El paisaje, propiamente de
después de la batalla, que observamos en Solo Sunny rompe el alma, por
supuesto, porque sin llegar al extremo de las ruinas de la Habana —otra joya
del comunismo imperante—, es lo que más se le parece. No hay plano en la película
que no nos recuerde la degradación constante y lo cerca que viven de la doble
miseria, material y moral, los habitantes del Berlín este. Eso lo conocieron de
primera mano los primeros turistas que se internaron en el «paraíso» tras la
caída del muro; los demás lo vimos a través de una película tan célebre como
ingeniosa y, en última instancia, triste: Good Bye, Lenin!, de Wolfgang
Becker, que supuso la consagración como actor de Daniel Brühl. Vayamos por
partes, sin embargo, y realicemos el viaje cronológico a que nos invitan estas
películas, pero que no responden al orden en que yo las he visto.
La estrella de David se acerca al fenómeno del holocausto
de una manera original. Un grupo de judíos griegos llega a un pueblo de
Bulgaria desde el que serán enviados por tren al campo de exterminio. El
protagonista, un suboficial que trabaja como auxiliar de un mando nazi, se fija
en una de las prisioneras. Y ella en él. De ese cruce de miradas surge una
historia en la que las necesidades elementales de la vida cotidiana se
convierten en su comunidad de intereses. El contraste entre la crueldad del jefe
nazi y el escepticismo humanista del suboficial, por quien su jefe siente una
profunda estima, va a constituir una suerte de motivo recurrente que impulsará
la trama hacia una dirección que no es difícil de prever. El protagonista tiene
relación con el jefe de la resistencia en el pueblo, aunque no participa
abiertamente en sus planes, pero tampoco los obstaculiza. Al espectador español
lo que más le va a llamar la atención de la película es que los judíos griegos
son sefardíes, descendientes de los judíos expulsados de España por los Reyes
Católicos. Como sefardíes que son, hablan en el castellano antiguo que muchas
comunidades han conservado a lo largo de los siglos por todos los enclaves del
Mediterráneo donde se instalaron. Ser el segundo del jerarca nazi le permite al
protagonista disfrutar de ciertos privilegios, y entre ellos el de salir de
paseo por la noche con la prisionera, aunque vigilados por un guardia, esto es,
como si se tratase de los paseos de los novios con la carabina de turno. Poco a
poco la relación entre los dos jóvenes intenta abstraerse de cuanto les rodea,
pero está claro que la terrible situación de la joven y la pertenencia de él al
bando opresor lo pone todo muy cuesta arriba. La trama se intensifica en la
medida en que el suboficial parece dispuesto incluso a cometer traición para
liberar a la joven quien, sin embargo, sabe que no puede abandonar a los
«suyos» para salvarse ella sola, algo que no entra en sus esquemas mentales ni
en la educación recibida. A pesar de la atracción innegable que ambos sienten,
la pureza de su relación se nos ofrece como una crítica feroz al belicismo y la
locura nazi, en caso del joven, contra la que está dispuesto a luchar para
salvar un amor que concibe como redención absoluta. Los derroteros que sigue la
trama, perfectamente trabada, han de verlos los espectadores desde la misma
ignorancia con que yo los viví, más que los vi, porque la película tiene un
fortísimo componente emocional que huye del patetismo fácil y del
sentimentalismo de cliché. Imposible no emocionarse profundamente con ella.
Yo tenía 19 años es una película de corte
autobiográfico en la que Wolf se basa en su propia historia para recrearla,
algo anárquicamente, en pantalla. La trama sigue la llegada a Alemania de las
tropas soviéticas y cómo van apoderándose de terreno, pueblos y ciudades para
instaurar, allá adonde llegan, una nueva autoridad a la que han de someterse
las antiguas autoridades locales, lo cual da pie a escenas entre hilarantes y
patéticas, como la del alcalde y su esposa que rinden honores al joven
protagonista de 19 años a quien han convertido en la máxima autoridad de un
pueblo. Se trata de un joven alemán cuya familia emigró a la URSS tras llegar
los nazis al poder, y que ahora vuelve con las tropas que han ido derrotando al
adversario que, sorprendentemente, fue una vez aliado de la URSS, como lo
atestiguó, en su día, el infame Pacto Ribbentrop-Mólotov, que posibilitó la
temeraria aventura bélica de Hitler antes de ser roto, dos años después de
firmado, tras invadir la tropas nazis territorio soviético. De las cuatro
películas que he visto, quizás sea esta la que más se ajusta al ideario
propagandístico del Partido gobernante en la RDA. La película es de 1968 y en
ella se hace una reconstrucción de los escenarios bélicos perfectamente
adecuada a la historia narrada, de igual manera que el director pasa muy por
alto, como si no hubiesen existido, las innumerables y terribles violaciones
que las tropas rusas cometieron en terreno alemán y, sobre todo, en Berlín, a
poco de acabar el conflicto, cuando las tropas soviéticas luchan incluso contra
los jovencísimos miembros del Volkssturm, los reclutados de entre 15 y 60 años
con que el régimen nazi pretendía hacer frente a la humillante derrota que se
le venía encima. La trama no sigue una línea cronológica exacta, y el personaje
se va moviendo por el espacio en función de las necesidades de la estrategia
militar, y tan pronto establece negociaciones con parte del ejército alemán
atrincherado en una fortaleza, como hacen prisioneros sin apenas disparar un
tiro o pretende llegar a Berlín como sea. En todo caso, lo importante es la
descripción de un avance bélico que choca con muy diferentes reacciones de la
población y de miembros del ejército alemán que se dan por derrotados y
comienzan a darse cuenta del horror en que fueron embarcados por el
nacionalsocialismo que tantos abrazaron como la esperanza de una construcción
vital, a la par que nacional. Se trata de
una película de detalles en la que la devastación de la invasión, la derrota,
la huida y la rendición al enemigo marca las relaciones humanas, y, a ese
respecto, es notable el enfrentamiento entre una camarada soviética y el
protagonista cuando este «acoge» a una joven alemana que literalmente, maleta
en mano, no tiene a dónde ir. Ahí advertimos ciertos motores psicológicos
universales que saltan por encima de las circunstancias, por excepcionales y
terribles que estas sean. La película está rodada en blanco y negro, como La
estrella de David, y el cinematografista responsable de la calidad no solo de
esas dos películas, sino de doce más de Wolf fue el cinematografista Werner
Bergmann, quien estuvo alistado en el ejército nazi, en el que trabajo como
filmador de muchas de sus películas de propaganda hasta que perdió el brazo
derecho. Más tarde se enroló en la DEFA, la réplica comunista de la UFA en la
que se gestó durante muchos años la revolución del cine en Europa y en el
mundo. Y de la que tantos directores habituales en sus producciones antes de la
llegada de Hitler huyeron a Usamérica. La película se ve con cierta sorpresa y
el joven protagonista, Jaecki Schwarz, actúa con una impresionante
espontaneidad como sosias del director, en cuya propia biografía se basa la
película. Ese hecho biográfico explica sobradamente lo mucho de vida auténtica,
real, que trasmite la película, y también la incertidumbre del alma dividida
que exhibe el joven, llamado a tener responsabilidades que no se corresponden
con la edad que tiene, desde luego.
Hombre desnudo en el campo es una película en
la que la cámara de Wolf parece adquirir
la calidad de testigo que no se inmiscuye en los asuntos de los
personajes que aparecen en pantalla. Seguimos la película no tanto como si
fuese un documental sino como si usase el recurso de la cámara subjetiva,
aunque no «uncida» a un punto de vista concreto, sino al de un supuesto testigo
impersonal que contemplara cuanto sucede y lo registrara. No hay subrayados
emocionales, tampoco se privilegian actos con carácter trascendente, y todo el
metraje gira en torno a acciones cotidianas muy concretas que retratan la vida
de un escultor al que le cuesta llevar adelante sus proyectos, aunque se
someta, no con demasiado gusto, a los criterios de las autoridades, árbitros de
lo que es arte «del pueblo» y arte «decadente», capitalista... Y recordemos, a
ese respecto, lo cerca que ese control del arte al servicio del proletariado,
del nuevo héroe de la Historia, de aquel «arte degenerado» que decretaron los
nazis apenas llegaron al poder para descalificar todo lo hecho en el periodo de
entreguerras, uno de los de mayor florecimiento de las artes en el continente.
Llama particularmente
la atención el retrato del artista, un hombre rudo, fortachón, con la gorra
sempiternamente ladeada en la cabeza, poco amigo de la etiqueta y paciente
hasta lo bíblico para tratar con vecinos, proveedores y otras hierbas
sociales... Es bien curiosa la relación del protagonista con un proveedor que
le insiste para que le haga una fuente con una ranita a través de la que salga
el agua... No hay ningún juicio moral ni artístico explícitos en la
contestación del escultor, pero su resignación al trato con semejantes
conciudadanos explica buena parte de lo que ha de ser su peripecia vital.
Sorprende, igualmente, la relación con el hijo y la mujer, sobre todo con esta,
que parece formar parte estrictamente «decorativa» en su vida, razón por la que
se encontrará, casi sin darse ni cuenta, con un amago de petición de divorcio
que no hubiera comprendido de ninguna de las maneras, porque, a pesar de sus
muchos pesares e incomprensiones, el artista vive en su mundo de artista, y la
prueba definitiva es el encargo de la escultura para el club de fútbol que, en
vez de homenajear al mejor jugador de la historia del club, elección siempre
polémica, decide optar por la vía humanista y esencial del atleta desnudo, una
concepción clásica de la escultura que no parece llamar la atención sino por el
desnudo integral, y a ese respecto son sorprendentes las reacciones
fotográficas de la población ante el bien dotado atleta. La cámara objetiva que
recoge la aventura vital del artista se fija en todos los detalles de su vida,
y no son superficiales todos aquellos planos que tienen que ver con la modestia
de la casa donde vive, del taller donde trabaja, de los bares adonde acude, de
los coches o de los barrios por los que se mueve, así como el vestuario o la
alimentación. La relación con el comité directivo del club y la de estos y el
artista con el comisario cultural que ha de dar el visto bueno para la
propuesta del artista. Se trata de un intervencionismo cultural literalmente
insufrible, pero parte habitual de una vida que parece llevar con infinita
resignación los inconvenientes de su «lugar en el mundo»: está donde está y
lidia con lo que ha de lidiar y, sin embargo, buena parte de las obras que de
él se muestran lo acreditan como un excelente artista.
La última Película de
este tour Wolf, Solo Sunny, ha pasado de ser la que más
reticencia me despertaba a la que con mayor entusiasmo he acogido, porque la
historia de la vida errática de una cantante que sufre la imposibilidad de
construir una carrera profesional me ha parecido una auténtica joya oculta, a
pesar de que tuvo una magnífica acogida en algunos festivales. La película
refleja fielmente un tipo de cine que tiene mucho que ver con lo mejor del cine
británico, usamericano y francés, amén de la influencia de directores como Krzysztof
Kieślowski , que retrataron el ocaso de una generación de jóvenes idealistas
que fracasa a poco de cumplirse su sueño revolucionario en mayo del 68. Como en
Midnight Cowboy, de John Schlesinger, Solo Sunny es el retrato de una
perdedora que no acaba de encontrarle sentido a su vida. Hija de un matrimonio
roto, se independiza pronto, simultanea el trabajo con su formación musical y
pretende abrirse camino en el campo de la música. Estamos ante una mujer fuerte
que esconde, como suele ser habitual en caracteres autoforjados, una fragilidad
existencial que la convierte en una mujer poco dada a la sinceridad, a la
confianza y la aceptación de su presente, tan adverso. Su necesidad es la de
tener un público que «desee» escucharla, algo que, desgraciadamente, no
encuentra a lo largo de la tranche de vie que conocemos en la película.
La historia, dura como ella sola, transcurre, además, como ya dije al
principio, entre las ruinas de una sociedad muy pueblerina, zafia y tosca. La
cantante se dedica a hacer bolos de fin de semana en locales de ínfima calidad
a los que asiste un público más interesado en comer o en sus conversaciones que
en las actuaciones que, supuestamente, habrían de entretenerlos. El contraste
entre la vocación artística de los jóvenes que remedan la música que les llega
del otro lado del mutro de la vergüenza y las audiencias es de los que cortan
la respiración e invitan a una seria recapitulación de qué ha de hacer uno con
su propia vida. Durante un tiempo, después de un atolondrado intento de
suicidio, la protagonista vivirá, desde el lado del trabajo mecánico e
insufrible al que se dedicaba antes, los esfuerzos de otras mujeres con escasas
o nulas aptitudes para el canto, los denodados esfuerzos por convertirse en
«estrellas» de la canción; e incluso le da una oportunidad al boyante taxista
que gana «para dos» con el taxi de su propiedad. Hay por el medio una historia
de amor con el saxofonista de la banda, y también filósofo, que parece tener
cierto sentido, pero algunos desencuentros y la disparidad de intereses de
ambos no actúan en un sentido muy positivo. Reconozco que, en ciertos momentos,
hay un exceso de alambicamiento retórico para justificar esos desencuentros,
como si la vida, llamémosla provisionalmente «normal», fuera impropia de los
personajes, de los «artistas».
Ignoro la posible
influencia que haya podido tener Yasujiro Ozu en el cine de Wolf, pero me ha
encantado el uso de los espacios urbanos como contrapunto de ciertas escenas
emocionales intensas. Hay una alternancia entre los espacios vacíos de la
ciudad degradada, atravesada por trenes que parecen desgarrar la vida cotidiana
y ser promesa, al tiempo, de la necesidad de cambiar de vida, y la vida sin
rumbo de la protagonistas, Ingrid. La necesidad del triunfo artístico y social,
esa vanidad insatisfecha que anida en el ser humano, no es privativa del
sistema capitalista, por supuesto. También en el «paraíso» comunista hay
artistas que padecen esa necesidad e intentan satisfacerla, completamente al
margen de una vida cotidiana restrictiva que tiene una importante presencia en
la película, porque representa el contexto que ahoga esos desesperados
esfuerzos de Sunny por llegar al estrellato. Hay detalles reveladores, como el
uso del maquillaje, que merecerían un comentario, pero se trata de un subtexto
que enriquece la historia de la infortunada joven cuya vida la cámara recoge
con absoluta frialdad que no nos acerca al documento, sino a la necesidad de
formarnos nosotros un juicio moral sobre ella. Sí, es una película triste, pero
con potentes focos de esperanza, no obstante.









