Título original: Too Much Johnson
Año: 1938
Duración: 67 min.
País: Estados Unidos
Guion: William Gillette, Orson Welles
Dirección: Orson Welles
Reparto: Joseph Cotton; Virginia Nicholson; Edgar Barrier; Arlene Francis; Ruth Ford; Mary Wickes; Eustace Wyatt; Orson Welles; Guy Kingsley; George Duthie.
Fotografía: Paul Dunbar, Harry Dunham (B&W).
Título original: Juha
Año; 1999
Duración: 78 min.
País: Finlandia
Dirección: Aki Kaurismäki
Guion: Aki Kaurismäki.
Novela: Juhani Aho
Reparto: Sakari Kuosmanen;
Kati Outinen; André Wilms; Markku Peltola; Elina Salo; Ona Kamu.
Música: Anssi Tikanmäki
(Película muda)
Fotografía: Timo Salminen
(B&W).
Un monstruo
curioso y un drama contundente: un Welles juguetón y un Kaurismäki esencial.
Muy cerca del
cine mudo y muy lejos: 1938 y 1999. Dos fechas que, en este programa doble, nos
dan la oportunidad de asomarnos al reconocimiento a la importancia trascendental
que tuvo el cine mudo para la creación del lenguaje cinematográfico. Si The
Artist, de Michel Hazanavicius, nos
lo recordó hace poco, en 2011, convirtiéndose en un fenómeno de masas, bien
está que los muy aficionados vean este insólito documento cinematográfico de
Orson Welles, pensado originalmente como proyección en pantalla para una obra
de teatro que finalmente no vio la luz y que no hace mucho fue redescubierto,
restaurado y, ahora, puesto al alcance de cuantos curiosos y cinéfilos están
dispuestos a soportar un monstruo, esto es, y según el DILE: «Conjunto de versos sin sentido que el maestro
compositor escribe para indicar al libretista dónde ha de colocar el acento en
los cantables», si bien en el siglo XVII se utilizaba como sinónimo de texto
literario no definitivo de una comedia, esto es, el instrumento de trabajo para
la compañía antes de estrenarla. El hecho de que tuviera la finalidad de ser una
proyección complementaria de la obra de teatro en la que se insertaba, y de tratarse
de una filmación que aún no ha sido
montada, sino que se nos ofrece incluso con las diferentes realizaciones de las
mismas tomas, resta a la película cualquier posibilidad de ser considerada como
una «película perdida» de Orson Welles. Ello no significa, sin embargo, que no
haya una labor de dirección detrás del material que, en muchos momentos, nos
recuerde la presencia del genio detrás de la cámara. La esencia de lo que
acontece en pantalla es una persecución, a cargo del protector de una prostituta,
del amante que le ha usurpado el puesto en su ausencia. La recreación de las
películas propias del género slapstick tendrá como protagonistas al joven amante
Joseph Cotten y al anacrónico galán Edgar Barriere; una persecución que tendrá
como escenario los tejados de Nueva York y algunas calles, como la que
posibilitará uno de los momentos más afortunados de la película: cuando en una
calle llena de cestos vacíos de una empresa, los personajes se persiguen,
habiéndoseles sumado un tropel de nuevos perseguidores, operarios de la
empresa, que convierten la persecución entre los cestos en un coreografía llena
de ingenio y excelente humor visual. Las numerosas repeticiones de las tomas y
nuevas variantes de la persecución, como en el barco en el que ambos personajes
parten hacia no s sabe dónde nos llevan, para acabar, a un territorio
desconocido, donde la producción puso cuatro palmeras como toda puesta en
escena para dar a entender que estamos en una isla tropical (o algo así...),
donde continúa la persecución, si bien la irrupción de lo que parece bien un
miembro de la ley, bien un pirata que no admite extranjeros en sus dominios,
acabará uniendo en curiosa armonía al perseguidor y al perseguido. Las
interpretaciones del dúo protagonista son muy meritorias. La puesta en escena
ciudadana, exquisita y los ángulos desde los que se ruedan las tomas recuerdan
mucho los célebres picados y contrapicados de la película que no tardía en
rodar, apenas tres años después: Ciudadano Kane. Insisto, NO es una
película DE ORSON WELLES, sino un experimento cinematográfico que se ha de ver
como lo que es, un metraje del que, posteriormente, saldría una ilustración
cinematográfica para una obra de teatro. Contemplada desde esta premisa, la
obra resulta muy interesante e instructiva respecto de las obra total de uno de
los grandes, y más controvertido..., cineastas de la Historia del cine. Lo que
nos queda a los aficionados a su cine es el respeto sacrosanto que le tenía
Welles al cine mudo, cuyas técnicas y maneras ensaya en este experimento con
una seguridad y sensibilidad poco comunes.
Juha,
de Aki Kaurismäki, casi al otro extremo del siglo, parece otro homenaje a ese
cine mudo al que tanto debe el autor finlandés, cuyos guiones no son precisamente
un prodigio de verborrea, del mismo modo que la puesta en escena de sus
películas sí es un prodigio de austeridad. Soy un enamorado de esos armarios y
cajones de muebles que aparecen en sus decorados y que contienen, a lo sumo, una
prenda o un elemento de vajilla, por ejemplo, una pobreza de medios que suelen
estar en consonancia con las vidas desprovistas de vida de muchos de sus
protagonistas.
Con
anterioridad a esta adaptación, Nyrki Tapiovaara dirigió otra en 1937,
un año antes de la película de Welles, pero aún hubo otras dos adaptaciones, en 1921
y 1956, así como dos óperas, estrenadas en 1935 y 1958, respectivamente; es
decir, Kaurismäki ha escogido un clásico de la literatura finlandesa y ha sido,
por las sinopsis que he leído de la novela, bastante fiel al original. Se trata
de una historia con muy poca historia: dos granjeros viven felizmente de su
trabajo, cuya producción llevan a vender al mercado en una moto con sidecar,
unas imágenes poderosas que se resuelven en un juego de ternezas casi
infantiles que nos hablan de la compenetración de ambos esposos: el momento,
por la noche, en que ella le coge el brazo al hombre ya dormido para que la
rodee y le comunique la seguridad de quien se siente única para ese hombre es
un pequeño detalle que nos va a permitir valorar la subversión que un insólito
extraño va a introducir en la vida de dos seres casi angelicales.
Un
hombre de expresión dura y maneras de «hombre de mundo» sufre un accidente de
coche cerca de donde Juha trabaja sus tierras. Remolca el coche hasta su casa y
se lo arregla, si bien las piezas tardarán algunos días. El recién llegado, ¡un
espléndido André Wilms, a quien hemos admirado en La vida de bohemia —ya criticada en este Ojo— y en El Havre,
trata de convencer a la mujer, Marja, de que es demasiado hermosa como para
seguir unida a un lisiado —Juha es cojo— y pudriéndose en una granja en la que
se irán progresivamente ajando sus encantos. Aunque la mujer lo rechaza, Shemeikka,
el galán entrado en años, le asegura que volverá a buscarla, una vez que Juha
le ha arreglado el coche y él sigue su camino.
¡Lo
que pueden ciertas palabras dejadas caer al oído en una mujer que está deseando
escucharlas! A partir de haber despertado el extraño en Marja la sed de los
cuidados personales para afirmar la belleza revelada y evitar que el tiempo y
las circunstancias de su dura vida la ajen, Marja inicia una conversión hacia
el acicalamiento, la lectura de revistas, el uso del maquillaje, hasta entonces
inexistente en su vida, que la hacen olvidar sus responsabilidades, para sorpresa
de su compañero de vida y de trabajo. No tarda en volver el galán que la seduce
y hace lo que le prometió: llevársela con él. Primero, en un descampado en la
orilla de un rio, la colma de atenciones sexuales; después la instala en un hotel,
donde es tratada como una distinguida invitada y, finalmente, un sicario del
galán la recoge para llevarla al prostíbulo donde no tarda en percatarse de
cuál será su destino y de cómo el seductor, violencia de por medio, la
convencerá de que no tiene otra escapatoria que trabajar para él.
Nada
sucede que el espectador avispado no haya detectado dese la irrupción del tal
Shemeikka, cuyas maneras son las inequívocas de cualquier proxeneta, pero el
ritual de «doma» de la mujer abducida y sus diferentes fases están narradas con
una convicción absoluta. Es cierto que, aunque la película es muda, bien
podríamos decir que lo es solo en la mayor parte, porque hay otra en la que se
oyen los ruidos propios de las escenas y algunas canciones y músicas que
complementan la narración. Dentro de esa pequeña parte ha de contabilizarse la
sorprendente imagen de la mujer, vestida de bailarina flamenca y danzando
conforme su caracterización exige, y no sin arte, ciertamente. Se trata de una de
las mujeres de Shemeikka, que representa ante él un número que después bailará para
sus clientes. Lo interpreta, por cierto, Tatjana Solovjona.
Gracias
a auténticos estudiosos de los planos he podido enterarme de lo que, en
principio, pasa desapercibido, en un primer visionado. Por ejemplo, cuando Juha
lleva la carta de despedida de marja a la comisaría de policía para que la busquen
y se le devuelven, aparece a la derecha una pizarra sobre la que está escrito: «¡Arresten
a ese hombre!», firmado por Samuel Fuller. Más adelante, cuando Juha ahoga sus penas
en alcohol en el bar, en la pared del fondo hay un cartel invertido de Nazarín,
de Luis Buñuel. A mí ambos homenajes fílmicos me pasaron desapercibidos, de tan
concentrado como estaba en las angustias del bonachón Juha, pero ahí estaban.
Lo
que viene, más tarde, pertenece ya al género del western, aunque la venganza
está en cualquier drama, desde luego. No digo nada, porque eso ha de verse para
calibrar en todo su valor un desenlace tan magnífico.





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