lunes, 27 de abril de 2026

«The Painted Smile» y «Blind Corner», de Lance Comfort o el digno cine de base.

Título original: The Painted Smile

Año: 1962

Duración: 57 min.

País: Reino Unido

Dirección: Lance Comfort

Guion: Pip Baker, Jane Baker. Idea: Brock Williams

Reparto: Liz Fraser; Kenneth Griffith; Peter Reynolds; Tony Wickert; Craig Douglas; Nanette Newman; Ray Smith; David Hemmings; Harold Berens; Grazina Frame; Richard McNeff; Gerald Sim.

Música: Martin Slavin

Fotografía:Basil Emmott (B&W).


 


Título original: Blind Corner

Año: 1964

Duración: 75 min.

País:  Reino Unido

Dirección: Lance Comfort

Guion: James Kelley, Peter Miller. Historia: Vivian Kemble

Reparto: William Sylvester:; Barbara Shelley; Elizabeth Shepherd; Alexander Davion; Mark Eden;

Ronnie Carroll; Frank Forsyth; Edward Evans; Joy Allen; Unity Greenwood.

Fotografía: Basil Emmott (B&W).

 

Herederas de las Quota Quickies, dos muestras del dominio del cine de intriga criminal de un olvidado Lance Comfort.         

 

Después de las famosas Quota Quickies británicas, sistema de fomento del cine británico que duró hasta casi los 40 del pasado siglo, aunque el sistema de financiación público se extendió hasta 1985, algo así como la excepción cultural francesa, porque en ambos casos privilegiaban económicamente, con un amplio abanico de medidas, a las producciones nacionales frente a la invasión usamericana, el cine británico dedicó buena parte de sus esfuerzos a la realización de películas de bajo presupuesto pero muy sólidas técnica y artísticamente. Películas que ni siquiera llegaban a la duración estándar de hora y media y que facilitaban la creación de programas dobles. En ese contexto han de enmarcarse las dos películas de trama criminal que hemos escogido como muestra de unos modos de hacer cine que crearon una sólida industria en la que se formaron no pocos cineastas que luego tendrían un porvenir brillante, como David Lean, Carol Reed, Charles Crichton, etc.

          Lance Comfort comenzó en la industria desde roles muy auxiliares hasta convertirse en cameraman, ayudante de dirección y, finalmente, en director. Su base clásica y su dominio de la narración consiguen que el público se interese rápidamente por la trama de cada película, que se desarrolla sin digresiones que interrumpan la línea central de la intriga, puesto que se trata de películas con un trama criminal que enseguida atrapa, no tanto  el ¿quién lo hizo?, el Whodunit, clásico, cuanto el planteamiento riguroso del asunto, la ajustada creación de los personajes centrales del conflicto y un desarrollo casi vertiginoso que no deja lugar ni a la morosidad ni al descriptivismo. Curiosamente, en un vídeo de agradecimientos por un premio recibido, John Cleese incluía a un tal John Comfort, y me llamó la atención si el tal sería familiar de nuestro director, Lance Comfort, y en efecto, así resultó ser. Dedicado a la labor de director de producción, desempeñó con éxito su profesión en películas como  The Rocky Horror Picture Show, de Jim Sharman, Moonraker, de Lewis Gilbert y Un pez llamado Wanda, de Charles Crichton.

          En diez largometrajes, además de en numerosos episodios de series televisivas había trabajado David Hemmings antes de aparecer, como secundario con un papel discreto en The Painted Smile, el título de la canción que se interpreta en la película, que fue titulada en Usamérica Murder Can Be Deadly. Posteriormente alcanzaría una fama universal con películas como Jules et Jim, o Fahrenheit 451, ambas de Truffaut, entre otras. Al cinéfilo le llama la atención verlo aquí en un papel que en modo alguno hace presagiar su carrera posterior.

          Ajustado al esquema de cine negro, thriller o trama policial, The Painted Smile, sin explicar del todo las relaciones entre los principales personajes ni el porqué del primer asesinato que lo desencadena todo, cometido a sangre fría por un hombre cojo, cuyo andar con un zapato ortopédico más alto lo delata enseguida, nos sitúa en un mundo de cabareteras y delincuentes de medio pelo en el que tres incautos estudiantes, ya talluditos, van a funcionar como pipiolos sobre los que se abatirá el designio de una mujer que se ha comprometido a atraer al nido ominoso al más ingenuo pardillo que encuentre. Tras haber bebido hasta la extenuación, un joven se deja llevar a ese nido por la cabaretera que obedece las órdenes de su chulo, aunque no sepa exactamente con qué finalidad. Como el cojo se le adelanta y mata al chulo, ella recibe las órdenes del asesino para deshacerse del cadáver. En ese momento entramos en una espiral de ocultaciones y persecuciones que llevan a los dos amigos del joven a buscarlo por donde creen que pueden hallar alguna pista y al joven, que se siente perseguido por un coche de policía, a abandonarlo con el cadáver dentro y huir desesperadamente de ser atrapado y acusado de haber matado al ocupante muerto del coche. La acción está servida y muy bien llevada. La persecución a pie de los policías es espléndida, y más aún lo será, tiempo después, el desenlace en un escenario de dunas, donde el joven y la cabaretera son perseguidos por el mafioso cojo.

          La escena del club donde celebran los jóvenes que el protagonista ha sido premiado por un diseño profesional con cien libras, incluye una actuación musical a cargo de Craig Duglas, un vocalista de corta carrera, apenas una década, y que popularizó en UK el hit de Sam Cooke, Only sixteen. Acabó cantando en cruceros. Un tipo de vocalista, al estilo de Cliff Richard y Engelbert Humperdinck, que no pudo competir con artistas emergentes como Joe Cocker o Tom Jones, por ejemplo.

          El poder sintetizador de Comfort es extraordinario, y no hay secuencia que no sirva para hacer adelantar la trama sin que ello implique la más mínima confusión para el espectador. Los protagonistas, y especialmente el malvado, son un acierto de casting, porque ninguno de ellos es artista de relumbrón, pero todos tienen un nivel de actuación propio de la escuela teatral y cinematográfica inglesa.

          Blind Corner, por su parte, de guion tan parco como la anterior, gira en torno a un asesinato por interés, en este caso el de un músico ciego que, en vez de dedicarse a la música seria, es compositor de éxitos de música moderna, y aquí es donde vuelve a entrar un cantante de moda en aquellos tiempos, lo que contribuía a servir como reclamo. En este caso se trata de Ronnie Carroll, de carrera poco exitosa, un modelo de baladista poco expresivo corporalmente, pero con una voz melodiosa y agradable, de las “aterciopeladas”, muy del estilo del famoso Cliff Richard. Representó a Gran Bretaña dos veces seguidas en Eurovisión y, como Craig Duglas,  acabó trabajando en orquesta de cruceros y, finalmente, como candidato electoral de pequeños partidos. Ya se advierte que el «artesano» Comfort podía rodar películas de cualquier género, y por supuesto musicales, un género muy aplaudido por la audiencia. Cómo será la pericia de Comfort que hasta el sosísimo Carroll sale bien en los dos números que le toca interpretar.

          La historia de la esposa adúltera y ambiciosa que seduce a un amante para acabar con el marido y quedarse con el dinero y el estatus social que este le depara habrá sido mil veces filmada en el cine, acaso porque atiende a una de esas constantes clásicas de las relaciones humanas. En este caso, el marido es ciego, lo cual añade a la urdimbre del engaño una dimensión moral evidente. Lo que sucede es que el marido, además de un músico de éxito, es también una persona inteligente, capaz de entender qué está pasando ante sus ojos, sin necesidad de abrirlos. Es cierto que recurre a los mínimos servicios de la secretaria que está, como exige el guion, caladita hasta los huesos por él, una mujer hermosa, leal y trabajadora, que no entiende como su «jefe» puede estar enamorado de una mujer tan vulgar como su esposa. Así que el músico sabe lo que se urde a sus espaldas, comienza un desenlace que se toma su tiempo y que tiene una progresión magnífica, así como una «sorpresa» que coge desprevenido al espectador, y aunque ello cae del lado de lo sólidamente establecido en este tipo de historias, no será este crítico quien se la chafe a los espectadores.

          La causticidad del músico, destilada por cierta amargura debida a su condición, choca con quienes lo rodean, porque el personaje desarrolla una superioridad en la que no parece necesitar nunca a nadie, si bien es cierto que su inclinación al alcohol algo tiene que ver con todo el asunto. El protagonista borda la interpretación de dicho personaje, lo cual contribuye a aceptar la verosimilitud de las  diferentes situaciones y permite valorar como se debe el esfuerzo del elenco por persuadir a los espectadores de lo que la historia cuenta. Muy curiosas son las escenas en las que la mujer del músico se complace en acariciar a su amante y besarlo ante su marido, para incomodidad del pintor, porque esa condición artística es la que justifica que ella pase tantas horas con él: le hace el retrato, contratado por el propio marido, siempre atento a satisfacer los deseos de su esposa, hasta que...; pero por esos puntos suspensivos solo ha de adentrarse el espectador que, para una tarde relajada de cine sin complicaciones y con muy buen nivel, vea estas dos películas de un director rescatado en esta crítica del más lacerante de los olvidos. Y como él, no me cabe duda, habrá cientos...

domingo, 26 de abril de 2026

«Nadie sabe», de Hirokazu Koreeda, o el cine que tumba.

 

La poetización imprescindible del horror en estado puro.

 

Título original: Dare mo shiranai

Año: 2004

Duración: 141 min.

País:  Japón

Dirección: Hirokazu Koreeda

Guion: Hirokazu Koreeda

Reparto: Yûya Yagira; Ayu Kitaura; Hiei Kimura; Momoko Shimizu; Hanae Kan; Susumu Terajima; You-: Música: Gontiti

Fotografía: Yutaka Yamasaki.

 

          Estamos ante una película de taquilla modesta, pero de fuerte impacto crítico y popular, porque el asunto que se narra en ella es algo más que doloroso, dado el horror específico del caso real en el que se inspira, ocurrido en 1988 en Sugamo. ¡Lo que debió impactarle a Koreeda aquella trágica historia que reunía ingredientes propios de una película de horror o de los clásicos folletines sociales que siguieron a los del iniciador del género, Eugène Sue, cuyo tremendismo no llegó ni siquiera a la intensidad de los males descritos en algunas novelas de Victor Hugo. La infancia no es etapa de la vida que se preste a ser contemplada como obra de arte cuando se describe el horror que afecta a tan desvalidos personajes. Mi Conjunta me ha prohibido que le narre tanto la película como el propio caso real, y no me extraña. De hecho, quiero empezar esta crítica agradeciendo al autor, Koreeda, la infinita delicadeza con que ha tratado/alterado la historia original, convirtiendo el «caso» en una narración lírica del abandono maternal y la dura lucha por la supervivencia.

          La película se inicia de tal manera que todo da a entender que vaya a girar el asunto sobre el acuciante problema de la vivienda, porque una madre con su hijo se presenta ante el administrador de unos apartamentos para comunicarle su llegada, notificarle la ausencia del marido y darle a conocer a su hijo, un muchacho tranquilo y magnífico estudiante. A la que vuelven al piso y empiezan, literalmente, a sacar hijos y hermanos de las maletas, nos damos cuenta de que no va a ser el de la vivienda el tema escogido, sobre todo cuando las instrucciones a los dos pequeños, otra hermana mayor llegará más tarde en tren, consisten en advertirles seriamente de que no pueden hacer ruido ni asomarse al balcón, lo cual, de rebote, nos indica que ninguno de esos hijos asistirá ni un solo día a ningún colegio, lo cual acrecienta las sospechas sobre lo terrible del drama que se nos aproxima a través de esa madre que tiene relación tan extraña con sus hijos. Cuando esta desaparece por primera vez y deja al hijo mayor ¡de 12 años!, al frente de la casa y de sus hermanos, comenzamos a temernos lo peor, es decir, que la madre, de quien no tardaremos en saber que cada uno de sus hijos es de padre diferente, o sea una prostituta o una mujer que busca emparejarse con algún partido que le salga sin acarrear con ella la carga de cuatro hijos, lo que espantarían al más pintado, por supuesto.

          La imaginación catastrófica ―«anastrófica», la llama Fritz Perls―, que lo tiene todo de profeta a posteriori, no tarda en cumplirse. En efecto, tras empaquetar sus cosas en dos maletas, la madre desaparece con las mismas condiciones a las que los hijos parecen estar ya acostumbrados. La única variación sobre la vida «normal» de la singular «familia» es que su estancia lejos de ellos se va a prolongar de manera casi definitiva, a tenor de lo que tampoco tardará mucho en ocurrir: que mengüen los fondos, que no pueda pagar ni la luz ni el agua ni el alquiler y que la supervivencia física de los niños dependa del ingenio del hermano mayor, quien hasta llega a entrevistarse con dos de los padres de sus hermanos para exponerles su crítica situación y pedirles ayuda.

          La poetización de la que hablaba en el título es relativa, por supuesto, porque a esa perspectiva debemos la envidia con que el hermano mayor, el único que sale de casa hasta que, el corte de luz y agua los obliga a buscar agua en la fuente para beber y otros menesteres, contempla a los escolares que van a clase de uniforme, con sus cateras, sus deberes y la vida social propia de su edad. Con tres de ellos hará lo más parecido a una amistad, porque, en verano, los invita a casa para jugar con videojuegos en la televisión, aunque esa «amistad» lo lleve a negligir en parte el cuidado de sus hermanos. La querencia de la segunda hermana por el piano y la música, y a quien le va reservando fondos para sus futuras clases de música, forma parte de esa visión que se complementa con los rudimentos de escritura y cálculo que el hermano mayor enseña a los pequeños.

El mundo propio de la casa, pues, es visto con cierta distancia por el director, como si se tratara de un naturalista que observa el desarrollo de algunas especies, y no es ajena a esa visión la preocupación de los hermanos por cultivar algunas semillas en la pequeña terraza del apartamento. Son frecuentes, como contraste, en la realización, los primeros planos que nos indican el deterioro progresivo de la vida en el apartamento y en sus ocupantes, paralelo a la libertad con la que suelen salir ya los críos a la calle y no temen ser oídos. La infructuosa labor de cobrarles el alquiler, no lleva a los caseros de los apartamentos a denunciarlos a la policía, ni a siquiera entrar en la casa para cerciorarse de que cuanto ocurre depende de un adulto que está al tanto y es responsable.

Las imágenes de la degradación que afecta a la salud y la higiene de las criaturas son un mazazo continuo para los espectadores, quienes, constantemente, no dejamos de temernos lo peor, y lo peor sucede, aunque de una manera tan estilizada que forma parte de esa visión poética que nos aleja del crudo horror de la historia real, cuya lectura recomiendo a los lectores de esta crítica para mejor apreciar la delicadeza de Koreeda, quien a buen seguro juzgó imposible, para él y para cualquiera, narrar la realidad conforme ocurrieron los hechos. Prefiere que nos enamoremos del hermano mayor y que empaticemos con su bondad inalterable, aunque no pocas veces sufra la angustia de ser el responsable y asumir una responsabilidad que le acaba superando, y de ahí ciertas desconexiones, como la del partido de béisbol, las amistades que acaban expresando su aporofobia o la amistad con una adolescente con la que la película cobra otra dimensión.

Apenas hay diálogos en la película que vayan más allá de lo que es la vida cotidiana, con todas las facetas propias de la unión que el hermano mayor se empeña en defender a capa y espada, aunque vivan de las sobras que, caducadas o a punto de caducar, recoge en el supermercado próximo al apartamento, pero no hay plano, curiosamente, que no sea tremendamente significativo, explicativo, narrativo. Si a eso le añadimos la absoluta naturalidad casi documental con que actúan los jovencísimos intérpretes de la película ―a pesar de la advertencia de Hitchcock: «Nunca trabajes con niños ni con animales»...―, el resultado es una película dolorosa y, al tiempo, exultante, desde la perspectiva cinematográfica, por la habilidad con que resuelve Koreeda la narración de unos hechos trágicos que no excluyeron ni siquiera el asesinato... en la vida real, y que el director, con muy buen criterio, obvia, porque «su» historia es la de la supervivencia de esos niños, no la crónica amarillista de una tragedia que conmovió a todo el país.

miércoles, 22 de abril de 2026

The Scarlet Hour, de Michael Curtiz, un thriller de estreno.

 

Más con menos: un presupuesto B para una muestra A+ de auténtico cine negro.

 

Título original: The Scarlet Hour

Año: 1956

Duración: 95 min.

País:  Estados Unidos

Dirección: Michael Curtiz

Guion: Alford Van Ronkel, Frank Tashlin, John Meredyth Lucas

Reparto: Carol Ohmart; Tom Tryon; Jody Lawrance; James Gregory; Elaine Stritch; E.G. Marshall; Edward Binns; Scott Marlowe; Billy Gray; Jacques Aubuchon; David Lewis; Johnstone White; James Stone; Maureen Hurley; James Todd; Nat 'King' Cole.

Música: Leith Stevens

Fotografía: Lionel Lindon (B&W).

 

          Cuando Michael Curtiz llega en 1926 a Usamérica, contratado por la Warner, ya había dirigido más de sesenta películas en su Hungría natal, desde 1912 hasta 1926 con el nombre de  Kertész Mihály. Estamos hablando, pues, de un autor cuyas raíces se hunden en los primeros tiempos del cine mudo, como fue el caso de John Ford, Raoul Walsh o Howard Hawks, entre otros. The Scarlet Hour pertenece a su última época, cerrada en 1962 con Los comancheros. Hasta donde he podido investigar, la película no se estrenó en España en su momento y solo muy recientemente ha sido rescatada para algún ciclo sobre el director. Nadie ignora que su gran éxito, por el que todos los aficionados al cine lo conocen, fue Casablanca, pero a lo largo de su carrera, Curtiz demostró un «oficio» que le permitió sacar con muy buena nota películas que en manos de otros bien pudieran haber naufragado. Este es el caso de The Scarlet Hour, una película de cine negro basada en un esquema muy repetido en el género: joven esposa de un empresario rico y enamorada de un apuesto empleado de su marido, a quien seduce para, por un azar absoluto, dar un golpe en la casa de un doctor para robar joyas valoradas en 300.000 dólares y poder abandonar a su marido, porque lo que la sexualmente insatisfecha mujer del empresario no quiere, de ninguna de las maneras, es perder su alto nivel de vida, dado que el marido la «rescató» de una sufrida vida de aspirante a nada por bares de medio mundo. He de confesar, no obstante, que el principal reclamo para acercarme en YouTube a esta película fue, además de la dirección de Curtiz, la aparición en los títulos de crédito como guionista de Frank Tashlin, director él mismo de algunas excelentes comedias con Jerry Lewis, ¡y sin él, por supuesto!, como Detective con rubia, en cuyo guion colaboró Agatha Christie, por cierto.

          La película no solo tuvo un presupuesto modesto, sino que le adjudicaron dos protagonistas que hacían su debut en la pantalla, la exmodelo Carol Ohmart y Tom Tryon, quien después triunfaría con El cardenal, de Preminger y se convertiría en escritor, dos de cuyas obras fueron llevadas al cine: El otro, por Robert Mulligan y Fedora, por Billy Wilder, lo cual dice bastante de su mérito. Eso sí, mientras Carol Ohmart daba perfectamente el papel de mujer deseante, con voz seductora, llena, al mismo tiempo, de las fragilidades propias de quien se mueve en el terreno pantanoso del adulterio con un marido celoso y dispuesto a averiguar con quien mantiene su esposa la aventura; el empleado, Tom Tryon, da muy justito el papel, aunque lo suficiente para seguir con interés una trama doble: de un lado, el asalto a la casa para robar las joyas; de otro, la inquisición del marido para descubrir al rival. Añadamos, en todo caso, una tercera: el amor callado que siente la secretaria del marido por el empleado preferido, a quien quiere promover en la empresa, dejándolo al cargo mientras él planea un viaje de una semana con su esposa. La parte de thriller de la película tiene que ver, obviamente, con el atraco a la mansión, donde coinciden con los ladrones a quienes les oyeron el plan y con quienes se establece un tiroteo en el que, curiosamente, quien acaba falleciendo es el marido de ella, porque en ese momento se cruzan ambas tramas fatalmente, para el celoso marido, por supuesto, aunque bien hubiera podido haber resultado muerta su mujer en el forcejeo, porque las armas, como se dice, las carga el diablo.

          A partir de la entrada en acción de la policía, con dos esplendidos secundarios como E.G. Marshall y Edward Binns, amén de la continuación de los asaltadores de la mansión y del propio propietario de esta, percibimos el clima de tensión que ya no decaerá hasta el desenlace. Y ese mérito pertenece a Curtiz, quien planifica estupendamente las secuencias y sabe narrarlas con una pulcritud magnífica, lo que impide que la trama se extienda innecesariamente más allá de lo que la historia da de sí. Curtiz es consciente de que está invadiendo terrenos muy marcados, y la escena de los amantes, que no pueden comunicarse abiertamente para no levantar sospechas, en una tienda de discos recuerda, en efecto, a la de los protagonistas de Perdición, de Billy Wilder, por ejemplo.

          La ambientación, a pesar del bajo presupuesto, está muy conseguida, y ha de destacarse el cameo de Nat King Cole como cantante de la sala de fiestas donde se reúne la esposa con unos amigos para fabricar la coartada que le permita ausentarse para reunirse con su amante en la mansión donde este va a robarles las joyas a los delincuentes que habían planeado el golpe que la pareja, estando de arrumacos a las afueras de la ciudad en el coche de ella, oyeron por pura casualidad.

          La película está llena de detalles que permiten trazar bien los perfiles de los personajes, sobre todo los que algunos de ellos entienden como doble juego que les perjudica: el marido, quien pilla a su mujer con quien menos se lo hubiera imaginado, y  ella, cuando descubre el inicio de una relación más estrecha entre su amante y la paciente secretaria enamorada de él, la bella «buena chica» sencilla, de valores tradicionales, con las que, la protagonista lo sabe muy bien, es tan difícil competir, si el hombre, en este caso su amante, está habitado por escrúpulos que le ponen muy cuesta arriba arriesgarse a cometer incluso delitos para satisfacerla a ella.

          En la medida en que se trata de un «estreno», los espectadores podrán valorar, si se sientan ante ella, la verdadera dimensión de un director etiquetado como el director de una sola película. Pero entre su copiosa producción, recordemos que está Alma en suplicio, un melodrama intensísimo, El muchacho de Oklahoma, una visión distinta del Far West, El rey del tabaco y Recursos de mujer, para su mayor gloria y disfrute de los espectadores.

          Lamento no extenderme más sobre la trama pero desde la muerte accidental de marido en adelante, todo son «novedades» que no conviene destripar a ningún espectador, y por eso aquí detengo la crítica. Insisto, si acaso, en que se trata de una película crepuscular, dentro del género del cine negro, pero, aun así, se ve con notable agrado, porque Curtiz domina el código y por él se guía para mostrarnos el trabajo de la excelente Carol Ohmart, de muy reducida carrera posterior, por cierto. Aquí puede ser admirada en todo su esplendor físico e interpretativo, aunque no le dio de sí más que para diez películas, tras lo cual se refugió en la televisión.

 

domingo, 19 de abril de 2026

«Noches de sol», de Taylor Hackford y «El papel de mi vida», de Shira Piven o el culto a Terpsícore.

 

Título original: White Nights

Año: 1985

Duración: 131 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Taylor Hackford

Guion:James Goldman, Eric Hughes, Nancy Dowd. Historia: James Goldman

Reparto: Mikhail Baryshnikov; Gregory Hines; Isabella Rossellini; Helen Mirren; Jerzy Skolimowski; Geraldine Page; John Glover; Stefan Gryff; William Hootkins; Shane Rimmer; David Savile; Ian Liston; Benny Young; Hilary Drake; Daniel Benzali; Sergei Rusakov; Aleksandr Naumov: Maryam d'Abo; Marc Sinden; Jiri Stanislav; Michael Petrovitch; Andreas Markos.

Música: Michel Colombier

Fotografía: David Watkin.

 




Título original: The Performance

Año: 2023

Duración: 113 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Shira Piven

Guion: Shira Piven, Josh Salzberg

Reparto: Jeremy Piven; Robert Carlyle; Maimie McCoy; Steven Berkoff; Adam Garcia; Suzanne Shepherd;

Lara Wolf; Malky Goldman; Jared Grimes; Annette Lober; Daniel Finkelman; Lukás Frlajs; Isaac Gryn; Vansh Luthra; Veronika Strapková; Patrick McCartney; Tony Herbert.

Música: Lucas Lechowski

Fotografía: Lael Utnik.



La danza durante la Guerra Fria y en tiempos del nazismo: cine plástico y reflexión política.



 

        Danza clásica y claqué son dos tipos de baile casi antagónicos, pero en estas dos películas dan mucho juego, porque alrededor del tap dance, como llaman en inglés a lo que nosotros denominamos claqué, en ambos casos, con inequívoca raíz onomatopéyica, se orquestan dos historias muy potentes, una, inspirada en la propia vida del bailarín Mikhail Baryshnikov, quien, en 1974, mientras estaba de gira en Canadá con el Ballet Kirov (hoy Mariinsky Ballet), aprovechó una parada en Toronto para solicitar asilo político y no regresar a la URSS, es decir, exactamente lo que le ocurre al personaje que interpreta, quien, debido a una avería en el avión que lo lleva a Japón, se ve obligado a desembarcar en territorio soviético, donde, finalmente, es reconocido por las autoridades, «secuestrado» y puesto a disposición de un coronel empeñado en convencerlo para que vuelva a bailar en su tierra, de donde no debería de haber salido. Su historia se cruza, sorprendentemente, con la de un bailarín de claqué que abandonó Usamérica por motivos ideológicos y se exilió a la URSS. Casado con una rusa, es el encargado de vigilar y tratar de convencer al bailarín para quedarse en «su casa». La técnica especular: verse el uno reflejado en el otro, va a permitir observar los finos hilos que se van tendiendo alrededor del bailarín para seducirlo/forzarlo a permanecer en el país que, por su deserción, lo considera un criminal. Se trata de una historia muy de Guerra Fría, pero, justo por eso, con una insólita vigencia en estos tiempos revueltos en que se está replanteando el orden mundial, cuestionándose el valor y la representatividad de la ONU y asistiéndose a desafíos económicos  militares que bien pueden acercarnos a la temida Tercera Guerra Mundial. Dejando de lado la trama político-policial que rodea el caso del desertor recapturado y del desertor que comienza a arrepentirse, sobre todo cuando sabe que va a ser padre, la película es un homenaje nítido a la danza clásica y al claqué que gustará con locura a los aficionados a disciplinas artísticas tan impactantes y, sobre todo, tan exigentes, porque, a lo largo del metraje, observamos también las exigencias de los ensayos y la fisicidad plástica y atlética que suponen, todo ello acompañado de una banda sonora espectacular. Merced a la relación con quien fuera su compañera de baile, una Helen Mirren jovencísima y tan estupenda actriz como lo ha seguido siendo desde entonces, aparecen en la película unas secuencias del joven Baryshnikov como un autentico Nijinski redivivo o el propio Rudolf Nureyev, también desertor, una década antes que Baryshnikov. A los amantes del ballet y del claqué, propio de los programas del teatro de variedades y, posteriormente, de un género cinematográfico tan popular como el de los musicales, que atraían verdaderas multitudes a las salas de cine, como sucedió con el primero, The Jazz Singer, de Alan Crosland; a esos amantes dobles de géneros en apariencia distantes esta película les parecerá toda una revelación, a pesar de sus más de cuarenta años. No cae, propiamente, dentro del género del cine musical, pero los números, como el propio que abre la película, una recreación parcial de Le Jeune Homme et la Mort, una coreografía de Roland Petit, inspirada en el universo de Jean Cocteau, es de una calidad que no se ve desmerecida por lo que veremos después.

        La trama político-policial tiene un desarrollo importante e incluso se convierte, por momentos en un thriller político con escenas de riesgo y enorme suspense, sobre todo al final, y ha de decirse que tampoco en esa faceta desmerece la película de otras centradas en peripecias de agentes extranjeros en territorio hostil. A ello contribuye mucho la rivalidad entre el coronel soviético, encarnado por el también director Jerzy Skolimowski, y el bailarín desertor. La película se ha titulado en España Noches de sol, traduciendo literalmente el fenómeno meteorológico al que aluden las famosas «noches blancas» rusas, en las que no acaba de ponerse el sol del todo en ciertas latitudes septentrionales, como San Petersburgo, que incluso dan título a una novela de Dostoievski, hermosamente trasladada al cine por Luchino Visconti, también con el mismo título. La película, obviamente, no fue rodada en la URSS, pero las localizaciones de la vecina Finlandia permiten recrear, junto con metraje sí rodado originalmente en la URSS, la escenografía adecuada para la trama.

        El papel de mi vida, por su parte, está inspirada en un relato de Arthur Miller, y cuenta la historia de un bailarín de claqué que aspira a lograr la fama y ganarse la vida lo mejor posible, él y el grupo de bailarines que lidera, desdeñando la solicitud paterna de hacerse cargo del negocio de telas. En la Europa revuelta de los años 30, consigue unas actuaciones en los Balcanes y, a partir de ahí, espera poder añadir nuevas visitas a países donde se aprecie su arte, hasta que..., en efecto, un curioso y marcial admirador de su baile, que lo considera un artista de un valor más allá de la valoración común que se hace de los artistas, o sea, el mejor de los mejores, le propone, mediante un suculento contrato, actuar en Berlín, la Berlín nazi, durante una función, tras la cual podrían volver a su gira europea. La devoción al ate del claqué por parte de jerarcas del régimen nazi puede parecer incongruente, pero recordemos que Berlín en los años 20y 30 era considerada «la Chicago de Europa», y el jazz ocupaba un puesto destacado en las preferencias musicales de los alemanes, y a su rebufo también el claqué. Los cabarets berlineses fueron mundialmente famosos, de ahí la película que los popularizó en los 70: Cabaret, de Bob Fosse.

        La relación entre el jerarca nazi y el danzarín de claqué comienza a partir de la admiración del primero, quien, finalmente, lo acaba convenciendo para actuar en Berlín, aunque lo que no sabe el judío bailarín es que lo va a hacer ante el mismísimo Hitler, quien, contra todo pronóstico, recibe con euforia la actuación del  bailarín usamericano y trata de convertirlo en algo así como «la estrella del Régimen», de ahí que le encarguen un musical que pueda competir con os grande éxitos usamericanos. Establecidos, como cuartel de operaciones, en el famoso Hotel Adlon, próximo a la Puerta de Brandenburgo, la compañía se somete a la vergüenza de contrariar sus principios políticos hasta que, andando el tiempo, la situación social empeora y la brutalidad del Régimen acaba haciéndoles imposible seguir adelante con ese contrato que tiene todos los visos de ser un auténtico pacto con el diablo.

        No adelanto el resto de la obra, porque esas tensiones intragrupales en la compañía, más el drama del artista que es capaz de venderse por alcanzar la gloria, tiene un desarrollo notable, aunque, todo se ha de decir, algo previsible. La realización mezcla fondos documentales de archivo con la recreación bastante aceptable de la época, y aunque hay un fallo de reparto en la elección de Hitler, el alto mando nazi interpretado por Rober Carlyle es sobresaliente. La directora es la hermana mayor del protagonista, pero este confiesa haber estado casi quince años estudiando el claqué antes de ponerse en la piel del protagonista, ¡y a fe que le lucen!, porque tanto en los solos como en las coreografías corales se exhibe como un consumado dominador de tan difícil arte. Jeremy Pien es, con todo, mundialmente conocido por sus trabajos en diferentes series y películas, aunque nunca antes con el protagonismo que adquiere en esta, por supuesto. No me parece una interpretación redonda, la suya, y el personaje presenta ciertas carencias psicológicas que lo convierten en alguien vulnerable, acaso en exceso. Y sí, la sed de triunfo ciega, por supuesto, pero incluso el propio Fritz Lang, hijo de madre judía convertida al catolicismo, rechazo la tentadora oferta de Goebbels de convertirse en el factótum del cine alemán bajo su control ideológico, está claro.

 

  

sábado, 18 de abril de 2026

«El extranjero», de François Ozon, casi al pie de la letra.

 

La extraña y seca frialdad del nihilismo hermosamente fotografiada.

 

Título: L'Étranger

Año: 2025

Duración: 122 min.

País: Francia

Dirección: François Ozon

Guion: François Ozon. Novela: Albert Camus

Reparto: Benjamin Voisin; Rebecca Marder; Pierre Lottin; Denis Lavant; Swann Arlaud; Christophe Malavoy; Benjamin Hicquel; Jean-Charles Clichet; Jean-Benoît Ugeux; Mar Sodupe.

Música: Fatima Al Qadiri

Fotografía: Manuel Dacosse (B&W).

 

           A ciertas adaptaciones al cine de obras clásicas, como sucede con esta novela cota de Albert Camus, El extranjero, siempre les agradezco que, como me pasó hace poco con el Frankestein de Mary Shelley y el El regreso de Ulises de Uberto Pasolini, me inciten a leer o releer el original para poder tener una visión más amplia de lo que se me ha dado en la adaptación cinematográfica. En este caso he de decir que resulta ejemplar la transcripción en imágenes que ha hecho Ozom, auxiliado por el cinematografista Manuel Dacosse, del texto de la novela, y no era fácil trasladar a imágenes las abundantes sensaciones que describe la vos narradora, que es la del protagonista. Aunque filmada en Tánger, lo que se recrea es el Argel donde vivió y estudió Camus, y donde su personaje Meursault, es un oficinista que recuerda vagamente al Bartleby de Melville, por su falta de aspiraciones y escasa motivación para «labrarse una carrera profesional».

          A partir de una anécdota biográfica, su madre acaba de fallecer en una residencia para ancianos, aunque pasa poco de los sesenta años..., el protagonista pide permiso para desplazarse al lugar del óbito y asistir al entierro de la madre. Todo ello en un verano sofocante que se ha recreado con notable fidelidad. Como la película sigue al pie de la letra la novela, todos aquellos que la tengan muy presente, no era mi caso, salvo en grandes rasgos, por lo que la he vuelto a leer inmediatamente, irán reconociendo los distintos personajes y las situaciones que, por sus pasos contados, pero con total arbitrariedad y sin justificación alguna nos llevan al fatal desenlace del enfrentamiento entre los familiares de una joven maltratada por un conocido-casi-amigo de Meursault, tres árabes, y Raymond Sintes [por cierto, el apellido de la madre de Camus] y el propio Meursault, quien se pone de su parte aun sabiendo que maltrata a la joven árabe de la que es proxeneta.

          Cualquier crítica a esta película por fuerza ha de destacar el planteamiento estético a través del hermosísimo blanco y negro, muy poco contrastado, que genera una atmósfera envolvente que nos transmite el calor pegajoso del verano norteafricano y que otorga a los personajes una dimensión clásica, más allá de la propia historia. Desde los primeros compases de la película pensé inmediatamente en la prodigiosa serie Ripley, de Steven Zaillian, apoyada en la espléndida fotografía de Robert Elswit (B&W). La diferencia entre ambas es muy notable, porque Meursault es un oficinista con pocos posibles y menos ambiciones que vive en una habitación y cuyos vecinos no son, precisamente, la crème de la crème social, y menos aún el viejo Salamano, interpretado por un casi irreconocible Denis Lavant, actor fetiche de Leos Carax, y estrella fundamental de Holy Motors o Los amantes del Puente Nuevo, ambas extraordinarias, aunque la segunda con algunos reparos, quien convive con un perro al que maltrata psicológica y físicamente, pero por quien Meursault siente alguna leve compasión.

          La «frialdad» es el concepto que, imagino, habrá corrido de boca en boca para definir esta obra que, en efecto, la describe como ninguna otra película reciente lo ha hecho, y sí alguna relativamente antigua (1970), como El conformista, de Bertolucci, cuyo protagonista, Marcello, tiene ciertas similitudes con el Meursault de Camus, incluso temporales. Representar la indiferencia ante la existencia es un desafío enorme, porque cuando la pasión no altera los ánimos parece que nos movemos en un orden de vida que nos es ajeno, porque el deseo, el querer algo, forma parte de nuestro ADN como especie, comenzando por querer conservar la vida, algo que siempre nos chocará respeto de cualquier persona, de ahí la extrañeza que nos provocan los suicidios de quienes no sienten ese impulso vital. Y de ahí, también, la distancia y el rechazo que provoca en el espectador la historia de amor con menos amor de las que se puedan imaginar. Meursault se acerca a la antigua conocida y se siente a gusto con ella, con quien intima y tiene relaciones sexuales, y aun con quien está dispuesto a casarse aunque no entienda qué significa casarse ni qué sentido puede tener en su vida un acto así. Su abogado en el juicio, la mejor parte de la película, sin duda, lo dice claramente: Cuando el vacío de un corazón, tal como se descubre en este hombre se transforma en un abismo en el que la sociedad puede sucumbir.

          Cuando a alguien todo le paree extraño, ajeno, y la vida una suerte de mecanismo simple que repite cotidiana y ritualmente,  esperando que haya las menores variaciones posibles,  ¿hacia dónde puede el espectador deseado y deseante dirigir su necesidad de empatizar con el protagonista de una película? Se siente distante de lo que ocurre ante sus ojos y no acaba de entender la apatía, la atonía, la distimia de una persona por quien se interesa una mujer tan bella, un ser con capacidades, se insinúa, para aspirar a mejorar sus condiciones de vida. La frialdad, esta de manual, con que asiste al entierro de su madre, como un compromiso, más que como un deber filial, será, a la postre, cuando llegue el juicio al que es sometido por la muerte del hermano de la mujer prostituida por Raymond, el mayor escándalo que se tendrá en cuenta para juzgarlo.

          La obra contiene algunos apuntes biográficos, como la aversión del padre de Camus a las ejecuciones públicas de los condenados a muerte, que le atribuye Camus al padre de su personaje, pero la entereza de Meursault frente a su destino, su serenidad a medio camino entre el estoicismo y la aversión a la trascendencia, que le llevarán a rechazar incluso violentamente la presencia del sacerdote en su celda, así como la prefiguración de su futura guillotina desde la más absoluta indiferencia, dejan a los espectadores un poco en terreno de nadie. Ozon reinterpreta parte de la novela en un final políticamente correcto que distorsiona no poco el espíritu del texto, una lectura que lo traiciona, porque lo «enmienda» muy chapuceramente.

          En favor de esta adaptación podría decir que es la que me parece más fiel a lo que hubiera hecho Bresson, porque se ajusta de maravilla a su manera de no dirigir el trabajo de los actores, al uso de actores cuya notoriedad pública no distorsione la recepción de la aventura de los protagonistas y un silencio tan expresivo como el de Pickpocket, por ejemplo. Se me ocurre que el nihilismo de Meursault debió ser la causa principal de que el muy religioso Bresson, adaptara el texto de Camus, aunque parece haber sido escrito para que él lo hubiera transformado en imágenes. Ozon, a mi entender, parece haber comprendido su labor de fantástico «intermediario» entre Camus y Bresson, y nos ha regalado una obra tan personal como deudora de otra visión imposible.

lunes, 13 de abril de 2026

«Anonymous», de Roland Emmerich o el culto a Isis, «Y si...».

Una perfecta recreación de la gloriosa época del teatro isabelino para una ficción socorrida: Shakespeare no fue el autor de sus obras...

 

Título original: Anonymous

Año: 2011

Duración: 130 min.

País:  Reino Unido

Dirección: Roland Emmerich

Guion: John Orloff

Reparto: Rhys Ifans; Vanessa Redgrave; Joely Richardson; David Thewlis; Xavier Samuel; Sebastian Armesto; Rafe Spall; Edward Hogg; Jamie Campbell Bower; Mark Rylance; Derek Jacobi; Vicky Krieps; Sam Reid; Paolo De Vita.

Música: Harald Kloser, Thomas Wanker

Fotografía: Anna Foerster.

 

          Roland Emmerich es un director especializado en el cine de catástrofes, grandes superproducciones con un fuerte impacto en la taquilla, como Independence Day o El día de mañana, y otras por el estilo. Si en todas ellas el entretenimiento está asegurado, gracias en parte a una dirección que sabe qué elementos destacar, porque son los que el espectador quiere ver, lo mismo sucede en esta recreación histórica de la época de William Shakespeare o, acaso mejor dicho, del teatro isabelino en la época de Shakespeare, porque el periodo isabelino dejó impronta en órdenes de cosas muy diversas, desde la religión hasta la política, pasando por el impulso cultural.

          La película de Emmerich se plantea una de esas teorías recurrentes, y que pueden englobarse en la tendencia conspiranoica que alimenta a no pocos sectores sociales en nuestros días, tendencia a la que se suman los terraplanistas, los antivacunas o los negadores del cambio climático: Shakespeare no fue el verdadero autor de sus obras, sino un noble, Edward de Vere, conde de Oxford, que optó por el anonimato para disfrutar, desde él, de su influencia política en la época isabelina. La historia de la película va bastante más allá de la cuestión sobre la autoría de las obras de Shakespeare ―aquí se le representa como un actor no particularmente de muchas luces, a quien no le amarga el dulce de ser publicitado como autor de las obras, obras que le llegan de mano de su rival Ben Johnson, intermediario entre De Vere y el actor―, porque De Vere participa en una trama para usurparle el trono a Isabel, de quien es amante. El solo hecho de contemplar a Vanessa Redgrave haciendo de Isabel o a Rhys Ifans hacer de conspirador e inspirado dramaturgo que quiere agitar a las masas con sus mensajes teatrales que azuzan la rebelión contra el valido de la reina, Sir Cecil, ya merece la pena. Del mismo modo que es un placer ver y oír a Derek Jacobi, el inolvidable Claudio de la gran serie británica Yo, Claudio, de Herbert Wise, abrir y cerrar la obra como maestro de ceremonias. Se da la circunstancia de que Jakobi, notable y reconocidísimo actor shakespeariano, es uno de los «creyentes» en la teoría el autor alternativo, dado que, como es sabido, apenas hay manuscritos de las obras de Shakespeare, su firma  varía según los documentos y se trata de un autor no excesivamente culto para su tiempo, entre otras supuestas «razones», aunque el candidato De Vere, quien falleció antes que Shakespeare, tampoco tiene vinculación documental con las obras en cuestión.

          Sea como fuere, la trama está muy bien urdida y permite pasar un rato magnífico, sobre todo por la puesta en escena, tan rigurosamente británica, algo a lo que nos han malacostumbrado desde hace mucho. La presencia imponente del teatro The Globe, del que Shakespeare llegó a ser autor, actor y empresario, su recreación modélica, permite contrastar la vida popular con la de los aristócratas, empeñados en conjuras dinásticas y en librar batallas exclusivamente en función de su supervivencia. Llama, en este sentido, poderosamente la atención, el hecho de desafiar la verdad histórica radicalmente para convertir a la reina en amante de De Vere y madre de un hijo secreto, de quien recibió el apelativo de «reina virgen». Movernos en esa ficción alternativa no resta un ápice de interés a lo que es el argumento de la obra, sino que lo potencia, considerablemente, del mismo modo que la presencia de los Cecil, primero el padre, William, y luego el hijo, Robert, marca perfectamente el poder del Primer Ministro de la reina y fiel ejecutor de sus políticas, al tiempo que consejero estratégico, aunque aquí se nos presenten con un aura inquisitorial, impecablemente ennegrecidos de pies a cabeza.

          La película, ya digo, tiene su baza fundamental en la puesta en escena no solo de los ambientes nobles, sino, sobre todo, de los plebeyos, así como la descripción modélica de las funciones en el teatro, representaciones llenas de agitación popular que contrastan poderosamente con nuestras silenciosas liturgias. Digamos que en aquella época al público había que ganárselo con un gran plus de ingenio, del mismo modo que Lope de Vega tenía que luchar, con poderosas dosis de él, contra los reventadores y oras hierbas. A los espectadores que no hayamos estudiado particularmente el teatro isabelino, nos impresiona la presencia de dos autores claves de la época Christopher Marlowe y Ben Johnson, ambos presentes en las grandes representaciones del straffordonavonista, y muy atentos a sus geniales historias. La trama los usa, cada uno en su nivel, ya como cómplice de De Vere, a Marlowe, ya como siervo de él, a Johnson. Es muy ajustada, sin embargo, la visión de esos intríngulis de la escena teatral en la época, porque permite hacernos a la idea de cómo fueron en realidad los estrenos de obras tan famosas como Ricardo III, Hamlet o Romeo y Julieta, obras de plenitud del autor.

          He de insistir para que nadie se llame a engaño. Estamos en presencia de una ficción que se toma libertades a mansalva, pero el espectador se deja llevar por la verosimilitud de la representación, las grandes interpretaciones, la fastuosa puesta en escena y un vestuario de lujo y pasa un rato la mar de entretenido frente a la pantalla. No siempre el cine ha de tener un sentido trascendental. Recordemos que «divertir», apartar al espectador de sus preocupaciones habituales, forma parte de los fundamentos del Séptimo Arte: el mayor espectáculo del mundo.

 

viernes, 10 de abril de 2026

«La vida de Chuck», de Mike Flanagan, o del cine de terror al cine «de autor».

Una vida muy bien narrada en un tríptico temporal invertido fantástico.

 

Título original: The Life of Chuck

Año: 2024

Duración: 110 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Mike Flanagan

Guion: Mike Flanagan. Historia: Stephen King

Reparto: Tom Hiddleston; Chiwetel Ejiofor; Karen Gillan; Jacob Tremblay; Mark Hamill; Mia Sara; Benjamin Pajak; Cody Flanagan; Carl Lumbly; Trinity Jo-Li Bliss; Q'orianka Kilcher; Harvey Guillén; Matthew Lillard; Antonio Raul Corbo; David Dastmalchian; Kate Siegel; Annalise Basso; Samantha Sloyan; Rahul Kohli; Matt Biedel; Sauriyan Sapkota; Saidah Arrika Ekulona; Michael Trucco; Violet McGraw; Molly C. Quinn; Mike Flanagan; Heather Langenkamp; Joey Shear; Lauren LaVera; Nick Offerman.

Música: The Newton Brothers

Fotografía: Eben Bolter.

 

          No le he leído  a nadie, al escribir sobre esta película, el reconocimiento del vínculo clarísimo que tiene con Los Fabelman, pero esa ha sido la sensación que yo he tenido mientras seguía la vida de Chuck en los tres actos episódicos con que se nos narra, y en manifiesto desorden cronológico, de acuerdo con el original, firmado por Stephen King. Mike Flanagan es, al parecer, un reconocido valor del género del terror, con atrevidos remakes, en forma de serie, de La caída de la casa Usher, Carrie y La maldición de Bly Minor (adaptación de Otra vuelta de tuerca) y de La casa encantada, todos ellos clásicos acreditados. De su propia cosecha hay dos películas en Filmin, Oculos y Somnia, a las que no tardaré en acercarme, para ver cuáles son esos «nuevos» rumbos de género al que, sobre todo de adolescente, tan aficionado fui, si bien hace mucho que el propio género difuminó sus nítidas líneas fronterizas con otros géneros y solo quedaron productos de escasísima imaginación dominando el cotarro frente a las ingeniosas creaciones de antaño, con la productora Hammer a la cabeza. Algo de eso sucede en esta película que, por venir de la febril imaginación de King, contiene una dimensión fantástica de la que solo nos enteramos al final de la película, en el desenlace, lo que nos lleva a rever todo lo visto en clave de ese descubrimiento.

          El camino para llegar al tercer acto entrañable, emotivo y fabelmaniano es, con todo, espectacular, porque entramos in medias res, esto es, en pleno desarrollo literal del fin del mundo, un relato apocalíptico que seguimos a través de los ojos temerosos e incrédulos de un profesor de High School que habla con su ex y, a lo largo de la jornada, con varias personas que reaccionan de diferentes maneras a lo que está sucediendo, un final apocalíptico que parece significar el fin de la hegemonía de la humanidad sobre el planeta, a juzgar por las noticias que aquí y allá se van escuchando de cuanto ocurre en el mundo y fuera de él, porque todo apunto a un cataclismo de carácter cósmico. Choca mucho, no obstante, la aparente calma con que todo parece desarrollarse, y prueba de ella es la conversación entre el profesor y otro miembro de la comunidad que contempla con sólido estoicismo la terrible adversidad a la que se enfrentan. Aquí y allá, en ese paisaje de destrucción aparece reiteradamente una imagen: la de Chuck (Charles) Krantz, en una valla publicitaria en la que se lee: «Charles Krantz. ¡39 años estupendos! ¡Gracias, Chuck!», cuyo exacto significado solo conoceremos, ya lo he dicho, en el desenlace que se corresponde con la tercera parte del tríptico.

          La segunda parte de la película, anterior en el tiempo a la primera, nos ofrece el deambular de un contable, con su cartera, inequívoco atributo laboral, que está en una ciudad extraña y amable ―el diseño de la escenografía me recordó a la ciudad comercial llamada La Roca, en Barcelona― en la que hace tiempo hasta que le llegue la hora de dar la segunda conferencia sobre contabilidad, su especialidad. Entonces entramos en contacto con el personaje que aparecía antes en la valla publicitaria y lo vemos, además, del modo más extraño posible, porque lo esencial de esta parte es el encuentro fortuito y decisivo que se produce entre el personaje y una baterista que se gana la vida tocando en la calle un instrumento que, por sí solo, no parece que dé de sí lo que, en compañía del insólito baile que va a ejecutar Chuck, va a dar, convirtiéndose en un momento mágico de la historia, una suerte de hit equivalente en todo momento a aquellos que se recopilaron en That’s Entertaintment!, que tanto hicieron por recuperar el gusto por otro género que me apasiona: el cine musical. De repente, como obedeciendo una llamada atávica, el personaje necesita dejar la cartera en el suelo y, tras «sentir» los diferentes ritmos que la baterista le sugiere, iniciar una coreografía improvisada a la que, para sorpresa suya, invitará a una joven del corro del público que enseguida se ha formado al verle ejecutar los primeros pasos, ¡y ahí que se lanzan ambos, a plasmar un dúo que deja pálidos todos los de La, La, Land, sin ir más lejos! ¡Cómo andaré de memoria que iba a escribir que era «la primera vez» que veía a Tom Hiddleston!, cuando, en realidad, lo he visto en hasta cuatro películas más, pero se ve que hasta ahora no había tenido un papel protagónico tan marcado, o mejor dicho, un momento tan «especial» en el desarrollo de la historia, porque en la tercera parte desaparece y emergen su niñez y primera juventud, con otros dos actores cuya actuación no le van a la zaga, por cierto!:  War Horse, de Spielberg;  The Deep Blue Sea, de Terence Davies;  Only Lovers Left Alive, de Jim Jarmusch,  y Midnight in Paris, de Woody Allen, ¡nada menos!

          El nexo entre la segunda parte y la tercera son las imágenes que le vienen a la mente a Cuck cuando está decidiendo si ha de seguir su «instinto» y lanzarse a bailar en ese ínterin hasta su segunda ponencia o pasar de largo. Esas imágenes alternan las baquetas sobre las cajas de la batería con la cuchara de palo sobre la cazuela en la cocina donde la abuela guisa siguiendo el ritmo de las canciones de rock que adora. Y esa relación privilegiada entre el nieto, que ha perdido a sus padres y se ha de criar con los abuelos, y la abuela a través de las improvisadas lecciones de baile que le imparte nos lleva en volandas rítmicas a la tercera parte, en la que no solo asistiremos a la consolidación de la vocación danzante del joven, sino a la muy especial relación con su abuelo, un contable retirado que le imbuye, ¡en un memorable discurso!, de la importancia de las matemáticas. Y ahí aparece el mítico Lucky Skywalker, Mark Hamill, bordando un papel decisivo en la historia del joven, porque, a través de él entramos, ¡finalmente!, en el universo fantástico de Stephen King, si bien con una dimensión perfectamente compatible con el realismo de la historia, o, si se prefiere, el particular «realismo mágico», etiqueta que, tal vez, le convenga.

          Es en el relato de la infancia y primera juventud de Chuck donde acaba teniendo sentido la invocación de Walt Whitman que preside la narración: I am large, I contain multitudes («Soy enorme, contengo multitudes») que le inculca al niño su profesora de baile, y en ese tiempo narrativo aparecerán personajes que vimos en la primera parte, pero solo al final, en un excelente desenlace, acabaremos de entenderlo todo. ¡Y merece la pena! La película juega muy fuerte la baza de la emoción, y sale triunfadora, porque a pesar de apostar por dirigirse a la sensibilidad del espectador, la película ni siquiera roza lo sensiblero, pero, al verla, eso sí, se te clava en el corazón.

          Se trata de una película que va a contracorriente de lo habitual, no solo por la estructura, sino por la propia complejidad de las relaciones humanas en juego y por lo que significa, en términos biográficos, contar una vida que, en principio, no presenta ningún rasgo extraordinario que la aparte de la de cada uno de nosotros, y esa proximidad es lo que debería impulsar a los espectadores para no perdérsela.