Cuatro vidas en tres tiempos históricos y un mismo sortilegio: la seducción de lo fatal.
Título original: In die
Sonne schauenaka
Año: 2025
Duración: 149 min.
País: Alemania
Dirección: Mascha Schilinski
Guion: Louise Peter, Mascha
Schilinski
Reparto: Hanna Heckt; Lena
Urzendowsky; Laeni Geiseler ; Susanne Wuest ; Lea Drinda; Luise Heyer;
Filip Schnack; Luzia Oppermann; Lucas Prisor; Konstantin Lindhorst; Gode
Benedix; Martin Rother; Bärbel Schwarz; Florian Geißelmann; Claudia Geisler.
Música: Michael Fiedler,
Eike Hosenfeld
Fotografía: Fabian Gamper.
Cuando en
FilmAffinity la calificaciones de las críticas de una película oscilan entre el
2 y el 9 —dejemos fuera lo extremos—,
todo invita a pensar que estamos ante una obra muy merecedora de ser vista. Así
sucede, en efecto, con El sonido de la caída, el segundo largometraje de
Mascha Schilinski, una propuesta angustiosamente ambiciosa que, sin embargo,
sale con bien de tan exigente reto. Trataré de justificar por qué.
Se trata de
una película que se aparta de las propuestas que solemos recibir cada semana
para pasar por las salas de cine. Como tantas otras películas del cine europeo,
también esta en su momento tuvo una discretísima recepción, en torno a los
catorce mil quinientos espectadores, y apenas duro un par de semanas en
cartelera, lo cual explica, en parte, que no me llegara la noticia de su
estreno y el alcance de su calidad artística. Filmin, sin embargo, siempre está
al quite para evitar, dentro de lo posible, que no pasen desapercibidas las
grandes películas europeas, como ha sido el caso, aunque he de reconocer que
los primeros compases de la película, con una puesta en escena y un argumento
que recordaba el cine hierático de Bergman y el ritual de Haneke, desorientan
lo suficiente como para no saber qué pretende la directora.
En cuanto
cambiamos de época y vamos alternando las diferentes historias que representan
los personajes ante nuestra mirada perpleja, vamos haciéndonos a la idea de que
no estamos ante una estructura narrativa al uso ni tampoco ante una lógica
discursiva que, salvo las voces en off, brilla por su ausencia. El lugar es el
mismo, una granja en el norte de Alemania, en Sajonia-Anhalt. El arco cronológico
nos lleva desde antes de la Primera Guerra Mundial hasta después de la
reunificación alemana, por lo que, a través de las persnalidades de los
personajes, entrevemos las distintas épocas, dominadas por unos u otros regímenes
políticos, dado que ese espacio cayó bajo la ocupación soviética y perteneció a
la DDR, como podemos apreciar en uno de los tramos de la película, acaso uno de
los más interesantes. Ese interés, no obstante, está perfectamente repartido
entre las distintos tiempos, y las actuaciones de las actrices son de tan
extraordinaria calidad que cuesta mucho elegir entre ellas. A mi juicio, no obstante,
los papeles de Alma, interpretada por Hanna Heckt, una niña que ha sido
bautizada como otra hija del matrimonio que murió de forma temprana y cuya
fotografía ocupa un lugar destacado en el santoral familiar, y el de Angelika,
durante la época comunista, una joven que se abre a la experiencia de la
sexualidad entre un joven, su primo, y un hombre, su tío, a quien se insinúa
con el descaro propio del apremio sexual, interpretado por Lena Urzendowsky,
puede ser que destaquen algo sobre la altísima calidad del conjunto, pero ¡cómo
sustraerse al hechizo de las miradas de una actriz como Laeni Geiseler!, por
ejemplo, ¡imposible!
La película se
organiza en torno a las experiencias de las protagonistas en mundos en los que
nada se concreta de forma explícita, porque las relaciones se insinúan o se
comprenden a partir de ciertas reacciones que solo acceden a la explicitud cuando
se produce el hecho fatal de la caída, preludio de la lisiadura o de la muerte,
porque entendemos qué significa exactamente «caer» cuando, para evitar que el
único hijo de una familia campesina sea reclutado por el estado, los padres
prefieren empujarlo desde lo alto del pajar para que se lisie al caer y sea
declarado inútil, en una inversión muy curiosa del dicho nuestro: «el hombre,
con la pata quebrada y en casa...», aunque
con ciertas «recompensas», a cargo de la criada que lo asea, difíciles de
comprender incluso para la época en que transcurre la acción.
Hay eso sí,
una relación inequívoca entre la muerte, o la amenaza de ella, y la sexualidad,
como si formaran un dúo magníficamente bien avenido. No hay más que ver la
intensidad de las escenas en las que la muerte ronda las vidas de las
protagonistas para darnos cuenta de ello. Se trata de escenas poderosas,
imantadoras, que nos sobrecogen y hacen
sufrir, como la amenaza de muere bajo las aguas del lago o el sacrificio a la
trilladora de quien no imagina muerte más eficaz, como ocurre con Angelika,
cuya desaparición final forma parte de esas vidas de las que tan poco sabemos.
La película describe escenas, muchas de ellas domésticas, pero la mayoría con algún
componente muy turbador. No hay más que recordar la atracción morbosa que
ejerce la pierna del tullido sobre su sobrina o el ceremonial de la composición
fotográfica que se organiza a propósito de la hija que fue vendida matrimonialmente
a un campesino a quien se supone que no ha podido soportar, razón por la cual
se deja «caer» desde lo alto de un carro lleno de heno, provocándose la muerte.
El ceremonial fotográfico es de una crudeza solo comparable con lo que tiene de
«verdad», porque era costumbre, sobre todo cuando morían los niños, de
fotografiarse con ellos, antes de enterrarlos. La crueldad del cosido de los
párpados para fotografiarla con los ojos abiertos hiere la sensibilidad de
cualquiera, la verdad, excepto la de los aficionados a las operaciones
quirúrgicas, como yo y algunos pocos más. Esa foto formará parte del altar
funerario que la familia cultiva como el más preciado bien. Conviene recordar,
a propósito de esa foto, que en la de la niña pequeña, la primera Alma, aparee
la madre tras la niña, pero con el rostro difuminado, como si se hubiera movido
o como si fuera una presencia fantasmal o enloquecida por el dolor junto a la
hija.
La perspectiva
femenina desde la que se contempla cuanto ocurre nos revela una forma de entender
la realidad que se aparta de los puntos de vista más tradicionales del hombre y
su dominio secular sobre la mujer; ello enriquece la película y nos permite
acceder a una variedad de registros que no desperdician detalle alguno. Vamos
pasando de una a otra época y volvemos a las anteriores en una suerte de
continuo psicológico que nos crea la sugestión de estar viendo la continuidad de
un árbol genealógico en un mismo espacio, como si los distintos tiempos
históricos fueran protagonizados por los descendientes de la primera familia de
la que se nos muestran sus oscuros recovecos y sus atormentadas existencias, presididas, en
este caso, por una presencia constante de la muerte.
La película
exhibe una contención dramática y una puesta en escena tan sobria como estática
que nos hace pensar en un impulso pictórico de la realización, y a ello
contribuye la magnífica fotografía que domina cada plano, cada secuencia. Es
cierto que hay muchas miradas subrepticias y bastante más indirectas, pero la
realidad suele ser eso que no se deja atrapar por las miradas que atienden a
experiencias emocionales incomunicables, pero muy intensas, sea en la niñez, en
la adolescencia o en la madurez insufrible, como ocurre con la madre de
Angelika y la surrealista encerrona de cumpleaños que le toca padecer.
Que el cine
son imágenes es una verdad de esas que a veces se han de repetir para recordar
su carácter de condición sine qua non del Séptimo Arte. El sonido de
la caída es una sinfonía de imágenes, atravesada por ruidos y músicas de la
vida cotidiana a los que conviene prestar mucha atención: ninguna de ellas es
gratuita, y todas necesarias. Vivámoslas con la pasión con que se nos invita a
hacerlas nuestras.







