Título original: Toute une vie
Año: 1974
Duración: 150 min.
País: Francia
Dirección: Claude Lelouch
Guion: Claude Lelouch, Pierre Uytterhoeven
Reparto: Marthe Keller; André Dussollier; Charles Denner; Carla Gravina; Charles Gérard; Gilbert Bécaud; Sam Letrone; Daniel Boulanger; André Falcon;.
Música: Francis Lai
Fotografía: Jean Collomb
Título original: Les uns et les autres
Año: 1981
Duración: 177 min.
País: Francia
Dirección: Claude Lelouch
Guion: Claude Lelouch
Reparto: Geraldine Chaplin; Fanny Ardant; Sharon Stone; Valérie
Quennessen; Robert Hossein; Nicole García; Daniel Olbrychski; Jorge Donn; Rita
Poelvoorde; Macha Méril; Evelyne Bouix; Francis Huster; Raymond Pellegrin; Paul
Préboist; Jean-Claude Brialy; Marthe Villalonga; James Caan; Richard Bohringer.
Música: Francis Lai, Michel
Legrand
Fotografía: Jean Boffety.
¡Qué
descubrimiento, el de estas dos películas de Claude Lelouch! Insisto: a mí Un
hombre y una mujer me parece un pastelón de mucho cuidado. Me negué a verla
en su día, porque me olí la tostada. La hemos visto mi Conjunta y yo hace relativamente poco y
confirmé que no anduve errado en mi prejuicio. Una música inspirada, aunque
repetida ad nauseam, pero una historia, unas actuaciones y un suspense
sentimental de muy escasa calidad. Y con un actor Trintignant, casi siempre
magnífico como en Mi noche con Maud, de Rohmer, o en El conformista,
de Bertolucci, entre otras muchas; pero... Sin embargo, la horrorosa
presentación sinóptica de la película en Filmin, clasificándola como un
«musical», me empujó a ver Los unos y los otros, un auténtico prodigio
de producción y filmación, con cuatro historias que se cruzan a lo largo de la
reciente historia europea en cuatro países distintos y teniendo, todas las
historias, una relación directa con la música, la danza y el espectáculo. Días
después, la noticia accidental de que Toda una vida había sido nominada
al Oscar al mejor guion me picó la curiosidad y, tras haber quedado con tan
buen sabor de boca, de la primera, añadimos esta otra a nuestro bagaje
particular, con mayor gusto aún, porque, en efecto, esta segunda, que, sin
embargo, es cronológicamente anterior a Los unos y los otros, me parece
aún mejor que la más reciente, acaso, sin duda, porque hay un sentido homenaje
irónico y apasionado al cinematógrafo que a cualquier aficionado le llega al
alma cinéfila, por supuesto.
Toda
una vida comienza como una historia de cine mudo que repasa acontecimientos
europeos desde el nacimiento del cine, porque la historia de algunos
protagonistas nace del idilio entre un cinematografista y una mujer, de quienes
nace un hijo que quedará huérfano cuando él perezca en la guerra de trincheras
de la Primera Guerra Mundial, el militar que condecora al hijo y a la viuda se
casa con una bailarina con la que tiene una hija, aunque acabe matándola por
una relación adúltera con uno de sus oficiales, una historia narrada, a mi
entender, como un homenaje a las películas de Von Stroheim, porque parece
insoiurada en Esposas frívolas, por ejemplo. La historia avanza y, después del
asesinato, se recoge otro, el de la ejecución revolucionaria de la familia
Romanov. Después nos enteramos de que ha llegado el cine sonoro, lo que
preludia el auge de los totalitarismo, la llegada de Hitler al poder y,
finalmente, el encuentro de los dos hijos que hemos visto nacer, en su regreso
de los campos de concentración, en su calidad de judíos. Cuando, tras mirarse
en el tren que los lleva de vuelta a Francia, los dos protagonistas se acercan,
se presentan e intiman lo suficiente, ambos muestran el más precioso tesoro que
poseen; el retrato de la madre, ella y el retrato de su padre, él. Acabarán
casándose, pero ella muere en el parto y el padre queda viuda y con una hija a
su cargo, a la que mima escandalosamente, dándole todos los caprichos, tras
haber hecho fortuna en el ramo de la construcción del calzado. Hasta mucho después
no sabremos que esa dedicación nació de las penalidades del campo de
concentración y del frio que pasó en los pies. Se juró que si salía con vida de
esa condena a muerte, fabricaría los calados más confortables del mundo para
que nunca nadie pasa penalidades por ir mal calzado. En el momento de la liberación de París, la
película cambia del blanco y negro al color, que ya no abandonaremos, salvo
algunas escenas rodadas por un personaje que aparece y cuya vida se narra de
forma paralela a la de la criatura mimada que se enamora de Gilbert Bécaud, por
lo que consigue que su padre lo contrate para la fiesta de su decimosexto
aniversario, una secuencia extraordinaria que recuerda mucho la escena de El
padrino en la que aparece Al Martino interpretando al sosias de Frank
Sinatra Johnny Fontane, una película rodada por Coppola dos años antes que
esta. La relación entre la jovencita mimada y el cantante ocupa un buen tramo
de la película y, dado que ella tiene 16 años cuando quiere seducirlo, el
cantante evita las complicaciones que pudieran derivarse de su minoría de edad,
por lo que la rechaza, aunque ella seguirá enamorada de él prácticamente toda
su vida. De hecho, esa relación está estrechamente ligada con el hermoso final
de la película, en el que Azar tiene un rol definitivo, pero eso es adelantarse
demasiado.
El
personaje que emerge con una capacidad de seducción absoluta es el del
raterillo al que la policía acaba atrapando y llevando a juicio para ser
condenado a una reclusión en la cárcel de dos años. Está interpretado por un
joven André Dussollier a quien hemos admirado en muchas películas (On
connaît la chanson, de Resnais; Un corazón en invierno, de Sautet; Vidocq, de Pitof; No se lo digas a nadie, de Guillaume
Canet o Diplomacia, de Volker
Schlöndorff), pero a quien nunca habíamos visto en un papel protagonista tan
joven. El contrapunto «canalla» de la hija rica con mala conciencia social que
quiere revolucionar el negocio que hereda del padre tiene una solidez solo
comparable al irónico camino que va a seguir, porque, en la prisión, descubre
el arte de la fotografía, cuando le toca sustituir al fotógrafo, lo que le
permite abandonar el servicio de cocina, A partir de ese momento, y en compañía
de un socio inclasificable, va a pasar de la fotografía al rodaje y del rodaje
a la industria de la publicidad, para acabar rodando películas porno con temas
nazis, por ejemplo, e intentar, después, el salto al cine como autor. Ese
periplo está narrado con tal delicadeza, con tal mimo por el personaje, que
sentimos el placer del director al sacar el retrato de la conversión de un
cabeza de chorlito en un cinéfilo con aspiraciones de narrador que no hace otra
cosa que informarse sobre la Historia del Cine y la técnica del mismo, además
de leer Cahiers du Cinéma , lo que bien podría entenderse como un guiño
crítico a los miembros de un movimiento
al que él no perteneció, aunque sea estrictamente contemporáneo de todos los
grandes directores que formaron aquel movimiento, aunque cada uno con carrera
muy distinta.
La
alternancia entre las historias de los dos jóvenes, el aspirante a director de
cine y la joven heredera con sentimiento de culpa por la riqueza que hereda y
que quiere devolver a sus trabajadores, lo que incluye una relación con un
apuesto representante sindical, entre otras cosas, nos va a mostrar el vacío
absoluto de la hija burguesa que no encuentra placer en nada y que va viviendo
de un modo atolondrado hasta que descubre la escritura, momento en el que se
inicia una frenética reflexión grafómana que la lleva no solo a interesarse por
sus padres, sino a recordar todos los viajes y las conversaciones que ha tenido
con su padre, un activista proisraelí que incluso la llevará a ella a asumir la
herencia paterna y formar parte del ejército de Israel, y hablamos de cuando
Moshe Dayan se convierte en una leyenda para su pueblo por haber derrotado a la
coalición árabe que buscaba la desaparición de Israel y una nueva dispersión de
los judíos por el mundo. En estos tramos narrativos, Lelouch recupera el ritmo
frenético del comienzo, en el que las elipsis llevan la narración a tal ritmo
que bien pudiérase contarnos en tres horas la historia de la humanidad...
La
perspectiva social crítica, unida a la reivindicación de quien, tras haber
pasado por un campo de concentración, es capaz de crear un imperio comercial,
sumado a la atractiva filmación en medio mundo de los viajes de padre e hija,
que mantienen una indestructible relación de afecto, constituye un poderoso
atractivo de la película, en la que las actuaciones destacadas del trío
protagonista consolidan el interés excepcional de esta obra, construida con un
amor a la Historia, a la narración y al cine que deja pequeños otros profundos
homenajes al séptimo arte: Dussolier,
Marthe Keller y, sobre todo,
Charles Denner, que llena la pantalla con una poderosa presencia, confieren a
la película una calidad de primerísimo orden. La película fue nominada al Oscar
al mejor guion, pero lo perdió ante Tarde de perros, de Sidney Lumet, si
bien había otra nominada que acaso lo merecía más que estas dos: Amarcord,
de Fellini.
Algo
o mucho de Toda una vida hay en una película tan ambiciosa como Los
unos y los otros, en la que la Historia tiene un papel decisivo, pues los
hechos de la Segunda Guerra Mundial condicionan la vida de cuatro núcleos
familiares, todos ellos relacionados con la música y la danza, en un
planteamiento narrativo vertiginoso que va de una historia a otra casi sin
solución de continuidad. Pudiera entenderse, por el propio título, que el autor
hubiera querido narrar una diatriba furibunda contra el sinsentido del
militarismo y las guerras, ¡y a fe que lo hace!, manteniendo una equidistancia
que solo lo lleva a tomar partido por la paz, los buenos sentimientos y el
poder omnímodo del arte; pero no hay tal equidistancia, sino una piedad
infinita por quienes sufren las guerras y han de vivir con heridas que acaso no
se cierren nunca. Sin ser lo que comúnmente llamamos «un musical», la película
tiene en la música un núcleo alrededor del cual giran todas las vidas por las
que se interesa la narración: Rusia, Alemania, Francia y Usamérica son los
orígenes de las personas que, hasta cierto punto acaban confluyendo,
parcialmente, en un espectáculo que recauda fondos para la Cruz Roja, un fina
apoteósico que enlaza con el inicio de la película, cuando un tribunal
soviético ha de elegir la bailarina que interprete el famoso Bolero de Ravel.
La misma música que suena en ese final en el que el hijo de la bailarina que
fue eliminada se erige como la gran estrella del ballet que no pudo ser su
madre. Las historias que se cruzan, y que continúan, en algunos casos, los
descendientes de los protagonistas iniciales nos ofrece un tejido existencial
de vidas en las que tienen cabida casi todos los dramas, las alegrías, los
fracasos, los éxitos y hasta un melodrama de tanta intensidad como el de la madre
que abandonó a su bebé en la vía del tren cuando transportaban a toda la
familia a un campo de concentración. Como superviviente, la madre no deja de
regresar constantemente a ese punto donde se le partió el corazón
dramáticamente para intentar encontrar algún testimonio que la lleve a dar con
el paradero de la criatura abandonada. No cuento el final de esa historia
porque tiene una carga emocional que arruinaría completamente su visionado,
pero Lelouch ha conseguido un plus de emoción extraordinario, y lo más
sorprendente es que está filmado en plano panorámico.
La
película en modo alguno es complaciente o acrítica, sino que logra levantar
algunas biografías muy sólidas en muy pocas escenas, a lo que contribuye, por
supuesto, el elenco que se luce constantemente, desde una maravillosa Geraldine
Chaplin hasta James Caan, pasando por Fanny
Ardant, Sharon Stone,Valérie Quennessen, Robert Hossein, Nicole García, Daniel
Olbrychski, entre otros muchos, y acabando en el extraordinario bailarín Jorge
Donn, que ejecuta dos números fantásticos, si bien destaca el último que cierra
la película, una coreografía de Maurice Béjart que bien puede ser considerada
como una de las grandes obras de arte del siglo xx.
Llama la atención el fastuoso despliegue de producción que exhibe la película,
lo que le permite crear una puesta en escena casi perfecta para cada secuencia
de las muchas que se suceden, con personajes distintos, a lo largo de la
película. El ritmo frenético que pasa de unos personajes a otros puede
despistar algo al espectador, pero en cuanto retoma el hilo, porque algunos personajes
hacen doble papel, como padres y luego como hijos, nos situamos donde siempre
estamos: en el centro de la emoción. La diversidad de personajes nos permite
acercarnos a lo que supuso la Segunda Guerra Mundial, y hay historias que
vivimos con una intensidad solo comparable a la de los grandes melodramas, como
los de Douglas Sirk, por ejemplo. La banda sonora, capitaneada por Michele
Legrand y Francis Lai, a pesar de su inmensa calidad, no me ha parecido a la
altura de lo que se esperaba de ellos para una película tan ambiciosa y bien
hecha. La excesiva repetición de Folies Bergère, por ejemplo, ser hace
cansina, a pesar de adecuarse de maravilla a las secuencias en que se
interpreta. En términos generales acompaña bien el desarrollo de la historia, y
obras como Serenade for Sarah forman parte de lo mejor de la banda
sonora, por supuesto, pero cantada por la madre y después por la hija, ambas
interpretadas por Geraldine Chaplin, quien canta con mucho gusto, acaso sea
excesivo.
Repito,
para mí ha sido una sorpresa encontrarme con dos obras tan sumamente
interesantes de Claude Lelouch, a quien el éxito internacional de Un hombre y
una mujer debió abrirle el paraíso de los productores para rodar historias tan
complejas como estas dos. Estoy seguro que a ningún buen aficionado al cine le
dejará indiferente.









