Título original: Charly
Año: 1968
Duración; 103 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Ralph Nelson
Guion: Stirling Silliphant. Historia:
Daniel Keyes
Reparto: Cliff Robertson; Claire Bloom; Lilia Skala; Leon Janney; Ruth
White; Dick Van Patten; Edward McNally; Barney Martin; William Dwyer; Dan
Morgan.
Música: Ravi Shankar
Fotografía: Arthur J. Ornitz.
Título original: Flowers For Algernon
Año: 2000
Duración: 120 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Jeff Bleckner
Guion: John Pielmeier.
Novela: Daniel Keyes
Reparto: Matthew Modine; Bonnie Bedelia; Richard Chevolleau; Ron Rifkin;
Kelli Williams
Música: Mark Adler
Fotografía: Mike Fash.
Una excelente novela, Flores para Algernon, en dos versiones muy distintas: una joya olvidada y una notable película para televisión, más fiel al texto de Keyes.
Hablando
con el reputado estudioso del cine Christian Aguilera, y a propósito de una
relectura que hacía de Flores para Algernon, de Daniel Keyes, me sugiere
ver la muy interesante versión cinematográfica de la novela. Guiado por el
título de la novela, desemboco en una versión «reciente», dirigida por Jeff
Bleckmer e interpretada por Matthew Modine. Enseguida descubro que estoy
viendo, en efecto, una versión del original que vimos mi Conjunta y yo en los años
70, Charly, de Ralph Nelson, que le valió un Oscar al mejor actor a
Cliff Robertson, un actor que, ciertamente, no se cuenta entre mis favoritos, pero
que ha sido siempre eficaz y convincente, y. en este caso, borda el papel, si
bien le da la réplica nada menos que la exquisita Claire Bloom, quien estuviera
casada durante cuatro años, no precisamente memorables, con Philip Roth.
Estamos
ante la adaptación de una novela de ciencia ficción, si bien el planteamiento
deriva rápidamente al estudio psicológico de un personaje que, como todos
recordarán, logra salir, mediante una operación cerebral, del retraso mental
severo, para convertirse poco menos que en el más adelantado de los estudiosos.
Me reservo decir nada sobre el desenlace, a pesar de que se trate de una obra
muy conocida, por si hubiera jóvenes lectores a los que les pareciera de
interés visitar esta película, hija de su tiempo, la «década prodigiosa», los años
60 del siglo XX.
Sin rehuir la psicodelia que
en parte la caracterizó, centra el núcleo de la trama en el experimento médico
y en el desarrollo psicológico y emocional del protagonista, porque la vida de
Charly, como retrasado, sigue unas pautas bien definidas: la escuela, las
pruebas clínicas y su trabajo en la panadería, en la que es objeto de las burlas
constantes y crueles de sus compañeros. Su inocencia no le permite verlas como
tales, y las acepta como parte de su existencia.
A partir de un experimento quirúrgico,
realizado en un ratón de laboratorio, llamado Algernon, que ha mejorado su
capacidad intelectual, al menos para descubrir en un laberinto la vía más rápida
hacia la recompensa de la comida situada al final, Charly es escogido por sus
educadores para competir con ese ratón, si bien fracasa en el empeño de dibujar
sobre el laberinto el camino antes de que el ratón lo recorra y llegue a su
destino.
En la película, Charly
apenas recuerda la relación con sus padres. Diríamos que vive en un presente
continuo en el que sobrevive gracias a la seguridad que le infunden sus rutinas
y, aunque escarnecido, saberse aceptado y querido en la panificadora.
Finalmente, es escogido para hacer la prueba en humanos del experimento en el
roedor y no tardamos en ver los resultados, porque le llevan a Algernon a su
habitación y le dejan los planos del laberinto para que se «pique» y compita
con Algernon.
En el momento en que logra
vencer al ratón, se inicia el después de la operación y del limitado antes que
era su retraso mental. El hecho de haber escogido un actor que pasa de los
cuarenta para interpretar a un Charly que tiene diez menos en la novela no es
casual: La película se centra, de un modo sutil pero explícito, en el progreso
mental de Charly, pero también en el despertar a la sexualidad, a propósito de
la señorita Kinian, y ahí ciertos encuadres y alguna pieza de vestuario
sugerente cumplen a la perfección su propósito. Con todo, dada la torpeza, la
rusticidad de Charly, lo que podría haber sido una escena romántica acaba
convertido en un intento de violación que horroriza a la profesora, quien huye
de él. No tardaremos, sin embargo, en asistir a una deriva de la película que
se asemeja a un Love Story entre la profesora y el alumno, convertido ahora en
maestro de ella. El excelente guion de un clásico de Hollywood, Stirling
Silliphant, halla una manera ingeniosa de demostrarnos el cambio radical que ha
experimentado el personaje: la profesora lo invita a puntuar un texto, y el
alumno cumple a la perfección; pero le da la vuelta a la pizarra y le pide a la
profesora que puntúe un texto que él le ofrece: la profesora se rinde, y
considera que el texto no tiene sentido, pero Charly, mediante la puntuación,
le demostrará que es absolutamente lógico, aunque lo tenga todo de retruécano y
calambur.
La realización de Ralph
Nelson opta por una luz cálida muy bien escogida, por una puesta en escena que
va cambiando para poder jugar con ella en las dos direcciones de la historia y,
sobre todo, por esos planos medios fijos que valen tanto para la relación de
los dos protagonistas como para los muchos exteriores en la ciudad de Boston,
donde transcurre la acción, y recordemos que se trata de una ciudad universitaria
por excelencia, lo cual se aviene a la perfección con el avanzado experimento
científico de la trama. La partición de la imagen para mostrarnos en sucesivas
aproximaciones las reacciones en primer plano de los protagonistas es algo
relativamente novedoso, del mismo modo que lo es la breve fase psicodélica de
Charly, para la que se usan efectos cromáticos y compositivos que intentan representar
el altered state propio de la experimentación con los alucinógenos. Puede
verse como algo naíf, en 2026, pero en 1968 no lo era en absoluto, y aun hoy se
ve con agrado y sin que estorbe. Si añadimos la banda sonora a cargo de Ravi Shankar,
completamos bastante bien la atmósfera de la más estricta modernidad cuando se
rodó la película. Hay, por cierto, un momento en la película en que se hace
alusión a que los personajes celebrarán en 2028 sus bodas de oro..., lo cual
permite afirmar que la historia de amor es una línea argumental muy sólida en
la novela, porque es a través de esa experiencia como captamos perfectamente, y
perdóneseme esta suerte de adelanto, la tragedia del protagonista.
La película bien puede
considerarse una película minimalista, porque son pocos los escenarios y pocos
los personajes, lo cual redunda en una intensidad muy notable, incluso en la
ambición de los científicos que aspiran al Premio Nobel por su descubrimiento,
para ellos trascendental. La historia no pierde de vista la crítica hacia esa
deshumanización parcial que ve el ser humano como un campo de experimentación,
tal y como ve al ratón Algernon, y ahí se mantiene una amistad entre ambos, Charly
y Algernon que potencia el desenlace de la historia. La huida de sí mismo a
través de los pasillos del hotel donde se celebra la convención médica en la
que han expuesto el «caso Charly» funde a ratón y protagonista en un mismo
destino.
A esa crítica social cabe
añadir las respuestas que el inteligentísimo Charly ofrece a los asistentes al
congreso médico, y que, a su manera, preludian muy certeramente lo que ha sido
el desarrollo social en estos años. En aquel momento hablan de la televisión en
cada cuarto como la verdadera deseducación de la juventud. Sustituyamos eso por
el ordenador y la película se revela como excelente visionaria del futuro.
Flores
para Algernon, rodada en 2000 para la televisión por Jeff Bleckner ―por
cierto, en 1961 ya hubo una versión fílmica para televisión titulada The Two
Worlds of Charlie Gordon, dirigida por Fielder Cook, el excelente
realizador de Patterns («El precio del triunfo») y también
interpretada por Cliff Robertson, aunque está basado en un relato corto del
autor, quien luego lo expandió a novela, que es el texto en que se basan las
dos películas que critico―, aunque está rodado en formato de película, no de
vídeo, y como tal se ve, y con bastante agrado, es una versión muy distinta de
la adaptación de Nelson, porque en ambas historias los personajes representan
edades muy distintas, cuarentón en Charly y veinteañero en Flores
para Algernon. No es un detalle baladí, porque la concepción del
protagonista es muy distinta, y la relación entre Charlie Gordon y la profesora
Kinian varía enormemente, sobre todo cuando, tras la operación, ambos
personajes se abren, de forma muy diferente, a la realidad del sexo. En Charly
ya hemos dicho que el protagonista casi llega a la violación, porque siente,
sobre todo, el deseo del hombre maduro que «busca» desesperadamente a la mujer;
en el caso de Flores... la inexperiencia del protagonista, muy congruente
con la vida llevada por él hasta el presente de la historia, se resuelve de un modo que se acerca a la
iniciación del adolescente en brazos de la compañera experimentada, como en Verano
del 42, de Robert Mulligan, por ejemplo, aunque aquí son más próximas las
edades de ambos.
Esta
adaptación incluye un elemento de la novela que no tiene presencia ni relieve en
Charly: la madre y la tensa relación entre ambos, y cómo el desprecio de los
padres ha generado en el joven Charlie Gordon una profunda herida emocional que
no sufre de manera constante, pero sí forma parte de su vida, de su memoria. El
encuentro con la madre, cuando él descubre que ha recibido 2000 dólares por aceptar
que lo convirtieran en un experimento científico, se produce en el momento en
que Charlie es consciente de ser una persona distinta, lo que le da una dimensión
moral a la historia muy particular. Recordemos que cuando se manifiesta la inteligencia
del personaje, sus compañeros de panificadora elevan una protesta para que lo
despidan, porque, de algún modo, se sienten ridiculizados por él, olvidando que
la relación entre ellos era justo la contraria.
También
en esta adaptación hay una relación mucho más estrecha entre el protagonista y
Algernon, que se convierte en algo así como una mascota a la que el
protagonista trata con un mimo exquisito, y de ahí el título de la novela,
sobre el que nada más diré para no chafarles a los posibles espectadores de esta,
de la de Nelson o de ambas, el desenlace que, sin embargo, se puede intuir
entre líneas.
Si
Cliff Robertson realizó un trabajo magistral, Modine, sin tenerlo como
referente, hace también lo propio, y, para no pocos lectores de la novela, su Charlie
es más fiel al espíritu de la novela, algo que he podido constatar. La puesta
en escena es más plana que en Charly, porque la habitación desnuda en Charly
contrasta con la vida normal y discreta de Flores..., aunque las escenas
en la panificadora tienen idéntica fuerza de convicción en una y otra. El
abismo grande entre ambas, a pesar de los esfuerzos de Kelly Williams, hija del
gran compositor John Williams, es la presencia subyugante de Claire Bloom en
Charly, una excelencia a la que no llega Kelly Williams, si bien se ajusta al
papel y logra una interpretación llena de ternura que cala en el espectador.
En
todo caso, me atrevería a sugerir a los espectadores que llegan a este Ojo, que
vean las dos, porque solo así se acercarán completamente a una historia que
está tan cerca de avances en la medicina que nos sorprenderán tanto como ya lo
hace la IA, con la que bien pudiera establecerse un paralelismo.







