Aquellas viejas y deliciosas comedias subidas a sus locos y lúcidos guiones...
Título original: No Time for
Love
Año: 1943
Duración: 83 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Mitchell Leisen
Guion: Claude Binyon, Warren Duff. Historia:
Robert Lees
Reparto: Claudette Colbert ; Fred MacMurray; Ilka Chase; Richard
Haydn; Paul McGrath; June Havoc; Marjorie Gateson; Woody Strode.
Música: Victor Young
Fotografía: Charles Lang
(B&W).
Cuando
se cuenta en el equipo con gigantes el Séptimo Arte como, Charles Lang,
cinematografista de Adiós a las armas, de Frank Borzage, El fantasma
y la señora Muir, de Joseph L. Mankiewicz o Con faldas y a lo loco,
de Billy Wilder, y como Victor Young en
la partitura, es raro que la película acabe siendo un truño, a pesar de que se
haya de contemporizar con muchos elementos que caen, como en este caso, del
lado de la screwball comedy, cuando no directamente del absurdo,
porque se ha de reconocer mucho mérito a la imaginación del señor Robert Lees,
y no menos a la de dos guionistas clásicos como Claude Binyon —magnífico director
él mismo de una comedia olvidada y divertidísima: Dreamboat, criticada
en este Ojo— y Warren Duff, que logran que nos parezca de lo más natural
una historia como la que dirigió un maestro de la comedia de altos vuelos como
el director favorito de Javier Marías, Mitchell Leisen. Robert Lees, aunque aparezca como mero
referente para el origen de la historia, fue él mismo guionista de los cómicos
Abbot y Costello en seis de sus películas y escribió también el guion de una de
las primeras películas de otro dúo cómico: Lewis y Martin: Locos del
aire, de Norman Taurog. Represaliado en la época Macarthy, hubo de escribir
bajo pseudónimo, J. E. Selby, para la industria inglesa y tuvo un dramático final
cuando un descerebrado irrumpió en su casa, lo asesinó y le decapitó.
Mitchell
Leisen necesita poca presentación: Una chica afortunada, La muerte de
vacaciones y Medianoche, las tres criticadas en este Ojo,
bastan para percatarse de que el arquitecto metido en labores, inicialmente, de
director artístico, tendría un ojo cultivado para bordar la puesta en escena
sin que le pasara por alto detalle ninguno cuando pasara a desempeñar labores
de dirección tras haber sido ayudante del mago e la comedia, Ernst Lubitsch, y
de otros. Las comedias sofisticadas, con personajes disparatados de la jet set
económica e intelectual de Nueva York, suelen dar un juego cómico muy notable,
y de eso ha vivido Woody Allen durante muchos años, y algunos otros han
encontrado en ese ecosistema su fuente de inspiración, como Noah Baumbach,
aunque el origen social de los personas de estos dos últimos no se movieran ya
en la élite económica, sino en la fértil clase media usamericana. En esta película,
llena de malentendidos, el choque «cultural» y social entre una mimada fotógrafa
de prensa y un obrero musculoso que trabaja en la excavación de un túnel bajo
el río Hudson va a provocar un sinfín de situaciones, a cual más disparatada, y
muchas de ellas lo suficientemente divertidas como para darle a esta película la
importancia que, aparentemente, no tiene en su filmografía. A mí,
particularmente, me ha gustado más que Medianoche, tan reputada por incontestables
razones. Y por sobre estas dos, sigo prefiriendo La muerte de vacaciones, por
supuesto. No niego que la presencia de Fred MacMurray que no siempre ha sido
santo de mi devoción, acaso lastre un poco el inmenso potencial de la película,
pero acaba cumpliendo satisfactoriamente.
La
historia parece un pretexto para que lleguemos a ese enfrentamiento
sociocultural entre el fornido muchachote del subsuelo y la culta fotógrafa
vanguardista cuyo puesto en el periódico se debe a que es la prometida del
propietario. Ahora bien, el modo como se desarrolla esa historia tiene un
timing casi perfecto y, como se requiere en estos casos, unos secundarios de
lujo que complementan a los protagonistas, como es el caso de la hermana de la
fotógrafa, Ilka Chase y Richard Haydn, un autoinvitado constante en casa de las
amistades, particularmente de la fotógrafa, Katherine, a quien asiste, sobre
todo, en uno de los momentos más logrados de la película, desde e punto de
vista estético: cuando han de meterse en un inmenso lodazal para recuperar la
cámara de fotos de su amiga, gracias a la cual va a demostrar que el invento
del fornido Jim Ryan, que resulta ser un ingeniero camuflado de obrero para
entender mejor la problemática de la excavación subterránea y subfluvial,
gracias a lo cual perfecciona un método para impedir, precisamente, las
avalanchas de lodo que impiden progresar en la excavación.
El
tono hilarante de la historia nos ha permitido ver el nacimiento de la relación
entre Ryan y Katherine a partir de las fotografías que ella hace de los obreros
luchando en el subsuelo, gracias a las cuales Ryan es expulsado, si bien ello
fue precedido por un accidente en el que estuvo a punto de ser aplastado, si
Katherine no lo hubiera salvado. Ella, llena de mala conciencia y de un
sostenido flujo de activas feromonas, contrata al supuesto «gañán» como
ayudante durante los meses que ha sido suspendido de empleo y sueldo. El mote
de Superman que le adjudican a Ryan, acaba impresionando tanto a su nueva
empleadora que tiene un sueño maravilloso en el que la acción ocurre en una
silla gigantesca anclada en el espacio —lo cual tiene que ver con que ella le
ha reprochado que una de sus sillas tenía diez veces más carácter y talento que
él, uno sobre la que él se sienta, después de compararse con ella ante el
espejo, y acaba rodando por los suelos—, donde un rijoso malvado la asedia con
imaginamos que libidinosos fines, huyendo de él cae al vacío y, en ese momento,
emerge de entre las nubes la figura voladora de Superman con una capa que bien
parece una sábana y se acerca a ella hasta recogerla por el talle con indudable
suavidad y gentileza de maneras. Después, ascienden hasta donde está la silla —y
toda esta escenografía tiene una belleza singular a la que no debió de ser
ajena el trabajo de Leisen como Director Artístico— y Superman atrapa al
malvado, quien le da un latigazo y, después, dispara contra él repetidamente,
aunque las balas rebotan en su pecho de acero. Finalmente, coge al villano y lo
lanza por encima de su cabeza al vacío. El traje estrambótico de superhéroe tiene
una gran R bordada en el pecho, pero, y me van a perdonar que les chafe la
sorpresa, Superman emite el famoso grito de Tarzán y se golpea el pecho como un
orangután, porque este apodo ha sido usada por la fotógrafa para referirse a él
con anterioridad. No sé si me harán caso y la verán, pero a buen seguro que si
lo hacen, convendrán conmigo en que esta escena es soberbia, algo así como una
síntesis de la cultura de masas en la que solo falta, para completar el
imaginario usamericano, el coche.
Junto
a ese delirio de historieta, la escena realista de la excavación y la
inundación de lodos subfluviales en el túnel donde trabajan los obreros es otro
de los momentos cumbre de la película, al menos desde el punto de vista
cinematográfico, porque contrasta, además, con la superficialidad de los personajes
encumbrados que «juegan a burlarse» del obrerete sandio e ignorante que desconoce
hasta lo elemental, papel en el que a Katherine la secunda espectacularmente el
músico encarnado por Richard Haydn. El cambio de restaurante, por ejemplo, es
otra secuencia de mucho mérito, sobre todo la culminación con el juego de las
sillas, que acaba en una tángana escandalosa.
Los
juegos de malentendidos son el núcleo duro de las comedias románticas, y aquí
no podía ser de otro modo, por supuesto, de ahí que el desenlace —silla
incluida...— cierre la película con una brillantez que es más efectiva y real
de lo que algunos han visto. Por otro lado, cabría decir algo de lo atrevido
que era, en su momento, esa suerte de culto a la imagen del hombre desnudo —y
las secuencias de celotipia con el Mr. Usamérica a quien ella quiere
fotografiar (¡qué abismo entre el culturismo de entonces y el que vendría pocas
décadas después!) dan pie para esas y otras consideraciones—, en el que Katherine
se recrea no sin cierta malicia.
Leisen
se lo debió de pasar de miedo haciendo esta película, porque, más allá de que
la Colbert y MacMurray sean un poco sosos, consigue extraer de ellos yd e la
situación una comedia inteligente y llena de diálogos sobresalientes. ¡Allá
ustedes, si no la ven!






.jpg)
