Un final
patético a veintiocho años de un nacimiento triunfal: Torrente Presidente
o la parodia famélica y facilona de una veta agotadísima.
Título original: Torrente
presidente
Año: 2026
Duración: 102 min.
País: España
Dirección: Santiago Segura
Guion: Santiago Segura
Reparto: Santiago Segura; Gabino
Diego; Ramón Langa; Carlos Areces; Francisco Nicolás; Willy Bárcenas;
Cañita Brava; Coté Soler; David
Guapo; Barragán; Xavier Deltell; Omar Montes; José Luis Moreno; Neus Asensi; Susi
Caramelo; David Suárez; Daniel Fez; Anibal Gómez; Kiko Rivera; Mariano Peña; Jordi
Sánchez; El Dandy de Barcelona; Santiago Urrialde; Yola Berrocal; Marta
González de Vega; Brianeitor; Kimbo; Esther Cañadas; Jesulín de Ubrique; Alec
Baldwin; Florentino Fernández; Bertín Osborne; Jordi ; Juan del Val; El Gran
Wyoming; Fernando Esteso; Paco Arévalo; Mari Cielo Pajares; Carlos Latre; Lucía
Etxebarría; Silvia Superstar; Pilar Vidal; Rafael Luque.
Música: Roque Baños.
Canción: Taburete
Fotografía: Javier Salmones.
¿Qué tiene que
ver Torrente Presidente con el cine? Nada. ¿Qué tiene que ver esta película con
el noble y dificilísimo género de la comedia? Muy poquita cosa casi nada. ¿Qué
tiene la última entrega de la saga de Torrente para haberse convertido en un fenómeno
de masas? Todo. Lo principal, y no creo destripar nada con ello, es haber
sabido conectar con los más bajos deseos políticos que animan a una mayoría del
pueblo español contra el Presidente más autocrático de nuestra democracia. No
todo se reduce, sin embargo, a la animadversión contra Pedro Vilches, por
supuesto, porque, so capa de acerba crítica al Poder, no se dejas de criticar,
por lo mismo, al partido que encarna, a juicio del director, la auténtica
oposición al Presidente: Nox, acaso porque cae más dentro de lo caricaturizable
que el PP.
Los caminos por los que el inexistente
guion va cubriendo las etapas de esta sucesión de gags que compiten por
llevarse el galardón al menos gracioso para tratar de construir una historia
son no solo intransitables, sino que ni siquiera figuran en los mapas de lo que
todos conocemos como un relato. La sucesión de estampas en los dos frentes, el
barrio y el bar, de un lado, y la sede del partido y sus actos de campaña, de otro,
se van alternando caprichosamente y siempre en función de alguna supuesta
situación la mar de graciosísima que, sin embargo, no logra arrancar, de este
espectador al menos, la más mínima sonrisa. No voy a negar que no haya esbozado
alguna en el interminable metraje de este atentado contra lo que, desde mi
infancia, he considerado un arte, pero siempre han estado asociadas, esas joviales
muequecillas, bien a momentos esperpénticos, como el debate electoral en la
televisión, bien a las viejas tretas del slapstick, bien a los
innumerables cameos que son algo así como el espinazo de la película, pues el
no-relato parece articularse en torno a esas apariciones, imagino que
celebradas por la audiencia.
De hecho, es muy probable que, en poco
tiempo, sea motivo de orgullo, para muchos, decir aquello de «yo también salí en
la ultima de Torrente». Y ahí sí que Santiago Segura ha tenida una excelente
mano izquierda ―que se dice..., ¡nadie lea crípticas alusiones ideológicas!―,
porque, en virtud de lo buen promotor que siempre ha sido él de lo suyo, ha
sabido persuadir de que aparecieran en esos cameos a lo más florido de lo
gubernamental y de lo antigubernamental,
de modo que bien pudiera contentarse a los clásicos «tirios y troyanos».
Si el lector de esta crítica ha estado
atento a la ficha técnica, verá que ninguno de los innumerables cameos que
aparecen en la película han sido consignados en dicha ficha, y ello me parece una
muestra de obligado respeto al autor para salvaguardar las muchas y gratas sorpresas
que hay en la película. No se las chafaré yo, sin duda, a los lectores de esta
crítica, sobre todo porque los momentos más felices de la inexistente trama
tienen en esos cameístas a las mejores bazas de la película.
Pretender someter a crítica tradicional la
trama, la puesta en escena, la fotografía, las interpretaciones, los temas,
etc. me parece absolutamente fuera de lugar, porque esta astracanada propia de
festivales de fin de curso de Institutos de Enseñanza Media está tan lejos de
esos estándares que el solo hecho de pretender cierto rigor en el análisis
descalifica fulminantemente al analista. Dicho de otra manera, no hay tópico,
chiste rancio o situación esperpéntica que no dé a quien los oye o contempla
mucha vergüenza ajena, más que nada por la ausencia total de espíritu transgresor.
¡Qué abismo entre aquel deslumbrante Torrente, el brazo tonto de la ley
y esta caricatura de una parodia de un simulacro del reflejo de una invención
originalísima en su momento! Sí quiero destacar, sin embargo, acaso por mi
afición a las localizaciones insólitas para construir una puesta en escena que
choque con la realidad chata tradicional, las secuencias filmadas en una
fábrica, porque añadía esa instalación una cierta dimensión noble a lo poco
creíble que queda en la película una vez vista; pero la verosimilitud no es
criterio que pueda ser aplicado a la aventura social que significa Torrente
Presidente, desde luego. Si se quiere enjuiciar, ha de hacerse por otros parámetros
que nos acercan a la sociología y a la psicología de masas.
Es muy probable que el fenómeno social en
que se ha convertido esta película responda directamente a la anomalía
democrática que está significando la dudosamente legítima presidencia de Pedro Sánchez,
aupado al poder con los votos mas deleznables que puedan imaginarse en el arco político
español, de ahí que, ¡hábil detector de esos estados de ánimo sociales!,
Santiago Segura, tot aprofitant l’avinentesa , esto es, aprovechando que
el Pisuerga pasa por Valladolid o que hablando del rey de Roma...ha acercado el
ascua de su película a la chamuscadísima sardina de nuestra situación política,
e incluso se ha atrevido a plasmar en pantalla un deseo expresado a voz ―también
a vox..― en grito en muchas manifestaciones antigubernamentales. Quería hacerlo
con gracia, pero bastante ha hecho con urdir esa cadena de cameos para distraer
de la ausencia de lo menos que puede pedírsele a una película, esto es, que
cuente una historia; y no puede ser tenida por tal la chapucera ascensión de
José LuisTorrente a la candidatura a las generales, ni siquiera en lo mucho que
tiene de paródico el tercer partido del país.
El chiste fácil es una condena, y el
ingenio auténtico no se repartió a granel en la especie. De todos modos, ¡qué
abismo entre aquel «Porque, como las paga el vulgo, es justo / hablarle en
necio para darle gusto», de Lope de Vega, proveniente de su Arte nuevo de
hacer comedias en este tiempo (1609), esto es, simplificar el lenguaje y las tramas de sus
obras para así satisfacer al público que pagaba por verlas, y este oportunismo
cutre de aprovechar un exprimido personaje en vías de extinción para satisfacer
esas bajos instintos políticos de ciertos sectores sociales, de los que hable
al principio. El don de la oportunidad lo ha tenido, eso es cierto, y parece
que «su» público se lo está reconociendo. Y en el disparatado escenario en que se
ha convertido nuestra vida cultural, no solo la política, hasta ha conseguido
esta producción hurgar en esa herida social que nos va a costar dios y ayuda
cicatrizar: la maldita polarización, instrumentalizada por Vilches..., digo por
Sánchez, para agarrarse desesperadamente a la ficción de que sigue siendo
Presidente. Cuando vean Torrente Presidente, lo acabarán de entender...









