Humor negro, thriller empresarial y trepidante violencia «coreografiada» para una película que hizo universal el cine negro nórdico.
Título original: Hodejegerne
(Headhunters)
Año: 2011
Duración: 98 min.
País: Noruega
Dirección: Morten Tyldum
Guion: Lars Gudmestad, Ulf
Ryberg. Novela: Jo Nesbø
Reparto: Aksel Hennie; Synnøve Macody Lund; Nikolaj Coster-Waldau; Joachim
Rafaelsen; Gunnar ; Skramstad Johnsen; Lars Skramstad Johnsen; Signe Tynning; Baard
Owe.
Música: Trond Bjerknes,
Jeppe Kaas
Fotografía: John Andreas
Andersen.
La vi cuando
se estrenó y, por lo tanto, mucho antes de que abriera este Ojo Cosmológico en
2014, año desde el que sigo sin cerrarlo, aunque a veces me venza la pereza y
el escaso eco de tantas críticas, si bien las escribo a modo de carnet de visionados.
A pesar de no tener aún definitivamente estragada la memoria, mi Conjunta y yo
comenzamos a verla, porque yo me empeñé en que no la había visto, pero ella no
tardó en descubrir que sí —es mucho mejor fisonomista que yo...—. Luego dudó,
porque había tramos de los que no se acordaba de nada. En esa indecisión,
disfrutamos de la película como la primera vez, pero cuando llegó la soberbia
escena escatológica, hacia el último tercio de la película, entonces sí que caí
en que la había visto. Lo que nos preguntábamos ambos fue cómo era posible que,
habiéndonos gustado tanto la película, hubiéramos perdido casi toda la memoria
de ella. Nos acongojaba el hecho, porque parece dar a entender que se trataba
de un gusto muy «superficial», pero, vista por segunda vez, nos ha gustado
incluso más que la primera, a pesar de ese hándicap memorístico. Después de
meditar sobre ello, he llegado a la conclusión provisional de que las películas
en las que predomina la acción frente a la introspección nos dejan, a ella y a
mí, menor poso, porque nuestros intereses se mueven más en esa esfera íntima
que en la acción vertiginosa, aunque seamos capaces de apreciar esta cuando
está bien hilvanada y la interpretan actores de tan calidad como los que
intervienen en esta película, que fue un gran éxito en su momento, y contribuyó
a la «moda» del género negro, tanto en novela como en películas, procedente de
los países nórdicos.
Headhunters
retrata, en realidad, la vida de un trepa que, más allá de su bien remunerado
puesto de trabajo como experto contratador de ejecutivos, se dedica al robo de
obras de arte para satisfacer el tren de vida que, de otro modo, no se podría permitir,
y ello para no perder a su mujer, a quien ayuda a montar su propia galería y a
quien teme siempre perder, en cuanto se presente un galán que supere los quince
centímetros de diferencia que hay entre ella y él, un complejo de inferioridad
que resulta determinante en la trama, así como la negativa de él a tener
descendencia. La trama se complica con la aparición de un conocido suyo que, a
través de la influencia de su mujer, ha de ser favorecido para ocupar un puesto
de alto ejecutivo, si bien él procede de una empresa que es competidora de en
la que trabaja el protagonista. El amigo resulta ser todo un aventurero,
especialista en la aplicación al espionaje de los medios técnicos más insospechados.
Una vez que conoce a la mujer, en la inauguración de la galería, el protagonista no tarda en montarse la
paranoia de que su mujer le engaña con él, lo que coincide con algunos hechos
que avalan esa impresión. Recordemos que el narrador de la película es el
protagonista, por lo que todo nos llega desde su particular prisma subjetivo:
conocemos lo que él conoce, y lo mejor de la trama es cómo el espectador irá comprendiendo
que nada es lo que parece, aunque no será sino a costa del adverso destino del protagonista,
al que todo, poco a poco, se le va complicando de tal manera que no tardará en
exponerse repetidas veces a perder la vida.
Que quien parece
controlar todas las teclas del órgano en el que se ejecuta la melodía de su
vida se vea de pronto como una nota suelta en las manos de un teclista
demoniaco añade a la historia un efecto de vértigo que nos sorprende tanto como
nos apasiona, porque todo se desarrolla como el enfrentamiento de un
supercontrolador frente a quien parece que le tiene tomada la medida, por más
que ignore cómo sea ello posible. Como le va la vida en ello, vivimos cada uno
de sus actos como si fuéramos a despedirnos del protagonista en la próxima secuencia
para descubrir que ha sucumbido ante una inteligencia superior. La calidad de
la trama reside en que cada vuelta de tuerca, por sorprendente que nos parezca,
se ajusta milimétricamente a un desarrollo perfectamente ideado por el
novelista, Jo Nesbø, en cuya obra se basa la película.
Dado el nivel
de vida de los protagonistas, que tantos sudores criminales le cuesta al cazatalentos,
la puesta en escena se mueve en arquitecturas modernísimas que permiten planos
espaciales espectaculares, algo que se reproduce en la oficina y en la galería
de arte; pero, afortunadamente, como suele pasar en este tipo de tramas
criminales, no tardan en aparecer otros estratos sociales que sirven de compensación
a la vida de élite en la que viven instalados los personajes. Ahí es donde la
película gana muchísimo, porque la galería de personajes «populares», desde el
socio criminal del protagonista, un enamorado de las armas, hasta un insólito
granjero y un par de policías modelo airbag, entre otros, permite la aparición
de un humor negro y escatológico que nos va a llevar en volandas hasta un
desenlace para el que aún habremos de escamondar la alcachofa en busca de su blanquísimo
corazón que nos deje tranquilos, tras las angustias pasadas.
Por lo escrito
hasta ahora puede dar la impresión de que los personajes son meros instrumentos
al servicio de la trama, pero no es así. Las interpretaciones de los
protagonistas, sobre todo la del cazatalentos, Aksel Hennie, la de la bellísima Synnøve Macody Lund, que debutaba en
el cine con esta película, y la del experimentadísimo actor danés Nikolaj
Coster-Waldau, de amplia carrera internacional, son decisivas. Sus interpretaciones
contribuyen decisivamente a dotar a la trama de la verosimilitud imprescindible
para este tipo de historias que tienen, ciertamente, algo de rocambolesco.







