Título original: The Country Girl
Año: 1954
Duración: 104 min.
País: Estados Unidos
Dirección: George Seaton
Guion: George Seaton. Obra: Clifford Odets
Reparto: Bing Crosby; Grace Kelly; William Holden; Anthony Ross; Gene Reynolds; Jacqueline Fontaine ;
Eddie Ryder ; Robert Kent; John W. Reynolds.
Música: Victor Young
Fotografía: John F. Warren (B&W).
Título original: The Teacher's Pet
Año: 1958
Duración: 120 min.
País: Estados Unidos
Dirección: George Seaton
Guion: Fay Kanin, Michael Kanin
Reparto: Clark Gable; Doris Day; Gig Young; Mamie Van Doren; Nick Adams;
Peter Baldwin; Marion Ross ; Charles Lane ; Jack Albertson; Florenz
Ames; Harry Antrim; Vivian Nathan.
Música: Roy Webb
Fotografía: Haskell B. Boggs
(B&W).
Un melodrama
clásico sobre la culpa y una comedia
singular sobre el periodismo, realizados por quien, clasificado como
«artesano», nos ofrece dos peliculones de 24 quilates.
Recomendada la
segunda por nuestro cinéfilo de referencia, Paco Marín, y habiéndonos quedado
con tan buen sabor de boca, quisimos, enseguida, meternos en la extraña
combinación actoral que suponía ver a Gene Kelly, Bing Crosby y William Holden,
gracias a la cual Gene Kelly recibió el único Oscar de su muy exitosa carrera,
sobre todo a las órdenes de Alfred Hitchcock. Se trata de dos películas
genéricamente opuestas: una comedia teóricamente sofisticada y un drama, acaso
melodrama, que se articula sobre una tragedia de las que popularmente calificamos
«de aúpa», esto es, la muerte de un hijo pequeño.
El drama está
basado en una obra de teatro de un autor muy reconocido en Usamérica, Clifford
Odets, autor del guion de Chantaje en Broadway, de Alexander
Mackendrick, por ejemplo, una auténtica joya del cine social con revestimiento
de thriller psicológico. La historia arranca con la necesidad de un director de
teatro de encontrar un actor y cantante que saque adelante una obra para la que
no han encontrado el candidato idóneo. Surge el nombre del protagonista, Frank
Elgin, una «vieja gloria» con fama de alcohólico y poco fiable. El director,
sin embargo, hace de él su gran apuesta, y como tras haber hecho la prueba y
haber medio convencido al productor, el actor desaparece, el director, William
Holden, va a buscarlo a su casa, donde se encuentra con una Gene Kelly
prematuramente envejecida que mantiene un estupendo combate verbal con quien, a
pesar de todo, no deja de practicar cierta charity, e incluso compasión, con la vieja
estrella, quien no dará un paso sin la aprobación de su mujer. Están pasándolo
mal, económicamente, y sobreviven gracias a los anuncios de radio que graba el
marido. La historia, obviamente, desentrañará lo que le ha ocurrido al
matrimonio para caer en tanta desgracia, y no tardaremos en saber que en los
dulces momentos del mayor éxito de Elgin, un descuido del padre provoca un
accidente de tránsito en el que muere el hijo adorado de ambos. La madre ahoga
canónicamente las penas en el alcohol, y cuando ella sale de la adicción, es el
padre quien sigue su camino para acabar de destruir su carrera musical. Los
espectadores conocen de sobra a Bing Crosby y lo asocian con musicales y
películas más o menos familiares o con cierta blandenguería, pero aquí se van a
llevar un sorpresón absoluto, porque encarna al cantante con tanta convicción
que, a mi modesto entender, está muy por encima de sus compañeros de reparto,
Grace Kelly y William Holden, a pesar del único Oscar a la elegantísima actriz
a quien tanto mimó estilísticamente Hitchcock. De todos modos, el guionista nos regala un flashback de los
buenos tiempos del matrimonio, justo antes del fatal accidente, y Grace Kelly
luce en él su belleza con un estilismo en el vestuario que nos recuerda esas
glamurosas apariciones en las películas de Sir Alfred.
La trama gira
en torno al estreno de una obra que se ha de ensayar en poco tiempo, apenas una
semana, lo que exige un compromiso del actor que, por unas u otras razones,
pero sobre todo por el trauma no superado de la muerte del hijo, va a tener
unos vaivenes que nos llevaran del optimismo a la desesperación, pero lo
interesante, para los aficionados al teatro, es la atención que el guion presta
a los pormenores de los ensayos, la representación y los números musicales, que
tienen una gran calidad. De hecho, la prueba a que se somete Elgin, al comienzo
de la película, nos depara un número extraordinario. Lo mismo sucede en el
salón de fiestas donde la cantante del local canta a dúo una canción con un
cliente al que solo al final del número fantástico acaba reconociendo, si bien
le impide que lo haga público.
A pesar de que
el drama es contundente, y tiene un giro que sorprende mucho, porque da un
vuelco de 180º a la historia, el desarrollo de la trama puede parecerles a
algunos espectadores que peca de antiguo, porque el planteamiento teatral de la
película es inequívoco, pero el nivel de los diálogos acaba rápidamente con esa
sensación que legítimamente puede tenerse. Recordemos que Odets escribió los
diálogos de Encadenados, de Hitchcock, aval más que suficiente para
valorar los de esta película cuyo final, muy de época, es consecuente ante una
derivación de la trama que, francamente, no deja de sorprender, pero bien está
lo que bien acaba, después de haber sufrido tanto.
Enséñame a
querer es una comedia tradicional, esto es, hecha con esos mimbres que
tantas joyas, desde ese difícil género, le ha dado el cine usamericano al mundo.
El trío protagonista nos choca por la parte de Clark Gable, que a tres años
vista de su defunción —muerte que le sobrevino tres días después de haber
rodado The Misfits («Vidas rebeldes»), una joya dirigida por John Huston con
tres perdedores natos: Gable, Marilyn Monroe y
Montgomery Clift—, aún se atreve a hacer papeles de galán, si bien se ha
de reconocer que incorpora no poca autocrítica de sí mismo en ese rol, con un
excelente conjunto de muecas, miradas, sonrisas y gesticulación corporal. La conjunción con Doris
Day, si bien chirría desde el comienzo, va ganando cuerpo de verosimilitud a
medida que la película, más allá de esos enredos sentimentales, se centra en el
tema de fondo de la trama: la lucha entre el periodismo de origen universitario
y el periodismo forjado a pie de calle y basado en la experiencia. Si a la
pareja protagonista añadimos la figura del tercero en discordia, el compañero
de facultad de Erica (Doris Day), el cuasi perfecto profesor de psicología Hugo Pine, una
fabulosa interpretación de Gig Young que llena con éxito la subtrama de la
película: la extraña amistad/rivalidad de ambos pretendientes, lo que da pie a entender
la película también como una buddy movie con algunas secuencias francamente
notables, casi antológicas, como la que ambos comparten en la cocina de frente
a la cámara mientras Pine se prepara una receta exótica para luchar contra la
resaca que se ha pescado en la salida nocturna con el dúo protagonista, otra
secuencia fantástica.
Ella es hija
de un Premio Pulitzer que dirigía un diario en el que predominaba la opinión
sobre la información, y en el que se acentuaba la función formativa de la prensa.
Él es el redactor jefe de un diario con publicidad, al servicio de cierto
amarillismo, pero en el que tienen cabida todas las noticias. El propietario le
dice a su Redactor Jefe, James Gannon, que ha de cubrir una información muy
particular: la labor de una profesora de periodismo en la Universidad, con
quien quiere establecer relaciones para colaborar en el diario. Gannon se
presenta en la clase de la profesora como si fuera un alumno y acaba, como era
de esperar, porque es el motor de la película, teniendo un encontronazo con la
profesora. Como no es alumno, es expulsado, pero, picado y admirado por la
belleza (aunque propiamente se trate de un atracción sexual inequívoca) de la
profesora, decide matricularse con un nombre falso para asistir a las clases.
Convertido, con un par de redacciones, poco menos que en un insólito alumno modelo,
la trama seguirá el juego de dobles identidades que se mantiene hasta donde es
justo y necesario, esto es, hasta que, frente a la «alta misión formativa del
periodismo» acaba imponiéndose el periodismo que sigue la noticia en la calle
hasta sus últimas causas. Digamos que la tensión emocional/sexual se entreteje
con la rivalidad de concepciones acerca del periodismo de un modo tan eficaz
como positivo para el fin cómico que persigue, porque los malentendidos y las
imposturas siempre dan un juego estupendo para deleite de los espectadores.
Hecha salvedad, ya digo, de la brecha de edad entre Gable y Day, la película va
ganando fuerza y profundidad a medida que avanza y bien puede considerarse una
comedia excelente, digna de figurar entre las grandes del género.







