Lubitsch o
cómo extraer una película perfecta de una bobería absoluta.
Título original: The Smiling Lieutenant
Año: 1931
Duración: 88 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Ernst Lubitsch
Guion: Ernest Vajda, Samson
Raphaelson. Obra: Hans Müller
Reparto: Maurice Chevalier; Claudette Colbert; Miriam Hopkins; Charles
Ruggles; George Barbier; Hugh O'Connell; Granville Bates; Harry C. Bradley.
Música: Adolph Deutsch
Fotografía: George J. Folsey
(B&W).
Una
película de Lubitsch es siempre, para cualquier espectador, un más que interesante y pícaro acontecimiento
cinematográfico, porque, siendo él quien es, podemos esperar, como mínimo,
algún destello de su genialidad, o muchos... Da igual que el protagonista sea
un actor tan bobalicón como Maurice Chevalier, quien llevó por el mundo entero
el bastón y el canotier con gran éxito, por cierto, pero con quien no empatizo
en absoluto, aunque le reconozco la profesionalidad necesaria para seguir las
peripecias de este teniente seductor sin descolgarme de ellas por hastío o
cansancio.
La
historia ha de encuadrarse en una serie de películas como El desfile del
amor, que están hechas a imagen y semejanza de las grandes operetas, y, de
hecho, La viuda alegre, la más famosa opereta de Lehar, fue la última
colaboración del trío Lubitsch-Chevalier-MacDonald. En esta película los
personajes femeninos están encarnados, sin embargo, por Claude Colbert,
espléndida en su papel de amante apasionada, y por Miriam Hopkins, quien
trabajó también con Lubitsch en Un ladrón en la alcoba y Una mujer
para dos, magnífica en su papel de hija del rey de Flausenthurm, un
nombrecito que dará excelente juego cómico en la película, con esa «h» intercalada...
En
la atmósfera galante del mundo finisecular de las operetas, un teniente le
arrebata a un amigo la posibilidad de una conquista erótica, ¡nada menos que la
directora musical y violinista de una orquesta solo de señoritas!, mediante un
ardid descriptivo que deja turulato al amigo, porque Niki —que suena
anacrónicamente al posterior Gigi, el amoroso...— lo convence de que es
clavada a su mujer cuando esta era joven. El inicio del cortejo nos deja un
diálogo delicioso que da el tono verbal del famoso «toque» visual: —Así que
tocas el piano. Algún día haremos un dueto. —Me encanta la música de cámara,
porque Niki aparece en una escena saludando a los soldados besucones del parque
que se levantan para cuadrarse y saludar, y una escena después, el amigo
aparece llevando el violín y escoltando a los ya cogidos del brazo, que
mantienen el diálogo anterior. Tras progresar rápidamente el romance entre
ambos, se añade a la historia la segunda línea narrativa que se cruzará con la
inicial, porque el rey de Flausenthurm viaja a Austria con su hija para rendir
visita de cortesía a su primo, el rey de Austria. Ambos enamorados se miran,
sonríen y, fatalmente, guiñan el ojo justo cuando la carroza de los visitantes
intercepta ese diálogo gestual amoroso y la hija del rey recibe el guiño y la
sonrisa con total indignación, pues le llega como una humillación. Ello, eso
sí, tras haber sufrido, el monarca de Flausenthurm, el agravio de que su primo
no vaya a recibirlo porque ha de inaugurar una feria de ganado...
Llamado
a palacio para dar explicaciones, Niki, que ve en peligro incluso su propia
vida, como se encarga de remarcar cómicamente el rey de Flausenthurm, acaba
seduciendo al rey y a la propia hija, de modo que la hija exige que se convierta
en su cicerone para la visita a la ciudad imperial. A partir de ese momento, el
hombre ha de dividirse entre sus labores como guía turístico y su pasión por la
directora de orquesta. Como cualquier espectador poco avisado puede imaginar,
los enredos del seductor y sus falsas palabras de compromiso acabarán haciendo
creer a la joven heredera que ese teniente es el amor de su vida y que quiere
casarse con él «a toda costa». Esa «costa» es el enredo que irá haciéndose cada
vez más tupido hasta que, finalmente, suenan las campanas de boda en todo el
reino de Flausenthurm. Como a ese reino llega también la tournée de la
orquesta de señoritas y se produce el encuentro feliz entre la antigua amante y
quien, alma en pena, no la ha olvidado, el guion da un giro sorprendente y
desplaza el interés de la trama a una «modernización» de la figura de la
heredera, quien, anticuada como ella sola, es incapaz de atraer a su «perezoso»
marido. En ese momento advertimos que en la película se han mezclado dos
tiempos históricos con tan absoluta naturalidad que prácticamente pasa
desapercibida tan superposición: mientras al comienzo podemos pensar que
estamos a principios de siglo; el desarrollo postnupcial nos acerca a los
felices veinte del periodo de entreguerras, cuando la música de jazz se apodera
de Europa. La música, la lencería y una subversión de los roles femeninos y
masculinos van a convertir, de golpe, una película de opereta en una película «moderna»,
y los espectadores que hayan tomado la decisión de verla, me lo validarán. En
esas secuencias brilla con luz propia Miriam Hopkins, porque Lubitsch siempre
supo rodearse de fantásticas actrices. No es menos cierto que buena parte de
los gags cómicos de la película tienen al rey de Flausenthurm, Adolfo XV,
interpretado por George Barbier, como vehículo principal, pero no es el único,
desde luego.
Famosos
son los encadenamientos visuales que provocan esos gags, como el que señalé
antes del violín llevado por uno u otro oficial en la misma secuencia, y de ese
estilo está llena la película, porque si algo tienen las películas de Lubitsch es
un ejemplar sentido de la narración. Todo se encadena ágilmente para seguir el
desarrollo de la acción sin dejar ningún cabo suelto, pero es bien sabido que
Lubitsch supo acompañarse siempre de excelentes guionistas, como el de la
presente, Ernest Vajda, o como el que, después, algunos consideraron su
heredero en la comedia: Billy Wilder.
Descuenten,
por favor, los casi horrorosos números musicales que salpican la historia y que
no aportan nada, al margen de un humor de vodevil muy discreto, pero era el peaje
que se había de pagar para contar con la participación de quien se hizo célebre
como cantante, Maurice Chevalier, ante que como actor. Y ahí, en todo caso, sí
cabe reseñar que Claude Colbert salva el expediente con muy buena nota, es
decir, buenas notas... Lo que sí me deja pendiente eta película es un programa
doble de Lubitsch con dos de sus grandes éxitos: Una hora contigo y La
viuda alegre, aunque tentado estoy de añadir la versión muda de esta última
que dirigió Erich von Stroheim, por quien, los espectadores de este Ojo
bien lo saben, siento una admiración sin límites.







