Más con menos: un presupuesto B para una muestra A+ de auténtico cine negro.
Título original: The Scarlet Hour
Año: 1956
Duración: 95 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Michael Curtiz
Guion: Alford Van Ronkel, Frank Tashlin, John Meredyth Lucas
Reparto: Carol Ohmart; Tom Tryon; Jody Lawrance; James Gregory; Elaine
Stritch; E.G. Marshall; Edward Binns; Scott Marlowe; Billy Gray; Jacques
Aubuchon; David Lewis; Johnstone White; James Stone; Maureen Hurley; James Todd;
Nat 'King' Cole.
Música: Leith Stevens
Fotografía: Lionel Lindon
(B&W).
Cuando Michael
Curtiz llega en 1926 a Usamérica, contratado por la Warner, ya había dirigido
más de sesenta películas en su Hungría natal, desde 1912 hasta 1926 con el
nombre de Kertész Mihály. Estamos
hablando, pues, de un autor cuyas raíces se hunden en los primeros tiempos del
cine mudo, como fue el caso de John Ford, Raoul Walsh o Howard Hawks, entre
otros. The Scarlet Hour pertenece a su última época, cerrada en 1962 con
Los comancheros. Hasta donde he podido investigar, la película no se
estrenó en España en su momento y solo muy recientemente ha sido rescatada para
algún ciclo sobre el director. Nadie ignora que su gran éxito, por el que todos
los aficionados al cine lo conocen, fue Casablanca, pero a lo largo de
su carrera, Curtiz demostró un «oficio» que le permitió sacar con muy buena
nota películas que en manos de otros bien pudieran haber naufragado. Este es el
caso de The Scarlet Hour, una película de cine negro basada en un
esquema muy repetido en el género: joven esposa de un empresario rico y enamorada
de un apuesto empleado de su marido, a quien seduce para, por un azar absoluto,
dar un golpe en la casa de un doctor para robar joyas valoradas en 300.000
dólares y poder abandonar a su marido, porque lo que la sexualmente
insatisfecha mujer del empresario no quiere, de ninguna de las maneras, es
perder su alto nivel de vida, dado que el marido la «rescató» de una sufrida
vida de aspirante a nada por bares de medio mundo. He de confesar, no obstante,
que el principal reclamo para acercarme en YouTube a esta película fue, además de
la dirección de Curtiz, la aparición en los títulos de crédito como guionista
de Frank Tashlin, director él mismo de algunas excelentes comedias con Jerry
Lewis, ¡y sin él, por supuesto!, como Detective con rubia, en cuyo guion
colaboró Agatha Christie, por cierto.
La película no
solo tuvo un presupuesto modesto, sino que le adjudicaron dos protagonistas que
hacían su debut en la pantalla, la exmodelo Carol Ohmart y Tom Tryon, quien
después triunfaría con El cardenal, de Preminger y se convertiría en
escritor, dos de cuyas obras fueron llevadas al cine: El otro, por
Robert Mulligan y Fedora, por Billy Wilder, lo cual dice bastante de su
mérito. Eso sí, mientras Carol Ohmart daba perfectamente el papel de mujer
deseante, con voz seductora, llena, al mismo tiempo, de las fragilidades
propias de quien se mueve en el terreno pantanoso del adulterio con un marido
celoso y dispuesto a averiguar con quien mantiene su esposa la aventura; el
empleado, Tom Tryon, da muy justito el papel, aunque lo suficiente para seguir
con interés una trama doble: de un lado, el asalto a la casa para robar las
joyas; de otro, la inquisición del marido para descubrir al rival. Añadamos, en
todo caso, una tercera: el amor callado que siente la secretaria del marido por
el empleado preferido, a quien quiere promover en la empresa, dejándolo al
cargo mientras él planea un viaje de una semana con su esposa. La parte de
thriller de la película tiene que ver, obviamente, con el atraco a la mansión,
donde coinciden con los ladrones a quienes les oyeron el plan y con quienes se
establece un tiroteo en el que, curiosamente, quien acaba falleciendo es el
marido de ella, porque en ese momento se cruzan ambas tramas fatalmente, para
el celoso marido, por supuesto, aunque bien hubiera podido haber resultado muerta
su mujer en el forcejeo, porque las armas, como se dice, las carga el diablo.
A partir de la
entrada en acción de la policía, con dos esplendidos secundarios como E.G.
Marshall y Edward Binns, amén de la continuación de los asaltadores de la
mansión y del propio propietario de esta, percibimos el clima de tensión que ya
no decaerá hasta el desenlace. Y ese mérito pertenece a Curtiz, quien planifica
estupendamente las secuencias y sabe narrarlas con una pulcritud magnífica, lo
que impide que la trama se extienda innecesariamente más allá de lo que la
historia da de sí. Curtiz es consciente de que está invadiendo terrenos muy marcados,
y la escena de los amantes, que no pueden comunicarse abiertamente para no
levantar sospechas, en una tienda de discos recuerda, en efecto, a la de los
protagonistas de Perdición, de Billy Wilder, por ejemplo.
La ambientación,
a pesar del bajo presupuesto, está muy conseguida, y ha de destacarse el cameo
de Nat King Cole como cantante de la sala de fiestas donde se reúne la esposa
con unos amigos para fabricar la coartada que le permita ausentarse para
reunirse con su amante en la mansión donde este va a robarles las joyas a los
delincuentes que habían planeado el golpe que la pareja, estando de arrumacos a
las afueras de la ciudad en el coche de ella, oyeron por pura casualidad.
La película está
llena de detalles que permiten trazar bien los perfiles de los personajes,
sobre todo los que algunos de ellos entienden como doble juego que les
perjudica: el marido, quien pilla a su mujer con quien menos se lo hubiera
imaginado, y ella, cuando descubre el
inicio de una relación más estrecha entre su amante y la paciente secretaria
enamorada de él, la bella «buena chica» sencilla, de valores tradicionales, con
las que, la protagonista lo sabe muy bien, es tan difícil competir, si el
hombre, en este caso su amante, está habitado por escrúpulos que le ponen muy
cuesta arriba arriesgarse a cometer incluso delitos para satisfacerla a ella.
En la medida
en que se trata de un «estreno», los espectadores podrán valorar, si se sientan
ante ella, la verdadera dimensión de un director etiquetado como el director de
una sola película. Pero entre su copiosa producción, recordemos que está Alma
en suplicio, un melodrama intensísimo, El muchacho de Oklahoma, una
visión distinta del Far West, El rey del tabaco y Recursos de mujer,
para su mayor gloria y disfrute de los espectadores.
Lamento no
extenderme más sobre la trama pero desde la muerte accidental de marido en
adelante, todo son «novedades» que no conviene destripar a ningún espectador, y
por eso aquí detengo la crítica. Insisto, si acaso, en que se trata de una
película crepuscular, dentro del género del cine negro, pero, aun así, se ve
con notable agrado, porque Curtiz domina el código y por él se guía para mostrarnos
el trabajo de la excelente Carol Ohmart, de muy reducida carrera posterior, por
cierto. Aquí puede ser admirada en todo su esplendor físico e interpretativo,
aunque no le dio de sí más que para diez películas, tras lo cual se refugió en
la televisión.







