Un retrato de la vocación religiosa y de cierta intolerancia social progresista.
Título original: Los
domingos
Año: 2025
Duración: 110 min.
País: España
Dirección: Alauda Ruiz de
Azúa
Guion: Alauda Ruiz de Azúa
Reparto: Blanca Soroa; Patricia
López Arnaiz; Miguel Garcés; Juan Minujín; Nagore Aranburu; Mabel Rivera; Lier
Alava; Itziar Aizpuru; Noe Chiroque; Bego Arístegui.
Música: David Cerrejón
Fotografía: Bet Rourich.
Como creyente
adolescente, excreyente y actual agnóstico impregnado de una saludable
tolerancia hacia las formas espirituales de la vida privada de cada cual —en el
marco, siempre, de una sociedad democrática en la que las creencias religiosas
forman parte estricta del ámbito privado, no institucional— el visionado de Los domingos, aun a
pesar de su esquematismo y su relativo corto vuelo, si se compara con obras
como la magnífica Historia de una monja de Fred Zinnemann o Los
ángeles del pecado, de Robert Bresson, me ha parecido una película
«valiente» y comprometida con una realidad actualmente residual en España,
donde se cierran conventos como desaparece la industria o las centrales
nucleares, y en la que las monjas sudamericanas o africanas han venido a impulsar
lo que queda de lo que fue una auténtica «industria nacional» desde la Edad
Media. Dada la historia de la Iglesia como institución en nuestro país, cuesta
mucho no albergar los recelos que exhibe la tía de la protagonista ante lo que
le parece un «secuestro» en toda regla. Pensemos que Electra de Galdós,
en la que se produce una situación paralela, mutatis mutandis, a la de
esta película, provoca una ola de anticlericalismo que debió de influir lo suyo
en la conciencia anticlerical popular que siempre ha existido en nuestro país,
a pesar de la dominación eclesiástica que hemos sufrido.
No parece importarle lo más mínimo a la
tía de la protagonista que la decisión de su sobrina sea una decisión «libre», aunque
la protagonista frise la mayoría de edad, y por ello desplegará una batería de
estrategias, a cual más insensata, para lograr el objetivo de que su sobrina no
sea «abducida» por «el mal», que, en esta película, adquiere el terrorífico
rostro sonriente de la superiora del convento o el protector y paternalista del
joven sacerdote que viene a representar la modernidad vital de una opción vital
como el sacerdocio o la vida conventual.
No puedo dar
un paso crítico más sin destacar como se merece la extraordinaria actuación de
la protagonista de la película, Blanca Soroa, quien tiene un rostro
cinematográfico absolutamente idóneo para representar lo que significa la
interiorización de una fe religiosa capaz de llenar de sentimientos y hermosura
la vida de una persona, de «transfigurarla», propiamente. Se trata de una joven
huérfana de madre que ha ido elaborando dentro de ella el nido hermoso del
acogimiento al huésped divino que se ha apoderado de su alma y la ha bendecido
con la alegría de la fe, con el don de las lágrimas y con la serenidad humilde
de quien se considera sierva y espera que el amor a Jesucristo la alce sobre la
tierra para desposarse espiritualmente con él. La película no aborda el tema
del misticismo, que tantas páginas gloriosas ha dado a nuestra literatura en
lengua castellana, y, en consecuencia, no hay aquí ni rastro de levitaciones,
vuelos místicos y ardoroso menosprecio del cuerpo para poder llegar, sublimada,
a Dios.
Lo que nos
plantea la historia es la irrupción de lo que en cualquier familia no
especialmente religiosa se vería como un desafío, un reto a la mentalidad que
se aferra a la vida material y a los proyectos de vida que tienen que ver con
el estudio, el trabajo, el matrimonio, el éxito individual, la felicidad no
dependiente de creencias espirituales, etc. En 2026, ¿qué hay más «rebelde» que
apartarse de los caminos trillados de la satisfacción hedonista para dedicar la
vida a un dios, a una religión? Si con absoluto respeto podemos hablar de la
España de los templos vacíos, porque los feligreses han disminuido
tremendamente, en comparación con muy viejos tiempos, ¿cómo no va a ser un
desafío, un reto, declarar paladinamente la vocación monjil como proyecto de vida,
«misiones» incluidas, porque la palabra despierta en la joven postulante el
brillo de la heroicidad y quién sabe si la extraña sed del martirio?
La
película nace, pues, de una hipótesis de trabajo: ¿y si...?, y la explora con
tino, enfrentando dos posiciones de forma muy marcada: la tolerancia y
comprensión del padre, a quien no le molesta la «salida» de la hija de casa, y la intolerancia agresiva de su hermana, la
tía de la protagonista y madre imposible de ella, porque su activismo
intransigente, aquejado de una terrible intolerancia hacia las creencias
ajenas, pretende asumir un papel casi materno, algo que choca con una visión
realista de su papel en la hipótesis y los límites de su actuación. De ahí el
merecido «rezaré por ti», que es al tiempo caridad y venganza, tras saber que
la tía mintió deliberadamente sobre las inexistentes relaciones sexuales de la
sobrina con un compañero de coro, para provocar que la rechazaran en el
convento, relaciones que todos en la familia dan por supuestas.
La historia de
las rencillas entre hermanos es un capitulo aparte, y se encuadran, tras la
ausencia de la madre de ambos en ese terreno que forma parte del terreno
novelístico desde siempre, pero que se intensificó en el xix: las herencias. Nadie como Galdos
supo reflejarlo en una novela inmortal La desheredada, de obligada
lectura. Se entiende la rabia que consume a la hermana, preterida por la
predilección de la madre por su hermano, y que exija el documento notarial que
firma, pero me da la impresión de que todo ese embrollo hereditario hubiera
requerido algo más de espacio en la película, por lo que de muy común tiene,
socialmente.
Ya dije, desde
el principio, que las dos referencias, la de Bresson y la de Zinnemann,
empequeñecen algo Los domingos, acaso porque aquí vemos la llamada de la
vocación en una adolescente y en las otras se trata de mujeres adultas. En
cualquier caso, lo difícil, resuelto a la perfección en la película, era lograr
una expresión real de ese sentirse escogida por el Dios cristiano para
dedicarle una vida de adoración y servicio, pero ese es el reto que la joven
actriz ha sabido superar con creces. La máxima humildad con la celestial
soberbia de saberse «elegida» y superior a las flaquezas humanas que aquejan a
los pobres mortales. Quien se humilla absolutamente ante Dios, experimenta una
superioridad espiritual descomunal ante quienes son incapaces de ni siquiera
entender el proceso amoroso que vive la protagonista. Acaso por ello la
película adquiere un tono discreto en su desarrollo, una realización muy
apegada a la cotidianeidad, si bien todo fluye con la naturalidad propia de la
juventud que comienza a sentir los escarceos de la pasión erótica y el
sentimiento amoroso, además del compañerismo. No hay nada «especial» que justifique
la vocación, ninguna señal «divina» que induzca a la joven al compromiso.
Sabemos que ha conversado largamente con la priora de la orden y con el
consejero espiritual —esa figura que también tuvimos en nuestra familia, y a
quien recuerdo, cuando era niño, como una suerte de consultor que ayudaba en
los momentos de las decisiones difíciles o trascendentales—, pero la
protagonista solo habla del placer de estar en la mejor de las compañías y,
sobre todo, donde más cerca puede estar del Dios al que ama «sobre todas las
cosas».
¿Se trata de
una alienación? ¿Se somete voluntariamente a una abducción en la que consiente?
¿Es una ignorante que desconoce la historia general y la historia de las
religiones en particular? ¿Es una adolescente empeñada en nadar contra
corriente para singularizarse? Cualesquiera hipótesis son perfectamente
admisibles, pero, al menos en la película, al margen de la ambigua posición de
la directora, solo parecen caber dos posiciones: la tolerancia interesada del
padre hacia un camino escogido individualmente, aun estando la joven en proceso
de formación, y la oposición desesperada de la tía, que contempla el ingreso en
el convento como una castración psicológica y física de una joven que no merece
tal destino. Si la película, con su hipótesis de partida, pretendía llegar a un
final polémico, que despertara una seria reflexión sobre el caso, algo así como
un «¿qué haría Vd. en el lugar del padre de ella?», lo han conseguido
plenamente.
Se la pondrá
en relación con Camino, de Javier Fesser, pero esta era una película de
denuncia de las técnicas de sumisión practicada por una sociedad parasecreta
católica, consentida por el papado y que hizo de España, donde nació, su tierra de promisión. Y la verdad es que
recordando ahora aquellas charlas televisivas del fundador del Opus Dei,
Escrivá de Balaguer, nada me viene más a la mente que el carácter populista y
demagógico de las nuevas fuerzas políticas de pseudoizquierda, la verdad, ¡los
esotéricos círculos de Podemos entre ellas!








