Una lúcida y
despiadada anatomía del éxito social «a toda costa» o la degradación
psicológica irreversible a que lleva la sed de triunfar.
Título original: Syk pike
Año: 2022
Duración: 97 min.
País: Noruega
Dirección: Kristoffer Borgli
Guion: Kristoffer Borgli
Reparto: Kristine Kujath
Thorp; Eirik Sæther; Fanny Vaager; Fredrik Stenberg Ditlev-Simonsen; Anders
Danielsen Lie; Sarah Francesca Brænne; Ingrid Vollan; Henrik Mestad; Steinar
Klouman Hallert; Andrea Bræin Hovig; Seda Witt; Terje Strømdahl-
Música: Turns
Fotografía: Benjamin Loeb.
Comencé a ver
la película sin recordar —algo que ya me ha pasado otras veces—, el nombre del
director y si había visto o no previamente algo suyo. Solo al acabar el visionado
de esta, he caído en la cuenta de que, no hace mucho, vi una película suya: Dream
Scenario, una suerte de película distópica que, como ocurre con la
presente, lo tiene todo de capítulo de la famosa serie británica Black
Mirror, algunos de cuyos episodios han entrado de lleno en la memoria
audiovisual de todo el mundo. Recuerdo que en aquella Nicolas Cage hacía uno de
los mejores papeles que le he visto nunca. Kristoffer Borgli, sin embargo, va
más allá de la extrañeza propia de la situación para indagar en conductas
sociales que son reveladoras del turbio presente en que nos movemos, dominados
por la presión de la fama, de la celebridad, sin importar el modo de acceder a
ella, algo así como la extensión, por todos los medios a nuestro alcance, lícitos
o ilícitos, del famoso cuarto de hora de fama universal que, según Marshall McLuhan,
nos toca a todos.
La historia es
relativamente sencilla y tiene que ver con un pareja en la que él es un artista
que diseña a partir de los muebles que va robando en diferentes tiendas,
mientras que su pareja trabaja en una cafetería. El éxito que consigue él
despierta los ellos artísticos de quien se muere, literalmente, por llamar la
atención de los demás, de tal modo que su vida es una continua red de
imposturas para conseguir atraer sobre sí la atención que, sin esos
fingimientos, nunca conseguiría. Principalmente, el reclamo es la salud, o
mejor, la falta de ella que la acosa de tal manera que, en una cena colectiva,
donde se celebra el éxito de su pareja, ella puede representar un ataque de
alergia que la pone al borde de la muerte, ante el estupor de los encargados de
servir la cena, quienes, previamente, han avisado de los ingredientes de los
platos por si hubiera alguien que padeciera de alergias que pudieran ser potenciadas
por ellos.
Sí, está claro que estamos ante una persona
que sufre un agudo trastorno mental que, llevado al extremo, como aquí ocurre,
puede ponerla en serio peligro de arruinarse la vida e incluso de perderla. A
la desesperada criatura no se le ocurre otra cosa, ante la inanidad y la
despersonalización que la habitan, que pasarse al lado oscuro de los efectos secundarios
de fármacos que circulan como drogas clandestinas. Que sea una mentirosa
compulsiva y que reclame permanentemente la atención de su pareja, quien duda
constantemente de su sinceridad, la llevan a una espiral de intentos de
significación que no se detienen ni ante el gran daño que puede acabar con ella.
Acaba tomando
la decisión de ingerir una droga, «rusa», curiosamente, cuyos efectos
secundarios van a convertirla en algo así como una moderna Joseph Kerry, el personaje
histórico en que se basó El hombre elefante, de David Lynch, salvando
las distancias, claro está, porque en el caso de la protagonista la deformidad
se centra principalmente en el rostro, que la desfigura casi por completo y le
provoca otras reacciones físicas como hemorragias, calambres y náuseas
difícilmente controlables. La historia humana de Joseph Merrck sería el reverso
moral de la trastornada protagonista de Sick of myself, que protagoniza
este hastío de ella misma como un ser capaz de generar el legítimo interés de
los demás hacia ella. Eso sí, una vez que aparecen en ella las manifestaciones
horrorosas de los efectos secundarios de las drogas, su vida adquiere un
protagonismo con el que, poco a poco lo iremos viendo, no podrá competir su
creativa pareja, quien, en un momento dado de ese desarrollo, hasta llegará a
pedirle que le permita inspirarse en su grave enfermedad para su nuevo proyecto
creativo.
A ese punto llega
la pareja una vez que la historia de ella llega a los medios de comunicación,
y, por la vía opuesta de la deformación física, se convierte en una celebridad.
No creo revelar nada que chafe a los espectadore el progreso de la trama que
diga que la joven es captada por una agencia de modelos «inclusiva» que trabaja
con modelos que padecen alguna deformidad llamativa e impactante. Esta claro que la suya se lleva
la palma. Y todo lo relacionado con su trabajo en esa agencia forma parte de lo
mejor de la película, porque se desnuda un mundo que convierte el horror en un
reclamo para vender marcas de productos. Las escenas del rodaje, que tienen mucho
que ver con una suerte de metapelícula, adquiere una dimensión creativa
espectacular, porque nos movemos en el interior de un museo, y la cámara de
Borgli establece un diálogo constante entre las modelos deformes y las
esculturas del museo.
Tardamos algo
en percatarnos de que lo importante en la película no son los efectos secundarios
—aunque se ha de comentar que los efectos especiales y el maquillaje de la
protagonista son auténticamente una maravilla muy digna de ser vista—, lo cual
permite, y ya es curioso, que la actriz se luzca como no consigue hacerlo
cuando mantenía su integridad física y nos resultaba extremadamente anodina,
que es, justamente, el efecto que se quería conseguir para dotar de
verosimilitud al personaje. A medida que se degrada, mejora su actuación y nosotros
desarrollamos una potente empatía con su terrible trastorno psicológico, propio
de esta siglo de redes, del mismo modo que el xx
lo fue de siglas.
La película evoluciona con un rigor implacable y no se pierde en posibles desvaríos, propios de la extrema situación descrita. La sociedad noruega, pero en esto es un reflejo de la universal, porque la sed de celebridad afecta a todo el universo, y más destacadamente en los países muy desarrollados, queda retratada de un modo preciso y contundente. Nada ni nadie se salva de la ácida crítica que vierte el director sobre las personalidades dislocadas, excéntricas que forman el paisaje humano de pueblos y ciudades. Sí, la excusa es el arte, pero no olvidemos que, muy a menudo, el arte es heraldo de la destrucción, como ocurrió con el Dadaísmo, o de la distorsión extrema, como ocurrió con el Futurismo, para cuyos miembros un bólido de carreras era más hermoso que la Victoria de Samotracia...








