lunes, 9 de febrero de 2026

«El talento», de Polo Menárguez, una adaptación de Arthur Schnitzler.

 

Entre el arte, la high class pijísima y la depravación moral: un retrato athrillerado.

 

Título original: El talento

Año: 2025

Duración: 103 min.

País: España

Dirección: Polo Menárguez

Guion: Fernando León de Aranoa, Polo Menárguez. Novela: Arthur Schnitzler

Reparto: Ester Expósito; Pedro Casablanc; Mirela Balić; Juan Pablo Fuentes; Rocío Muñoz-Cobo; Sonia Almarcha; Marta Aledo; Clara Sans; Carlos Suárez; Itziar Manero; Diego Niski.

Música: Carla F. Benedicto

Fotografía: Jose Martín Rosete.

         

          Con guion de Fernando León de Aranoa, vi este película, sin saber nada de ella, y me pareció muy digna, bien construida, bien filmada, muy bien interpretada y con una puesta en escena, en el hotel, durante una celebración de aniversario de una hija rica, con toda la corte de amigos insufribles, de la que se saca un rendimiento estupendo, como ocurre en la escena de la piscina, sin ir más lejos, que tanto recuerda, sin tener nada que ver ni temática ni estilísticamente, la de La mujer pantera, de Jacques Tourneur. Hube de llegar hasta los títulos de crédito para percatarme de que se trataba de una adaptación de La señorita Elsa, de Arthur Schnitzler, lo cual justificaba claramente la excelente construcción de la historia. Nunca se me olvida que cuando Almodóvar mejor funciona es cuando adapta una obra existente, como pasó con Carne trémula, por ejemplo; cuando los guiones son propios, sin embargo, la dispersión y la tendencia al desmadre o a la sobreactuación arruinan cualquier narración.

          A diferencia de la novela corta original, en la que la protagonista repite varias veces que ha nacido sin talento ninguno, a pesar de haber estudiado piano, el Carnaval de Schumann entre otras partituras ―del que se insertan algunos fragmentos del pentagrama en la historia, porque en el salón de música una pianista interpreta la obra―, la protagonista de esta adaptación es justo lo contrario: una violonchelista consumada, un proyecto de gran solista, que se ha preparado para ir al conservatorio de Viena, para lo cual ha de pasar una prueba muy exigente. Es su amiga, la hija de su padrino, quien no tiene más talento que la riqueza de sus padres, quienes la miman con lujosos regalos para ocultar su mediocre inanidad personal, a diferencia de su amiga, quien, sin embargo, está muy orgullosa de ella. A la fiesta la lleva la madre, quien le entrega una carta para su padrino, el anfitrión de la fiesta por todo lo alto, y cuyo contenido va a actuar como un resorte de la trama, como el motivo dinámico que transformará la estancia de Elsa en el hotel en una auténtica pesadilla.

          Todo transcurre dentro de los cauces de una fiesta de la alta sociedad que rinde homenaje a sus cachorrillos mal criados y altamente consentidos, una colección de niñatos y niñatas sorprendentemente frívolos y banales que giran alrededor del alma de la celebración, Idoia ―magistralmente interpretada por Mirela Balić― la amiga de la protagonista, con quien, avanzada la historia, acabará teniendo un enfrentamiento amargo, cuando descubre la infidelidad de su prometido con ella, una acción de venganza que se nos muestra de forma paralela a la del abuso del padrino al que Elsas se ha de someter por expresa petición de la madre, para lograr mediante la humillación de la hija, que el padrino les facilite un préstamo que pueda librar al padre de acabar en la cárcel. Cabe decir que, desde ese momento, los gestos, las miradas y los acercamientos del padrino a Elsa se ven ya con los ojos de quien contempla un documental sobre depredadores, y Pedro Casablanc es capaz de generar, en ese rol, una aversión perfecta, porque percibimos en cada uno de sus movimientos los gestos universales del Poder al que se han de someter quienes necesitan de su intercesión. La historia juega con los dos puntos de vista, el del cazador y el de la presa, que es el que lleva la voz cantante en un conflicto moral nada baladí, y ahí la actriz, Ester Expósito, exhibe un repertorio de recursos interpretativos que domina a la perfección. Pensemos que la única petición que le hace su padrino para acceder a transferir el dinero que salve a su familia es verla desnuda en su habitación. Desde ese momento, y tras haber cedido a la seducción del prometido de Idoia, con quien mantiene a espaldas de su amiga una relación más o menos frecuente, el hotel se convierte en un cruce de caminos que no nos evitará conocer sus lugares más recónditos, los propios además de una servidumbre con la que Elsa entra en contacto en diversas ocasiones, y con la que acaba, desde la decisión que ha de tomar, empatizando, pues ella, con su violonchelo, con el que festeja desde el escenario a la amiga, no deja de cumplir un cometido al servicio de la diversión ajena. Y si tenemos en cuenta la exigencia del padrino...

 He de reconocer que, conociendo ese mundo muy de lejos, me parece muy conseguida la colección de personalidades vacuas, estridentes y perversas que le permiten al director conseguir escenas corales de poderosa intensidad, si bien Idoia, la amiga y rival de la protagonista, Elsa, se lleva la palma del buen hacer, a la hora de interpretar la vaciedad psicológica de un personaje tan plano y previsible como vengativo a fuer de envidioso. Se trata de una trama que va derivando hacia el thriller psicológico, porque la cuestión ética que la madre de Elsa le plantea a la hija es de una naturaleza absolutamente perversa, porque no solo hace depender de que ceda al capricho del padrino la salvación de la empresa del padre, sino también su propia carrera como violonchelista, pues la familia quedaría en la indigencia o poco menos. En ese giro tenebroso, cuando Elsa se debate entre el amor filial y su dignidad individual, los entresijos espaciales del hotel mezclan su imagen de cruce de caminos por donde unos se buscan a otros con intenciones dispares con el tormento de una reflexión en la que intervienen factores tan potentes que son capaces de trastornar a cualquiera, y a ella la primera. Ese desasosiego anímico afecta a Elsa con tal intensidad que calca de manera magistral el de la protagonista de la narración de Schnitzler, si bien la novelita es toda un monólogo interior, a veces soliloquio, a veces intento de fluido de conciencia, y en la película la cámara se revela un narrador testigo que recoge, lo más objetivamente posible, las fases del desasosiego y el sufrimiento de Elsa, amén de la viscosa lascivia del padrino y la supina ignorancia de esa tensión por parte de los demás invitados a la fiesta, hasta que...

Pero eso ya han de verlo los espectadores.

La película, finalmente, solo ha sido nominada a un premio: a la mejor banda sonora. Está claro que la condición de chelista de la protagonista invitaba a explorar el instrumento y a construir, a partir de los muchos recursos de él que explota Carla F. Benedicto, una atmósfera que marque, sobre todo, el poderoso e intenso conflicto central de la protagonista. Se trata de una banda sonora muy próxima a los subrayados y que juega constantemente con las reacciones anímicas de la protagonista. Recordemos, por otro lado, que las frases musicales acentúan la sensación de asfixiante thriller psicológico en el que se ve envuelta la protagonista, y ahí sí que la música de la banda sonora se revela totalmente eficaz y adensa los significados de las emociones en juego.

Ignoro por qué la Academia del Cine Español ha ignorado los méritos de esta película tan notable, pero no es menos cierto que también ignoraron, salvando distancias siderales, Cerrar los ojos y se quedaron tan panchos...

 

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