Entre el arte,
la high class pijísima y la depravación moral: un retrato athrillerado.
Título original: El talento
Año: 2025
Duración: 103 min.
País: España
Dirección: Polo Menárguez
Guion: Fernando León de
Aranoa, Polo Menárguez. Novela: Arthur Schnitzler
Reparto: Ester Expósito; Pedro
Casablanc; Mirela Balić; Juan Pablo Fuentes; Rocío Muñoz-Cobo; Sonia Almarcha; Marta
Aledo; Clara Sans; Carlos Suárez; Itziar Manero; Diego Niski.
Música: Carla F. Benedicto
Fotografía: Jose Martín
Rosete.
Con
guion de Fernando León de Aranoa, vi este película, sin saber nada de ella, y
me pareció muy digna, bien construida, bien filmada, muy bien interpretada y
con una puesta en escena, en el hotel, durante una celebración de aniversario
de una hija rica, con toda la corte de amigos insufribles, de la que se saca un
rendimiento estupendo, como ocurre en la escena de la piscina, sin ir más
lejos, que tanto recuerda, sin tener nada que ver ni temática ni estilísticamente,
la de La mujer pantera, de Jacques Tourneur. Hube de llegar hasta los títulos
de crédito para percatarme de que se trataba de una adaptación de La
señorita Elsa, de Arthur Schnitzler, lo cual justificaba claramente la excelente
construcción de la historia. Nunca se me olvida que cuando Almodóvar mejor
funciona es cuando adapta una obra existente, como pasó con Carne trémula,
por ejemplo; cuando los guiones son propios, sin embargo, la dispersión y la
tendencia al desmadre o a la sobreactuación arruinan cualquier narración.
A
diferencia de la novela corta original, en la que la protagonista repite varias
veces que ha nacido sin talento ninguno, a pesar de haber estudiado piano, el Carnaval
de Schumann entre otras partituras ―del que se insertan algunos
fragmentos del pentagrama en la historia, porque en el salón de música una pianista
interpreta la obra―, la protagonista de esta adaptación es justo lo contrario:
una violonchelista consumada, un proyecto de gran solista, que se ha preparado
para ir al conservatorio de Viena, para lo cual ha de pasar una prueba muy
exigente. Es su amiga, la hija de su padrino, quien no tiene más talento que la
riqueza de sus padres, quienes la miman con lujosos regalos para ocultar su mediocre
inanidad personal, a diferencia de su amiga, quien, sin embargo, está muy
orgullosa de ella. A la fiesta la lleva la madre, quien le entrega una carta
para su padrino, el anfitrión de la fiesta por todo lo alto, y cuyo contenido
va a actuar como un resorte de la trama, como el motivo dinámico que
transformará la estancia de Elsa en el hotel en una auténtica pesadilla.
Todo
transcurre dentro de los cauces de una fiesta de la alta sociedad que rinde
homenaje a sus cachorrillos mal criados y altamente consentidos, una colección
de niñatos y niñatas sorprendentemente frívolos y banales que giran alrededor
del alma de la celebración, Idoia ―magistralmente interpretada por Mirela Balić―
la amiga de la protagonista, con quien, avanzada la historia, acabará teniendo
un enfrentamiento amargo, cuando descubre la infidelidad de su prometido con
ella, una acción de venganza que se nos muestra de forma paralela a la del
abuso del padrino al que Elsas se ha de someter por expresa petición de la
madre, para lograr mediante la humillación de la hija, que el padrino les
facilite un préstamo que pueda librar al padre de acabar en la cárcel. Cabe
decir que, desde ese momento, los gestos, las miradas y los acercamientos del
padrino a Elsa se ven ya con los ojos de quien contempla un documental sobre
depredadores, y Pedro Casablanc es capaz de generar, en ese rol, una aversión
perfecta, porque percibimos en cada uno de sus movimientos los gestos
universales del Poder al que se han de someter quienes necesitan de su
intercesión. La historia juega con los dos puntos de vista, el del cazador y el
de la presa, que es el que lleva la voz cantante en un conflicto moral nada baladí,
y ahí la actriz, Ester Expósito, exhibe un repertorio de recursos interpretativos
que domina a la perfección. Pensemos que la única petición que le hace su
padrino para acceder a transferir el dinero que salve a su familia es verla desnuda
en su habitación. Desde ese momento, y tras haber cedido a la seducción del
prometido de Idoia, con quien mantiene a espaldas de su amiga una relación más
o menos frecuente, el hotel se convierte en un cruce de caminos que no nos evitará
conocer sus lugares más recónditos, los propios además de una servidumbre con
la que Elsa entra en contacto en diversas ocasiones, y con la que acaba, desde la
decisión que ha de tomar, empatizando, pues ella, con su violonchelo, con el que
festeja desde el escenario a la amiga, no deja de cumplir un cometido al
servicio de la diversión ajena. Y si tenemos en cuenta la exigencia del
padrino...
He de reconocer que, conociendo ese mundo muy
de lejos, me parece muy conseguida la colección de personalidades vacuas,
estridentes y perversas que le permiten al director conseguir escenas corales de
poderosa intensidad, si bien Idoia, la amiga y rival de la protagonista, Elsa, se
lleva la palma del buen hacer, a la hora de interpretar la vaciedad psicológica
de un personaje tan plano y previsible como vengativo a fuer de envidioso. Se
trata de una trama que va derivando hacia el thriller psicológico, porque la
cuestión ética que la madre de Elsa le plantea a la hija es de una naturaleza absolutamente
perversa, porque no solo hace depender de que ceda al capricho del padrino la
salvación de la empresa del padre, sino también su propia carrera como
violonchelista, pues la familia quedaría en la indigencia o poco menos. En ese
giro tenebroso, cuando Elsa se debate entre el amor filial y su dignidad
individual, los entresijos espaciales del hotel mezclan su imagen de cruce de
caminos por donde unos se buscan a otros con intenciones dispares con el
tormento de una reflexión en la que intervienen factores tan potentes que son
capaces de trastornar a cualquiera, y a ella la primera. Ese desasosiego anímico
afecta a Elsa con tal intensidad que calca de manera magistral el de la
protagonista de la narración de Schnitzler, si bien la novelita es toda un
monólogo interior, a veces soliloquio, a veces intento de fluido de conciencia,
y en la película la cámara se revela un narrador testigo que recoge, lo más
objetivamente posible, las fases del desasosiego y el sufrimiento de Elsa, amén
de la viscosa lascivia del padrino y la supina ignorancia de esa tensión por
parte de los demás invitados a la fiesta, hasta que...
Pero eso ya han de
verlo los espectadores.
La película,
finalmente, solo ha sido nominada a un premio: a la mejor banda sonora. Está
claro que la condición de chelista de la protagonista invitaba a explorar el
instrumento y a construir, a partir de los muchos recursos de él que explota Carla
F. Benedicto, una atmósfera que marque, sobre todo, el poderoso e intenso
conflicto central de la protagonista. Se trata de una banda sonora muy próxima
a los subrayados y que juega constantemente con las reacciones anímicas de la
protagonista. Recordemos, por otro lado, que las frases musicales acentúan la
sensación de asfixiante thriller psicológico en el que se ve envuelta la
protagonista, y ahí sí que la música de la banda sonora se revela totalmente
eficaz y adensa los significados de las emociones en juego.
Ignoro por qué la Academia del Cine Español ha ignorado los méritos
de esta película tan notable, pero no es menos cierto que también ignoraron,
salvando distancias siderales, Cerrar
los ojos y se quedaron tan panchos...

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