miércoles, 26 de febrero de 2025

«Los invasores», «Vida y muerte del coronel Blimp», «Un cuento de Canterbury», «Sé a dónde voy», «Narciso negro», «Las zapatillas rojas», «Su peor enemigo», «Corazón salvaje» y «Los cuentos de Hoffmann,» de Michael Powell y Emeric Pressburger o «Made in England»…

 Discreto homenaje a Los Arqueros, una firma heraclitiana de lujo (βιός es «arco» y «vida»…) para dos cineastas tan singulares como excelentes y fuera de lo común. 


 

Título original: 49th Parallel

Año: 1941

Duración: 132 min.

País: Reino Unido

Dirección: Michael Powell

Guion: Emeric Pressburger, Rodney Ackland

Reparto: Eric Portman; Leslie Howard; Laurence Olivier; Raymond Massey; Anton Walbrook; Glynis Johns; Niall MacGinnis; Finlay Currie; Raymond Lovell; John Chandos;

Basil Appleby; Eric Clavering; Charles Victor.

Música: Ralph Vaughan Williams

Fotografía: Freddie Young (B&W).

 

 

          El desafortunado título español, Los invasores, en modo alguno hace justicia al original, Paralelo 49, que delimita una frontera política entre los nazis y los aliados en Norteamérica, es decir, entre un país implicado en la Segunda Guerra Mundial,  Canadá, y otro neutral, en esos momentos, Usamérica. Pero la historia es muy otra y se inicia en las heladas aguas de Canadá cuando un submarino planea un sorprendente invasión para hacerse con un puerto donde crear una cabeza de puente para posteriores venidas de tropas. Descubierto por la aviación, es sometido a fuego continuo hasta que logran hundirlo, pero los hombres enviados acuerdan continuar con su misión, lo cual los lleva a apoderarse de una base aislada del mundo que sirve de mercado para el negocio de pieles de los inuit. Esa escaramuza deja bien clara la lucha dialéctica entre el totalitarismo y la libertad que va a atravesar toda la película en muy distintas circunstancias, siendo esta primera de las más efectistas de una película en la que se respira, más allá del belicismo propio de los soldados nazis, un muy interesante  espíritu de aventura en paisajes sobrecogedores y un clima muy adverso. Tres son los encuentros «antropológicos» que contribuirán a ir mermando la patrulla alemana y a desarrollar el choque dialéctico entre el nazismo y la democracia liberal: el primero es en territorio de los inuit; el segundo es con la secta religiosa de los huteritas, de origen alemán y con un dialecto austrobávaro, y el tercero con un antropólogo que estudia a los indios canadienses en las montañas, con un Leslie Howard fantástico, del mismo modo que el capitán alemán, absolutamente embargado de los ideales del Tercer Reich, interpretado por Eric Portman, lleva a cabo una actuación insuperable, lo cual redunda en el beneficio de la película, una historia que fue premiada con un Oscar cuando todavía existía el Oscar a la mejor idea para una película, un premio distinto del concedido al guion. Dedicar un especial a Los Arqueros, y pretender analizar estas nueve películas, una por una, supondría usar un espacio que nadie estaría dispuesto a visitar, de ahí que sintetice al máximo mis impresiones, a pesar de la injusticia que supone para algunas de sus películas que, por encima de su carácter sobresaliente, bien pueden ser consideradas, sin exceso crítico, como «obras maestras». En esta, Paralelo 49, hay secuencias antológicas, como la identificación de los soldados alemanes en una fiesta popular, dignas del mismísimo Hitchcock, o un final para rebobinar y verlo nada más haberlo visto en pantalla, por lo ingenioso y por la realización del mismo, en la frontera usamericana-canadiense, junto a las cataratas del Niágara. En cada uno de los tres encuentros de los militares alemanes con lo que podríamos llamar las «fuerzas vivas» de la democracia, esto es, los defensores cotidianos de dichos valores universales, la altura de los encuentros dialécticos brilla a un gran nivel, y recuerdan poderosamente un clásico de la defensa de esos valores como Esta tierra es mía, de Jean Renoir, entre otras.



Título original: The Life and Death of Colonel Blimp

Año: 1943

Duración: 164 min.

País: Reino Unido

Dirección: Michael Powell, Emeric Pressburger

Guion: Michael Powell, Emeric Pressburger

Reparto: Roger Livesey; Anton Walbrook; Deborah Kerr; John Laurie; Roland Culver; James McKechnie; David Hutcheson; Ursula Jeans; Patrick MacNee.

Música: Allan Gray

Fotografía: Georges Périnal.

 


Vida y muerte del coronel Blimp es una película cuyo título ha de ser explicado, dado que, durante la proyección, no aparece por parte alguna el tal «Blimp» y sí un protagonista llamado Clive Candy, de quien se nos va a contar su historia desde antes de la Primera Guerra Mundial hasta su retiro en tiempos de la Segunda. El título, que serviría para un apodo que nunca se usa en la historia, lo toman Powell y Pressburger de una tira cómica de David Low con un personaje, el coronel Blimp, que se presenta como un jingoísta; Blimp es un apodo tomado, al parecer, de los globos que servían de barrera antiaérea, parecidos a un zepelín, blimp. Aunque es película rodada en plena contienda mundial, la pareja Powell-Pressburger escogen contarle al público una compleja historia en que van de la mano el belicismo justificado y el antibelicismo, a través de las historias cruzadas de dos militares, uno prusiano y otro inglés, Theo Kretschmar-Schuldorff y Clive Candy, quienes se conocen en Berlín, antes de que estalle la Primera Guerra Mundial, quienes se batirán en un duelo del que ambos salen heridos y que se celebra con una pompa llevada al cine con todo el aire de opereta, propio de algunas películas de Lubitsch o Stroheim. En o que ambos coinciden va a ser en enamorarse de la misma mujer, aunque será el alemán quien consigue retenerla junto a sí, si bien el hecho de darse cuenta de estar enamorado de ella, se le revela al protagonista una vez ha decidido regresar a Inglaterra.

Esta película es la primera rodada en color por el dúo realizador, y se advierte en el uso del color un gusto por el cromatismo acentuado y una depurada fotografía que llevarán a su máxima expresión en películas por venir, como la inconmensurablemente bella Narciso negro y la acaso obra cumbre del dúo: Las zapatillas rojas. La película arranca desde el presente del personaje, durante el desarrollo de unas maniobras de retaguardia que, adelantándose a lo programado, toman prisioneros a los mandos en una sauna desde donde el protagonista evoca lo que ha sido su vida, rompiendo el tono de farsa que hasta ese momento ha tenido la película, si bien el preámbulo de espionaje que precede al estallido de la Primera Guerra Mundial adopta un aire de opereta que, ya antes del duelo, se manifiesta en el encuentro en la cervecería —unas secuencias que recuerdan muy mucho las posteriores del putsch de Baviera a cargo de Hitler y sus correligionarios, antes de formar el partido nazi—, todo muy «belle époque» y caballeresco, al estilo de Las maniobras del amor, de Rene Clair. Si alguien destaca en esta película, más allá del dúo protagonista es la tercera en discordia, una Deborah Kerr que realiza tres papeles diferentes con una solvencia que deja pasmado al espectador, quien comprueba cómo no es en vano que ciertas famas se deben a la alta profesionalidad de quienes se la han ganado con creces. Los diferentes ritmos que imprimen los directores a esta narración que alterna la comedia bufa y el drama, así como un profundo antibelicismo, dotan a a película de un atractivo que complementa la depurada puesta en escena. Vale decir, con todo, que, en su momento, Churchill llegó a maniobrar para que la película no se estrenara, y se intuye por qué fácilmente, porque, a pesar del nacionalismo del personaje, prevalece la vena escéptica sobre los horrores de la guerra y su profundo sinsentido como medio de solución de problemas.


Título original: A Canterbury Tale

Año: 1944

Duración: 124 min.

País:  Reino Unido

Dirección: Michael Powell, Emeric Pressburger

Guion: Michael Powell, Emeric Pressburger

Reparto: Eric Portman; Sheila Sim; Dennis Price; John Sweet; Esmond Knight; Charles Hawtrey; George Merritt; Edward Rigby; Freda Jackson.

Música: Allan Gray
Fotografía: Erwin Hillier (B&W). 


Un cuento de Canterbury tiene un inicio feliz, porque, ambientados en el siglo XV, el vuelo de una rapaz nos transporta, en bella elipsis, a un avión que cruza los mismos cielos, en los mismos paisajes, ahora azotados por la guerra. Dos sargentos de permiso llegan a la vieja ciudad, presidida por la catedral, que da nombre a las narraciones de Chaucer. Enseguida la catedral se constituye en objeto de su peregrinación, pero, antes, una peripecia, propia del espíritu juguetón y lleno de alacridad de la obra de Chaucer, enfrenta a ambos hombres y a la mujer que llega con ellos en el tren a un suceso extraño: amparado en la noche, alguien se acerca a las mujeres y les rocía el pelo con pegamento. Determinados a investigar a quién corresponde la autoría de tales hechos, los dos jóvenes demoran su estancia en el pueblo para tratar de esclarecer el suceso. La pericia narrativa de Powell y Pressburger les lleva a escoger a un sargento real del ejército usamericano, John Sweet, para convertirlo en el vehículo periférico perfecto para adentrarse en un suceso arraigado en la más profunda historia del pueblo británico. A través del cadencioso y espontáneo hablar de Sweet, tan diferente del habla de los locales y del resto del trío protagonista, advertimos las constantes universales que van más allá del tan arraigado espíritu nacional, como cuando mantiene una animada charla con unos agricultores del lugar y se da cuenta las enormes similitudes que hay entre la forma de hacer las cosas en su lejano país, en Oregón,  y este en el que él combate contra una amenaza universal, concretamente en el tratamiento del secado de la madera. La dialéctica campo-ciudad forma, también, parte de la tensión que se manifiesta en la historia, máxime cuando descubren que la broma pesada del pegamento no reclama sino una atención hacia la campiña inglesa, camino de despoblarse y de perder no ya la identidad, sino la propia supervivencia. Es impactante, por ejemplo, la secuencia en la que el juez habla con la joven en unas hierbas en la ladera de una montaña cercana a la ciudad, y ambos se recuestan entre ellas para no ser descubiertos por los dos sargentos que continúan su eterno diálogo poco antes de echarse a correr ladera abajo. «A su edad no creía en nada, ahora solo creo en los milagros», le dice el juez a la joven voluntaria para trabajar en el campo como parte de la contribución de la mujer al esfuerzo bélico. Parecen, los cuatro personajes, en ese momento, fruto de la propia tierra que pisan, a juzgar por el modo como «sienten» la naturaleza donde se recrean. A mí, particularmente, me ha gustado la relación del sargento usamericano con los niños de la localidad, quienes juegan a la guerra del tal manera que me ha parecido estar viendo una anticipación de La guerra de los botones, de Yves Robert. La historia de la joven que acompaña a los dos sargentos tiene una innegable fuerza dramática, porque ella sí que pretende arraigarse en la localidad, desfigurada por los bombardeos alemanes, a raíz de unas vacaciones en una caravana de las que disfrutó tiempo atrás. Ahora, heredera de la caravana, pretende congraciarse con su pasado, una vez que el presente de la guerra le ha arrebatado a su novio, cuya familia la menospreciaba por ser una dependienta. Como era de suponer, el desenlace de la película tiene como escenario la Catedral, y es bien curioso, al respecto, el diálogo entre los dos organistas, el sargento y el titular de la catedral. Como todos os diálogos de la película, está lleno de ese ingenio y buen humor que veremos a lo largo de toda la película. Como el sargento parte para la guerra, el titular l3e dice que toque él y le invita a demostrar lo que sabe, «pero no el ponga mucho swing», le advierte. La conjunción de la música de Bach y el movimiento de la cámara en el interior de la catedral es otro de esos momentos felices de los muchos que hay en esta película, aparentemente «menor», pero llena de un amor a la vida y una esperanza en la bondad del ser humano que me parece casi necesario verla urgentemente.


Título original: I Know Where I'm Going!

Año: 1945

Duración: 92 min.

País: Reino Unido

Dirección: Michael Powell, Emeric Pressburger

Guion: Michael Powell, Emeric Pressburger

Reparto: Wendy Hiller; Roger Livesey; Finlay Currie; Pamela Brown; John Laurie; Norman Shelley; Nancy Price; Catherine Lacey; George Carney; Petula Clark.:

Música: Allan Gray

Fotografía: Erwin Hillier (B&W).


De Sé a dónde voy no creo que pueda añadir nada distinto de lo que dije en su día en la crítica con la que la celebré en este Ojo:

https://elojocosmologicodejuanpoz.blogspot.com/search?q=S%C3%A9+a+d%C3%B3nde+voy

 




Título original: Black Narcissus

Año: 1947

Duración: 100 min.

País: Reino Unido

Dirección: Michael Powell, Emeric Pressburger

Guion; Michael Powell, Emeric Pressburger. Novela: Rumer Godden

Reparto: Deborah Kerr; Sabu: David Farrar; Flora Robson; Kathleen Byron; Jean Simmons; Jenny Laird; Esmond Knight; Judith Furse; Ley On; Eddie Whaley Jr.; Nancy Roberts; Shaun Noble; May Hallatt.

Música: Brian Easdale

Fotografía: Jack Cardiff.


Narciso negro, película que acabo de ver, movido, como las que no había visto, por el emotivo documental de Scorsese sobre la pareja de realizadores, me ha parecido la obra maestra que todos los críticos reconocen que es. Se trata, además, de un prodigio de producción, en tiempos en los que ni se soñaba con los recursos cibernéticos, porque, transcurriendo la historia en un monasterio tibetano, anteriormente un burdel de las concubinas del General de Mopu, la película fue rodada íntegramente en Gran Bretaña, en estudio y en lugares no mu distantes de Londres, sin que la película pierda en ningún momento el sagrado principio de verosimilitud del que tantísimas producciones de nuestro tiempo se apean, a pesar de los recursos disponibles, o quizás precisamente por ello, y el progresivo anquilosamiento de la imaginación creadora. La historia, tan colonial como atractiva, tiene que ver con el encargo que reciben las monjas de una congregación para hacerse cargo de un monasterio donde, además de rendir culto a dios, han de abrir un dispensario médico y una escuela para los niños de Mopu, en un esfuerzo del General gobernante para instruir a sus gentes, animado por las sugerencias del influyente inglés que lo aconseja en la gobernación, Mr. Dean,  un hombre de indudable atractivo que provocará una alteración capital en la vida del convento, quien choca contra la priora, encarnado por Deborah Kerr y atrae irresistiblemente a la hermana Ruth, maravillosamente fotografiada por Powell e interpretada por Kathleen Byron, con unos primerísimos planos que forman parte de la historia del cine,  cuando aún Bergman, Música en la oscuridad, no ha explotado, como luego lo haría, hasta sus últimas consecuencias ese recurso fílmico.

La puesta en escena de Narciso negro —el título alude a una marca de perfume, Caron Narcisse Noir, lo que nos pone en la lista del choque entre la castidad y la lascivia que supondrá un fuerte choque para las mentalidades pacatas de la época en que se filmó— en la recreación del monasterio que había sido mansión de los placeres para el padre del actual General es de una calidad como pocas veces se habrá visto en la pantalla. Las salas, las pinturas, las ventanas, la perspectiva mágica de los encuadres que consigue la cámara dejan al espectador boquiabierto ante tanto arte, ante tante exquisitez y delicadeza, ¡y no digamos el vuelo de los hábitos blancos de las hermanas en esos espacios! El consejero británico del General, interpretado por David Farrar, es un elemento de involuntaria «discordia» que, de forma pasiva, porque no toma en ningún momento la iniciativa de asedio a ninguna de las mujeres que habitan en el monasterio; de forma pasiva, decía, suscitará los deseos carnales de una hermana, hasta conseguir que renuncie a sus hábitos y se le ofrezca en forma mundana, con un poder lascivo de seducción que la cámara, el maquillaje y el color elevan hasta la excelencia. Reconozco que la indumentaria de Mr. Dean, vestido siempre con unos pantalones cortos muy sucintos, para unas piernas que tampoco son el colmo de la tentación, para qué vamos a negarlo —y a lo mejor por ello en Su peor enemigo, representa a un artificiero con una pierna ortopédica, siempre vestido de pantalón largo, por supuesto…— me distancio no poco de su papel y de lo que representaba en términos de «modernidad» para la población remota donde transcurre la acción. Recordemos que los niños van a la escuela porque el General paga a las familias para que los lleven, y que entre ellos destacarán dos sobre todos: una jovencísima Jean Simmons, en el papel de una protegida del General para que su naciente sexualidad no la lleve por donde no debe, y el hijo del General, interpretado por Sabu vitalísimo, quien quiere adquirir todos los conocimientos que pueda, pueda o no. La película se ciñe a la vida cotidiana en el monasterio y a los conflictos de todo tipo que van surgiendo, para los que la hermana superiora, la hermana Clodagh, ha de proveer solución, si bien no puede impedir que el deseo sexual acabe apoderándose de la hermana Ruth y que esta le plante cara en su «conquista» de Mr. Dean, porque sabe que ella, Clodagh, también está enamorada del consejero. La película recuerda, en flash back, que la hermana superiora tuvo un amor fracasado antes de entrar en la orden, un recuerdo que la acompaña siempre, pero que no le impide cumplir con sus responsabilidades presentes; recuerdos que, por cierto, fueron censurados en la edición de la película en Usamérica. Dean ya le avisa a la  hermana Clodagh de que los monjes que ocuparon su lugar acabaron yéndose con la llegada de los monzones, y a ella y sus compañeras les augura lo mismo, con la pose cínica y agnóstica con que contempla los esfuerzos apostólicos de las religiosas. La película nos cuenta la historia de ese fracaso con un color incomparable —y pienso ahora en la primera película en color de Ford, Corazones indomables, que impresionó tanto al director que le impidió volver a rodar en color, persuadido de que no podría superar la belleza del de esa película— y con una atención a los detalles y a la construcción de los personajes que ninguno nos pasa desapercibido, y menos aún el estrafalario de la mujer que cuida del lugar o del niño pequeño que es puesto a servicio de las monjas como ayudante, cuya naturalidad y desparpajo le hace apropiarse de no pocas escenas. Son los primeros planos de la pulsión sexual de la hermana Ruth los que se llevan la palma de la realización, sin duda, pero el momento culminante de la película es el enfrentamiento a muerte entre las hermanas Ruth y Clodagh en una escena absolutamente hitchcockiana al borde del precipicio donde está instalada la campana del monasterio. ¡Hay que verla! De nada vale describirla. Ninguna palabra es capaz de traducir esa secuencia. Y, como ella, tantas otras de una película a la que cabe, con todos los honores, el calificativo de «magnética». Recordemos, a título no precisamente anécdótico,  que al frente de la fotografía en la película está Jack Cardiff, quien luego fue director de obras como El soñador rebelde o Último tren a Katanga...


Título original: The Red Shoes

Año: 1948

Duración: 133 min.

País: Reino Unido

Dirección: Michael Powell, Emeric Pressburger

Guion; Emeric Pressburger

Reparto: Anton Walbrook; Moira Shearer; Marius Goring; Leonid Massine; Albert Basserman; Robert Helpmann; Ludmilla Tcherina; Esmond Knight.

Música: Brian Easdale

Fotografía: Jack Cardiff.


Para Las zapatillas rojas, su indiscutible obra maestra, en la que unen estrechamente la música, la danza, la interpretación y las consiguientes innovaciones técnicas en la realización de las secuencias de baile, voy a remitirme, de nuevo, a la crítica que hice en este Ojo, porque mi deslumbramiento fue entonces el mismo de ahora, indeleble:

https://elojocosmologicodejuanpoz.blogspot.com/search?q=Las+zapatillas+rojas



Título original: The Small Back Room

Año: 1949

Duración: 106 min.

País: Reino Unido

Dirección: Michael Powell, Emeric Pressburger

Guion: Michael Powell, Emeric Pressburger. Novela: Nigel Balchin

Reparto: David Farrar; Kathleen Byron; Jack Hawkins; Leslie Banks; Michael Gough; Cyril Cusack; Milton Rosmer; Walter Fitzgerald; Emrys Jones; Michael Goodliffe; Renée Asherson; Anthony Bushell; Patrick MacNee; Robert Morley.

Música: Brian Easdale

Fotografía: Christopher Challis (B&W).


Su peor enemigo es, acaso, la obra más «oscura» de Los Arqueros. Decididamente morbosa y claustrofóbica, porque nos sentimos atrapados en el interior de una persona discapacitada físicamente —ha perdido una pierna en su desempeño como artificiero—, resentida, desengañada, desesperanzada y nihilista, que ha decidido hundirse en el alcoholismo contra el que, con la ayuda de la mujer con quien convive, casi de forma clandestina, porque son compañeros de trabajo, lucha con denodados esfuerzos que no son suficientes para vencer en esa batalla, en la que lleva la peor parte, en que su debilidad le ha puesto. El ingeniero Sammy Rice trabaja en una oficina en la que se desarrollan proyectos de nuevas armas que colaboren en el esfuerzo bélico, se trata, pues, de una visión de la guerra desde la retaguardia, desde el entramado burocrático que administra los recursos y el ingenio con que hacer frente al desafío alemán. Y el retrato de la comisión político-militar que ha de informar sobre los trabajos de esa oficina donde se gestan los proyectos de armamento es de una finísima ironía que deja tocado el propio sistema. Pero más allá de ese desempeño nacional, lo importante de la película es la trayectoria personal de quien, teniendo constantemente la tentación al lado, lucha contra la adicción con un talante sombrío que solo halla recompensa en el amor con que su compañera lo ayuda y protege, hasta que una recaída la aleja de él. Y en esa recaída hallamos la parte sustancial de la película, porque los Arqueros han filmado una suerte de delirio alcohólico con imágenes distorsionadas que reflejan a la perfección el grado de enajenación a que conduce la tentación imposible de resistir.  El hombre aguanta durante casi toda la película, hasta que la depresión de su ánimo le hace imposible luchar contra la necesidad de alimentar su drogadicción como medio para olvidar la amputación de una de sus piernas. La película cuenta con un reparto de primer orden, porque la compañera es Kathleen Byron y el ingeniero, David Farrar, quienes repiten colaboración, tras Narciso negro. A ellos ha de sumarse dos apariciones de mucho peso: Jack Hawkins, perfecto protagonista de la magnífica película de Ford, Un crimen por hora, algo así como 24 horas en la vida den un inspector de Scotland Yard, y Cyril Cusack, inolvidable protagonista de Fahrenheit 451, entre otras.

El desenlace tiene que ver con el arrojo del artificiero para tratar de desactivar explosivos lanzados por los alemanes, ubicados en una playa donde se expone a un accidente como el que lo privó de una de sus piernas. Ya lleva sobrio una temporada, pero, aunque ha rehecho su vida profesional, no ha ocurrido lo mismo con su vida amorosa, pero… y ahí pueden disfrutar los espectadores de un final como mandan los cánones del optimismo «a prueba de bombas»…


Título original: Gone to Earth

Año: 1950

Duración: 110 min.

País: Reino Unido

Dirección: Michael Powell, Emeric Pressburger

Guion: Michael Powell, Emeric Pressburger. Novela: Mary Webb

Reparto: Jennifer Jones; David Farrar; Cyril Cusack; Sybil Thorndike; Frances Clare; Hugh Griffith; George Cole; Beatrice Varley; Valentine Dunn; Owen Holder; Esmond Knight;

Edward Chapman; Daniel Stephens.

Música: Brian Easdale

Fotografía: Christopher Challis.

 


Corazón salvaje es el título en español que se usa para dos versiones, una inglesa y la otra usamericana, Gone to Earth y The Wild Heart, que tuvo esta película producida por David O’Selznick, el mítico productor de Lo que el viento se llevó, de Victor Fleming, y marido de la actriz protagonista de la película de Los Arqueros, Jennifer Jones. El título inglés procede de la práctica de la caza del zorro e indica cuando el zorro, descubierto, se esconde bajo un arbusto para pasar desapercibido. La película inglesa, la que yo he visto, fue del desagrado del productor usamericano porque se potenciaba más el lado telúrico de la historia, filmada en paisajes naturales de Gales, Shropshire, que era la tierra de la familia Powell,  que la peripecia vital de la protagonista. Llevados a juicio Los Arqueros, el productor perdió el juicio, pero el contrato le otorgaba prerrogativas para modificar la película en su estreno en Usamérica, y es lo que hizo, dirigiendo Robert Mamoulian los añadidos y añadiendo narración en off con la voz de Joseh Cotten.

Jennifer Jones encarna a la exótica gitana Hazel, que vive con su padre, un arpista y colmenero, incapaz de controlarla. La esplendorosa y seductora joven despierta la libido del terrateniente de la zona, quien vive solo con un criado que recuerda, por su interpretación, al criado de El jovencito Frankenstein, de Mel Brooks, Marty Feldman. Quien se acerca a la joven con intención de desposarla es el nuevo pastor de la parroquia, un Cyril Cusack de espíritu renovador que va a chocar con sus feligreses cuando decide casarse con la joven Hazel, a quien todos consideran poco menos que una bruja, como lo fue su madre, de quien ella heredó un libro de hechizos que suele consultar como un vademécum para tomar sus decisiones vitales. La película se abre con la carrera desesperada que emprende Hazel para salvar a su zorro, criado por ella desde recién nacido,  de la amenaza de los perros de la batida de caza. Pocas veces la campiña inglesa ha sido fotografiada como en esta película, y los planos intercalados de la fauna del lugar,  que tanto recuerdan los de una película que probablemente se inspirara en esta, La noche del cazador, de Charles Laughton, nos revelan bien a las claras que la protagonista de  esta película es más la propia naturaleza que Hazel, aunque esta, ha de considerarse una «emanación» de la otra. Y solo hay que ver esos planos del paisaje en el que este parece que hable, a juzgar por como el viento o las nubes forman mensajes como quien formula presagios. Como el pastor observa, tras casarse con ella, una severa castidad inicial, el terrateniente juega sus bazas y la seduce, no sin ejercer una medida violencia que se ajusta como un guante a las necesidades insatisfechas de la recién casada y preterida. Desde ese momento en adelante, el triángulo amoroso que se establece en términos de posesión, dominación y admiración va a sufrir diversos avatares que nos descubrirán transformaciones en los tres personajes, el párroco, la gitana y el noble, de tal manera que los tres perderán todo rastro de inocencia que en uno u otro grado pudiera haber habido en ellos. El primero se enfrentará a su madre ultraprotectora y la forzará a dejar el hogar familiar; Hazel descubrirá la hombría de bien del párroco, y en el tercero descubriremos el agresivo talante de su lascivia ultraposesiva, que lo lleva a considerar a Hazel un objeto de su propiedad. Con todos estos ingredientes es difícil esperar un desenlace feliz, porque todos parecen haber pecado, por exceso o por defecto. La naturaleza será, en última instancia, juez en los asuntos humanos y árbitro de sus disputas y transgresiones.



Título original: The Tales of Hoffmann

Año: 1951

Duración: 133 min.

País: Reino Unido

Dirección: Michael Powell, Emeric Pressburger

Guion: Michael Powell, Emeric Pressburger. Libreto: Dennis Arundell. Texto: Jules Barbier. Historias: E.T.A. Hoffman

Reparto: Moira Shearer; Leonid Massine; Robert Helpmann; Robert Rounseville; Anne Ayars; Pamela Brown; Frederick Ashton; Lionel Harris; Mogens Wieth.

Música: Richard Wagner

Fotografía: Christopher Challis.


Los cuentos de Hoffmann es la adaptación al cine de la famosísima opereta de Jacques Offenbach, aquí los autores han disociado la representación de la voz y, al final de la película se muestra, en debido homenaje, al actor y al intérprete vocal, quienes se saludan ceremoniosamente, como agradeciéndose la parte de cada cual. Súmese a todo ello la importancia de una puesta en escena y un vestuario de fábula y tendremos lo que podríamos llamar una «perfecta ceremonia del arte total». La realización en estudio  permite osadías de encuadres e iluminaciones en las que el dúo creativo han demostrada sobrada eficacia, y momentos hay en los que se nos viene a la memoria audacias como la del mar de Federico Fellini en su versión libérrima de Casanova, que no en vano se titula El Casanova de Federico Fellini, algo así como Los sueños de Kurosawa. Vaya por delante que esta es la única película del dúo que exige una devoción al arte e la ópera para poder disfrutar de ella, dado su carácter de representación fiel de la ópera. La música, por lo tanto, es parte definitiva de la representación y ha de formar parte, su degustación, de los hábitos de los espectadores, Con todo, hay piezas, como la famosa Barcarola, que recordarán incluso los no aficionados a la ópera, porque se trata de una de esas composiciones cuyo éxito va más allá de la propia ópera, como la no menos famosa habanera de Carmen, de Bizet.

Los tres actos de la ópera giran en torno a los amores de Hoffman y el destino trágico de todos ellos. La primera mujer, Olympia, es una marioneta y ese acto recuerda una película mágica de Lubitsch, La muñeca, que parece inspirada en la ópera de Offenbach. El segundo gira en torno a Antonia, una cantante que, por su enfermedad, no puede cantar, aunque, animada a hacerlo, por el malvado que persigue a Hoffmann, aquí encarnado por un excelente Léonide Massin, quien fuera rival en su día de Nijinski y coreógrafo y bailarín del famoso ballet ruso de  Diaghilev, acaba muriendo. El tercer acto, que transcurre en Venecia, tiene a Giulietta como protagonista, quien abre el acto con la célebre Barcarola, que en principio no fue escrita para esta obra, al parecer, sino para otra, Las hadas del Rin; pero como la ópera de Offenbach la dejó inacabada su autor, capítulo aparte merecería lo que los continuadores de la isma han hecho con ella. El caso es que en este acto, en el que entra en juego el tema de la sombra perdida, según el conocido cuento de Adelbert von Chamisso, Peter Schlemihl, el príncipe del mal que quiere vengarse de Hoffmann se bate en brillante duelo con él en una góndola, una secuencia tan impactante como la recreación del mundo veneciano.

Insisto, no obstante, en que se trata de una película hecha propiamente para los amantes de la ópera, pero confieso mi esperanza en que bien pudiera ser que se trate de una película que mueva a los espectadores a acudir a los coliseos operísticos para disfrutar de ese arte total que es la ópera. ¡Que así sea!

lunes, 17 de febrero de 2025

«La infiltrada», de Arantxa Echevarria o la memoria histórica.

 

Excelente dominio de la tensión narrativa para una historia «necesaria».

 

 

Título original: La infiltrada

Año: 2024

Duración: 118 min.

País: España

Dirección: Arantxa Echevarria

Guion: Arantxa Echevarria, Amèlia Mora. Idea: María Luisa Gutiérrez

Reparto: Carolina Yuste; Luis Tosar; Iñigo Gastesi; Diego Anido; Víctor Clavijo; Nausicaa Bonnín; Pepe Ocio; Jorge Rueda; Carlos Troya; Pedro Casablanc; Asier Hernández; Yune Nogueiras; Jorge Monje; Javier Barandiaran; Chechu Salgado; Javier Tolosa; Luisa Merelas; Isidoro Fernández; Leire Ruiz; Unai Arana; Gaizka Sarasua; Iñigo Azpitarte; Tatán; Adrián Santos; Carlos Heredia; Vito Rogado; Héctor Melgares; Esti Curiel; Helena Dueñas.

Música: Fernando Velázquez

Fotografía: Javier Salmones, Daniel Salmones.

 

          Con el único precedente de El Lobo, de Miguel Courtois, como policía infiltrado en Eta, Arantxa Echevarria ha rodado esta película en la que se nos cuenta y descubre al tiempo una historia: la de la única mujer policía infiltrada en ETA, bajo el alias de  Aranzazu Berradre Marín,  Arantxa en la película, y colaboradora decisiva para la desarticulación del sangriento comando Donosti, hechos que se recogen con magnífico pulso narrativo en la película, cuyo progreso hacia el thriller político va avanzando con paso firme desde la aparición del etarra Kepa Etxeberrua Saragzasu y de forma casi volcánica desde la irrupción en escena del peligrosísimo Sergio Polo Escobes, cuya entrada en la trama acerca la película más a un thriller con psicópata incluido que al mundo del terrorismo, en lo cual tiene un papel decisivo su intérprete: Diego Anido, tan injustamente tratado en los Goya como el otro «malo» canónico de esta edición: Urko Olazabal, aunque entre ellos hubiera debido disputarse el galardón al mejor actor secundario, sin duda.

Aunque las comparaciones se ha prescrito que son odiosas, he echado de menos la ambientación en el ideario de la banda que se producía en El Lobo, y que daba a entender con notable profundidad el alienado delirio ideológico de la banda terrorista, aquí reducido al retrato de dos asesinos de muy diferente calaña, con quienes, en un acto de profesionalidad extrema ha de convivir la policía infiltrada para asegurar su inmaculada pertenencia al grupo terrorista, aunque sea en calidad de infraestructura necesaria. En ese cometido, Carolina Yuste sobresale con excelencia, y modula perfectamente la progresión hacia la desesperación y el asco que necesariamente hubo de sufrir la verdadera infiltrada, incapaz, además, de la más mínima compensación emocional, porque su jefe, el único ante quien responde, solo la ve como policía, jamás como la mujer que es. El temple de aquella mujer sí que puede considerarse heroico, y no esos destripanucas a los que buena parte del pueblo vasco celebra en inmorales actos de homenaje que la colaboración de los herederos de aquella ETA con el gobierno socialista que los necesita para mantenerse en el poder ha dejado impunes y sin reproche penal por enaltecimiento del terrorismo, que es lo que, en el fondo y en la superficie, son.

          Lo sorprendente, para muchos espectadores, habrá sido no tanto la rivalidad entre la Policía Nacional y la Guardia Civil, cuanto el despliegue de operaciones camufladas contra el terrorismo llevadas a cabo sin levantar la mas mínima sospecha. Ese otro lado de la lucha antiterrorista que, obviamente, ni podía ni debía ser noticia. El grado de profesionalidad, salvo las chapuzas de rigor e inevitables, no tiene nada que envidiar al que hemos visto en muchas películas usamericanas, y ello contribuye a la vivencia de lo narrado como si el espectador fuera parte activo del dispositivo.

          Aunque la responsable de meternos empáticamente en esa situación corresponde casi en exclusiva al magnífico papel de Carolina Yuste, quien ha sabido matizar el progreso hacia el agotamiento y el asco hacia sus compañeros de «banda» con una maestría interpretativa ya acreditada en otras películas anteriores. Las dos ultimas en que la he visto, Saben aquel…, de David Trueba, y Chinas, de Arantxa Echevarria. Pero la directora ha sabido escoger espacios y planos que convierten la película en una admirable sucesión de secuencias intensas de mucho fuste. No hay más que recordar el momento en que la infiltrada desvía el coche para que el sanguinario terrorista guarde la pistola en el maletero y este la hace salir del coche y él, tras hacer lo mismo, se dirige a ella, la pistola por medio, por encima del techo del vehículo…, o la más previsible de la copia del contenido de la carpeta con los objetivos de la banda, quizá más estandarizada, pero no menos efectiva.

          La película está llena de detalles muy cinematográficos, esto es, no se requiere ninguna argumentación para comunicar exactamente ciertos aspectos de la realidad que no precisan sino un par de planos cuya expresividad lo dice todo. Llega la infiltrada y ve la cocina patas arriba, después se acerca al salón y ve a los dos terroristas viendo la televisión con la mesita de comedor hecha una porquería: los asesinos tienen una clarísima idea de cuál es el puesto y la función de una mujer en su vida, desde luego.

          Por el lado del dispositivo policial, destaca la interpretación, acaso un pelín sobreactuada, de Víctor Clavijo, muy destacado intérprete de otra película antigoyesca, a juzgar por su preterición, La espera, de F. Javier Gutiérrez, una suerte de actualización sobrenatural de Los santos inocentes, de Camus, factor que me disuadió, en su momento, de hacer la crítica, porque, a mi juicio, echa a perder una excelente historia que no necesitaba ese «toque satánico» para conquistar a los espectadores. Con todo, tanto él como el resto del dispositivo policial se mueven en unos niveles de interpretación que nos permiten acercarnos a lo que fue trabajar policialmente en las vascongadas en aquellos años del terror, que tanto todos sufrimos, en cualquier lugar de España, y me viene ahora mismo a la cabeza, a título de ejemplo, que la banda fuese hasta Viladecaballs, recóndito municipio catalán, para asesinar al concejal del PPC, Francisco Cano, como si de una macabra lotería del terror lo hubiera determinado.

          Si algún pero pudiera ponérsele a la visión que nos da la película del terror de ETA es la ausencia de un retrato de la sociedad vasca cuyo silencio y/o complicidad con «esos chicos», que decía Arzalluz, tanto contribuyó a su perduración. Aún está por filmarse esa película, sobre esa suerte de comprensión antropológica de la violencia que acaso pudiera ser una adaptación de la novela de Raúl Guerra Garrido, Tantos inocentes, donde mejor he leído yo ese retrato. Ahí lo dejo, pero conviene recordar que, antes de morir, Patrice Chéreau tanteó, al decir de Guerra Garrido, esa posibilidad…

         

jueves, 13 de febrero de 2025

«The Brutalist», de Brady Corbet o la megalomanía.

 

La lucha entre la libertad del artista y el poder del mecenas con ecos de El manantial.

 

Título original: The Brutalist

Año: 2024

Duración: 215 min.

País:  Estados Unidos

Dirección: Brady Corbet

Guion: Brady Corbet, Mona Fastvold

Reparto: Adrien Brody; Felicity Jones; Guy Pearce; Joe Alwyn; Raffey Cassidy; Stacy Martin; Isaach de Bankole; Alessandro Nivola; Emma Laird; Jonathan Hyde; Jaymes Butler;

Peter Polycarpou; Jeremy Wheeler; Matt Devere; Stephen Saracco; Robert Jackson; Zephan Hanson Amissah.

Música; Daniel Blumberg

Fotografía: Lol Crawley.

 

          Es difícil hurtarse, cuando se va a una película de estreno, a las muchas opiniones que lo rodean a uno y de las que se entera aunque no quiera, porque, inconscientemente, se va asumiendo una posición favorable, adversa o indiferente que pesa sobre nuestro propio visionado, aunque, como bien saben los frecuentadores de este Ojo, si de algo me precio es de sentarme en mi butaca y olvidarme de todo para meterme virginalmente en la historia que se me cuenta.

          Lo primero que descubres es el caos en un espacio indefinido, del que solo sales a la luz del día para encontrarte, como un guiño lejanísimo al Planeta de los Simios, con la estatua de la libertad tumbada, y haces tuya esa metáfora; del Caos a la libertad o, al menos, a la tierra donde esa promesa suele tener más visos de poder realizarse, siempre y cuando tú te labres tu futuro.

          No tardaremos en saber que el personaje, un exiliado de la guerra en Europa, ha dejado a su mujer al otro lado del mar y que él ha de ganarse la vida de la manera más humilde que pueda, porque poco sabemos de su pasado en esos primeros momentos. Cuando logra reunirse con un primo suyo, naturalizado ya usamericano, quien le facilita alojamiento y le ofrece trabajar con él en su casa de muebles, descubrimos, gracias a un encargo hecho por los hijos de un magnate, que el protagonista tiene conocimientos de arquitectura y que, en consecuencia, acepta el encargo de «crear» una biblioteca para el padre del hijo que le hace la comanda, con un plazo, además, que no puede superarse, para que funcione el efecto sorpresa. Lo primero que se ha de reconocer es que el diseño de la biblioteca es absolutamente cautivador, y que las estanterías movibles que se cierran contra la pared para, así, evitar, el polvo y el desgaste de la luz sobre la frágil materia de celulosa de los libros, es como un sueño hecho realidad. La ubicación de la silla Bauhaus en medio de la sala, con la austeridad propia de aquellos diseños entre artísticos y funcionales, acaba de redondear lo que, para cualquiera, ha de ser una obra de arte. Todo, sin embargo, acaba mal, porque el magnate, cuya madre está agonizando, llega antes y se encuentra con la casa patas arriba. Desenlace: abomina del diseño y su hijo se niega a pagar el encargo.

          La vida de un emigrante no es fácil, y ello se recoge perfectamente en la película, en la que el personaje duerme en los dormitorios en los que se alquila una cama y se ha de estar todo el día fuera, en la calle, antes de volver a usarla. Haberse hecho con un poco de dinero, le permite, en compañía de un negro con quien estrecha la amistad, que lo acompañará prácticamente hasta el final de la historia, frecuentar los clubes donde suena el jazz que el personaje ya conocía de los años 20 y 30 alemanes, en los que se convirtió en una música popularísima en Alemania y, principalmente, en los cabarets de Berlín, y donde puede conseguir la droga, a la que se ha vuelto adicto.

          En una escena que, quiérase o no, recuerda la de El manantial, cuando Gary Cooper está trabajando en una cantera y la hija del magnate lo «descubre», y se siente físicamente atraída por él, nuestro protagonista trabajaba también acarreando carbón cuando es «descubierto» por el magnate que lo había echado de su mansión. Ahora llega, sin embargo, con la esperanza del reconocimiento en las manos y con la admiración hacia el artista no reconocido en su momento. Aparentemente no parece haber ninguna atracción física, pero será cuestión de tiempo. El magnate y el artista, el mecenas y el siervo ilustrado, forman una pareja tradicional en el desarrollo del arte en Occidente, y gracias a ese entendimiento, lleno de tiranteces, tenemos hoy buena parte del patrimonio artístico europeo que tenemos, está claro. La relación de poder, por lo tanto, va a ocupar un espacio central en una relación que, para bien y para mal, condiciona el desarrollo de la historia, dado que el protagonista se instala en la mansión del magnate y puede, gracias a las relaciones de este con gente importante en las esferas gubernamentales, acelerar los trámites para que su mujer pueda entrar en el país.

          No descubro nada a nadie si digo que el título de la película hace referencia a un movimiento arquitectónico que usaba el hormigón como material básico para sus construcciones, el mismo que va a usar el arquitecto de nuestra historia para construir el edificio polifuncional,  memorial religioso incluido, que decide erigir en recuerdo y memoria de su madre el magnate en los terrenos de su propiedad. Quien entre en Madrid por la autovía que viene de Guadalajara, puede observar, a su derecha, un edificio alto, de apariencia cilíndrica, construido en hormigón, me refiero a Torres Blancas, del arquitecto Sáenz de Oiza, en su momento, una obra emblemática de ese movimiento, y hoy una novedad radical que sigue conservando el encanto de su atrevimiento formal.

          Cuando regresa la mujer, en una silla de ruedas por la osteoporosis agravada a causa de la muy deficiente alimentación durante el tiempo de guerra, la historia dará un giro hacia el análisis psicológico que se alternará con el proceso de construcción del  magno edificio que, como siempre ha ocurrido, recibirá tantos aplausos como furibundas críticas. La madre llega con la sobrina que cuida de ella, y no tardaremos en ver cómo el hijo del magnate inicia un acoso que no se consuma, y de quien sabemos, muy veladamente, que su hermana ha sufrido un incesto o un intento de, porque la conversación no termina de dejarlo claro. En todo caso, la familia del magnate acaba ofreciendo la impresión de estar construida desde la amoralidad propia de las clases poderosas. La sobrina, sin embargo, muda profunda, a pesar de saber inglés, como lo domina la mujer del arquitecto, que estudio en Oxford, razón por la que el magnate quiere buscarle un empleo en Nueva York, acaso para que no distraiga a su «protegido», acaba emparejándose con un joven judío y deciden irse a vivir a Israel, aunque eso ocurre cuando, tras ser expulsado por el magnate, ha de sobrevivir en Nueva York como diseñador. De forma temporal, porque, finalmente, el magnate decide acabar la obra empezada y vuelve a contratar al artista, quien es muy otro  de quien fue, a tenor de las duras experiencias vividas.

          En esta segunda etapa de la construcción, y en el viaje a Italia para escoger el mármol que requiere la construcción, vemos las imágenes más hermosas de toda la película: las canteras de mármol de Carrara, famoso en todo el mundo. Como me decía mi Conjunta, las tomas de esas canteras recordaban las fotografías de Salgado, y es precisamente junto a la belleza absoluta cuando sucederá la infamia absoluta, aunque rodada con enorme discreción, de tal manera que puede pasar desapercibida al espectador que tenga un momento de despiste.

          Ya entiendo que el cierre redondo de la historia exige un final como el que tiene, pero a mí me parece muy flojo, acaso porque, a cierta edad, los homenajes a los artistas resultan innecesarios, y, para el espectador de una vida tan emocionalmente agitada y tan artísticamente perturbadora, lo sustancial está mucho antes. Desconcierta ese anticlímax como broche de una narración magníficamente interpretada por Brody, aunque sobreactuada en algunos momentos, y llena de secuencias que no dejan lugar a dudas sobre la dureza de la vida de los inmigrantes, la incomprensión frente al judaísmo profesado por el protagonista —la condición de judío será uno de los motivos alegados para encargarle la erección de un memorial cristiano— y las difíciles relaciones con su mujer —¡magistrales las escenas íntimas entre los dos!— y con el magnate. Comentario  aparte merece la ambigüedad de la relación del artista con su primo y la mujer de su primo, sobre todo porque este usa un supuesto acoso de su huésped a su mujer, cuando, en realidad, ha sido él quien ha «incitado» a su primo a estrechar contacto con ella.

          Aun teniendo una opinión muy favorable de la película, también me parece que el protagonista no acaba de estar bien perfilado, aunque sí su travesía existencial. Sabemos, en realidad, poquísimo o nada de su mundo interior, lo cual redunda en la distancia con que asistimos a no pocas de sus reacciones. En conjunto, la obra es sólida y merece ser vista, pero la fama «bauhausiana» no llega a la altura del discurso individualista libérrimo de El manantial, de Vidor, me parece.

         

miércoles, 12 de febrero de 2025

«R.M.N.», de Cristian Mungiu y «Blackbird, Blackberry», de Elene Naveriani, cine de las dos orillas del mar Negro: la europea y la exsoviética.

 

Título original: R.M.N.

Año: 2022

Duración: 128 min.

País:  Rumanía

Dirección: Cristian Mungiu

Guion: Cristian Mungiu

Reparto: Marin Grigore; Judith State; Macrina Bârlădeanu; Orsolya Moldován; Rácz Endre;

József Bíró; Ovidiu Crisan; Zoltán Deák; Cerasela Iosifescu; Andrei Finti; Bacs Miklos; Alin Panc; Victor Benderra; Amitha Jayasinghe; Gihan Edirisinghe; Nuwan Karunarathna;

Kovacs Levente Jr.; Varga Csilla; Orban Attila.

Fotografía: Tudor Vladimir Panduru.

 





Título original: Shashvi shashvi maq'vali

Año: 2023

Duración: 110 min.

País: Georgia

Dirección: Elene Naveriani

Guion: Nikoloz Mdivani, Elene Naveriani. Novela: Tamta Melashvili

Reparto: Eka Chavleishvili; Temiko Chichinadze

Fotografía: Agnesh Pakozdi.

 

Un estudio de carácter  y un diagnóstico del  multiculturalismo europeo.

 

          El séptimo arte acaso sea el más propicio para el afán viajero, antropológico y sociológico, porque te permite acceder a geografías, culturas y conflictos que, pareciendo lejanos, son, sin embargo, universales. Yo siempre he partido de la traducción del axioma futbolístico de Vujadin Boskov, el entrenador serbio del Real Madrid: «fútbol es fútbol», aplicado al cine: «cine es cine», para sentarme ante cualquier propuesta de cualquier sitio sobre cualquier asunto y con cualesquiera intérpretes. A la que se queda la sala de cine o la sala de estar a oscuras  y se ilumina el ojo cosmológico, me convierto en un viajero que no pierde comba de cuanto ve no solo con los ojos muy abiertos, sino también con la más abierta mentalidad y, a ser posible, con ausencia total de cualquier prejuicio: ni asisto prevenido ni doy nada por descontado; sencillamente me dejo llevar y disfruto, aunque la propuesta no acabe siendo de mi gusto, ¡pero habrá sido tanto lo que se me haya dado a conocer!

          En dos países ribereños del Mar Negro, en el lado europeo y en el lado asiático, dos películas muy distintas: una de Turquía y la otra de Georgia. Se trata de dos filmografías cuyos estrenos, si llegan, desaparecen muy pronto de las carteleras. En su momento, 4 meses, 3 semanas, 2 días, también de Mungiu, llegué a verla en el cine, una impresionante película sobre el aborto en la Rumanía de Ceaucescu que nada tenía que ver, por supuesto con la usamericana Amores con un extraño, de Robert Mulligan, de idéntico tema, y menos aún con otra, valentísima, de Jafar Panahi: El círculo, vista también en cine, curiosamente. Por la parte georgiana, solo gracias a Filmin he podido ver  una película netamente georgiana como Scary mother, de Ana Urushadzee y otra que lo es propiamente «de bandera» —que se dice de ciertos buques—, Tatami, de la pareja iranoisraelí Zar Amir-Ebrahimi, Guy Nattiv. Entrar, pues, en esos mundos apartados de los circuitos de distribución habituales permite acceder a historias que necesitamos ver, como ciudadanos del mundo que somos, y a los que ninguna filmografía les es ajena.

          R.M.N., que tanto vale «resonancia magnética nuclear»,  le practican una craneal al padre del protagonista, como una críptica RuMaNia sin vocales, como queriendo dar a entender que, sin las vocales, no hay manera de hablar ni de comunicarnos, es una película ambiciosa, con varias líneas narrativas, que nos habla de nuestro presente más inmediato y dibuja un retrato de nuestros mundos rurales europeos nada halagüeño, dada la difícil convivencia de la multiculturalidad, pero no solo con extranjeros, sino con minorías de los propios países europeos, que pueden  convivir en zonas de fronteras fluidas, como es el caso de la localidad elegida por el director, dado que en el pueblo conviven, desde siempre, húngaros, rumanos y gitanos, estos últimos despreciados por los dos primeros.

          La película arranca, sin embargo, con la violenta despedida del matadero alemán donde trabaja de un rumano visto allí como un «gitano», quien, harto de ser considerado un ciudadano de segunda, decide volver a su pueblo y retomar su vida, no se sabe si momentánea o permanentemente, en él, para «cuidar» de un hijo suyo con dificultades de habla y apegadísimo a la madre, con quien duerme, para apaciguar sus miedos. Como vive separado de su mujer, reanuda su relación con su antigua novia, quien ahora trabaja en una panificadora que, por no encontrar mano de obra disponible en la zona, se ve obligada a aceptar emigrantes, en este caso de Sri Lanka, lo que acaba provocando un estallido de racismo que condicionará la vida del pueblo, cuyos habitantes, reunidos en una tensa asamblea protagonizarán una tumultuosa sesión en la que se manifiesta en toda su crudeza la raíz poderosa del odio al otro, al diferente, al extranjero, excepto que, como sucede, sean científicos franceses que han sido destinados por la UE a llevar un control de la población de osos en esos terrenos propicios para ellos de los Cárpatos.

          La posición populista del representante del catolicismo, quien da razón a los vecinos frente a los trabajadores, forma parte de esos dos bandos en conflicto: la panificadora, que tiene todos los papeles en regla de esos trabajadores y los vecinos temerosos de ser invadidos y perder poco a poco su tranquilidad y su identidad, la muy mezclada de antiguos pobladores de Dacia, siempre propensa a ser invadida, como prueba la presencia masiva de húngaros en el pueblo, lo que incluso lleva a que un asistente a la asamblea le pida al alcalde que hable en rumano…

          La habilidad de Mungiu para no desatender esos vectores narrativos estriba en que la presencia del protagonista sirve para tejer un continuo en el que podemos pasar sin violencia narrativa ninguna de su historia de amor con la administradora de la panificadora y violonchelista a las quejas racistas de los amigos del pueblo o al conflicto de la enfermedad del padre cuya atención le supone un quebradero de cabeza, lo mismo que intentar «revertir» la muelle educación de su hijo para «fortalecerlo» frente a una realidad que puede llevárselo por delante, como el acoso escolar da a entender que puede pasar.

El protagonista, Matthias, aparece, sin embargo, casi como un testigo objetivo de lo que ocurre, excepto en el intento de reeducar a su hijo, y, de hecho, en ningún momento se le ve tomar partido activo, y sí priorizar su relación con la antigua novia, Csilla, quien, ante la deriva de los acontecimientos, acaba tomando la decisión de aceptar un trabajo en Alemania. Me parece significativo que la vuelta de Matthias suponga u enfrentamiento con una realidad cambiante, como que su antigua novia se haya hecho vegetariana, por ejemplo, y, aunque lo admite de nuevo en la intimidad de su lecho, marca una distancia con él que, metafóricamente, se manifiesta en la pieza de música que ejecuta en el violonchelo, el Tema de Yumeji, de Shigeru Umebayashi, perteneciente a la famosa película de Wong Kar-Wai, Deseando amar, una historia de amor imposible, como la suya propia.

          La acuciante realidad del miedo a la invasión de emigrantes con otras culturas, costumbre y religiones forma parte de una reflexión sobre los límites del crecimiento y la posible «desnaturalización» del continente que Mungiu afronta con serena objetividad. De hecho, la secuencia con cámara fija de la asamblea donde se discute la expulsión de los srilanqueses dura casi veinte minutos y, con la nueva composición del Parlamento europeo, no estamos lejos de que se reproduzca institucionalmente casi en los mismos términos del pueblo de la película.

          Técnicamente, la película es bastante sombría, con un color apagado que se mezcla con la nieve sin que llame la atención contraste alguno: un tono plomizo lo acoge todo con cierta frialdad, aunque la belleza de los paisajes y los planos generales, amplísimos, nos permiten percatarnos del encuadre de la población en la naturaleza que la rodea. Y en ese sentido, creo yo, ha de entenderse el «mágico» final que deja un poderoso interrogante en el entendimiento de cualquier espectador. Como en los antiguos cine fórums de la época de la dictadura, no hay espectador que no se pregunte qué querrá haber dicho con esa imagen última el director. A riesgo de equivocarme creo que quiere señalar la absurda vanidad de declararnos los propietarios de unas tierras en las que ha habido, hay y habrá vida ajena a nosotros, la especie humana.

          Blackbird, Blackberry no es tan ambiciosa como R.M.N., y bien podría considerarse como un estudio psicológico de una mujer tan peculiar que forzosamente ha de chocar con su entorno a la hora de defender una individualidad extrema que sufre, en la mitad del camino de la vida, una alteración tan profunda como el conocimiento del «amor», por usar una palabra que debería ser sustituida por la propia narración de la película, y de las relaciones sexuales, esas sí que menos sujeta a interpretaciones. Lo importante, ya digo, es la exploración psicológica en una mujer castrada emocionalmente desde que el padre la hace responsable indirecta del fallecimiento de la madre, tras el parto. Mujer de la casa que ha tenido que cuidar de su padre y de sus dos hermanos, Etero es una mujer casi obesa, de peculiar belleza cubista, que regenta una humilde droguería en un pequeño pueblo de Georgia. Tiene amigas, sí, pero más pueden considerarse enemigas, a juzgar por el desprecio y la superioridad con que la tratan, aunque ella se basta y sobre para mantenerlas a raya. Con ninguna tiene una especial intimidad, aunque sí hay una que parece más cercana. Un buen día, un repartidor de mercancía, cede a la levísima insinuación de la mujer y tienen un encuentro sexual que supone, para la protagonista, la pérdida de la virginidad a los 48 años. La naturalidad con que vive su despertar sexual en compañía se extiende a la frialdad escéptica con que afronta, él no la engaña, con un hombre casado, pero, ahora, en proceso de enamoramiento de ella. Hablamos, pues, de un amor maduro, sereno, pero intenso, y siempre pendiente de cualquier factor inesperado que altere ese dulce equilibrio en que vive la protagonista. Digamos que se cuentan con los dedos de una mano las veces que los labios de ella intentan acercarse a la sonrisa o brilla un destello especial en sus ojos, aunque esto último ocurre más veces. Es sorprendente la firmeza de Etero en sus convicciones y en sus planes y si a algo le es fiel es a su independencia: no quiere depender ni económica ni emocionalmente de nadie, por eso corta en seco el plan del repartidor de seguir viéndola de vez en cuando al volver del trabajo muy bien pagado de camionero en Turquía.

          Aunque la plataforma Filmin anuncia la película como heredera del mundo de Kaurismäki, la película está lejos de ese referente. Puede llamar a engaño la saturación del color y la humildad vacía de la tienda, o algunos planos fijos en los que los personajes abarrotan el plano, pero la película tiene otro ritmo y algunos exteriores muy conseguidos, sobre todo la escena campestre de los amantes, en una composición que recuerda mucho un composición pictórica, por el escorzo casi cubista de los personajes.

          La difícil vida social de la protagonista nos habla también de las vidas escasamente atractivas de sus amistades, y de cómo estar casada e incluso tener hijos no supone ningún plus de felicidad, y menos aún frente a la rabiosa independencia de la protagonista, por más que sus vecinas la traten con cierta absurda conmiseración.

          La película, en el fondo, es una crónica del despertar del amor en una edad no usual y en un cuerpo en absoluto «normativo», pero no hay ningún falso romanticismo de por medio, sino unos sentimientos perfectamente acorazados para evitar los imprevistos que siempre acaban presentándose, como la huida laboral el amante, por ejemplo.

          El final es muy curioso y admite diversas interpretaciones. Cada cual, en función de su propia experiencia de la vida y del amor lo entenderá de una u otra manera, y todas, curiosamente, serán correctas.