Entre la
venganza y la humanidad: el choque entre el fanatismo chií y la bondad natural.
Título original: Un simple
accident
Año: 2025
Duración: 105 min.
País: Irán
Dirección: Jafar Panahi
Guion: Jafar Panahi
Reparto: Ebrahim Azizi;
Madjid Panahi; Vahid Mobasseri; Mariam Afshari; Hadis Pakbaten; Delmaz Najafi;
George Hashemzadeh.
Fotografía: Amin Jaferi.
Rodada
con muy escasos medios, y de ahí el generoso abuso de exteriores para
aprovechar la luz natural, desafiando las instancias represoras de un régimen
teocrático despiadado ―y son recientes las imágenes de la masacre de ciudadanos
practicada por las fuerzas policiales del Régimen para sofocar las protestas
extendidas por todo el país― y corriendo el serio peligro no solo de no poder
acabarla, sino de volver a la cárcel, donde Jafar Panahi ya ha estado un par de
veces. De hecho, y en sus propias palabras, les «debía» a cuantos conciudadanos
conoció en sus estancias en la cárcel una película que reflejara por cuanto
muchos de ellos habían pasado: abusos, torturas físicas y psicológicas,
simulaciones de ahorcamiento, etc. De ahí que la película tenga una respiración
vital que se percibe nítidamente. Es una ficción, sí, pero late la verdad en
ella como en las mejores películas del neorrealismo italiano, por ejemplo, sin
que esta tenga nada que ver con los presupuestos estéticos de aquellas
películas, ya clásicas.
La
película comienza muy enigmáticamente, con una pareja que va en coche, y con su
hija, muy escandalosa y juguetona, en el asiento de atrás. Tienen un pequeño
accidente, el atropello de un perro, que contraría a la niña y la apaga, para
tranquilidad del padre, a quien tanta excitación infantil está a punto de
sacarlo de sus casillas. Más adelante, el coche se para cerca de un taller. Y
aquí comienza propiamente la acción, porque un empleado que está en el piso
superior se esconde, aterrorizado, y, cuando ha de hablar con el accidentado,
que reclama la caja de herramientas para que el mecánico pueda intentar
arreglar el coche, no se deja ver y distorsiona la voz para no ser reconocido.
Finalmente, una grúa ha de llevar el coche al domicilio de los accidentados.
Sin
mayores explicaciones, a la mañana siguiente, el enigmático personaje que se
escondía localiza en la ciudad al dueño del coche accidentado y, sin
pensárselo dos veces, se acerca a él con la camioneta, abre la puerta
violentamente, abate al personaje desconocido y lo mete acto seguido en la
camioneta, donde lo ata y lo amordaza. A continuación, en un paisaje que
recuerda la puesta en escena de Esperando a Godot, de Samuel Beckett, el secuestrador, Vahid,
acaba de construir un hoyo adonde arrastra al secuestrado para arrojarlo
dentro y comenzar a llenarlo con la arena extraída. La dura pugna dialéctica
entre quien reclama que se está cometiendo un error, Eghbal, y Vahid, lleva a
este a la duda de si es o no es quien él cree que es, a quien pretende enterrar
para vengarse de las torturas sufridas en la cárcel.
Prendida
la duda en el «buen hombre» ―y en este caso la expresión solo tiene sentido narrativo
al revés, un «hombre bueno»―, lo saca del hoyo, lo mete en una caja de
herramientas que lleva en la camioneta y acude a visitar a quien él cree que
puede confirmar la identidad del secuestrado. De repente, con el supuesto
torturador en el coche, la película adquiere un insólito tono de comedia ―algo
consustancial al cine de Panahi― que se manifiesta expresamente en la primera
mujer a quien consulta, una fotógrafa, Shiva,
que está haciendo un reporte de boda para una pareja en la que la novia,
como sabremos tras un largo prólogo de tensión entre la fotógrafa y Vahid,
resulta ser otra damnificada del torturador. No contentos con tres testimonios,
van a buscar al ex de la fotógrafa, Hamid, a quien el torturador ha fastidiado
la vida y por ello alberga un odio que exige una venganza inmediata.
Comedia
de humor negro ―no he dejado de pensar ni un momento en los ácidos chistes
gráficos de Chumy Chúmez (director, por cierto, de una película excesivamente
olvidada: Dios bendiga cada rincón de eta casa)―se vuelve la historia cuando
se inicia la identificación de Eghbal por la prótesis de la pierna, lo que,
retrospectivamente, nos aclara por qué caminaba de esa forma tan extraña cuando
buscaba el maletín de herramientas en el taller, y comedia de enredo cuando
deciden coger el teléfono del torturador y oyen la voz de una niña que implora
la presencia de su padre, porque su madre está mal. Lo que está es de parto, y
allá que se presentan los vengadores, con el cuerpo presente anestesiado del
torturador en la camioneta, para tomar la decisión de llevar a la mujer al
hospital. De auténtica comedia costumbrista universal, porque toda esa parte de
la película nos parece de película española de Berlanga o italiana del posneorrealismo,
sonj las secuencias en que la recepcionista del hospital pretende no admitir a
la mujer porque no esta el marido presente ni documentación suya que permita
hacer el ingreso. Momento cumbre de toda esta maravillosa etapa de la película
es que el secuestrador ha de pagar el parto en el cajero automático y, después,
comprar los presentes, con las propinas incluidas, para los sanitarios que han participado,
aunque en esto colaboran todos los de la banda vengativa, menos uno, Hamid, el más
predispuesto a acabar con el torturador enseguida, quien se va, como se van,
después, los novios, y se quedan solos la fotógrafa, Shiva, quienes se van del
hospital con el cuerpo del torturador hacia un desenlace sobre el que prefiero
no decir ni el clásico mu, dado que en esas secuencias nocturnas en un bosque
apartado, desde donde se contemplan las luces de un Teherán inacabable, como si
fuera la clásica toma de Los Ángeles desde Mulholland Drive... Sí puedo anticipar,
y espero no pillarme los dedos, que la parte final constituye un desenlace
brillante de una trama que se ha movido, como hemos visto, entre el drama y la
comedia, pero sin que el resultado final pueda ser considerado una «tragicomedia»,
dado el fondo terrible de la historia. Otra cosa es el desenlace, que se
resuelve en un plano y un sonido...; pero eso conviene que lo vean los
espectadores, quienes se sorprenderán de que Jafar Panahi haya podido rodar
esta película en las condiciones en que lo ha hecho y que nosotros podamos
verla sin que su cabeza haya rodado o todo su cuerpo haya dado de nuevo en
alguna de las lóbregas celdas de un sistema carcelario que, no sé por qué,
imagino como el de la Turquía de El expreso de medianoche, de Alan Parker.

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