domingo, 8 de febrero de 2026

«The Artifice Girl», de Franklin Ritch y «El círculo», de James Ponsoldt sobre los caminos de la IA.


Título original: The Artifice Girl

Año: 2022

Duración: 88 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Franklin Ritch

Guion: Franklin Ritch

Reparto: Franklin Ritch; Sinda Nichols; David Girard; Tatum Matthews; Lance Henriksen.

Música: Alex Cuervo

Fotografía: Britt McTammany.

 







Título original: The Circle

Año: 2017

Duración: 110 min.

País: Estados Unidos

Dirección: James Ponsoldt

Guion: James Ponsoldt, Dave Eggers. Novela: Dave Eggers

Reparto: Emma Watson; Tom Hanks; John Boyega; Karen Gillan; Bill Paxton; Patton Oswalt; Ellar Coltrane; Ellen Wong; Nathan Corddry; Jimmy Wong; Poorna Jagannathan; Kelli Barksdale; Allyson Nicole Jones; Amir Talai.

Música: Danny Elfman

Fotografía: Matthew Libatique.

 

Una ópera prima sobria, densa y magnífica, y una vuelta de tuerca pasada de rosca sobre el poder de las grandes compañías tecnológicas.

 

          Comencemos, contra mi habitual criterio cronológico, por la más reciente, que es, además, la única interesante de las dos, porque El círculo es un notable desvarío distópico que, ciertamente, no pasará a la historia ni de los telefilmes, y eso que lograron «captar» a Tom Hanks y Emma Watson; al primero le viene pequeño el papel y a la segunda no ya grande, sino ajeno. Nada que ver, pues, con la originalidad de una ópera prima que llama la atención por el rigor del planteamiento, por la explotación de los escasos medios de producción y por el ingenio del planteamiento, la estructura del relato y las preguntas y temores que suscita una realidad que forma parte, ya, de nuestro día a día.

          Acabo de iniciar mis relaciones con ChatGPT para un estudio filológico que me tendrá entretenido algo más de un año, y he de confesar que ha desbordado todas mis expectativas previas. «No solo se debe a la magnitud de los datos que sostienen su entrenamiento —eso que solemos llamar, de forma abreviada, Big Data—, sino al modo como interactúa conmigo y al nivel de complicidad que se establece en el diálogo, hasta el punto de generar una sensación de comodidad que resulta, cuando menos, sorprendente». La frase entrecomillada me la ha corregido la IA para precisar lo de su «entrenamiento estadístico» o «entrenamiento a gran escala» como herramienta que permite acceder a lo que yo había llamado, como solemos usar popularmente, Big Data. La chica artificial usa ese mismo mecanismo para dar sus respuestas, pero, en este caso de ficción, nos hallamos ante una imagen humana creada artificialmente para, en un contexto de pedofilia en la red, atraer a pervertidos para localizarlos, detenerlos e incautarse de sus archivos pedófilos. Lo sorprendente es que el informático ―y presiento que el vocablo se queda ya algo anticuado...― parece haber sido detenido por agentes de la lucha cibernética contra la pedofilia en las redes y está siendo duramente interrogado por una mujer y un hombre que lo acorralan, sin, en principio, acusarlo de nada, para obtener la confirmación de una identidad en el ciberespacio. Que el joven huidizo no quiere colaborar, está claro; que no se le acusa de nada, no tanto. Finalmente, cuando confiesa el nombre que confirma la sospecha de los agentes, todo se desvela y empezamos a orientarnos: el «detenido» es el responsable de la creación de Cherry, la ninfa de nueve años que interactúa con los adultos para atraerlos a su engaño, un programa que va mucho más allá de los propios programas gubernamentales de los dos agentes, razón por la que no han cejado en su empeño de descubrir quién lo había fabricado: el detenido, Gareth. Se insinúa que estamos en presencia de un joven que ha sido abusado de niño y que ha decidido enfocar su vida en la persecución de los pederastas que pueden arruinar la vida de cualquier criatura que caiga en sus redes.

          El ambiente opresivo del interrogatorio, con un claroscuro muy marcado, solo se interrumpe cuando aparece en la pantalla la creación de Gareth: Cherry, una creación fascinante de la IA que despierta en uno de los agentes el convencimiento de que no está ante el resultado de un programa, sino ante una joven viva que interpreta a la perfección el papel de robot, una ambigüedad constitutiva que construye un enigma que el espectador hace suyo inmediatamente, sobre todo por la portentosa actuación de la joven actriz Tatum Matthews, que se extiende a lo largo de la película, dividida en tres segmentos temporales que permiten ver la evolución del programa desde la juventud del creador hasta la vejez, cuando es asistido por un robot que responde al cuerpo de Cherry, con quien sigue teniendo diálogos que ahondan en los dos grandes temas de la película: el de la libertad de decisión del robot y el de si alberga o no sentimientos.

          Es evidente que se trata de una película de ficción científica, pero ya no nos parece que estemos tan lejos de contemplar esos avances tecnológicos como una realidad cotidiana. El hombre bicentenario, de Chris Columbus, de 1999, ya giraba en torno a un conflicto semejante al que aparece en La chica artificial, pero en aquel año la película de Columbus parecía hablarnos de un futuro muy lejano. Poco más de un cuarto de siglo después, ya nos tememos que el día menos pensado nos cuiden robots e incluso que nos operen quirúrgicamente. De hecho, aunque a nivel anecdótico, los carteles de ambas películas tienen un diseño muy parecido.

La película consigue, con muy pocos medios, centrarse en las relaciones de los dos agentes con el joven, luego ya un hombre maduro, y, finalmente, con la versión anciana del creador de Cherry que encarna Lance Henriksen, un secundario de lujo a quien recientemente algunos espectadores habrán visto en Falling, la meritoria película de Viggo Mortensen, en el papel de padre homófobo. Pasamos de una etapa a otra con absoluta fluidez y sin que se resienta la agudeza de las perplejidades que se han ido sembrando, sobre todo por lo que respecta a un programa que se autoalimenta de sus interactuaciones, esto es, que no depende de las posibles directrices que le marque el creador: tiene una autonomía total y se mejora a sí mismo a medida que actúa en el ciberespacio. Bien puede decirse que estamos ante el tema estelar de las películas dedicadas a la IA: si la autonomía de las creaciones cibernéticas consigue, finalmente, no solo tener «libre albedrío», sino, sobre todo, si son capaces de albergar sentimientos. Y por aquí se construye una de las mejores escenas de la película, sobre la que no doy ninguna pista, por supuesto.

La sobriedad, la parquedad de medios con que está construida la puesta en escena de esta película, está en relación directa con la imaginación del director y la brillantez de un guion que, salvo los errores de bulto que nos puedan pasar desapercibidos a los profanos en la materia de la programación por ordenador, cumple a la perfección con lo que se espera del tratamiento del tema. Las interpretaciones ajustadas, la puesta en escena simple y eficaz y la omnipresencia de Cherry, a quien se ha de atribuir buena parte del éxito de esta magnífica ópera prima. A su manera, me ha recordado, por la efectividad de la planificación en interiores y la reducida nómina de intérpretes, Upon Entry (La llegada), la ópera prima de Alejandro Rojas y Juan Sebastián Vasquez.

El círculo, cuya crítica añado a la anterior por la omnipresencia de las redes sociales en nuestras vidas, sabiendo que buena parte de sus recursos se basan en la IA, casi como la antítesis de la anterior, a pesar del reparto «de campanillas», y de la experiencia del director, a pesar de su juventud, porque cae más del lado de las películas relacionadas con las sectas que, propiamente con la IA. Se trata de «renovar» el concepto de «secta», y de ahí lo del círculo, ¡tan podemita! Hace muy poco criticaba en este Ojo la película Capturado, Split image, mucho más sugerente, en su titulación original, de Ted Kotcheff, y hace bastante más The Giver, de Phillip Noyce a la que califiqué como «la bisnieta de El mundo feliz». Ambas son muchísimo mejores que esta versión descafeinada de ambas.

Una trabajadora en un call center se queda sin trabajo y es reclutada por una amiga para que trabaje de lo mismo en una organización, El Circulo, de la que no tardaremos en sospechar que se parece más a una secta enigmática que a un trabajo normal y corriente, porque la estructura de los espacios, el tipo de gente que aparece como trabajadores, etc., todo da a entender que hay algo que se aparta profundamente de a vida corriente de la que procede la recién llegada, cuyo padre sufre una enfermedad degenerativa que no puede tratarse por carecer del seguro médico que cubra los gastos del tratamiento. Poco a poco asistiremos a la integración de la trabajadora en el seno de la organización y, por esos azares de la vida, exclusivamente reservados para los protagonistas de la película, la joven caerá en gracia al gurú del Círculo y acabará siendo promovida a la categoría de trabajadora destacadísima de la organización, en estrecho contacto con el persuasivo gurú del Círculo, encarnado por Tom Hanks, quien, para su representación, se mueve a medio camino de las Ted Talks y las presentaciones mundiales de los productos de las tecnológicas, como las de Bezos, Jacobs y otros: una cercanía humana a los usuarios privilegiados de recursos cibernéticos capaces de «llenar» su vida con una realidad cada vez más distanciada de la que por tal conocíamos hasta la irrupción de esas relaciones virtuales que devienen «esenciales» para los individuos, sobe todo para los «militantes» del Círculo. La historia tiene que ver con la capacidad de la tecnología para «facilitar» la vida de los ciudadanos, algo así como la relación privilegiada que tiene con su asistente virtual el protagonista de la última película de Cronenberg, Los sudarios, Hunny, un avatar de su esposa fallecida, creado por su cuñado. En El círculo, sin embargo, pronto veremos que las funciones de la IA y de los dispositivos tecnológicos conectados en red mundial son capaces de muchas más cosas de las que imaginamos, aunque, para ello, la persona, ¡y ese es el papel de cobaya que la protagonista acepta desempeñar no solo con gusto, sino también con agradecimiento, porque la organización se ha hecho cargo de los gastos del tratamiento médico de su padre! Tampoco se ha de ser muy espabilado para darse cuenta de que el experimento, como suele ser normal en estas películas distópicas, no acabará bien, y que la joven protagonista pagará un precio más allá de lo imaginado. Con todo, esa parte de la película resulta la más atractiva, dentro de la tónica general de escaso interés que mantiene. Para saber qué es el cine de verdad, no los productos manufacturados para el consumo de los grandes públicos acríticos, basta recordar una viejísima película, ¡a punto de cumplir el medio siglo!,  que harían bien en ver los espectadores más jóvenes: La muerte en directo, de Bertrand Taverniere.

En fin, no me extiendo más, porque va a parecer que hasta tiene cierto interés. Supongo que sí lo tiene para los incondicionales de Tom Hanks y Emma Watson, quien hace lo que puede para «creerse» el personaje y poder expresar con cierta convicción los vaivenes emocionales que ha de padecer a lo largo del metraje. En fin, tampoco es un bodrio que no se pueda ni ver, y solo en un descanso de la exigencia o en una tarde desganada de lluvia puede uno sentarse ante ella con la tranquilidad de que es un descanso de visionados de más enjundia.

 

 

         

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