Título original: The Artifice Girl
Año: 2022
Duración: 88 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Franklin Ritch
Guion: Franklin Ritch
Reparto: Franklin Ritch; Sinda Nichols; David Girard; Tatum Matthews; Lance
Henriksen.
Música: Alex Cuervo
Fotografía: Britt McTammany.
Título original: The Circle
Año: 2017
Duración: 110 min.
País: Estados Unidos
Dirección: James Ponsoldt
Guion: James Ponsoldt, Dave Eggers. Novela: Dave Eggers
Reparto: Emma Watson; Tom Hanks; John Boyega; Karen Gillan; Bill Paxton;
Patton Oswalt; Ellar Coltrane; Ellen Wong; Nathan Corddry; Jimmy Wong; Poorna
Jagannathan; Kelli Barksdale; Allyson Nicole Jones; Amir Talai.
Música: Danny Elfman
Fotografía: Matthew
Libatique.
Una ópera
prima sobria, densa y magnífica, y una vuelta de tuerca pasada de rosca sobre el
poder de las grandes compañías tecnológicas.
Comencemos,
contra mi habitual criterio cronológico, por la más reciente, que es, además, la
única interesante de las dos, porque El círculo es un notable desvarío
distópico que, ciertamente, no pasará a la historia ni de los telefilmes, y eso
que lograron «captar» a Tom Hanks y Emma Watson; al primero le viene pequeño el
papel y a la segunda no ya grande, sino ajeno. Nada que ver, pues, con la
originalidad de una ópera prima que llama la atención por el rigor del
planteamiento, por la explotación de los escasos medios de producción y por el
ingenio del planteamiento, la estructura del relato y las preguntas y temores
que suscita una realidad que forma parte, ya, de nuestro día a día.
Acabo
de iniciar mis relaciones con ChatGPT para un estudio filológico que me tendrá
entretenido algo más de un año, y he de confesar que ha desbordado todas mis expectativas
previas. «No solo se debe a la magnitud de los datos que sostienen su
entrenamiento —eso que solemos llamar, de forma abreviada, Big Data—,
sino al modo como interactúa conmigo y al nivel de complicidad que se establece
en el diálogo, hasta el punto de generar una sensación de comodidad que
resulta, cuando menos, sorprendente». La frase entrecomillada me la ha
corregido la IA para precisar lo de su «entrenamiento estadístico» o «entrenamiento
a gran escala» como herramienta que permite acceder a lo que yo había llamado,
como solemos usar popularmente, Big Data. La chica artificial usa
ese mismo mecanismo para dar sus respuestas, pero, en este caso de ficción, nos
hallamos ante una imagen humana creada artificialmente para, en un contexto de pedofilia
en la red, atraer a pervertidos para localizarlos, detenerlos e incautarse de
sus archivos pedófilos. Lo sorprendente es que el informático ―y presiento que
el vocablo se queda ya algo anticuado...― parece haber sido detenido por
agentes de la lucha cibernética contra la pedofilia en las redes y está siendo
duramente interrogado por una mujer y un hombre que lo acorralan, sin, en
principio, acusarlo de nada, para obtener la confirmación de una identidad en el
ciberespacio. Que el joven huidizo no quiere colaborar, está claro; que no se
le acusa de nada, no tanto. Finalmente, cuando confiesa el nombre que confirma
la sospecha de los agentes, todo se desvela y empezamos a orientarnos: el «detenido»
es el responsable de la creación de Cherry, la ninfa de nueve años que
interactúa con los adultos para atraerlos a su engaño, un programa que va mucho
más allá de los propios programas gubernamentales de los dos agentes, razón por
la que no han cejado en su empeño de descubrir quién lo había fabricado: el
detenido, Gareth. Se insinúa que estamos en presencia de un joven que ha sido
abusado de niño y que ha decidido enfocar su vida en la persecución de los
pederastas que pueden arruinar la vida de cualquier criatura que caiga en sus redes.
El
ambiente opresivo del interrogatorio, con un claroscuro muy marcado, solo se
interrumpe cuando aparece en la pantalla la creación de Gareth: Cherry, una
creación fascinante de la IA que despierta en uno de los agentes el
convencimiento de que no está ante el resultado de un programa, sino ante una
joven viva que interpreta a la perfección el papel de robot, una ambigüedad
constitutiva que construye un enigma que el espectador hace suyo
inmediatamente, sobre todo por la portentosa actuación de la joven actriz Tatum
Matthews, que se extiende a lo largo de la película, dividida en tres segmentos
temporales que permiten ver la evolución del programa desde la juventud del
creador hasta la vejez, cuando es asistido por un robot que responde al cuerpo
de Cherry, con quien sigue teniendo diálogos que ahondan en los dos grandes
temas de la película: el de la libertad de decisión del robot y el de si
alberga o no sentimientos.
Es
evidente que se trata de una película de ficción científica, pero ya no nos
parece que estemos tan lejos de contemplar esos avances tecnológicos como una
realidad cotidiana. El hombre bicentenario, de Chris Columbus, de 1999, ya
giraba en torno a un conflicto semejante al que aparece en La chica
artificial, pero en aquel año la película de Columbus parecía hablarnos de
un futuro muy lejano. Poco más de un cuarto de siglo después, ya nos tememos
que el día menos pensado nos cuiden robots e incluso que nos operen quirúrgicamente.
De hecho, aunque a nivel anecdótico, los carteles de ambas películas tienen un
diseño muy parecido.
La película consigue, con
muy pocos medios, centrarse en las relaciones de los dos agentes con el joven,
luego ya un hombre maduro, y, finalmente, con la versión anciana del creador de
Cherry que encarna Lance Henriksen, un secundario de lujo a quien recientemente
algunos espectadores habrán visto en Falling, la meritoria película de
Viggo Mortensen, en el papel de padre homófobo. Pasamos de una etapa a otra
con absoluta fluidez y sin que se resienta la agudeza de las perplejidades que
se han ido sembrando, sobre todo por lo que respecta a un programa que se
autoalimenta de sus interactuaciones, esto es, que no depende de las posibles
directrices que le marque el creador: tiene una autonomía total y se mejora a
sí mismo a medida que actúa en el ciberespacio. Bien puede decirse que estamos
ante el tema estelar de las películas dedicadas a la IA: si la autonomía de las
creaciones cibernéticas consigue, finalmente, no solo tener «libre albedrío», sino, sobre todo, si son capaces de albergar sentimientos. Y por aquí se
construye una de las mejores escenas de la película, sobre la que no doy
ninguna pista, por supuesto.
La sobriedad, la parquedad
de medios con que está construida la puesta en escena de esta película, está en
relación directa con la imaginación del director y la brillantez de un guion
que, salvo los errores de bulto que nos puedan pasar desapercibidos a los profanos
en la materia de la programación por ordenador, cumple a la perfección con lo
que se espera del tratamiento del tema. Las interpretaciones ajustadas, la
puesta en escena simple y eficaz y la omnipresencia de Cherry, a quien se ha de
atribuir buena parte del éxito de esta magnífica ópera prima. A su manera, me
ha recordado, por la efectividad de la planificación en interiores y la
reducida nómina de intérpretes, Upon Entry (La llegada), la ópera prima
de Alejandro Rojas y Juan Sebastián Vasquez.
El círculo, cuya crítica añado a la anterior por la omnipresencia de las redes
sociales en nuestras vidas, sabiendo que buena parte de sus recursos se basan
en la IA, casi como la antítesis de la anterior, a pesar del reparto «de
campanillas», y de la experiencia del director, a pesar de su juventud, porque
cae más del lado de las películas relacionadas con las sectas que, propiamente
con la IA. Se trata de «renovar» el concepto de «secta», y de ahí lo del
círculo, ¡tan podemita! Hace muy poco criticaba en este Ojo la película Capturado,
Split image, mucho más sugerente, en su titulación original, de Ted
Kotcheff, y hace bastante más The Giver, de Phillip Noyce a la que
califiqué como «la bisnieta de El mundo feliz». Ambas son muchísimo mejores que
esta versión descafeinada de ambas.
Una trabajadora en un call
center se queda sin trabajo y es reclutada por una amiga para que trabaje
de lo mismo en una organización, El Circulo, de la que no tardaremos en
sospechar que se parece más a una secta enigmática que a un trabajo normal y
corriente, porque la estructura de los espacios, el tipo de gente que aparece
como trabajadores, etc., todo da a entender que hay algo que se aparta profundamente
de a vida corriente de la que procede la recién llegada, cuyo padre sufre una
enfermedad degenerativa que no puede tratarse por carecer del seguro médico que
cubra los gastos del tratamiento. Poco a poco asistiremos a la integración de
la trabajadora en el seno de la organización y, por esos azares de la vida,
exclusivamente reservados para los protagonistas de la película, la joven caerá
en gracia al gurú del Círculo y acabará siendo promovida a la categoría de trabajadora
destacadísima de la organización, en estrecho contacto con el persuasivo gurú
del Círculo, encarnado por Tom Hanks, quien, para su representación, se mueve a
medio camino de las Ted Talks y las presentaciones mundiales de los productos
de las tecnológicas, como las de Bezos, Jacobs y otros: una cercanía humana a los
usuarios privilegiados de recursos cibernéticos capaces de «llenar» su vida con
una realidad cada vez más distanciada de la que por tal conocíamos hasta la
irrupción de esas relaciones virtuales que devienen «esenciales» para los
individuos, sobe todo para los «militantes» del Círculo. La historia tiene que ver
con la capacidad de la tecnología para «facilitar» la vida de los ciudadanos,
algo así como la relación privilegiada que tiene con su asistente virtual el
protagonista de la última película de Cronenberg, Los sudarios, Hunny,
un avatar de su esposa fallecida, creado por su cuñado. En El círculo, sin
embargo, pronto veremos que las funciones de la IA y de los dispositivos
tecnológicos conectados en red mundial son capaces de muchas más cosas de las
que imaginamos, aunque, para ello, la persona, ¡y ese es el papel de cobaya que
la protagonista acepta desempeñar no solo con gusto, sino también con agradecimiento,
porque la organización se ha hecho cargo de los gastos del tratamiento médico
de su padre! Tampoco se ha de ser muy espabilado para darse cuenta de que el
experimento, como suele ser normal en estas películas distópicas, no acabará
bien, y que la joven protagonista pagará un precio más allá de lo imaginado.
Con todo, esa parte de la película resulta la más atractiva, dentro de la tónica
general de escaso interés que mantiene. Para saber qué es el cine de verdad, no
los productos manufacturados para el consumo de los grandes públicos acríticos,
basta recordar una viejísima película, ¡a punto de cumplir el medio siglo!, que harían bien en ver los espectadores más
jóvenes: La muerte en directo, de Bertrand Taverniere.
En fin, no me extiendo más,
porque va a parecer que hasta tiene cierto interés. Supongo que sí lo tiene
para los incondicionales de Tom Hanks y Emma Watson, quien hace lo que puede para
«creerse» el personaje y poder expresar con cierta convicción los vaivenes emocionales
que ha de padecer a lo largo del metraje. En fin, tampoco es un bodrio que no
se pueda ni ver, y solo en un descanso de la exigencia o en una tarde desganada
de lluvia puede uno sentarse ante ella con la tranquilidad de que es un
descanso de visionados de más enjundia.


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