Un terrible
drama que desnuda la raíz abismal del egoísmo genético y la fragilidad de las
relaciones humanas.
Título original: Voor de
Meisjes
Año: 2025
Duración: 102 min.
País: Países Bajos (Holanda)
Dirección: Mike van Diem
Guion; Mike van Diem.
Novela: Lykele Muus
Reparto: Thekla Reuten; Noortje
Herlaar; Fedja van Huêt; Valentijn Dhaenens; Karl Markovics; Rosa van Leeuwen; Proschat
Madani; Tim Seyfi; Jeremy Miliker; Corinna Pumm.
Música: Ruben Degheselle
Fotografía: Martin Gschlacht.
Ignoraba que
el director, Mike van Diem, había sido galardonado con el Oscar a la mejor película
extranjera por Karakter, pero desde hoy me hago el firme propósito de
buscarla sin falta. Vista esta posterior, pues, sin el antecedente, mi reacción
es absolutamente genuina, incondicionada. Y puedo dar fe de que estamos ante
una película muy notable, tanto por el guion como por las actuaciones, porque
las alternativas que se dan en la evolución de los acontecimientos nos llevan a
contemplar un fresco nada reconfortante de las psicologías humanas en momentos
críticos.
La historia se
inicia con una declaración de intenciones: una madre y su hija se acercan a
otra con la suya y pregunta si la niña puede jugar con la otra niña. Preguntada
la niña, su no rotundo nada bueno hace presagiar. Las madres charlan, porque se
entienden entre ellas enseguida, pero la niña que ya estaba jugando enarbola una
pala de metal y, sin venir a cuento, le arrea un palazo en mitad de la cara a
la invitada a la fuerza y ahí se funde en negro para llevarnos, con una elipsis
de unos diez o doce años, al presente, en el que los matrimonios han amistado
de tal manera que incluso han comprado una casa en propiedad, en cuyo uso se
alternan, y en la que coinciden un par de semanas al año.
Desde el
desayuno que abre la película, se nos dibujan los caracteres de los diferentes
personajes, aunque algunas informaciones clave sobre ellos aparecerán durante
el desarrollo de una acción con tintes inequívocamente dramáticos: las dos
chiquillas son amigas de un joven que trabaja en un centro de canoas para
disfrutar del lago y las vistas impresionantes en los Alpes austriacos. Ambas
aceptan dar un paseo con él en el quad. Lo próximo es el descenso del padre de
Elise de su bicicleta para encontrarse con el cuerpo de su hija atendido por
los servicios de urgencia, tras sufrir una salida del camino el quad, a consecuencia
de la cual ambas hijas son internadas en el hospital: Madelon con daños
relativamente leves; Elise, con un pronóstico que casi no deja lugar a dudas
sobre su imposible recuperación.
A partir del
accidente, y ante la insistencia de los padres de Elise en saber qué había
sucedido exactamente, ambos matrimonios comienzan a distanciarse de forma muy
acusada. De hecho, en el hospital, la distancia entre las habitaciones de las
hijas actúa como metáfora de la de las parejas que, hasta ese momento, se
habían soportado, si bien con cierta frialdad, al menos entre los hombres,
porque las mujeres fueron las que anudaron la amistad que les hizo estrechar su
convivencia. Ambas parejas son de un nivel económico alto, y en ambas las
mujeres ejercen una suerte de matriarcado que determina las relaciones
globales. La madre de Madelon es escritora de cierto éxito, mientras que el
padre aparece como un subordinado a los deseos de su mujer, y con tendencia a llevar
a una vida fácil, ajena al esfuerzo y al compromiso. El padre de Elise trabaja
en el ramo de Seguros y es la clásica estampa del hombre hecho a sí mismo,
lleno de autoafirmación positiva en sus capacidades; su mujer, sin embargo, se
dejó embarazar tras una noche de alcohol y lo aceptó como padre de su hija, aun
disgustándole algunos rasgos de su carácter. Las niñas, Elise y Madelon siguen
manteniendo su rivalidad, porque, camino de encontrarse con su amigo, ella
confiesa que lo va a besar, quiera él o no, lo que provoca los celos de
Madelon, quien también anda enamoriscada del joven.
El accidente
cae en esos antecedentes como un detonante que va a desnudar a las parejas,
porque las niñas, hospitalizadas, pasan entonces a un segundo plano. A su
manera, el esquema sigue de cerca, relativamente, Un dios salvaje, de
Roman Polanski , porque las relaciones entre hombres y mujeres van emergiendo
en la película como un juego obsceno de reproches, deslealtades e imposible aceptación
de una realidad que supera a los cuatro: tras la aparente poca gravedad de las
heridas de Madelon, pronto descubren los médicos que sufre una lesión del corazón
que exige un trasplante urgente, y todos los intelectores de estas críticas,
intuitivos como nadie, han deducido lo correcto: dada la irreversibilidad de
los daños de Elise, la madre de Madelon inicia el trabajo de zapa para
convencer a los padres de Elise de que la única manera que tiene Elise de
sobrevivir es en el pecho de Madelon. Como mantener la esperanza es el único
consuelo que tienen los padres de Elise, la situación no tarda en convertirse
en un drama en el que incluso la orgullosa madre de Madelon se arrodillará en tierra para suplicar ser escuchada
por sus amigos.
Y ahí dejo la
acción, para que nadie vaya a verla con
el desenlace chafado. De todos modos, Nuestras hijas es una película en
la que ni siquiera importa el desenlace final, sino el camino que lleva a él,
porque en él es donde se muestra con total claridad el modo como la adversidad
puede transformarnos de tal manera que nos desconozcamos y nos obligue a tomar
decisiones dolorosas que, acaso, cierta complacencia en el confort existencial
nos han impedido tomar antes.
El contraste
entre el impresionante y sereno paisaje alpino y el drama desesperante que
viven ambas parejas produce al espectador un extraño desasosiego y genera una
cierta inverosimilitud acerca de cómo es posible que entre tanta belleza se
esconda la posibilidad de un mal tan doloroso. La propia casa que ambas parejas
adquirieron, muy al estilo de las diseñadas por Lloyd Wright, y concretamente
con la que aparee en Con la muerte en los talones, de Hitchcock, que no es de Wright, por cierto, capta
enseguida la atención de los espectadores, aunque van Diem tiene el buen gusto
de no recrearse en ella y, de hecho, nos muestra un interior y exterior de ella
«habitados», lejos del modelo exclusivamente esteticista de Almodóvar en su
película sobre la muerte en La habitación de al lado, en la que tenía un
protagonismo a la altura de las dos conocidas intérpretes, Swinton y Moore.
Nuestras
hijas funciona como un mecanismo de alta precisión, a la hora de analizar
las relaciones humanas en un círculo tan cerrado como el que conforman las dos
parejas con sus hijas respectivas, pero a ello contribuyen de manera eficacísima
las seis actuaciones, impecables, magníficas, sólidas, sin el más mínimo resquicio
por el que pueda colarse la distancia frente a una realidad tan tremenda y dura
de soportar. Muchas y excelentes lecciones de humanidad, aunque sea en crisis,
nos ofrece la película de van Diem, y conviene aprovecharlas.
