domingo, 5 de abril de 2026

«Nuestras hijas», de Mike van Diem, o los límites de la amistad.

 

Un terrible drama que desnuda la raíz abismal del egoísmo genético y la fragilidad de las relaciones humanas.

 

Título original: Voor de Meisjes

Año: 2025

Duración: 102 min.

País:  Países Bajos (Holanda)

Dirección: Mike van Diem

Guion; Mike van Diem. Novela: Lykele Muus

Reparto: Thekla Reuten; Noortje Herlaar; Fedja van Huêt; Valentijn Dhaenens; Karl Markovics; Rosa van Leeuwen; Proschat Madani; Tim Seyfi; Jeremy Miliker; Corinna Pumm.

Música: Ruben Degheselle
Fotografía: Martin Gschlacht
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          Ignoraba que el director, Mike van Diem, había sido galardonado con el Oscar a la mejor película extranjera por Karakter, pero desde hoy me hago el firme propósito de buscarla sin falta. Vista esta posterior, pues, sin el antecedente, mi reacción es absolutamente genuina, incondicionada. Y puedo dar fe de que estamos ante una película muy notable, tanto por el guion como por las actuaciones, porque las alternativas que se dan en la evolución de los acontecimientos nos llevan a contemplar un fresco nada reconfortante de las psicologías humanas en momentos críticos.

          La historia se inicia con una declaración de intenciones: una madre y su hija se acercan a otra con la suya y pregunta si la niña puede jugar con la otra niña. Preguntada la niña, su no rotundo nada bueno hace presagiar. Las madres charlan, porque se entienden entre ellas enseguida, pero la niña que ya estaba jugando enarbola una pala de metal y, sin venir a cuento, le arrea un palazo en mitad de la cara a la invitada a la fuerza y ahí se funde en negro para llevarnos, con una elipsis de unos diez o doce años, al presente, en el que los matrimonios han amistado de tal manera que incluso han comprado una casa en propiedad, en cuyo uso se alternan, y en la que coinciden un par de semanas al año.

          Desde el desayuno que abre la película, se nos dibujan los caracteres de los diferentes personajes, aunque algunas informaciones clave sobre ellos aparecerán durante el desarrollo de una acción con tintes inequívocamente dramáticos: las dos chiquillas son amigas de un joven que trabaja en un centro de canoas para disfrutar del lago y las vistas impresionantes en los Alpes austriacos. Ambas aceptan dar un paseo con él en el quad. Lo próximo es el descenso del padre de Elise de su bicicleta para encontrarse con el cuerpo de su hija atendido por los servicios de urgencia, tras sufrir una salida del camino el quad, a consecuencia de la cual ambas hijas son internadas en el hospital: Madelon con daños relativamente leves; Elise, con un pronóstico que casi no deja lugar a dudas sobre su imposible recuperación.

          A partir del accidente, y ante la insistencia de los padres de Elise en saber qué había sucedido exactamente, ambos matrimonios comienzan a distanciarse de forma muy acusada. De hecho, en el hospital, la distancia entre las habitaciones de las hijas actúa como metáfora de la de las parejas que, hasta ese momento, se habían soportado, si bien con cierta frialdad, al menos entre los hombres, porque las mujeres fueron las que anudaron la amistad que les hizo estrechar su convivencia. Ambas parejas son de un nivel económico alto, y en ambas las mujeres ejercen una suerte de matriarcado que determina las relaciones globales. La madre de Madelon es escritora de cierto éxito, mientras que el padre aparece como un subordinado a los deseos de su mujer, y con tendencia a llevar a una vida fácil, ajena al esfuerzo y al compromiso. El padre de Elise trabaja en el ramo de Seguros y es la clásica estampa del hombre hecho a sí mismo, lleno de autoafirmación positiva en sus capacidades; su mujer, sin embargo, se dejó embarazar tras una noche de alcohol y lo aceptó como padre de su hija, aun disgustándole algunos rasgos de su carácter. Las niñas, Elise y Madelon siguen manteniendo su rivalidad, porque, camino de encontrarse con su amigo, ella confiesa que lo va a besar, quiera él o no, lo que provoca los celos de Madelon, quien también anda enamoriscada del joven.

          El accidente cae en esos antecedentes como un detonante que va a desnudar a las parejas, porque las niñas, hospitalizadas, pasan entonces a un segundo plano. A su manera, el esquema sigue de cerca, relativamente, Un dios salvaje, de Roman Polanski , porque las relaciones entre hombres y mujeres van emergiendo en la película como un juego obsceno de reproches, deslealtades e imposible aceptación de una realidad que supera a los cuatro: tras la aparente poca gravedad de las heridas de Madelon, pronto descubren los médicos que sufre una lesión del corazón que exige un trasplante urgente, y todos los intelectores de estas críticas, intuitivos como nadie, han deducido lo correcto: dada la irreversibilidad de los daños de Elise, la madre de Madelon inicia el trabajo de zapa para convencer a los padres de Elise de que la única manera que tiene Elise de sobrevivir es en el pecho de Madelon. Como mantener la esperanza es el único consuelo que tienen los padres de Elise, la situación no tarda en convertirse en un drama en el que incluso la orgullosa madre de Madelon  se arrodillará en tierra para suplicar ser escuchada por sus amigos.

          Y ahí dejo la acción, para que nadie vaya a verla  con el desenlace chafado. De todos modos, Nuestras hijas es una película en la que ni siquiera importa el desenlace final, sino el camino que lleva a él, porque en él es donde se muestra con total claridad el modo como la adversidad puede transformarnos de tal manera que nos desconozcamos y nos obligue a tomar decisiones dolorosas que, acaso, cierta complacencia en el confort existencial nos han impedido tomar antes.

          El contraste entre el impresionante y sereno paisaje alpino y el drama desesperante que viven ambas parejas produce al espectador un extraño desasosiego y genera una cierta inverosimilitud acerca de cómo es posible que entre tanta belleza se esconda la posibilidad de un mal tan doloroso. La propia casa que ambas parejas adquirieron, muy al estilo de las diseñadas por Lloyd Wright, y concretamente con la que aparee en Con la muerte en los talones, de Hitchcock, que no es de Wright, por cierto,  capta enseguida la atención de los espectadores, aunque van Diem tiene el buen gusto de no recrearse en ella y, de hecho, nos muestra un interior y exterior de ella «habitados», lejos del modelo exclusivamente esteticista de Almodóvar en su película sobre la muerte en La habitación de al lado, en la que tenía un protagonismo a la altura de las dos conocidas intérpretes, Swinton y Moore.

          Nuestras hijas funciona como un mecanismo de alta precisión, a la hora de analizar las relaciones humanas en un círculo tan cerrado como el que conforman las dos parejas con sus hijas respectivas, pero a ello contribuyen de manera eficacísima las seis actuaciones, impecables, magníficas, sólidas, sin el más mínimo resquicio por el que pueda colarse la distancia frente a una realidad tan tremenda y dura de soportar. Muchas y excelentes lecciones de humanidad, aunque sea en crisis, nos ofrece la película de van Diem, y conviene aprovecharlas.