Del papel cuché a la terapia del teclado: la autoficción sin dobleces, pero ultraimpostada.
Título original:Amarga
Navidad
Año: 2026
Duración: 111 min.
País: España
Dirección: Pedro Almodóvar
Guion:Pedro Almodóvar
Reparto: Bárbara Lennie; Leonardo
Sbaraglia; Aitana Sánchez-Gijón; Patrick Criado; Victoria Luengo; Milena Smit; Quim
Gutiérrez; Carmen Machi; Rossy de Palma; Gloria Muñoz; Amaia Romero; María
Morales; Antonio Romero; Antonio Araque; Samuel López; Laura Ledesma; Tusti de
las Heras; Nourdin Batan; Mairén Muñoz; Diogo Belizàrio; Raquel Ventosa; Nacho
Peinado; Miguel Gorbe; Belén Riquelme;
Nieves Álvarez.
Música: Alberto Iglesias
Fotografía: Pau Esteve Birba.
Del mismo modo
que siempre, salvo casos de torpeza flagrante, he ido a ver los estrenos de
Woody Allen, lo mismo me ha sucedido con los de Pedro Almodóvar. Si se han hecho
críticas de las películas de ambos, como es mi caso, tiene uno la sensación de
acabar escribiendo siempre la misma critica, porque el lenguaje del manchego,
su estética y sus limitaciones, no dejan de ser, película tras película, las
mismas. Unas veces acierta y otras se refugia en su manierismo particular desde
el que el mundo se ve con los brillos del papel cuché, el diseño de espacios y
vestuario, y localizaciones que, a veces, ofrecen planos tan brillantes como el
cenital de la playa de Lanzarote, para mí el mejor de la película. ¿Qué es lo
que me distancia siempre de entrar con naturalidad en las películas de
Almodóvar? Pues precisamente la ausencia de ella, la naturalidad, y la de la
espontaneidad: no fluye la vida por esta película en concreto, sino una
impostada reflexión hierática sobre los límites de la ficción y de la realidad,
un terreno, además, increíblemente resbaladizo para cualquier escritor o director,
y en el que conseguir que la vida fluya como se espera de cualquier relato es,
ciertamente, una proeza.
Ignoro por qué
el alter ego de Almodóvar en la película, la inicia hablando de una
manera que nos cuesta reconocer como propia del actor que lo encarna, pero
el resto de la composición del personaje tampoco es muy afortunada, hasta el
desenlace de la terapia que se sigue a lo largo de una historia que chirría
demasiado, dramáticamente, como para poder hablar de relato. Se trata, antes
bien, de esos clásicos «momentazos» que son, para el director, la esencia de su
cine, y ahí hemos de integrar, como si fueran cortos dentro de la película, las
reacciones lacrimógenas de manual ante las dos hermosísimas canciones escogidas: una, interpretada magistralmente por Amaia; la otra, por Chavela Vargas. Como es
habitual en sus películas, no se engarzan en el relato, sino que lo interrumpen.
¿Cuál es la
novedad de esta Amarga Navidad, de haberla? Hayla, hayla, y es harto
sorprendente, porque en esa búsqueda de la inspiración para contar una historia,
el cineasta fija sus ojos en su más inmediata colaboradora y la toma como modelo
para escribir su historia, falseada en la de otra directora que está en el
dique seco y quiere salir de él escribiendo, especularmente, la historia de una
amiga suya. Esa otra directora, muy afectada por no haber acompañado a su madre
en la hora de su muerte, es una clásica «doctora Amor» que intenta arreglar las
vidas de sus amigas, en una de las cuales se inspira para, después de muchos
años sin dirigir, comenzar a escribir una historia que se lo permita. Adelantándose
al desenlace, la amiga se indigna por el hecho de ser «utilizada» por la
directora, dado que ni ella misma puede entender lo que está sintiendo. La reacción
me ha recordado a la que debió de tener Víctor Erice cuando una novelista
decidió usar a quien fuera su mujer, Adelaida García Morales, para escribir una
novela sobre ella, algo contra lo que Erice protestó, porque le parecía que se
producía algo así como una «apropiación indebida». El tema no es baladí, por
supuesto, y da pie para hablar profundamente sobre los límites de la libertad
de expresión, por supuesto.
Y aquí entra, finalmente la gran novedad
que, en el fondo, nos ofrece esta película de Almodóvar: se trata de una historia-terapia
en la que el director ha integrado a su némesis, Carlos Boyero, para, a través
de la gran actriz que es Aitana Sánchez-Gijón, levantar un tostón hasta ese
momento y convertirlo en una sesión de terapia en la que el director realiza un
examen de conciencia a calzón quitado, pero no desde sí mismo, sino de su
proyección ―la de Boyero, propiamente― encarnada en su fiel colaboradora durante veinte años, la que lo conoce mejor que él
se conoce a sí mismo, la única que se atreve, dada la gravedad de haber
utilizado su persona y la de su pareja, para escribir su historia, a contarle
las cuarenta y a decirle las famosas verdades del barquero. Por boca de la
colaboradora oye el director, pasmado, todos los defectos que han consolidado
la visión de Boyero sobre su cine, lo cual da un giro copernicano a la película
y la convierte, al menos durante esos momentos, en una honesta reflexión de Almodóvar
sobre su cine y, probablemente ―aunque esa extensión siempre es afirmar en
precario...―, de su propia persona. De hecho, en el mejor diálogo de la
película, el único que merece ese nombre, porque los demás han sido las
clásicas imposturas de los guiones del director, esos momentos «intensitos» que
suelen carecer de vida propia, dado que la impostura se come, desde los espacios
y el vestuario, diseñados al milímetro en cada plano de los muchos muy fijos
que se van sucediendo a lo largo de una historia que jamás fluye como imitación
de la vida; en ese diálogo, digo, palpita por primera vez un signo de vida, inteligencia y emoción, y ello porque se desnuda la raíz manierista que ha
estado alimentando la obra del autor. Puede que a quien lea estas líneas le
parezca una invención casi surrealista la identificación entre el personaje de
Sánchez-Gijón y Boyero, pero, lejos de ser un motivo humorístico, es algo que
se escapa de la lógica creativa de los «momentazos» para «descender» del empíreo
del diseño al poder de las palabras para abrir en canal al otro, para desnudar
y para herir, ¡y esperemos que también para sanar!
Al margen de
descubrimiento de Bonifacio, un papel muy agradecido que Nacho Criado
interpreta con gran naturalidad, la misma del cameo de Machi, aunque su
ignorancia sobre lo de los autores o las películas de culto raya en lo
inverosímil, los demás se ajustan demasiado a ese trascendentalismo con que el director
les escribe sus personajes y que tan poco les benefician, porque la impostura
se cuela por todas sus líneas. Y, como espectador, uno lamenta que un actor
como Quim Gutiérrez se vea reducido a tan poca cosa como el del asistente
sumiso (o enamorado o ambas cosas) que le ha tocado en mala suerte. Pero es Aitana Sánchez-Gijón, la unica que tiene un papel al nivel de su categoría, quien se come al reparto en las escenas que tiene, ¡una gozada! Un pathos y una dicción que harán bien las jóvenes actrices en estudiarlos detenidamente
Insisto, tengo
la sensación de estar escribiendo, como seguramente le pasa a Boyero, siempre
la misma crítica, pero lo que sucede es que Almodóvar está secuestrado por sus
propias limitaciones ―que para el común de los espectadores, ¡ojo!, son sus
grandes virtudes― y le cuesta salir de esa zona de relativo confort, lo que lo
va asemejando mucho a Woody Allen, aunque cuando este acierta, ¡ay, amigo,
cuando acierta!, entonces vemos la distancia sideral entre el cine clásico y su
versión almodovariana.

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