viernes, 27 de marzo de 2026

«Monstruo», de Hirokazu Koreeda y «Una película inacabada», de Lou Ye, dos sociedades tan cercanas y tan lejanas: Japón y China.

Título original: Kaibutsuaka

Año: 2023

Duración: 126 min.

País: Japón

Dirección: Hirokazu Koreeda

Guion: Yuji Sakamoto

Reparto: Soya Kurokawa; Hiiragi Hinata; Sakura Ando; Eita; Mitsuki Takahata; Akihiro Kakuta; Shido Nakamura; Yûko Tanaka.

Música: Ryūichi Sakamoto

Fotografía: Ryûto Kondô.

 

 





Título original: An Unfinished Film

Año: 2024

Duración: 106 min.

País: Singapur

Dirección: Lou Ye

Guion: Lou Ye, Ma Yingli

Reparto: Huang  Xuan; Eric Qin; Qui Xi; Zhang Songwen; Liang Ming; Xiaourui Mao

Fotografía:Zeng Jian

 

 

La amarga vivencia infantil de la diferencia sexual y la homosexualidad como tabú en una reflexión metacinematográfica afectada por el Covid: La realidad en las dos orillas del Mar de la China Oriental.

 

          Hirokazu Koreeda es un autor muy volcado en los dramas familiares, y esa pericia, adquirida en el rodaje de tantos éxitos, porque por ellos se cuentan sus estrenos, le ha llevado a algo así como a una excelente vuelta de tuerca para contar una historia que se nos ofrece como un rompecabezas cuyo sentido último solo se desvela en el último tramo de la película. Rodada al estilo de Rashōmon, de Akira Kurosawa, la historia se nos contará desde diferentes puntos de vista, de tal manera que con unas y otras versiones nos iremos, finalmente, acercando a la verdadera realidad, que no es otra que la amarga vivencia infantil de una gran diferencia que no se asume en su integra realidad: la amistad diferente de dos chiquillos, uno de los cuales se convierte en víctima de acoso por pate del otro, quien, desde un mutismo insufrible, para su madre y para la comunidad escolar, vivirá su drama transformado en un acosador que, sin embargo, al ser reprimido por su profesor, y tratado de forma violenta, se convertirá en víctima.

          A partir del momento en que la madre del protagonista adquiere el convencimiento de que su hijo ha sido maltratado en la escuela, y pone una denuncia para que el profesor sea sancionado, asistimos a una suerte de radiografía del sistema educativo japonés, con la consiguiente alteración y posicionamiento del claustro de profesores y de la directora. Dada  perspectivas distintas, no acabamos de entender muy bien el desarrollo de los acontecimientos, y solo con la suma de todas las versiones sacamos en claro el porqué de todo y, sobre todo, las razones de unos y otros personajes para manifestarse como se manifiestan. Acaso haya algo de trampa en esa estructura, pero mantiene el interés de una forma subyugante, porque nos hace contemplar los detalles como elementos decisivos para lograr la intelección de lo sucedido.

          El estudio de personajes es una de las habilidades de Koreeda y ello no solo se ve en los niños protagonistas, sino, sobre todo, en la figura de la madre, viuda, y del profesor, cuya vida se descompone en un abrir y cerrar de ojos por la acusación de la madre y la inicial actuación timorata de una directora que oculta, como se suele decir, su propio cadáver en el armario, dada la tibieza de sus decisiones, pues quiere solventar la denuncia con una «simple» disculpa, ¡y cómo son las disculpas en Japón! ¡Tremendo ceremonial de humillación individual y colectiva!

          La narración de la vida cotidiana en una pequeña comunidad, en la que la vida de cada cual es motivo de habladurías, rumores y descaradas mentiras representa el lado nada amable de la coerción social sobre los individuos, sobre todo si estos se apartan de la corriente general y exhiben una independencia de criterio y de conducta que los aparta de las del resto de sus vecinos. A su manera, la vida del chiquillo y la del profesor acaban convirtiéndose en vidas especulares, y ambos han de sufrir un terrible tormento: el niño, aceptar la poderosa inclinación que siente hacia quien se considera el «tonto de la clase», en cuya marginación él se singulariza de un modo cruel para tratar de vencer esa inclinación, y el profesor superar una incomprensión hacia lo que él considera beneficioso para el alumno: una dura y violenta corrección que trata de atajar la conversión de una insociabilidad en una monstruosidad.

          Como nada es lo que parece desde el comienzo de la película, y la sospecha es la actitud que fundamenta el desarrollo de los acontecimientos, aguardamos en pura tensión la ampliación de nuevas visiones que nos permitan «tomar partido», por más que, en algunos momentos, se intuya incluso un desenlace trágico, por parte de algunos de los protagonistas de esta historia vivida con tanto desasosiego como infundada corrección política.

          Sin las magníficas interpretaciones que tiene sería difícil  asistir a la inmensa tensión que genera el desarrollo de la trama, porque Koreeda penetra en cada psicología individual con tal destreza y economía de medios que bastan algunas escenas para descubrirnos matices de sus personajes que en otros directores ni siquiera logran emerger, de lo planos que les salen. Muy atento, en la mejor tradición de un cine japonés (Kurosawa, Ozu, Mizoguchi...), a gestos, miradas y silencios que valen un potosí informativo para el espectador, quien, gracias a esos matices tan sensiblemente expuestos, capta la verdadera dimensión de esos personajes. Y no me extiendo más, a pesar de las ganas, porque no se trata de destripar un desarrollo dela trama del que acaso incluso haya dicho ya demasiado. Pero es lo que tienen las obras excelentes, arrastran el entusiasmo locuaz de quien las disfruta.

          Una película inacabada es la última obra (la de Koreeda es también su última película, por lo que hoy tocan «novedades» orientales...) de un cineasta chino tan singular como Lou Ye, cuya película Suzhou River me parece una de las películas más hermosas que he visto últimamente, y con esa exaltación la crítique en su día en este Ojo. Ye es un realizador incómodo para el Régimen, y prueba de ello es esta película que, aparte de ser una película sobre una película, para la que se reúne a los actores después de diez años de haber rodado las primeras secuencias, en un intento de retomara sin tener muy claro qué puede rodarse después de aquello que se rodó, lo cual no mete de lleno en un proyecto de muy difusos contornos que se acerca más a la nostalgia y a la felicidad del reencuentro entre director, actores y técnicos que propiamente a una historia definida. ¿Cuál es el motivo dinámico que va a impulsar el relato? Pues nada mas y nada menos que la aparición en la ciudad de Wuhan del virus del Covid, lo que va a obligar a buena parte del equipo convocado para el rodaje en el interior de un hotel del que, enseguida, las fuerzas del orden van a impedir salir a quienes en él se hallan, de igual modo que acordonan su perímetro para impedir intentos de fuga y fuerzan la incomunicación entre los hospedados en el hotel.

          En esa situación dramática, porque recordemos que la explosión contagiosa del virus se produce en las fechas en las que se celebra el Año Nuevo chino, que implica millones de desplazamientos a sus regiones de origen de todos los habitantes de las megalópolis chinas, los prematuramente confinados se van a ver separados de sus seres queridos por la decisión de las autoridades de limitar los movimientos de toda la población, algo que sorprendentemente consiguen con una rapidez que nos maravilla a los occidentales, quienes incluso nos  rebelamos, si bien muy tímidamente,  contra el confinamiento dictado por el gobierno de forma claramente inconstitucional, aunque este reconocimiento se hizo muy a posteriori.

          Desde la estrechez de una habitación de hotel, emerge con claridad el poder de un instrumento que se va a apoderar de la película, o mejor dicho, va a sustituirla: el teléfono móvil, a través del cual «vemos», con la técnica del falso documental, cuanto sucede en esos primeros momentos de la detección de la pandemia; pero también servirá no solo para contemplar el desarrollo de las relaciones interindividuales del protagonista  y otros personajes de la historia, sino también para disfrutar de esa rueda de números circenses que nos ofrecen los personajes para celebrar, cada uno a su manera, el Año Nuevo.

          La película, así pues, tiene una fuerte dosis experimental, pero, también, un acercamiento al inicio de la pandemia de 2020 que, hasta la fecha, es lo más original que he visto en pantalla, aunque tampoco han abundado las películas que se fijasen en ese momento de reclusión para levantar un edificio fílmico con el interés y la habilidad técnica con que lo hace Lou Ye.

          Se trata, con todo, de una película que desconcierta, aunque cuando se entra finalmente en la propuesta del director, la magnitud de la tragedia de la pandemia se nos impone de un modo que nos conmueve e impresiona, porque  todos tenemos recuerdos de aquellas siniestras visitas de las ambulancias a algunos bloques cercanos de donde se llevaban bien a los fallecidos bien a los agonizantes. Y todos recordamos las videoconferencias y las ciudades de calles desiertas, sin un alma, por las que los que bajábamos a comprar alimentos, el periódico, el gel protector, las mascarillas o el papel higiénico, paseábamos con una libertad impensable, ajenos a los pocos vehículos, casi siempre sanitarios que cruzaban las avenidas desiertas imponiendo la alarma de sus sirenas agoreras. La relación sentimental entre los esposos apartados, justo en el momento en que ella va a dar a luz a su primer hijo, y después, con la criatura ya en casa, alcanzan cimas emotivas de gran interés, y ello, recordémoslo, a través de la pantalla del móvil, lo que confiere a la película un valor testimonial muy importante.

         

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