lunes, 13 de abril de 2026

«Anonymous», de Roland Emmerich o el culto a Isis, «Y si...».

Una perfecta recreación de la gloriosa época del teatro isabelino para una ficción socorrida: Shakespeare no fue el autor de sus obras...

 

Título original: Anonymous

Año: 2011

Duración: 130 min.

País:  Reino Unido

Dirección: Roland Emmerich

Guion: John Orloff

Reparto: Rhys Ifans; Vanessa Redgrave; Joely Richardson; David Thewlis; Xavier Samuel; Sebastian Armesto; Rafe Spall; Edward Hogg; Jamie Campbell Bower; Mark Rylance; Derek Jacobi; Vicky Krieps; Sam Reid; Paolo De Vita.

Música: Harald Kloser, Thomas Wanker

Fotografía: Anna Foerster.

 

          Roland Emmerich es un director especializado en el cine de catástrofes, grandes superproducciones con un fuerte impacto en la taquilla, como Independence Day o El día de mañana, y otras por el estilo. Si en todas ellas el entretenimiento está asegurado, gracias en parte a una dirección que sabe qué elementos destacar, porque son los que el espectador quiere ver, lo mismo sucede en esta recreación histórica de la época de William Shakespeare o, acaso mejor dicho, del teatro isabelino en la época de Shakespeare, porque el periodo isabelino dejó impronta en órdenes de cosas muy diversas, desde la religión hasta la política, pasando por el impulso cultural.

          La película de Emmerich se plantea una de esas teorías recurrentes, y que pueden englobarse en la tendencia conspiranoica que alimenta a no pocos sectores sociales en nuestros días, tendencia a la que se suman los terraplanistas, los antivacunas o los negadores del cambio climático: Shakespeare no fue el verdadero autor de sus obras, sino un noble, Edward de Vere, conde de Oxford, que optó por el anonimato para disfrutar, desde él, de su influencia política en la época isabelina. La historia de la película va bastante más allá de la cuestión sobre la autoría de las obras de Shakespeare ―aquí se le representa como un actor no particularmente de muchas luces, a quien no le amarga el dulce de ser publicitado como autor de las obras, obras que le llegan de mano de su rival Ben Johnson, intermediario entre De Vere y el actor―, porque De Vere participa en una trama para usurparle el trono a Isabel, de quien es amante. El solo hecho de contemplar a Vanessa Redgrave haciendo de Isabel o a Rhys Ifans hacer de conspirador e inspirado dramaturgo que quiere agitar a las masas con sus mensajes teatrales que azuzan la rebelión contra el valido de la reina, Sir Cecil, ya merece la pena. Del mismo modo que es un placer ver y oír a Derek Jacobi, el inolvidable Claudio de la gran serie británica Yo, Claudio, de Herbert Wise, abrir y cerrar la obra como maestro de ceremonias. Se da la circunstancia de que Jakobi, notable y reconocidísimo actor shakespeariano, es uno de los «creyentes» en la teoría el autor alternativo, dado que, como es sabido, apenas hay manuscritos de las obras de Shakespeare, su firma  varía según los documentos y se trata de un autor no excesivamente culto para su tiempo, entre otras supuestas «razones», aunque el candidato De Vere, quien falleció antes que Shakespeare, tampoco tiene vinculación documental con las obras en cuestión.

          Sea como fuere, la trama está muy bien urdida y permite pasar un rato magnífico, sobre todo por la puesta en escena, tan rigurosamente británica, algo a lo que nos han malacostumbrado desde hace mucho. La presencia imponente del teatro The Globe, del que Shakespeare llegó a ser autor, actor y empresario, su recreación modélica, permite contrastar la vida popular con la de los aristócratas, empeñados en conjuras dinásticas y en librar batallas exclusivamente en función de su supervivencia. Llama, en este sentido, poderosamente la atención, el hecho de desafiar la verdad histórica radicalmente para convertir a la reina en amante de De Vere y madre de un hijo secreto, de quien recibió el apelativo de «reina virgen». Movernos en esa ficción alternativa no resta un ápice de interés a lo que es el argumento de la obra, sino que lo potencia, considerablemente, del mismo modo que la presencia de los Cecil, primero el padre, William, y luego el hijo, Robert, marca perfectamente el poder del Primer Ministro de la reina y fiel ejecutor de sus políticas, al tiempo que consejero estratégico, aunque aquí se nos presenten con un aura inquisitorial, impecablemente ennegrecidos de pies a cabeza.

          La película, ya digo, tiene su baza fundamental en la puesta en escena no solo de los ambientes nobles, sino, sobre todo, de los plebeyos, así como la descripción modélica de las funciones en el teatro, representaciones llenas de agitación popular que contrastan poderosamente con nuestras silenciosas liturgias. Digamos que en aquella época al público había que ganárselo con un gran plus de ingenio, del mismo modo que Lope de Vega tenía que luchar, con poderosas dosis de él, contra los reventadores y oras hierbas. A los espectadores que no hayamos estudiado particularmente el teatro isabelino, nos impresiona la presencia de dos autores claves de la época Christopher Marlowe y Ben Johnson, ambos presentes en las grandes representaciones del straffordonavonista, y muy atentos a sus geniales historias. La trama los usa, cada uno en su nivel, ya como cómplice de De Vere, a Marlowe, ya como siervo de él, a Johnson. Es muy ajustada, sin embargo, la visión de esos intríngulis de la escena teatral en la época, porque permite hacernos a la idea de cómo fueron en realidad los estrenos de obras tan famosas como Ricardo III, Hamlet o Romeo y Julieta, obras de plenitud del autor.

          He de insistir para que nadie se llame a engaño. Estamos en presencia de una ficción que se toma libertades a mansalva, pero el espectador se deja llevar por la verosimilitud de la representación, las grandes interpretaciones, la fastuosa puesta en escena y un vestuario de lujo y pasa un rato la mar de entretenido frente a la pantalla. No siempre el cine ha de tener un sentido trascendental. Recordemos que «divertir», apartar al espectador de sus preocupaciones habituales, forma parte de los fundamentos del Séptimo Arte: el mayor espectáculo del mundo.

 

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