Una perfecta recreación de la gloriosa época del teatro isabelino para una ficción socorrida: Shakespeare no fue el autor de sus obras...
Título original: Anonymous
Año: 2011
Duración: 130 min.
País: Reino Unido
Dirección: Roland Emmerich
Guion: John Orloff
Reparto: Rhys Ifans; Vanessa Redgrave; Joely Richardson; David Thewlis; Xavier
Samuel; Sebastian Armesto; Rafe Spall; Edward Hogg; Jamie Campbell Bower; Mark
Rylance; Derek Jacobi; Vicky Krieps; Sam Reid; Paolo De Vita.
Música: Harald Kloser, Thomas Wanker
Fotografía: Anna Foerster.
Roland Emmerich es un director especializado
en el cine de catástrofes, grandes superproducciones con un fuerte impacto en la
taquilla, como Independence Day o El día de mañana, y otras por
el estilo. Si en todas ellas el entretenimiento está asegurado, gracias en
parte a una dirección que sabe qué elementos destacar, porque son los que el espectador
quiere ver, lo mismo sucede en esta recreación histórica de la época de William
Shakespeare o, acaso mejor dicho, del teatro isabelino en la época de Shakespeare,
porque el periodo isabelino dejó impronta en órdenes de cosas muy diversas,
desde la religión hasta la política, pasando por el impulso cultural.
La película de
Emmerich se plantea una de esas teorías recurrentes, y que pueden englobarse en
la tendencia conspiranoica que alimenta a no pocos sectores sociales en
nuestros días, tendencia a la que se suman los terraplanistas, los antivacunas
o los negadores del cambio climático: Shakespeare no fue el verdadero autor de
sus obras, sino un noble, Edward de Vere, conde de Oxford, que optó por el
anonimato para disfrutar, desde él, de su influencia política en la época
isabelina. La historia de la película va bastante más allá de la cuestión sobre
la autoría de las obras de Shakespeare ―aquí se le representa como un actor no
particularmente de muchas luces, a quien no le amarga el dulce de ser
publicitado como autor de las obras, obras que le llegan de mano de su rival
Ben Johnson, intermediario entre De Vere y el actor―, porque De Vere participa
en una trama para usurparle el trono a Isabel, de quien es amante. El solo
hecho de contemplar a Vanessa Redgrave haciendo de Isabel o a Rhys Ifans hacer
de conspirador e inspirado dramaturgo que quiere agitar a las masas con sus
mensajes teatrales que azuzan la rebelión contra el valido de la reina, Sir
Cecil, ya merece la pena. Del mismo modo que es un placer ver y oír a Derek
Jacobi, el inolvidable Claudio de la gran serie británica Yo, Claudio, de
Herbert Wise, abrir y cerrar la obra como maestro de ceremonias. Se da la
circunstancia de que Jakobi, notable y reconocidísimo actor shakespeariano, es
uno de los «creyentes» en la teoría el autor alternativo, dado que, como es
sabido, apenas hay manuscritos de las obras de Shakespeare, su firma varía según los documentos y se trata de un
autor no excesivamente culto para su tiempo, entre otras supuestas «razones»,
aunque el candidato De Vere, quien falleció antes que Shakespeare, tampoco
tiene vinculación documental con las obras en cuestión.
Sea como
fuere, la trama está muy bien urdida y permite pasar un rato magnífico, sobre
todo por la puesta en escena, tan rigurosamente británica, algo a lo que nos
han malacostumbrado desde hace mucho. La presencia imponente del teatro The
Globe, del que Shakespeare llegó a ser autor, actor y empresario, su recreación
modélica, permite contrastar la vida popular con la de los aristócratas,
empeñados en conjuras dinásticas y en librar batallas exclusivamente en función
de su supervivencia. Llama, en este sentido, poderosamente la atención, el
hecho de desafiar la verdad histórica radicalmente para convertir a la reina en
amante de De Vere y madre de un hijo secreto, de quien recibió el apelativo de «reina
virgen». Movernos en esa ficción alternativa no resta un ápice de interés a lo
que es el argumento de la obra, sino que lo potencia, considerablemente, del
mismo modo que la presencia de los Cecil, primero el padre, William, y luego el
hijo, Robert, marca perfectamente el poder del Primer Ministro de la reina y fiel
ejecutor de sus políticas, al tiempo que consejero estratégico, aunque aquí se
nos presenten con un aura inquisitorial, impecablemente ennegrecidos de pies a
cabeza.
La película,
ya digo, tiene su baza fundamental en la puesta en escena no solo de los
ambientes nobles, sino, sobre todo, de los plebeyos, así como la descripción
modélica de las funciones en el teatro, representaciones llenas de agitación
popular que contrastan poderosamente con nuestras silenciosas liturgias.
Digamos que en aquella época al público había que ganárselo con un gran plus de
ingenio, del mismo modo que Lope de Vega tenía que luchar, con poderosas dosis
de él, contra los reventadores y oras hierbas. A los espectadores que no
hayamos estudiado particularmente el teatro isabelino, nos impresiona la
presencia de dos autores claves de la época Christopher Marlowe y Ben Johnson,
ambos presentes en las grandes representaciones del straffordonavonista, y muy
atentos a sus geniales historias. La trama los usa, cada uno en su nivel, ya
como cómplice de De Vere, a Marlowe, ya como siervo de él, a Johnson. Es muy ajustada,
sin embargo, la visión de esos intríngulis de la escena teatral en la época,
porque permite hacernos a la idea de cómo fueron en realidad los estrenos de
obras tan famosas como Ricardo III, Hamlet o Romeo y Julieta, obras de plenitud
del autor.
He de insistir
para que nadie se llame a engaño. Estamos en presencia de una ficción que se
toma libertades a mansalva, pero el espectador se deja llevar por la verosimilitud
de la representación, las grandes interpretaciones, la fastuosa puesta en
escena y un vestuario de lujo y pasa un rato la mar de entretenido frente a la
pantalla. No siempre el cine ha de tener un sentido trascendental. Recordemos
que «divertir», apartar al espectador de sus preocupaciones habituales, forma
parte de los fundamentos del Séptimo Arte: el mayor espectáculo del mundo.

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