viernes, 10 de abril de 2026

«La vida de Chuck», de Mike Flanagan, o del cine de terror al cine «de autor».

Una vida muy bien narrada en un tríptico temporal invertido fantástico.

 

Título original: The Life of Chuck

Año: 2024

Duración: 110 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Mike Flanagan

Guion: Mike Flanagan. Historia: Stephen King

Reparto: Tom Hiddleston; Chiwetel Ejiofor; Karen Gillan; Jacob Tremblay; Mark Hamill; Mia Sara; Benjamin Pajak; Cody Flanagan; Carl Lumbly; Trinity Jo-Li Bliss; Q'orianka Kilcher; Harvey Guillén; Matthew Lillard; Antonio Raul Corbo; David Dastmalchian; Kate Siegel; Annalise Basso; Samantha Sloyan; Rahul Kohli; Matt Biedel; Sauriyan Sapkota; Saidah Arrika Ekulona; Michael Trucco; Violet McGraw; Molly C. Quinn; Mike Flanagan; Heather Langenkamp; Joey Shear; Lauren LaVera; Nick Offerman.

Música: The Newton Brothers

Fotografía: Eben Bolter.

 

          No le he leído  a nadie, al escribir sobre esta película, el reconocimiento del vínculo clarísimo que tiene con Los Fabelman, pero esa ha sido la sensación que yo he tenido mientras seguía la vida de Chuck en los tres actos episódicos con que se nos narra, y en manifiesto desorden cronológico, de acuerdo con el original, firmado por Stephen King. Mike Flanagan es, al parecer, un reconocido valor del género del terror, con atrevidos remakes, en forma de serie, de La caída de la casa Usher, Carrie y La maldición de Bly Minor (adaptación de Otra vuelta de tuerca) y de La casa encantada, todos ellos clásicos acreditados. De su propia cosecha hay dos películas en Filmin, Oculos y Somnia, a las que no tardaré en acercarme, para ver cuáles son esos «nuevos» rumbos de género al que, sobre todo de adolescente, tan aficionado fui, si bien hace mucho que el propio género difuminó sus nítidas líneas fronterizas con otros géneros y solo quedaron productos de escasísima imaginación dominando el cotarro frente a las ingeniosas creaciones de antaño, con la productora Hammer a la cabeza. Algo de eso sucede en esta película que, por venir de la febril imaginación de King, contiene una dimensión fantástica de la que solo nos enteramos al final de la película, en el desenlace, lo que nos lleva a rever todo lo visto en clave de ese descubrimiento.

          El camino para llegar al tercer acto entrañable, emotivo y fabelmaniano es, con todo, espectacular, porque entramos in medias res, esto es, en pleno desarrollo literal del fin del mundo, un relato apocalíptico que seguimos a través de los ojos temerosos e incrédulos de un profesor de High School que habla con su ex y, a lo largo de la jornada, con varias personas que reaccionan de diferentes maneras a lo que está sucediendo, un final apocalíptico que parece significar el fin de la hegemonía de la humanidad sobre el planeta, a juzgar por las noticias que aquí y allá se van escuchando de cuanto ocurre en el mundo y fuera de él, porque todo apunto a un cataclismo de carácter cósmico. Choca mucho, no obstante, la aparente calma con que todo parece desarrollarse, y prueba de ella es la conversación entre el profesor y otro miembro de la comunidad que contempla con sólido estoicismo la terrible adversidad a la que se enfrentan. Aquí y allá, en ese paisaje de destrucción aparece reiteradamente una imagen: la de Chuck (Charles) Krantz, en una valla publicitaria en la que se lee: «Charles Krantz. ¡39 años estupendos! ¡Gracias, Chuck!», cuyo exacto significado solo conoceremos, ya lo he dicho, en el desenlace que se corresponde con la tercera parte del tríptico.

          La segunda parte de la película, anterior en el tiempo a la primera, nos ofrece el deambular de un contable, con su cartera, inequívoco atributo laboral, que está en una ciudad extraña y amable ―el diseño de la escenografía me recordó a la ciudad comercial llamada La Roca, en Barcelona― en la que hace tiempo hasta que le llegue la hora de dar la segunda conferencia sobre contabilidad, su especialidad. Entonces entramos en contacto con el personaje que aparecía antes en la valla publicitaria y lo vemos, además, del modo más extraño posible, porque lo esencial de esta parte es el encuentro fortuito y decisivo que se produce entre el personaje y una baterista que se gana la vida tocando en la calle un instrumento que, por sí solo, no parece que dé de sí lo que, en compañía del insólito baile que va a ejecutar Chuck, va a dar, convirtiéndose en un momento mágico de la historia, una suerte de hit equivalente en todo momento a aquellos que se recopilaron en That’s Entertaintment!, que tanto hicieron por recuperar el gusto por otro género que me apasiona: el cine musical. De repente, como obedeciendo una llamada atávica, el personaje necesita dejar la cartera en el suelo y, tras «sentir» los diferentes ritmos que la baterista le sugiere, iniciar una coreografía improvisada a la que, para sorpresa suya, invitará a una joven del corro del público que enseguida se ha formado al verle ejecutar los primeros pasos, ¡y ahí que se lanzan ambos, a plasmar un dúo que deja pálidos todos los de La, La, Land, sin ir más lejos! ¡Cómo andaré de memoria que iba a escribir que era «la primera vez» que veía a Tom Hiddleston!, cuando, en realidad, lo he visto en hasta cuatro películas más, pero se ve que hasta ahora no había tenido un papel protagónico tan marcado, o mejor dicho, un momento tan «especial» en el desarrollo de la historia, porque en la tercera parte desaparece y emergen su niñez y primera juventud, con otros dos actores cuya actuación no le van a la zaga, por cierto!:  War Horse, de Spielberg;  The Deep Blue Sea, de Terence Davies;  Only Lovers Left Alive, de Jim Jarmusch,  y Midnight in Paris, de Woody Allen, ¡nada menos!

          El nexo entre la segunda parte y la tercera son las imágenes que le vienen a la mente a Cuck cuando está decidiendo si ha de seguir su «instinto» y lanzarse a bailar en ese ínterin hasta su segunda ponencia o pasar de largo. Esas imágenes alternan las baquetas sobre las cajas de la batería con la cuchara de palo sobre la cazuela en la cocina donde la abuela guisa siguiendo el ritmo de las canciones de rock que adora. Y esa relación privilegiada entre el nieto, que ha perdido a sus padres y se ha de criar con los abuelos, y la abuela a través de las improvisadas lecciones de baile que le imparte nos lleva en volandas rítmicas a la tercera parte, en la que no solo asistiremos a la consolidación de la vocación danzante del joven, sino a la muy especial relación con su abuelo, un contable retirado que le imbuye, ¡en un memorable discurso!, de la importancia de las matemáticas. Y ahí aparece el mítico Lucky Skywalker, Mark Hamill, bordando un papel decisivo en la historia del joven, porque, a través de él entramos, ¡finalmente!, en el universo fantástico de Stephen King, si bien con una dimensión perfectamente compatible con el realismo de la historia, o, si se prefiere, el particular «realismo mágico», etiqueta que, tal vez, le convenga.

          Es en el relato de la infancia y primera juventud de Chuck donde acaba teniendo sentido la invocación de Walt Whitman que preside la narración: I am large, I contain multitudes («Soy enorme, contengo multitudes») que le inculca al niño su profesora de baile, y en ese tiempo narrativo aparecerán personajes que vimos en la primera parte, pero solo al final, en un excelente desenlace, acabaremos de entenderlo todo. ¡Y merece la pena! La película juega muy fuerte la baza de la emoción, y sale triunfadora, porque a pesar de apostar por dirigirse a la sensibilidad del espectador, la película ni siquiera roza lo sensiblero, pero, al verla, eso sí, se te clava en el corazón.

          Se trata de una película que va a contracorriente de lo habitual, no solo por la estructura, sino por la propia complejidad de las relaciones humanas en juego y por lo que significa, en términos biográficos, contar una vida que, en principio, no presenta ningún rasgo extraordinario que la aparte de la de cada uno de nosotros, y esa proximidad es lo que debería impulsar a los espectadores para no perdérsela.

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