martes, 8 de septiembre de 2026

«El ser querido», de Rodrigo Sorogoyen, un paso en falso.

 

La técnica interpretativa que sustituye a la vida: Mucha intensidad, escasa emoción.

 

Título original: El ser querido

Año: 2026

Duración: 135 min.

País:  España

Dirección: Rodrigo Sorogoyen

Guion: Isabel Peña, Rodrigo Sorogoyen

Reparto: Javier Bardem; Victoria Luengo; Raúl Arévalo; Marina Foïs; Raúl Prieto; Pepa Gracia: Melina ; Matthews; Nuria Prims; Pablo Gómez-Pando; Malena Villa; Mourad Ouani; Miguel Garcés; Laura Birn;  Rulo Pardo; Miguel Ángel Puro; Pedro Rubio; Chema Tena; Nadia Torrijos; Claudio Villarrubia; Juan Vinuesa: Emmet Christakopoulos; Ane Pikaza; Timothy Cordukes: ; Raquel Ferri; Conchi Espejo.

Música: Olivier Arson

Fotografía: Álex de Pablo.

 

          El azar ha querido que  no hayamos terminado hasta ayer La angustia de vivir, de George Seaton, el único Oscar en la carrera de Grace Kelly, que iba a aparecer en una crítica doble con Enséñame a querer, del mismo director, bastante antes de que pensáramos en ir al cine a ver la de Sorogoyen, pero este fin de semana pasamos por delante de la sala justo a la hora de la película y entramos, en «nuestra fila», esto es, la última, y la vimos estupendamente. Se me adelanta, pues, esta crítica a la de las películas de Seaton, y da la casualidad de que aparece detrás de la serie que acabamos de ver, Antidisturbios. Y de esta escribo: «He de reconocer que el prólogo de la serie, con la tensión entre padre e hija a propósito de si el padre ha hecho trampas o no en la partida familiar de Trivial, una disputa en la que se aprecian viejas heridas no cicatrizadas, la frontera entre sanidad y locura no acaban de estar muy claras». Pues bien, da la impresión de que Sorogoyen ha querido convertir esta escena en una película, y lo hace de tal manera que ese enfrentamiento, para mal, marca tan decididamente el desarrollo de la película que,  al final, en la entrevista que tiene el director de cine que interpreta Javier Bardem y su hija, aspirante a actriz, en la tienda del director durante el rodaje en el desierto, seguimos estancados en la misma situación, sin haber dado ni un paso de yenka para vislumbrar una evolución en los personajes que vaya más allá del enfrentamiento radical a cara de perro. La primera entrevista se produce en un restaurante y, más allá, de la tensión masticable entre un padre y una hija que hace trece años que no se ven, lo mejor es el modo como el juego plano-contraplano nos ofrece una suerte de descomposición física que acentúa el intercambio de suspicacias, recelos, agravios y mentiras. Sorprende que tras esa entrevista, la hija, actriz sin mucha suerte, decida aceptar la proposición de un padre que no le inspira el más mínimo afecto, pero los caminos de la ambición se escriben con renglones torcidos, ciertamente. La explicación de la historia que se va a rodar es tan sucinta como tópica y no tardaremos en ver que se trata de un pretexto como cualquier otro para centrarnos en lo verdaderamente importante de la película: la relación padre-hija y el esclarecimiento de quién de los dos nos cuenta una historia más fiable de una experiencia traumática que vivió de niña la hija con su padre. El cine dentro del cine, y La noche americana, de Truffaut, fue una experiencia demasiado hermosa como para no tenerla de referente constante, suele gustarle a la audiencia, y he de reconocer que la mejor secuencia de la película, la escena de la comida a las nueve de la mañana, un guiso de patata con caballa, forma parte de ese microcosmos que es el rodaje y la interacción del director con los actores. Recordemos, para entender cabalmente el tipo de director que representa Javier Bardem —cuyas cualidades para el thriller psicológico son envidiables— , la película Bailar en la oscuridad, protagonizada por la cantante Björk, quien acabó mentalmente alteradísima tras el rodaje con Lars von Trier, con quien juró y perjuró que no volvería a trabajar en su vida. Si bien esa escena cómica, mucho más por la poca gracia que le hace al colérico director, consigue distender la tensión que se genera desde el mismísimo comienzo de la película, no se trata sino de una ficción, porque la propia escena se resuelve en un amargo y terrible enfrentamiento entre padre e hija. No me extraña en absoluto que Sorogoyen haya escogido a Luengo para esta película, teniendo en cuenta el inicio de Antidisturbios, auténtico embrión de la presente, pero del mismo modo que en la serie sentí un recelo inmediato ante el personaje, que me pareció en exceso sobreactuado, aquí ocurre otro tanto de lo mismo, ¡y ni siquiera tenemos el asidero de la historia sin historia de la colonización del Sáhara por España —que no parece tener más sentido que permitirle al actor lanzar su arenga en defensa tópica del pueblo saharaui, bastante olvidado por toda la izquierda desde que Pedro Sánchez optó, sin consultar su cambio en el Congreso y el Senado, por reconocer la soberanía marroquí sobre el territorio, aún pendiente de que se cumplan las resoluciones de la ONU sobre el proceso descolonizador, que afecta a España— para agarrarnos a ella y bucear en busca de relaciones que nos permitan comprender mejor el drama paterno-filial que, insisto, no progresa adecuadamente...

          Se le ha reprochado a Sorogoyen el cambio cromático del color al blanco y negro, como si fuera un capricho estético sin más, algo así como un adorno. He de discrepar, y me parece un gran acierto, aunque tampoco es algo novedoso —Woody Allen lo ha utilizado con cierta asiduidad—, porque, a mi modesto entender, trata de traducir cromáticamente estados instintivos que admiten muy pocos matices. Perdemos la pluralidad de colores y nos adentramos en la monomanía de ciertas tendencias psicológicas o de temperamento que contribuyen al retrato del personaje. Sí, en cuanto cambiamos al blanco y negro nos tememos lo peor, y no nos equivocamos.

          Con todo, tengo la impresión de que Sorogoyen ha confundido la intensidad con la auténtica pasión. Los actores, fundamentalmente Bardem y Luengo, tiran  de método, pero vemos sus actuaciones muy forzadas, muy intensas, pero nada naturales, poco «vitales». La teoría se la saben y la explica el director a su hija en una secuencia de la película: «has de despojarte de ti, de todo lo tuyo, para que emerja el personaje», pero, paradójicamente, ninguno de los dos consigue su objetivo, aunque Bardem sí en algunas escenas muy concretas, como la del rodaje de la comida, por ejemplo, o cuando entra en la habitación de la colaboradora que decide dejarle en mitad de rodaje e irse, porque no soporta el despotismo del director: esa entrevista en la habitación de ella genera un desasosiego terrorífico en el espectador, porque, realmente, ¡y sin  blanco y negro!, tememos que pueda tener un desenlace trágico.

          No diré que la película no merezca verse, porque el nivel que tiene es muy alto, aunque los defectos, sobre todo la falta de historia o su alargamiento durante excesivo metraje la lastran y la convierten más en una película próxima a Almodóvar que a su propio cine, tan interesante, El reino, As bestas, por ejemplo. ¿En qué se parece al manchego? En la búsqueda de los dichosos «momentazos» que acaban entorpeciendo la narración, desustanciándola, a favor de las «estrellas» con que suele codearse Almodóvar, cuyo lucimiento se potencia en detrimento, casi siempre, de la propia historia. Ya he mencionado el descomunal tour de force del enfrentamiento entre padre e hija, un conflicto que peca de estático y que nos impide ver, por la falta de naturalidad de ambos, el verdadero trasfondo del abandono paterno y la ambigua relación con la madre, también actriz, a quien el padre «destrozó» en la película que rodaron juntos antes de separarse definitivamente. Insisto, todo esto son meras «referencias» insustanciales, y ninguna «vida» se extrae de ellas para vivir el espectador el conflicto desde la auténtica emoción, no desde su «representación», bastante sobreactuada.

          Mientras que en Valor sentimental, el padre y director rueda su versión de la vida familiar, la historia del Sáhara, en esta que se compara con aquella, no es más que un pretexto para buscar un emplazamiento exótico donde el padre intente satisfacer su afán de expiar la culpabilidad que siente por no haber hecho nada por una hija que, insisto, borró voluntariamente de su vida durante trece años. Las relaciones familiares tienen muchos altibajos, y puede suceder casi de todo, como lo demostró David Lynch en Una historia verdadera, pero desde la secuencia inicial de la película sabemos que tiene pocos visos de prosperar hacia un final de reconciliación y armonía. Las heridas son profundas, pero no sentimos su particular latido en la pantalla, aunque habrá seguidores a quienes les plazca el método interpretativo exhibido por la pareja protagonista.

          Nota: Por razones obvias, el rodaje no se lleva a cabo en el Sáhara, sino en Fuerteventura, donde transcurre la acción de un thriller romántico de Jan Ole Gerster, Islands, que mi Conjunta y yo vimos hace poco por rememorar nuestra estancia en tan ventosa isla. Con esta he de reconocer que ese aspecto paisajístico nos ha impresionado, porque la isla sí que merece ser vista y visitada, de todas todas, y a menudo...

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