La técnica interpretativa que sustituye a la vida: Mucha intensidad, escasa emoción.
Título original: El ser
querido
Año: 2026
Duración: 135 min.
País: España
Dirección: Rodrigo Sorogoyen
Guion: Isabel Peña, Rodrigo
Sorogoyen
Reparto: Javier Bardem; Victoria
Luengo; Raúl Arévalo; Marina Foïs; Raúl Prieto; Pepa Gracia: Melina ; Matthews;
Nuria Prims; Pablo Gómez-Pando; Malena Villa; Mourad Ouani; Miguel Garcés; Laura
Birn; Rulo Pardo; Miguel Ángel Puro; Pedro
Rubio; Chema Tena; Nadia Torrijos; Claudio Villarrubia; Juan Vinuesa: Emmet
Christakopoulos; Ane Pikaza; Timothy Cordukes: ; Raquel Ferri; Conchi Espejo.
Música: Olivier Arson
Fotografía: Álex de Pablo.
El azar ha
querido que no hayamos terminado hasta
ayer La angustia de vivir, de George Seaton, el único Oscar en la
carrera de Grace Kelly, que iba a aparecer en una crítica doble con Enséñame
a querer, del mismo director, bastante antes de que pensáramos en ir al
cine a ver la de Sorogoyen, pero este fin de semana pasamos por delante de la
sala justo a la hora de la película y entramos, en «nuestra fila», esto es, la
última, y la vimos estupendamente. Se me adelanta, pues, esta crítica a la de
las películas de Seaton, y da la casualidad de que aparece detrás de la serie que
acabamos de ver, Antidisturbios. Y de esta escribo: «He de reconocer que el
prólogo de la serie, con la tensión entre padre e hija a propósito de si el
padre ha hecho trampas o no en la partida familiar de Trivial, una disputa en
la que se aprecian viejas heridas no cicatrizadas, la frontera entre sanidad y
locura no acaban de estar muy claras». Pues bien, da la impresión de que
Sorogoyen ha querido convertir esta escena en una película, y lo hace de tal
manera que ese enfrentamiento, para mal, marca tan decididamente el desarrollo
de la película que, al final, en la entrevista
que tiene el director de cine que interpreta Javier Bardem y su hija, aspirante
a actriz, en la tienda del director durante el rodaje en el desierto, seguimos
estancados en la misma situación, sin haber dado ni un paso de yenka para
vislumbrar una evolución en los personajes que vaya más allá del enfrentamiento
radical a cara de perro. La primera entrevista se produce en un restaurante y,
más allá, de la tensión masticable entre un padre y una hija que hace trece
años que no se ven, lo mejor es el modo como el juego plano-contraplano nos
ofrece una suerte de descomposición física que acentúa el intercambio de
suspicacias, recelos, agravios y mentiras. Sorprende que tras esa entrevista,
la hija, actriz sin mucha suerte, decida aceptar la proposición de un padre que
no le inspira el más mínimo afecto, pero los caminos de la ambición se escriben
con renglones torcidos, ciertamente. La explicación de la historia que se va a
rodar es tan sucinta como tópica y no tardaremos en ver que se trata de un
pretexto como cualquier otro para centrarnos en lo verdaderamente importante de
la película: la relación padre-hija y el esclarecimiento de quién de los dos
nos cuenta una historia más fiable de una experiencia traumática que vivió de
niña la hija con su padre. El cine dentro del cine, y La noche americana,
de Truffaut, fue una experiencia demasiado hermosa como para no tenerla de
referente constante, suele gustarle a la audiencia, y he de reconocer que la
mejor secuencia de la película, la escena de la comida a las nueve de la
mañana, un guiso de patata con caballa, forma parte de ese microcosmos que es
el rodaje y la interacción del director con los actores. Recordemos, para
entender cabalmente el tipo de director que representa Javier Bardem —cuyas
cualidades para el thriller psicológico son envidiables— , la película Bailar
en la oscuridad, protagonizada por la cantante Björk, quien acabó
mentalmente alteradísima tras el rodaje con Lars von Trier, con quien juró y
perjuró que no volvería a trabajar en su vida. Si bien esa escena cómica, mucho
más por la poca gracia que le hace al colérico director, consigue distender la
tensión que se genera desde el mismísimo comienzo de la película, no se trata
sino de una ficción, porque la propia escena se resuelve en un amargo y
terrible enfrentamiento entre padre e hija. No me extraña en absoluto que
Sorogoyen haya escogido a Luengo para esta película, teniendo en cuenta el
inicio de Antidisturbios, auténtico embrión de la presente, pero del
mismo modo que en la serie sentí un recelo inmediato ante el personaje, que me
pareció en exceso sobreactuado, aquí ocurre otro tanto de lo mismo, ¡y ni siquiera
tenemos el asidero de la historia sin historia de la colonización del Sáhara por
España —que no parece tener más sentido que permitirle al actor lanzar su
arenga en defensa tópica del pueblo saharaui, bastante olvidado por toda la
izquierda desde que Pedro Sánchez optó, sin consultar su cambio en el Congreso
y el Senado, por reconocer la soberanía marroquí sobre el territorio, aún pendiente
de que se cumplan las resoluciones de la ONU sobre el proceso descolonizador,
que afecta a España— para agarrarnos a ella y bucear en busca de relaciones que
nos permitan comprender mejor el drama paterno-filial que, insisto, no progresa
adecuadamente...
Se le ha
reprochado a Sorogoyen el cambio cromático del color al blanco y negro, como si
fuera un capricho estético sin más, algo así como un adorno. He de discrepar, y
me parece un gran acierto, aunque tampoco es algo novedoso —Woody Allen lo ha
utilizado con cierta asiduidad—, porque, a mi modesto entender, trata de
traducir cromáticamente estados instintivos que admiten muy pocos matices.
Perdemos la pluralidad de colores y nos adentramos en la monomanía de ciertas
tendencias psicológicas o de temperamento que contribuyen al retrato del
personaje. Sí, en cuanto cambiamos al blanco y negro nos tememos lo peor, y no
nos equivocamos.
Con todo,
tengo la impresión de que Sorogoyen ha confundido la intensidad con la
auténtica pasión. Los actores, fundamentalmente Bardem y Luengo, tiran de método, pero vemos sus actuaciones muy
forzadas, muy intensas, pero nada naturales, poco «vitales». La teoría se la
saben y la explica el director a su hija en una secuencia de la película: «has
de despojarte de ti, de todo lo tuyo, para que emerja el personaje», pero, paradójicamente,
ninguno de los dos consigue su objetivo, aunque Bardem sí en algunas escenas
muy concretas, como la del rodaje de la comida, por ejemplo, o cuando entra en
la habitación de la colaboradora que decide dejarle en mitad de rodaje e irse,
porque no soporta el despotismo del director: esa entrevista en la habitación de
ella genera un desasosiego terrorífico en el espectador, porque, realmente, ¡y
sin blanco y negro!, tememos que pueda
tener un desenlace trágico.
No diré que la
película no merezca verse, porque el nivel que tiene es muy alto, aunque los
defectos, sobre todo la falta de historia o su alargamiento durante excesivo
metraje la lastran y la convierten más en una película próxima a Almodóvar que
a su propio cine, tan interesante, El reino, As bestas, por
ejemplo. ¿En qué se parece al manchego? En la búsqueda de los dichosos «momentazos»
que acaban entorpeciendo la narración, desustanciándola, a favor de las «estrellas»
con que suele codearse Almodóvar, cuyo lucimiento se potencia en detrimento,
casi siempre, de la propia historia. Ya he mencionado el descomunal tour de force
del enfrentamiento entre padre e hija, un conflicto que peca de estático y que
nos impide ver, por la falta de naturalidad de ambos, el verdadero trasfondo
del abandono paterno y la ambigua relación con la madre, también actriz, a
quien el padre «destrozó» en la película que rodaron juntos antes de separarse
definitivamente. Insisto, todo esto son meras «referencias» insustanciales, y ninguna
«vida» se extrae de ellas para vivir el espectador el conflicto desde la
auténtica emoción, no desde su «representación», bastante sobreactuada.
Mientras que
en Valor sentimental, el padre y director rueda su versión de la vida familiar,
la historia del Sáhara, en esta que se compara con aquella, no es más que un
pretexto para buscar un emplazamiento exótico donde el padre intente satisfacer
su afán de expiar la culpabilidad que siente por no haber hecho nada por una hija
que, insisto, borró voluntariamente de su vida durante trece años. Las
relaciones familiares tienen muchos altibajos, y puede suceder casi de todo, como
lo demostró David Lynch en Una historia verdadera, pero desde la
secuencia inicial de la película sabemos que tiene pocos visos de prosperar hacia
un final de reconciliación y armonía. Las heridas son profundas, pero no sentimos
su particular latido en la pantalla, aunque habrá seguidores a quienes les
plazca el método interpretativo exhibido por la pareja protagonista.
Nota:
Por razones obvias, el rodaje no se lleva a cabo en el Sáhara, sino en
Fuerteventura, donde transcurre la acción de un thriller romántico de Jan Ole
Gerster, Islands, que mi Conjunta y yo vimos hace poco por rememorar
nuestra estancia en tan ventosa isla. Con esta he de reconocer que ese aspecto
paisajístico nos ha impresionado, porque la isla sí que merece ser vista y
visitada, de todas todas, y a menudo...

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