La estética no suple, a pesar de su magnificencia, las carencias elementales del relato.
Título original: In the Hand of Dante
Año: 2025
Duración: 150 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Julian Schnabel
Guion: Julian Schnabel, Louise Kugelberg. Novela: Nick Tosches
Reparto: Oscar Isaac; Gal Gadot; Gerard Butler; John Malkovich; Louis
Cancelmi; Sabrina Impacciatore;
Franco Nero; Benjamin
Clémentine; Paolo Bonacelli; Martin Scorsese; Al Pacino; Jason Momoa; Lorenzo
Zurzolo; Claudio Santamaria; Fortunato Cerlino; Guido Caprino; Duke Nicholson; Lolita
Chammah; David Agranov; Dora Romano; Howard Thomas Ray; Ford Leland.
Música; Benjamin Clémentine
Fotografía: Roman Vasyanov.
Solo cuando
provienen de determinadas personas suelo seguir las recomendaciones para ver
esta o aquella película. Mi buen amigo Josep es un profundo admirador de películas
en las que la puesta en escena suelen valerlo todo, por encima de la historia,
el desarrollo del guion e incluso de las interpretaciones. Y este es uno de
esos casos, pero, en esta ocasión, se ha dado cuenta de los endebles giros de
guion que han desplazado la historia de lo verosímil a los terrenos, siempre
fértiles, de la fantasía, pero, en esta película, hasta podemos hablar del
delirio.
La historia de
manuscritos perdidos y hallados es tan larga como la creación de la Biblia y,
aunque la Ilíada y la Odisea se transmitieron oralmente, los papiros de
Oxirrinco nos demuestran que ya en el siglo III a. C. se transmitían por
escrito. Que de Dante no se conserva ningún manuscrito ológrafo lo emparenta con
Shakespeare, del que tampoco hay obra suya manuscrita que haya sobrevivido.
Homero, Dante y Shakespeare, tres ingenios ágrafos, permítaseme decir. Ello
induce a fantasear acerca de la posibilidad de hallar algún original manuscrito.
Y hace poco crítique en este Ojo una película inglesa que lo hacía sobre la tesis
e que Shakespeare no fue el verdadero autor de sus obras: Anonymous, de
Roland Emmerich, una película muy entretenida y mejor ambientada. Ahora, Julian
Schnabel, de quien vi no hace mucho su At Eternity's Gate («Van Gogh a
las puertas de la eternidad»), una crítica que se me quedó en el tintero...;
ahora, digo, se atreve con una trama de marcado carácter superventas, muy al
estilo de los libros del famoso Dan Brown, El código Da Vinci y otros
similares.
Lo digo porque también en esta visión en
dos tiempos paralelos de la vida y obra de Dante, hay una intriga que se
sobrepone a cualesquiera otros asuntos de interés, como la penetración psicológica
en los caracteres de los personajes, algo que se sustituye por la excentricidad
y una caracterización, de vestuario y maquillaje, que llama mucho la atención
de los espectadores, dado que, bajo ellos, aparecen actores tan diversos como
Franco Nero, Al Pacino, John Malkovich o Martin Scorsese, bazas fílmicas sorprendentes,
pero de interés narrativo muy dispar.
La película se inicia con la presentación
de un autor maldito Nick Tosches, al que le ofrecen, como traductor que ha sido
de la Divina Comedia, la posibilidad de un negocio que tiene que ver con ese
autor. De forma contrapuntística se nos narrará, también, la vida de Dante,
tras conocer de visu a Beatriz, y su exilio itinerante hasta que se
asentó en Rávena, donde culminó la escritura de la obra con su Paraíso. El
primer cameo importante de la película es la aparición de Al Pacino como el tío
del niño Nick, quien se presenta ante él para confesar que acaba de degollar a
un niño que le había provocado. El tono del discurso del tío no solo
configurará la mentalidad del sobrino, sino que sirve de precedente para
entender parte del desarrollo. Bien puede decirse que la continuación de esa
increíble escena dialógica es la presentación de un sicario, Louie, interpretado maravillosamente por Gerard Butler, a pesar de lo repulsivas que
llegan a ser sus apariciones, lo que demuestra el altísimo nivel de su
interpretación. Los diálogos en el avión entre él y Nick son todo un acierto.
Por esos caminos ignotos que solo Dios
conoce, llega a manos de un traficante de obras de arte el chivatazo sobre el
poseedor del único manuscrito de la Divina Comedia que existe. Se trata,
primero, de presentarse en la mansión de marras, italiana, y apropiarse, mediante
el asesinato, del codiciado códice. Y ahí tenemos al escritor maldito y al
sicario compartiendo aventura. Un sicario que, en la trama paralela sobre la
vida de Dante será el Papa Bonifacio VIII, quien lo destierra. Revélase esto
porque no tardaran los espectadores en darse cuenta de que hay una curiosa
relación entre los personajes de ambas tramas, de modo que el doble papel de
Oscar Isaac, Nick/Dante, confirma otros
de carácter semejante para establecer un paralelismo entre las dos historias,
que se unirán, no me atrevo a decir que «felizmente» al final de la historia.
Hasta ese final, la trama deriva hacia un
proceso de autenticación del manuscrito que no nos exime de cada detalle que
permite verificar la antigüedad, el tipo de tinta, los trazos conforme a la
firma original de Dante y otros pormenores que interesarán mucho a los bibliófilos,
editores, impresores y científicos, puesto que hasta aparece un sincrotrón para
garantizar dicha autenticidad. Ota cosa es que tal entretenimiento tenga un
valor sustantivo en la trama, algo que no es así, dado que no pasa de la anécdota.
La historia sigue apegada a un proceso de
codicia que se suma a la ambición de poseer algo absolutamente único en el
mundo, imposible de ser sometido a tasación económica. Y aquí es donde la
historia comienza a desvariar profundamente, esto es, con una consistencia que
empequeñece los esfuerzos, muy notables, de la puesta en escena y de la
realización. Para la historia contemporánea se usa el blanco y negro, con una
estilización idéntica a la de la famosa serie Ripley, de Robert Elswit, que
ha creado escuela, aunque hablamos de un cinematografista en cuyo haber hay
títulos recientes de una categoría indiscutible: Velvet Buzzsaw y Nightcrawler
, de Dan Gilroy, Suburbicon, De George Clooney, Puro vicio y Pozos de
ambición, de Paul Thomas Anderson, entre otras. Por este lado, pues, el
gozo de cinéfilo está asegurado, sobre todo porque las efectistas escenas violentas
están perfectamente realizadas. Aunque la ambientación y el vestuario de la
parte antigua, en color, pierde bastante frente al impecable blanco y negro
tamizado de la parte moderna, el conjunto permite un visionado que, si no se es
exigente en grado sumo, puede permitir seguir el metraje, aunque algunos
personajes, como la «Beatriz» desesperada/embaucada resultan excesivamente
histriónicos y sainetescos como para aceptar semejante listón de exigencia, pero
para una noche de verano al amor del aire acondicionado, vamos a decir que no
nos molesta... demasiado.
