Un retrato nada amable del cuerpo policial en su faceta más compleja: la de ejecutores de la violencia legal.
Título original: Antidisturbios
Año: 2020
Duración: 300 min. (6
episodios)
País: España
Dirección
Rodrigo Sorogoyen (Creador),
Isabel Peña (Creadora), Rodrigo Sorogoyen, Borja Soler
Guion: Isabel Peña, Rodrigo
Sorogoyen, Eduardo Villanueva
Reparto: Victoria Luengo; Raúl
Arévalo; Hovik Keuchkerian; Álex García; Roberto Álamo; Raúl Prieto;
Patrick Criado; Tomás del
Estal; David Lorente; Mónica López; Javier Lago; Alfonso Bassave; Paco Revilla;
Nacho Fresneda; Nico Romero; Iria del Río; Marta Poveda; Carlos Blanco; /Chema
Tena; Mona Martínez; Malcolm Sitté; Thimbo Samb; David Luque; Benjamin Lockie: Julien
Paschal; Amada Santos; Pilar Serrano; Yan Tual; Blanca Apilánez; Marta de Toro;
María Romanillos.
Música: Olivier Arson
Fotografía: Álex de Pablo,
Diego Cabezas.
Debíamos
ser, mi Conjunta y yo, de los pocos aficionados al cine y a las series televisivas que aún no
habíamos visto esta famosa serie de Rodrigo Sorogoyen, acaso porque la posterior
a esta, Los años nuevos, nos tiró para atrás a las famosas primeras de
cambio. Pues nada, como anticipo a su última película, El ser querido, hemos
visto la serie, cuya protagonista es la misma que la de la película, Victoria
Luengo. He de reconocer que el prólogo de la serie con la tensión entre padre e
hija a propósito de si el padre ha hecho trampas o no en la partida familiar de
Trivial, una disputa en la que se aprecian viejas heridas no cicatrizadas, la
frontera entre sanidad y locura no acaban de estar muy claras. Después veremos
que también hay otras fronteras a las que les sucede lo mismo, pero eso tiene
que ver con el desarrollo de la acción, en la que la protagonista acapara la
atención de los espectadores, dado que es a través de ella que seguimos el hilo
de lo que se nos narra: un caso de corrupción político-judicial-policial que se
descubre a partir del fallecimiento de un inmigrante en una acción de desalojo
de una vivienda, dictada por el juez; acción para la que solo se cuenta con los
componentes del furgón policial, a quienes se le obliga a ejecutar el desahucio,
a pesar de estar en clara inferioridad numérica, con el peligro correspondiente
de que la tensión se dispare y acabe ocurriendo algo fatal, que es lo que sucede.
La
técnica de rodaje, con la cama a escasos centímetros de los personajes, genera
una incomodidad en el espectador que, más que aumentar la tensión narrativa,
incrementa el desasosiego con que asiste a unas imágenes violentas que lindan
con un naturalismo agresivo que no deja escapatoria al espectador,
involucrándolo en la acción y sin, propiamente, dejarle distancia para que
escoja de parte de quién se pone.
En
cuanto ocurre la desgracia, entra en escena la brigada de asuntos internos, y
ahí es donde emerge el papel destacadísimo de la inspectora que conduce los
interrogatorios a los seis policías a quienes se acusa de «homicidio
involuntario», razón por la cual abren un procedimiento disciplinario que se
salda con la expulsión de quien no resistió los ataques de los miembros de la
plataforma antidesahucios, y multas de empleo y sueldo para los restantes
miembros del furgón que actúo en el desalojo.
La
serie se articula en torno a las biografías de los personajes que intervienen
en el desahucio, más la inspectora de asuntos internos, su jefe y algunos otros
que trabajan, en la sombra, para desarticular la red de corrupción que se
extiende desde la policía hasta los jueces, pasando por los políticos, una red
dedicada a vaciar edificios para convertirlos en lucrativos apartamentos
turísticos, un auténtico mal de nuestro tiempo. Esas dos tramas cruzadas ocuparán
el espacio narrativo de la serie, pero ni de lejos es lo más importante de
esta, porque, más allá de ciertas técnicas de investigación y la presencia
ominosa de un personaje que recuerda incluso físicamente al excomisario Villarejo,
es la vida de los miembros de la patrulla antidisturbios lo que la serie sigue
muy de cerca, y desde esa perspectiva las cosas cambian de color, porque el
retrato de los policías de a pie que hacen el trabajo sucio de las autoridades
y los jueces es, literalmente, inmisericorde: entre la psicopatía, las
drogadicciones, el machismo, la violencia incontenible, los fracasos familiares
y un lamentable etcétera, nada parece quedar a salvo en ese grupo de defensores
del orden establecido a los que se los somete a situaciones no solo «embarazosas»,
sino, a veces, «casi suicidas».
Ignoro
qué opinión tendrán en el cuerpo policial sobre esta serie, pero, al margen de
rodar con un verismo escalofriante las distintas situaciones de represión
policial que han de acometer, no creo que el retrato lamentable que se hace de
cada uno de ellos individualmente haya agradado mucho a quienes se juegan la
integridad física día sí y al otro también. Desde Barcelona, donde estuvimos en
un tris de ser superados por la histeria violenta nacionalista, que agredió
descomunalmente a las fuerzas del orden, a quienes, literalmente, se les
prohibió «defenderse» con los medios a su disposición , y aun se persiguió judicialmente
a algunos de sus miembros por cumplir con su obligación —recordemos que el
contexto era el de un golpe de estado para separar por la fuerza una autonomía
del resto de España—, conocemos perfectamente los «destrozos físicos» de muchos
miembros de esas fuerzas de seguridad. Algo parecido a lo que sucede ahora
mismo en Ceuta, donde, tras haber declarado el asalto a la frontera como una
invasión hostil, el desgobierno socialista, íntimo amigo del sátrapa marroquí,
ha declinado hacer uso de la fuerza para rechazar sin contemplaciones esa invasión
y devolver al otro lado de la frontera a todos los invasores, sin distinción
ninguna. ¡No quiero ni imaginar el papelón que les tocaría a los antidisturbios
en esa repatriación que se estima de todo punto de vista absolutamente
necesaria, para hacer respetar las fronteras del Reino de España!
Dije
al principio que la «tensión» era uno de los principales valores de la serie,
porque, en el fondo, toda la trama está construida en torno a ella; una tensión
que no solo afecta a los ejes básicos de la trama de corrupción, sino,
fundamentalmente, a la que se desata en el interior de la patrulla, entre unos
y otros, quienes, al margen de la lealtad suprema a los compañeros de armas, no
esconden ciertas rivalidades, animadversiones y suspicacias entre ellos. No es
que funcionen como una mafia —aunque ese es un insulto que a menudo suele
dirigírseles: «mafia policial»—, sino que los guionistas han escogido
psicologías extremas para salpimentar unas relaciones profesionales sujetas a
un estrés más que considerable, y con el que poca gente puede lidiar sin salir
dañada y necesitada de reparación psicológica.
Los
valores de la serie son evidentes, como serie de «acción» que es, y en su
realismo extremo tienen los seguidores de este tipo de películas o series un
gran atractivo. Las torcidas psicologías de los patrulleros son el complemento
ideal, y ahí ha de valorarse el esfuerzo de guion por tratar de construir
personajes complejos, algo difícil cuando casi todos ellos se nos aparecen
planos, muy planos, cada cual con su manía
su obsesión o sus dificultades. ¿Cómo se compensan esas carencias?
Gracias a las magistrales interpretaciones de todos ellos, la inspectora de
asuntos internos incluida. Ha de reconocerse que todos están muy metidos en su
papel y que la animación de esas teratologías andantes consigue interesarnos en
ellas y desear seguir viendo una trama que flojea lo suyo hacia el final, pero
ya se sabe que la realidad tiene un lado oscuro e incontrolable que vivimos en
forma de asalto impune a la oficina donde trabaja en el caso de corrupción la
inspectora, quien se verá obligada a lo que los espectadores ya saben, porque tengo
la impresión de que se trata de una serie muy vista. De hecho, fue la más vista
de Movistar (productora) y el nivel de fidelidad de la audiencia alcanzó el
90%.. Sorogoyen ya se adentró en la corrupción política con El reino,
una película en la que la calculada ambigüedad lastraba en exceso la historia,
pero nos enfrentaba a una realidad que aquí se trata con mayor precisión y con
un insobornable realismo que afecta a casi todas las escenas sociales de la película,
particularmente fiel en la reproducción de la visita a España de una peligrosa
hinchada futbolística, de la que tenemos desgraciados recuerdos aquí en España,
y en medio mundo.

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