Título original: Odio el
verano
Año: 2024
Duración: 103 min.
País: España
Dirección: Fernando
García-Ruiz
Guion: David Marqués
Reparto: Julián López; Kira
Miró; Jordi Sánchez; María Botto; Roberto Álamo; Malena Alterio; Mariano
Venancio; Javier Lera; Aitziber Errazkin; Scarlett Arce; Diego Ruiz; Lucas Ruiz;
Caly Hernández; Daniel Acebes; Beneharo Hernández; María López Brotón; Carmelo
Alcántara.
Música: Vanessa Garde
Fotografía: Ángel Amorós
Título original: Altas capacidades
Año: 2026
Duración: 101 min.
País: España
Dirección: Víctor García
León
Guion: Borja Cobeaga, Víctor
García León
Reparto: Marián Álvarez; Israel
Elejalde; Juan Diego Botto; Natalia Reyes; Pilar Castro;
Suso Nanclares; Bea Segura; Elena
Sanz; Javier Godino; Fran Cantos.
Música: Camila Rodríguez
Fotografía: Eva Díaz.
Dos estimables
ensayos de comedia: uno de importación, sin mayores pretensiones que provocar
la risa, y el otro nativo, calzado en
coturnos de sátira social con demasiadas sombras.
Que la comedia es uno de los géneros
cinematográficos más difíciles lo prueba lo fácilmente que naufragan las buenas
intenciones de muchas de ellas que incluso tienen arranques brillantes, aunque
después no sepan mantenerse a flote durante todo el metraje, sin duda porque
sus artífices no dominan eso tan manido, ¡pero tan misterioso y difícil!, que
es el famoso timing, lo que en español denominaríamos «sincronización»,
aunque sin cubrir todas las connotaciones del original inglés. He aquí, pues,
dos comedias que, sin llegar al nivel altísimo de El buen patrón, de
Aranoa, por ejemplo, sí que pueden considerarse superiores a La cena, de
Gómez Pereira, tan reputada y, para mí, tan flojísima, como en este Ojo dejé
escrito.
Se trata de dos comedias muy
diferentes. Odio el verano es una adaptación de un original italiano que
no he visto, por lo que no puedo comparar. Recuerdo que la adaptación que hizo
Ález de la Iglesia de Perfectos desconocidos funcionó casi como una
película original, debido a su saber hacer, respecto de la italiana, que vi
mucho tiempo después, aunque, por lo bien adaptada, me gustó más la versión
española.
El planteamiento de Odio el verano
es tan simple como efectivo: tres familias preparan sus vacaciones en Tenerife,
donde han alquilado una villa turística. Ninguno de ellos sabe que las tres
familias han alquilado la misma villa, por lo que, tras los contratiempos de
rigor para llegar a un escenario casi desierto, las tres familias se encuentran
compartiendo el alojamiento hasta que los propietarios resuelvan quién tiene
derecho a quedarse. La extracción social de los personajes es el argumento
decisivo para valorar la situación creada, porque desde el matrimonio de clase
baja, pasando por el charcutero de clase media y acabando en el cirujano
plástico de altos vuelos, malcasado con una pija que solo vive pendiente de las
redes sociales, el choque social es inevitable, y en el él se van a manifestar
todos los tics predecibles en cada una de las clases sociales: la naturalidad
casi ofensiva, de unos, el quiero y no me atrevo de otros y los señoritos con
derecho a todo. Como la villa tiene tantas habitaciones, al final se acomodan
las tres familias en ellas e inician una convivencia difícil y en la que se irán
«retratando» todos y cada uno de los personajes.
Sí, sí, estoy dispuesto a admitirlo: todo suena a muy visto,
y ciertos golpes de humor se han usado en innumerables ocasiones, ¡pero...!,
pero ¡funcionan!, que es lo más importante para el desarrollo de la película y
que no naufrague en el mar canario de las buenas intenciones. Y funciona,
fundamentalmente, por el reparto, en primer lugar, escogido con una eficacia mayúscula,
pues las seis parejas: Julián López-Kira Miró (los pijos); Jordi Sánchez-María
Botto (los charcuteros) y Roberto Álamo-Malena Alterio (los currantes) bordan
sus respectivos personajes y los dotan de una naturalidad sorprendente y eficaz,
porque en la facilidad con que los espectadores conectan con ellos se
fundamenta la eficacia de su vis cómica. Como es obvio, la situación no es
estática, porque, entones, maldita la gracia: repetir ad nauseam cada cual sus
tópicos; sino dinámica: la convivencia va a provocar un cambio de roles que,
este sí, se ajusta perfectamente a esa sincronización de la que hablábamos, y
ello potencia algunas secuencias, muy bien rodadas, que patentizan el progreso
en las relaciones hacia un asunción de la situación que abrirá nuevas visiones
del mundo que han de ser exploradas. Y aquí lo dejo. Si acaso, quede mi opinión
de que un cierto giro melodramático, aunque acaso narrativamente necesario,
rompe en parte el mágico hechizo de las relaciones «a seis» que se habían creado,
pero eso solo ocurre hacia el final, cuando lo mejor de la película ya lo hemos
disfrutado. Súmenle el paisaje de Tenerife a la situación y convendrán conmigo
en que se trata de un marco espacial que solo puede favorecer a la película.
Aún me acuerdo de lo que significo el espacio en aquella serie prodigiosa que
fue Hierro.
Altas capacidades, por su
parte, se inscribe por derecho propio en una tradición cómica de sátira de
ciertas clases sociales que los más viejos del lugar, sin retrotraernos a las
grandes comedias de los 50, podríamos fijas, a modo de contemporaneidad, en Los
nuevos españoles, de Roberto Bodegas, aunque, temáticamente, poco tenga que
ver con esta. He de confesar que el equívoco del punto de partida de la
película la lastra de una manera tan determinante que le resta buena parte de
sus posibilidades para devenir la gran comedia que podría haber sido, caso de
que no se retratara a la pareja protagonista, Marián Álvarez e Israel Elejalde,
como dos absolutos necios, incapaces de reconocer y aceptar que tienen un hijo
disruptivo y muy maleducado, en vez de lo que deciden diagnosticar motu
proprio: que posee altas capacidades. Como espectador que ha sido profesor
durante más de treinta años, me es imposible aceptar la premisa de la que parte
todo el enredo de la película, porque no hay por dónde cogerla. ¿Qué ocurre?
Pues que, por ese afán de trepar socialmente, el protagonista va a acabar
siendo utilizado por su jefe, ¡y aquí entra lo mejorcito de la película: la
interpretación de un pijotero mayor del reino como su jefe en una empresa
dedicada a las inversiones: Juan Diego Botto, quien realiza un ejercicio de
mímesis respecto del original, al que interpreta, que cuesta trabajo no
concluir que esas maneras de actualizado señorito Iván, que interpretó tan
magistralmente el otro Juan Diego, en Los santos inocentes, de Mario
Camus, no le sean propias, naturales, como si las hubiera mamado de pequeño:
tal es el prodigio de su actuación impecable. ¿Para qué lo quiere su jefe? Para
entrar en el colegio de élite junto a cuyas puertas se ha producido un hecho
que ha trastocado la vida entera del colegio y del círculo social cuyos hijos
asisten a él: un narco, padre de uno de los alumnos, ha sido asesinado. La
intención del jefe, tras haber invitado al subordinado al cumpleaños de su
hijo, es que, dada la relación que establece la protagonista con la viuda del
narco, hacer todo lo posible para que esta saque a su hijo del colegio y puedan restituir el
buen nombre de la institución.
En todo lo relativo al colegio de élite la sátira funciona a
la perfección, porque se trata de un colegio muy avanzado pedagógicamente, pero
cuya APA funciona como un club privado que toma decisiones finales sobre
quienes pueden acceder a él o deben, por el contrario, salir. Del mismo modo,
las relaciones de la pareja protagonista, que andan cortos de fondos para poder
meter al hijo en ese colegio elitista, con la escuela del barrio a la que sigue
asistiendo y de la que han expulsado al hijo por un exhibicionismo genital, al
parecer reiterado, sufren el mismo ejercicio satírico, aunque esta vez centrado
en los padres arribistas que, negando la realidad, aspiran a medrar en círculos
sociales a los que no pertenecen. La relación con las familias del APA del
barrio cambian cuando el hijo de los protagonistas se ve envuelto en un
enfrentamiento con otro de su clase, y ahí las reacciones de los padres en una
entrevista escolar nos ofrece de lo mejorcito de la película, pero confirma,
sin embargo, la necedad ciega de unos padres que no se atreven a reconocer la
realidad: su hijo es un buscapleitos, no un «angelito» cuyas supuestas altas
capacidades lo llevan a aburrirse en la escuela.
Los protagonistas de clase media están algo sobreactuados,
sobre todo en el caso de una actriz a quien, sin relacionarla con ese otro
papel, había visto en La herida, de Fernando Franco, una película y
actuación memorables, por lo que tienen de tragedia. En su faceta cómica,
Marian Álvarez acaso se despendola ligeramente, y ello pasa factura a la
entidad de su personaje, de quien nos parece imposible que pase por alto todas
las alarmas que indican que su hijo es un bandarra liante y poco estudioso,
alguien absolutamente incompatible con las deseadas «altas capacidades», que
tan de modo parecen haberse puesto sobre todo en padres que no saben leer los
síntomas de ciertos comportamientos infantiles.
El mundo de los pijos, porque la película marca bien las diferencia
de espacios, y todos su integrantes está satirizado con cierta gracia muy
particular, dada la facilidad con que los intérpretes asumen sus roles. Ya dije
antes de Diego Botto destaca de un modo extraordinario, y de justicia me parece
destacarlo. A pesar de esa inicial petición de principio que dejé expresada, la
película tiene momentos brillantes y la sátira resulta eficaz, sobre todo, ya digo,
por lo que al mundo de los ricos se refiere. La *trepaduría del
empleado, a su lado, resulta más patética que divertida, pero...

