viernes, 1 de mayo de 2026

«Odio el verano», de Fernando García Ruiz y «Altas capacidades», de Víctor García León: el difícil arte de la comedia.

Título original: Odio el verano

Año: 2024

Duración: 103 min.

País:  España

Dirección: Fernando García-Ruiz

Guion: David Marqués

Reparto: Julián López; Kira Miró; Jordi Sánchez; María Botto; Roberto Álamo; Malena Alterio; Mariano Venancio; Javier Lera; Aitziber Errazkin; Scarlett Arce; Diego Ruiz; Lucas Ruiz; Caly Hernández; Daniel Acebes; Beneharo Hernández; María López Brotón; Carmelo Alcántara.

Música: Vanessa Garde

Fotografía: Ángel Amorós

 

 





Título original: Altas capacidades

Año: 2026

Duración: 101 min.

País: España

Dirección: Víctor García León

Guion: Borja Cobeaga, Víctor García León

Reparto: Marián Álvarez; Israel Elejalde; Juan Diego Botto; Natalia Reyes; Pilar Castro;

Suso Nanclares; Bea Segura; Elena Sanz; Javier Godino; Fran Cantos.

Música: Camila Rodríguez

Fotografía: Eva Díaz.

 

Dos estimables ensayos de comedia: uno de importación, sin mayores pretensiones que provocar la risa,  y el otro nativo, calzado en coturnos de sátira social con demasiadas sombras.

 

          Que la comedia es uno de los géneros cinematográficos más difíciles lo prueba lo fácilmente que naufragan las buenas intenciones de muchas de ellas que incluso tienen arranques brillantes, aunque después no sepan mantenerse a flote durante todo el metraje, sin duda porque sus artífices no dominan eso tan manido, ¡pero tan misterioso y difícil!, que es el famoso timing, lo que en español denominaríamos «sincronización», aunque sin cubrir todas las connotaciones del original inglés. He aquí, pues, dos comedias que, sin llegar al nivel altísimo de El buen patrón, de Aranoa, por ejemplo, sí que pueden considerarse superiores a La cena, de Gómez Pereira, tan reputada y, para mí, tan flojísima, como en este Ojo dejé escrito.

          Se trata de dos comedias muy diferentes. Odio el verano es una adaptación de un original italiano que no he visto, por lo que no puedo comparar. Recuerdo que la adaptación que hizo Ález de la Iglesia de Perfectos desconocidos funcionó casi como una película original, debido a su saber hacer, respecto de la italiana, que vi mucho tiempo después, aunque, por lo bien adaptada, me gustó más la versión española.

          El planteamiento de Odio el verano es tan simple como efectivo: tres familias preparan sus vacaciones en Tenerife, donde han alquilado una villa turística. Ninguno de ellos sabe que las tres familias han alquilado la misma villa, por lo que, tras los contratiempos de rigor para llegar a un escenario casi desierto, las tres familias se encuentran compartiendo el alojamiento hasta que los propietarios resuelvan quién tiene derecho a quedarse. La extracción social de los personajes es el argumento decisivo para valorar la situación creada, porque desde el matrimonio de clase baja, pasando por el charcutero de clase media y acabando en el cirujano plástico de altos vuelos, malcasado con una pija que solo vive pendiente de las redes sociales, el choque social es inevitable, y en el él se van a manifestar todos los tics predecibles en cada una de las clases sociales: la naturalidad casi ofensiva, de unos, el quiero y no me atrevo de otros y los señoritos con derecho a todo. Como la villa tiene tantas habitaciones, al final se acomodan las tres familias en ellas e inician una convivencia difícil y en la que se irán «retratando» todos y cada uno de los personajes.

Sí, sí, estoy dispuesto a admitirlo: todo suena a muy visto, y ciertos golpes de humor se han usado en innumerables ocasiones, ¡pero...!, pero ¡funcionan!, que es lo más importante para el desarrollo de la película y que no naufrague en el mar canario de las buenas intenciones. Y funciona, fundamentalmente, por el reparto, en primer lugar, escogido con una eficacia mayúscula, pues las seis parejas: Julián López-Kira Miró (los pijos); Jordi Sánchez-María Botto (los charcuteros) y Roberto Álamo-Malena Alterio (los currantes) bordan sus respectivos personajes y los dotan de una naturalidad sorprendente y eficaz, porque en la facilidad con que los espectadores conectan con ellos se fundamenta la eficacia de su vis cómica. Como es obvio, la situación no es estática, porque, entones, maldita la gracia: repetir ad nauseam cada cual sus tópicos; sino dinámica: la convivencia va a provocar un cambio de roles que, este sí, se ajusta perfectamente a esa sincronización de la que hablábamos, y ello potencia algunas secuencias, muy bien rodadas, que patentizan el progreso en las relaciones hacia un asunción de la situación que abrirá nuevas visiones del mundo que han de ser exploradas. Y aquí lo dejo. Si acaso, quede mi opinión de que un cierto giro melodramático, aunque acaso narrativamente necesario, rompe en parte el mágico hechizo de las relaciones «a seis» que se habían creado, pero eso solo ocurre hacia el final, cuando lo mejor de la película ya lo hemos disfrutado. Súmenle el paisaje de Tenerife a la situación y convendrán conmigo en que se trata de un marco espacial que solo puede favorecer a la película. Aún me acuerdo de lo que significo el espacio en aquella serie prodigiosa que fue Hierro.

Altas capacidades, por su parte, se inscribe por derecho propio en una tradición cómica de sátira de ciertas clases sociales que los más viejos del lugar, sin retrotraernos a las grandes comedias de los 50, podríamos fijas, a modo de contemporaneidad, en Los nuevos españoles, de Roberto Bodegas, aunque, temáticamente, poco tenga que ver con esta. He de confesar que el equívoco del punto de partida de la película la lastra de una manera tan determinante que le resta buena parte de sus posibilidades para devenir la gran comedia que podría haber sido, caso de que no se retratara a la pareja protagonista, Marián Álvarez e Israel Elejalde, como dos absolutos necios, incapaces de reconocer y aceptar que tienen un hijo disruptivo y muy maleducado, en vez de lo que deciden diagnosticar motu proprio: que posee altas capacidades. Como espectador que ha sido profesor durante más de treinta años, me es imposible aceptar la premisa de la que parte todo el enredo de la película, porque no hay por dónde cogerla. ¿Qué ocurre? Pues que, por ese afán de trepar socialmente, el protagonista va a acabar siendo utilizado por su jefe, ¡y aquí entra lo mejorcito de la película: la interpretación de un pijotero mayor del reino como su jefe en una empresa dedicada a las inversiones: Juan Diego Botto, quien realiza un ejercicio de mímesis respecto del original, al que interpreta, que cuesta trabajo no concluir que esas maneras de actualizado señorito Iván, que interpretó tan magistralmente el otro Juan Diego, en Los santos inocentes, de Mario Camus, no le sean propias, naturales, como si las hubiera mamado de pequeño: tal es el prodigio de su actuación impecable. ¿Para qué lo quiere su jefe? Para entrar en el colegio de élite junto a cuyas puertas se ha producido un hecho que ha trastocado la vida entera del colegio y del círculo social cuyos hijos asisten a él: un narco, padre de uno de los alumnos, ha sido asesinado. La intención del jefe, tras haber invitado al subordinado al cumpleaños de su hijo, es que, dada la relación que establece la protagonista con la viuda del narco, hacer todo lo posible para que esta saque  a su hijo del colegio y puedan restituir el buen nombre de la institución.

En todo lo relativo al colegio de élite la sátira funciona a la perfección, porque se trata de un colegio muy avanzado pedagógicamente, pero cuya APA funciona como un club privado que toma decisiones finales sobre quienes pueden acceder a él o deben, por el contrario, salir. Del mismo modo, las relaciones de la pareja protagonista, que andan cortos de fondos para poder meter al hijo en ese colegio elitista, con la escuela del barrio a la que sigue asistiendo y de la que han expulsado al hijo por un exhibicionismo genital, al parecer reiterado, sufren el mismo ejercicio satírico, aunque esta vez centrado en los padres arribistas que, negando la realidad, aspiran a medrar en círculos sociales a los que no pertenecen. La relación con las familias del APA del barrio cambian cuando el hijo de los protagonistas se ve envuelto en un enfrentamiento con otro de su clase, y ahí las reacciones de los padres en una entrevista escolar nos ofrece de lo mejorcito de la película, pero confirma, sin embargo, la necedad ciega de unos padres que no se atreven a reconocer la realidad: su hijo es un buscapleitos, no un «angelito» cuyas supuestas altas capacidades lo llevan a aburrirse en la escuela. 

Los protagonistas de clase media están algo sobreactuados, sobre todo en el caso de una actriz a quien, sin relacionarla con ese otro papel, había visto en La herida, de Fernando Franco, una película y actuación memorables, por lo que tienen de tragedia. En su faceta cómica, Marian Álvarez acaso se despendola ligeramente, y ello pasa factura a la entidad de su personaje, de quien nos parece imposible que pase por alto todas las alarmas que indican que su hijo es un bandarra liante y poco estudioso, alguien absolutamente incompatible con las deseadas «altas capacidades», que tan de modo parecen haberse puesto sobre todo en padres que no saben leer los síntomas de ciertos comportamientos infantiles.

El mundo de los pijos, porque la película marca bien las diferencia de espacios, y todos su integrantes está satirizado con cierta gracia muy particular, dada la facilidad con que los intérpretes asumen sus roles. Ya dije antes de Diego Botto destaca de un modo extraordinario, y de justicia me parece destacarlo. A pesar de esa inicial petición de principio que dejé expresada, la película tiene momentos brillantes y la sátira resulta eficaz, sobre todo, ya digo, por lo que al mundo de los ricos se refiere. La *trepaduría del empleado, a su lado, resulta más patética que divertida, pero...