miércoles, 22 de enero de 2014

Doce años de esclavitud: Cerca de Kafka, lejos de Kunta Kinte.

Título original: 12 Years a Slave (Twelve Years a Slave)
Año: 2013
Duración: 133 min
País:  Estados Unidos
Director: Steve McQueen
Guión: John Ridley (Biografía: Solomon Northup)
Música: Hans Zimmer
Fotografía: Sean Bobbitt


Pro



Quizás el título adecuado hubiera debido ser Doce años como esclavo, porque implicaría que ha habido otros años en que el protagonista no lo ha sido. El que han puesto puede dar a entender que siempre ha sido esclavo pero que la esclavitud sólo duró doce en total. Sea como sea, es muy difícil  hacer abstracción del contexto a la hora de ver una película. No se ve igual esta película en Noruega que en Gambia que en Virginia o, y ahí quiero llegar, en la Catalunya que lleva no doce, ¡sino trescientos años de esclavitud!, al decir de su máximo representante institucional –aunque esto sea una paradoja, como es evidente-. Entra uno en el cine diciéndose que saldrá de él comprendiendo a la perfección la ideología secesionista y acaso empatizando, en el no va más de las hipótesis…, con su causa. Demasiadas expectativas y demasiados condicionantes para lo que, en ningún caso, es un entretenimiento ni una diversión, categorías que no sirven cuando el séptimo arte se vuelve combativo y quiere “remover” las conciencias, al margen del innegable esteticismo que envuelve algunos momentos de la narración como las malikianas descripciones de la naturaleza: ¡esos pantanos y esos sauces!, y algún momento de “awareness” del personaje en medio de ella: absorto en una suerte de rapto que trasciende su angustiosa situación individual.
La película hunde sus raíces cinematográficas en el cine de Hitchcock, cuya película Falso culpable podría entenderse como lejana inspiración de 12 años de esclavitud, si bien enseguida la peripecia personal se va convirtiendo en peripecia colectiva, aunque McQueen no añade nada, desde el punto de vista de la denuncia social, a un buen número de películas que han abordado el tema, y ni de lejos puede compararse con aquella serie televisiva –antecesora lejana de las obras maestras de las que ahora disfrutamos– cuyos ecos aún siguen vivos en la conciencia de las gentes, pues Kunta Kinte ha alcanzado, como rebelde con causa, el mismo estatus que Espartaco. Sin ir más lejos, la descripción de la crueldad para con los esclavos negros es mucho más provocadora, como denuncia social, en Django desencadenado que en estos 12 años de esclavitud. En la película de Tarantino hay un tratamiento de la esclavitud de los negros que lo emparenta con el tratamiento de los  esclavos de emperadores como Calígula o Nerón, mostrando las verdaderas raíces de la lacra.
El aspecto más llamativo, por su ambigüedad moral, de la película es el de la actitud que ante su destino adopta el protagonista, Solomon, dispuesto, sobre todo, a sobrevivir, aunque para ello haya de renunciar a involucrarse en el destino de sus compañeros de sufrimiento, haya de endurecerse, de petrificarse ante el dolor ajeno que, si acaso, puede desgarrarlo por dentro, pero no tanto como para forzarlo a la acción heroica, aunque inútil. Digamos que nos hallamos ante un perfecto calculador –se insiste demasiado a lo largo de la historia en que el personaje sabe mucho para ser lo que es (que quien no lo es nunca para nadie desde que es secuestrado, como en una breve pero magistral interpretación nos muestra Paul Giamatti), que es un Salomón– que aplica todo su saber a la tarea de sobrevivir para encontrar el modo como salir de esa angustiosa situación que, además de hitchcockiana puede ser considerada, por derecho propio y esquema argumental, como kafkiana, en la doble manifestación del perseguido judicialmente en El proceso como en la del escarabajo de La transformación –título más apropiado, al parecer de los estudiosos actuales–, porque hay algo del escarabajo kafkiano en la secuencia del despertar encadenado del personaje con la que se inicia su proceso de “descenso” a la condición de animal de trabajo cuya terrible doma nos avisa de los horrores que nos esperan a continuación, aunque McQueen ha sabido dosificarlos con unas sabias dosis de remansos humanizadores como el del primer amo de Platt, un Platt cuyo despersonalización comienza por el cambio de nombre que oculte el rastro del delito gracias al cual ha sido capturado y cuya aventura consistirá en recuperar su verdadero nombre, que lleva implícito el saber que en él se ostenta.
Viendo la película se me superpusieron imágenes de la última parte de los viajes de Gulliver, cuando éste llega al reino de los Houyhnhnms y se encuentra con los yahoos, unos humanos cimarrones que son vistos por los sabios caballos como animales salvajes y de los que él, Gulliver, se distancia, no reconociéndolos como de su propia especie. A Solomon le ocurre algo parecido, ¿qué tiene él que ver con esos seres primitivos, sin estudios, que parecen haber nacido para cumplir ese aciago destino? ¿Por qué ha de vivir y padecer como ellos si él es radicalmente “diferente”? La distancia que mantiene frente a sus compañeros de cautiverio forma parte del lento proceso de asunción de su situación y de la toma de conciencia de su pertenencia a lo que el poeta senegalés Léopold Seda Senghor, justamente popularizado por las élites progresistas en los años 70 del siglo pasado, llamó la negritud. Entre los varios momentos climáticos –casi todos ellos dolorosos– que nos ofrece la película, quisiera destacar el del canto funeral junto a la tumba de un esclavo fallecido: de una manera demasiado obvia, pero no por ello menos emotiva, Platt se une al canto de esperanza de esos seres privados hasta de la condición humana. Pero el coraje para afrontar su existencia que le suplican a Dios, Solomon sabe que sólo puede salir de ellos mismos, y a ello dedicará su vida como activista abolicionista, pues hemos de considerar que el periodo cronológico que narra la película 1841-1853 aún está lejos de la Guerra de Secesión norteamericana y, por consiguiente, de la abolición de la esclavitud en todo el territorio, por más que  la segregación racial haya seguido formando parte de la vida usamericana hasta prácticamente nuestros días.
La mirada retrospectiva hacia aquella barbarie esclavista no puede dejarnos satisfechos, tras el visionado de la película, como si hubiéramos visto algo que pertenece exclusivamente a la Historia, porque a dos manzanas del cine abren sus puertas  meublés clandestinos –o peluquerías-tapadera chinas– en el que hay esclavas sexuales a las que se trata igual que a las esclavas de la película, locales donde los nativos no dudan en entrar y consumir con la misma indiferencia del tratante encarnado por Giamatti y, además, con el hipócrita consentimiento de las autoridades que hacen poco o nada por erradicar esa lacra. ¿Qué se puede esperar, al menos en Catalunya, donde un negrero tiene estatua levantada al comienzo de la Vía Layetana?



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