domingo, 1 de noviembre de 2026

«Centauros del Desierto», de John Ford, el CINE superlativo.

 

Una visión desgarradora de los conflictos morales en la deplorable conquista del oeste usamericano: una historia de historias, y acaso el mejor papel de John Wayne en su prolífica carrera.

 

Título original: The Searchers

Año: 1956

Duración: 119 min.

País: Estados Unidos

Dirección: John Ford

Guion: Frank S. Nugent. Novela: Alan Le May

Reparto: John Wayne; Natalie Wood; Jeffrey Hunter; Ward Bond; Vera Miles; John Qualen; Olive Carey; Henry Brandon; Ken Curtis; Harry Carey Jr.; Hank Worden; Walter Coy; Antonio Moreno; Patrick Wayne; Beulah Archuletta; Dorothy Jordan; Pippa Scott; Lana Wood.

Música: Max Steiner

Fotografía: Winton C. Hoch.

 

          Nadie en su sano juicio cinéfilo ignore esta advertencia de no seguir leyendo, porque Centauros del desierto es una película de la que se ha dicho «todo» y muy bien dicho, además. Por eso quiero excusar mi atrevimiento, para no servir de mofa legítima que pueden hacer no solo quienes ya hayan escrito con fundamento sobre la película, sino también quienes, respetuosamente, no se atreven a hacerlo.

          Como saben los frecuentadores de este Ojo, hay en él crítica de la mayor parte de su obra, sobre todo de la menos vista, la de la época muda, y sigue siendo uno de mis objetivos críticos verlas todas. De algunas de las más conocidas, sin embargo, aún no hay critica, porque preferí bucear en lo ignoto. Poco a poco, sin embargo, iré cumpliendo con las carencias, hasta llegar a ese visionado total al que aspiro. Con esta, serán ya 60 las críticas de las películas del gran maestro que haya publicado en esta bitácora cinéfila. Pero verlas, he visto las casi 140 que rodó, más algunos pluses documentales o televisivos.

          Esta es una de esas raras ocasiones en las que la traducción del título se eleva por encima del original, porque la dimensión mítica que aporta «centauros» frente al aséptico «perseguidores», Searchers en inglés, del original no admite comparación. Si le añadimos que esos seres mitológicos cabalgan por el desierto (en realidad por Monument Valley, territorio fordiano por excelencia, al que sus películas han proporcionado una dimensión mítica, ciertamente), atravesando todo tipo de penalidades para conseguir su objetivo: arrancar de manos de los indios la niña secuestrada en una de las frecuentas razias de los indios rebeldes a cualquier trato con las autoridades de los colonizadores, el carácter antológico del título en español es indiscutible.

          Nadie ignora la trama de esta película y todos conocen el hosco y vengativo carácter del protagonista, Ethan (John Wayne), quien sufre la pérdida de su hermana, cuñado y sobrinos, excepto la más pequeña, Debbie, a cuya búsqueda dedican su vida Ethan y Martin, *sobrinastro suyo (permítaseme el atentado léxico...) y hermanastro mestizo de Debbie, a quien encontró Ethan y lo dio a su hermana para que lo criara, por eso llama la atención, desde el comienzo de la película, la fría animadversión con que Ethan no considera a Martin parte real de la familia. De ahí, de ese racismo profundo de Ethan, surge el constante enfrentamiento entre él y su no-sobrino que nos mantiene en constante tensión; sobre todo cuando, descubierta tras muchos años Debbie, y habiendo comprobado que se ha convertido en una india comanche más de la tribu, Ethan está dispuesta a matarla, porque «es lo que su propia madre hubiera querido», llega  decir para justificar su venganza. Hay en la película un par de planos de la mirada de Ethan, con una luz muy tenue, que tiene el espectador la sensación de que no otra ha de ser la mirada de Lucifer. En ninguna otra película de las infinitas que rodó Wayne podrá vérsele esa mirada diabólica.

          A pesar del tema dominante, la persecución y los infinitos meandros que sigue la investigación de los dos protagonistas a lo largo de diez años para hallar el paradero de Debbie, la película tiene una subtrama, el noviazgo de Martin con una vecina, amigos de la familia Edwards, la de Ethan y la suya, que da pie para que Ford desarrolle lo que en otras críticas he llamado «el toque Ford» para la comedia, tan efectivo, aunque de otra naturaleza, como el de Lubitsch. El hombre «que hacía westerns» tenía, también, un don muy especial para la comedia, y solo citaré Bill, qué grande eres, para que quienes la hayan vito me den la razón..., aunque también lo harían quienes vieron  El sol siempre brilla en Kentucky, por supuesto. Se trata de un humor muy ligado al costumbrismo, porque aparece casi siempre en esas escenas propias de la vida cotidiana que tan bien rueda Ford, con una naturalidad en la que tanto colaboran sus archifamosos secundarios. En esta ocasión es el enorme Ward Bond, clérigo y Ranger al tiempo, sobre quien recae buena parte de esa perspectiva cómica, ¡y no defrauda lo más mínimo! No son «descansos» de la tensión que genera la trama dramática de la búsqueda, sino una recreación de la vida en aquellos duros tiempos en los que, como le pasa a Look ―y el episodio de la india comprada inadvertidamente por Martin, que cree que su «marido» la llama Look, porque este usa el imperativo de percepción sensorial para llamar su atención, aunque hay una muestra infame de machismo violento que visto desde hoy provoca un poderoso rechazo...―, el indio comanche que vive entre los blancos, la vida solo es buena vida si se es poseedor de una mecedora y se está delante del fuego de una cálida chimenea.

          Las secuencias sobre la boda de Laurie Jorgenses, deliciosamente interpretada por Vera Miles, recogen la vuelta del antiguo pretendiente, quien le ha estado escribiendo unas cartas, tan llenas de torpeza como de buenos sentimientos, justo el día en que se está celebrando la ceremonia, que queda interrumpida. ¡Menudas secuencias llenas de humor, acción, confidencias y verdadero realismo! ¡De lo mejorcito de la película, desde luego!

          La persecución hace vivir a los dos protagonistas en las entrañas de una naturaleza que se revela tan hostil como hermosa, y es en esos espacios donde la cámara de Ford va a encontrar siempre el ángulo sorprendente que nos revelara la grandiosidad de esas moles pétreas de Monument Valley junto a las que los seres humanos aparecen como una especie invasora, despistada y mortífera. No escasean en la película las escenas de acción, protagonizadas por los indios, expertos jinetes, y en todas ellas se ve la excelencia cinematográfica de Ford, maestro de maestros. Incluso en esos momentos de tensión, los protagonistas no dejan de afrontar consideraciones morales que van a provocar enfrentamientos, porque Matin sabe, por ejemplo, que si atacan el poblado comanche, su hermana será una de las primeras víctimas, y por esa razón, enfrentándose a su tío, querrá tentar la suerte de infiltrarse en el campamento y liberar a Debbie, lo que hace con éxito, aunque cuando tío y sobrino se enfrentan para impedir el último que el primero la mate, ella huye a la carrera y es perseguida a caballo por su tío, y ahí tenemos el casi fenómeno místico de la redención, cuando el tío coge en brazos a Debbie, la eleva hacia el cielo y la ve, ¡finalmente!, como quien es: su sobrina, sangre de su propia sangre, por más que hasta ese momento la haya visto como una india sin alma. Recordemos, con todo, que en la Controversia de Valladolid, entre 1550 y 1551, quedó zanjado que los indios no eran seres salvajes sino sujetos de derecho y que la conquista y la evangelización habría de hacerse pacíficamente. A esos extremos no llegó ningún otro país colonizador, ni Francia, ni Inglaterra ni Usamérica, por supuesto.

          En la memoria de todos los amantes del cine está el final de esta película, porque enlaza con el principio: Un ser sin pasado conocido, tres años después del final de la Guerra de Secesión, vuelve a lo único que puede considerar su hogar, la casa de su hermana; de él no se sabe si ha estado envuelto en asuntos legales o ilegales, pero se tiene ganado el respeto de todos y la admiración de sus sobrinos. Tras perder a la familia en esa razia comanche, inicia una odisea que lo lleva de aquí para allá, siguiendo el rastro de su sobrina raptada. El carácter sombrío y huraño, aunque con cierto deje irónico, como esa reiteración en su respuesta favorita ante cualquier promesa ajena: “cuando las ranas críen pelo”, se va consolidando a medida que avanza la acción  infructuosa, y no desaparece ni siquiera cuando descubren a Debbie. De hecho, esta solo accede a volver ante el requerimiento de su hermano Martin, porque sintió un frio mortal al confrontar su mirada con la de su tío.

          Bueno, dejo aquí estas notas volanderas sobre una película que merece un comentario plano a plano. Por eso está rodada como un círculo: volvemos al inicio, esta vez, sin embargo, con la misión cumplida, y el héroe, de quien no se sabía nada, vuelve a marcharse quién sabe a dónde, porque la vida, toda vida, es una aventura que nos transforma.