Una visión desgarradora de los conflictos morales en la deplorable conquista del oeste usamericano: una historia de historias, y acaso el mejor papel de John Wayne en su prolífica carrera.
Título original: The
Searchers
Año: 1956
Duración: 119 min.
País: Estados Unidos
Dirección: John Ford
Guion: Frank S. Nugent. Novela: Alan Le May
Reparto: John Wayne; Natalie Wood; Jeffrey Hunter; Ward Bond; Vera
Miles; John Qualen; Olive Carey; Henry Brandon; Ken Curtis; Harry Carey Jr.;
Hank Worden; Walter Coy; Antonio Moreno; Patrick Wayne; Beulah Archuletta;
Dorothy Jordan; Pippa Scott; Lana Wood.
Música: Max Steiner
Fotografía: Winton C. Hoch.
Nadie
en su sano juicio cinéfilo ignore esta advertencia de no seguir leyendo, porque
Centauros del desierto es una película de la que se ha dicho «todo» y
muy bien dicho, además. Por eso quiero excusar mi atrevimiento, para no servir
de mofa legítima que pueden hacer no solo quienes ya hayan escrito con
fundamento sobre la película, sino también quienes, respetuosamente, no se
atreven a hacerlo.
Como
saben los frecuentadores de este Ojo, hay en él crítica de la mayor
parte de su obra, sobre todo de la menos vista, la de la época muda, y sigue
siendo uno de mis objetivos críticos verlas todas. De algunas de las más
conocidas, sin embargo, aún no hay critica, porque preferí bucear en lo ignoto.
Poco a poco, sin embargo, iré cumpliendo con las carencias, hasta llegar a ese
visionado total al que aspiro. Con esta, serán ya 60 las críticas de las
películas del gran maestro que haya publicado en esta bitácora cinéfila. Pero
verlas, he visto las casi 140 que rodó, más algunos pluses documentales o
televisivos.
Esta
es una de esas raras ocasiones en las que la traducción del título se eleva por
encima del original, porque la dimensión mítica que aporta «centauros» frente
al aséptico «perseguidores», Searchers en inglés, del original no admite
comparación. Si le añadimos que esos seres mitológicos cabalgan por el desierto
(en realidad por Monument Valley, territorio fordiano por excelencia, al
que sus películas han proporcionado una dimensión mítica, ciertamente),
atravesando todo tipo de penalidades para conseguir su objetivo: arrancar de
manos de los indios la niña secuestrada en una de las frecuentas razias de los
indios rebeldes a cualquier trato con las autoridades de los colonizadores, el
carácter antológico del título en español es indiscutible.
Nadie
ignora la trama de esta película y todos conocen el hosco y vengativo carácter
del protagonista, Ethan (John Wayne), quien sufre la pérdida de su hermana,
cuñado y sobrinos, excepto la más pequeña, Debbie, a cuya búsqueda dedican su
vida Ethan y Martin, *sobrinastro suyo (permítaseme el atentado
léxico...) y hermanastro mestizo de Debbie, a quien encontró Ethan y lo dio a
su hermana para que lo criara, por eso llama la atención, desde el comienzo de
la película, la fría animadversión con que Ethan no considera a Martin parte
real de la familia. De ahí, de ese racismo profundo de Ethan, surge el
constante enfrentamiento entre él y su no-sobrino que nos mantiene en constante
tensión; sobre todo cuando, descubierta tras muchos años Debbie, y habiendo comprobado
que se ha convertido en una india comanche más de la tribu, Ethan está
dispuesta a matarla, porque «es lo que su propia madre hubiera querido»,
llega decir para justificar su venganza.
Hay en la película un par de planos de la mirada de Ethan, con una luz muy
tenue, que tiene el espectador la sensación de que no otra ha de ser la mirada
de Lucifer. En ninguna otra película de las infinitas que rodó Wayne podrá
vérsele esa mirada diabólica.
A
pesar del tema dominante, la persecución y los infinitos meandros que sigue la
investigación de los dos protagonistas a lo largo de diez años para hallar el
paradero de Debbie, la película tiene una subtrama, el noviazgo de Martin con
una vecina, amigos de la familia Edwards, la de Ethan y la suya, que da pie
para que Ford desarrolle lo que en otras críticas he llamado «el toque Ford»
para la comedia, tan efectivo, aunque de otra naturaleza, como el de Lubitsch.
El hombre «que hacía westerns» tenía, también, un don muy especial para la
comedia, y solo citaré Bill, qué grande eres, para que quienes la hayan
vito me den la razón..., aunque también lo harían quienes vieron El sol siempre brilla en Kentucky, por
supuesto. Se trata de un humor muy ligado al costumbrismo, porque aparece casi
siempre en esas escenas propias de la vida cotidiana que tan bien rueda Ford,
con una naturalidad en la que tanto colaboran sus archifamosos secundarios. En
esta ocasión es el enorme Ward Bond, clérigo y Ranger al tiempo, sobre quien
recae buena parte de esa perspectiva cómica, ¡y no defrauda lo más mínimo! No
son «descansos» de la tensión que genera la trama dramática de la búsqueda,
sino una recreación de la vida en aquellos duros tiempos en los que, como le
pasa a Look ―y el episodio de la india comprada inadvertidamente por Martin,
que cree que su «marido» la llama Look, porque este usa el imperativo de
percepción sensorial para llamar su atención, aunque hay una muestra infame de
machismo violento que visto desde hoy provoca un poderoso rechazo...―, el indio
comanche que vive entre los blancos, la vida solo es buena vida si se es
poseedor de una mecedora y se está delante del fuego de una cálida chimenea.
Las
secuencias sobre la boda de Laurie Jorgenses, deliciosamente interpretada por
Vera Miles, recogen la vuelta del antiguo pretendiente, quien le ha estado
escribiendo unas cartas, tan llenas de torpeza como de buenos sentimientos, justo
el día en que se está celebrando la ceremonia, que queda interrumpida. ¡Menudas
secuencias llenas de humor, acción, confidencias y verdadero realismo! ¡De lo mejorcito
de la película, desde luego!
La
persecución hace vivir a los dos protagonistas en las entrañas de una
naturaleza que se revela tan hostil como hermosa, y es en esos espacios donde
la cámara de Ford va a encontrar siempre el ángulo sorprendente que nos
revelara la grandiosidad de esas moles pétreas de Monument Valley junto a las
que los seres humanos aparecen como una especie invasora, despistada y
mortífera. No escasean en la película las escenas de acción, protagonizadas por
los indios, expertos jinetes, y en todas ellas se ve la excelencia
cinematográfica de Ford, maestro de maestros. Incluso en esos momentos de
tensión, los protagonistas no dejan de afrontar consideraciones morales que van
a provocar enfrentamientos, porque Matin sabe, por ejemplo, que si atacan el
poblado comanche, su hermana será una de las primeras víctimas, y por esa
razón, enfrentándose a su tío, querrá tentar la suerte de infiltrarse en el
campamento y liberar a Debbie, lo que hace con éxito, aunque cuando tío y
sobrino se enfrentan para impedir el último que el primero la mate, ella huye a
la carrera y es perseguida a caballo por su tío, y ahí tenemos el casi fenómeno
místico de la redención, cuando el tío coge en brazos a Debbie, la eleva hacia
el cielo y la ve, ¡finalmente!, como quien es: su sobrina, sangre de su propia
sangre, por más que hasta ese momento la haya visto como una india sin alma.
Recordemos, con todo, que en la Controversia de Valladolid, entre 1550 y 1551,
quedó zanjado que los indios no eran seres salvajes sino sujetos de derecho y
que la conquista y la evangelización habría de hacerse pacíficamente. A esos
extremos no llegó ningún otro país colonizador, ni Francia, ni Inglaterra ni
Usamérica, por supuesto.
En
la memoria de todos los amantes del cine está el final de esta película, porque
enlaza con el principio: Un ser sin pasado conocido, tres años después del final
de la Guerra de Secesión, vuelve a lo único que puede considerar su hogar, la
casa de su hermana; de él no se sabe si ha estado envuelto en asuntos legales o
ilegales, pero se tiene ganado el respeto de todos y la admiración de sus
sobrinos. Tras perder a la familia en esa razia comanche, inicia una odisea que
lo lleva de aquí para allá, siguiendo el rastro de su sobrina raptada. El carácter
sombrío y huraño, aunque con cierto deje irónico, como esa reiteración en su respuesta
favorita ante cualquier promesa ajena: “cuando las ranas críen pelo”, se va
consolidando a medida que avanza la acción
infructuosa, y no desaparece ni siquiera cuando descubren a Debbie. De
hecho, esta solo accede a volver ante el requerimiento de su hermano Martin,
porque sintió un frio mortal al confrontar su mirada con la de su tío.
Bueno,
dejo aquí estas notas volanderas sobre una película que merece un comentario
plano a plano. Por eso está rodada como un círculo: volvemos al inicio, esta
vez, sin embargo, con la misión cumplida, y el héroe, de quien no se sabía
nada, vuelve a marcharse quién sabe a dónde, porque la vida, toda vida, es una
aventura que nos transforma.
