Una fábula mítica sobre el amor, el oro, el río Duero y la honra.
Título original: O rio do
ouro
Año:1998
Duración: 95 min.
País: Portugal
Dirección: Paulo Rocha
Guion: Paulo Rocha, Claudia
Tomaz
Reparto: Isabel Ruth; Lima
Duarte; Joana Bárcia; João Cardoso; Filipe Cochofel; António Capelo.
Música: José María Branco
Fotografía: Elso Roque.
Ya
es casi una constante, una película me deja impactado hasta el estremecimiento,
acudo a FilmAffinity y descubro que apenas la han visto 137 personas, tiene una
sola crítica y una puntuación, 6’4, a años luz de sus inmensos merecimientos
cinematográficos. Por momentos me parecía una película e Vítor Erice; en otros,
la plasmación ophülsiana de un dramático cantar de ciego, como los inconfundibles
que suenan, trágica banda sonora, a lo largo de una obra que está más allá de
los géneros y del cine al que las distribuidoras tienen acostumbrado al público.
Es de tal naturaleza la
sensibilidad con que esta contada esta historia, y es el marco natural, las
orillas del Duero portugués, de tan esplendente belleza amenazadora que no sabemos
qué admirar más profundamente, si la existencia de esas dos realidades
individuales o la mixtura de ambas en una historia que conmueve y trastorna,
sobre todo en un tramo final desatado en que se cumple la visión que ha tenido
uno de los personajes, Zé, gitano, el representante de joyería que se atraviesa
en la vida de las dos mujeres cuyas vidas, tan distintas, nos cuenta la
película. Aún estoy como en una nube estética, cuando recuerdo la sucesión de
planos de todo tipo, panorámicos, medios, primeros planos, picados
inverosímiles que recogen el discurrir del río abajo del todo, contrapicados
desde el camino hasta los balcones de la casa donde viven la guardabarreras y
su marido, el propietario de una draga que limpia el río, submarinos en el río
que tanto condiciona la vida de los personajes, porque su presencia imponente se
parece mucho a la de una deidad que preside toda la vida de quienes moran en
sus riberas y en ellas viven, aman, se divierten y mueren, o matan.
La historia arranca de
una manera entre cómica y sobrenatural, porque el capitán de la draga se
arregla para ir a pedir la mano de Carolina a su padre y habla, en el camino
con una flor, a la que le recuerda cuáles son sus intenciones: «Busco mujer,
riqueza y honor»... Hecha la petición, Carolina le dice un «ya eres mío» que
nos deja el temor metido en el cuerpo, porque tiene todos los visos de ser una
jugarreta para salirse con la suya, esto es, y como luego sabremos, para tener
una posición respetable que encubra suficientemente lo que ella es y representa
en la película: una ninfómana que antepondrá la satisfacción de su lujuria por
encima de cualquier vínculo familiar, algo que es púbico y notorio en el
pueblo, menos para su marido António, quien cuida mucho de su ahijada Melita,
que resulta ser hija de la que ella considera que es su «madrina», aunque la enemistad
que la madrina le manifiesta tiene unas raíces profundas que la joven, a quien
João, un joven casado, le ha hecho un hijo que, por un accidente acabará
perdiendo, pero con quien, finalmente, se une, porque a João le ha abandonado su mujer.
En el viaje a Oporto,
al médico, las dos mujeres coinciden con el gitano Zé, viajante con un
muestrario de oro del que acaba faltando un collar que se queda la joven. En
realidad es un señuelo para que, como les promete a ambas, pase por su
localidad, adonde llega en tren. Se instala en el pueblo y, a partir de
entonces, comienza el asedio por parte de Carolina, quien lo rinde al poco. João, porque tiene un coche, comienza a
trabajar con Zé, lo que provoca que este se instale durante más tiempo en esas
orillas del Duero en el que las jóvenes celebran a las mujeres casadas y
protegen a las solteras, como se aprecia en una fiesta celebrada junto al río,
en la que los hombres se disputan los favores de las mujeres e incluso salen a
relucir las navajas, como en una obra lorquiana. Rocha, muy sensible a los
elementos folclóricos portugueses, introduce varias cancines populares y varias
danzas, al estilo de como ya lo hiciera en su gran película Mudar de vida,
que junto con Los verdes años, figuran criticadas en este Ojo y son un
claro antecedente de la presente, en la que la exploración del color tiene una
dimensión que me recuerda los constantes juegos cromáticos de algunas películas
de Kurosawa, como Ran.
La tragedia se intuye,
y el gran buco caprichoso, Zé, corteja a la ahijada, Mélita, con una intensidad
que va a desatar los celos exacerbados de Carolina, quien, poco a poco, a
medida que ve desarrollarse ante sus ojos la traición de Zé, va a convertirse en
algo así como la encarnación del mal, cabello pelirrojo incluido. Recordemos,
por si no lo había dicho, que cuando Zé conoce a las dos mujeres en el tren,
huye de ellas porque ha tenido una visión estremecedora de un futuro lleno de
sangre y dolor. Isabel Ruth, una actriz consumadísima, va a evolucionar de la
seducción a la venganza en un fluido de secuencias inolvidables, y en ella
misma se va a operar una transformación que va a ofrecernos, en unas imágenes
aterradoras la esencia del mal, preparadas por la insólita venganza que ejecuta
en su propia hija, a quien ata a una silla, rocía de melaza y confía en que las abejas de las colmenas que tiene en el
jardín, cumplan la maldad por ella planeada. Las imágenes de Carolina en el
balcón sobre el río, azotado por un viento que le alborota la llama de fuego
infernal del cabello, con unas muecas que acusan a partes iguales enajenación,
soberbia y glorificación del mal supremo ―no en cano acaba de matar a su
marido, que ha acudido a liberar a su ahijada del tormento que le había preparado
su madrina― aún, ahora mismo que las describo, me provocan una indudable
angustia. El mal de los celos, la muerte, puede ocasionarse de muchas maneras,
pero en pocas de ellas la cámara se recrea en la trasmutación del rostro de la
asesina como lo hace Paulo Rocha en esta película llena de la atrocidad del fatum.
Hay un cierto costumbrismo
en el relato que enmarca el conflicto de la ninfómana, la joven, doblemente seducida,
y la falsa paz hogareña de António, incapaz de satisfacer a su mujer y de
proteger a su ahijada de sus iras, porque ella la mira mal desde el mismísimo
comienzo de la historia. La presencia del río no es la de un marco más o menos
hermoso, sino un factor determinante en la vida de los personajes. Recordemos que
Carolina contempla cómo su marido salva a la joven Mélita cuando esta cae al
río y está a punto de ahogarse porque no sabe nadar. Carolina intenta disuadir
a António de salvarla, pero él alega que ha nacido en el río y, al rescatarla,
le practica el boca a boca, ante la enorme contrariedad de Carolina, y salva a
la muchacha de una muerte segura.
No sé en qué sentido se
tomarán los lectores de este Ojo que yo diga que El rio de oro es
una película lirica, poética, porque tiene mala fama la poesía cuando se predica
de una obra cinematográfica, ¡como si estuvieran reñidas, las películas y la
poesía! Pongámonos en el caso de Yasujiro Ozu, de quien sí puede predicarse ese
lirismo sin que nos parezca un exceso crítico. Pues Rocha, heredero en muchos aspectos
del mejor cine japonés, ha aprendido esa y otras lecciones poéticas. El ritmo de
la acción, acompasado con el fluir del río, es solo un detalle de ese lirismo,
porque las imágenes de Rocha, siempre escogidas en el ángulo, en la luz y en el
marco vegetal adecuados, es un poema trágico que nos recuerda a Lorca, sí, pero
también a Medea y, en general, todos los elementos telúricos que se esconden en
el folclore.
Supongo que predico en
el vacío, pero las películas de Rocha, al menos las tres que he visto, tienen
un calidad que ni de lejos alcanzan muchas películas españolas que nos venden casi
como obras maestras. Eso sí, dejó Cerrar los ojos, de Víctor Erice,
pariente próxima de esta, fuera de esas referencias...

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