miércoles, 4 de noviembre de 2026

«El río de oro», de Paulo Rocha, la perfección.

 

Una fábula mítica sobre el amor, el oro, el río Duero y la honra.

 

Título original: O rio do ouro

Año:1998

Duración: 95 min.

País:  Portugal

Dirección: Paulo Rocha

Guion: Paulo Rocha, Claudia Tomaz

Reparto: Isabel Ruth; Lima Duarte; Joana Bárcia; João Cardoso; Filipe Cochofel; António Capelo.

Música: José María Branco

Fotografía: Elso Roque.

 

          Ya es casi una constante, una película me deja impactado hasta el estremecimiento, acudo a FilmAffinity y descubro que apenas la han visto 137 personas, tiene una sola crítica y una puntuación, 6’4, a años luz de sus inmensos merecimientos cinematográficos. Por momentos me parecía una película e Vítor Erice; en otros, la plasmación ophülsiana de un dramático cantar de ciego, como los inconfundibles que suenan, trágica banda sonora, a lo largo de una obra que está más allá de los géneros y del cine al que las distribuidoras tienen acostumbrado al público.

Es de tal naturaleza la sensibilidad con que esta contada esta historia, y es el marco natural, las orillas del Duero portugués, de tan esplendente belleza amenazadora que no sabemos qué admirar más profundamente, si la existencia de esas dos realidades individuales o la mixtura de ambas en una historia que conmueve y trastorna, sobre todo en un tramo final desatado en que se cumple la visión que ha tenido uno de los personajes, Zé, gitano, el representante de joyería que se atraviesa en la vida de las dos mujeres cuyas vidas, tan distintas, nos cuenta la película. Aún estoy como en una nube estética, cuando recuerdo la sucesión de planos de todo tipo, panorámicos, medios, primeros planos, picados inverosímiles que recogen el discurrir del río abajo del todo, contrapicados desde el camino hasta los balcones de la casa donde viven la guardabarreras y su marido, el propietario de una draga que limpia el río, submarinos en el río que tanto condiciona la vida de los personajes, porque su presencia imponente se parece mucho a la de una deidad que preside toda la vida de quienes moran en sus riberas y en ellas viven, aman, se divierten y mueren, o matan.

La historia arranca de una manera entre cómica y sobrenatural, porque el capitán de la draga se arregla para ir a pedir la mano de Carolina a su padre y habla, en el camino con una flor, a la que le recuerda cuáles son sus intenciones: «Busco mujer, riqueza y honor»... Hecha la petición, Carolina le dice un «ya eres mío» que nos deja el temor metido en el cuerpo, porque tiene todos los visos de ser una jugarreta para salirse con la suya, esto es, y como luego sabremos, para tener una posición respetable que encubra suficientemente lo que ella es y representa en la película: una ninfómana que antepondrá la satisfacción de su lujuria por encima de cualquier vínculo familiar, algo que es púbico y notorio en el pueblo, menos para su marido António, quien cuida mucho de su ahijada Melita, que resulta ser hija de la que ella considera que es su «madrina», aunque la enemistad que la madrina le manifiesta tiene unas raíces profundas que la joven, a quien João, un joven casado, le ha hecho un hijo que, por un accidente acabará perdiendo, pero con quien, finalmente, se une, porque a  João le ha abandonado su mujer.

En el viaje a Oporto, al médico, las dos mujeres coinciden con el gitano Zé, viajante con un muestrario de oro del que acaba faltando un collar que se queda la joven. En realidad es un señuelo para que, como les promete a ambas, pase por su localidad, adonde llega en tren. Se instala en el pueblo y, a partir de entonces, comienza el asedio por parte de Carolina, quien lo rinde al poco.  João, porque tiene un coche, comienza a trabajar con Zé, lo que provoca que este se instale durante más tiempo en esas orillas del Duero en el que las jóvenes celebran a las mujeres casadas y protegen a las solteras, como se aprecia en una fiesta celebrada junto al río, en la que los hombres se disputan los favores de las mujeres e incluso salen a relucir las navajas, como en una obra lorquiana. Rocha, muy sensible a los elementos folclóricos portugueses, introduce varias cancines populares y varias danzas, al estilo de como ya lo hiciera en su gran película Mudar de vida, que junto con Los verdes años, figuran criticadas en este Ojo y son un claro antecedente de la presente, en la que la exploración del color tiene una dimensión que me recuerda los constantes juegos cromáticos de algunas películas de Kurosawa, como Ran.

La tragedia se intuye, y el gran buco caprichoso, Zé, corteja a la ahijada, Mélita, con una intensidad que va a desatar los celos exacerbados de Carolina, quien, poco a poco, a medida que ve desarrollarse ante sus ojos la traición de Zé, va a convertirse en algo así como la encarnación del mal, cabello pelirrojo incluido. Recordemos, por si no lo había dicho, que cuando Zé conoce a las dos mujeres en el tren, huye de ellas porque ha tenido una visión estremecedora de un futuro lleno de sangre y dolor. Isabel Ruth, una actriz consumadísima, va a evolucionar de la seducción a la venganza en un fluido de secuencias inolvidables, y en ella misma se va a operar una transformación que va a ofrecernos, en unas imágenes aterradoras la esencia del mal, preparadas por la insólita venganza que ejecuta en su propia hija, a quien ata a una silla, rocía de melaza y confía en que  las abejas de las colmenas que tiene en el jardín, cumplan la maldad por ella planeada. Las imágenes de Carolina en el balcón sobre el río, azotado por un viento que le alborota la llama de fuego infernal del cabello, con unas muecas que acusan a partes iguales enajenación, soberbia y glorificación del mal supremo ―no en cano acaba de matar a su marido, que ha acudido a liberar a su ahijada del tormento que le había preparado su madrina― aún, ahora mismo que las describo, me provocan una indudable angustia. El mal de los celos, la muerte, puede ocasionarse de muchas maneras, pero en pocas de ellas la cámara se recrea en la trasmutación del rostro de la asesina como lo hace Paulo Rocha en esta película llena de la atrocidad del fatum.

Hay un cierto costumbrismo en el relato que enmarca el conflicto de la ninfómana, la joven, doblemente seducida, y la falsa paz hogareña de António, incapaz de satisfacer a su mujer y de proteger a su ahijada de sus iras, porque ella la mira mal desde el mismísimo comienzo de la historia. La presencia del río no es la de un marco más o menos hermoso, sino un factor determinante en la vida de los personajes. Recordemos que Carolina contempla cómo su marido salva a la joven Mélita cuando esta cae al río y está a punto de ahogarse porque no sabe nadar. Carolina intenta disuadir a António de salvarla, pero él alega que ha nacido en el río y, al rescatarla, le practica el boca a boca, ante la enorme contrariedad de Carolina, y salva a la muchacha de una muerte segura.

No sé en qué sentido se tomarán los lectores de este Ojo que yo diga que El rio de oro es una película lirica, poética, porque tiene mala fama la poesía cuando se predica de una obra cinematográfica, ¡como si estuvieran reñidas, las películas y la poesía! Pongámonos en el caso de Yasujiro Ozu, de quien sí puede predicarse ese lirismo sin que nos parezca un exceso crítico. Pues Rocha, heredero en muchos aspectos del mejor cine japonés, ha aprendido esa y otras lecciones poéticas. El ritmo de la acción, acompasado con el fluir del río, es solo un detalle de ese lirismo, porque las imágenes de Rocha, siempre escogidas en el ángulo, en la luz y en el marco vegetal adecuados, es un poema trágico que nos recuerda a Lorca, sí, pero también a Medea y, en general, todos los elementos telúricos que se esconden en el folclore.

Supongo que predico en el vacío, pero las películas de Rocha, al menos las tres que he visto, tienen un calidad que ni de lejos alcanzan muchas películas españolas que nos venden casi como obras maestras. Eso sí, dejó Cerrar los ojos, de Víctor Erice, pariente próxima de esta, fuera de esas referencias...

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