La extraña y seca frialdad del nihilismo hermosamente fotografiada.
Título: L'Étranger
Año: 2025
Duración: 122 min.
País: Francia
Dirección: François Ozon
Guion: François Ozon.
Novela: Albert Camus
Reparto: Benjamin Voisin; Rebecca
Marder; Pierre Lottin; Denis Lavant; Swann Arlaud; Christophe Malavoy; Benjamin
Hicquel; Jean-Charles Clichet; Jean-Benoît Ugeux; Mar Sodupe.
Música: Fatima Al Qadiri
Fotografía: Manuel Dacosse
(B&W).
A ciertas adaptaciones al cine de obras
clásicas, como sucede con esta novela cota de Albert Camus, El extranjero,
siempre les agradezco que, como me pasó hace poco con el Frankestein de
Mary Shelley y el El regreso de Ulises de Uberto Pasolini, me
inciten a leer o releer el original para poder tener una visión más amplia de
lo que se me ha dado en la adaptación cinematográfica. En este caso he de decir
que resulta ejemplar la transcripción en imágenes que ha hecho Ozom, auxiliado
por el cinematografista Manuel Dacosse, del texto de la novela, y no era fácil
trasladar a imágenes las abundantes sensaciones que describe la vos narradora,
que es la del protagonista. Aunque filmada en Tánger, lo que se recrea es el Argel
donde vivió y estudió Camus, y donde su personaje Meursault, es un oficinista
que recuerda vagamente al Bartleby de Melville, por su falta de aspiraciones y
escasa motivación para «labrarse una carrera profesional».
A partir de
una anécdota biográfica, su madre acaba de fallecer en una residencia para
ancianos, aunque pasa poco de los sesenta años..., el protagonista pide permiso
para desplazarse al lugar del óbito y asistir al entierro de la madre. Todo
ello en un verano sofocante que se ha recreado con notable fidelidad. Como la
película sigue al pie de la letra la novela, todos aquellos que la tengan muy
presente, no era mi caso, salvo en grandes rasgos, por lo que la he vuelto a
leer inmediatamente, irán reconociendo los distintos personajes y las
situaciones que, por sus pasos contados, pero con total arbitrariedad y sin justificación
alguna nos llevan al fatal desenlace del enfrentamiento entre los familiares de
una joven maltratada por un conocido-casi-amigo de Meursault, tres árabes, y
Raymond Sintes [por cierto, el apellido de la madre de Camus] y el propio Meursault,
quien se pone de su parte aun sabiendo que maltrata a la joven árabe de la que
es proxeneta.
Cualquier
crítica a esta película por fuerza ha de destacar el planteamiento estético a
través del hermosísimo blanco y negro, muy poco contrastado, que genera una
atmósfera envolvente que nos transmite el calor pegajoso del verano
norteafricano y que otorga a los personajes una dimensión clásica, más allá de
la propia historia. Desde los primeros compases de la película pensé
inmediatamente en la prodigiosa serie Ripley, de Steven Zaillian,
apoyada en la espléndida fotografía de Robert Elswit (B&W). La diferencia
entre ambas es muy notable, porque Meursault es un oficinista con pocos
posibles y menos ambiciones que vive en una habitación y cuyos vecinos no son,
precisamente, la crème de la crème social, y menos aún el viejo Salamano,
interpretado por un casi irreconocible Denis Lavant, actor fetiche de Leos Carax,
y estrella fundamental de Holy Motors o Los amantes del Puente Nuevo,
ambas extraordinarias, aunque la segunda con algunos reparos, quien convive con
un perro al que maltrata psicológica y físicamente, pero por quien Meursault
siente alguna leve compasión.
La «frialdad»
es el concepto que, imagino, habrá corrido de boca en boca para definir esta
obra que, en efecto, la describe como ninguna otra película reciente lo ha
hecho, y sí alguna relativamente antigua (1970), como El conformista, de
Bertolucci, cuyo protagonista, Marcello, tiene ciertas similitudes con el Meursault
de Camus, incluso temporales. Representar la indiferencia ante la existencia es
un desafío enorme, porque cuando la pasión no altera los ánimos parece que nos
movemos en un orden de vida que nos es ajeno, porque el deseo, el querer algo,
forma parte de nuestro ADN como especie, comenzando por querer conservar la
vida, algo que siempre nos chocará respeto de cualquier persona, de ahí la
extrañeza que nos provocan los suicidios de quienes no sienten ese impulso
vital. Y de ahí, también, la distancia y el rechazo que provoca en el espectador
la historia de amor con menos amor de las que se puedan imaginar. Meursault se
acerca a la antigua conocida y se siente a gusto con ella, con quien intima y
tiene relaciones sexuales, y aun con quien está dispuesto a casarse aunque no
entienda qué significa casarse ni qué sentido puede tener en su vida un acto
así. Su abogado en el juicio, la mejor parte de la película, sin duda, lo dice
claramente: Cuando el vacío de un corazón, tal como se descubre en este
hombre se transforma en un abismo en el que la sociedad puede sucumbir.
Cuando a
alguien todo le paree extraño, ajeno, y la vida una suerte de mecanismo simple
que repite cotidiana y ritualmente, esperando que haya las menores variaciones
posibles, ¿hacia dónde puede el
espectador deseado y deseante dirigir su necesidad de empatizar con el
protagonista de una película? Se siente distante de lo que ocurre ante sus ojos
y no acaba de entender la apatía, la atonía, la distimia de una persona por
quien se interesa una mujer tan bella, un ser con capacidades, se insinúa, para
aspirar a mejorar sus condiciones de vida. La frialdad, esta de manual, con que
asiste al entierro de su madre, como un compromiso, más que como un deber
filial, será, a la postre, cuando llegue el juicio al que es sometido por la
muerte del hermano de la mujer prostituida por Raymond, el mayor escándalo que
se tendrá en cuenta para juzgarlo.
La obra
contiene algunos apuntes biográficos, como la aversión del padre de Camus a las
ejecuciones públicas de los condenados a muerte, que le atribuye Camus al padre
de su personaje, pero la entereza de Meursault frente a su destino, su
serenidad a medio camino entre el estoicismo y la aversión a la trascendencia,
que le llevarán a rechazar incluso violentamente la presencia del sacerdote en
su celda, así como la prefiguración de su futura guillotina desde la más absoluta
indiferencia, dejan a los espectadores un poco en terreno de nadie. Ozon reinterpreta
parte de la novela en un final políticamente correcto que distorsiona no poco
el espíritu del texto, una lectura que lo traiciona, porque lo «enmienda» muy
chapuceramente.
En favor de esta
adaptación podría decir que es la que me parece más fiel a lo que hubiera hecho
Bresson, porque se ajusta de maravilla a su manera de no dirigir el trabajo de
los actores, al uso de actores cuya notoriedad pública no distorsione la recepción
de la aventura de los protagonistas y un silencio tan expresivo como el de Pickpocket,
por ejemplo. Se me ocurre que el nihilismo de Meursault debió ser la causa
principal de que el muy religioso Bresson, adaptara el texto de Camus, aunque
parece haber sido escrito para que él lo hubiera transformado en imágenes.
Ozon, a mi entender, parece haber comprendido su labor de fantástico «intermediario»
entre Camus y Bresson, y nos ha regalado una obra tan personal como deudora de
otra visión imposible.

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