sábado, 18 de abril de 2026

«El extranjero», de François Ozon, casi al pie de la letra.

 

La extraña y seca frialdad del nihilismo hermosamente fotografiada.

 

Título: L'Étranger

Año: 2025

Duración: 122 min.

País: Francia

Dirección: François Ozon

Guion: François Ozon. Novela: Albert Camus

Reparto: Benjamin Voisin; Rebecca Marder; Pierre Lottin; Denis Lavant; Swann Arlaud; Christophe Malavoy; Benjamin Hicquel; Jean-Charles Clichet; Jean-Benoît Ugeux; Mar Sodupe.

Música: Fatima Al Qadiri

Fotografía: Manuel Dacosse (B&W).

 

           A ciertas adaptaciones al cine de obras clásicas, como sucede con esta novela cota de Albert Camus, El extranjero, siempre les agradezco que, como me pasó hace poco con el Frankestein de Mary Shelley y el El regreso de Ulises de Uberto Pasolini, me inciten a leer o releer el original para poder tener una visión más amplia de lo que se me ha dado en la adaptación cinematográfica. En este caso he de decir que resulta ejemplar la transcripción en imágenes que ha hecho Ozom, auxiliado por el cinematografista Manuel Dacosse, del texto de la novela, y no era fácil trasladar a imágenes las abundantes sensaciones que describe la vos narradora, que es la del protagonista. Aunque filmada en Tánger, lo que se recrea es el Argel donde vivió y estudió Camus, y donde su personaje Meursault, es un oficinista que recuerda vagamente al Bartleby de Melville, por su falta de aspiraciones y escasa motivación para «labrarse una carrera profesional».

          A partir de una anécdota biográfica, su madre acaba de fallecer en una residencia para ancianos, aunque pasa poco de los sesenta años..., el protagonista pide permiso para desplazarse al lugar del óbito y asistir al entierro de la madre. Todo ello en un verano sofocante que se ha recreado con notable fidelidad. Como la película sigue al pie de la letra la novela, todos aquellos que la tengan muy presente, no era mi caso, salvo en grandes rasgos, por lo que la he vuelto a leer inmediatamente, irán reconociendo los distintos personajes y las situaciones que, por sus pasos contados, pero con total arbitrariedad y sin justificación alguna nos llevan al fatal desenlace del enfrentamiento entre los familiares de una joven maltratada por un conocido-casi-amigo de Meursault, tres árabes, y Raymond Sintes [por cierto, el apellido de la madre de Camus] y el propio Meursault, quien se pone de su parte aun sabiendo que maltrata a la joven árabe de la que es proxeneta.

          Cualquier crítica a esta película por fuerza ha de destacar el planteamiento estético a través del hermosísimo blanco y negro, muy poco contrastado, que genera una atmósfera envolvente que nos transmite el calor pegajoso del verano norteafricano y que otorga a los personajes una dimensión clásica, más allá de la propia historia. Desde los primeros compases de la película pensé inmediatamente en la prodigiosa serie Ripley, de Steven Zaillian, apoyada en la espléndida fotografía de Robert Elswit (B&W). La diferencia entre ambas es muy notable, porque Meursault es un oficinista con pocos posibles y menos ambiciones que vive en una habitación y cuyos vecinos no son, precisamente, la crème de la crème social, y menos aún el viejo Salamano, interpretado por un casi irreconocible Denis Lavant, actor fetiche de Leos Carax, y estrella fundamental de Holy Motors o Los amantes del Puente Nuevo, ambas extraordinarias, aunque la segunda con algunos reparos, quien convive con un perro al que maltrata psicológica y físicamente, pero por quien Meursault siente alguna leve compasión.

          La «frialdad» es el concepto que, imagino, habrá corrido de boca en boca para definir esta obra que, en efecto, la describe como ninguna otra película reciente lo ha hecho, y sí alguna relativamente antigua (1970), como El conformista, de Bertolucci, cuyo protagonista, Marcello, tiene ciertas similitudes con el Meursault de Camus, incluso temporales. Representar la indiferencia ante la existencia es un desafío enorme, porque cuando la pasión no altera los ánimos parece que nos movemos en un orden de vida que nos es ajeno, porque el deseo, el querer algo, forma parte de nuestro ADN como especie, comenzando por querer conservar la vida, algo que siempre nos chocará respeto de cualquier persona, de ahí la extrañeza que nos provocan los suicidios de quienes no sienten ese impulso vital. Y de ahí, también, la distancia y el rechazo que provoca en el espectador la historia de amor con menos amor de las que se puedan imaginar. Meursault se acerca a la antigua conocida y se siente a gusto con ella, con quien intima y tiene relaciones sexuales, y aun con quien está dispuesto a casarse aunque no entienda qué significa casarse ni qué sentido puede tener en su vida un acto así. Su abogado en el juicio, la mejor parte de la película, sin duda, lo dice claramente: Cuando el vacío de un corazón, tal como se descubre en este hombre se transforma en un abismo en el que la sociedad puede sucumbir.

          Cuando a alguien todo le paree extraño, ajeno, y la vida una suerte de mecanismo simple que repite cotidiana y ritualmente,  esperando que haya las menores variaciones posibles,  ¿hacia dónde puede el espectador deseado y deseante dirigir su necesidad de empatizar con el protagonista de una película? Se siente distante de lo que ocurre ante sus ojos y no acaba de entender la apatía, la atonía, la distimia de una persona por quien se interesa una mujer tan bella, un ser con capacidades, se insinúa, para aspirar a mejorar sus condiciones de vida. La frialdad, esta de manual, con que asiste al entierro de su madre, como un compromiso, más que como un deber filial, será, a la postre, cuando llegue el juicio al que es sometido por la muerte del hermano de la mujer prostituida por Raymond, el mayor escándalo que se tendrá en cuenta para juzgarlo.

          La obra contiene algunos apuntes biográficos, como la aversión del padre de Camus a las ejecuciones públicas de los condenados a muerte, que le atribuye Camus al padre de su personaje, pero la entereza de Meursault frente a su destino, su serenidad a medio camino entre el estoicismo y la aversión a la trascendencia, que le llevarán a rechazar incluso violentamente la presencia del sacerdote en su celda, así como la prefiguración de su futura guillotina desde la más absoluta indiferencia, dejan a los espectadores un poco en terreno de nadie. Ozon reinterpreta parte de la novela en un final políticamente correcto que distorsiona no poco el espíritu del texto, una lectura que lo traiciona, porque lo «enmienda» muy chapuceramente.

          En favor de esta adaptación podría decir que es la que me parece más fiel a lo que hubiera hecho Bresson, porque se ajusta de maravilla a su manera de no dirigir el trabajo de los actores, al uso de actores cuya notoriedad pública no distorsione la recepción de la aventura de los protagonistas y un silencio tan expresivo como el de Pickpocket, por ejemplo. Se me ocurre que el nihilismo de Meursault debió ser la causa principal de que el muy religioso Bresson, adaptara el texto de Camus, aunque parece haber sido escrito para que él lo hubiera transformado en imágenes. Ozon, a mi entender, parece haber comprendido su labor de fantástico «intermediario» entre Camus y Bresson, y nos ha regalado una obra tan personal como deudora de otra visión imposible.

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