Título original: Marius
Año: 1931
Duración: 130 min.
País: Francia
Dirección: Alexandre Korda
Guion; Marcel Pagnol. Obra:
Marcel Pagnol
Reparto: Raimu; Pierre
Fresnay; Orane Demazis; Fernand Charpin; Alida Rouffe; Paul Dullac; Alexandre
Mihalesco; Robert Vattier; Édouard Delmont; Milly Mathis.
Música: Francis Gromon
Fotografía: Ted Pahle
(B&W).
Título original: Fanny
Año: 1932
Duración: 140 min.
País: Francia
Dirección: Marc Allégret
Guion: Marcel Pagnol. Obra:
Marcel Pagnol
Reparto: Raimu; Pierre
Fresnay; Orane Demazis; Fernand Charpin; Auguste Mouriès; Robert Vattier;
Marcel Maupi; Alida Rouffe; Milly Mathis.
Música: Vincent Scotto
Fotografía: Georges Benoît, Nikolai Toporkoff, Coutelier, André Dantan,
Roger Hubert (B&W).
Título original: César
Año: 1936
Duración: 168 min.
País: Francia
Dirección: Marcel Pagnol
Guion: Marcel Pagnol
Reparto: Raimu; Pierre Fresnay; Fernand Charpin; Orane Demazis; André
Fouché; Robert Vattier: Marcel Maupi; Édouard Delmont; Paul Dullac; Milly
Mathis.
Música: Vincent Scotto
Fotografía: Willy Faktorovitch (B&W).
Acaso la más
famosa trilogía del cine francés: la comedia humana en todo su esplendor: tres
directores distintos y un solo autor verdadero: Marcel Pagnol. Imprescindible.
Me
sorprende que en FilmAffinity esta trilogía no llegue siquiera a los doscientos
espectadores y que no pase de las dos críticas en cada una. ¡Y yo que pensé que
era de los últimos en llegar al festín cinematográfico que significa esta Trilogía
de Marsella! En su momento fue un éxito apoteósico y hoy, a una distancia
próxima al siglo, sigue superando el listón de cualquier exigencia cinéfila. Se
trata de un caso fronterizo muy curioso: las dos primeras películas fueron
obras de teatro aclamadas por la crítica y el público; la tercera, fue guion
cinematográfico antes de convertirse en la obra teatral que cerraba el círculo
de unas vidas que se representan ante nuestros incrédulos ojos con unos acentos
de naturalidad y verdad que, como pasa siempre en estos casos casi
hiperrealistas, no parece que asistamos a una obra artística, sino a la
contemplación de la vida que se desarrolla ante nuestra mirada como si fuéramos
intrusos que nos hemos colado en vidas ajenas con todo el descaro del mundo, el
de la distancia y el anonimato que no impide tocar la llaga de las heridas ni
reír con gusto la bonhomía de las facecias y las rivalidades entre personajes
«de barrio» que conviven estrechamente en el puerto de Marsella, lugar de
intenso tráfico de barcos y de sueños.
Pagnol
era un enamorado del cine y tuvo la oportunidad de que la Paramount le
ofreciera hacer una versión de su gran éxito teatral, Marius, realizada,
además, por un director y productor, Alexander Korda, de menos renombre
actualmente de lo que su mucha calidad merece. Como productor todo el mundo
recordará dos películas tan notables como La vida privada de Enrique VIII, dirigida por él mismo, con una portentosa
actuación de Charles Laughton, El tercer hombre, de Carol Reed, con otro
actuación memorable de Orson Welles y El déspota, de David Lean, de
nuevo con un Laughton ¡prodigioso! Posteriormente, quiso él, Pagnol, que
llevaran al cine la segunda parte de la trilogía, Fanny, pero la
productora alegó lo de que «segundas partes...», y, ni corto ni perezoso, se
embarcó en la aventura de convertirse en productor y llevarla él a las
pantallas, Conto con Marc Allégret como director, si bien puede hablarse de una
dirección conjunta, porque todo su interés en Marius se centró en
aprender el oficio de Korda, lo que le permitiría, finalmente, convertirse él
en el director de la tercera entrega, Cesar, y cumplir su sueño de ser
cineasta, y de larga carrera. Orson Welles se contaba entre sus admiradores.
No
sé si la primera entrega, Marius, cabría encasillarla en la corriente
del llamado teatro poético, pero tiene todas las papeletas, porque, como ocurre
en el teatro e Chejov, es el deseo lo que mueve al personaje central, un deseo
que entra en conflicto con su monótono presente y que condicionará el
desenlace. La obra se presenta sin ocultar su origen teatral y con un
escenario, un muelle del puerto e Marsella donde conviven los personajes
centrales, Marius y César, el fabricante de velas, Panisse, y la vendedora de
marisco, Fanny, quien desde niña está enamorada de Marius, y este, de algún
modo, también de ella, aunque su gran ambición es dejar el bar donde trabaja
para su padre, más amigo de la conversación, las partidas de carta y el sueño
que del negocio. Cuando la candidatura de Panisse como futuro esposo de Fanny
llega a oídos de Marius, una candidatura que la madre, la señora Honorine,
pescadera viuda, ve con tan buenos ojos como con espanto la ve Fanny. Hay mucho
de teatro costumbrista en toda la trilogía, e incluso podríamos hablar de un
cierto realismo, aunque este aparecerá, sobre todo, en la segunda y tercera
entregas. Que la acción progrese tan lentamente, porque la primera película se
nos va en el conocimiento de la rivalidad de Cesar y Panisse, aunque sean
amigos de más de veinte años, se debe a que los caracteres, aun dentro de su
esquematismo jocoso, se van perfilando poco a poco, de tal manera que en las
entregas siguientes puedan abordarse planteamientos de mayor calado que los
aparentemente frívolos o incluso sainetescos de esta primera película. El
sentido del humor, sin embargo, depende, ¡y mucho!, de las actuaciones de unos
actores en auténtico estado de gracia, cada uno en su papel, como el del lionés
a quien su origen condiciona totalmente y casi le incapacita para comprender a
los marselleses, el resto. Cierto, se trata de una progresión lenta y de un
humor muy popular, lo que puede hacer creer a espectadores con poco aguante que
no tendrán ninguna satisfacción. Eso le ha pasado a mi cinéfilo amigo Paco M.,
y puedo entenderlo, pero también estoy en condiciones de asegurar que, de haber
continuado viéndola, y luego las otras dos entregas, ahora estaría, como yo,
alabándolas con total adhesión, porque hay mucho fruto en esa siembra de
paciencia.
Echemos
la vista atrás, sin embargo, porque o le añadimos algo de contexto o corremos
el riesgo de no entender nada. La trilogía abarca desde 1931 a 1936, año en que
se firma la última, Cesar. Estamos en pleno auge del cine sonoro, y de
ahí el interés por los diálogos en el cine, y cuantos más y de todos los
pelajes, mejor. Estamos en Marsella y la obra se presenta como la captación del
pálpito de una ciudad y de sus gentes, y de ahí las constantes alusiones
bromistas al lionés incapaz de entender ciertos códigos de los personajes. Ese
factor de extrañamiento contribuye mucho a reforzar la idiosincrasia de los
personajes.
Andando
la película, el drama se otea en el horizonte: Fanny consigue seducir a Marius
y este acepta, un poco a regañadientes, unirse a ella para evitar que caiga en
los brazos de un viejo, Panisse, cuya sola visión como esposo de Fanny le
repele y repugna. En parte, pues, por «salvar a la dama», el joven soñador que
tiene la mente y el cuerpo en los lejanos mares y puertos de toda la geografía
mundial, decide seguir el buen consejo de su padre: llevar a Fanny al altar y
formar una familia que viviría en el bar, con él como patriarca y futuro abuelo
de las criaturas. La tensión dramática se consigue con la tentación de ser
aceptado como miembro de la tripulación en un barco que parte al día siguiente
de haberse él comprometido con Fanny. Y pasa lo que ha de pasar, cuando la
juventud es fogosa y la promesa del futuro tiene aún todas las puertas y
ventanas abiertas: pasan la noche juntos en casa de Fanny, donde son
descubiertos por la madre, quien se escapa para ir a ver a Cesar en el bar y
concertar enseguida la boda de ambos, según los códigos morales de la época. A
pesar del compromiso que asume Marius, es Fanny quien, una vez que es firme la
posibilidad de enrolarse, anima a Marius a no dejarse vencer por el compromiso
adquirido con ella y seguir su vida, la vida que él quiere vivir, porque nunca
se perdonaría, ella, haberle impedido hacerla. Y así se acaba la primera
película, con la «huida» hacia una nueva vida y con otra realmente nueva que
abre la segunda película.
Antes
de seguir, debo dejar constancia del prodigio de actuación que todos los
intérpretes llevan a cabo, y que forma parte de ese pasado legendario de las
cinematografías nacionales de todos los países europeos, fundada sobre la
dedicación profesional teatral que acabó dando en el cine sus mejores frutos.
En Francia hablamos de una época muy concreta en la que no era infrecuente que
a los actores y actrices se los conociera solo por un nombre: Raimu, Charin,
Maupi, Rellys, Arletty, Minstinguet, Fernandel..., lo cual nos da a entender la
individualidad estricta e inintercambiable de sus interpretaciones: cada uno de
ellos tenía su «manera» y el público la reconocía y apreciaba. Sí, es cierto,
ese fenómeno corre el riesgo del encasillamiento, pero los actores tenían armas
para huir de él. ¿O no son, por ejemplo, dos Pepe Isbert muy distintos, aun
siendo él tan peculiar, en Bienvenido, Mr. Marshall y El Verdugo,
ambas de Berlanga? Por otro lado, no está de más recordar que Josep María de
Sagarra tradujo la obra de Pagnol, Marius, y luego él escribió El
café de la marina, inspirada muy directamente en aquella, de la que puede
considerarse, con tota propiedad, una adaptación, aunque los lenguajes
literarios de Pagnol y de Sagarra son muy distintos.
Fanny
se abre con un plano que calca el último de la primera película, y, a partir de
ahí, todo va a girar en torno al embarazo de Fanny, del que Marius nada sabe.
La secuencia de la confirmación en el médico y el vagabundeo errático de ella
por las calles de Marsella, rodada con cámara oculta, al parecer, puede
constituir un primer intento de neorrealismo, mucho antes de su aparición en
Italia, tal es el grado de verismo del trastorno de la joven que se enfrenta a
una terrible situación. Esas mismas secuencias constituyen ya una salida del
círculo estrecho de muelle donde se desarrolla la vida de los personajes, y
parece que el contexto se amplíe a toda la ciudad, pero esta no acaba de tener
tanto protagonismo como se intuye, y no tardamos en centrarnos en el disgusto
de la madre ante lo que la lleva a pretender echar a su hija de casa, aunque la
hija cae desmayada en brazos de la madre. Su tía Claudine, que está con ellas,
le reprocha a su hermana haber dicho semejante barbaridad. Una salida ingeniosa
y humorística que rompe la tensión de la situación es la de Honorine cuando die
que los hijos siempre dan problemas, y pone como ejemplo a la Virgen, «que solo
tuvo uno y mira los problemas que le dio...». Reaparece, como estaba escrito,
la candidatura de Panisse, y ahí deriva ya la trama hacia los serios problemas
de conciencia que se le plantean a Fanny: exponerse a la vergüenza pública,
arrastrar a su madre a la vergüenza y las murmuraciones, involucrar, de paso, a
Cesar, el abuelo de la criatura. Panisse emerge, pues, como la mejor solución
para poder darle un nombre a la criatura, y aunque madre y tía le sugieren que
no le diga nada a Panisse del embarazo, a Fanny le horroriza tal cosa y decide
confesárselo a Panisse. ¡Ah, el bueno de Panisse! Después de haber intentado
años y años tenerlo con su mujer, y una vez enviudado, se le presenta al
mercader la posibilidad de convertirse en lo que más ansía: ser padre, para
poder ampliar el rótulo de su negocia con el Panisse et fils: ¡un
heredero! Está claro que ello pasa por encima de cualquier escrúpulo o remilgo
por el hecho de que sea hijo de Marius. De hecho, cuando se reúnen Fanny,
Panisse y Cesar, se ponen de acuerdo para que ese futuro niño sea hijo de
Panisse y nieto de Cesar, quien, además, verá con orgullo que el pequeño lleve
su nombre: Cesariot. Las secuencias en las que Panisse desborda de entusiasmo
por convertirse en padre son extraordinarias, del mismo modo que lo es el
desenlace de la película, cuando Marius vuelve a Marsella, después de
peregrinar por el mundo y haberse desengañado de sus sueños de juventud en los
que había romantizado la vida aventurera. Está claro que el cuerpo de Fanny aún
desea a quien fue su gran amor, pero no se deja seducir por la tentación de
huir con Marius, sino que, con un valor ético inconmensurable y un discurso que
le sale del corazón, defiende a capa y espada la paternidad sobrevenida de
Panisse, quien, mientras el otro andaba por esos mares de Dios, se prestó a
acoger a madre e hijo y formar con ellos una familia, y en las largas horas del
parto, fue la mano de Panisse en la que Fanny, atravesada de dolores, clavó sus
uñas para poder empujar al mundo al hijo que no podía ser de otro más que de
Panisse. Y lo dice con una intensidad emocional que acerca la película a las
cumbres del melodrama. Es la segunda vez que se separa de su verdadera amor, y
presiente que ahora es para siempre. Toda la parte de la historia relativa a la
recepción de la familia de Panisse del heredero único de las fortunas de él y
de sus hermanos recupera el tono popular de la primera película y,
teóricamente, daría la historia por acabada.
Cesar
no pertenece ya al ciclo teatral, aunque se publicó como obra dramática, sino
que nace directamente como un guion escrito ex profeso por Pagnol, para
redondear la vida de los protagonistas, y de ahí los cuatro años de diferencia
entre la segunda película y la tercera. Teóricamente, el protagonista de esta
tercera entrega es el hijo, ya crecido, que entra en escena, vestido de
militar, para asistir a la agonía y muerte de su padre, o, al menos, de a quien
él tiene por tal y a quien le profesa enorme cariño. La tercera película se
adentra más en exteriores que las dos precedentes, y prueba de ello es el
trávelin que sigue a Cesar recorriendo la ciudad para subir a la iglesia donde
pedirle al cura que, con mucho disimulo, procure administrarle la extremaunción
a Panisse, aunque sin que este se dé cuenta, es decir que el cura disimule su
menester y diga lo tan socorrido de «pasaba por aquí y me dije...» que Panisse,
enfermo en la cama, no se cree de ninguna de las maneras. Además, el médico
certifica que ha experimentado una mejoría y conviene vigilar esa evolución.
Como un gran noble del Antiguo Régimen, Panisse yace sentado en la cama y a su
alrededor, sentados, se distribuyen sus amigos de toda la vida, con quienes hemos
convivido en las dos películas anteriores. Un inciso, porque la presencia
determinante del sacerdote en el arranque de la película, con una confesión
pública de los pecados de Panisse, requiere una nota de advertencia al
espectador para que repare en el alambicado y casi estrafalario peinado del
sacerdote, una suerte de estilo Pompadour pero con el resto del pelo peinado
hacia el final de la onda del tupé, prácticamente esculpido como un tupé rockabilly...,
de lo más sorprendente que he visto desde hace muchísimo en moda capilar
masculina. La secuencias de la preparación para bien morir de Panisse están
llenas de buen humor y de abundante alegría de vivir, en una mezcla muy bien
dosificada. Muerto Panisse, el interés de la trama se desplaza hacia la
revelación que la madre le hace a su hijo de que lo es del hijo de su padrino,
Cesar. A partir de entonces, el joven Cesariot no cejará en su empeño de saber
quién es su padre biológico, algo que forma parte de las historias fílmicas
desde siempre, y que procede del imperio literario y sentimental del folletín
del siglo xix. Obviamente,
llegados hasta aquí, cualquier espectador habitual intuye ya por dónde han de
ir los tiros de la continuación, pero guardo silencio para que ese desarrollo
lo vean con sus propios ojos y comprueben la perfección del cierre del círculo
que se abrió en Marius.
Puede
reprochársele a la Trilogía que sea excesivamente «popular», acaso
demasiado «sainetesca», por momentos, como la secuencia de los amigos sentados
en el bar al acecho del tonto marsellés que le dé una patada al bombín bajo el
que se oculta una piedra de enormes proporciones. El señor Brun, el lionés,
interpretado con exquisita modulación por Robert Vattier, ve tan absurda la
broma que no acaba de entender el carácter los marselleses; pero hay en ella un
retrato muy fiel y especiado de unas psicologías y formas de vida tradicionales
completamente desaparecidas, pero sobre las que se ha evolucionado, con sus más
y sus menos, a nuestras sociedades actuales. Es un viaje en el tiempo, exacto, también
hacia los primeros tiempos del sonoro y, sobre todo, a algunas escenas que
pueden considerarse como muestra imperecedera del más puro melodrama, uno de
los géneros fundacionales del cine. Imagino que la simple presentación de esta Trilogía
deja ya entrever el entusiasmo con que la recomiendo, porque la vida que en ella se representa merece ser
bien conocida, disfrutada y aun sufrida.


