Vivir en la vida, no en el mundo; en la intensión, no en la extensión.
Título original: Train Dreams
Año: 2025
Duración: 102 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Clint Bentley
Guion: Clint Bentley, Greg Kwedar. Novela:
Denis Johnson
Reparto: Joel Edgerton; Felicity Jones; William H. Macy; Kerry Condon; Nathaniel
Arcand; Clifton Collins Jr.; John Diehl; Paul Schneider; Will Patton; Sean
Blackman; Alfred Hsing; Ron Ford; Johnny Arnoux: Tim Altevers; Ryan McNeil; Frank
A. Hays; Bonni Dichone; David Martin Johnson; Zoe Rose Short; Jerry Dykeman; Jennifer
Simmons; Cisco Keanu Reyes; Benjamin Cruz.
Música: Bryce Dessner
Fotografía: Adolpho Veloso.
No
es fácil llegar a los espectadores con una película en la que los silencios lo
dicen casi todo y la vida es eso que sucede más allá de quienes protagonizan la
suya minúscula, aislada y en armonía con sus sentimientos y la naturaleza. Que
el protagonista sea un ser hermético que solo vive para su familia, el trabajo
de leñador que colabora en las obras del ferrocarril y, más tarde, para su
hija, no ayuda ciertamente a aquellos espectadores que «viven» de la sucesión de
acontecimientos a ritmo vertiginoso. No
voy a entrar en la reflexión de cuál de esas vidas es la «verdadera» vida,
porque está claro que cada cual establece sus prioridades y, en la medida de lo
posible, elige cómo quiere vivirlas. Las elecciones del protagonista son tan
simples, tan sencillas, tan apegadas al ciclo de la unión y la reproducción que
nos sorprende y nos invita a creer que hay en sus días y sus silencios una
suerte de sabiduría inexpresada.
La
película se recrea en la unión de las personas y el entorno natural, algo que
no solo afecta a la vida amorosa, sino también al trabajo como leñador, aunque
el destino sea contribuir al desarrollo del ferrocarril con todo lo que supone
de relativa integración en los asuntos del mundo, que, sin embargo, aparecen
tratados de refilón, como es el caso de la presencia de trabajadores
extranjeros para cubrir las necesidades de mano de obra que implica la
construcción del ferrocarril, un «contacto» con la realidad que va a dejar una
terrible impronta en él, porque será testigo impotente del asesinato despiadado
de uno de esos trabajadores extranjeros, a los que dos compañeros nativos
arrojan desde lo alto de un puente al vacío. A lo largo de la película, y a
pesar de otras muertes que le tocan más de cerca, como la de la mujer y,
presuntamente, la de la hija, ese muerto por quien nada pudo (o acaso quiso,
ese es el «mal» que lo merma...) hacer se le irá apareciendo como un reproche
mudo a quien apenas abre la boca para decir nada, como si la respuesta a la
realidad, por adversa que sea, solo fuera el silencio.
La
realización se centra intensamente en la maravillosa naturaleza de los bosques
donde trabaja el protagonista, con una fotografía absolutamente natural, lo que
presta a la narración un cierto tono sombrío que casa a la perfección con la
adversidad mayúscula contra la que se estrella el protagonista, quien pierde a
su mujer y supuestamente también a su hija en un incendio que arrasa la casa
que ambos construyeron con sus propias manos. Uno de esos momentos duros de la
película. Y aunque la reconstruye con la esperanza de que la hija se haya
salvado y aparezca, una trama con la que la película juega en cierto momento,
lo cierto es que el hombre ha de encarar lo que le queda de vida con la desolación
interior de haberse salvado de un destino que hubiera querido compartir con su
familia.
Por
el trabajo y el v estuario del
protagonista, estamos convencidos que de que la acción, como en tantas otras películas,
está situada en la segunda mitad del siglo xix,
y de ahí nuestra sorpresa cuando acabamos enterándonos, hacia el final de la
película, que la acción ocurre hacia los años cincuenta y sesenta del siglo
pasado, tiempo que incluye la llegada del hombre a la luna, como se aprecia en
una secuencia ante un escaparate de electrodomésticos. Antes de ello, el
protagonista cruza su destino vital con el de una mujer encargada de la
vigilancia de los bosques en un puesto solitario que recuerda los faros costeros:
se trata de una mujer que ha enviudado y que trata de sobrellevar su tragedia
haciendo un trabajo útil y responsable. Ambos se cruzan en el camino del otro,
pero el dolor que cada uno de ellos lleva dentro les impide progresar en el
acercamiento, si bien es evidente que la compañía les resulta a ambos consoladora.
Es
importante señalar que la excesiva y casi patológica individualidad del protagonista,
que recuerda en parte a Thoreau, puesto que un homenaje a Walden parece la casa-cabaña que construye la pareja protagonista frente a un río, no lo excluye
de cierta socialización, y de ahí la importancia que algunos personajes
colaterales tienen en el desarrollo de la acción, sobre todo el muy entrañable
protagonizado por el filósofo de los bosques que representa el borrachín fordiano William H. Macy, un
personaje que parece sacado de La balada de Cable Hogue, de Sam
Peckimpah, porque, en efecto, Trenes de sueños tiene todo el aire de los
famosos westerns crepusculares, aunque no lo sea.
Adentrarse
en la compleja psicología de las personas cerradas a la comunicación, que hablan,
podríamos decir, a través de sus actos, no es tarea fácil para quien ha de
contar su historia a través de imágenes, sobre todo cuando es tan sencilla la
vida del protagonista, cuando está exenta de acontecimientos extraordinarios o
que se suceden a un ritmo que permite la variedad. La propia historia de amor
de los personajes centrales está contada con una sobriedad exquisita que
recuerda, en parte, la obra de Malick, director con el que Bentley a buen
seguro habrá sido comparado en muchas críticas, como referente inequívoco de una
mirada distinta a la naturaleza y a la psicología. La dificultad
interpretativa, entonces, se multiplica exponencialmente, y ahí es donde Joel
Edgerton destaca sobremanera para hacernos llegar los profundos sentimientos de
un hombre tan rudo como amante de lo suyo y de los suyos, sin necesitar una
proyección más allá de esa realidad, capaz de satisfacer exclusivamente a
personas que viven con gran intensidad sus sentimientos. Y esto es algo que también
chocará a no pocos espectadores: que los protagonistas sean felices con lo poco
que tienen y con el hecho de tenerse unos a otros, y que no necesiten ese salto
a la vida social donde sean reconocidos y apreciados. De hecho, son dos
anacoretas, Edgerton y Felicity Jones, cuya muda sensibilidad es de una
elocuencia maravillosa, del mismo modo que, después, la aparición de Kerry
Condon pone el broche adecuado a la apología de la sensibilidad que es, en la
superficie y en el fondo, esta película.

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