domingo, 25 de enero de 2026

«Sueños de trenes», de Clint Bentley, la vida concentrada.

 

Vivir en la vida, no en el mundo; en la intensión, no en la extensión.

 

Título original: Train Dreams

Año: 2025

Duración: 102 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Clint Bentley

Guion: Clint Bentley, Greg Kwedar. Novela: Denis Johnson

Reparto: Joel Edgerton; Felicity Jones; William H. Macy; Kerry Condon; Nathaniel Arcand; Clifton Collins Jr.; John Diehl; Paul Schneider; Will Patton; Sean Blackman; Alfred Hsing; Ron Ford; Johnny Arnoux: Tim Altevers; Ryan McNeil; Frank A. Hays; Bonni Dichone; David Martin Johnson; Zoe Rose Short; Jerry Dykeman; Jennifer Simmons; Cisco Keanu Reyes; Benjamin Cruz.

Música: Bryce Dessner

Fotografía: Adolpho Veloso.

 

          No es fácil llegar a los espectadores con una película en la que los silencios lo dicen casi todo y la vida es eso que sucede más allá de quienes protagonizan la suya minúscula, aislada y en armonía con sus sentimientos y la naturaleza. Que el protagonista sea un ser hermético que solo vive para su familia, el trabajo de leñador que colabora en las obras del ferrocarril y, más tarde, para su hija, no ayuda ciertamente a aquellos espectadores que «viven» de la sucesión de acontecimientos a ritmo vertiginoso.  No voy a entrar en la reflexión de cuál de esas vidas es la «verdadera» vida, porque está claro que cada cual establece sus prioridades y, en la medida de lo posible, elige cómo quiere vivirlas. Las elecciones del protagonista son tan simples, tan sencillas, tan apegadas al ciclo de la unión y la reproducción que nos sorprende y nos invita a creer que hay en sus días y sus silencios una suerte de sabiduría inexpresada.

          La película se recrea en la unión de las personas y el entorno natural, algo que no solo afecta a la vida amorosa, sino también al trabajo como leñador, aunque el destino sea contribuir al desarrollo del ferrocarril con todo lo que supone de relativa integración en los asuntos del mundo, que, sin embargo, aparecen tratados de refilón, como es el caso de la presencia de trabajadores extranjeros para cubrir las necesidades de mano de obra que implica la construcción del ferrocarril, un «contacto» con la realidad que va a dejar una terrible impronta en él, porque será testigo impotente del asesinato despiadado de uno de esos trabajadores extranjeros, a los que dos compañeros nativos arrojan desde lo alto de un puente al vacío. A lo largo de la película, y a pesar de otras muertes que le tocan más de cerca, como la de la mujer y, presuntamente, la de la hija, ese muerto por quien nada pudo (o acaso quiso, ese es el «mal» que lo merma...) hacer se le irá apareciendo como un reproche mudo a quien apenas abre la boca para decir nada, como si la respuesta a la realidad, por adversa que sea, solo fuera el silencio.

          La realización se centra intensamente en la maravillosa naturaleza de los bosques donde trabaja el protagonista, con una fotografía absolutamente natural, lo que presta a la narración un cierto tono sombrío que casa a la perfección con la adversidad mayúscula contra la que se estrella el protagonista, quien pierde a su mujer y supuestamente también a su hija en un incendio que arrasa la casa que ambos construyeron con sus propias manos. Uno de esos momentos duros de la película. Y aunque la reconstruye con la esperanza de que la hija se haya salvado y aparezca, una trama con la que la película juega en cierto momento, lo cierto es que el hombre ha de encarar lo que le queda de vida con la desolación interior de haberse salvado de un destino que hubiera querido compartir con su familia.

          Por el trabajo  y el v estuario del protagonista, estamos convencidos que de que la acción, como en tantas otras películas, está situada en la segunda mitad del siglo xix, y de ahí nuestra sorpresa cuando acabamos enterándonos, hacia el final de la película, que la acción ocurre hacia los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, tiempo que incluye la llegada del hombre a la luna, como se aprecia en una secuencia ante un escaparate de electrodomésticos. Antes de ello, el protagonista cruza su destino vital con el de una mujer encargada de la vigilancia de los bosques en un puesto solitario que recuerda los faros costeros: se trata de una mujer que ha enviudado y que trata de sobrellevar su tragedia haciendo un trabajo útil y responsable. Ambos se cruzan en el camino del otro, pero el dolor que cada uno de ellos lleva dentro les impide progresar en el acercamiento, si bien es evidente que la compañía les resulta a ambos consoladora.

          Es importante señalar que la excesiva y casi patológica individualidad del protagonista, que recuerda en parte a Thoreau, puesto que un homenaje a Walden parece la casa-cabaña que construye la pareja protagonista frente a un río, no lo excluye de cierta socialización, y de ahí la importancia que algunos personajes colaterales tienen en el desarrollo de la acción, sobre todo el muy entrañable protagonizado por el filósofo de los bosques que representa el borrachín fordiano William H. Macy, un personaje que parece sacado de La balada de Cable Hogue, de Sam Peckimpah, porque, en efecto, Trenes de sueños tiene todo el aire de los famosos westerns crepusculares, aunque no lo sea.

          Adentrarse en la compleja psicología de las personas cerradas a la comunicación, que hablan, podríamos decir, a través de sus actos, no es tarea fácil para quien ha de contar su historia a través de imágenes, sobre todo cuando es tan sencilla la vida del protagonista, cuando está exenta de acontecimientos extraordinarios o que se suceden a un ritmo que permite la variedad. La propia historia de amor de los personajes centrales está contada con una sobriedad exquisita que recuerda, en parte, la obra de Malick, director con el que Bentley a buen seguro habrá sido comparado en muchas críticas, como referente inequívoco de una mirada distinta a la naturaleza y a la psicología. La dificultad interpretativa, entonces, se multiplica exponencialmente, y ahí es donde Joel Edgerton destaca sobremanera para hacernos llegar los profundos sentimientos de un hombre tan rudo como amante de lo suyo y de los suyos, sin necesitar una proyección más allá de esa realidad, capaz de satisfacer exclusivamente a personas que viven con gran intensidad sus sentimientos. Y esto es algo que también chocará a no pocos espectadores: que los protagonistas sean felices con lo poco que tienen y con el hecho de tenerse unos a otros, y que no necesiten ese salto a la vida social donde sean reconocidos y apreciados. De hecho, son dos anacoretas, Edgerton y Felicity Jones, cuya muda sensibilidad es de una elocuencia maravillosa, del mismo modo que, después, la aparición de Kerry Condon pone el broche adecuado a la apología de la sensibilidad que es, en la superficie y en el fondo, esta película.

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