martes, 27 de enero de 2026

«Maspalomas», de José Mari Goenaga y Aitor Arregi y «Tres quilómetros al fin del mundo», de Emmanuel Pârvu: la adolescencia y la senectud de la homosexualidad.

 

Título original: Maspalomas

Año: 2025

Duración: 115 min.

País: España

Dirección: José Mari Goenaga, Aitor Arregi

Guion: José Mari Goenaga

Reparto: José Ramón Soroiz; Nagore Aranburu; Kandido Uranga; Zoron Eguileor; Kepa Errasti; Itiziar Aizpuru.

Música: Aránzazu Calleja

Fotografía: Javier Agirre Erauso.

 








Título original: Trei kilometri până la capătul lumii

Año: 2024

Duración: 105 min.

País:  Rumanía

Dirección: Emanuel Pârvu

Guion: Miruna Berescu, Emanuel Pârvu

Reparto: Ciprian Chiujdea; Bogdan Dumitrache; Laura Vasiliu; Valeriu Andriutã; Adrian Titieni; Ingrid Berescu; Richard Bovnoczki; Alina Berzunteanu; Vlad Brumaru; Vlad Ionut Popescu; Radu Gabriel;

Daniela Vitcu; Miruna Soare; Vlad Crudu; Crina Semciuc; Bogdan Tulbure; Costel Zamfir.

Fotografía: Silviu Stavilã.

 

La extrañeza del homosexual en dos sociedades tradicionales y religiosas muy distintas: País Vasco y Rumanía.

          Coinciden para mí, en mi cartelera privada, dos películas con un mismo tema: la vivencia del homosexual en el seno de una familia conservadora muy tradicional en dos lugares muy distintos, pero igualmente tradicionalistas y religiosos: Rumanía y el País Vasco. Se da la circunstancia, además, de que esa sexualidad se contempla en dos edades muy alejadas en la vida: en la adolescencia, con los primeros escarceos del ser que se abre al reconocimiento de sí mismo, y en la vejez, cuando el homosexual relativamente escondido, porque su vida transcurre en el ámbito seguro del gueto, se enfrenta a la asunción de su apertura a los demás. En ambos casos, la familia propia de cada cual es un condicionante extremo de las actitudes que se mantienen. Luego está, como es lógico, la protección de sí mismo que obliga a no desafiar abiertamente las reacciones de una sociedad tradicional en la que están obligados a vivir.

 

          Maspalomas comienza de forma abrupta con una escena de enuentro furtivo en las dunas de Maspalomas entre un gay viejo y un gay joven y musculoso, aunque ignoramos la verdadera condición del intercambio sexual, esto es, si es de pago o no. El encuentro, sexualemente explicito, pero sin primeros planos que nos acerquen al porno, recuerda mucho la mayor parte del metraje de El desconocido del lago, de Alain Guiraudie, que gira en torno a los encuentros gays en ese ámbito, mezclados con las confidencias entre dos habituales del lago. Uno de ellos contempla un asesinato, pero no tiene empacho en mantener relaciones con el asesino, aunque durante todo el metraje planea sobre los personajes la posibilidad de que la violencia sorda en forma de ahogamiento o de cualquier otra manifestación asesina, estrangulamiento o uso de arma blanca, se cierna sobre el protagonista. La acción nos muestra acto seguida la vida de dos gays viejos en Maspalomas, en los días de la celebración de la manifestación del Orgullo: unas secuencias de  cierto desenfreno sexual durante los que los dos viejos amigos van buscando la oportunidad de sumarse al disfrute colectivo. Cuando, finalmente, el protagonista es invitado a participar en un trío, sufre un ictus que lo deja parcialmente incapacitado. Del luminoso ambiente de Gran Canaria, de las mañanas tendido al sol y las noches locas de sexo salvaje, el protagonista acaba siendo internado en una residencia de mayores gracias a la intervención de su hija, que se hace cargo de él, a pesar de los pesares, que no son otros sino el abandono que de niña sufrió cuando su padre les confesó a ella y a su madre que se había enamorado de otra persona, que se llamaba Esteban y que se iba a vivir con él. Y después el silencio, la distancia y el rencor. Y ahí tenemos al viejo deseante en un ambiente claustrofóbico y homófobo que nada tiene que ver con su vida anterior, de la que se nos cuenta más bien poco: que tuvo una relación de 25 años con un hombre que lo mantenía, y poco menos, y ese es uno de los grandes fallos de la película: Vicente casi parece no tener más vida propia que la de buscar el placer sexual. Es cierto que se trata de un hombre ya jubilado, con setenta y seis años, y en recuperación de un ictus, pero su sempiterno malhumor, su carencia de aficiones o intereses vitales resultan algo chocantes, como si no hubiera construido su identidad sino exclusivamente en torno a su sexualidad, que se nos muestra deseante y expectante, pero con poca confianza en sus propia capacidad de seducción. Sí, un personaje que se siente extraño en un ambiente extraño, lleno de códigos que él no comparte, y en el que quiere integrarse para no convertirse en «habladuría y cotilleo» de sus compañeros residentes, debiera suscitar una cierta compasión o habría de permitir una cierta empatía con él, pero lo cierto es que se nos hace cuesta arriba, por la displicencia con que se relaciona con los demás, como si fueran realmente «inferiores», a fuer de ser ellos mismos, ciudadanos como cualesquiera otros. Es con la hija, muy bien interpretada por una actriz nacida para papeles dramáticos (¡y a la que le vendría como anillo al dedo hacer una comedia alocada, para no encasillarse...!),  Nagore Aranburu,  que bordó su papel en la serie de Alauda, Querer, con quien tendemos a simpatizar, porque vemos el esfuerzo de la sangre por hacerse cargo de un padre a quien ni siquiera le ha dicho que tiene un nieto, tal es el abismo de comunicación y de afecto entre ambos. Por esa deriva de la película, sin caer en lo lacrimógeno, sacan los directores buenos momentos, del mismo modo que progresa adecuadamente la relación entre Vicente y su compañero de habitación, el noblote Ramón, de quien todo parece separarlo pero al que llora amargamente cuando el covid se lo lleva, un Zorion Eguileor cuya naturalidad desbordante lo emparenta con los viejos actores de la escuela de Pepe Isbert, por ejemplo.

          La película, así pues, va sumando temas, desde la vivencia de la sexualidad gay en la vejez, y hay algo de patetismo en esa sed de juventud ajena desde un cuerpo en vías de decrepitud, la vida en una residencia y la adaptación al nuevo armario en el que se ve forzado a entrar el protagonista, en una suerte de viaje inverso del que hizo cuando se separó de su mujer, las relaciones paterno-filiales, el sentido de la amistad y, finalmente, la exposición al futuro incierto del covid amenazante. Por todos ellos pasa la película con escaso humor, una rémora que pesa lo suyo, porque hay algo forzado en esa actitud de reñido con el mundo del protagonista, siempre pendiente de no ser descubierto, hasta que se libera de ello y pretende, entonces, exhibir su verdadera personalidad, a destiempo y sin fundamento, dada la realidad en la que vive inmerso.  Hay una cierta superficialidad en el tratamiento del personaje central, con el que resulta difícil empatizar y a quien acompañamos en su berrinche interior, en su desconcierto y en su necesidad de volver a donde puede vivir su única personalidad social: Maspalomas. Las leyes del contraste funcionan, una vez más, como auxiliares de la narración y, a menudo, suplantándola, como la escena en a ducha del gimnasio cercano, al que el protagonista va, cuando ya se ha recuperado, con su compañero de habitación. 

          Finalmente, la cuestión del idioma. Yo ya entiendo la ansias de normalizar una lengua minoritaria, y el guion incluye buenas parrafadas en español, la verdadera lengua de «todos» en el País Vasco, pero dudo mucho de que no haya en el desarrollo de  la historia una suerte de impostura, en el sentido de que no se respeten las proporciones habituales de uso de una y otra lengua, lo que crea una narración artificiosa que acaba convirtiendo la película en una muestra de cine exótico, casi étnico, dos conceptos que suelen usarse para el cine periférico al occidental, lo que nos permite verla casi como si fuera una película de una filmografía exótica, Georgia, pongamos por caso, donde se hacen muy buenas películas.  Pasar del vasco al rumano, la lengua de la otra película, me generó la extraña sensación de estar en una sesión doble de cine «de los márgenes», lo que choca enormemente con su doble realidad de películas plenamente europeas.

          La película rumana describe una realidad terrible en un pequeño pueblo a orillas del Mar Negro, porque un día el hijo de la familia, que estudia en Bucarest, regresa de una salida nocturna destrozado físicamente tras haber recibido una paliza terrible. Los hijos de un acaudalado propietario de la zona, con vínculos políticos y policiales, lo vieron besarse con un turista y arremetieron contra él. La investigación pone al descubierto, antes que a los responsables de la agresión, la estructura de poder de la localidad, a tres quilómetros del fin del mundo, esto es, de a donde no llega la civilización, sino los viejos esquemas sociales del poder, las influencias, el temor reverencial, la sumisión laboral y el uso arbitrario del poder. Todo gira, en torno, pues, a los esfuerzos del poderoso por llegar a un acuerdo con el padre del agredido, quien le debe cierta cantidad de dinero y el disfrute de la barca con la que pesca y se gana la vida. Al ritmo de una investigación que pronto se descubre meramente aparente, porque de lo que se trata no es de llevar a los culpables ante la Justicia, sino de que los padres del joven agredido descubran una realidad que les va a abrir las carnes, estos acaban dándose cuenta de que tienen un hijo homosexual, algo que, desde su condición de católicos practicantes, les parece el mayor horror del mundo, algo así como una afrenta que puede dejarlos en evidencia ante el resto del pueblo. ¿Cuál es la solución? Pues muy sencilla: la madre va a ver al párroco y, de acuerdo con él, ambos esposos tienden una celada al hijo y le montan un exorcismo de medio pelo, la verdad sea dicha, porque se limita a asperjar agua bendita sobre el réprobo nefando, aunque con él atado de pies y manos, en una demostración de crueldad que supera lo imaginable, procediendo de los propios padres.. Y ahí sí que al chiquillo se le viene el mundo abajo, porque descubre que mucho peor que sus dos agresores son su padre y su madre que reniegan de él, se avergüenzan y lo intentan «curar» con métodos que diríanse, en 2024, de la Inquisición de tiempos oscuros. Sí que hay una luz de esperanza en la actuación de una joven amiga suya que denuncia a la Justicia lo que ocurre. La llega de una fiscal que investiga lo sucedido la aprovecha el autor para mostrarnos esas redes de influencias y poderes que permiten al vecino acaudalado condicionar la actuación de la fiscal, quien no tarda en descubrir lo poco que merece ser descubierto para darse cuenta de que está, propiamente, como die el título, a tres quilómetros del fin del mundo.

          El contraste entre ambas películas pone de relieve una gran distancia entre ambas sociedades, la española y la rumana, pero hay fuerzas reaccionarias semejantes, con un poder de condicionar el comportamiento de los individuos , como se advierte en el rechazo del enfermero gay que le toca como asistente a Vicente, por quien se siente atraído pero al que rechaza para no delatarse. Esa oscilación entre el descaro del orgullo y el regreso al armario donde las circunstancias lo aconsejan debe ser algo con lo que muchos homosexuales cuentan, y no tenemos que pensar sino en la homofobia mayoritaria en países como Polonia, Hungría, la propia Rumanía y Rusia, que tanto sovietismo de grado o por fuerza compartieron. Los revoucionarios cubanos no se quedaron atrás en el desprecio a los mariconsones, como reían Fidel y el Che, cuyo retrato en no pocas manifestaciones gay llevan con incoherente orgullo algunos participantes.

 

 

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