domingo, 11 de enero de 2026

«Romería», de Carla Simón o la idealización de la llamada de la sangre.

 

Huésped extraña en familia cerrada: crónica indirecta del fracaso parcialmente ajeno

Título original: Romería
Año: 2025
Duración: 115 min.
País: España
Dirección: Carla Simón
Guion: Carla Simón
Reparto: Llúcia Garcia; Mitch Robles; Tristán Ulloa; Celine Tyll; Miryam Gallego; Janet Novás; José Ángel Egido; Sara Casasnovas; Alberto Gracia; David Saraiva; Sergio Quintana; Marina Troncoso.
Música: Ernest Pipó
Fotografía: Hélène Louvart.

 

A diferencia de Alcarràs, Carla Simón centra su película en una típica búsqueda del padre, que suele ser, en las parejas en que eso sucede, la figura ausente. En el cine usamericano el padre ausente es una constante. En el nuestro, algo casi anecdótico, pero con la misma fuerza narrativa. Otra cosa es cómo ha resuelto la directora esta búsqueda y cómo una hija que ni siquiera consta como tal en el certificado de defunción del padre aparece en el seno de una familia «en la que nunca estuvo» y que la recibe de muy dispar manera: desde el desinterés de la abuela, el sentimiento de culpa del abuelo, las distintas posturas de los tíos y la cálida acogida generacional de los primos mayores, la historia nos cuenta el «aterrizaje» en una cultura, la gallega, de una catalana que busca sus orígenes y lo que de ellos pueda haber en ella. Y lo que sorprende, en todo caso, es que, por parte de la madre, o no se los haya contado o, de haberlo hecho, que no se dice en la película, haya sido una narración tan decepcionante que la hija decide viajar en persona para conocerlos, al menos lo que de ellos la familia de su padre pueda contarle.

La narración progresa muy lentamente, porque nadie parece estar dispuesto a sentarse con ella y dejarle las cosas claras. Es la protagonista, silenciosa, quien ha de ir descubriendo con una minuciosa observación las reacciones que provoca en el seno familiar la evocación del hijo malogrado por la drogadicción que acabó con el y con su pareja, quien, en un momento de lucidez, lo abandona para regresar a Barcelona, donde tiene la hija que jamás tuvo contacto con el padre.

Las ausencias tienden a crear en quienes las sufren un proceso de idealización al parecer inevitable. Jamás, cuando uno se pregunta por sus orígenes, se representa la degradación humana, y sí un espíritu aventurero, lúdico, atrevido, desprejuiciado y valiente, porque enfrentarse a lo establecido, aunque sea negándolo a través de la evasión que, paradójicamente, le destruye a uno, tiene algo de romántico que excita la imaginación de una persona joven y poco ejercitada en las responsabilidades individuales. Y eso es lo que ocurre en la película. La relación privilegiada con el primo mayor que ella le sirve a la autora para embutir en la historia, a partir de la imaginación de la protagonista, una recreación imaginaria de cómo fue la vida de sus padres, dos seres felices que viven drogándose y mercadeando con la droga como camellos para sobrevivir, y montarse la vida al margen de los cauces ordinarios del trabajo. Son ella y el primo los encargados de animar la historia de los padres, y esa parte de la historia, aunque no aporta ninguna novedad desde el punto de vista de una realidad como la drogadicción, ni en sentido dramático, como Pánico en Needle Park, de Jerry Schatzberg, ni en sentido lúdico, como Inherent Vice, de Paul Thomas Anderson, lo cierto es que la directora consigue algunas secuencias brillantísimas desde el punto de visto de la fotografía y del espacio, las Rías Bajas, incluyendo las tomas subacuáticas, muy logradas. La deriva inercial de una situación que en modo alguno, cuando uno accede a la lucidez para verse desde fuera, es capaz de llenar la vida de nadie, se rompe con la decisión de la madre de la protagonista de iniciar una nueva vida, al margen de la que lleva al padre a su inevitable desaparición, para vergüenza infinita de sus padres, quienes, en el momento de su muerte, no aceptaron reconocer que su hijo tuviera descendencia, y de ahí el choque que les supone la presencia de esa nieta absolutamente extraña, con quien no han tenido nunca roce alguno.

Teniendo en cuenta el modo indirecto como ha escogido la autora contar la historia, merced a la perspicacia de la protagonista, que capta aquí y allá retazos de conversación que se suspende cuando ella se acerca, miradas, complicidades, indiferencias, como la de la abuela, una de las grandes interpretaciones de la película, por cierto, porque representa la auténtica matriarca que impone su voluntad guste o no, sea o no políticamente correcto. Se supone que el motivo dinámico de la historia es el reconocimiento como hija del padre fallecido, y bien puede aceptarse que así sea, por más que, siendo hija única de la madre y no habiendo conocido nunca al padre, cuesta entender esa atávica «llamada de la sangre» que, sin embargo, es un hecho usual que se escuche, incluso en quienes son hijos o hijas de la inseminación artificial. Lo que yo no acabo de entender es ese apéndice insólito que supone el reconocimiento ―planteado un tanto puerilmente en término de victoria contra los abuelos― de la filiación paterna «para poder pedir una beca de estudios», cuando en modo alguno es indispensable tal reconocimiento. La madre, como responsable de la hija, se basta y sobra para firmar la solicitud de la beca para la hija. Puede achacárseme que me fije en una nimiedad, teniendo en cuenta lo que supone el descubrimiento onírico de una versión de la vida de sus padres que ella nunca podría conocer de otro modo más que mediante esa visión onírica que contemplamos en pantalla; pero los espectadores somos así, amantes del realismo de lo concreto, porque si la realidad no está propiamente reflejada, comenzamos a sospechar de que se nos está dando gato por liebre.

A muchos espectadores el cine de Simón les parece demasiado lento y escaso de historia sustantiva, como si todo girara en torno a una situación alargada deliberadamente y que acaba aburriendo al más paciente de ellos, y puede que sea así. En Romería es cierto que hay muchos momentos «de ambiente» que pecan de una artificialidad suma, incluida la reivindicación de la música folclórico-moderna, como equivalente del llamado rock-catalán, aunque en Galicia con raíces autóctonas. Las escenas familiares, aunque discurren con naturalidad, pecan de esa ausencia de materia que les acabe de dar pleno sentido, por eso la acción deriva hacia la recreación de la vida de los padres. Y ahí es donde flojea el reparto, porque, aunque el primo tiene interesantes primeros planos, tiene ciertas maneras de andar y actuar que en modo alguno tienen nada de natural, aunque sean las «propias» del actor. Imagino que en lo tocante a los intérpretes, cada cual tiene sus preferencias o manías. Milito entre los que no advierten distancia plausible entre el papel de primo y el papel de padre, por parte de Mitch Robles, y reconozco que la protagonista está mucho mejor como madre que como hija.

Sin ser una gran película, hay muchos detalles, sobre todo de las relaciones familiares en la familia gallega de la protagonista, que permiten ver con interés la película.

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