Huésped extraña en familia cerrada: crónica indirecta del fracaso parcialmente ajeno
Título
original: Romería
Año: 2025
Duración:
115 min.
País: España
Dirección:
Carla Simón
Guion: Carla
Simón
Reparto: Llúcia Garcia; Mitch Robles; Tristán Ulloa;
Celine Tyll; Miryam Gallego; Janet Novás; José Ángel Egido; Sara Casasnovas; Alberto
Gracia; David Saraiva; Sergio Quintana; Marina Troncoso.
Música: Ernest
Pipó
Fotografía:
Hélène Louvart.
A diferencia de Alcarràs, Carla Simón
centra su película en una típica búsqueda del padre, que suele ser, en las
parejas en que eso sucede, la figura ausente. En el cine usamericano el padre ausente
es una constante. En el nuestro, algo casi anecdótico, pero con la misma fuerza
narrativa. Otra cosa es cómo ha resuelto la directora esta búsqueda y cómo una
hija que ni siquiera consta como tal en el certificado de defunción del padre
aparece en el seno de una familia «en la que nunca estuvo» y que la recibe de
muy dispar manera: desde el desinterés de la abuela, el sentimiento de culpa
del abuelo, las distintas posturas de los tíos y la cálida acogida generacional
de los primos mayores, la historia nos cuenta el «aterrizaje» en una cultura,
la gallega, de una catalana que busca sus orígenes y lo que de ellos pueda
haber en ella. Y lo que sorprende, en todo caso, es que, por parte de la madre,
o no se los haya contado o, de haberlo hecho, que no se dice en la película,
haya sido una narración tan decepcionante que la hija decide viajar en persona
para conocerlos, al menos lo que de ellos la familia de su padre pueda
contarle.
La narración progresa muy lentamente,
porque nadie parece estar dispuesto a sentarse con ella y dejarle las cosas
claras. Es la protagonista, silenciosa, quien ha de ir descubriendo con una
minuciosa observación las reacciones que provoca en el seno familiar la
evocación del hijo malogrado por la drogadicción que acabó con el y con su
pareja, quien, en un momento de lucidez, lo abandona para regresar a Barcelona,
donde tiene la hija que jamás tuvo contacto con el padre.
Las ausencias tienden a crear en quienes
las sufren un proceso de idealización al parecer inevitable. Jamás, cuando uno
se pregunta por sus orígenes, se representa la degradación humana, y sí un espíritu
aventurero, lúdico, atrevido, desprejuiciado y valiente, porque enfrentarse a
lo establecido, aunque sea negándolo a través de la evasión que,
paradójicamente, le destruye a uno, tiene algo de romántico que excita la imaginación
de una persona joven y poco ejercitada en las responsabilidades individuales. Y
eso es lo que ocurre en la película. La relación privilegiada con el primo
mayor que ella le sirve a la autora para embutir en la historia, a partir de la
imaginación de la protagonista, una recreación imaginaria de cómo fue la vida
de sus padres, dos seres felices que viven drogándose y mercadeando con la
droga como camellos para sobrevivir, y montarse la vida al margen de los cauces
ordinarios del trabajo. Son ella y el primo los encargados de animar la
historia de los padres, y esa parte de la historia, aunque no aporta ninguna
novedad desde el punto de vista de una realidad como la drogadicción, ni en
sentido dramático, como Pánico en Needle Park, de Jerry Schatzberg, ni
en sentido lúdico, como Inherent Vice, de Paul Thomas Anderson, lo
cierto es que la directora consigue algunas secuencias brillantísimas desde el
punto de visto de la fotografía y del espacio, las Rías Bajas, incluyendo las
tomas subacuáticas, muy logradas. La deriva inercial de una situación que en
modo alguno, cuando uno accede a la lucidez para verse desde fuera, es capaz de
llenar la vida de nadie, se rompe con la decisión de la madre de la
protagonista de iniciar una nueva vida, al margen de la que lleva al padre a su
inevitable desaparición, para vergüenza infinita de sus padres, quienes, en el
momento de su muerte, no aceptaron reconocer que su hijo tuviera descendencia,
y de ahí el choque que les supone la presencia de esa nieta absolutamente
extraña, con quien no han tenido nunca roce alguno.
Teniendo en cuenta el modo indirecto como
ha escogido la autora contar la historia, merced a la perspicacia de la protagonista,
que capta aquí y allá retazos de conversación que se suspende cuando ella se
acerca, miradas, complicidades, indiferencias, como la de la abuela, una de las
grandes interpretaciones de la película, por cierto, porque representa la
auténtica matriarca que impone su voluntad guste o no, sea o no políticamente
correcto. Se supone que el motivo dinámico de la historia es el reconocimiento
como hija del padre fallecido, y bien puede aceptarse que así sea, por más que,
siendo hija única de la madre y no habiendo conocido nunca al padre, cuesta
entender esa atávica «llamada de la sangre» que, sin embargo, es un hecho usual
que se escuche, incluso en quienes son hijos o hijas de la inseminación
artificial. Lo que yo no acabo de entender es ese apéndice insólito que supone
el reconocimiento ―planteado un tanto puerilmente en término de victoria contra
los abuelos― de la filiación paterna «para poder pedir una beca de estudios»,
cuando en modo alguno es indispensable tal reconocimiento. La madre, como
responsable de la hija, se basta y sobra para firmar la solicitud de la beca
para la hija. Puede achacárseme que me fije en una nimiedad, teniendo en cuenta
lo que supone el descubrimiento onírico de una versión de la vida de sus padres
que ella nunca podría conocer de otro modo más que mediante esa visión onírica
que contemplamos en pantalla; pero los espectadores somos así, amantes del
realismo de lo concreto, porque si la realidad no está propiamente reflejada, comenzamos
a sospechar de que se nos está dando gato por liebre.
A muchos espectadores el cine de Simón
les parece demasiado lento y escaso de historia sustantiva, como si todo girara
en torno a una situación alargada deliberadamente y que acaba aburriendo al más
paciente de ellos, y puede que sea así. En Romería es cierto que hay muchos
momentos «de ambiente» que pecan de una artificialidad suma, incluida la reivindicación
de la música folclórico-moderna, como equivalente del llamado rock-catalán,
aunque en Galicia con raíces autóctonas. Las escenas familiares, aunque
discurren con naturalidad, pecan de esa ausencia de materia que les acabe de
dar pleno sentido, por eso la acción deriva hacia la recreación de la vida de
los padres. Y ahí es donde flojea el reparto, porque, aunque el primo tiene
interesantes primeros planos, tiene ciertas maneras de andar y actuar que en
modo alguno tienen nada de natural, aunque sean las «propias» del actor.
Imagino que en lo tocante a los intérpretes, cada cual tiene sus preferencias o
manías. Milito entre los que no advierten distancia plausible entre el papel de
primo y el papel de padre, por parte de Mitch Robles, y reconozco que la
protagonista está mucho mejor como madre que como hija.
Sin ser una gran película, hay muchos
detalles, sobre todo de las relaciones familiares en la familia gallega de la
protagonista, que permiten ver con interés la película.

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