miércoles, 7 de enero de 2026

«El hombre que mató a Don Quijote», de Terry Gilliam o la «barra libre».

La larga historia del amor literario infiel de un cinéfilo imaginativo.

 

Título original: The Man Who Killed Don Quixote

Año: 2018

Duración: 133 min.

País: Reino Unido

Dirección: Terry Gilliam

Guion: Terry Gilliam, Tony Grisoni. Personajes: Miguel de Cervantes

Reparto: Adam Driver; Jonathan Pryce; Olga Kurylenko; Stellan Skarsgård; Joana Ribeiro; Óscar Jaenada;

Jordi Mollà; Jason Watkins; Paloma Bloyd; Rossy de Palma; Sergi López; Mario Tardón; Joe Manjón; Bruno Sevilla; Patrik Karlson; Viveka Rytzner; Lídia Franco; Maria d'Aires; Juan López-Tagle; Jimmy Castro; Hovik Keuchkerian;.Actor

Música: Roque Baños

Fotografía: Nicola Pecorini.

 

          Vayan por delante mis respetos a un director como Terry Gilliam que no hubiera necesitado acercarse a la novela de Cervantes para crear una historia propia donde recoger los febriles frutos de su imaginación, como ya viéramos en Brasil y otras. Entiendo, también, su amor por la novela del «ingenioso hidalgo», pues lo comparte con millones de lectores del mundo. Y no es menos cierto que hay, en Inglaterra, una larguísima tradición de amor a la novela de Cervantes. Si a todo ello le sumamos sus esfuerzos de años por intentar llevar a buen puerto el proyecto de esta película, comprenderemos que haya escogido el método metacinematográfico para «construir» una trama en la que algunos episodios de la novela, mutatis mutandis, se enjaretan un poco al buen tuntún, de manera que se crucen y descrucen ambas historias hasta conseguir su fusión casi perfecta en el episodio de la corte de los duques y el vuelo de Clavileño.

          Reconozco que los creadores tiene «barra libre» para recrear, lúdica o dramáticamente,  según su genio creador, cualquier novela u obra artística con la que pretendan interactuar creativamente, lo cual los aleja del plagio o de la copia  camuflada. Una vez que Cervantes se deshizo de ellos, dándolos a la imprenta, quedaron Sancho y don Quijote libres de ser usados según el libre albedrío de otras mentes, acaso menguadas, y en nada comparables a la del creador original. Y Terry Guillian no solo ha cumplido con la tarea, sino que, a mi modesto entender, se ha pasado algunos pueblos en esa adaptación de la inmortal obra, y no tanto porque Adam Driver haya de encarnar a Sancho, algo fuera de todo sentido común, cuanto por ciertos desarrollos de las escenas, como la muy floja, desde el punto de vista de la «inventiva», en que don Quijote confunde con un encantador la salida de pata de banco la referencia a Eddy Cantor y Driver improvisa unos pasos y estrofa de What a girl! Para concluirla al alimón con don Quijote.

          El tono general de screwball comedy que tiene la película, aun siendo una opción legítima, deslegitima, en parte, la apuesta de Guilliam, quien se harta de hacer trasposiciones de la historia de la novela a la historia de la filmación de su película sobre don Quijote, en la que aparece parte del metraje de alguno de sus intentos anteriores para acabarla. Fruto de sus muchos problemas y sinsabores para poder rodar la película fue el documental Lost in La Mancha, pero la «bio» de la película se acerca hasta casi las tres décadas. Estamos, pues, ante el fruto de una perseverancia émula de la del ingenioso hidalgo para mantener el trasnochado papel de caballero andante tras haber desaparecido de los caminos de España casi dos siglos antes. Si bien Jonathan Pryce interpreta a don Quijote con cierta verosimilitud,  pasando de zapatero remendón a caballero andante en busca de aventuras para gloria de la Orden de Caballería y prez que los vencidos por su noble brazo puedan referir a su idolatrada Dulcinea, el desdoblamiento de Driver como director de la película, sosias, pues, de Guilliam, y accidental Sancho del Quijote que rodó con él su primera tentativa de llevarlo a la pantalla, no me parece que acabe de funcionar, acaso por el histrionismo exacerbado con que el actor ha «compuesto» el personaje de un director-divo que provoca la cólera del productor, asociado a un mafioso ruso que acabará encarnando al duque de la segunda parte de la novela.

          La realización, adelantémoslo ya, es de muy alto nivel y Guilliam consigue escenarios de peregrina belleza y planos muy afortunados, tanto en exteriores como en interiores, porque desde el Monasterio de Piedra y su parque fluvial hasta Canarias, pasando por Portugal y Castilla-La Mancha, el popurrí de espacios que aparecen en la película se bastan para causar profunda admiración en los espectadores, como en su viaje al pueblo Los Sueños, donde reencuentra a Javier, el zapatero que vuelve a encarnar para él, por segunda vez, el personaje de Alonso Quijano. De hecho, en la película, se acerca en moto al pueblo, desde los molinos de supuestamente La Mancha, pero en realidad de Alto de Ojos Albos (Ávila); Los sueños, en realidad, es el pueblo navarrés de Gallipienzo. Con todo esto quiero decir que el puzle de espacios, algo muy propio del cine, se corresponde con la visión hiperfragmentada de la materia novelesca y, no sé si para bien, con el relato metacinematográfico del rodaje de esa visión.

          La principal objeción a la película no viene, pues, de la infidelidad a la novela inmortal, porque esa es la base desde la que opera la imaginación de Guilliam, y me parece muy bien, sobre todo porque cuando ves trabajar a actores como Pryce, Mollá, Stellan Skarsgård  o Joana Ribeiro, la satisfacción como espectador es inmediata, por más que la historia no esté a su altura, y eso ocurre. Anecdótica y perfectamente prescindible es, sin embargo, la actuación de Jaenada, porque, en su caso, ni la calidad indiscutible del actor es capaz de insuflar vida a un personaje accidental, decorativo, que no añade nada de interés a la trama ni, por supuesto, al original; la objeción procede fundamentalmente del tono alocado que impide la empatía con los personajes y con situaciones que, teóricamente, tienen un planteamiento visual exquisito e imaginativo y, desde el punto de vista de la realización están resueltas con una maestría indiscutible, pero el espectador amante de la historia del ingenioso hidalgo siente que hay algo que frena esa empatía, que no acaba de hacer suyos los personajes ni, por lo tanto, interesarse profundamente por sus destinos. Hay sí, ciertos momentos fugaces en los que pienso que Guilliam podría haber remontado el vuelo hacia una versión incluso mucho más libre de la que hace, pero ahí está, a mi juicio, lo que se convierte en una importante rémora de la película: querer atarse a los episodios cervantinos más tópicos, porque son los que recuerda la mayoría de los espectadores. No obstante, me temo que no acaba de funcionar el intercambio de alteraciones de la realidad con la que juega Cervantes para sus dos personajes, y, en ese sentido, el final me parece casi como una concesión a la ideología woke, con la que no asocio a Guilliam, pero...

          Y, con todo, a pesar de las pegas que le he ido poniendo, la película, como solemos decir popularmente «se deja ver», esto es, dejando algo de lado la ficción metacinematográfica que no acaba de funcionar del todo y concediendo una generosa amplitud de miras a la recreación de episodios, el espectador puede entresacar de la película no pocos momentos brillantes y, sobre todo, muy imaginativamente rodados. El empeño de Guilliam es digno de ser contemplado, aunque salgamos de la proyección algo fríos, teniendo en cuenta lo emotiva que es la novela, a la par que divertida. Casi diría, y que no se me tenga en consideración, que Guilliam ha emulado a Avellaneda más que a Cervantes, por el parecido de ambos yerros a la hora de captar la dimensión mítica del quijotismo, que no es, está claro, ni la aventura de los molinos, ni la de los rebaños ni la del vuelo de un Clavileño contextualizado en el presente de las mafias rusas.             

 

 

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