La larga historia del amor literario infiel de un cinéfilo imaginativo.
Título original: The Man Who Killed Don Quixote
Año: 2018
Duración: 133 min.
País: Reino Unido
Dirección: Terry Gilliam
Guion: Terry Gilliam, Tony Grisoni. Personajes:
Miguel de Cervantes
Reparto: Adam Driver; Jonathan
Pryce; Olga Kurylenko; Stellan Skarsgård; Joana Ribeiro; Óscar Jaenada;
Jordi Mollà; Jason Watkins; Paloma
Bloyd; Rossy de Palma; Sergi López; Mario Tardón; Joe Manjón; Bruno Sevilla; Patrik
Karlson; Viveka Rytzner; Lídia Franco; Maria d'Aires; Juan López-Tagle; Jimmy
Castro; Hovik Keuchkerian;.Actor
Música: Roque Baños
Fotografía: Nicola Pecorini.
Vayan
por delante mis respetos a un director como Terry Gilliam que no hubiera
necesitado acercarse a la novela de Cervantes para crear una historia propia
donde recoger los febriles frutos de su imaginación, como ya viéramos en Brasil
y otras. Entiendo, también, su amor por la novela del «ingenioso hidalgo», pues
lo comparte con millones de lectores del mundo. Y no es menos cierto que hay,
en Inglaterra, una larguísima tradición de amor a la novela de Cervantes. Si a
todo ello le sumamos sus esfuerzos de años por intentar llevar a buen puerto el
proyecto de esta película, comprenderemos que haya escogido el método
metacinematográfico para «construir» una trama en la que algunos episodios de
la novela, mutatis mutandis, se enjaretan un poco al buen tuntún, de
manera que se crucen y descrucen ambas historias hasta conseguir su fusión casi
perfecta en el episodio de la corte de los duques y el vuelo de Clavileño.
Reconozco
que los creadores tiene «barra libre» para recrear, lúdica o dramáticamente, según su genio creador, cualquier novela u
obra artística con la que pretendan interactuar creativamente, lo cual los
aleja del plagio o de la copia
camuflada. Una vez que Cervantes se deshizo de ellos, dándolos a la
imprenta, quedaron Sancho y don Quijote libres de ser usados según el libre
albedrío de otras mentes, acaso menguadas, y en nada comparables a la del creador
original. Y Terry Guillian no solo ha cumplido con la tarea, sino que, a mi
modesto entender, se ha pasado algunos pueblos en esa adaptación de la inmortal
obra, y no tanto porque Adam Driver haya de encarnar a Sancho, algo fuera de
todo sentido común, cuanto por ciertos desarrollos de las escenas, como la muy
floja, desde el punto de vista de la «inventiva», en que don Quijote confunde con
un encantador la salida de pata de banco la referencia a Eddy Cantor y Driver
improvisa unos pasos y estrofa de What a girl! Para concluirla al alimón con don
Quijote.
El
tono general de screwball comedy que tiene la película, aun siendo una opción
legítima, deslegitima, en parte, la apuesta de Guilliam, quien se harta de
hacer trasposiciones de la historia de la novela a la historia de la filmación
de su película sobre don Quijote, en la que aparece parte del metraje de alguno
de sus intentos anteriores para acabarla. Fruto de sus muchos problemas y sinsabores
para poder rodar la película fue el documental Lost in La Mancha, pero la «bio»
de la película se acerca hasta casi las tres décadas. Estamos, pues, ante el
fruto de una perseverancia émula de la del ingenioso hidalgo para mantener el trasnochado
papel de caballero andante tras haber desaparecido de los caminos de España casi
dos siglos antes. Si bien Jonathan Pryce interpreta a don Quijote con cierta
verosimilitud, pasando de zapatero
remendón a caballero andante en busca de aventuras para gloria de la Orden de
Caballería y prez que los vencidos por su noble brazo puedan referir a su
idolatrada Dulcinea, el desdoblamiento de Driver como director de la película,
sosias, pues, de Guilliam, y accidental Sancho del Quijote que rodó con él su
primera tentativa de llevarlo a la pantalla, no me parece que acabe de
funcionar, acaso por el histrionismo exacerbado con que el actor ha «compuesto»
el personaje de un director-divo que provoca la cólera del productor, asociado
a un mafioso ruso que acabará encarnando al duque de la segunda parte de la
novela.
La
realización, adelantémoslo ya, es de muy alto nivel y Guilliam consigue
escenarios de peregrina belleza y planos muy afortunados, tanto en exteriores
como en interiores, porque desde el Monasterio de Piedra y su parque fluvial
hasta Canarias, pasando por Portugal y Castilla-La Mancha, el popurrí de
espacios que aparecen en la película se bastan para causar profunda admiración en
los espectadores, como en su viaje al pueblo Los Sueños, donde reencuentra a
Javier, el zapatero que vuelve a encarnar para él, por segunda vez, el personaje
de Alonso Quijano. De hecho, en la película, se acerca en moto al pueblo, desde
los molinos de supuestamente La Mancha, pero en realidad de Alto de Ojos Albos
(Ávila); Los sueños, en realidad, es el pueblo navarrés de Gallipienzo. Con
todo esto quiero decir que el puzle de espacios, algo muy propio del cine, se
corresponde con la visión hiperfragmentada de la materia novelesca y, no sé si
para bien, con el relato metacinematográfico del rodaje de esa visión.
La
principal objeción a la película no viene, pues, de la infidelidad a la novela
inmortal, porque esa es la base desde la que opera la imaginación de Guilliam,
y me parece muy bien, sobre todo porque cuando ves trabajar a actores como
Pryce, Mollá, Stellan Skarsgård o Joana Ribeiro,
la satisfacción como espectador es inmediata, por más que la historia no esté a
su altura, y eso ocurre. Anecdótica y perfectamente prescindible es, sin
embargo, la actuación de Jaenada, porque, en su caso, ni la calidad
indiscutible del actor es capaz de insuflar vida a un personaje accidental,
decorativo, que no añade nada de interés a la trama ni, por supuesto, al
original; la objeción procede fundamentalmente del tono alocado que impide la empatía
con los personajes y con situaciones que, teóricamente, tienen un planteamiento
visual exquisito e imaginativo y, desde el punto de vista de la realización están
resueltas con una maestría indiscutible, pero el espectador amante de la
historia del ingenioso hidalgo siente que hay algo que frena esa empatía, que
no acaba de hacer suyos los personajes ni, por lo tanto, interesarse
profundamente por sus destinos. Hay sí, ciertos momentos fugaces en los que
pienso que Guilliam podría haber remontado el vuelo hacia una versión incluso
mucho más libre de la que hace, pero ahí está, a mi juicio, lo que se convierte
en una importante rémora de la película: querer atarse a los episodios
cervantinos más tópicos, porque son los que recuerda la mayoría de los
espectadores. No obstante, me temo que no acaba de funcionar el intercambio de alteraciones
de la realidad con la que juega Cervantes para sus dos personajes, y, en ese
sentido, el final me parece casi como una concesión a la ideología woke,
con la que no asocio a Guilliam, pero...
Y,
con todo, a pesar de las pegas que le he ido poniendo, la película, como
solemos decir popularmente «se deja ver», esto es, dejando algo de lado la
ficción metacinematográfica que no acaba de funcionar del todo y concediendo
una generosa amplitud de miras a la recreación de episodios, el espectador
puede entresacar de la película no pocos momentos brillantes y, sobre todo, muy
imaginativamente rodados. El empeño de Guilliam es digno de ser contemplado,
aunque salgamos de la proyección algo fríos, teniendo en cuenta lo emotiva que
es la novela, a la par que divertida. Casi diría, y que no se me tenga en
consideración, que Guilliam ha emulado a Avellaneda más que a Cervantes, por el
parecido de ambos yerros a la hora de captar la dimensión mítica del
quijotismo, que no es, está claro, ni la aventura de los molinos, ni la de los
rebaños ni la del vuelo de un Clavileño contextualizado en el presente de las
mafias rusas.

No hay comentarios:
Publicar un comentario