martes, 1 de abril de 2025

«La felicidad», de Agnès Varda o la fragilidad sentimental.

Una delicada narración sobre la expansión amorosa, la fidelidad, la felicidad y los tópicos.

 

Título: Le bonheur

Año: 1965

Duración: 80 min.

País: Francia

Dirección: Agnès Varda

Guion: Agnès Varda

Reparto: Jean-Claude Drouot; Claire Drouot; Marie-France Boyer; Olivier Drouot; Sandrine Drouot; Marc Eyraud; Sylvia Saurel; Paul Vecchiali.

Música: Jean-Michel Defaye

Fotografía: Jean Rabier, Claude Beausoleil.

 

          Lo más chocante de esta película de Varda es que haya sido rodada justo después de Cléo de 5 à 7, porque es, cinematográficamente, casi su polo opuesto. Frente a la vanguardia imaginativa de una película en la que no hay plano que no haya sido estudiado hasta el más mínimo reflejo de la luz y revisada exhaustivamente la puesta en escena de cada uno de ellos, La felicidad se presenta como una narración bucólica cuya secreta intención crítica está entretejida en la narración con planos que, al estilo de Godard y su pasión por los rótulos publicitarios, hemos de desentrañar para ser conscientes de que hay un subtexto tan poderoso o más que el evidente de la propia historia, el colmo de la simplicidad, porque desde el primer encuadre del girasol en el campo, con el fondo borroso de una pareja con sus dos hijos que se van acercando hacia la cámara, todo parece ser lo que se muestra: un estado de felicidad casi absoluta, en la que un carpintero y una modista trabajan, se aman y crían a sus hijos, aunque necesiten ayuda de los vecinos para ese menester. Su vivienda, aunque de una planta, con cierto espacio exterior, es muy modesta, y en ella destacan los reiterados planos de pomos florales bellísimos, en agudo contraste con los fondos bancos de las desnudas paredes de la casa. No sobra el espacio, porque las clientas de la protagonista comparten un espacio transitado de la casa, y este trabaja en un estrecho cuarto. La historia está narrada con tal fidelidad a la armonía conyugal que se nos ofrece, que ello impide que podamos habar de cursilería. Sobre todo, porque ningún comportamiento de los protagonistas índice a considerar que el chabacano mal gusto burgués se haya apoderado de relato o de los personajes, que actúan con una naturalidad sorprendente, de la que no está exenta el parentesco entre ambos, porque Varda ha escogido una familia de actores y son los hijos de esta los hijos de la pantalla. Como el protagonista, Françoise, ha de llamar a los clientes por teléfono desde correos, entra en contacto con una dependienta con quien intercambia miradas y sonrisas, una relación que poco a poco va a ir estrechándose, hasta que, poco después de comer juntos, ella le propone que, como carpintero, la ayude a colocar ciertas estanterías en su nuevo apartamento, también de paredes blancas y, ¡tambien!, con enormes ramos de flores que la cámara capta en primer plano esplendoroso. La sinceridad de la relación, la funcionaria de Correos, Émilie, sabe que él está casado y que quiere a su mujer y a sus hijos, preside esta unión que se va estrechando hasta convertirse en adulterio, en infidelidad, por más que él quiera verlo, y así se lo explica a ella, como una insólita y vigorosa capacidad de amar que se extiende a ambas, sin quitarle nada a ninguna. Es cierto, y así también lo confiesa, que la funcionaria es más experta y variada en la cama que su mujer, o, como él lo dice, tan enamorado de la naturaleza —que es rasgo sobresaliente de su personalidad, como se aprecia a lo largo de toda la película, sobre todo por las reiteradas salidas al campo los días de festa—, su mujer es como una planta y Émilie como un animal salvaje.

          El enamoramiento del joven lo resuelve en una secuencia magnífica la directora, cuando él se acerca a Correos y le entrega un telegrama en el que le declara su amor, mientras que ella se limita a devolverle el dibujo de un corazón: las palabras contra la imagen. Exactamente lo que sucede cuando los hitos de las relaciones entre los amantes se complementan con los encuadres de los rótulos y nombres de comercios o las imágenes que contrastan con lo dicho, como el tipo de mujer que le gusta al protagonista, cuando se le insta a elegir entre Bardot o Moreau, se supone que en ¡Viva María!, de Louis Malle, puesto que era la primera película que ambas compartían. El protagonista le responde que su mujer ideal es ella, su esposa, y, a continuación, se enfoca la puerta de un armario de la carpintería, de la que su hermano es el propietario, llena de fotos de actrices, de las citadas y otras. No hay, por tanto una denuncia directa de la hipocresía conyugal o de la doble moral, porque cuando en una de esas salidas a campo él trata de explicarle a Thérèse, su mujer, el doble enamoramiento que está viviendo, en ningún momento se le pasa por la cabeza que su relación sexual durante la siesta vaya a tener el final que tiene y que yo prefiero no revelar, porque en él se cifra, en buena medida, el punto de vista indirecto de la autora, aunque, propiamente, no se trata, aún, del desenlace. Tras el final de su historia con su mujer, la vida sigue, y lo hace de un modo sorprendentemente fiel a lo que ha sido el desarrollo de la historia. Como si se tratara, en el fondo, y anticipándose mucho al cine de hoy, un cuento distópico en el que la felicidad vendría a ser algo parecido a lo que el cuerpo nuestro es respecto de los genes: su vehículo. Da igual con quién se sea feliz, porque si hemos caído bajo sus suaves garras, nosotros seguiremos siéndolo, da igual lo que haya pasado o lo que venga después. Contemplada así, la película, y a pesar de los hermosísimos y placenteros planos de la naturaleza que Varda sabe captar con su cámara,  se nos antoja estar viendo una película de terror: la deriva de unos seres obligados a cumplir el mandato de la felicidad, «caiga quien caiga», como se dice popularmente.

          La película tiene un deliberado «tono menor» en la narración de la historia que a algunos les puede parecer anodino, pero no cabe duda de que, ateniéndonos a su trasfondo, tiene un peso enorme y convierte la película en una hermosa, triste y ritual reflexión sobre algo tan escurridizo y tan rotundo como la «felicidad». Se trata de un cine propiamente artesanal y muy intelectual, por eso a algunos puede despistarles la anécdota narrativa. Da que pensar, ciertamente.

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