Una delicada narración sobre la expansión amorosa, la fidelidad, la felicidad y los tópicos.
Título: Le bonheur
Año: 1965
Duración: 80 min.
País: Francia
Dirección: Agnès Varda
Guion: Agnès Varda
Reparto: Jean-Claude Drouot; Claire Drouot; Marie-France Boyer; Olivier
Drouot; Sandrine Drouot; Marc Eyraud; Sylvia Saurel; Paul Vecchiali.
Música: Jean-Michel Defaye
Fotografía: Jean Rabier,
Claude Beausoleil.
Lo más
chocante de esta película de Varda es que haya sido rodada justo después de Cléo
de 5 à 7, porque es, cinematográficamente, casi su polo opuesto. Frente a
la vanguardia imaginativa de una película en la que no hay plano que no haya
sido estudiado hasta el más mínimo reflejo de la luz y revisada exhaustivamente
la puesta en escena de cada uno de ellos, La felicidad se presenta como una
narración bucólica cuya secreta intención crítica está entretejida en la narración
con planos que, al estilo de Godard y su pasión por los rótulos publicitarios,
hemos de desentrañar para ser conscientes de que hay un subtexto tan poderoso o
más que el evidente de la propia historia, el colmo de la simplicidad, porque
desde el primer encuadre del girasol en el campo, con el fondo borroso de una
pareja con sus dos hijos que se van acercando hacia la cámara, todo parece ser
lo que se muestra: un estado de felicidad casi absoluta, en la que un carpintero
y una modista trabajan, se aman y crían a sus hijos, aunque necesiten ayuda de
los vecinos para ese menester. Su vivienda, aunque de una planta, con cierto
espacio exterior, es muy modesta, y en ella destacan los reiterados planos de
pomos florales bellísimos, en agudo contraste con los fondos bancos de las
desnudas paredes de la casa. No sobra el espacio, porque las clientas de la
protagonista comparten un espacio transitado de la casa, y este trabaja en un
estrecho cuarto. La historia está narrada con tal fidelidad a la armonía conyugal
que se nos ofrece, que ello impide que podamos habar de cursilería. Sobre todo,
porque ningún comportamiento de los protagonistas índice a considerar que el chabacano
mal gusto burgués se haya apoderado de relato o de los personajes, que actúan
con una naturalidad sorprendente, de la que no está exenta el parentesco entre
ambos, porque Varda ha escogido una familia de actores y son los hijos de esta
los hijos de la pantalla. Como el protagonista, Françoise, ha de llamar a los
clientes por teléfono desde correos, entra en contacto con una dependienta con
quien intercambia miradas y sonrisas, una relación que poco a poco va a ir estrechándose,
hasta que, poco después de comer juntos, ella le propone que, como carpintero,
la ayude a colocar ciertas estanterías en su nuevo apartamento, también de
paredes blancas y, ¡tambien!, con enormes ramos de flores que la cámara capta
en primer plano esplendoroso. La sinceridad de la relación, la funcionaria de
Correos, Émilie, sabe que él está casado y que quiere a su mujer y a sus hijos,
preside esta unión que se va estrechando hasta convertirse en adulterio, en
infidelidad, por más que él quiera verlo, y así se lo explica a ella, como una
insólita y vigorosa capacidad de amar que se extiende a ambas, sin quitarle nada
a ninguna. Es cierto, y así también lo confiesa, que la funcionaria es más
experta y variada en la cama que su mujer, o, como él lo dice, tan enamorado de
la naturaleza —que es rasgo sobresaliente de su personalidad, como se aprecia a
lo largo de toda la película, sobre todo por las reiteradas salidas al campo
los días de festa—, su mujer es como una planta y Émilie como un animal salvaje.
El
enamoramiento del joven lo resuelve en una secuencia magnífica la directora,
cuando él se acerca a Correos y le entrega un telegrama en el que le declara su
amor, mientras que ella se limita a devolverle el dibujo de un corazón: las palabras
contra la imagen. Exactamente lo que sucede cuando los hitos de las relaciones
entre los amantes se complementan con los encuadres de los rótulos y nombres de
comercios o las imágenes que contrastan con lo dicho, como el tipo de mujer que
le gusta al protagonista, cuando se le insta a elegir entre Bardot o Moreau, se
supone que en ¡Viva María!, de Louis Malle, puesto que era la primera
película que ambas compartían. El protagonista le responde que su mujer ideal
es ella, su esposa, y, a continuación, se enfoca la puerta de un armario de la
carpintería, de la que su hermano es el propietario, llena de fotos de
actrices, de las citadas y otras. No hay, por tanto una denuncia directa de la
hipocresía conyugal o de la doble moral, porque cuando en una de esas salidas a
campo él trata de explicarle a Thérèse, su mujer, el doble enamoramiento que
está viviendo, en ningún momento se le pasa por la cabeza que su relación
sexual durante la siesta vaya a tener el final que tiene y que yo prefiero no
revelar, porque en él se cifra, en buena medida, el punto de vista indirecto de
la autora, aunque, propiamente, no se trata, aún, del desenlace. Tras el final de
su historia con su mujer, la vida sigue, y lo hace de un modo sorprendentemente
fiel a lo que ha sido el desarrollo de la historia. Como si se tratara, en el
fondo, y anticipándose mucho al cine de hoy, un cuento distópico en el que la
felicidad vendría a ser algo parecido a lo que el cuerpo nuestro es respecto de
los genes: su vehículo. Da igual con quién se sea feliz, porque si hemos caído
bajo sus suaves garras, nosotros seguiremos siéndolo, da igual lo que haya
pasado o lo que venga después. Contemplada así, la película, y a pesar de los hermosísimos
y placenteros planos de la naturaleza que Varda sabe captar con su cámara, se nos antoja estar viendo una película de
terror: la deriva de unos seres obligados a cumplir el mandato de la felicidad,
«caiga quien caiga», como se dice popularmente.
La película
tiene un deliberado «tono menor» en la narración de la historia que a algunos
les puede parecer anodino, pero no cabe duda de que, ateniéndonos a su
trasfondo, tiene un peso enorme y convierte la película en una hermosa, triste
y ritual reflexión sobre algo tan escurridizo y tan rotundo como la «felicidad».
Se trata de un cine propiamente artesanal y muy intelectual, por eso a algunos puede
despistarles la anécdota narrativa. Da que pensar, ciertamente.
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