Entre
el neorrealismo, el documental y la angustia vital.
Título original: Stromboli,
terra di Dio
Año: 1950
Duración: 107 min.
País: Italia
Dirección: Roberto
Rossellini
Guion; Sergio Amidei, Gian
Paolo Callegari, Roberto Rossellini
Reparto: Ingrid Bergman;
Mario Vitale; Renzo Cesana; Mario Spomnzo; Roberto Onorati; Gaetano Famularo.
Música: Renzo Rossellini
Fotografía: Otello Martelli
(B&W).
Ir uno a su
aire tiene eso, se desliga de la «actualidad» de la taquilla y recala en el
círculo de las viejas amistades, las que nunca te fallan, aunque tengan sus más
y sus menos. Tras el sonado escándalo social de la unión de Rossellini con
Ingrid Bergman, esta se convirtió propiamente en su musa, y con ella dirigió
una película extraordinaria: Viaggio in Italia (me ahorro el título en
español...) y, entre otras, esta Stromboli en la que, de hecho, hay tres
películas: una visión antropológica de una comunidad de pescadores en una isla
amenazante, la radiografía espiritual de una insatisfacción crónica y un
documental medioambiental a propósito de la erupción del volcán, producida,
¡oh, milagro del cine!, cuando estaban rodando la película, una oportunidad que
un director, cualquiera, no puede pasar por alto. Curiosamente, acabo de ver Nouvelle Vague, de Linklater y hay una escena muy particular en la que Rossellini se dirige al pleno de la redacción y otros amigos para agradecerles el homenaje que le han brindado. Recordemos que Rossellini marca a toda una generación de cineastas con películas tan memorables y trágicas como Alemania, año cero, por ejemplo.
Una joven
refugiada se casa con un soldado italiano para poder «huir» de un encierro sin futuro,
aunque la «libertad» va a convertirse en otro encierro que la propia isla
simboliza geográficamente. Al llegar con su marido a Stromboli, el código relativamente
cosmopolita de la mujer va a chocar con la mentalidad tradicional, religiosa y
moralmente asfixiante de una pequeña comunidad en la que la presencia de una «forastera»,
de una «extraña» va a provocar un creciente malentendido entre los esposos. No
es, desde luego, a pesar de que el joven le guste, la vida soñada por ella, porque
la humildísima vida en la isla, sin comodidades, sin vida social, sin la
perspectiva de poder «realizarse» a la altura de sus expectativas, va a ir
oprimiéndola poco a poco. Son frecuentes las imágenes de las mujeres y hombres,
sobre todo los últimos, observando a la mujer, esperando cualquier motivo de
escándalo. Es muy significativa la escena en la que busca comprensión en el
párroco de la comunidad y este se siente asediado por el ansia de contacto
físico de la mujer y por la búsqueda angustiosa de un alma gemela en la que
poder confiar. Todo será inútil. Ni el marido va a abandonar lo único que
conoce, la tradición familiar de arraigo en la isla y en la profesión de
pescador, ni ella va a cejar en su empeño de salir de la isla en busca de una
nueva vida.
Rosellini
describe a la perfección el choque entre la comunidad cerrada y la aparición de
«el otro», y lo difícil que resulta vivir al margen de códigos que cohesionan
de una manera tan férrea la vida de las personas. La renovación de la
decoración de su casa cueva, que lleva a la eliminación de los retratos y
recuerdos familiares del esposo, supone un motivo serio de enfrentamiento entre
los esposos, que refleja en microcosmos el enfrentamiento entre la mujer y la
comunidad,
La película,
que se recrea estéticamente en la arquitectura popular que aprovecha la ladera
del volcán para construir las casas, también saca buen partido de la pesca
comunitaria del atún, la almadraba, una extraordinaria fase documental de la película,
si bien a los españoles no nos resulta desconocida, porque se trata de la
tradición usada en Barbate, y vista en numerosos reportajes. Rossellini nos
ofrece unas imágenes impactantes de esa almadraba, al colocar la cámara tan
próxima a la acción que nos parece estar moviéndonos junto a esos atunes
impresionantes en la bodega de las barcazas o luchando desesperadamente en la
malla donde chocan unos con otros antes de ser capturados con los bicheros y
halados a la bodega. Una ceremonia que a la sensitiva protagonista le parece,
sin embargo, una suerte de agresión contra la naturaleza.
Tras la
tradición de la pesca, la casualidad quiso que el volcán entrar en erupción,
fenómeno que no arredró al director, quien consiguió imágenes, aunque en blanco
y negro, muy notables, sobre todo de los piroclastos que caían en el pueblo que
desalojaban hombres mujeres y niños para refugiarse en las barcazas de pesca,
mar adentro, desde donde esperar que la erupción no durase mucho, una huida
bien ensayada, porque el volcán continúa activo.
En una de las
escenas finales, la mujer, que ha sido encerrada por su marido en la casa, pide
ayuda a un pescador con quien la malicia del pueblo quiere que la mujer le haya
sido infiel al marido y le pide que la ayude a salir. Lo hace y, finalmente,
concierta con ella la huida de la isla, si bien la escena en que negocia con él
esa huida es paralela a la torpe seducción del párroco. Lo que parece caminar
hacia un desenlace natural, lógico, se convierte, ignoro si improvisado sobre
la marcha, aprovechando la erupción volcánica, en una travesía hacia la
población del otro lado de la isla, desde donde coger un barco para ir a
Mesina, pero una travesía bordeando el volcán aún en erupción. Y ahí sí que a
uno le viene a la memoria la travesía del desierto de la protagonista de Manon
Lescaut de Puccini, que significará el fin de sus días. La deriva espiritual
que sufre la protagonista de Stromboli en esa travesía que jalona los gases
tóxicos emanados por el volcán, la tierra caliente y su propia desesperación,
nos sitúan ante una perspectiva que había estado ausente del retrato del
personaje durante toda la película, de ahí que asistamos a ella con cierta
renuencia a aceptarla de lleno. Nos convencemos, en realidad, de que ese
diálogo íntimo con Dios es, de alguna manera, un homenaje primitivo a los poderes
inmensos de la propia Naturaleza, y eso es lo que, a mi parecer, vuelve
conmovedor el desenlace, mucho más allá de cualquier explicación racional que
brilla por su ausencia.
Paree una
película excesivamente fragmentada en esas vías antropológica, documentalista y
amorosa, pero, con todo, a Rosellini no se le va de las manos la historia y
sigue fielmente la evolución de la mujer extraña en un paisaje inverosímil, a
fuerza de real. Y no, no hay «efectos especiales», sino realidad contundente,
lo cual le da un plus de veracidad a la película que bien vale la pena verla,
además de para admirar una interpretación de Ingrid Bergman a la altura de sus
mejores papeles.

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