miércoles, 21 de enero de 2026

«Stromboli, tierra de Dios», de Roberto Rossellini, el maestro.

 

Entre el neorrealismo, el documental y la angustia vital.

Título original: Stromboli, terra di Dio

Año: 1950

Duración: 107 min.

País: Italia

Dirección: Roberto Rossellini

Guion; Sergio Amidei, Gian Paolo Callegari, Roberto Rossellini

Reparto: Ingrid Bergman; Mario Vitale; Renzo Cesana; Mario Spomnzo; Roberto Onorati; Gaetano Famularo.

Música: Renzo Rossellini

Fotografía: Otello Martelli (B&W).

 

          Ir uno a su aire tiene eso, se desliga de la «actualidad» de la taquilla y recala en el círculo de las viejas amistades, las que nunca te fallan, aunque tengan sus más y sus menos. Tras el sonado escándalo social de la unión de Rossellini con Ingrid Bergman, esta se convirtió propiamente en su musa, y con ella dirigió una película extraordinaria: Viaggio in Italia (me ahorro el título en español...) y, entre otras, esta Stromboli en la que, de hecho, hay tres películas: una visión antropológica de una comunidad de pescadores en una isla amenazante, la radiografía espiritual de una insatisfacción crónica y un documental medioambiental a propósito de la erupción del volcán, producida, ¡oh, milagro del cine!, cuando estaban rodando la película, una oportunidad que un director, cualquiera, no puede pasar por alto. Curiosamente, acabo de ver Nouvelle Vague, de Linklater y hay una escena muy particular en la que Rossellini se dirige al pleno de la redacción y otros amigos para agradecerles el homenaje que le han brindado. Recordemos que Rossellini marca a toda una generación de cineastas con películas tan memorables y trágicas como Alemania, año cero, por ejemplo.

          Una joven refugiada se casa con un soldado italiano para poder «huir» de un encierro sin futuro, aunque la «libertad» va a convertirse en otro encierro que la propia isla simboliza geográficamente. Al llegar con su marido a Stromboli, el código relativamente cosmopolita de la mujer va a chocar con la mentalidad tradicional, religiosa y moralmente asfixiante de una pequeña comunidad en la que la presencia de una «forastera», de una «extraña» va a provocar un creciente malentendido entre los esposos. No es, desde luego, a pesar de que el joven le guste, la vida soñada por ella, porque la humildísima vida en la isla, sin comodidades, sin vida social, sin la perspectiva de poder «realizarse» a la altura de sus expectativas, va a ir oprimiéndola poco a poco. Son frecuentes las imágenes de las mujeres y hombres, sobre todo los últimos, observando a la mujer, esperando cualquier motivo de escándalo. Es muy significativa la escena en la que busca comprensión en el párroco de la comunidad y este se siente asediado por el ansia de contacto físico de la mujer y por la búsqueda angustiosa de un alma gemela en la que poder confiar. Todo será inútil. Ni el marido va a abandonar lo único que conoce, la tradición familiar de arraigo en la isla y en la profesión de pescador, ni ella va a cejar en su empeño de salir de la isla en busca de una nueva vida.

          Rosellini describe a la perfección el choque entre la comunidad cerrada y la aparición de «el otro», y lo difícil que resulta vivir al margen de códigos que cohesionan de una manera tan férrea la vida de las personas. La renovación de la decoración de su casa cueva, que lleva a la eliminación de los retratos y recuerdos familiares del esposo, supone un motivo serio de enfrentamiento entre los esposos, que refleja en microcosmos el enfrentamiento entre la mujer y la comunidad,

          La película, que se recrea estéticamente en la arquitectura popular que aprovecha la ladera del volcán para construir las casas, también saca buen partido de la pesca comunitaria del atún, la almadraba, una extraordinaria fase documental de la película, si bien a los españoles no nos resulta desconocida, porque se trata de la tradición usada en Barbate, y vista en numerosos reportajes. Rossellini nos ofrece unas imágenes impactantes de esa almadraba, al colocar la cámara tan próxima a la acción que nos parece estar moviéndonos junto a esos atunes impresionantes en la bodega de las barcazas o luchando desesperadamente en la malla donde chocan unos con otros antes de ser capturados con los bicheros y halados a la bodega. Una ceremonia que a la sensitiva protagonista le parece, sin embargo, una suerte de agresión contra la naturaleza.

          Tras la tradición de la pesca, la casualidad quiso que el volcán entrar en erupción, fenómeno que no arredró al director, quien consiguió imágenes, aunque en blanco y negro, muy notables, sobre todo de los piroclastos que caían en el pueblo que desalojaban hombres mujeres y niños para refugiarse en las barcazas de pesca, mar adentro, desde donde esperar que la erupción no durase mucho, una huida bien ensayada, porque el volcán continúa activo.

          En una de las escenas finales, la mujer, que ha sido encerrada por su marido en la casa, pide ayuda a un pescador con quien la malicia del pueblo quiere que la mujer le haya sido infiel al marido y le pide que la ayude a salir. Lo hace y, finalmente, concierta con ella la huida de la isla, si bien la escena en que negocia con él esa huida es paralela a la torpe seducción del párroco. Lo que parece caminar hacia un desenlace natural, lógico, se convierte, ignoro si improvisado sobre la marcha, aprovechando la erupción volcánica, en una travesía hacia la población del otro lado de la isla, desde donde coger un barco para ir a Mesina, pero una travesía bordeando el volcán aún en erupción. Y ahí sí que a uno le viene a la memoria la travesía del desierto de la protagonista de Manon Lescaut de Puccini, que significará el fin de sus días. La deriva espiritual que sufre la protagonista de Stromboli en esa travesía que jalona los gases tóxicos emanados por el volcán, la tierra caliente y su propia desesperación, nos sitúan ante una perspectiva que había estado ausente del retrato del personaje durante toda la película, de ahí que asistamos a ella con cierta renuencia a aceptarla de lleno. Nos convencemos, en realidad, de que ese diálogo íntimo con Dios es, de alguna manera, un homenaje primitivo a los poderes inmensos de la propia Naturaleza, y eso es lo que, a mi parecer, vuelve conmovedor el desenlace, mucho más allá de cualquier explicación racional que brilla por su ausencia.

          Paree una película excesivamente fragmentada en esas vías antropológica, documentalista y amorosa, pero, con todo, a Rosellini no se le va de las manos la historia y sigue fielmente la evolución de la mujer extraña en un paisaje inverosímil, a fuerza de real. Y no, no hay «efectos especiales», sino realidad contundente, lo cual le da un plus de veracidad a la película que bien vale la pena verla, además de para admirar una interpretación de Ingrid Bergman a la altura de sus mejores papeles.

           

         

 

 

 

 

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