miércoles, 6 de mayo de 2026

«Memories of Murder (Crónica de un asesino en serie)», de Bong Joon-ho, mucho antes de «Parásitos».

 

Cuando la incompetencia policial deviene cómico-patética ante un elusivo asesino en serie...

 

Título original: Salinui chueok (Memories of Murder)

Año: 2003

Duración: 130 min.

País: Corea del Sur

Dirección: Bong Joon-ho

Guion: Bong Joon-ho, Shim Sung-bo. Historia: Kim Kwang-rim

Reparto: Song Kang-ho; Kim Sang-Kyung; Kim Roe-ha; Song Jae-ho; Byeon Hie-bong; Koh Seo-hee; Park No-Sik; Park Hae-Il; Choi Jong-ryol; Jeon Mi-seon; Tae-ho Ryu; Seo Young-hwa; Woo Go-na; Lee Ok-joo; Yoo Seung-mok; Lee Hun-kyung; Hyeon-jong Sin; Lee Jae-eung; Jung In-sun; Byung-Gil Kwun.

Música: Tarô Iwashiro

Fotografía: Kim Hyeong-gyu.

 

          Son muchos los defensores de esta película, y no me extraña, porque ya dejaba recado en ella Joon-ho de su mirada crítica a una realidad  en la que no todo funciona, al menos oficialmente, como debería. También es una buena muestra de su pericia para ofrecernos planteamientos colectivos y ajustadas descripciones, no exentas de un humor vitriólico, de estamentos sociales de todo tipo.

          La película relata las investigaciones llevadas a cabo por la policía para descubrir la identidad de un asesino en serie, una rememoración de hechos realmente acaecidos y al que se enfrentaron los policías con escasos recursos y menos imaginación. De hecho, la película plantea enseguida el choque entre la policía local y el experto llegado de la capital para ayudarlos a resolver en caso, con la tensión que esas situaciones suelen generar, sobre todo cuando ni los primeros ni el segundo logran resultados que permitan detener al autor de los crímenes, que siguen, como es de rigor, una pauta muy bien definida, pero cuando la descubren y preparan un dispositivo para adelantarse, el crimen siempre se produce sin que ellos lleguen a tiempo para atrapar al asesino.

          No son pocas las películas en las que las rivalidades policiales ocupan el lugar preeminente en el desarrollo narrativo, máxime cuando chocan dos personalidades tan distintas como las de los detectives que llevan la voz cantante en unas pesquisas absolutamente desorientadas. El fracaso, en estos casos, induce a decisiones erróneas, y ello se manifiesta en la selección de sospechosos y en el intento de cargarle a cada uno de ellos, sucesivamente,  las muertes que no solo tienen atemorizada a la población, sino muy quejosas a las autoridades políticas y policiales que son las últimas responsables de la ineficacia de sus subordinados.

          El jefe de la unidad policial encargada del caso se deja convencer enseguida por sus subordinados del lugar para tratar de colgarle el caso a quienes sus ayudantes han maltratado previamente para, abusando de sus limitaciones mentales obvias, conseguir que asuman una culpabilidad que el detective de Seúl se encarga rápidamente de desbaratar, por la inconsistencia de las pruebas. De hecho, el más tenso enfrentamiento ente el capitalino y los provincianos se produce cuando el jefe ha convocado a la prensa para, confiado en que un pobre hombre sin luces es el asesino, escenificar la reconstrucción del último crimen cometido, hasta que aparece el padre del sospechoso y grita a los cuatro vientos que el pobre infeliz es inocente de lo que se le acusa, que es incapaz de hacerlo. El horroroso ridículo cometido redobla la tensión en al comisaría y todo vuelve a comenzar. Es tan angustiosa la situación, carecer por completo de pruebas, que el detective local recurre a los consejos de una maga para practicar una ceremonia propiciatoria para detener al culpable.

          Las pistas que se siguen y la sucesión de culpables que acaban siendo inocentes, aumentan gradualmente la violencia que los investigadores ejercen sobre los sospechosos, sin control ninguno hacia el desenlace de la película, y muy principalmente por parte del detective de la capital. La perplejidad de este antes las variantes escabrosas de los asesinatos es lo que contribuye decisivamente a que se convierta en una fijación la obtención de una confesión que les permita salir airosos de una misión que parece condenada al más estrepitoso de los fracasos, como en realidad sucedió. No se trata de chafarle a nadie el desenlace, porque la película se basa en un hecho real y todo el mundo está al corriente de que, no habiendo sido hallado el culpable, uno de los elementos con los que juega la película es que esa persona se haya podido convertir en espectador del proceso policial que se siguió para desenmascararlo.

          He de confesar que, llevado por mi confusión respeto del desenlace inexistente, llegué a pensar que el final, idéntico al inicio de la película, sugería que el autor de los asesinatos era el propio policía que se afanaba en investigarlos. Las lecturas posteriores sobre el caso y la película me lo aclaró todo con meridiana claridad. La mirada del inspector local va dirigida al asesino que, sin duda, siguiendo la teoría expuesta en el párrafo anterior, se habrá sentado alguna vez en la sala para contemplar sus terroríficas hazañas y el inmenso ridículo policial, sobre el que el director carga las tintas desde el comienzo de la historia. Más incompetente no se puede ser, desde luego, pero Joon-ho saca petróleo cómico-patético de esa institución.

          Las actuaciones se inscriben en una escuela naturalista que no plantea ninguna concesión a los espectadores: vemos actuar a los intérpretes ante nuestros ojos asombrados como si estuviéramos viendo, realmente, un documental, a juzgar por la espontaneidad y naturalidad de sus maneras de actuar. La voz cantante la lleva el aclamado intérprete de la oscarizada Parasitos, Song Kang-ho, pero el resto del elenco no le va a la zaga. Predomina en la película una oscuridad en las secuencias de interiores que parecen buscadas a propósito para indicar que ambas acciones paralelas, la del asesino,q ue siempre actúa en noches de lluvia, y la de sus perseguidores comparten las mismas tinieblas que impiden, a uno ser descubierto y a los otros hallar al sádico asesino. Lo que sorprende en la película es el tono jocoso casi constante del jefe de policía, quien no parece tomarse demasiado en serio los esfuerzos de sus subordinados y está dispuesto a creer cualquier pista, aunque haya sido inventada, con tal de quitarse la responsabilidad de encima. Para la particular violencia de muchos thrillers coreanos, un cine que se puso de moda por esa crudeza de tantas tramas criminales, esta Crónica de un asesino en serie, película en la que jamás se contempla ni uno de los crímenes, es todo un reto que complacerá a cualquier espectador, porque aquí no va más allá de la violencia policial contra los desdichados que caen bajo su radar como sospechosos, que no es poca, ciertamente, pero no hay una recreación de las delirantes sevicias cometidas por el asesino.

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