Cuando la incompetencia policial deviene cómico-patética ante un elusivo asesino en serie...
Título original: Salinui
chueok (Memories of Murder)
Año: 2003
Duración: 130 min.
País: Corea del Sur
Dirección: Bong Joon-ho
Guion: Bong Joon-ho, Shim Sung-bo. Historia: Kim Kwang-rim
Reparto: Song Kang-ho; Kim Sang-Kyung; Kim Roe-ha; Song Jae-ho; Byeon
Hie-bong; Koh Seo-hee; Park No-Sik; Park Hae-Il; Choi Jong-ryol; Jeon Mi-seon;
Tae-ho Ryu; Seo Young-hwa; Woo Go-na; Lee Ok-joo; Yoo Seung-mok; Lee Hun-kyung;
Hyeon-jong Sin; Lee Jae-eung; Jung In-sun; Byung-Gil Kwun.
Música: Tarô Iwashiro
Fotografía: Kim Hyeong-gyu.
Son muchos los
defensores de esta película, y no me extraña, porque ya dejaba recado en ella Joon-ho
de su mirada crítica a una realidad en
la que no todo funciona, al menos oficialmente, como debería. También es una
buena muestra de su pericia para ofrecernos planteamientos colectivos y
ajustadas descripciones, no exentas de un humor vitriólico, de estamentos
sociales de todo tipo.
La película
relata las investigaciones llevadas a cabo por la policía para descubrir la
identidad de un asesino en serie, una rememoración de hechos realmente acaecidos
y al que se enfrentaron los policías con escasos recursos y menos imaginación.
De hecho, la película plantea enseguida el choque entre la policía local y el
experto llegado de la capital para ayudarlos a resolver en caso, con la tensión
que esas situaciones suelen generar, sobre todo cuando ni los primeros ni el
segundo logran resultados que permitan detener al autor de los crímenes, que
siguen, como es de rigor, una pauta muy bien definida, pero cuando la descubren
y preparan un dispositivo para adelantarse, el crimen siempre se produce sin
que ellos lleguen a tiempo para atrapar al asesino.
No son pocas
las películas en las que las rivalidades policiales ocupan el lugar preeminente
en el desarrollo narrativo, máxime cuando chocan dos personalidades tan
distintas como las de los detectives que llevan la voz cantante en unas
pesquisas absolutamente desorientadas. El fracaso, en estos casos, induce a
decisiones erróneas, y ello se manifiesta en la selección de sospechosos y en
el intento de cargarle a cada uno de ellos, sucesivamente, las muertes que no solo tienen atemorizada a
la población, sino muy quejosas a las autoridades políticas y policiales que
son las últimas responsables de la ineficacia de sus subordinados.
El jefe de la
unidad policial encargada del caso se deja convencer enseguida por sus
subordinados del lugar para tratar de colgarle el caso a quienes sus ayudantes
han maltratado previamente para, abusando de sus limitaciones mentales obvias,
conseguir que asuman una culpabilidad que el detective de Seúl se encarga
rápidamente de desbaratar, por la inconsistencia de las pruebas. De hecho, el
más tenso enfrentamiento ente el capitalino y los provincianos se produce
cuando el jefe ha convocado a la prensa para, confiado en que un pobre hombre
sin luces es el asesino, escenificar la reconstrucción del último crimen
cometido, hasta que aparece el padre del sospechoso y grita a los cuatro
vientos que el pobre infeliz es inocente de lo que se le acusa, que es incapaz
de hacerlo. El horroroso ridículo cometido redobla la tensión en al comisaría y
todo vuelve a comenzar. Es tan angustiosa la situación, carecer por completo de
pruebas, que el detective local recurre a los consejos de una maga para
practicar una ceremonia propiciatoria para detener al culpable.
Las pistas que
se siguen y la sucesión de culpables que acaban siendo inocentes, aumentan
gradualmente la violencia que los investigadores ejercen sobre los sospechosos,
sin control ninguno hacia el desenlace de la película, y muy principalmente por
parte del detective de la capital. La perplejidad de este antes las variantes
escabrosas de los asesinatos es lo que contribuye decisivamente a que se
convierta en una fijación la obtención de una confesión que les permita salir
airosos de una misión que parece condenada al más estrepitoso de los fracasos,
como en realidad sucedió. No se trata de chafarle a nadie el desenlace, porque
la película se basa en un hecho real y todo el mundo está al corriente de que,
no habiendo sido hallado el culpable, uno de los elementos con los que juega la
película es que esa persona se haya podido convertir en espectador del proceso
policial que se siguió para desenmascararlo.
He de confesar
que, llevado por mi confusión respeto del desenlace inexistente, llegué a pensar
que el final, idéntico al inicio de la película, sugería que el autor de los
asesinatos era el propio policía que se afanaba en investigarlos. Las lecturas
posteriores sobre el caso y la película me lo aclaró todo con meridiana
claridad. La mirada del inspector local va dirigida al asesino que, sin duda,
siguiendo la teoría expuesta en el párrafo anterior, se habrá sentado alguna
vez en la sala para contemplar sus terroríficas hazañas y el inmenso ridículo
policial, sobre el que el director carga las tintas desde el comienzo de la
historia. Más incompetente no se puede ser, desde luego, pero Joon-ho saca
petróleo cómico-patético de esa institución.
Las
actuaciones se inscriben en una escuela naturalista que no plantea ninguna concesión
a los espectadores: vemos actuar a los intérpretes ante nuestros ojos
asombrados como si estuviéramos viendo, realmente, un documental, a juzgar por
la espontaneidad y naturalidad de sus maneras de actuar. La voz cantante la
lleva el aclamado intérprete de la oscarizada Parasitos, Song Kang-ho, pero el
resto del elenco no le va a la zaga. Predomina en la película una oscuridad en
las secuencias de interiores que parecen buscadas a propósito para indicar que
ambas acciones paralelas, la del asesino,q ue siempre actúa en noches de
lluvia, y la de sus perseguidores comparten las mismas tinieblas que impiden, a
uno ser descubierto y a los otros hallar al sádico asesino. Lo que sorprende en
la película es el tono jocoso casi constante del jefe de policía, quien no
parece tomarse demasiado en serio los esfuerzos de sus subordinados y está
dispuesto a creer cualquier pista, aunque haya sido inventada, con tal de quitarse
la responsabilidad de encima. Para la particular violencia de muchos thrillers
coreanos, un cine que se puso de moda por esa crudeza de tantas tramas criminales,
esta Crónica de un asesino en serie, película en la que jamás se
contempla ni uno de los crímenes, es todo un reto que complacerá a cualquier espectador,
porque aquí no va más allá de la violencia policial contra los desdichados que
caen bajo su radar como sospechosos, que no es poca, ciertamente, pero no hay
una recreación de las delirantes sevicias cometidas por el asesino.

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