Complejo y desconcertante, un escritor inagotable, más allá de su circunstancia.
Título original: Franz
Año: 2025
Duración: 127 min.
País: República Checa
Dirección: Agnieszka Holland
Guion: Marek Epstein, Agnieszka Holland. Historia: Mike Downey. Biografía sobre: Franz Kafka
Reparto: Idan Weiss; Peter
Kurth; Jenovéfa Boková; Ivan Trojan; Sandra Korzeniak; Katharina Stark;
Aaron Friesz; Carol Schuler;
Stanislav Majer; Josef Trojan; Sebastian Schwarz; Emma Smetana; Andrew Van
Wilpe; Sandra Nedeleff; Lenka Burianová; Gesa Shermuly; Karel Dobrý; Juraj Loj;
Vladimír Javorský;
Jan Budar; Daniel Dongres; Václav Jirácek; Ondrej Malý.
Música: Mary Komasa, Antoni
Komasa-Lazarkiewicz
Fotografía: Tomasz Naumiuk.
Después de
haber visto, ¡y sufrido!, Mr. Jones, un terrible drama sobre la hambruna
de Ucrania bajo el mandato de Stalin, un genocidio muy tardíamente reconocido,
tenía ganas de comprobar qué habría inventado esta directora para hacernos
llegar su visión de la vida de Franz Kafka. Mi interés se vio satisfecho en muy
buena medida en cuanto apareció el intérprete que lo encarna, Idan Weiss, quien
no solo presenta un notable parecido fisionómico con el escritor, sino que, a
mi juicio, ha sabido actuar en justa correspondencia con lo que, por los
documentos, sabemos que era el modo de comportarse del escritor, aunque quizás
haya pecado, el actor, de sobreactuar ligeramente; en todo caso, nada que no
nos permita apreciar su maravillosa actuación, en la que nos «mete» con
asombrosa facilidad.
Holland ha
ideado una narración en dos tiempos, el presente del escritor, con una
recreación fidelísima de la vida en la época del escritor, y nuestro presente,
en el que destaca la conversión de Kafka en reclamo turístico de una ciudad,
Praga, a la que su nombre va asociado como el de otros escritores a la suya,
como es el caso de Joyce y Dublín, aunque el primero viviera casi toda su vida
en Praga y el segundo se exiliara a los 22 años de Dublín para no regresar
jamás, salvo alguna visita esporádica. Lo fundamental es el contraste que
Holland establece entre la despersonalizada sociedad de consumo actual, que lo
convierte todo en mercancía y la dura vida entre la obligación y la devoción
que sufrió Kafka durante toda su existencia, porque la lucha terrible entre la
dedicación a la escritura y la necesidad de tener un empleo el que vivir, acaba
marcando a cualquiera que las compagine. Sigo acordándome, en estos casos, del
consejo, creo que algo interesado, para quitarse competencia, de Juan Goytisolo
en el Colegia de Arquitectos de Barcelona cuando, en una charla, sostuvo que
los escritores han de tener un trabajo del que vivan, en vez de dedicarse
exclusivamente a la creación, para que la obtención de ingresos no les
condicionaran su creación libre.
La biografía de
Kafka puede entenderse como la vida de un hombre que aspira, como Virginia
Woolf, a tener su «habitación propia», donde dar rienda suelta a los mundos
surrealistas que le bullían en un magín muy receptivo a las condiciones de su
vida cotidiana; un espacio donde, ¡por fin!, oír el silencio... La película nos
lo muestra en el insufrible ambiente familiar, con una pésima relación con el
padre ―aunque, si mal no recuerdo, apenas se habla de su famosa Carta al padre―,
pero sí se muestran todos aquellos rasgos de su progenitor sobre los que escribiría
el atormentado hijo. También aparecen sus frecuentes visitas a los burdeles,
sus relaciones con los amigos y especialmente con su posterior albacea
testamentario que, para nuestro bien, desobedeció la orden de su complejo amigo
de quemar todos sus escritos. De todas esas escenas en las que Kafka aparece
con el peso de su propia trascendencia como escritor, ¡eso es algo de lo que
pocos biopics logran librarse!, destacaría una en la que, entre risas,
Franz les lee a sus amigos algunas páginas de El castillo, creo
recordar. Me llamó la atención porque, contra toda la hermenéutica posterior,
leí una información en la que se decía que Kafka leyó a sus amigos La
metamorfosis como un cuento humorístico, y lo hizo midiendo sus fuertes
risotadas, causadas por su peregrina invención. Recuerdo que, en su día, le
chocó leer semejante información. Y ahora veo que la directora se ha hecho eco
de esa disposición alegre del escritor.
La personalidad
de Kafka se nos va narrando con frecuentes saltos temporales, aunque siempre se
ajusta a una visión que pretende sorprender a quienes no estén al corriente de
sus supuestas manías, de su facilidad para los enamoramientos o de sus
conflictivas relaciones con sus enamoradas, con quienes nunca se compromete o,
como en el caso de Felice Bauer, se arrepiente de haberse comprometido, porque
vio a tiempo que la «vida de casado» no se compadecía con su necesidad de independencia
y libertad. Por el camino, iremos conociendo algunas de sus excentricidades, como
la de la vigorexia, la alimentación saludable a toda costa y la dependencia de
los demás, sobre todo de su hermana Ottla, con quien acaba viviendo en el campo
hacia el final de sus días, cuando escribe lo que luego se publicó póstumamente
como los Aforismos de Zürau. En ellos se
advierte un interés de Kafka por el judaísmo, religión de sus padres a la que siempre
se había manifestado indiferente.
Si algún pero
puede ponérsele a la película de Holland es el de los cambios vertiginosos de
tiempo, que se cruzan, además, con las incursiones en el presente turístico en
el que seguimos a ritmo frenético a los sufridos visitantes de los museos y los
espacios vitales del escritor en Praga. En términos generales, se trata de una
visión turística bastante atractiva, aunque el mejor paseo turístico sobre
Kafka es aquel que se inicia en sus obras y se acaba en ellas.
La realización
de Holland, muy cuidadosa, logra recrear en muchas ocasiones una atmosfera que
ha de ponerse en relación con las obras de escritor y, por extensión, con obras
pictóricas como las de De Chirico y Magritte, quienes mejor han sabido llevar
su mundo a los lienzos. Son constantes los encuadres y los planos iluminados de
tal modo que recuerdan las atmósferas kafkianas, y aunque este adjetivo suele
asociarse con el caos, el desorden y el absurdo, en la película podemos
relacionarlo con lo onírico y con la desolación que sufre el escritor frente a
una realidad que lo limita, coarta y hasta casi humilla. Tengamos presente que
Kafka primero se abre paso profesionalmente y que solo cuando logra cierta
estabilidad económica que le permite independizarse, se dedica plenamente a
escribir, hacia los 28 años.
No es una película
fácil de resumir, por a gran cantidad de escenas y saltos temporales, pero
quienes la vean acabarán no solo con una visión más o menos sólida de la vida
del autor, sino, sobre todo, de las inquietudes
literarias que le llevaron a escribir obras sobre las que aún, eso me parece,
no se a dicho la última palabra, lo cual es la verdadera confirmación de su
carácter e clásico universal de las Letras.
Desde el punto
de vista anecdótico, no he podido por menos que reseñar un motivo que pudiera
pasar desapercibido, en el negocio que tiene el padre usa como emblema
comercial un grajo, al cual se le denomina Kavka, en checo, la segunda lengua
de Kafka, quien escogió el alemán como lengua de creación, la lengua del padre,
por cierto, porque el checo es la de la madre. Algo así, para que nos
entendamos a nivel doméstico, como los escritores catalanes bilingües que
escogen el castellano como herramienta para la creación. En Chequia han hecho «bandera»,
de su escritor «en alemán»; en Cataluña, en el último Día del Libro, las
juventudes nacionalistas pedían que se quemaran los libros de Eduardo
Mendoza...

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