viernes, 1 de mayo de 2026

«Kafka», de Agnieszka Holland, o el arte de la biografía.

 

Complejo y desconcertante, un escritor inagotable, más allá de su circunstancia.

 

 

Título original: Franz

Año: 2025

Duración: 127 min.

País:  República Checa

Dirección: Agnieszka Holland

Guion: Marek Epstein, Agnieszka Holland. Historia: Mike Downey. Biografía sobre: Franz Kafka

Reparto: Idan Weiss; Peter Kurth; Jenovéfa Boková; Ivan Trojan; Sandra Korzeniak; Katharina Stark;

Aaron Friesz; Carol Schuler; Stanislav Majer; Josef Trojan; Sebastian Schwarz; Emma Smetana; Andrew Van Wilpe; Sandra Nedeleff; Lenka Burianová; Gesa Shermuly; Karel Dobrý; Juraj Loj; Vladimír Javorský;

Jan Budar; Daniel Dongres; Václav Jirácek; Ondrej Malý.

Música: Mary Komasa, Antoni Komasa-Lazarkiewicz
Fotografía: Tomasz Naumiuk
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          Después de haber visto, ¡y sufrido!, Mr. Jones, un terrible drama sobre la hambruna de Ucrania bajo el mandato de Stalin, un genocidio muy tardíamente reconocido, tenía ganas de comprobar qué habría inventado esta directora para hacernos llegar su visión de la vida de Franz Kafka. Mi interés se vio satisfecho en muy buena medida en cuanto apareció el intérprete que lo encarna, Idan Weiss, quien no solo presenta un notable parecido fisionómico con el escritor, sino que, a mi juicio, ha sabido actuar en justa correspondencia con lo que, por los documentos, sabemos que era el modo de comportarse del escritor, aunque quizás haya pecado, el actor, de sobreactuar ligeramente; en todo caso, nada que no nos permita apreciar su maravillosa actuación, en la que nos «mete» con asombrosa facilidad.

          Holland ha ideado una narración en dos tiempos, el presente del escritor, con una recreación fidelísima de la vida en la época del escritor, y nuestro presente, en el que destaca la conversión de Kafka en reclamo turístico de una ciudad, Praga, a la que su nombre va asociado como el de otros escritores a la suya, como es el caso de Joyce y Dublín, aunque el primero viviera casi toda su vida en Praga y el segundo se exiliara a los 22 años de Dublín para no regresar jamás, salvo alguna visita esporádica. Lo fundamental es el contraste que Holland establece entre la despersonalizada sociedad de consumo actual, que lo convierte todo en mercancía y la dura vida entre la obligación y la devoción que sufrió Kafka durante toda su existencia, porque la lucha terrible entre la dedicación a la escritura y la necesidad de tener un empleo el que vivir, acaba marcando a cualquiera que las compagine. Sigo acordándome, en estos casos, del consejo, creo que algo interesado, para quitarse competencia, de Juan Goytisolo en el Colegia de Arquitectos de Barcelona cuando, en una charla, sostuvo que los escritores han de tener un trabajo del que vivan, en vez de dedicarse exclusivamente a la creación, para que la obtención de ingresos no les condicionaran su creación libre.

          La biografía de Kafka puede entenderse como la vida de un hombre que aspira, como Virginia Woolf, a tener su «habitación propia», donde dar rienda suelta a los mundos surrealistas que le bullían en un magín muy receptivo a las condiciones de su vida cotidiana; un espacio donde, ¡por fin!, oír el silencio... La película nos lo muestra en el insufrible ambiente familiar, con una pésima relación con el padre ―aunque, si mal no recuerdo, apenas se habla de su famosa Carta al padre―, pero sí se muestran todos aquellos rasgos de su progenitor sobre los que escribiría el atormentado hijo. También aparecen sus frecuentes visitas a los burdeles, sus relaciones con los amigos y especialmente con su posterior albacea testamentario que, para nuestro bien, desobedeció la orden de su complejo amigo de quemar todos sus escritos. De todas esas escenas en las que Kafka aparece con el peso de su propia trascendencia como escritor, ¡eso es algo de lo que pocos biopics logran librarse!, destacaría una en la que, entre risas, Franz les lee a sus amigos algunas páginas de El castillo, creo recordar. Me llamó la atención porque, contra toda la hermenéutica posterior, leí una información en la que se decía que Kafka leyó a sus amigos La metamorfosis como un cuento humorístico, y lo hizo midiendo sus fuertes risotadas, causadas por su peregrina invención. Recuerdo que, en su día, le chocó leer semejante información. Y ahora veo que la directora se ha hecho eco de esa disposición alegre del escritor.

          La personalidad de Kafka se nos va narrando con frecuentes saltos temporales, aunque siempre se ajusta a una visión que pretende sorprender a quienes no estén al corriente de sus supuestas manías, de su facilidad para los enamoramientos o de sus conflictivas relaciones con sus enamoradas, con quienes nunca se compromete o, como en el caso de Felice Bauer, se arrepiente de haberse comprometido, porque vio a tiempo que la «vida de casado» no se compadecía con su necesidad de independencia y libertad. Por el camino, iremos conociendo algunas de sus excentricidades, como la de la vigorexia, la alimentación saludable a toda costa y la dependencia de los demás, sobre todo de su hermana Ottla, con quien acaba viviendo en el campo hacia el final de sus días, cuando escribe lo que luego se publicó póstumamente como los  Aforismos de Zürau. En ellos se advierte un interés de Kafka por el judaísmo, religión de sus padres a la que siempre se había manifestado indiferente.

          Si algún pero puede ponérsele a la película de Holland es el de los cambios vertiginosos de tiempo, que se cruzan, además, con las incursiones en el presente turístico en el que seguimos a ritmo frenético a los sufridos visitantes de los museos y los espacios vitales del escritor en Praga. En términos generales, se trata de una visión turística bastante atractiva, aunque el mejor paseo turístico sobre Kafka es aquel que se inicia en sus obras y se acaba en ellas.

          La realización de Holland, muy cuidadosa, logra recrear en muchas ocasiones una atmosfera que ha de ponerse en relación con las obras de escritor y, por extensión, con obras pictóricas como las de De Chirico y Magritte, quienes mejor han sabido llevar su mundo a los lienzos. Son constantes los encuadres y los planos iluminados de tal modo que recuerdan las atmósferas kafkianas, y aunque este adjetivo suele asociarse con el caos, el desorden y el absurdo, en la película podemos relacionarlo con lo onírico y con la desolación que sufre el escritor frente a una realidad que lo limita, coarta y hasta casi humilla. Tengamos presente que Kafka primero se abre paso profesionalmente y que solo cuando logra cierta estabilidad económica que le permite independizarse, se dedica plenamente a escribir, hacia los 28 años.

          No es una película fácil de resumir, por a gran cantidad de escenas y saltos temporales, pero quienes la vean acabarán no solo con una visión más o menos sólida de la vida del autor, sino, sobre todo,  de las inquietudes literarias que le llevaron a escribir obras sobre las que aún, eso me parece, no se a dicho la última palabra, lo cual es la verdadera confirmación de su carácter e clásico universal de las Letras.

          Desde el punto de vista anecdótico, no he podido por menos que reseñar un motivo que pudiera pasar desapercibido, en el negocio que tiene el padre usa como emblema comercial un grajo, al cual se le denomina Kavka, en checo, la segunda lengua de Kafka, quien escogió el alemán como lengua de creación, la lengua del padre, por cierto, porque el checo es la de la madre. Algo así, para que nos entendamos a nivel doméstico, como los escritores catalanes bilingües que escogen el castellano como herramienta para la creación. En Chequia han hecho «bandera», de su escritor «en alemán»; en Cataluña, en el último Día del Libro, las juventudes nacionalistas pedían que se quemaran los libros de Eduardo Mendoza...

 

 

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